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domingo, 16 de agosto de 2026

Relato LII - Una dimensión desconocida




Una dimensión desconocida

La regla más importante que todo aquel que recorre la ruta 90 debía tener, era la de no detenerse después de las dos de la madrugada. Aunque nadie con exactitud podía explicar quién estableció esa regla. Nadie se atrevía a romperla.
Algunos decían que esto venía de hace tiempo, de la gente que trabajaba noches enteras en velo, recorriendo el norte del departamento de Paysandú. Mientras otros aseguraban que fue por causa de una serie de desapariciones allá por los años 90.
Con el tiempo, como sucede con toda superstición que sobrevive en los pueblos pequeños. Se transforma en una mezcla de folklore y amenaza a quien incumpla las leyes naturales del universo.
Hasta que le toca vivirla a algún incrédulo con su familia.
Yo no conocía aquellas reglas hasta que emprendí mi viaje a Guichón. Salí tarde, mucho después de lo que tenía pensado. Calculaba llegar antes del amanecer. La noche parecía húmeda y firme, aunque no lo suficiente para justificar una niebla que empezaba a extenderse sobre el campo. No era demasiado común; parecía algo baja, demasiado inmóvil, permaneciendo detenida a unos centímetros del suelo. Mientras el automóvil avanzaba, el parabrisas se cubría constantemente con pequeñas gotas. El limpiaparabrisas las apartaba dando movimientos monótonos que terminaban adormecidos. Casi no había tránsito aquella noche; difícilmente se asomaban algunas luces a la lejanía. Eran largos los intervalos en los que no se encontraba otra cosa que vacío y un campo oscuro a donde se mirara.
Recuerdo pensar que aquella parte de Uruguay poseía alguna clase de silencio que no existía en otro lugar, algo profundo y antiguo.
A las 3:17 de la madrugada, el reloj del tablero se apagó. No reinició ni tampoco mostró algún fallo. La pantalla quedó en negro, como si la corriente desapareciera únicamente en ese pequeño aparato. Miré entonces a mi teléfono y descubrí que tampoco tenía señal. La batería indicaba algo de setenta por ciento, pero la hora había desaparecido y durante algunos segundos la pantalla mostraba únicamente un fondo negro.
En el instante pensé que se trataba de alguna clase de interferencia. Encendí la radio esperando que algo de ruido ocupara el silencio de aquella noche. Escuché varias estaciones entrecortadas, hasta que una voz apareció de repente. Clara, nítida, limpia entre un océano de estática.
—Mantenga la misma velocidad.
Decidí subir el volumen creyendo que había encontrado alguna clase de transmisión de emergencia. Pero antes que pudiera escuchar otra cosa, la voz volvió a hablar con un tono casi inexpresivo.
—No mire hacia los costados de la ruta.
Parecía comprender en qué situación me encontraba, pero no duró más que algunos segundos hasta que se cortó del todo. Permanecí varios segundos mirando a la radio, esperando que hubiese otra respuesta. Finalmente, solté una breve risa, más de nerviosismo que de diversión. Atribuyendo aquello a alguna transmisión local que se había colado hasta la cabina de mi automóvil. Fue entonces cuando a la lejanía percibí algunas luces, a la izquierda de la carretera. Más allá del alambrado que separaba la ruta de los campos de alrededor. Parecían cuatro luces perfectamente en formación, dos blancas y dos amarillas. Pero algo me inquietaba aún más: no parecían venir de ninguna clase de vehículo.
Permanecían inmóviles y suspendidas aproximadamente a un metro o quizás más del suelo. Y lo más extraño de todo es que no iluminaban nada a su alrededor.
No proyectaban ninguna clase de sombra ni reflejo, tampoco producían ninguna clase de sonido.
Reduje la velocidad intentando darme el tiempo para observar por varios segundos. Cuando finalmente desaparecieron, no lo hicieron como algún farol alejado en la distancia, ni como una luz que se apaga. Simplemente dejaron de existir, como si algo o alguien hubiera borrado cuatro puntos luminosos en un fondo oscuro con su goma.
Continué conduciendo, no encontraba ninguna explicación razonable a todo aquello y, por qué detenerme a averiguar qué eran en medio de una ruta desolada, parecía todavía aún más absurdo. Durante varios kilómetros fui intentando convencerme de que había visto alguna maquinaria agrícola trabajando a la distancia. Sin embargo, cada explicación que daba a mi inconsciente se desmoronaba en segundos cuando volvía a recordar la forma en que aquellas luces habían desaparecido. Unos diez minutos después me topé con una estación de servicio que no figuraba en ninguno de mis recuerdos de la carretera. El cartel superior indicaba simplemente “Estación 37”, aunque lo más curioso era la estructura que lo acompañaba. Un edificio que no parecía ser de esta época, con paredes de un ladrillo oscuro, ventanas pequeñas y una iluminación blanca que parecía tener tonalidades azuladas. No se encontraban otros vehículos, ni empleados a simple vista en los surtidores y, sin embargo, la tienda estaba abierta. Me detuve porque necesitaba combustible y porque la necesidad de encontrar un teléfono comenzaba a superar el miedo que me provocó la aparición de las luces.
Dentro de la estación encontré un único hombre detrás del mostrador. No parecía viejo, sino simplemente gastado, como si hubiera vivido demasiado tiempo sin dormir.
Con la piel pálida, los labios secos y una mirada fija que no expresaba sorpresa al verme. Intenté preguntarle si la estación estaba abierta, pero no recibí respuesta alguna. Miró al reloj que llevaba en la muñeca, volvió a dirigirme la mirada y volvió a posar sus ojos sobre el reloj con una lentitud incómoda.
—Usted no debería haberse detenido —dijo finalmente.
Le comenté que necesitaba combustible y pregunté por un teléfono que pudiera usar. El hombre solo negó con la cabeza, como si mis preguntas carecieran de alguna clase de sentido.
—¿Cuánto falta para Guichón?
Esta vez me miró a los ojos fijamente.
—Depende de cuál.
No entendí su respuesta. Pensé que me estaba haciendo alguna clase de broma.
—¿Cómo que cuál?
El hombre sonrió.
—La ruta.
Aquel sujeto digitó algunos números en su máquina y me entregó una factura.
—El tanque está lleno. Buen viaje.
Miré hacia el auto, le devolví la mirada. Miré luego la factura y pagué casi en automático.
—Gracias —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca.
Salí de la estación sin discutir y regresé al auto. Cuando encendí el motor, me di cuenta de que el tanque estaba prácticamente lleno. Recordaba haber salido de la ciudad con el tanque a la vista y que, antes de detener la marcha, el tanque estaba a un cuarto. Supuse que algún otro funcionario de la estación había cargado combustible mientras me encontraba adentro. Guardé la factura en la guantera, puse primera y abandoné la estación. Antes de perderla de vista, miré por el espejo retrovisor y me percaté de que había varias personas dentro de la estación.
No sé de dónde salieron al menos diez figuras o quizás más. Todos inmóviles detrás de los cristales, observando el automóvil con una atención casi enfermiza. Uno de ellos apoyó lentamente la palma contra la ventana. Cuando volví a mirar hacia atrás, la estación ya se había esfumado.
No lo perdí en la distancia, simplemente dejó de existir.
La carretera continuó extendiéndose delante de mí y el campo se veía exactamente igual que antes, pero detrás del automóvil no existía ninguna construcción. Ni siquiera aparecía la entrada que usé para salir. Sentí entonces una inquietud que no podía adjudicarle al cansancio. Aumenté la velocidad y traté de centrarme únicamente en la carretera. Unos minutos más, me deparé con un cartel: “Guichón —16 km”. Me hizo sentirme más tranquilo; pensé que todo esto no era más que una sucesión de coincidencias causadas por el cansancio y el sueño. Continué conduciendo por varios minutos más, a la lejanía observé otro cartel. Creía que la distancia ahora sería de 5 km o quizás dándome la bienvenida. Pero para mi sorpresa, era exactamente el mismo cartel: “Guichón —16 km”.
Debería ser alguna clase de broma. Diez minutos después, el mismo cartel: “Guichón —16 km”. Revisé el odómetro y comprobé algo todavía más inquietante: la cifra no cambió desde que había abandonado la estación. El motor funcionaba, el velocímetro marcaba ciento diez kilómetros por hora, las ruedas giraban y la carretera se desplazaba bajo el automóvil, pero el contador no avanzaba.
Fue entonces cuando me topé con un hombre caminando por el borde de la ruta en la misma dirección que yo. Vestía un abrigo oscuro y no llevaba ninguna linterna. Caminaba a su tiempo, como quien no se sintiera preocupado de estar en medio de la ruta, en plena madrugada. Reduje la velocidad y, cuando estuve lo suficientemente cerca de él, bajé la ventanilla. El hombre se volvió hacia mí y se inclinó ligeramente para mirar dentro del automóvil. No lo reconocí inmediatamente por el rostro, sino por la sensación. Como si comprendiera algo mucho antes de mirarlo. Observé la cicatriz sobre su ceja derecha, la misma que yo tenía desde los diecisiete años, la misma camisa que llevaba puesta y el mismo reloj en la muñeca. Cuando finalmente miré su rostro, descubrí que era el mío.
No era un parecido, era exactamente yo.
Aquel sujeto tenía exactamente mis rasgos, mis manos, mi postura y hasta la misma pequeña marca del cuello. La única diferencia eran los ojos… Completamente oscuros, sin iris ni pupila. Retrocedí por instinto, pero el hombre ya se había agarrado al borde de la puerta.
—No sigas…
Aceleré lo más rápido que pude.
Sentí que sus manos se arrastraban por la carrocería, seguido de un golpe seco cuando su cuerpo cayó sobre la carretera. No quise mirar hacia atrás. Continué a toda velocidad, intentando engañarme de que todo aquello era alguna clase de alucinación provocada por el cansancio. Durante unos cuantos kilómetros, todo volvía lentamente a aquella normalidad. Incluso comenzó a aparecer un leve resplandor en el horizonte; al parecer, el amanecer estaba acercándose, y por primera vez pensé que había logrado salir de aquella anomalía.
Aquel cartel que se repetía una y otra vez, por fin, desapareció de mi vista. Y después de unos minutos, finalmente aparecieron las primeras luces del pueblo, débiles y amarillentas. Extendiéndose entre una línea de árboles.
Inmediatamente no sentí alivio, aún sentía algo extraño en aquella llegada. Como si estuviera esperando horas, al verlo, no podía convencerme de que de verdad me encontraba allí. Las calles estaban casi vacías; algunas persianas aún permanecían cerradas, pero todavía pequeños grupos de personas empezaban a moverse por aquellas calles. Detuve el automóvil frente a una cafetería que tenía un cartel viejo sobre la entrada y, antes de apagar el motor, miré el reloj del tablero. Marcaba las 3:17 de la madrugada. Se detuvo en el tiempo, lo observé durante unos segundos esperando que cambiara, pero se mantenía inmóvil.
Entonces saqué el teléfono del bolsillo y comprobé que tampoco tenía hora, pero esta vez sí se mantenía con señal. Entré en la cafetería porque necesitaba hablar con alguien, con cualquier persona, aunque solamente fuera para escuchar una voz humana que pudiera decirme que todo aquello ya pasó y era producto del sueño.
Tres personas sentadas en una mesa junto a la ventana y un hombre detrás del mostrador que limpiaba una taza.
El hombre del mostrador dejó la taza sobre la madera y permaneció observándome sin decir nada. Me acerqué lentamente y pedí un café, procurando que mi voz no revelara el estado en que me encontraba. Él asintió, tomó una taza y comenzó a prepararlo, pero antes de servírmelo le pregunté si nos encontrábamos realmente en Guichón. El hombre dejó de moverse. Durante unos segundos miró hacia la ventana y después volvió a mirarme a mí, como si aquella pregunta hubiese confirmado algo que llevaba tiempo esperando.
—Sí —respondió—, claro que estamos.
Entonces le expliqué lo ocurrido: le conté sobre la estación, las luces en el campo, los carteles. Absolutamente todo, desde que entré a la ruta 90 hasta llegar a aquel lugar. Cuando terminé, esperaba alguna explicación racional, una risa, pero el hombre solamente echó la mirada hacia mis manos.
—¿En qué año están afuera?
—¿Afuera? —no lograba entender nada.
Creí que se trataba de alguna broma pesada, le dije el año y el hombre permaneció inmóvil. Una de las mujeres que estaba sentada junto a la ventana comenzó a llorar en silencio. No apartaba los ojos de mí. El hombre dejó finalmente el café sobre el mostrador y me preguntó por la fecha exacta. Se la dije…
Entonces sacó de debajo del mostrador un periódico doblado, amarillento, tan viejo que parecía estar ahí durante décadas.
Era una fotografía pequeña, tomada de noche, en la que aparecía un automóvil detenido junto al borde de la ruta 90. La imagen estaba demasiado deteriorada, pero pude reconocer el modelo del vehículo. Era el mío. Debajo había un titular que hablaba de una desaparición ocurrida en la ruta durante la madrugada y mencionaba a un hombre que había salido rumbo a Guichón y jamás había llegado. Leí el nombre una vez. Después, otra. Sentí que algo dentro de mi cabeza se desprendía lentamente, porque aquel nombre era el mío.
—Esto tiene que ser imposible…
El hombre no respondió, me trajo más; eran quizás 20 más. Todas las desapariciones ocurridas en la ruta 90. Sentí que el estómago me daba vueltas. Le dije que eso era imposible, que acababa de llegar. Él me respondió que todas las personas que se encontraban en el pueblo habían quedado atrapadas en una especie de plano.
Sobre el vidrio había un pequeño reloj digital que no había visto al entrar. Marcaba las 3:17. Entonces comprendí que algo estaba mal, pero todavía no sabía qué. Me levanté de la silla y miré hacia la calle. Varios automóviles estacionados frente a la cafetería, aunque ninguno parecía tener conductor. Las luces de todos estaban encendidas y apuntaban hacia la entrada del local. Una de las mujeres se acercó a la ventana y cerró la cortina. El hombre detrás del mostrador me pidió que no saliera.
—Todavía no salgas.
—¿Todavía no qué?
El hombre detrás del mostrador se acercó lentamente y cerró con llave la puerta de la cafetería.
—No mire demasiado tiempo —me dijo—. Si ellos se enteran de que usted intentó huir, van a venir.
—¿Quiénes?
El hombre me miró con una expresión que por primera vez parecía contener miedo.
—Aquellos de la estación —dijo—, tú los viste, todos los hemos visto.
Entonces escuchamos tres golpes contra la puerta de entrada. Todos dentro de la cafetería quedaron inmóviles. El hombre detrás del mostrador comenzó a retroceder mientras yo permanecía mirando hacia la puerta. En el vidrio aparecieron lentamente palmas apoyadas desde afuera. Seguida por otra… y otra…
Decenas de manos comenzaron a cubrir la entrada.
Y entonces escuché mi propia voz del otro lado.
—No sigas.
Me quedé paralizado.
Retrocedí lentamente hasta chocar contra una mesa. El hombre detrás del mostrador me observaba con los ojos llenos de lástima.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Él no contestó.
—¿Cuánto tiempo?
Finalmente, bajó la cabeza.
—Treinta años.
Intenté reírme, pero no salía nada. Entonces comprendí todo lo que pasaba, porque el tanque siempre estaba lleno, porque el odómetro no avanzaba, porque el reloj siempre se mantenía a las 3:17 y porque nadie, nadie podía decirme en qué Guichón estaba.
Estuve recorriendo el mismo tramo una y otra vez, al igual que las otras personas, y al finalizar la noche, todo volvía a pasar. Solo que por alguna extraña razón esta vez había perdido la memoria.
El hombre de la cafetería comenzó a apagar las luces. Una por una, las ventanas quedaron oscuras. Las figuras del exterior desaparecieron de mi vista y, durante unos segundos, solamente pude escuchar el motor de los automóviles estacionados frente al local. Entonces el hombre puso sobre el mostrador una llave que reconocí inmediatamente.
Era la de mi automóvil.
—Cuando vuelva a entrar a la ruta 90 —dijo—, trate de no mirar hacia los lados. Quizás esta vez no vuelva a este lugar.
El hombre señaló la puerta. Afuera ya no estaba Guichón, sino la ruta. Y frente a la cafetería, bajo la oscuridad del campo, estaban las cuatro luces nuevamente suspendidas a unos metros del suelo. Dos blancas y dos amarillas, perfectamente inmóviles.
Miré el reloj.
3:17
Entonces pude comprender la realidad, yo nunca llegué a Guichón. Aquel pueblo, en realidad, era simplemente el lugar donde todos los desaparecidos en aquella carretera creían estar llegando.
Cuando las luces comenzaron a acercarse lentamente hacia mí, escuché desde la radio del automóvil una voz que ya conocía.
Era mi voz.
—Mantenga la misma velocidad. —seguida de la misma interferencia.
Después, la oscuridad lo engulló todo.
Y la noche volvió a comenzar.

