Vieja guardia

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sábado, 3 de enero de 2026

Vieja Guardia - IV



Capítulo IV

I

«No vengo a traer amor; ni paz para estas tierras.
He venido a traer justicia a través de la espada.
Y la vida eterna a aquellos que sigan mis palabras,
y caminen por mi sombra.
Por el dios padre y por la diosa madre.»

Taklio 14:6 —
Libro de los Justos
Orden de los Caballeros de Baltasar.


    Aquella pequeña roca, lanzada con precisión por una de las pequeñas manos, rebotó sobre la superficie de las aguas ennegrecidas una, dos, tres veces, hasta finalmente hundirse con un leve chapoteo en el fondo del río. La risa cristalina de los niños resonaba por todo el paraje, mezclándose con el murmullo del agua y el susurro del viento.
    Jugaban sin preocuparse por nada, desafiando de forma inconsciente y alegre las advertencias de los mayores, quienes con palabras firmes y miradas serias, habían dejado claro que esas aguas oscuras no eran un lugar seguro para revolotear sin precaución.
    Pero la fuerza del juego, la pasión inocente por descubrir y divertirse, era mucho más poderosa que cualquier reprensión de los adultos. Para ellos, no existía el peligro, solo la magia del momento presente. El arte de sonreír, de correr libremente entre charcos y arbustos, sobre aquellas tierras húmedas por la bruma matinal, era una experiencia más grande que cualquier mandato.
    Con ramas, como espadas, con hojas, como escudos y cascos improvisados hechos de cortezas, se convertían en valientes guerreros de leyenda, héroes de fantasía nacidos de la nada. Jugaban a ser adultos, pero no los adultos reales y cansados de todos los días, sino aquellos que luchan por causas nobles y que conquistan mundos con honor y valentía.
    En sus mentes, libraban batallas contra bestias antiguas, monstruos míticos, criaturas inmortales surgidas de los rincones más oscuros de la imaginación. En ese mundo paralelo, en esa dimensión invisible a los ojos de los mayores, todo era posible: el honor era real, la victoria era dulce, y las derrotas solo duraban un instante, hasta que alguien proponía una nueva aventura.
    Las riñas infantiles —que en otro contexto podrían parecer rudas o alborotadas— eran, en realidad, muestras sinceras de cariño, gestos inocentes que contenían la esencia misma de la vida. Eran tan puras, tan hermosas, que incluso las sombras del entorno parecían retroceder ante esa energía vibrante.
    Aquel rincón del mundo, por momentos tan sombrío, era también capaz de ofrecer dulzura. A pesar de los cielos nublados y las leyendas oscuras que circulaban entre los mayores, esas tierras sabían, en ocasiones, ser generosas con la alegría. El viento soplaba desde el sur, pero pronto viró hacia el norte, como si arrastrara consigo noticias de un verano cercano.
Las nubes se disipaban lentamente y el aire comenzaba a llevar la fragancia del pasto seco y las frutas maduras. A lo lejos, gaviotas gigantes —aves costeras que rara vez se veían tan tierra adentro— sobrevolaban con pereza el cauce del río, asechando con mirada sagaz a los pescadores solitarios que, en sus botes raídos, echaban las redes sin demasiada esperanza, pero con la paciencia de quienes conocen el alma del agua.
    Ese pequeño paraje, oculto en los márgenes del mapa y del tiempo, parecía haber sido creado por una voluntad divina. Un rincón bendecido, concebido tal vez por Dios Padre en su infinita sabiduría, y engendrado con ternura por Dios Madre desde su sagrado y eterno vientre. Era un pedazo de tierra perdido en el vasto mar del este, una isla en la memoria de quienes lo habitaban.
    Y muchos, de distintos orígenes y con diferentes historias, habían llegado hasta allí en busca de algo que en otro sitio no podían encontrar: calma, esperanza, raíces. Un refugio para quienes deseaban empezar de nuevo o recordar lo que era vivir en sintonía con la naturaleza y los sueños sencillos.
    —Isaac—pronunció la mujer con una voz erosionada por los inviernos, la sal y el cansancio, detenida a escasos pasos de los niños—. Vengan. Es la hora. Basta de esos juegos manchados de violencia.
    —Mamá—replicó uno de ellos sin bajar el brazo, aún empuñando la espada de madera astillada—. Déjanos un poco más.
    —No. Se acabó.
    El aire cambió antes que el paisaje. A lo lejos, sobre la cicatriz oscura donde el mar se partía contra el cielo, comenzaron a encenderse reflejos extraños, luces breves que aparecían y se extinguían con ritmo irregular. No eran astros ni señales conocidas por los pescadores. Eran superficies pulidas, escudos de madera y metal devolviendo la luz. Naves. Varias. Demasiadas para ser comercio. Demasiadas para ser regreso.
    Las aves, que hasta ese instante rasgaban el cielo con sus graznidos ordinarios, se desbandaron de forma abrupta. Volaron sin orden ni rumbo, como si una mano invisible les hubiera quebrado el instinto. El campo quedó en silencio. Esa huida no era casual: tenía el peso de los augurios antiguos, de aquellos que los ancianos reconocían sin explicaciones, advertencias traídas por mareas ajenas, anuncios de hierro y saqueo.
    La mujer siguió la trayectoria del vuelo, forzándose a alzar la vista hacia el horizonte. Allí, entre la bruma baja, distinguió los parcos que marcaban los límites de los cultivos. Algunos estaban envueltos en llamas. No se trataba de un incendio que avanzara: el fuego ya había llegado.
    El alarido surgió desde lo más profundo de su pecho, desgarrándole la garganta como si la voz se le desprendiera de la carne.
    —¡Vámonos ya!
    Los niños soltaron las espadas de juguete como si ardieran y corrieron hacia ella. Se aferraron a su falda con desesperación, buscando refugio en un cuerpo que aún creían capaz de detener el mundo. Emprendieron la huida hacia la villa, situada a media milla del claro donde jugaban. El brillo de las embarcaciones crecía con cada paso; dejó de ser un destello remoto para convertirse en una presencia opresiva, sólida, cercana. El corazón del mayor golpeaba con una furia que no reconocía como propia, acompasado con los gemidos contenidos de su madre, que corría sin mirar atrás, consciente de que volver el rostro era concederle forma al terror.
    La empalizada apareció ante ellos como un último amparo. Vieja, torpe, levantada con troncos mal alineados y refuerzos improvisados. Al llegar, la mujer gritó al guardia apostado en la entrada, un hombre flaco, con barba rala y una lanza demasiado larga para sus brazos cansados.
    —¡Vienen ahí!
    —¿Quiénes?—respondió él, frunciendo el ceño, sin comprender aún.
    —Los barcos del este. Traen fuego.
    El rostro del guardia se descompuso. Dio un paso atrás, trastabilló, y antes de que la frase terminara de asentarse en su cabeza, gritó con toda la fuerza que le quedaba.
    —¡A cubierto! ¡Todos! ¡Hombres y mujeres, tomen lo que tengan! ¡Niños, a las casas!
    El orden se disolvió al instante. Gente corriendo en todas direcciones, cuerpos chocando, gritos, caídas, manos que se aferraban a lo primero que encontraban. El polvo se mezcló con el miedo.
    —Isaac—ordenó la mujer, agarrándolo del rostro—. Lleva a tus hermanos. Ahora.
    Entonces sonó. Un clamor profundo, prolongado, que atravesó el aire como un cuchillo. No era el cuerno de la villa. Era otro llamado, grave, ajeno, nacido de gargantas que no conocían misericordia.
    Isaac tomó a los pequeños del brazo y corrió. Entraron en la casa de madera, baja, húmeda, con techo de paja ennegrecida por el humo. Abrió la trampilla del suelo y los empujó hacia el hueco oscuro. Bajaron. Cerró.
    Afuera, los gritos crecieron. El llanto de los más chicos se volvió insistente, desesperado, llamando a su madre. Isaac les ordenó callar. Dijo que volvería.
Salió con cuidado y miró por la rendija de la puerta. Los adultos se habían alineado en la plaza, tensos, esperando. Espadas melladas, escudos rajados, lanzas hechas con herramientas de campo. Lo poco que tenían.
    Entonces el cielo se llenó de flechas.
    El aire se volvió un alarido. Cuerpos cayendo, sangre oscura salpicando la tierra. Algunos resistieron, otros se desplomaron sin comprender. La empalizada cedió con un crujido final. Entraron. Figuras cubiertas de hierro, cascos cerrados, cotas de malla, hachas pesadas. Avanzaban sin palabras, sin pausa, sin rostro.
    Isaac vio caer a su padre atravesado por una saeta. No gritó. Retrocedió y volvió al escondite.
    Pasaron minutos eternos. Solo llanto. Luego, silencio. Un silencio denso, absoluto. La sangre corría por la plaza como un cauce torcido.
Cuando todo calló, la villa era un campo de cuerpos. Entre ellos, mujeres aún vivas, reducidas, sujetas por hombres de piel pálida y cabellos largos. Una era su madre. Luchaba todavía, tomada del cuello.
    Un hombre se acercó.
    —Ahora—dijo—. Antes de quemar este lugar. Llamen a sus hijos. Tú primero.
    La arrastró por el cabello.
    —Llámales.
    Ella se resistió. La daga se acercó a su garganta.
    —Niños—dijo, con la voz quebrada—. Salgan.
    Dudaron. El hombre gritó.
    —¡Vengan o muere!
    Salieron. Uno a uno. A las mujeres sin hijos las degollaron allí mismo, para que nadie dudara.
    Luego ardió la villa.
    —Lleven a los niños a los barcos—ordenó—. A las mujeres, mátenlas.
    Cumplieron. Las madres cayeron ante los ojos de sus hijos. Los pequeños intentaron resistir. Fueron reducidos, encadenados, alineados y llevados hacia el navío principal.
    Detrás de ellos, solo quedó el fuego devorando lo que había sido hogar.




Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

Vieja Guardia - III



Capítulo III

I

    El olor penetrante a humedad, mezclado con las risas apagadas que resonaban a lo lejos, le confería un carácter muy particular a aquel entorno que, con el paso del tiempo, se convirtió en un testigo silencioso de innumerables historias. Historias de viajeros errantes, de caminos inciertos, de relatos compartidos entre susurros al calor del vino. Era un lugar donde centenares de almas de paso, de destinos inciertos y procedencias dispares, dejaban huellas invisibles. Traían consigo el polvo de tierras lejanas, pegado a la suela de sus botas. Rastro de regiones remotas, tanto del interior de aquel vasto continente como de tierras más allá del horizonte, desconocidas para la mayoría de los parroquianos.
    Una música suave flotaba en el aire, dando forma a la atmósfera cálida de la taberna. Los acordes melancólicos de un laúd, acompañados por las notas graves del corno de un minstrel, se entrelazaban con las voces melodiosas —aunque ligeramente desafinadas— de las doncellas que atendían el lugar. Eran mujeres robustas y alegres, de mejillas rosadas y risas sonoras, que daban al ambiente un tinte casi familiar. En medio de todo eso, Lázaro, con la mirada distante, no podía evitar que su mente regresara a los días de su juventud, cuando aún servía como miembro activo de la orden militar. Eran recuerdos que emergían con fuerza en aquel entorno que evocaba tiempos mejores, o al menos distintos.
    De pronto, interrumpiendo el momentáneo silencio, se acercó a la mesa un anciano de rostro sereno y túnica raída, cuyos pasos eran lentos pero seguros. Se trataba del viejo monje Elías, ahora retirado, quien cargaba con cierta dificultad dos tazones de madera humeante. Con una sonrisa amable dibujada en el rostro, los depositó sobre la mesa ante sus comensales.
    —Coman —indicó con voz afable—. Este guiso les devolverá las fuerzas. Les vendrá bien antes de continuar su viaje.
    La joven que acompañaba a Lázaro, al ver el contenido de los recipientes, arrugó la nariz con evidente repulsión y lanzó una mirada inquisitiva a su acompañante, como si esperara una explicación convincente que justificara semejante espectáculo culinario.
    —¿Qué es esto, Lázaro? —preguntó con disgusto, mirando el contenido con desconfianza.
    Elías, algo confundido ante la familiaridad con la que se dirigía al hombre, frunció el ceño.
    —¿Ahora te haces llamar Lázaro? —preguntó en tono burlón, dejando entrever una sonrisa pícara.
    —Así es —respondió el aludido con serenidad—. Desde que el mundo cambió, ese es el nombre con el que camino entre los hombres.
    —Bueno, no seré yo quien cuestione las decisiones o los pecados ajenos —replicó Elías mientras tomaba asiento junto a ellos, acomodándose en una de las rústicas sillas de madera con gesto relajado.
    El contenido de los tazones, a simple vista, no resultaba precisamente apetecible. Era una mezcla densa y turbia, una suerte de sopa en la que flotaban ingredientes poco convencionales: patas de gallina con garras visibles, lo que parecían ser ojos de lagartas del desierto, y una variedad de vegetales difíciles de identificar. El color se asemejaba al del barro espeso después de la lluvia, aunque su aroma, curiosamente, no era del todo desagradable.
    —Esto, aunque no lo parezca, es un manjar reservado para los pocos que saben apreciar lo auténtico —dijo Lázaro, tomando su cuchara—. Vamos, muchacha, prueba un bocado. Esta receta tiene historia… y alma.
    —No pienso comer eso —contestó la joven con determinación—. Tiene un aspecto espantoso.
    —¿De dónde sacaste a esta niña, Lázaro? —preguntó Elías, divertido, aunque con un dejo de curiosidad real.
    —Me paga para escoltarla hasta Elinor —explicó él sin rodeos—. Por lo visto, hay soldados al servicio del duque Aldric que desean verla muerta.
    Al escuchar esto, Elías cambió de semblante. La sonrisa se borró de su rostro y lo sustituyó una expresión seria, casi sombría.
    —¿Y por qué razón querría el duque la cabeza de una jovencita como ella?
    —No tengo idea, ni me interesa saberlo —respondió Lázaro con desgano, evitando ahondar en el tema—. Lo que sé es que paga bien, y con ese dinero planeo marcharme de este maldito continente, cuanto más lejos, mejor.
    —Así que buscas dejar atrás tu pasado… —murmuró Elías—. Pretendes olvidar a los amigos, a los hermanos de armas…
    Tras tomar la primera cucharada de aquel espeso brebaje, Lázaro lo miró fijamente.
    —No —dijo con voz firme—. Esta sopa es una de las pocas cosas que nunca quiero olvidar. Te lo aseguro, camarada.
    Elías sonrió, con un dejo de emoción en su mirada.
    —Me alegra saber que aún conserva su sabor para ti, viejo amigo.
    La joven, por su parte, aún no reunía el valor suficiente para llevarse siquiera una gota a la boca. Observaba el tazón con mezcla de horror y disgusto.
    —¿Tienen algo que se vea menos… repugnante? —preguntó, esperanzada.
    Lázaro se impacientó y, golpeando con fuerza la mesa, alzó la voz:
    —¡Vamos! ¡Come de una vez antes de que pierda la poca paciencia que me queda!
    Estaba visiblemente molesto. Las quejas constantes y la voz aguda de la muchacha comenzaban a erosionar su ya escasa tolerancia.
    —No te preocupes —intervino Elías con tono conciliador—. A mí no me molesta. Ahora mismo te traigo algo más liviano, niña. Aunque te advierto: en estas tierras humildes no encontrarás platillos de nobles. Aquí todos somos lo que la vida nos permitió ser: comerciantes, campesinos y, como nosotros dos, viejos guerreros.
    —¿Fueron compañeros de armas? —preguntó ella, intrigada.
    —Por supuesto —respondió Elías con orgullo—. Luchamos en el mismo ejército, compartimos trincheras, victorias y derrotas.
    —¿Y a quién servían? —insistió la joven, con la curiosidad brillando en sus ojos—. Lázaro nunca me contó nada de eso.
    —Hay asuntos que es mejor dejar en el pasado —intervino Lázaro, serio—. Y otros que deberían sepultarse bajo tumbas selladas.
    Elías asintió con gravedad, bajando la mirada.
    —Si mi amigo quiere enterrar el ayer, que así sea —susurró—. Sólo los dioses conocen nuestro verdadero pasado, nuestras traiciones a la fe, pero también son testigos de los sacrificios que hicimos por un bien mayor. Sólo el camino de los justos nos abrirá la puerta a la vida eterna. Y aunque la Orden de los Fieles del Señor haya caído en el olvido, nosotros, los que aún caminamos sobre esta tierra, volveremos algún día al sendero correcto. Por el orden natural de las cosas… y por mandato del Altísimo.
    —No creo que a Dios le importe demasiado el destino de sus fieles —respondió Lázaro entre carcajadas ásperas, cargadas de ironía y rabia contenida—. Es más, me atrevería a decir que a Dios no le importa en absoluto aquella maldita orden. Nos lanzó a la carnicería como si fuéramos bestias. Nos arrojó al campo de batalla a morir como ganado en un matadero, sin honra ni propósito real. Sólo fuimos piezas en su juego cruel.
    Ante tales palabras, Elías alzó la vista hacia el cielo encapotado, donde las nubes grises parecían pesar sobre sus hombros como el juicio de los cielos. Cerró los ojos con serenidad y comenzó a recitar en voz baja una serie de oraciones en una lengua antigua, olvidada por casi todos, una lengua que apenas sobrevivía en los rezos de los monjes más viejos. Cada palabra brotaba de sus labios como un lamento, como un ruego desesperado.
    —Perdónalo, Señor —murmuró con solemnidad—. Mi hermano ha perdido el rumbo, no sabe lo que dice. Te imploro, con humildad, que lo conduzcas nuevamente por el sendero de los justos, aquel del que nunca debió haberse desviado. Te ruego que en tu infinita misericordia, le devuelvas la luz.
    La chica, testigo involuntaria de aquella tensa y espiritual confrontación, miraba a ambos hombres con una mezcla de confusión y desconcierto. Frunció el ceño, incapaz de comprender del todo la intensidad del momento.
    —No entiendo de qué están hablando ustedes —dijo finalmente, alzando la voz, buscando interrumpir la conversación que le resultaba tan ajena como el idioma que acababan de usar.
    —Vamos, Elías —dijo Lázaro con gesto cansado, sin molestarse siquiera en mirar a su antiguo camarada a los ojos—. Guarda tus lamentaciones piadosas para otro momento, para otra alma que aún crea. Ya estamos condenados. Lo sabes tú, lo sé yo. Quizás incluso estemos malditos desde hace mucho, desde aquel día… Tú sabes cuál.
    Elías bajó lentamente la cabeza. La decepción se dibujó con nitidez en su rostro, como si aquellas palabras hubieran sido puñales lanzados desde lo más profundo de un abismo que ambos compartían. Sus ojos, que alguna vez miraron con esperanza, se llenaron de una tristeza densa y antigua.
    —Jamás imaginé oír semejante blasfemia saliendo de la boca de un hermano de armas —dijo con voz temblorosa—. No importa cuán oscuro sea tu corazón ahora, Lázaro. Aun así, rezaré por ti. Una y otra vez, con cada amanecer y con cada atardecer, le suplicaré al Señor que te conceda un rayo de luz, que toque tu alma endurecida. Porque aún queda redención para los hombres que han perdido el rumbo.