Por G. Zaballa

viernes, 22 de mayo de 2026

Relato LI - Diario de un hombre muerto



(imagen generada con IA)

    Diario de un hombre muerto.

    1916, Montes Apalaches.

    Cuarta noche en la cabaña. La nieve comenzó a tomar fuerza desde la pasada tarde. Los vientos hacen que la estancia se vuelva algo difícil de soportar; el silbido provocado por la corriente y las ramas chocando contra el vidrio de la ventana rompen su sosiego, llevando lentamente a imaginar que aquellas sombras que danzan constantemente sobre la pared, solo eclipsadas por la luz de la chimenea, vienen de criaturas que escapan de algún rincón de su cabeza. Comenzó un diario desde que decidió tomar el trabajo; esto mantenía sus pensamientos en un lugar seguro, algo necesario teniendo en cuenta que no tenía noción de cuántos días llevaría en medio de esa tormenta. Ser guardia forestal paga las deudas, es lo que importa, además de sobrar algo para su familia, un poco del precio a pagar.
    El lado bueno es que la comida no va a faltar; se percató días atrás de traer suficientes suministros para unos cuantos meses. Enlatados, carne seca, granos, café, suficiente para todo el invierno si es necesario. Esperando que en pocos días el calvario merme, con el fin de salir al menos por más cosas.
    Sin que cediera un centímetro aquella tormenta.
    Al quinto día, tuvo una pesadilla.
    En plena madrugada se levantó por un sonido que pensó ser algo similar a un gruñido. Desde la ventana observó una sombra que creyó ser un oso. La bestia medía unos dos metros, quizás más. Aquel animal se paró en sus dos patas y lo observó; eran ojos rojos que hervían como dos llamas en la inmensa oscuridad de la noche. Y su jadeo se sentía tan cerca que el vapor de su aliento parecía empañar las ventanas.
    No hizo otra cosa que tomar su escopeta de doble caño e intentar cargar dos cartuchos, pero las manos temblorosas lo hacían casi imposible. Se paró detrás de la puerta de entrada a la cabaña y apuntó, con la firme convicción de matar a la bestia.
    El hombre lo sentía cada vez más cerca. De repente empezaron a crujir los tablones del pórtico. El nerviosismo y el cansancio no lo dejaban ordenar sus ideas, menos apuntar con precisión.
    De repente, el gruñido y un gran manotazo hicieron temblar la puerta.
Cerró los ojos y apretó el gatillo. La bestia emitió un horrendo gruñido y todo terminó. O eso creía el hombre.
    Se quedó parado ahí por horas, sin quitarle el ojo a la puerta, hasta que amaneció. Al día siguiente, salió con cautela a revisar y no encontró nada. Ni un rastro de lo que él creía que fuera un oso.
    Ni sangre o señal, ni siquiera la más mínima alteración en la nieve colindante.
Solo se percató de una leve hendidura en la madera de la puerta, como si alguna cosa la hubiera tocado desde afuera. O tal vez desde adentro.
    Regresó a la cabaña sin mirar atrás.
    Quinto día, entrada tardía.
    Su diario se volvió un refugio menos seguro de la realidad que lo acechaba. Las palabras no logran del todo ordenar sus pensamientos; parecían doblarse en una maraña de signos sin sentido. Comenzó a escribir para fijar la realidad, pero a su alrededor algo de aquellas palabras no coincide con lo que recordaba haber vivido. No parecía un error, era como si a su cabeza le faltaran recuerdos.
    “Escuché al animal antes de verlo. O quizás lo vi primero.”
    No. Primero lo vio.
    O creyó verlo.
    Tachó aquella línea y volvió a comenzar.
    Sin embargo, la tinta volvió a aparecer horas después intacta, como si la página rechazara la corrección o como si no hubiera hecho ninguna.
    Al sexto día el viento amainó, pero aquel silencio fue peor.
    Tenía alguna clase de peso, casi táctil. No era el descanso tras la tormenta; era como si el mundo exterior hubiese sido detenido con cuidado, dejando aquella cabaña aislada en algo que no era su realidad.
    Intentó abrir la puerta; ella cedió sin dificultad alguna. Afuera, el bosque no estaba, no en el sentido más habitual. Pero algo le impedía seguir.
    Los árboles estaban allí, pero dispuestos de una forma imposible, demasiado juntos. O eso creía él.
    Sus troncos parecían observar, no con ojos, sino con su presencia, diferente a lo que recordaba.
    Retrocedió y cerró la puerta, asegurando con llave. El cerrojo que recordaba firme estaba flojo, tal como si alguna cosa lo hubiera manipulado. Esa noche no logró dormir.
Séptimo día.
    No escribió ni una sola palabra durante horas. Decidió volver a la primera página del diario.
“Primera noche en la cabaña.”
    Se detuvo ahí, no recordaba haber escrito esa entrada. Pero ahí estaba.
Describe su llegada, el estado de aquella cabaña, incluso cosas que no consideró en su momento que fueran importantes. Salvo por algo que no recordaba en absoluto.
    “En la pared norte hay un retrato cubierto por una tela.”
    Levantó la vista hacia la pared norte. Allí no había nada. Se levantó lentamente.
    Sus pasos casi no sonaban, parecía que el suelo absorbía su peso. Al acercarse, consiguió notar algo: una diferencia algo imperceptible, una textura diferente en la madera. Extendió la mano, la madera cedió. Era una tela endurecida por el frío. El retrato no mostraba un paisaje: era él. Era su rostro, más delgado, más pálido, con los ojos hundidos en una sombra que no correspondía al color de su cuerpo. Y detrás de él apenas notó una figura, sin cuerpo, sin nada que pudiera definir qué era. Pero su presencia era inquietante.
    “¿Quizás la bestia?”
    No.
    La respuesta no vino de su mente, sino del retrato.
    Los labios de su propia imagen se movieron con una lentitud imposible, como si recordara hacerlo.
    Entonces entendió todo. Los recuerdos volvieron.
    Leña, salió por algo de leña seca para la chimenea. El frío le mordió las manos mientras levantaba el hacha. Aquel bosque estaba demasiado quieto, demasiado blanco.
    Entonces un chasquido sucedió, un disparo se escuchó.
    Sintió un dolor en la espalda que le hizo caer de rodillas. Vio cómo la sangre corría.
    Una voz temblorosa a la distancia murmuró:
    “Creí que eras un oso. Te movías entre la nieve.”
    Entonces todo encajó. La puerta estaba abierta. Y aun así no podía cruzar.
    Porque nunca había vuelto de buscar leña.
    Porque llevaba días —quizás desde aquel momento— vagando entre la nieve y la madera, repitiendo todo una y otra vez. 

G. Zaballa

domingo, 25 de enero de 2026

Relato L - El silbador


(imagen creada con Grok)


El silbador

    Aquella mañana, el pueblo se sumergió en su tranquilidad habitual. En el gran depósito de aguas reposaban algunas letras borradas con el tiempo: “Bienvenidos a Dry Creek”. Ese era el nombre del pueblo, pero nadie recordaba el porqué. Ya no había agua, ni siquiera fe, ni mucho menos alguna clase de futuro.
    El banco acababa de abrir, como siempre lo hacía, con su campana oxidada y sus falsas promesas de seguridad. Nadie sabía que era su último día.
    Él observaba desde el otro lado de la calle, apoyado contra un poste algo torcido, con su viejo sombrero que le cubría media cara. Una Colt .45 descansaba sobre su cintura. Afinaba el aire con una clase de silbido bajo, quizás coreando alguna música que había escuchado la noche anterior. No era nerviosismo por lo que pensaba hacer: siempre silbaba antes de cruzar algún límite.
    Juró no volver a hacerlo desde el último golpe, después de que la sangre corrió, después de verla morir entre sus brazos por una bala que llevaba su nombre.
Desde entonces, prometió desaparecer, dejar ese mundo perdido y buscarse alguna parcela de campo que trabajar.
    Pero las promesas no sobreviven al recuerdo…
    —Jesús —dijo—. Será mejor que bendigas a estas malditas manos, porque tienen mente propia.
    Dentro de aquel banco, el dinero lo esperaba ordenado, limpio, ajeno a todo el dolor que había costado reunirlo nuevamente. Afuera, el mundo parecía ser una herida abierta que aún sangraba a chorros. El peso de los kilómetros recorridos, de las noches sin sueño. Que tal vez hoy podría comprar silencio, olvido y, sobre todo, una vida distinta.
    —El diablo me susurra al oído —murmuró al viento—. Es hora de subir el telón.
    Cruzó la calle sin apuro en sus pasos. Cada segundo era una confesión de sus actos. Cada nota de su silbido sonaba como una advertencia al viento. Algunos a su alrededor lograron reconocerlo, pero solo bajaron la mirada. Nadie quería ser testigo de otro tiroteo.
    Empujó con fuerza la puerta…
    Sonó la campana…
    El silbido fue frágil, como un vidrio a punto de romperse…
  Adentro, solo tres empleados y algún que otro cliente. El viejo guardia, con manos temblorosas, no logró responder a tiempo. Todos levantaron la mirada; todos entendieron qué sucedía. No por el arma, sino por el silbido.
    —Esto no es personal —dijo.
    Nunca lo fue…
    Sacó su pistola… y disparó…
    El tiempo comenzó a doblarse.
    Afuera, el sol seguía brillando como siempre lo había hecho, fingiendo que nada pasó.