    —¡Mejor púdrete, Elías! —vociferó Lázaro, alzando la voz con furia contenida—. Ya estoy harto de tus sermones vacíos, de tus promesas celestiales. ¡Tus rezos no me salvarán, ni me devolverán lo que perdí!
    La joven, atrapada en medio de aquella tormenta de emociones, parpadeó varias veces, todavía incapaz de captar por completo la magnitud del intercambio. Se removió en su asiento, inquieta, mientras la tensión entre ambos hombres se hacía casi palpable.
    —¿Pero qué diablos está pasando aquí? —preguntó finalmente, aún más perpleja—. ¿Por qué se hablan así? ¿De qué pecados están hablando? ¿Qué es eso de estar malditos?
    Sus palabras quedaron flotando en el aire denso de la taberna, sin respuesta inmediata. El silencio, por unos instantes, se volvió tan profundo como la herida abierta entre Lázaro y Elías. Una herida que el tiempo, la fe o el perdón parecían incapaces de cerrar.
    —Intentemos calmarnos, viejo hermano —dijo Elías, esta vez con una voz mucho más serena, tratando de disipar la tensión que flotaba en el aire como una nube espesa—. Lázaro, créeme cuando te digo que estoy seguro de que, sea cual sea el nuevo camino que hayas elegido para ti, te irá bien. Ya sea que continúes acompañando a esta joven en su travesía incierta, o que decidas marcharte lejos, a tierras más amables y distantes de todo esto. Mi intención jamás ha sido provocarte ni herirte con mis palabras.
    Su tono era conciliador, cargado de una nostalgia melancólica por los tiempos pasados, por aquellos días en los que compartían juramentos, espadas y creencias. Elías sabía que había algo roto en su viejo compañero, algo que quizás nunca volvería a estar completo, pero aún albergaba la esperanza de que, con paciencia, ese lazo pudiera ser restaurado.
    Lo cierto era que ambos, tanto Lázaro como la muchacha que lo acompañaba, necesitaban con urgencia reponer fuerzas. El largo viaje que llevaban a cuestas se reflejaba en sus rostros exhaustos, en sus ropas sucias y desgastadas, y en el peso invisible que parecía oprimirles los hombros. Elías, con su mirada sabia y compasiva, lo notaba sin necesidad de muchas palabras. Él conocía bien los signos del desgaste, tanto físico como espiritual.
    —Quédense esta noche —dijo entonces con firmeza, dejando de lado cualquier orgullo herido—. No será una posada de lujo, pero les ofrezco una cama caliente donde puedan descansar sus cuerpos fatigados, un baño para que puedan limpiar el polvo del camino, y un plato de comida caliente que les devuelva algo de fuerzas. Mañana, cuando salga el sol, podrán continuar sus caminos con el ánimo renovado.
    Lázaro, que hasta entonces había permanecido en silencio, simplemente asintió con la cabeza, sin añadir palabra alguna. Sus ojos evitaban los de Elías, quizás por vergüenza, quizás por orgullo, o simplemente por el cansancio que lo consumía. Luego, sin más, volvió su atención al tazón de sopa que tenía frente a él, hundiendo la cuchara en aquel brebaje espeso y oscuro que ya comenzaba a enfriarse.
    Elías, viendo que su presencia no era ya necesaria en ese momento, decidió ponerse en pie con un suspiro silencioso. Se alisó la túnica con gesto mecánico, como si ese pequeño acto pudiera alisar también las arrugas del alma, y luego giró sobre sus talones para marcharse. No dijo nada más, pero sus pasos eran pesados, cargados de una tristeza antigua, de una pena que no lograba disimular.
    Mientras se alejaba hacia la parte trasera de la taberna para continuar con sus múltiples quehaceres —que no eran pocos, aunque no urgentes—, no pudo evitar mirar una vez más a su viejo amigo. En sus ojos brillaba una mezcla compleja de dolor, decepción y compasión. Elías lamentaba profundamente lo que Lázaro se había convertido. No por desprecio, sino por añoranza del hombre que una vez fue: valiente, noble, leal.
    —Pobre Lázaro… —musitó apenas audible para sí mismo mientras desaparecía por una puerta de madera—. La arrogancia y el orgullo no alimentan el alma, solo la aíslan… pero aún hay tiempo. Aún hay tiempo…
    Y así, el silencio volvió a instalarse en la taberna, interrumpido solo por los sonidos apagados del fuego crepitando en la chimenea, el murmullo lejano de alguna canción y el tintinear suave de la cuchara golpeando el borde del cuenco.
    Cuando abrió la bureta de la rústica habitación —una puerta de madera pesada que crujió suavemente al girar sus goznes gastados por los años y la humedad—, lo envolvió una atmósfera de recogimiento y austeridad. El recinto estaba compuesto por paredes de una madera robusta, ennegrecida en las esquinas por el paso del tiempo y del humo acumulado; el techo era de paja gruesa, entrelazada con manos sabias para soportar lluvias y vientos, y en el extremo opuesto a la entrada se alzaba una simple cama, con un jergón relleno de lana basta y una manta raída que alguna vez fue color escarlata.
    En el otro extremo de la habitación, una mesa vieja y ancha dominaba gran parte del espacio cercano a la puerta, como si fuera la guardiana silenciosa de aquel refugio. Lázaro entró despacio, con el cuerpo cansado y el alma aún más, dejando caer todas sus pertenencias sobre la mesa con un suspiro que escapó de sus labios sin intención. Era evidente que aquel cuarto sería su albergue por esa noche, el rincón de resguardo tras jornadas de agitación, persecución y decisiones inciertas.
    Caminó hacia la vieja estufa de hierro, colocada en una esquina, y arrojó en su interior algunos troncos secos que encontró apilados junto a un balde de hojalata. Con habilidad adquirida tras años de fogones improvisados, la encendió sin dificultad alguna. En cuestión de minutos, el chisporroteo de la leña comenzó a calentar el aire, y el leve resplandor anaranjado pintó sombras danzantes sobre las paredes.
    Ese pensó, era el descanso que tanto había anhelado. Un momento de silencio y calor después de días agitados, de peligros constantes, de andar con la mirada sobre el hombro esperando emboscadas. Esta hazaña —el acompañar a aquella joven hacia su destino incierto— lo había llevado al límite, y aunque todavía quedaba un largo trecho por recorrer, sabía que cada pausa era vital para reunir fuerzas.
    Mañana sería otro día. Un día más en esa cadena de jornadas sin fin en las que se veía envuelto. Debería continuar su labor: llevar a la chica a salvo hasta su destino final y, con suerte, ir luego en busca de su propio sueño, ese que lo esperaba más allá del continente, en tierras nuevas, libres de los fantasmas del pasado.
    Se vio entonces, de pronto, tumbado sobre la cama. Apenas había sido consciente de cómo su cuerpo había llegado hasta allí. A veces, se sentía como una simple bolsa de carne y huesos arrastrada por el mundo, un cascarón agotado, consumido por los años, por las guerras, por las cargas invisibles que traía encima. Sentía que la vida le pasaba por encima, sin preguntarle si deseaba seguir. Que las batallas del pasado —algunas externas, otras internas— aún lo perseguían como sombras obstinadas que se niegan a desvanecerse con la luz del alba.
    Desde aquella fatídica persecución contra la Orden de Baltasar, luego de la cruel y sangrienta Batalla de los Cinco Ejércitos, no había vuelto a ver a su más querido y antiguo amigo: Elías. El mismo Elías con el que compartió plegarias, espadas y silencios. El mismo que, tras la disolución del último bastión de la orden, se había marchado a las tierras del sur, como tantos otros hermanos de armas, buscando una nueva vida o quizás solo un poco de paz.
    Muchos, los más tercos o los más fieles, se habían quedado, intentando refundar la orden entre las ruinas humeantes del Monasterio de San Baltasar, en la región de Ecusnex. Pero la verdad, cruda y brutal, era que nada podría volver a ser como antes. Nada se asemejaría jamás a los gloriosos años del auge imperial, a la era de los dioses vivientes, ni a aquellas órdenes que juraban su espada en nombre de lo sagrado. Esa época había muerto, no con un estruendo, sino con el susurro amargo de la traición y la codicia.
    La nueva era, distinta. Una era de codicias mundanas, de ambiciones mezquinas. Una era donde los altares antiguos eran profanados, donde los mismos dioses eran ignorados o burlados, y donde el oro hablaba más fuerte que la fe. En su interior, Lázaro sabía —aunque rara vez lo admitía— que él también formaba parte de esa decadencia. Que, en algún punto, se había rendido.
    El sueño no tardó en alcanzarlo. Llegó sigiloso, envolvente, como una manada de lobos salvajes al acecho de su presa. Se deslizó entre sus pensamientos y lo arrastró con fuerza hacia ese otro mundo, el de los sueños. Allí, podía volver, aunque fuera solo en ilusiones, a esos días en los que luchar tenía un propósito sagrado, en los que el sacrificio significaba algo más que una transacción. Allí todo era distinto, menos frívolo, más profundo. Y en ese universo onírico, al menos por unas horas, Lázaro volvía a ser quien alguna vez fue.





Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

miércoles, 14 de mayo de 2025

Vieja guardia - II



Capitulo II

I

«Libera tu ser de las cadenas terrenales. Despoja tu alma de las frivolidades del mundo humano, de su ruido vacío y de su ego corrupto. Solo entonces podrás presentarte puro ante los ojos de los dioses.
Entrega tu carne como ofrenda sagrada, y deja que tu alma sea consumida por la llama divina del Varnir.
Solo aquel que se rinde por completo a la voluntad de los eternos será digno de caminar entre los inmortales.
Pues no hay mayor gloria que la de ser juzgado justo, y no hay mayor destino que el de habitar por siempre en los salones de la vida eterna.
Renuncia al falso consuelo de la carne. Abandona la ilusión del tiempo. Acoge el fuego, la espada, la fe.
Esta es la palabra sagrada. Este es el sendero que los dignos han de seguir.
Así lo dictan los cielos, así lo guarda la tierra, así lo enseña el acero.
Que los indecisos se aparten y los cobardes se consuman en su miedo.
Solo los justos conocerán la verdad.
Solo los puros cruzarán el umbral.
Esta es la ley. Este es el juramento. Este es el camino.
Por el dios padre y por la diosa madre.»

Voto sagrado —
Libro de los Justos
Orden de los Caballeros de Baltasar.



El alarido de la Draga, una ancestral trompeta de guerra tallada en cuerno de ciervo del legendario bosque de Herlik, resonó con un eco profundo que pareció despertar a la tierra misma. Su bramido grave y prolongado, cargado de presagios y antiguos juramentos, marcó el inicio de la marcha de la infantería pesada del norte. Era más que una señal; era un llamado a la gloria o a la muerte.
A paso firme avanzaban los guerreros, cientos de hombres curtidos por la guerra, con cascos cónicos coronados por máscaras faciales de hierro negro. Llevaban yelmos escamados, petos de cuero trenzado con placas de metal forjado, una herencia viva de las tribus bárbaras del norte que aún resonaban en las leyendas del continente. Empuñaban escudos en forma de lágrima, ornamentados con runas de protección y figuras de bestias totémicas. Cada uno cargaba su espada larga, símbolo del honor y el linaje del guerrero. Algunos provenían de los agrestes valles de Shagonia, el ducado más septentrional del reino de Vinhard; otros descendían de los clanes marítimos de las islas de Earthia, famosos por su astucia naval; y unos cuantos más procedían de las fértiles costas de Mosia, donde la guerra se enseñaba desde la infancia.
Tras ellos marchaban los Barkurs, una casta de guerreros ágiles, expertos en combate cuerpo a cuerpo. Blandían hachas cortas de filo curvo, y portaban escudos medianos de forma redonda, con bordes reforzados para repeler lanzas y flechas. Iban protegidos con cotas de malla escamada que brillaban bajo la tenue luz del amanecer, como escamas de dragón. Entre ellos caminaban algunos valientes sin armadura ni casco, envueltos apenas en túnicas de lino ensangrentadas. Eran los más entrenados, nacidos en las islas más lejanas del reino, hijos del mar y del trueno. Navegantes natos, saqueadores por instinto, forjados en tormentas y relámpagos. Aunque preferían el abordaje y el pillaje a los combates en tierra firme, no podían ignorar el llamado de Ulfgar el Devorador.
Ulfgar, rey de Vinhard y de todas las tierras heladas del norte, era hijo del emperador Vagnar IV. Su nombre era pronunciado con reverencia y temor. Los oráculos, envueltos en incienso y misterio, lo habían proclamado como “la Lanza del Lobo, el Devorador en Batalla”. A él le habían entregado el estandarte del lobo negro, símbolo de poder indomable y destino oscuro.
En la retaguardia, con la solemnidad de una procesión fúnebre, marchaba la caballería pesada del rey. Eran los soldados más leales, aquellos que alguna vez pertenecieron a la orden de los Caballeros de Baltasar, la última guardia imperial antes de la caída de la antigua corona. Tras la muerte de Vagnar IV, habían sido repudiados y forzados a regresar a sus tierras natales, mancillados por el fracaso, marcados por la vergüenza de no haber defendido el trono con su vida.
Vestían armaduras gastadas y abolladas por incontables batallas, empuñaban espadas largas como juramentos rotos, y con la mirada perdida, buscando aún algún vestigio de redención. En sus corazones aún ardía una llama silenciosa: servir al camino de los justos, aunque este ya no tuviera nombre ni rostro.
En el horizonte, más allá de las colinas cubiertas por la niebla matinal, avanzaba otro ejército. Sus estandartes eran oscuros como la noche sin luna, y sus pasos hacían temblar la tierra. Ellos esperaban la llamada del dios Rökkir, deidad del caos y la penumbra, el guardián de las almas guerreras que descansan en el Varnir. Su llegada significaba destrucción, pero también liberación.
Y entonces, sin previo aviso, el estruendo de los metales chocando marcó el inicio del infierno. Las espadas se encontraron con carne, las lanzas con escudos, y la sangre comenzó a regar los campos como una lluvia maldita. El suelo sagrado, que alguna vez vio crecer trigo y flores, se tiñó de rojo. Gritos, alaridos, oraciones y maldiciones se mezclaban con el viento, que ahora traía consigo el olor inconfundible del miedo y la muerte.
Cuerpos mutilados se amontonaban unos sobre otros, como si la tierra los reclamara de vuelta. Sus fluidos vitales alimentaban las entrañas del mundo, y de esa misma carne, decían los antiguos, brotarían nuevas semillas de guerra. Los huesos de los caídos serían recolectados para forjar nuevas espadas, y así continuaría el ciclo eterno del guerrero.
Este era el destino de los que vivían y morían por sus tierras, de aquellos que adoraban la gloria como si fuera una diosa cruel. Estaban condenados a repetir el círculo de la serpiente, una y otra vez, atrapados en la ilusión de que su causa era justa. Pero no era justicia, sino ego y codicia disfrazados de virtud. Aquellos que alguna vez caminaron por el sendero de los dioses verdaderos serían castigados por la serpiente, pues la guerra es un altar donde se sacrifica la inocencia.
En la colina más alta del valle, donde el viento soplaba con fuerza y la hierba temblaba como si presintiera un final, se erguía un viejo árbol. Sus ramas, retorcidas por el paso de los siglos, eran hogar de cientos de cuervos, que esperaban pacientemente su turno para alimentarse de la carroña. Sin embargo, aquel árbol no era común. De su corteza emana una energía antigua, una presencia que alteraba los sentidos, como si una entidad superior habitara en su interior.
Y entonces, en medio del caos, una voz dulce y extraña comenzó a susurrar desde el árbol:
—Ven... —dijo—. Ven, Lázaro…
La voz se repetía como un eco en su mente, suave pero imperativa. Era femenina, etérea, imposible de ignorar.
Lázaro, aturdido por la batalla y la visión, se sintió incapaz de apartar la mirada. Algo más poderoso que la guerra misma lo llamaba. Caminó entre los cadáveres como un espectro, guiado solo por esa voz celestial. Sintió una necesidad irresistible de desprenderse de todo lo que lo ataba a este mundo.
Primero soltó su espada. El acero, símbolo de su vida pasada, se hundió en la tierra sin ofrecer resistencia. Ya no necesitaba un arma creada por el hombre para matarse entre hermanos. Luego, se quitó el casco. El aire fresco rozó su rostro, y por primera vez en años, sintió alivio. La armadura, pesada como sus pecados, fue cayendo pieza por pieza, hasta que solo quedó él, de rodillas frente al árbol.
—Ya es hora... —insistió la voz, envolviéndolo como una canción de cuna.
Lázaro alzó la vista al cielo. Sus labios, secos, pronunciaron una plegaria sin palabras. ¿Era este su fin? ¿O el principio de algo más grande?
—¡Vamos, Lázaro! Despierta de una vez. Tenemos que irnos.
La voz cambió. Ya no era la del árbol, sino otra, más cercana, más real. Lázaro abrió los ojos. La escena del campo de batalla se desvanecía, y ante él, iluminada apenas por las llamas de una fogata, se encontraba una figura femenina. Sus ojos, dos brasas encendidas, brillaban con urgencia.
—Nos están persiguiendo. Tenemos que irnos. ¡Ahora!
La confusión dio paso al instinto. Lázaro se levantó de un salto, tomó su espada y se la ciñó al cinto. De pronto, lo recordaba todo: quién era, por qué luchaba y cuál era su promesa. Debía proteger a la joven hasta llegar a la ciudad fortificada de Kandar. Esa promesa era lo único que aún lo mantenía humano, lo único que lo separaba del abismo.
—Ensilla los caballos. Es hora de irnos de este lugar maldito.
A lo lejos, los gritos de sus perseguidores se intensificaban. No había tiempo que perder. Ensillaron rápido, casi sin hablar, y se internaron en la espesura del bosque. La oscuridad los envolvió como un manto. Avanzaban en silencio, huyendo de algo más que hombres. Hacía tiempo que no huían solo de enemigos, sino de un destino que parecía escrito en sangre.
Y así, entre sombras, comenzó otro capítulo en la historia del devorador de batallas y la niña que algún día cambiaría el mundo.