G. Zaballa

viernes, 12 de diciembre de 2025

Relato XLIX - Fecha de vencimiento.


(imagen generada por ia, gemini)

Fecha de vencimiento.

    La primera que lo notó fue Martita, cuando la cuchara que sostenía se le cayó una vez más. No temblaba; simplemente ella no llegaba. La mano no respondía, como si el impulso viniera de un lugar más lejano. —Estoy cansada— fue lo único que logró decir. Todos asintieron al unísono. Era Navidad; el cansancio se transformó en parte del decorado, como aquel arbolito torcido o el mantel heredado de la abuela, con manchas que nadie quería saber su origen.
    Después fue el tío Ricardo. Se quedó mirando el pavo sin lograr reconocerlo. Sabía lo que era, sabía cómo cortarlo y hasta cómo llevarlo a su boca, pero el nombre no salía. La palabra se había evaporado, como si se tratase de un mueble sacado de la casa por la noche.
    Los niños seguían jugando en el suelo. El más pequeño logró armar una ciudad con cajas de regalo. El más grande canturreaba un villancico deforme, sin letra clara, pero afinado. Demasiado para su edad.
    Al llegar a las once, la casa empezó a oler de forma distinta. No era a comida; era a humedad vieja. A un cuarto cerrado durante décadas. Nadie se molestó en abrir alguna ventana. El frío afuera era algo denso, respirando pegado al vidrio.
    La enfermedad no provocaba dolor. Eso fue lo peor. Ni gritos, ni fiebre, ni sangre. Era una resta lenta, quitándole las capacidades, apagando funciones cuál luces en una casa abandonada. Caminar requería alguna clase de concentración; hablar exigía más esfuerzo. Recordar se volvió una tarea pesada, casi indecente.
    —¿Te acordás…? —empezó a decir Martita, y se detuvo. Y no recordaba nada…
    Los niños no mostraron ninguna capacidad alterada; seguían en su mundo. No tenían síntomas. El mayor pidió abrir otro de sus regalos.
    —Uno más, por favor…
    Nadie discutió. La autoridad se había ido.
    Cuando el reloj marcó la medianoche, ocurrió… Cada uno de los adultos recordó al mismo tiempo. Escenas distintas, pero únicas en su estructura: una infancia pobre, una noche de Navidad, un deseo formulado con una fe obscena. “Cuando sea grande, me voy a ir…” “Cuando sea grande, no voy a tener miedo a…” “Cuando sea grande, esto se termina…”
    Ricardo cayó de rodillas al piso. Sus piernas dejaron de responder. Martita perdió el habla. Pero no la voz; el sentido de las palabras.
    Los niños observaron sin entender lo que pasaba. No con miedo. Con una atención como quien aprende algo nuevo. El más chico preguntó:
    —¿Ahora nos toca a nosotros?
    Nadie logró responder… La cosa no reclamaba a los niños. Aún no. Los niños eran para después, un capital a futuro.
    Al amanecer, tres de los adultos aún seguían vivos. Respirando con dificultad. Sentados, quietos, vacíos. Esperando su turno. El resto… con la cabeza sobre sus platos, ahogados en sangre…
    Los niños, ahora dormidos en la sala, junto al arbolito de Navidad…

G. Zaballa

Relato XLVIII - La Noche de krampus


(imagen generada por ia, gemini)

La Noche de krampus

“Noche de paz, noche de horror,

todo muere alrededor.

Entre los astros que desprenden terror.

Brilla, anunciando a Krampus.

Brilla la estrella de la desolación,

una sentencia de perdición.

Noche de paz, noche de horror,

con sus garras te abrirá el corazón,

y con su boca lo devorará.

Cuando la sombra te alcance,

no habrá salvación.

No teman cuando Krampus entre,

pues nada queda que lo enfrente.

Desde la chimenea él descenderá

y la tierra devastará.”


    Aquella noche cayó sin ceremonia alguna, espesa y oscura como un coágulo. Parecía que la casa había tomado otra forma, retenida de aliento, mientras aquel pequeño vigilaba el árbol de Navidad con la tenacidad de los que aún creen que el mundo mantiene alguna clase de magia. Afuera, el tiempo se ponía hostil; la nieve no caía con normalidad, se desmoronaba del cielo como si algo hubiera muerto allá arriba y una clase de polvo blanco estuviese cayendo sobre todo.
    Aquel niño esperaba a Santa, no con una alegría infantil, sino con una clase de ansiedad agarrotada. Este año fue torpe, lleno de pequeños secretos que se desprendían bajo su piel. Lo inundaba el presentimiento de que diciembre tenía una clase de memoria propia.
    Trac-trac. Un sonido sordo en el techo fue el primer aviso. Nada festivo ni ligero. Como si una pezuña golpeara madera hueca. Acompañado de un aroma acre, mezclado con pelaje mojado, humo viejo y carne que no había terminado de morir. Aquella chimenea de ladrillos rojos comenzó a crujir; era un gruñido real, profundo al oído.
    Lo que emergió de allí no era una criatura de cuento; era algo que la historia había tratado de ocultar de alguna forma y que el invierno devolvió con alguna clase de crueldad. Con un pelaje oscuro y empapado, enmarañado con algunas escarchas rosadas. Piernas deformes, músculos tensos. La piel que le cubría el torso era tan pálida que se lograba ver las venas azuladas correr por la superficie.
    Con sus manos largas y anguladas, con sus dedos terminados en punta capaces de abrir una garganta sin esfuerzo alguno. Sus cuernos crecían hacia atrás, cada uno lleno de grietas, costras y restos de piel. Y sus ojos… eran dos grandes manchas negras, llenas de vacío. No miraban directamente al niño; lo estudiaban de arriba hacia abajo, como quien estudia el peso de algo antes de colgarlo.
    Krampus no esbozó ningún sonido. La bestia no necesitaba ninguna palabra para imponerse sobre aquel pequeño. Se acercó al niño, casi calculando cada paso, estudiando cada respiración. La sombra que arrastraba por el suelo no coincidía con su cuerpo; proyectaba una vibración, se alargaba y contraía, con vida propia.
    El niño quería huir, pero su cuerpo no respondía. No era terror; era comprensión de una realidad que le había caído encima como un golpe bien dado. No lo castigaba por sus pecados, sino que reclamaba lo que se había transformado. Aquellas mentiras que contó para sobrevivir, aquellas triquiñuelas que provocaba a sus padres y a sus amigos todo el año. Todo se paga de alguna forma.
    Krampus abrió el saco oscuro; del fondo surgió un aliento tibio, húmedo, casi asfixiante. El niño entró porque aquella bestia no necesitaba obligarlo, porque aquella noche tenía un orden más antiguo que la bondad y el perdón.
    La nevasca azotó con más fuerza ahora, aplacando cualquier ruido extra.
    Al día siguiente, la casa amaneció implacable. El árbol, con sus adornos, seguía estando ahí, con sus luces parpadeando serenas. En la chimenea solo quedaba un leve olor a cuerda quemada. Afuera, la nieve seguía cayendo con fuerza. Adentro, diciembre nuevamente cobraba su deuda sin dejar ningún testigo.

G. Zaballa

jueves, 30 de octubre de 2025

Relato XLVII - Doppelgänger


(Imagen generada por IA, Grok)

Doppelgänger

    Sus ojos se abrieron cuando se vio a sí misma reposando en su cama. Era la habitación que la había acompañado gran parte de su vida. No recordaba algún otro lugar que se sintiera tan suyo como aquellas cuatro paredes, llenas de pósteres de sus cantantes favoritos, aquellos rostros con sonrisas tan falsas, pero que amainaban su necesidad de tener a alguno de aquellos sujetos asiáticos, de rostros genéricos, a su lado.
    El aire estaba quieto. Solo el tic-tac del reloj marcaba el paso del tiempo, implacable, sobre la madera vieja del piso.
    De pronto, su gato saltó a la cama.
    —Teo —dijo la joven—. Buenos días, pequeño bigotes amarillos.
    Aquel pequeño felino ronroneaba, regocijándose con la presencia de la chica. Se acercó arqueando el lomo, rozando su cabeza contra ella. Ronroneaba como si el sonido fuera su modo de exorcizar lo invisible. Ella lo levantó, lo sostuvo unos segundos y lo dejó sobre la colcha.
    Se desperezó, lentamente, arrastrando los brazos sobre las sábanas, como si su cuerpo pesara más que de costumbre. Bostezó, frotándose los ojos, y se quedó mirando un punto fijo frente a ella. Algo había cambiado. No sabía qué. Una sensación turbia, como si los muros hubieran respirado mientras dormía.
    Desde el piso de abajo se escuchaban algunos ruidos extraños. Creía haber oído, la noche anterior, que su madre se iría temprano, pero no recordaba si todo ese diálogo lo había soñado o si realmente lo había dicho su madre.
    No quiso pensar. Fue al baño y dejó que el agua helada la despertara. Miró su reflejo empañado en el espejo. Por un instante, juró que la figura del otro lado parpadeó un segundo más tarde que ella. Dio un paso atrás, pero enseguida lo descartó. Solo cansancio.
    Minutos después volvió a escuchar algunos golpes más, pero esta vez acompañados del ruido del aceite, ardiendo en fuego lento.
    —¡Mamá! —vociferó—. Creí que no ibas a estar esta mañana.
    Pero nada respondió…
    No le dio más importancia que esa.
    Terminó de vestirse, cuando de nuevo volvió a escuchar aquel golpeteo en el piso de abajo.     Parecía venir de la cocina.
    —¿Mamá? —dijo asomándose por la puerta de la habitación—. ¿Estás ahí?
    Pero nada respondió. El silencio continuó luego, y la chica decidió bajar. Se asomó en la escalera esperando escuchar algo más.
    —¿Mamá?
    Una voz algo familiar respondió:
    —El desayuno está listo. Baja a comer antes de que se enfríe.
    De repente, una sombra se acercó al umbral de la puerta de abajo. Era su madre, pero con un semblante distinto, algo oscuro. Sus ojos brillaban de una forma más que diferente, como si aquella que la miraba fuera otra persona.
    —Casi me matas de susto —dijo aliviada—. Ya voy.
    Y se dispuso a bajar lo más rápido que pudo. Entró a la cocina y se sentó.
    Sobre la mesa, un manjar de frutas, café, jugo de naranja, cereales, huevos revueltos y tocino. Todo estaba pronto para disfrutar un desayuno completo.
    —Mamá, esta vez te pasaste con el desayuno.
    —Solo come…—respondió.
    Allí estaba su madre, o su silueta. De pie, de espaldas, con la misma bata gris de siempre, moviendo algo en la sartén. El cabello algo desordenado, la espalda rígida. Pero había algo extraño: la sombra proyectada sobre la pared no coincidía del todo con sus movimientos.
    No esperó más y comenzó a disfrutar el desayuno que su madre le había preparado. No recordaba la última vez que lo había hecho así, pues sabía que su madre trabajaba temprano y casi siempre el único que la acompañaba era el gato amarillento.
    De repente, el móvil que tenía a su lado comenzó a sonar. Dio vuelta el teléfono y observó que la llamada era de su madre. Aquella chica se estremeció al ver la pantalla, pues enfrente suyo estaba la misma, o quien creía que era su madre.
    —Qué extraño —solo alcanzó a murmurar cuando se llevó el teléfono al oído.
    —Hola —dijo.
    —Hola, hija. Te dejé el desayuno en la mesa antes de irme. Recibí un llamado temprano y no pude despedirme, pues estabas durmiendo aún. Espero que lo disfrutes. Mamá te quiere mucho…
    Aquellas palabras congelaron a la joven por completo. ¿Quién podría ser aquella mujer, entonces, si tenía a su madre en el teléfono?
    Cuando levantó la mirada, aquella mujer que tenía enfrente había tomado una forma casi grotesca. Era su madre, pero distinta. Aterradora. Llevaba una sonrisa de mejilla a mejilla, con una maraña de dientes de tiburón. Su piel era más clara de lo normal, y sus ojos llevaban la profundidad del averno. Eran tan oscuros como el mismo abismo.
    —¿Qué pasa, cariño? —dijo la cosa—. ¿No te gustó lo que hice para vos?
    Y aquella boca llena de dientes, lo devoró todo…

G. Zaballa

lunes, 13 de octubre de 2025

ZAGREB Por Diony Scandela y Gustavo Zaballa


(Imagen generada por IA, leonardo.ia)

ZAGREB

Por Diony Scandela y Gustavo Zaballa

    Debes entenderme, Margarita. El señor Zagreb Borsovich fue detenido por sus ilegales experimentos con reptiles. El Departamento de Policía de Puerto Aztur allanó su casa y, minutos después, localizaron al “buen” doctor almorzando en el restaurant Engels de la esquina; ¿no te acuerdas de que el detective Artemio le estaba siguiendo la pista? A ver, recuerda aquel escándalo con alimentos genéticamente modificados que trató de vender en la feria gastronómica. Zagreb, hombre de tendencias supremacistas y admirador del pintor austriaco (ya sabes de quién te estoy hablando), solía bromear que su equipo científico buscaba desarrollar el “Superhombre” con cuerpos donados por la morgue. Escucha esto, Margarita, yo entiendo que quieres entrevistar al “buen” doctor allá en la Penitenciaria de Puerto Aztur, pero recuerda que estamos ante una mente macabra. Detrás de esa sonrisa polaca, de ojos azules, mandíbula cuadrada, y bigote tupido, hay un ser malévolo; ¿sabes?, ese tipejo fue campeón de halterofilia en su juventud. Pudo defenderse o hacerle frente a los policías pero, el sujeto no opuso resistencia.
    Entre los objetos que incautaron al científico están los planos de una máquina que usa “energía nuclear comprimida” para reestructurar la materia… Esto te podrá sonar a ciencia ficción pero, tú sabes que en esta ciudad se ven cosas tan extrañas como en la novela de H.G. Wells. Y una carpeta de sesenta páginas con el rótulo de Proyecto “Op-Mi”. No sé qué carajos significa eso, Margarita pero tienes que averiguarlo. Por los momentos, los policías no han querido facilitarnos tal material. A ver si la Facultad de Genética de la Universidad de Puerto Aztur nos ayudan con eso.
    Zagreb es amigo de Matías Deker, otro “genio macabro” (como le dicen en la universidad), ese profesor de Zoología Comparada obsesionado con traer dinosaurios a nuestra era, ¡¿estás escuchando, Margarita?! Matías estuvo empecinado hace meses con excavar en la cueva aledaña a la playa de la ciudad. Allí hay un yacimiento de fósiles, bichos raros del periodo Pérmico y Deker sostuvo conversaciones con el gobernador para llevar a cabo su extraño plan; a Zagreb le pareció conveniente la idea, ya que compaginaba con lo de experimentar con reptiles. A Matías no se le ha visto desde hace tres días, como si supiera que lo iban a investigar tarde o temprano. Artemio Valenti advirtió que aquellos científicos estaban cruzando los límites pero, como siempre, la maldita política amiga de estos seres malévolos no le hizo caso al legendario luchador del crimen. El detective Artemio, hombre de fuertes convicciones religiosas, aseguraba que Zagreb y Deker tenían un pacto con el diablo pero eso ya es otra historia.
    Ahora bien, recuerda que solo tienes media hora. Las autoridades y el jefe del periódico te dan ese tiempo para que entrevistes al “buen” doctor; no es fácil para nosotros cubrir tantas historias seguidas de psicópatas, asesinos seriales, mafioso y ahora, científicos locos ¿Qué le está pasando a la ciudad? Margarita, solo me queda desearte éxitos. Dios te cuide.
    Margarita decidió entrar en la penitenciaría de Puerto Aztur con el grabador oculto entre su ropa. Esperaba que nadie notara aquella caja negra de diez centímetros en el bolsillo interior de la chaqueta. El guardia revisó sus credenciales y la condujo por un pasillo gélido con una mezcla de aromas: cloro y metal oxidado. En la celda del fondo, Zagreb Borsovich estaba sentado en una silla metálica, con una calma antinatural, esperándola. Sus ojos, de un color azul profundo, casi destructivo, no pestañearon en ningún momento.
    —Señorita Álvarez —dijo aquella voz pausada—. ¿Usted viene por el Op-Mi, verdad?
    Margarita no pudo responderle. Colocó el grabador sobre la mesa y asintió. Zagreb sonrió perturbadoramente.
    —Operación Mitternacht —murmuró ella—. Medianoche. Así la llamaban los alemanes de la Ahnenerbe. Un proyecto interrumpido luego de la caída del Eje en 1945. Buscaba devolver a la carne alguna clase de pureza original. La del primer hombre. No Adán, sino el que lo sigue.
    Margarita intentó mantener la compostura.
    —¿Qué relación tiene eso con sus experimentos con reptiles?
    Zagreb se inclinó hacia adelante. Su respiración cambió. Tomó un ritmo mediano, casi ritualista.
    —Los reptiles conservan una memoria antigua de la vida. En su ADN yace el registro de los primeros diseños. El Op-Mi pretendía despertar ese código genético oculto. Yo solo continué ese trabajo que ellos no lograron terminar en Turingia.
    —¿Ellos?
    —Aquellos de la Orden de la Medianoche, el brazo oculto de la Ahnenerbe. Sabes, creían que la evolución era un error. Un accidente que degradó la especie original. El Op-Mi quería revertir esos errores.
    Margarita notó que la luz del techo comenzaba a titilar. El grabador, sobre la mesa, emitió un leve zumbido.
    —¿Y Matías Deker? —preguntó ella.
    —Sí, mi discípulo. Él encontró el núcleo fósil. Una vértebra no humana ni animal. La pieza que faltaba para poder activar la máquina. Está bajo la cueva de Puerto Aztur. Una vez que la energía nuclear comprimida atraviesa esa materia, la estructura se reordena y nace algo nuevo. Algo superior.
    Ella se levantó abruptamente.
    —¿Algo nuevo o algo que ya existió? —dijo.
    Zagreb esbozó una sonrisa teórica.
    —Lo sabrás dentro de poco, cuando el mar se tiña de verde y todo nuestro trabajo esté completo.
    En ese momento el guardia entró para finalizar la charla con aquel sujeto. Margarita guardó el grabador y salió sin mirar atrás.
    En la redacción, horas después, revisó los audios que había obtenido. Las últimas palabras del doctor no estaban por ninguna parte. En su lugar se escuchaba un murmullo grave, como un rezo que evocaba algo primigenio. Solo repetía una secuencia de números y palabras en alemán: Mitternacht kommt. Das Meer öffnet sich. (Llega la medianoche. Y el mar se abre).
    Esa misma noche, la bahía de Puerto Aztur brilló con un resplandor verdoso, como si algo reluciera en el fondo del mar. Los pescadores juraron haber visto figuras humanas emergiendo del agua, cubiertas por una especie de escamas. En la playa, bajo la luna, se distinguían símbolos grabados en la arena: un triángulo invertido con una serpiente enroscada. Parecía un mensaje para alguien más.
    El parte oficial indicó que fue una descarga radioactiva accidental. Margarita, sin embargo, recibió una extraña carta sin remitente. Dentro había una hoja amarillenta con el sello de la Ahnenerbe y una frase escrita a máquina:
    Op-Mi completado. La Medianoche ha comenzado.

domingo, 12 de octubre de 2025

Relato XLVI - Por la sangre pagan


(Imagen generada por IA, Grok)

Por la sangre pagan.

    Aquella aula… la 3B olía a lejía y miedo. Esa clase de miedo que me hicieron pasar todo este tiempo. Los casilleros aún estaban abiertos y los libros dispersos en el suelo. Una mochila rota colgada en una de las puertas. Afuera… comenzaban a sonar las sirenas de la policía, como si quisieran despertar de alguna forma a los muertos. El caño de mi escopeta aún estaba caliente y humeando, como si se tratara de un dragón exhalando fuego. Le había disparado a cada uno de aquellos desgraciados… y a la señorita Martínez, aquella perra que dejó que se rieran una y otra vez de mí.
    En aquel momento, jadeando, no me quedó otra que sentarme sobre un pupitre en el fondo, en donde siempre me empujaban. Aquel donde siempre escuchaba las risas ahogadas en sus propias salivas, cada que aquella maldita salía del salón. Tenía la escopeta apoyada sobre el cuaderno de matemáticas y no me temblaba la mano. Por un momento en mi vida me sentía libre… satisfecho, de callar aquellas voces.
    No iba a hacerlo hoy… pero después del globo con excremento de perro y otras porquerías que me lanzaron ayer… decidí adelantarlo.
    La sangre de David, el desgraciado capitán del equipo, goteaba de la mesa de al lado… era un regadero sin fin de los cuerpos de mis compañeros…
    Se lo tenían merecido… desde hace una semana, en el vestuario… sí, aún recuerdo el olor a humedad… y los globos… pero aún más, las burlas sobre mi ropa interior, aquel maldito teléfono grabando… esa misma noche, el video recorrió todos los grupos de clase… casi doscientas risas digitales, ninguna palabra que reverberara alguna clase de apoyo.
    Pasé noches sin dormir… no pensé en venganza en ese momento… pensé en que la tierra me tragara… pero cuando mi madre me abrazó sin decirme nada, sentí que desaparecer no bastaba… quería el silencio… quería cerrarle la boca a todos aquellos que hablaban de mí.
    Tomé la escopeta de caza de mi padre… el primer disparo fue limpio… el sonido me dejó sordo por unos segundos… luego el mundo se volvió simple entre ruidos, gritos y olor a pólvora… un cuerpo caía… otro intentaba escapar… el reloj marcó las 10 hs. cuando todos se callaron…
    Por fin tenía el silencio que quería…

G. Zaballa

jueves, 24 de julio de 2025

Relato XLV - Una segunda bala


(imagen generada con ia)


Una segunda bala


«Dios creó a los hombres, el coronel Colt los hizo iguales.»