II

—La frontera oeste comienza a desmoronarse lentamente —comentó uno de los generales, mientras señalaba con un dedo tembloroso el mapa desplegado sobre la mesa de guerra—. Al’Masurh intensifica sus avances, y ha desplegado ya a su guardia real en las inmediaciones del Paso de Kar'Zul.
—No cabe duda de que la guerra con Kir’an y Ga’al es inminente —replicó otro general, con el rostro marcado por años de campañas fallidas—. Nos están acorralando como bestias heridas, empujándonos hacia un conflicto del que quizás no salgamos intactos.
—Si lo que desean es guerra, guerra tendrán esos malnacidos —vociferó el hombre sentado en el extremo más alejado de la sala, desde un trono menor elevado sobre tres escalones de mármol negro. Sus ojos eran brasas encendidas. Era el rey Harold de Goethia, y sus palabras eran decretos bañados en sangre—. Daremos a esas bestias el incentivo que necesitan para hundirse en su propia ruina. Mañana mismo convocaré a todos mis comandantes. Si el mundo ha de arder, que lo haga bajo nuestra bandera.
Con un movimiento colérico, golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar piezas del mapa y derramando vino sobre los pergaminos. Un silencio tenso se apoderó de la sala.
—Goethia no será nunca más la ramera de reinos cobardes —sentenció con furia contenida—. Atacaremos primero. Un golpe rápido. Preciso. Letal.
—Mi señor —intervino un general de rostro enjuto y barba gris—, quizás sea prudente convocar a todos los ejércitos. Si lanzamos una ofensiva sin nuestras fuerzas completas, podríamos…
—¡Calla! —rugió el rey—. ¿Prudencia? ¿Temor? No hay espacio para eso aquí.
La sola presencia de Harold llenaba la sala de un aura de amenaza y desesperanza. Era una figura que imponía respeto no por admiración, sino por temor. Desde la muerte de su hermano, el legítimo soberano, y su posterior ascenso al trono mediante el derramamiento de sangre y traición, Harold había gobernado con mano de hierro. Su reinado estaba envuelto en sombras, sostenido por el miedo, la violencia y una red de espías que mantenía a raya hasta a sus propios aliados.
Mientras los generales intercambiaban miradas nerviosas, las grandes puertas del salón del trono se abrieron de par en par. Las bisagras chirriaron como si protestaran por revelar al inesperado visitante. Un hombre bajo y delgado, vestido con harapos de viaje cubiertos de polvo y barro, irrumpió en la sala con paso decidido. A pesar de su aspecto desaliñado, una urgencia evidente lo impulsaba.
—Su majestad —dijo con voz áspera y apurada—. Vengo del sur con noticias sobre sus sobrinos.
Al escuchar aquello, el rey dejó de mirar el mapa. El nombre de sus sobrinos era suficiente para congelar su atención. Una parte de su humanidad aún parecía aferrarse a ese lazo familiar, aunque fuera por interés político o herencia dinástica.
—Hable. Espero que no me haga perder el apetito —respondió con sarcasmo, esbozando una sonrisa cruel—. Acabo de comer.
—Mi señor... solo dos soldados regresaron de la expedición al sur.
—¿Qué has dicho? —gruñó Harold, levantándose lentamente, como si cada palabra del mensajero lo envenenara por dentro.
—Solo dos sobrevivieron, señor —repitió el mensajero, tragando saliva mientras evitaba la mirada incandescente del rey—. Según sus relatos, al encontrar a la joven, un extraño emergió de entre los árboles. Se movía como una sombra viva. Acabó con tres hombres sin esfuerzo, sin emitir sonido alguno. No sabían si era humano o espectro.
—¡Tres de mis mejores soldados de la Guardia de Elinor... derrotados por un solo enemigo! —bramó el monarca, con el rostro enrojecido de ira—. ¡Por una niña y un fantasma! ¿Pretenden burlarse de mí?
—Dicen que era veloz, majestad. Demasiado veloz. Como si el mismísimo viento se encarnara en él.
El rey se alejó de la mesa, sumido en una mezcla de incredulidad y furia contenida. Caminó por la sala en silencio durante unos segundos que parecieron eternos para los presentes, y finalmente habló:
—Doblen el número de soldados. No, triplíquenlo si hace falta. Quiero que el ejército del duque de Elinor marche al sur de inmediato. ¡Quiero a esa niña muerta!
—Sí, mi señor —asintió el mensajero, inclinando la cabeza.
Cuando ya se retiraba, la voz del rey lo detuvo de nuevo:
—Espere. Que ejecuten a cualquiera que regrese sin haber cumplido con su misión. Aquí, en Goethia, no se tolera la derrota. Que todos lo sepan.
Los generales se miraron entre sí, estremecidos. No por sorpresa, sino porque esa orden marcaba el inicio de algo más oscuro. Una guerra no solo contra otros reinos, sino también contra su propia gente.
Harold no era solo un usurpador. Era un símbolo de lo que Goethia se había convertido: un imperio sostenido sobre cráneos, una nación empapada en sangre.
El mensajero permanecía con la cabeza gacha, temblando ligeramente. Aún sostenía entre sus manos un pergamino sellado con el símbolo del sur: un halcón negro sobre un sol eclipsado. No se atrevía a entregarlo, temeroso de que el contenido agravara aún más la furia de su rey.
—¿Todavía aquí? —gruñó Harold, acercándose como un depredador a su presa.
El mensajero, con manos temblorosas, extendió el pergamino.
—Mi señor, hay algo más... Algo que los hombres no han podido explicar.
Harold rompió el sello de cera con un solo gesto y desenrolló el mensaje. Sus ojos se estrecharon al leer, y su expresión, antes colérica, se transformó en algo más profundo: confusión teñida de miedo.
“Desde las tierras del sur llega un viento extraño. No es hombre ni bestia lo que os enfrenta. Es algo más. Algo que la espada no hiere y el fuego no consume.
Camina entre los árboles sin dejar huella. Su sombra hiela la sangre y su mirada parece atravesar el alma misma. Algunos lo llaman espectro. Otros, heraldo del fin.”
El silencio reinó por unos segundos en la sala. Luego, el rey susurró entre dientes:
—¿Un fantasma? ¿Es esto lo que mis soldados traen como excusa? ¿Historias de taberna?
El mensajero alzó la vista por primera vez.
—Señor... ¿y si no es una historia?
Harold lo observó fijamente. Sus ojos, por primera vez, mostraron una sombra de duda.
—Que Nim’rrak venga a verme —ordenó en voz baja—. Tengo un encargo para él.
—Sí, majestad.
El mensajero hizo una reverencia tan profunda como sus piernas le permitieron y se retiró sin mirar atrás, mientras las antorchas parpadeaban a su paso. En la sala, el rey se volvió hacia la ventana, contemplando el cielo encapotado.
Sabía que algo se avecinaba. Y no era una guerra común. Era algo más viejo. Algo que se escapa incluso de las leyendas.
Algo que ni siquiera un rey podía controlar.