— Samuel Colt

    El aire era demasiado seco, casi irrespirable, tan árido y estancado que cada inspiración era una agresión a los pulmones, como si se tratara del aliento muerto de un mundo sin alma. Daba la sensación de que el entorno se hubiera fosilizado siglos atrás, inmóvil bajo un sol inmisericorde. Algunas elevaciones rocosas —más cicatrices que montañas— delimitaban la inmensidad del abismo con una presencia muda, sombría. Había algo de vegetación dispersa: matorrales resecos, cactus erizados, arbustos derrotados por el clima. Pero ningún animal rondaba por la zona. Ni una serpiente, ni un buitre. Era un paisaje suspendido entre el mundo de los vivos y el de los olvidados.
    En las profundidades del condado de Bexar —un punto neurálgico, pero desértico, del gran estado de Texas—, la vida parecía haberse rendido. Aquel paraje ofrecía un silencio total, solo quebrado por el lamento del viento que soplaba con un ritmo irregular, a veces furioso, otras apenas perceptible. Aquellas tierras, donde el calor podía descomponer los huesos en cuestión de horas y el viento borraba cualquier rastro humano, despedían un olor rancio, mezcla de sudor añejo, madera podrida y algo más profundo: una podredumbre ancestral, que parecía surgir desde el mismo subsuelo.
    En ese confín del mundo, entre grietas y soledad, se alzaba un viejo caserón vencido por la acción del tiempo y la naturaleza, conocido por los lugareños como la Estancia Benally. Su estructura, una amalgama de vigas torcidas, paredes agrietadas y tejas comidas por el sol, parecía resistirse a caer del todo, como si una voluntad invisible la mantuviera erguida por pura obstinación maldita. Se decía que las tierras aledañas no daban ni frutos ni sombra, y que el agua del pozo emergía espesa, casi viscosa, con la densidad y el color oscuro de la sangre de becerro recién derramada. Una sustancia espeluznante que burbujeaba desde el fondo con una lentitud ominosa.
    El lugar estaba abandonado desde hacía ya bastante tiempo. O al menos, eso era lo que se creía. Tanto por Dios como por los hombres… o, mejor dicho, ambos habían decidido mirar hacia otro lado. Nadie que se acercara a la estancia había regresado igual. Si es que regresaban.
    El pueblo más cercano, de nombre Abismo Seco, no era más que un suspiro de civilización en medio del desierto. Una cantina desvencijada, una herrería que parecía haber sido tragada por el polvo, y una iglesia tan antigua que su campana, más que sonar, emitía un llanto apagado, hueco, que inundaba el valle como una plegaria rechazada. El viejo reverendo McGrath, de rostro curtido y mirada extraviada, solía decir —casi en susurros y siempre mirando por encima del hombro, como si el mismísimo Diablo lo espiara— que Dios ya no tenía interés en escuchar a la gente del gran sur profundo. Que había cerrado sus oídos. Que el cielo ya no contestaba. Lo decía con temor, con resignación, como si temiera que alguien —o algo— pudiera oír su desesperanza y cobrarle el atrevimiento.
    Pero una tarde rojiza, del color de carne abierta bajo la hoja de un cuchillo, un hombre llamado Caleb Rourke —pistolero sin patria, sin hogar, sin futuro— regresó al pueblo. Su llegada no fue celebrada, pero tampoco fue ignorada. Abismo Seco, pese a su nombre, sabía reconocer a sus muertos caminantes. Caleb había pasado años en la guerra, cruzado tierras más crueles que el infierno mismo, y visto horrores que hubieran quebrado a otro hombre. Sin embargo, nada —ni campos de batalla, ni gritos de moribundos, ni los ojos vacíos de los vencidos— se comparaba con lo que estaba a punto de presenciar.
    —Volviste demasiado tarde, forastero —dijo la anciana Inez, desde su mecedora frente al salón—. Él ya está despierto.
    Lo dijo sin moverse, sin dejar de tejer un velo invisible con sus dedos nudosos. Caleb no respondió. Solo apretó los labios, contuvo los pensamientos y siguió su camino hacia el límite del pueblo, donde el olor del polvo comenzaba a mutar: más denso, más antiguo, como si trajera consigo el hedor del pasado que se niega a ser enterrado. Llevaba una promesa a cuestas, una que lo ataba a los recuerdos que preferiría olvidar. Los muertos no olvidan ciertas cosas. Y menos aún los que fueron traicionados.
Casi veinte años atrás, en un duelo ilegal bajo un cielo gris y mudo, Caleb le voló la cabeza al hijo menor de Tom Benally, un tirano terrateniente que se creía dueño de todo lo que alcanzaban sus ojos... y más. Pero Tom cometió un error imperdonable: no enterró a su hijo en tierra santa. Ni siquiera en tierra.
    Cuentan las malas lenguas que lo llevó de regreso a la estancia y lo ocultó en la bodega, bajo la casa. Allí, en la oscuridad, entre ratas y humedad, comenzó a practicar rituales. El viejo Benally empezó a aprender cosas. Cosas antiguas. Prohibidas. Secretos enterrados con los huesos de los indios navajos, arrancados a la fuerza por la fiebre del oro y la codicia de los blancos. Magia corrompida por la rabia y el hambre. Poder arrancado del suelo con manos ensangrentadas. Algo que venía de generaciones anteriores, un linaje mestizo, medio indio, medio conquistador. Los Binaalyé, navajos que con los años y el mestizaje dieron origen a los Benally.
    —El viejo Benally hizo un pacto —había dicho Inez muchos años atrás, con voz quebrada—. Entregó su alma a cambio de una segunda bala. Y lleva el nombre de Caleb.
Cuando llegó a la estancia, Caleb sintió que el aire se volvía casi sólido, como si respirara lodo ardiente. Escupió sangre sin notarlo. Tenía la lengua seca, áspera, con un sabor metálico que le raspaba el paladar y le nublaba los recuerdos.
    La casa parecía moverse. No por el viento, sino por su propia voluntad. Se inclinaba hacia él con intención depredadora, como si fuera una bestia dormida demasiado tiempo, ahora lista para devorar. Y allí, en el umbral, con un sombrero viejo que le cubría los ojos y una sonrisa que congelaba la sangre, lo esperaba alguien. Alguien con hambre de muerte. Un hombre alto, de piel cenicienta, sonrisa cadavérica, y un silencio que pesaba más que el plomo.
    —Ya veo que volviste —dijo el viejo Tom Benally. Pero sus labios no se movieron. Su voz emanaba del polvo, del suelo, de los huesos enterrados bajo sus pies.
    —Algunas promesas están para cumplirse —respondió Caleb, al tiempo que desenfundaba su vieja Colt 45. El arma parecía un eco del pasado: oxidada, polvorienta, pero letal. Seis balas. Una para cada año que había huido de su destino.
    Los dos hombres se colocaron a unos veinte pasos de distancia. Frente a frente. En ese instante, hasta las cigarras guardaron silencio. El viento se retiró, enmudecido por el duelo inminente.
    Uno…
    Dos…
    Tres…
    Y dispararon…
    Pero el cuerpo del viejo Tom no cayó. Las balas le atravesaron el pecho, dejando agujeros por donde debería haber salido la vida… pero sus pies seguían firmes. No vaciló. No sangró.     Era como si aquellas balas fueran papel mojado contra un muro de siglos.
    La pistola de Benally seguía alzada, apuntando con una calma imposible. Caleb sintió que el tiempo se detenía. Todo a su alrededor quedó suspendido, como atrapado en un charco estancado de eternidad.
    —Tú traes la muerte a estas tierras —susurró Tom Benally—. Pero yo traigo la eternidad.
    Las detonaciones retumbaron en el valle como campanas de juicio final. Y luego, el grito. Un grito que no era solo de dolor físico, sino del alma desgarrándose. Caleb gritó desde el fondo de su ser mientras sentía cómo algo entraba en él. Algo antiguo. Algo que llevaba esperándolo desde el día del duelo y que había sido sellado con el alma de Caleb y el pacto oscuro del viejo Tom.
    El disparo de Benally nunca llegó a su destino. No lo necesitaba.

G. Zaballa

martes, 22 de julio de 2025

Relato XLIV - El Cordero



(Imagen creada por IA)

El cordero

    Jamás en su vida había oído hablar de aquel olvidado y recóndito pueblo, perdido en medio de un vasto territorio de campos y montes, lejos de toda ruta principal o mapa oficial. Era uno de esos lugares que parecían borrados del tiempo, donde las historias viajaban más rápido que las noticias, y los caminos eran apenas senderos marcados por el paso de los pocos que aún se atrevían a cruzarlos. Las calles que conducían hasta allí, si es que podían llamarse así, eran prácticamente intransitables, especialmente durante la temporada de lluvias, cuando el terreno se transformaba en un pantano traicionero que tragaba las ruedas de los carros y hacía resbalar a los caballos como si fueran crías recién nacidas.
    Los pobres animales que arrastraban las carretas —de patas firmes, pero agotadas— se hundían hasta la panza en un lodo espeso y denso, que parecía aferrarse a sus cascos con la fuerza de manos invisibles. El barro no solo frenaba el avance, sino que agotaba tanto a bestias como a hombres, obligándolos a detenerse una y otra vez para recuperar el aliento o desatascar las ruedas. La lluvia, que no cesaba desde hacía días, había convertido cada tramo del sendero en una prueba de resistencia, tanto física como mental.
    Desde lo que hoy era conocida como la nueva capital del departamento —una ciudad joven, moderna y bulliciosa, levantada con orgullo sobre los cimientos de la antigua región— hasta las primeras casas de aquella minúscula y casi desierta urbe, no mediaban más de doce leguas y media a caballo. Una distancia que, en condiciones normales, podría recorrerse sin mayores contratiempos en apenas unas horas. Sin embargo, dadas las deplorables condiciones del terreno, aquel viaje se extendía a lo largo de dos días completos, con pausas forzadas, desvíos inevitables y momentos de duda sobre si se había tomado el rumbo correcto.
    Elías, quien había sido recientemente designado como el nuevo sacerdote del pueblo, no tuvo más remedio que aceptar las circunstancias con resignación cristiana. Su misión era clara: llegar a ese lugar olvidado por el mundo y por la propia Iglesia, para atender las necesidades espirituales de una comunidad reducida, envejecida y desconfiada. El camino no sería fácil, y él lo sabía. Había leído informes, escuchado rumores y recibido advertencias, pero nada lo preparó para la experiencia real de aquel trayecto hostil.
    La primera noche, obligado por el anochecer y por el estado calamitoso del sendero, Elías decidió pernoctar junto al viejo camino, en un claro algo elevado que le ofrecía al menos un terreno seco para acampar. Allí, bajo un cielo encapotado, se acomodó como pudo entre sus mantas, al abrigo de una pequeña fogata que chisporroteaba débilmente. A su lado, su caballo, exhausto y cubierto de barro, descansaba con las patas dobladas, agradecido por la pausa. Elías cerró los ojos y elevó una oración al cielo, no solo pidiendo protección para el viaje que aún le quedaba por delante, sino también fuerza para enfrentar lo que le aguardaba en ese rincón olvidado del mundo.
    Aunque era un hombre de fe y de palabra firme, Elías no podía evitar preguntarse en qué momento había aceptado tan difícil destino. ¿Por qué él? ¿Qué lo había llevado a aceptar una tarea que muchos otros habían rechazado sin dudarlo? Tal vez, pensaba mientras el viento helado se colaba entre sus ropas, porque en el fondo de su alma aún ardía esa chispa de idealismo que lo había llevado al sacerdocio. Una chispa que deseaba, con sinceridad, llevar consuelo a quienes ya no esperaban nada, ni siquiera a Dios.
    Y así, en medio del barro, la soledad y el silencio de la noche, comenzó el largo camino de Elías hacia un pueblo que, aunque desconocido, pronto marcaría su destino para siempre.
    Era, sin lugar a dudas, un destino que ningún clérigo sensato, con algo de juicio o instinto de supervivencia, se atrevería a solicitar voluntariamente. Aquel rincón olvidado del mapa, más cercano al silencio absoluto que a cualquier vestigio de vida urbana, no figuraba en los registros habituales de las diócesis ni en las rutas comunes de peregrinaje. Se trataba más bien de una especie de pequeña aldea perdida en medio de un océano de campos interminables, donde el horizonte parecía fundirse con la tierra y el cielo en una línea difusa y melancólica.
    La frontera más cercana se encontraba aproximadamente a unas ocho leguas hacia el norte, atravesando pastizales ondulantes, colinas suaves y caminos casi borrados por el paso del tiempo y la falta de tránsito. Ese límite era el último respiro de lo que podría considerarse “civilización”: una guarnición semipermanente de soldados, algunas chozas dispersas de comerciantes nómadas y una vieja estación ferroviaria que, si aún funcionaba, lo hacía solo de forma esporádica. Más allá de ese punto, lo que se extendía no eran ciudades, ni pueblos, ni siquiera caseríos, sino simplemente tierra. Tierra abierta, vasta, indomable. Y con ella, el dominio absoluto del silencio, ese que no es simple ausencia de ruido, sino una presencia en sí misma, densa y profunda.
    Era una región donde el trabajo con la tierra y la crianza de ganado no eran solo actividades económicas, sino las únicas formas posibles de vida. Los días estaban marcados por el movimiento del sol, y las noches eran gobernadas por estrellas silenciosas que parecían aún más cercanas debido a la ausencia de luces artificiales. Allí, el hombre debía ser su propio guardián, su propio médico, su propio juez y sacerdote. La comunidad, escasa y envejecida, se sostenía con esfuerzo, con rutinas repetitivas, con la terquedad de quienes decidieron, contra todo pronóstico, no abandonar jamás ese suelo que consideraban sagrado por tradición y memoria.
    El aislamiento era absoluto. No había rutas principales que condujeran hasta allí; solo senderos apenas marcados por carretas viejas, pasos de ganado y huellas dejadas por los escasos viajeros o comerciantes errantes. Tampoco figuraba en los mapas más recientes: era como si el tiempo mismo hubiera olvidado que ese lugar existía, dejando que quedara atrapado entre épocas pasadas, detenido en una especie de limbo geográfico donde los días se repetían sin novedades y las noticias del exterior llegaban con meses de retraso, si es que llegaban.
    Elías, el sacerdote que había sido asignado a tan peculiar destino, no tardaría en comprender que aquella no sería una tarea sencilla. Su llegada no sería solo un cambio de parroquia, sino el inicio de una prueba espiritual y física, una confrontación con la soledad, con la fe misma, y con los fantasmas del olvido. En aquel lugar apartado, cada palabra, cada misa, cada gesto de consuelo tendría un peso enorme. No era un lugar para sermones vacíos ni para rituales automáticos; allí, cada alma que se cruzara en su camino pediría algo más que doctrina: pediría humanidad.
    Y así, en ese rincón perdido entre campos y cielos abiertos, donde la historia parecía haberse detenido hacía décadas, comenzaba el verdadero desafío de Elías. Un sitio donde la fe no se predicaba, sino que debía vivirse a diario, sin testigos ni aplausos. Solo el eco de uno mismo y el sonido del viento.
    Cuando llegó finalmente a las primeras casas del pueblo, una profunda sensación de alivio recorrió todo su cuerpo como una cálida corriente. Sus músculos, tensos por el largo trayecto, comenzaron a relajarse poco a poco, y su alma encontró un breve respiro. Por fin, el camino, tan arduo y solitario, había llegado a su término sin mayores contratiempos, salvo el lógico cansancio del caballo, cuyas patas ya no respondían con la misma agilidad, y sus propios huesos, que crujían entumecidos tras las largas horas de marcha. No obstante, con tan solo una noche de buen descanso, al abrigo de un techo firme y una comida caliente, todo eso podría solucionarse fácilmente. Elías lo sabía, y su cuerpo también lo anhelaba.
    Las casas, de madera envejecida y techos inclinados, emergían como figuras grises en medio del paisaje de tierra húmeda y caminos sin empedrar. Unas pocas columnas de humo subían perezosamente desde las chimeneas, señal de que aún había vida en aquel rincón olvidado por el tiempo y los mapas. Sin embargo, lo que lo sorprendió más no fue la humildad de las construcciones, sino la mirada con la que fue recibido.
    Las siluetas de los primeros rostros que comenzaron a asomarse tras ventanas entreabiertas o desde los umbrales polvorientos no resultaban tan amigables como él había supuesto. Había en ellas una mezcla de recelo, curiosidad y algo más difícil de nombrar: un temor silencioso, ancestral, casi supersticioso. La sensación de ser observado con desconfianza era tan clara, tan penetrante, que casi podía palparse en el aire denso que lo rodeaba. Era como si todas esas miradas lo atravesaran, desnudaran su alma, buscando leer sus intenciones antes de permitirle siquiera pronunciar una palabra.
    Sintió, por un momento fugaz, lo mismo que siente una presa al saberse vigilada por depredadores invisibles. Era como si un lobo, oculto entre las sombras de las paredes y los rincones, acechará a los corderos sin guía, listos para ser devorados. Pero, a diferencia de otras ocasiones, esta vez él no era uno más entre los corderos. Él venía con la misión de ser el pastor. No uno cualquiera, sino aquel enviado con una tarea sagrada: restaurar la fe en un lugar donde la esperanza parecía haberse exiliado hacía ya mucho tiempo.
    En su corazón resonaba la certeza de estar cumpliendo una labor divina. Se sentía portador de una luz tenue, pero persistente, destinada a abrirse paso en medio de las tinieblas que parecían haberse instalado en aquella comunidad tan desdichada como olvidada. Porque si algo tenía claro Elías, era que los lugares más remotos, aquellos que la sociedad abandonaba y la historia ignoraba, eran precisamente los que más necesitaban de un guía espiritual. Y él, aunque cansado, llegaba dispuesto a convertirse en ese faro.
    Se bajó lentamente del caballo, dejando que sus botas crujieran sobre el suelo seco y polvoriento. Se detuvo por un instante a observar a su alrededor. El ambiente que lo rodeaba no ofrecía consuelo alguno. Ninguna de las miradas que alcanzó a cruzar contenía vestigios de amabilidad o calma. Más bien, se sentía como un forastero atrapado en tierra extraña, rodeado de presencias que lo juzgaban sin decir palabra.
    La sensación que lo envolvía era intensa y abrumadora, como si una presión invisible lo empujara hacia el suelo. Estaba perdido, sí, en un lugar que parecía surgido del mismísimo Valle de las Sombras, pero a pesar de todo, no se sentía del todo solo. Aún lo acompañaba la certeza de que el Señor Padre lo guiaba, como una antorcha en medio de la oscuridad.
    Fue entonces cuando notó que una de las casas más cercanas tenía la puerta abierta de par en par. A través de ella, salía y entraba un constante flujo de personas, lo que llamó de inmediato su atención. Decidió, con una mezcla de curiosidad y precaución, acercarse a aquella vivienda. En su interior, intuía que podía encontrar respuestas, o al menos, alguna señal que le confirmara que había llegado al lugar correcto. Sin embargo, en lo profundo de su alma sabía que no estaba del todo preparado para recibir las primeras reacciones de los lugareños. Sabía que, en ese pueblo, él era el extraño.
    En cuanto cruzó el umbral de la puerta, una oleada de miradas se volcó sobre él con tal intensidad que sintió un estremecimiento. Era como si una montaña de ojos lo atravesara por dentro, como si cada par de pupilas que lo observaban se convirtiera en una daga que lo hería sin tocarlo físicamente. Algunos rostros parecían esconder intenciones oscuras, como si quisieran lanzarse sobre él y desgarrarlo sin razón aparente, como si fuera una presa herida que, por alguna causa desconocida, había despertado el hambre dormida de la multitud.
    —Buenas tardes —saludó con voz firme el sacerdote—. Estoy buscando la capilla Santa Trinidad. ¿Podría alguien indicarme cómo llegar?
    El hombre que estaba detrás de la barra, un sujeto corpulento de rostro endurecido por el sol y los años, lo miró en silencio. Su mirada era tan profunda que parecía escarbar en su interior, como si tratara de leer su alma a través de los ojos. Luego, lentamente, deslizó su mirada de arriba abajo, examinándolo con desconfianza.
    —Sí —respondió con voz seca, carente de entusiasmo—. La vieja parroquia está al final de la calle, a mano derecha.
    —Gracias. Que Dios lo bendiga —agregó Elías, haciendo una leve reverencia.
    —¡Espere! —exclamó el hombre justo cuando el cura se giraba para marcharse.
    En ese exacto momento, un escalofrío recorrió su espalda como una serpiente helada. Una sensación extraña, casi premonitoria, lo invadió por completo. Algo en el tono del hombre, en su repentina urgencia, le hizo presentir que lo que venía no sería sencillo de digerir.
    —¿Sí? —respondió Elías, girándose otra vez.
    —¿A qué ha venido usted?
    —Bueno —dijo con una sonrisa suave, intentando disipar la tensión—. He venido a cubrir al padre Giménez. Me envía la diócesis. Lamento profundamente lo que le ocurrió. Supe que tuvo un accidente.
    —Ah, no se preocupe por eso —respondió el hombre, ahora con un tono más relajado—. Hace ya medio año que tenemos con nosotros al padre Judas.
    —¿Padre Judas? —repitió Elías, sin entender nada—. Disculpe, pero eso no puede ser. Debe haber un error. Yo soy el único sacerdote designado para este pueblo según la diócesis.
    —No —contestó el hombre, esta vez con una seriedad que caló hondo—. Me temo que el error es suyo. El padre Judas lleva ya varios meses celebrando misa y cumpliendo sus deberes religiosos aquí.
    Elías sintió que algo se quebraba dentro de él. Una incomodidad creciente lo envolvió, una especie de disonancia entre lo que sabía y lo que estaba presenciando. No era solo lo que el hombre decía, sino el tono con el que lo afirmaba. Por primera vez desde que emprendió el viaje, comenzó a dudar. ¿Y si el error era realmente suyo y no del obispo? ¿Y si había llegado al lugar equivocado o en el momento incorrecto?
    —Si no me cree, puede comprobarlo usted mismo —añadió el hombre—. Estoy seguro de que el padre Judas no tendrá problema alguno en recibirlo.
    Avergonzado por la situación y envuelto en una mezcla de incredulidad y desconcierto, Elías decidió salir del lugar. Caminó hacia su caballo con paso firme pero con el alma sacudida por la incertidumbre. Sentía la necesidad de revisar nuevamente la documentación que le habían enviado desde la diócesis. Tal vez allí encontraría la confirmación de que no estaba equivocado.
    —Estoy seguro de que este es el pueblo de Santa Trinidad —murmuró para sí mismo mientras atravesaba el umbral de la puerta y salía al exterior, sintiendo el calor del sol sobre su rostro, que contrastaba con el frío interior que comenzaba a anidar en su pecho.