III

Eran días de lluvia interminable, de cielos oscuros y nubes tan densas que parecía que nunca volvería a salir el sol. Días semejantes a los que contaban los ancianos en las historias míticas de Malakh, aquellas leyendas en las que los elementos desataban su furia sin contención: “Cuando los caminos se convertían en ríos caudalosos, luego en mares embravecidos, y continentes enteros colapsaban ante la furia de los cielos.” Tal vez esta vez, y solo tal vez, los dioses decidieran tornarse benevolentes con las almas errantes que aún caminaban sobre la tierra.
El objetivo era claro: llegar cuanto antes a Gegrugh. Una cama caliente, algo de ropa seca y, sobre todo, comida que llenara el estómago, eran necesidades urgentes que hacía días no se satisfacían. El viento comenzaba a soplar con fuerza desde el norte, vientos de cambio, vientos que traían buen augurio y que, como un guía invisible, señalaban el camino correcto. Durante esos días, el sendero parecía libre de presencias malignas o espíritus errantes que pudieran representar una amenaza. Si todo continuaba así, no tardarían en alcanzar su primer destino.
—Estoy harta de caminar —murmuró la joven, con la voz cargada de fastidio—. Llevamos cuatro días atravesando este maldito bosque sin encontrar ni un solo pueblo, ni una aldea... nada.
—Si quieres, puedes irte sola —replicó él, sin siquiera mirarla.
La tensión se podía cortar con una daga. No estaban en condiciones de negociar ni de discutir, pero aun así, las palabras se deslizaban como flechas envenenadas.
—No, gracias —respondió ella con frialdad, casi sin emoción en el rostro—. Necesito de tus habilidades para enfrentar a mis enemigos. Es un acuerdo mutuo, ¿entiendes? Tú me sacas de este infierno y yo... te vuelvo rico.
A Lázaro le invadió, como un eco repetido y persistente, esa sensación incómoda de saberse usado. Las palabras de la muchacha resonaban como campanas rotas entre los árboles húmedos, y el bosque parecía amplificarlas, burlándose de él. Un rencor extraño comenzó a brotar en su interior, lento pero poderoso, como una semilla oscura creciendo entre las grietas de su paciencia.
—No me hagas decidir entre entregarte a tus captores o seguir tu jueguito —espetó con un tono burlón, pero con un fondo de amenaza real—. O quién sabe... quizás debería matarte aquí mismo y quedarme con tus cosas. Algo de dinero podrían valer, supongo.
La joven lo miró con cierto temor, y por primera vez en días, dudó de haber tomado la decisión correcta al viajar con aquel hombre. Su mirada, sus palabras, su frío desdén... todo parecía indicar que aquel sujeto no era de fiar. Sin embargo, no podía permitirse el lujo de dar marcha atrás. Tenía que llegar a la fortaleza cuanto antes. Algo grande, muy grande, estaba por suceder, y debía estar allí, preparada para lo que fuera que el destino tuviese reservado para ella.
El tiempo apremiaba. Más allá de las fronteras del sur y del reino de Goethia, una gran guerra se estaba gestando. Las espadas volverían a chocar, las tierras serían teñidas con sangre, y la forja de nuevos guerreros daría paso a una era de incertidumbre. Como habían predicho los antiguos oráculos, el destino del reino recaía, irónicamente, en manos de los más improbables.
Al cruzar un río caudaloso, divisaron a lo lejos una columna de humo gris elevándose en el cielo. Ya faltaban pocos kilómetros. Comenzaban a distinguirse siluetas humanas en la distancia: campesinos arando la tierra, niños corriendo entre los campos, animales pastando con calma. La vida cotidiana comenzaba a abrirse paso entre la bruma de su cansancio.
Habían llegado a tierras de la Cofradía de Kharbeb, un antiguo territorio protegido por una orden guerrera que, hacía ya décadas, había colgado las armas para establecerse a orillas del mar. Era una región de relativa paz, un santuario en un mundo roto por la guerra.
—Hemos llegado a nuestro primer destino —anunció Lázaro mientras acariciaba su barba, que comenzaba a mostrar el tinte blanquecino del tiempo.
—Por fin... ya era hora. Me duelen los pies hasta el alma —respondió la joven, exhalando un suspiro de alivio.
Al llegar a la entrada del pueblo, un cartel de madera tallada daba la bienvenida a los viajeros:
"Bienaventurados sean todos aquellos que en paz quieran convivir. El pueblo de Gegrugh te da la bienvenida. Como dictan las antiguas escrituras: respeta, y serás respetado."
—Por los dioses... qué hambre tengo —murmuró la muchacha mientras su estómago protestaba con un gruñido gutural.
—Conozco un buen sitio donde comer —dijo Lázaro con una leve sonrisa—. Un viejo amigo nos ayudará. Me debe un favor de esos que no se olvidan.
Por primera vez en mucho tiempo, la joven sonrió con sinceridad. La perspectiva de comida, refugio y un poco de descanso le devolvía fuerzas. Sin embargo, mientras cruzaban los primeros metros del pueblo, comenzaron a notar las miradas. Cientos de ojos se clavaban en ellos, como si dos extraños portaran consigo una maldición. Un viejo guerrero y una joven de belleza inquietante no pasaban desapercibidos en esas tierras de quietud. Algunos ancianos se persignaban al verlos. Otros cerraban las ventanas.
La paz de Gegrugh era frágil, y la llegada de forasteros podía interpretarse como el anuncio de tiempos oscuros.
—Debemos mantener un perfil bajo —advirtió Lázaro en voz baja—. No queremos que nos echen de aquí a patadas.
—Lo sé —respondió ella—. Se nota que no somos bienvenidos del todo.
Caminaron unos metros más hasta que llegaron a una antigua posada, maltrecha, cuyos cimientos parecían rendirse ante el paso del tiempo. Sobre la entrada, unas letras verdes, carcomidas por la humedad, rezaban: “La Tierra del Monje.” Un nombre que evocaba lo sagrado, lo misterioso.
—Es aquí —dijo Lázaro con una sonrisa extrañamente cálida.
Ataron los caballos a una vieja cerca de madera podrida.
—Tranquilo, viejo amigo, volveremos pronto —murmuró al animal, dándole una palmada.
Al cruzar el umbral de la posada, el bullicio desapareció de golpe. Todas las conversaciones se detuvieron. Las miradas se volvieron inquisitivas, duras, y el aire se volvió denso.
Tras la barra, un hombre calvo y barbudo, de rostro curtido y mirada penetrante, se quedó inmóvil. Estaba limpiando una botella cuando los vio entrar, y se detuvo como si hubiera visto un espectro.
Era como si un alma errante acabara de cruzar la puerta, trayendo consigo presagios de muerte.
—¿A quién tengo que matar para que me den comida y algo de beber? —dijo Lázaro con voz potente, provocadora.
—¿Qué? —dijo la joven con una mueca de susto—. ¿Estás loco?
El hombre tras el mostrador dejó el trapo y se acercó con rostro serio.
—Repite eso —dijo, con voz grave.
Durante unos segundos, se miraron en silencio. Un duelo silencioso de voluntades. La tensión se podía cortar con una espada vieja y oxidada.
Y entonces, sin previo aviso, Lázaro soltó una carcajada profunda.
—Maldito perro de riña… Tantos años, amigo mío.—vociferó aquel sujeto.
El rostro de Lázaro se iluminó con una sonrisa. El ambiente se relajó. Las miradas se desviaron. La tensión se disipó.
—Elías, viejo amigo... qué alegría verte —dijo Lázaro, estrechándolo en un fuerte abrazo.
Habían sobrevivido a guerras, derrotas y traiciones. Eran hermanos de armas, de sangre y de recuerdos que solo ellos comprendían.
Y por ahora, al menos por un momento, estaban a salvo.



Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

miércoles, 19 de febrero de 2025

Vieja guardia - I



Capítulo I


  “Cinco ejércitos marcharon al encuentro del destino, conducidos por cinco hermanos nacidos del mismo padre, el Gran Patriarca, señor de las tierras de antaño. Unidos alguna vez por la sangre y los juramentos, se vieron luego consumidos por la codicia, enceguecidos por el eco del poder que deja un trono vacío.
Cada uno reclamaba para sí el derecho divino a gobernar, y ninguno cedió. Se reunieron no en consejo, sino en batalla, en el corazón del mundo helado, donde el viento corta como cuchillas y la tierra jamás conoce el calor del sol. Fue en el Valle Congelado de Geobs donde se libró la guerra fratricida. Allí, el acero cantó su canción más cruel. Las armaduras crujieron, los escudos se partieron, las lanzas atravesaron la carne como si buscaran el alma misma. La nieve se tiñó de rojo, y la sangre corrió por los campos helados como ríos de fuego derramado.
La batalla duró días y noches, sin tregua ni piedad. Los metales, antaño forjados con esmero por manos sabias, se desgastaron hasta volverse inútiles. Las espadas se quebraron, las hachas se embotaron, y los cuerpos, exhaustos y mutilados, se apilaron como piedras de una tumba sin nombre.
No hubo gloria. No hubo victoria. Solo la muerte se mantuvo firme, impasible, contemplando el espectáculo con su manto de escarcha sobre los hombros. Fue ella la única testigo del fin de una estirpe. Ninguno de los cinco hermanos vivió para alzarse sobre los demás. Ninguna corona fue reclamada. Ningún trono fue ocupado.
Así terminó la Guerra de los Herederos. Así calló por siglos el nombre del Padre Mayor, perdido en el eco de los vientos de Geobs.
Solo las ruinas permanecen. Solo las Crónicas de la Vieja Guardia recuerdan la locura de los hombres que, por ambición, arrojaron su linaje a la fosa del olvido.”

Fragmento de las Crónicas de la Vieja Guardia
Capítulo VII: “El hervir de la Sangre”