    Pero, en efecto, al revisar cuidadosamente la documentación que portaba en su bolsa de cuero, no cabía duda alguna: todo indicaba con claridad que el equivocado no era él, sino aquel hombre hosco que se había encontrado en la pulpería del pueblo. El error no recaía sobre sus hombros, sino sobre los de alguien más, quizás debido a una desinformación, una confusión o —lo que era más inquietante— una posible suplantación. Sin embargo, fuera cual fuera la causa, debía resolverse cuanto antes. No podía permitir que la incertidumbre se instalara en su conciencia, y mucho menos si involucraba el nombre de la Santa Iglesia.
    Un tal “padre Judas” decía estar oficiando como sacerdote en esa localidad, y lo más perturbador era que no había comunicado nada a la diócesis correspondiente. Aquello no solo resultaba inusual, sino que rozaba lo alarmante. En el orden clerical, todos los movimientos, nombramientos y sustituciones deben estar debidamente documentados y aprobados por la autoridad eclesiástica. ¿Quién era entonces ese tal Judas? ¿Y cómo había logrado hacerse con la parroquia sin que nadie lo supiera en instancias superiores?
    Decidido a esclarecer el asunto con urgencia, Elías volvió a montar su carreta. Con manos firmes tomó las riendas y se dirigió directamente hacia la parroquia de Santa Trinidad, ese pequeño templo donde, según los registros, debía estar ejerciendo sus funciones. No había tiempo que perder ni lugar para las dudas. Cada minuto que pasaba aumentaba su desconcierto, pero también fortalecía su resolución.
    El trayecto fue corto, apenas unas cuantas cuadras que serpenteaban por caminos de tierra reseca y piedras sueltas. Y al llegar al lugar señalado, su sorpresa no pudo ser mayor. Ante sus ojos se alzaba una edificación modesta, pequeña, casi insignificante, con un campanario inclinado que apenas se mantenía en pie. Todo el conjunto daba una sensación de abandono que ponía los nervios de punta. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí hacía décadas, dejando que el polvo y la humedad se apoderaran de cada rincón.
    La parroquia, si aún podía llamarse así, estaba en un estado lamentable. Las paredes de ladrillo mostraban signos evidentes de deterioro por humedad; grandes manchas verdes y oscuras trepaban por los muros como una enfermedad silenciosa. Las puertas y ventanas, hechas de madera ya podrida por la intemperie, crujían al viento como si temieran por su destino. Aquello no parecía un lugar sagrado, sino un templo olvidado por el mismo Dios, aguardando el momento en que algún derrumbe inevitable pusiera fin a su existencia.
    El sacerdote Elías, desconcertado pero aun con el deber por delante, bajó de la carreta con gesto decidido. Tomó su pequeña bolsa de cuero, donde llevaba no solo sus documentos oficiales, sino también sus efectos personales, y se dirigió hacia la entrada principal de la edificación. Sus pasos resonaban sobre la tierra seca, y por un momento se sintió como el único ser vivo en ese paisaje desolado. La parroquia parecía flotar en medio del campo, completamente rodeada por un extenso manto de pastizales altos y descuidados. Era como si la naturaleza hubiera reclamado todo alrededor y la iglesia se mantuviera allí, inmóvil, como un barco a la deriva en un océano de verde salvaje. Esperando encallar finalmente en alguna costa lejana.
    Al llegar a la puerta principal, algo llamó poderosamente su atención. El picaporte no era común, ni siquiera improvisado de modo convencional. Se trataba de una cruz toscamente formada con ramas secas, unidas entre sí con una soga rústica. Pero eso no era lo más extraño. Rodeando dicha cruz había una cinta estrecha, teñida de rojo apagado, con una serie de grabados en un alfabeto completamente desconocido para él. No era latín, ni griego, ni hebreo —las lenguas sagradas que todo sacerdote conoce con cierta profundidad—. Tampoco se asemejaba a ninguna lengua europea moderna. Parecía más bien algún dialecto local o quizás algo más antiguo, algo que no debía estar allí, algo que no pertenecía a la casa de Dios. Lo envolvió una sensación inquietante, como si se hallara frente a una advertencia disfrazada de adorno.
    Elías se quedó observando esos extraños símbolos por un momento, tratando de interpretarlos, de encontrar algún significado o familiaridad. Pero nada vino a su mente. Todo aquello era nuevo y ajeno, y por lo tanto peligroso. Logró, no sin esfuerzo, reordenar sus pensamientos, despejar su mente del temor irracional que comenzaba a germinar en su interior. Respiró profundamente y recordó el propósito de su visita: encontrar al tal padre Judas y poner fin a aquella confusión.
    Extendió la mano y tocó la puerta con firmeza. Una vez. Silencio. Esperó unos segundos. Tocó una segunda vez, esta vez con más fuerza. Nada. Solo el viento fue testigo de su insistencia. Finalmente, alzó el puño y golpeó por tercera vez, esperando que esta vez alguien acudiera. Pero no hubo respuesta. La estructura permanecía inerte, vacía, como un cascarón olvidado. Una vez más, el silencio se hizo dueño del lugar. Ni un sonido, ni un paso, ni una sombra se asomó desde el interior.
    El sacerdote sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Todo indicaba que ese lugar había sido abandonado. No solo por los hombres… sino tal vez también por Dios.
    Pero de pronto, de manera casi imperceptible, la antigua puerta de la parroquia comenzó a abrirse lentamente, como si una fuerza invisible la empujara desde dentro, invitándolo a descubrir los secretos ocultos entre aquellas paredes olvidadas por el tiempo. El rechinar de las bisagras, ásperas por la oxidación y el abandono, rompió el silencio sepulcral que reinaba en los alrededores.
    Elías, con cautela, alzó la mirada y dirigió sus ojos hacia el interior del edificio. Lo primero que notó fue que no se trataba simplemente de oscuridad: lo que había más allá del umbral era una negrura total, una penumbra densa, casi tangible, como un abismo profundo que absorbía sin piedad cualquier rastro de luz exterior. Era como si la misma noche hubiese echado raíces en ese lugar.
    Con pasos medidos y temblorosos, cruzó el umbral y comenzó a avanzar por el suelo de mármol negro que crujía apenas bajo sus pies. La frialdad del material le caló los huesos, y una sensación de irrealidad lo envolvió, como si todo lo que lo rodeaba no fuera más que una escenografía montada por alguien con gustos extraños y perturbadores.
    A medida que se internaba en la nave principal, fue percibiendo con mayor claridad los detalles del interior. Las paredes, construidas con un extraño material entre rojizo y oscuro, se elevaban hasta el techo como gigantes mudos. Grandes pilares, teñidos de un escarlata profundo, se alzaban a cada lado del camino hacia el altar. La coloración descendía por los muros como si una inmensa corriente de sangre hubiese brotado desde el techo y se escurriera hasta el piso. El efecto visual era inquietante, casi grotesco, pero al mismo tiempo, hipnótico.
    Se acercó lentamente al altar mayor. Allí, la figura del Cristo crucificado colgaba, imponente y desgarradora. A diferencia de las representaciones tradicionales, esta imagen mostraba a un Jesús despedazado, con heridas demasiado explícitas, cubierto por una tonalidad rojiza que asemejaba carne viva, y con unos ojos negros tan profundos que parecía que lo miraban desde otra dimensión.
    Giró instintivamente la cabeza hacia su izquierda y, en un rincón, observó la estatua de la Virgen María. La figura estaba cubierta por un manto negro que ocultaba casi por completo su rostro, y la expresión que apenas se adivinaba era la de una tristeza insondable, un dolor antiguo y silencioso.
    Sobre el altar principal, en el centro exacto, reposaba un cáliz de plata. El interior del mismo estaba manchado de rojo, como si hubiera contenido vino o algo más espeso y oscuro. El paño rojo sobre el que descansaba parecía tan antiguo como la misma iglesia, con bordados desgastados por los años.
    Elías, aún con la garganta seca por la impresión, se aclaró la voz y habló con tono firme, aunque ligeramente tembloroso:
    —Hola —dijo—. Estoy buscando al padre Judas. He sido enviado por la diócesis. Vine a sustituir al padre Giménez, tal como me indicaron.
    Sus palabras retumbaron en el recinto vacío, rebotando entre las columnas y los arcos con un eco que pareció durar una eternidad. Pero no hubo respuesta. Ni un susurro. El silencio se mantuvo absoluto, como si las mismas paredes hubieran absorbido las palabras antes de que pudieran llegar a oídos humanos. Era como si ese lugar, oscuro y sombrío, se negara a reconocer cualquier presencia ajena.
    La temperatura dentro del templo era muy diferente a la del exterior. Una humedad densa, casi pegajosa, se adhería a la piel, y el aire parecía viciado, cargado con un frío intenso que calaba hasta los huesos. Elías sintió como si estuviera dentro de un inmenso refrigerador, atrapado en una cápsula de tiempo donde nada envejecía pero todo moría lentamente.
    De pronto, sin previo aviso, una presencia se hizo sentir en el ambiente. No fue una aparición visual, sino más bien una sensación, un cambio en el aire, como si algo —o alguien— hubiese entrado al recinto sin ser visto. Una energía nueva y sombría se apoderó del espacio, distinta a todo lo que había percibido anteriormente, incluso en la pulpería donde comenzó todo.
    Una voz clara y joven rompió finalmente el silencio:
    —Buenas tardes, me estaba buscando. Soy el párroco de la ciudad.
    Elías giró la cabeza rápidamente en dirección a la puerta principal, desde donde provenía la voz. A contraluz, solo distinguía la silueta de una figura masculina, recortada contra la claridad del exterior. La iluminación, lejos de ayudar, dificultaba ver el rostro de aquel que se acercaba.
    —Me dijeron en la pulpería que usted me estaba buscando —continuó el hombre—. Espero que sea así y no esté perdiendo su tiempo.
    Elías entrecerró los ojos, esforzándose por distinguir los rasgos del desconocido. La figura avanzaba lentamente hacia él, deslizándose por el pasillo central. Finalmente, cuando estuvo lo suficientemente cerca, el sacerdote pudo ver su rostro.
    —Soy el padre Judas —dijo con naturalidad—. Si usted está buscando al padre Giménez, debo informarle que falleció hace casi un año.
    —Sí… —respondió Elías, con algo de sorpresa en la voz—. Vengo en representación de la diócesis. Me han enviado para ocupar su puesto.
    El joven sacerdote frunció el ceño y respondió sin titubear:
    —Debe tratarse de un error. A mí también me enviaron con ese mismo fin hace unos meses. Me temo que, lamentablemente, deberá regresar por donde vino.
    Elías, confundido y con una mezcla de cansancio y frustración, se quedó paralizado. El hombre frente a él era joven, de no más de treinta y pocos años. Tenía el rostro pálido, con cabello negro corto, pómulos marcados y un mentón cuadrado. Era un hombre atractivo, al punto de parecer fuera de lugar en aquel ambiente decadente.
    —Tengo conmigo todos los documentos oficiales que respaldan lo que le estoy diciendo —replicó Elías, mientras abría su maletín de cuero y extraía cuidadosamente las cartas selladas.
    El padre Judas tomó los papeles y les echó un vistazo rápido, casi sin interés.
    —Sí, también yo tengo esas mismas cartas —dijo con calma—. Si desea, puedo mostrárselas para que las compare.
    Sin entender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, Elías se dejó caer pesadamente sobre uno de los bancos de madera, intentando reorganizar sus pensamientos y encontrar algo de sentido en aquella situación tan absurda como inquietante.
    —Esto es imposible… —murmuró.
    —No se preocupe —intervino Judas con tono sereno—. Estoy seguro de que encontraremos una forma de aclarar este malentendido. Pero tendrá que ser en otro momento.
    —¿Qué? —alcanzó a decir Elías, completamente desconcertado.
    —Debo preparar la parroquia para la misa de esta noche —explicó el joven párroco—. Si lo desea, puede quedarse a participar de la ceremonia. Y mañana, con calma, resolveremos este asunto. Hay una casa aledaña donde me hospedo, tiene espacio suficiente para ambos. Puede alojarse allí si así lo desea.
    Elías no respondió. Su mente seguía aturdida. Algo en ese lugar no encajaba. Algo no estaba bien. Pero, por el momento, no tenía más opción que aceptar la hospitalidad de aquel misterioso sacerdote.
    —Aceptaré su generosa hospitalidad —respondió Elías, con un leve asentimiento de cabeza y una expresión de alivio tras la tensa conversación sostenida en el interior de la lúgubre parroquia.
    Cuando finalmente llegaron a la casa en cuestión, Elías no pudo evitar sorprenderse. Aquella edificación se destacaba entre las demás construcciones del pueblo como una joya reluciente en medio del polvo. A simple vista, era evidente que no se trataba de una vivienda común, ni mucho menos de un hogar austero, como el que uno esperaría de un párroco humilde entregado a la vida de servicio y recogimiento. Al contrario, se trataba de una casa ostentosa, suntuosa en cada detalle. Tenía una fachada señorial, con columnas de estilo colonial, amplios ventanales y balcones de hierro forjado. Parecía más bien la residencia de una antigua familia acaudalada que aún conservaba el poder económico y cultural que había ostentado por generaciones, un remanente de tiempos en que ese rincón del mundo había tenido mayor relevancia o al menos mayores pretensiones.
    —Espero haberme equivocado de casa —murmuró Elías, dubitativo, mientras observaba la entrada principal con cierta incomodidad—. No puede ser este el sitio…
    Desconcertado, metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica y extrajo un pequeño trozo de papel doblado en cuatro, en el que el padre Judas había garabateado la dirección con rapidez. Lo observó atentamente, comparando los detalles escritos con el lugar frente a él. En efecto, era el lugar correcto. El papel decía claramente: «Casa Rodríguez», y la placa en la entrada confirmaba el nombre. Era evidente que no se trataba de un error. Sin embargo, el contraste entre lo que esperaba y lo que veía lo mantenía perplejo.
    —La “Casa Rodríguez”… —repitió en voz baja, como si el simple hecho de enunciar el nombre fuera suficiente para resolver el enigma—. No puedo creer que esta sea la morada de un sacerdote. Parece más bien la casa de algún terrateniente venido a menos o de una familia devota… pero del dinero, no de Dios.
    Respiró hondo, tomó valor y abrió la puerta lentamente, que crujió como si no fuera usada con frecuencia. Al ingresar, se vio de inmediato inmerso en un mundo de ostentaciones que resultaba completamente ajeno a su estilo de vida. Muebles tallados en madera noble, vitrales de colores, alfombras gruesas traídas del extranjero y lámparas de araña que colgaban desde lo alto de techos decorados con molduras antiguas. Aquel hogar distaba mucho de la humildad y la sobriedad que él había cultivado en su vida sacerdotal. Sin embargo, su cansancio y los días de viaje que traía encima no le permitieron indignarse por mucho tiempo.
    Ascendió lentamente por una majestuosa escalera de madera oscura, cuyas barandas parecían haber sido pulidas recientemente. Al llegar al segundo piso, recorrió un largo pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la primera puerta. Empujó suavemente y, al ingresar, dejó caer sus pesadas maletas con un suspiro de alivio.
    La habitación, al igual que el resto de la casa, no escatimaba en lujos. Las paredes estaban revestidas con un elegante papel tapiz de un tono rojizo, atravesado por delicadas franjas negras que daban una apariencia cálida y sofisticada. Una imponente cama, empotrada en un nicho de madera ornamentada, ocupaba el centro del aposento, cubierta por sábanas limpias y gruesas mantas. Había también una lámpara de escritorio antigua, un escritorio de roble, una butaca amplia y un ropero enorme tallado con figuras religiosas.
    Elías se quedó un instante contemplando aquel lugar. Por un momento, dejó de cuestionarse la contradicción entre la riqueza de la casa y la supuesta humildad del sacerdote anfitrión. Aquella cama, mullida y acogedora, le pareció de pronto el mayor de los regalos. Después de tantos días de travesía, viajando en carreta y durmiendo en el suelo o, en el mejor de los casos, en posadas miserables de mala muerte, el descanso prometido por ese lecho le resultaba sencillamente irresistible.
    —Después de todo, quizás no sea tan malo dormir una noche en una cama como corresponde —murmuró para sí, mientras se despojaba de su abrigo.
    Así, lentamente, fue dejando atrás sus prejuicios y decidió dejarse llevar por el agotamiento. Se tumbó con cuidado sobre el colchón, que crujió apenas al recibir su peso, y cerró los ojos con la intención de dormir, aunque fuera un rato antes de la misa. El contraste entre su cansancio y la comodidad del entorno comenzó a disolver cualquier juicio previo. Por el momento, los lujos del lugar ya no le parecían tan condenables. En ese instante, solo importaba el descanso… y la certeza de que, con el paso de las horas, muchas más preguntas estaban por encontrar sus respuestas.
    Dejó reposar su cuerpo exhausto sobre aquella cama, permitiendo que cada músculo se relajara tras días de travesía. Observó con detenimiento su viejo reloj de bolsillo, ese que siempre llevaba consigo y cuyo tic-tac parecía eterno, como el paso mismo del tiempo. Las manecillas de aquel pequeño artefacto de metal golpeaban suavemente cada indicador, marcando el compás de una aparente quietud. Una sensación de levedad repentina comenzó a invadir el ambiente, como si una paz inexplicable descendiera sobre la habitación. Era una calma profunda, envolvente, casi sobrenatural. Todo a su alrededor se tornó extraño, como si el tiempo mismo se hubiera detenido por unos instantes.
    En ese preciso momento, una brisa suave y sutil golpeó los cristales del ventanal. El viento, juguetón, pero tenue, hizo danzar las cortinas con delicadeza, mientras algunas ramas de los árboles del exterior, arrastradas por la corriente, acariciaban los vidrios polvorientos con movimientos casi tímidos. Aquel sonido, tan leve como el roce de un susurro, acompañaba la atmósfera de descanso que por fin había encontrado.
    Era una calma sombría, sí, pero necesaria. Una serenidad densa que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, justo lo que Elías necesitaba luego de tantos días agotadores recorriendo los maltrechos y polvorientos caminos del Departamento de Rivera, sorteando dificultades, durmiendo en suelos fríos o en posadas miserables donde el descanso era apenas un lujo esquivo.
    Sin embargo, justo cuando comenzaba a cerrar los ojos, dejándose llevar por la inminente somnolencia, una ventisca fuerte e inesperada azotó con brutalidad los vidrios del ventanal. Ya no era la dulzura de una brisa nocturna. Era el violento embate de una tormenta desatada. Las ramas que antes apenas rozaban los cristales ahora los golpeaban con furia, como garras salvajes que intentaban penetrar desde el exterior. El silbido del viento se transformó en un aullido desgarrador.
    Elías se incorporó bruscamente, sobresaltado por el repentino cambio. El ambiente acogedor había desaparecido, reemplazado por una tensión opresiva. La casa, que hasta entonces había parecido sólida y apacible, comenzó a emitir crujidos y gemidos que parecían quejarse del tormento exterior. El sonido era casi humano, como si el edificio entero sufriera con cada golpe del viento.
    Entonces, sin previo aviso, un golpe violento azotó la puerta de la habitación donde se encontraba. Fue un estruendo seco, como si alguien —o algo— estuviera intentando derribarla con una fuerza descomunal.
    —¿Qué está pasando? —preguntó Elías, elevando la voz entre la tormenta—. ¿Quién se encuentra ahí?
    Fueron las únicas palabras que logró articular, pues una mezcla de sorpresa y temor comenzaba a apoderarse de él. Con paso lento pero firme, movido más por la curiosidad que por la sensatez, alargó el brazo y empujó con cautela el picaporte de la puerta. El chirrido metálico se mezcló con los bramidos de la tormenta.
    De pronto, sin previo aviso, una luz intensísima lo inundó todo. Era una claridad que lo envolvía absolutamente, borrando las sombras, los ruidos y hasta el miedo. El zumbido de la tormenta cesó. El silencio fue absoluto. Elías parpadeó varias veces, tratando de entender lo que sucedía. Era como si hubiese cruzado un umbral invisible, dejando atrás su mundo para ingresar a otro completamente distinto.
    Se encontró entonces en un lugar desconocido, completamente alejado de aquella ciudad, y quizás incluso, de este mundo. Dio unos pasos, sintiendo el suelo mullido bajo sus pies. Se hallaba en un extenso campo de trigo dorado que le llegaba hasta la cintura. El paisaje era sereno: a su alrededor, suaves colinas se extendían hacia el horizonte, y algunos árboles solitarios rompían la uniformidad del terreno. El cielo azul, despejado, parecía abrazarlo. Los pájaros cantaban con alegría y la brisa era agradable, fresca, vivificante. El sol lo bañaba todo con una luz cálida y dorada.
    Ya no estaba en aquella habitación lujosa y extraña. Ahora, se encontraba en un paraje bucólico y apacible.
    Llevó la mano hacia los altos tallos de trigo, rozándolos con la yema de los dedos, disfrutando del tacto suave y cálido. Era un momento extrañamente bello. Sin embargo, algo llamó su atención. A lo lejos, divisó a otra persona. Una figura solitaria, pero distinta. No era como él. Estaba cubierta por un manto de luz que resplandecía con intensidad.
    Movido por la intriga, Elías comenzó a caminar en su dirección. En su mente, mil preguntas se acumulaban, exigiendo respuestas que no encontraba:
    ¿De qué forma había llegado hasta allí?
    ¿Dónde había quedado la casa?
    ¿Dónde se hallaba el pueblo?
    ¿Era esto un sueño, una visión, una revelación?
    Al acercarse, pudo observar mejor a la figura. Su vestimenta era peculiar: una túnica de tono caqui que caía hasta los tobillos, y su cabello, largo y enmarañado, llegaba hasta los hombros. Había algo inquietante y sagrado a la vez en su presencia.
    —Hola... —balbuceó Elías, con voz apenas audible.
    La figura respondió sin demora.
    —No temas, hijo mío —dijo con una voz profunda y serena.
    En ese instante, la figura se giró para dejarse ver completamente, y entonces Elías lo entendió. O creyó entenderlo.
    —Tu sacrificio me será grato —declaró el ser con solemnidad.
    De pronto, sus ojos comenzaron a sangrar. De su boca, también brotaba un líquido espeso y oscuro. Su frente se agrietaba y dejaba escapar hilos carmesíes. Lo más aterrador eran sus ojos: completamente negros, vacíos, y a la vez llenos de un odio indescriptible. Lo miraban con una intensidad sobrehumana. Su cuerpo estaba destrozado, mutilado, cubierto de heridas. Pero no cabía duda. Era aquella figura que lo había perturbado tiempo atrás en la parroquia del pueblo. Era —o al menos parecía ser— la representación de Jesús… aunque, en el fondo de su alma, Elías sabía que eso que tenía delante no era el Hijo de Dios. Era algo más. Algo impío. Algo abominable.
    Y justo cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, unas campanas comenzaron a sonar estruendosamente a su espalda. Elías se dio vuelta bruscamente, y en la lejanía pudo ver, como emergiendo de la nada, la pequeña parroquia de Villa Santa Trinidad. En su entrada, una figura familiar lo observaba. Era el padre Judas. Lo miraba fijamente, con una expresión inescrutable, esbozando una sonrisa que parecía cargada de un significado oculto, casi burlón.
     Con el corazón acelerado, Elías volvió su mirada hacia donde había estado el Jesús macabro. Pero ya no estaba allí.
    En su lugar, se erguía una criatura espantosa: una figura humanoide, altísima, de más de dos metros, delgada, de piel oscura y rugosa. Su cráneo estaba cubierto de ojos: decenas, quizás cientos, todos clavados en él, observándolo con la fría paciencia de un depredador que se relame antes de atacar. Era como si todo su cuerpo fuera un instrumento de vigilancia, una trampa viviente.
    El terror lo paralizó. Aquella visión era demasiado, incluso para alguien como él, acostumbrado a lidiar con lo desconocido desde la fe. Pero justo cuando sintió que el pánico iba a consumirlo por completo, logró abrir los ojos de golpe.
    Estaba nuevamente en la habitación.
    Era un sueño…
    O al menos, eso creyó.
    Porque el sonido de las campanas… seguía ahí. Resonando con insistencia en lo profundo de su mente.
    Sonaban las campanadas provenientes de la antigua parroquia del barrio. En ese preciso instante, Elías recordó que el sacerdote se encontraba preparándose para celebrar la misa nocturna. La inquietante pesadilla que había tenido momentos antes aún lo envolvía con una sensación indescriptible de miedo y desconfianza, especialmente hacia aquel enigmático sujeto que aparecía en sus sueños. No obstante, en lo más profundo de su corazón, confiaba en que el santo padre sabría proteger a un alma devota, como un pastor que guía y defiende a su cordero en medio del oscuro valle de las sombras.
    De manera repentina, una idea se coló en su mente: quizás no sería tan mala decisión acercarse a la iglesia y participar de la ceremonia como un simple observador. Tal vez, más adelante, podría encontrar el momento oportuno para hablar sobre aquello que lo había llevado hasta ese sitio tan sagrado. Sin embargo, tenía completamente claro que no pensaba, bajo ninguna circunstancia, mencionar nada relacionado con el sueño, ni las imágenes perturbadoras que lo habían atormentado, ni mucho menos aquello que había experimentado con esa criatura abominable… o con aquel Jesús deformado, tan aterrador y grotesco.
    Respiró hondo, tratando de calmar su mente agitada, y con determinación se colocó sus vestiduras sacerdotales. Con paso firme, emprendió el camino hacia la parroquia, decidido a enfrentar lo que fuera que lo esperara allí.
    La noche se encontraba despejada, sin una sola nube en el cielo, pero el ambiente era diferente. Había una densidad en el aire, una oscuridad tan profunda que parecía tragar la poca luz que aún se atrevía a brillar. Era como si la propia claridad se sintiera incómoda, desplazada, temerosa de permanecer en ese lugar por más tiempo.
    Caminó unas pocas cuadras, las que parecieron eternas, hasta que finalmente llegó al frente de la iglesia. Sin embargo, algo le resultó extraño: una intensa y macabra luz roja se filtraba por las ventanas, como si en su interior hubiera un fuego infernal ardiendo. Alarmado, se acercó lentamente. En la entrada, de pie, lo esperaba el cura, con una sonrisa extraña dibujada en el rostro, una mueca inquietante que no transmitía paz, sino algo mucho más perturbador.
    —Qué bueno verte aquí —dijo el sacerdote, esbozando esa sonrisa siniestra que heló la sangre de Elías.
    —Sí —respondió Elías con voz apagada—. No he podido dormir en toda la noche… Así que pensé que sería justo venir a la misa, quizás me calme.
    —Entonces, eres bienvenido. Puedes tomar asiento en los primeros bancos —indicó el sacerdote, haciéndole una seña.
    Elías dio unos pasos hacia el interior, pero apenas cruzó el umbral del templo, un dolor agudo le atravesó la nuca como una lanza. Sintió de inmediato un líquido caliente, recorrerle la espalda por dentro del cuello de la camisa. Giró bruscamente, solo para ver a un hombre corpulento que estaba parado junto a la puerta, empuñando un enorme palo manchado de algo oscuro.
    Llevó su mano a la nuca y la retiró temblorosa: estaba cubierta de sangre que parecía hervir al contacto con su piel.
    —Gracias por venir —pronunció el padre Judas con voz solemne, mientras se acercaba con pasos lentos—. Nos evitaste el trabajo de ir a buscarte nosotros mismos.
    En cuestión de segundos, el mundo entero pareció girar en torno a Elías. Todo comenzó a volverse borroso, confuso. La oscuridad lo envolvió completamente, como si hubiera sido tragado por un abismo sin fondo.
    —El sacrificio de esta noche ha venido por su propia voluntad —dijo el cura con tono ceremonioso desde detrás del altar—. Y nosotros sabremos ofrendarlo al dios que todo lo ve, que todo lo sabe… y que todo lo otorga.
    Los párpados de Elías pesaban como piedras, como si tuviera sacos de arena colgados de ellos. Sin embargo, aún conseguía mantener los ojos entreabiertos. No sentía sus piernas, como si ya no fueran parte de su cuerpo, pero el dolor en su cabeza persistía con intensidad. Estaba atado de pies y manos, amordazado y colgado boca abajo sobre un altar extraño, teñido de rojo escarlata. Todo a su alrededor era confuso y terrorífico.
    —Que la sangre de los justos sacie el hambre de las fauces del caos —entonó una voz—. Y que tú, oh innombrable, nos concedas el don eterno de la inmortalidad.
    Elías forzó la mirada a su alrededor. Estaba rodeado por un grupo de personas vestidas con atuendos extraños, ceremoniales. Algunos llevaban túnicas bordadas en tonos rojos intensos, otros en dorado brillante, y algunos más en un verde oscuro, como las sombras del bosque. En sus cabezas portaban coronas hechas de flores marchitas y rosas espinosas, y en las manos sostenían ramas secas y raíces retorcidas.
    Pero el sacerdote destacaba entre todos ellos, más siniestro aún. Lucía una larga túnica negra que le llegaba hasta los pies y un manto púrpura que caía pesadamente sobre sus hombros. En una de sus manos sostenía una daga con forma de media luna, reluciente bajo la luz roja del altar.
    —Bajen al cordero hasta el altar —ordenó con voz profunda, como si estuviera invocando algo desde otro plano de existencia.
    Como si su mandato hubiera sido emitido por alguna deidad ancestral, varios individuos encapuchados comenzaron a aflojar lentamente las cuerdas. El cuerpo de Elías descendió, tembloroso, hasta el centro del altar.
    —Que este sacrificio sea digno de tu voluntad —dijo el sacerdote con solemnidad mientras alzaba la daga.
    Y entonces, sin más preámbulos, la sangre comenzó a fluir…

G. Zaballa