Respiró profundamente antes de sumergirse en busca de su presa. Debía actuar con rapidez; necesitaba alimentarse, y hacía días que no encontraba un pueblo cercano. Desde lo ocurrido en Khanos, se había vuelto más cauteloso. Alguien de su envergadura debía mantener un perfil bajo, sin importar las circunstancias. Los años de nobleza y linaje habían quedado atrás, enterrados en el olvido junto con su afilada espada.
De repente, avistó un enorme pez y, sin pensarlo, lanzó su cerbatana artesanal, atravesando al animal con facilidad. Una sensación de satisfacción lo invadió; esa noche cenaría un gran bagre amargo.
Minutos después, ya en la orilla del lago, intentaba encender una fogata con un rudimentario aparato de madera y algo de grasa de lagnar. A su lado, su fiel rocín, un caballo de aspecto tosco y baja estatura, pero leal desde que los oráculos marcaron otro destino para él.
La tarde resplandecía lenta y pesada sobre aquellas tierras olvidadas por los dioses antiguos. Más allá de Elinor, donde nadie en su sano juicio se sentiría seguro, habitaban vándalos, latos y hexios, nómadas salvajes dispuestos a arrancar gargantas por un simple saqueo. Sin embargo, era el mejor lugar para esconderse de la jurisprudencia de los señores de Goethia.
La libertad tenía un alto precio: enfrentarse a los salvajes de estas tierras, tan bárbaros como los de su propia clase.
El hombre, cuyo nombre se había desvanecido en las crónicas del tiempo, se encontraba ahora de rodillas junto a la orilla del lago, luchando por encender el fuego con las chispas que surgían tímidamente del pedernal. Su cabello corto y grisáceo, y su ancha barba que le rozaba el pecho, eran signos de sus cincuenta y tantos años, aunque hacía mucho que había dejado de contar.
Su rostro, curtido por años de inclemencias y vida errante, reflejaba la determinación de alguien que había abandonado las comodidades de su linaje para entregarse a la lucha por la supervivencia. Atrás quedaron los días en que su nombre era respetado en reinos ahora reducidos a cenizas.
A sus espaldas, el viejo monte, espeso y sombrío, donde la luz apenas penetraba, guardaba historias entrelazadas en el viento que movía las ramas de los árboles, danzando al ritmo del tiempo.
A lo lejos, algunos sonidos emulaban el tintineo de voces humanas. De niño, solía imaginar que eran antiguos elfos de las historias contadas por los ancianos. Los suspiros del viento lo mantenían alerta, pues podían confundirse con el gruñido de alguna bestia.
La carne que descansaba en el fuego ya estaba lista, y con un fuerte mordisco arrancó un pedazo, masticando lentamente y disfrutando el sabor, incierto de cuándo volvería a tener tal deleite.
Hasta la ciudad costera de Santa Faetia, en los límites del reino, había un largo trecho por recorrer. Desde allí, hacia el nuevo continente de Mu y tierras donde nadie reconociera su pasado. Pero antes, debía cruzar la villa de Gregudh para visitar a viejos compañeros. El bar de Gerald tenía las mejores aguamieles del sur. Solo de pensarlo, una picazón en la garganta y un mar de saliva se acumulaban en sus mejillas. Un manjar que los dioses otorgaron a los vivos, una de las pocas cosas que aún se podían disfrutar tras la caída del gran imperio.
De repente, voces coléricas comenzaron a retumbar en la incertidumbre del bosque. Giró rápidamente para observar, y esperó. Pasados unos minutos, nada; no volvió a escuchar aquel llanto.
Miró a su leal compañero, que se encontraba a unos metros de distancia, y localizó rápidamente una espada corta colgando de su montura. De repente, escuchó un alarido, esta vez acompañado por una voz femenina que, a esa distancia, aún no podía entender.
Se acercó a su caballo, tomó su espada y, con la otra mano, se ajustó su ropaje. Estaba listo para luchar contra lo que fuera que ese extraño bosque le deparara.
—¡Ayuda! —gritó nuevamente la voz femenina, temblorosa y suplicante.
Sin pensarlo demasiado y con el instinto del gran guerrero que intentaba enterrar en el olvido, comenzó a correr en dirección al bosque, hacia el origen de aquellas súplicas.
Un laberinto de ramas y arbustos ponía a prueba su habilidad para desplazarse, esquivando rocas y saltando obstáculos que cualquier esbirro de la indolencia encontraría imposibles sin un entrenamiento adecuado.
Las voces no cesaban, atormentando su mente con súplicas de ayuda, implorando que alguna alma bondadosa enfrentara las fauces de lo que fuera que estuviera allí.
De pronto, a lo lejos, distinguió una silueta. Se acercó sigilosamente, como un cazador acechando a su presa.
Eran varios, en formación, con escudos al hombro y espadas en mano, buscando algo que se escondía de todos.
Se acercó aún más y vio sus blasones. No eran diseños rudimentarios de tribus del sur; eran tropas del rey Harold, del ducado de Elinor. La media luna, mitad roja, mitad amarilla, correspondía a los hombres del duque Aldric de Elinor, un despiadado ser que conocía de épocas más oscuras.
Unos metros más allá, entre las malezas, estaba la causa de la cólera que perturbó su calma: una joven de poco más de veinte años, cabello pelirrojo y rizado, y ojos que brillaban como zafiros. Indefensa, vulnerable ante este grupo de bestias que la acechaban como carroñeros.
—¡Por favor, déjenme ir! —vociferó la jovencita.
—De aquí no se va nadie. Nuestro señor quiere tu cabeza y la de tu hermano en una bonita bandeja de plata.
En ese instante, una energía extraña comenzó a emanar del interior del viejo guerrero. La necesidad de empuñar su espada una vez más, como en otros inviernos, lo invadió. Por una razón que no comprendía, sentía la necesidad de proteger a esta joven como si fuera lo más preciado de su vida.
—¡Dejen a la chica! —aulló desde los matorrales.
Y como un fantasma, emergió con una necesidad salvaje de destruir todo lo que se interpusiera en su camino, empuñando su desgastada espada corta con la misma furia que los salvajes Roriks del norte, a quienes alguna vez combatió.
Los soldados, tomados por sorpresa, se giraron y vieron cómo lanzaba su espada, que impactó directamente en el pecho de uno de ellos, abatiéndolo instantáneamente.
Los demás, incrédulos, avanzaron lentamente en postura de guardia. Terminó lanzando una roca contra el rostro de otro, y luego se abalanzó sobre él, arrebatándole la vida y apropiándose de su espada.
—¡¿Quién será el próximo?! —vociferó con rabia descomunal.
Los soldados se miraron entre sí, esperando que alguno se ofreciera para enfrentar a la terrible criatura que tenían delante. Uno de ellos intentó atacarlo, pero fue rápidamente bloqueado. El guerrero, era tan rápido como antaño, gracias a la vida nómada que mantenía su forma física.
Arremetió contra el soldado con una fuerte patada frontal, arrojándolo al suelo y acabando con su vida con una estocada en el torso.
—¡De a uno serán muertos si no deponen sus armas! —advirtió—. Los mataré a todos.
    Aquellos hombres restantes se observaron entre sí, y sin imponer ninguna clase de otra violencia. Comenzaron a dar retirada como verdaderos cobardes.
    En pocos segundos liquidó a tres sujetos bien armados y entrenados, denotando una habilidad en el combate que en mucho tiempo no se veía en las anárquicas tierras del sur.
    Eran formas de lucha que solo en el norte profundo prevalecían, la violencia absoluta, la antigua lucha de la bestia contra el hombre. Por dominar el alma de la lucha con espadas. Antigua arte que eran prohibidas en la orden.
    Se acercó con cautela a la joven, intentando distinguir si estaba herida. Con un rápido movimiento, retiró su espada del cuerpo de sus víctimas, limpiándola en el abrigo de uno de los caídos, y se dirigió hacia ella. La muchacha, temblorosa y desorientada, intentaba ocultarse torpemente entre las ramas secas y retorcidas de los viejos árboles que la rodeaban. Sus ojos reflejaban puro terror, y su respiración entrecortada dejaba en claro que aún no comprendía del todo lo que había sucedido.
—No te preocupes —dijo el hombre con voz serena, intentando sonar lo más amable posible—. No voy a hacerte daño.
—¿Cómo sé que no eres igual a los otros hombres? —con un tono tembloroso, casi inaudible.
—Si quisiera hacerte daño… después de lo que viste, ¿qué me lo impediría?
Sus palabras eran duras, pero verdaderas. No buscaban intimidarla, sino demostrarle que no tenía sentido desconfiar de él después de que la había salvado. Aquella era su prueba de confianza, una cruda y directa.
Aun así, ella seguía dudando. Era difícil confiar en un hombre que había aparecido de la nada, solo para acabar con un grupo entero de soldados con la frialdad de quien está habituado a matar.
—Ven, déjame ayudarte —añadió, con la voz más suave—. ¿Qué querían esos hombres?
—No lo sé… Me encontraba sola en el bosque —respondió la joven, desviando la mirada.
Era evidente que mentía. Él lo notó enseguida, aunque decidió no presionarla. Ya había aprendido por experiencia que, muchas veces, la gente guardaba sus secretos por miedo más que por malicia. Y él no tenía interés en entrometerse en asuntos ajenos. Su único objetivo era claro: llegar a la ciudad costera, cruzar el Mar de la Tranquilidad y dejar atrás toda sombra de su pasado.
Se acercó lentamente, sin movimientos bruscos, y le extendió la mano. La muchacha dudó. Observó sus ojos, luego su mano, y finalmente su espada. A pesar del miedo, aceptó su ayuda, temblando levemente. Hacía mucho que no sentía algo parecido a la confianza… o a la seguridad.
—Una joven como usted no debería estar sola en estas tierras —dijo él, mientras la ayudaba a ponerse de pie—. Este lugar está plagado de salvajes. Ni los mejores hombres de los cinco reinos sobreviven mucho aquí.
—Es que no me conocieron a mí —respondió con una débil sonrisa, como si intentara aliviar la tensión con un poco de humor—. Viajaba con un grupo. Íbamos rumbo a Kandar, pero fuimos atacados por sorpresa.
—Pero esos hombres no eran salvajes —respondió él, con un dejo de sospecha en la voz.
No le cerraba. Aquellos no eran simples bandidos del bosque. Eran soldados entrenados, disciplinados. Hombres del rey. Y los soldados del rey no atacaban grupos al azar… no sin una razón, no sin órdenes superiores.
—No lo sé. Nunca los había visto antes —dijo ella, cada vez más nerviosa, con la voz quebrándose.
—Eran soldados de Goethia —dijo él, observándola con más atención—. Ellos no trabajan por cuenta propia, ni por oro. No como las tribus del sur.
Ella bajó la mirada. Sus ojos temblaban. La mentira comenzaba a deshacerse como polvo en el viento.
—De todos modos, no me importa. Kandar está al noreste. Subiendo por las colinas de Loots lo verás a simple vista, al pie del río negro.
—¡Espera! —exclamó la joven, dando un paso hacia él.
Sabía que, sola, no sobreviviría otro encuentro como el anterior. Necesitaba alguien como él. No solo por su habilidad con la espada, sino por su conocimiento del terreno. Si quería llegar viva a Kandar, no tenía otra opción.
—¿Podrías llevarme a salvo hasta allí? —pidió, con los ojos llenos de súplica—. Te pagaré lo que desees. Mi hermano me espera en la ciudad. Él te recompensará por tu ayuda.
—No. Sigue tu camino sola —respondió él, seco. Aquellas tierras estaban bajo la sombra del rey. Meterse con sus asuntos solo traía problemas.
—Te daré lo que quieras: comida, un techo, dinero, caballos… lo que necesites. Solo llévame a Kandar.
La propuesta era tentadora. Demasiado tentadora. Hacía días que no comía bien. No recordaba cuándo fue la última vez que durmió en una cama caliente. Y encima, le pagarían. Era una oferta difícil de rechazar.
—No lo sé, niña… Traes demasiados problemas contigo.
—No soy una niña. Soy una mujer —replicó, alzando la voz con firmeza—. Mi hermano te pagará el doble de lo que te propongo ahora. Te lo aseguro.
—¿El doble? —repitió él, pensativo. Aunque sabía bien que eso también implicaba el doble de problemas.
—Sí. Lo haré posible.
La suerte tal vez estaba de su lado. Si lograba llegar a la ciudad sin llamar demasiado la atención, obtendría su recompensa. Pero si lo descubrían ayudando a alguien que huía del rey… la horca lo esperaba en Kandar. No una cama, ni una comida caliente. Sólo el peso de la soga.
Era una decisión difícil: arriesgar su vida por una desconocida… o marcharse ahora mismo, con las manos vacías, el estómago vacío y los bolsillos vacíos.
—Está bien —dijo al fin—. Te llevaré cerca de la ciudad. Te dejaré a las puertas de la muralla. Me pagas lo que prometiste y desaparezco.
—Sí, pero…
—No hay peros. Ni preguntas, ni diálogos. Se hace a mi manera, o no se hace.
—Está bien —respondió la joven, extendiéndole la mano con timidez—. ¿Cómo te llamas?
Él la miró. Primero su mano, luego su rostro. Aquel gesto, tan simple, le supo a peligro. Se estaba metiendo en un problema del que tal vez no saldría.
—No hay preguntas.
—¿Ni siquiera vas a hablarme en todo el camino a Kandar?
—No quiero preguntas —repitió, mientras se adentraba nuevamente en el bosque, con la muchacha siguiéndole los pasos de cerca.
—¿Aquí también es de mala educación no presentarse? —murmuró ella, divertida—. Porque en mi tierra sí que lo es.
Entonces él se detuvo en seco, se volvió con brusquedad y la encaró con el ceño fruncido.
—Mira, quedamos en que te llevaría hasta Kandar sin que te maten. No hagas que pierda mi recompensa ahora mismo.
—Está bien, sin preguntas, sin diálogo, sin nada… ¿Quieres que no respire también? Nos vamos a aburrir mucho en este viaje.
—Por todos los dioses… por el Dios Padre… —murmuró él, con frustración—. Debería haber dejado que aquellos soldados te mataran.
Y así comenzó el viaje más largo de su vida. No por la distancia, sino por la compañía. Una compañía que, estaba seguro, lo llevaría directo a la locura… o a su salvación.
Se detuvo frente al animal y comenzó a ensillarlo con movimientos metódicos, casi ceremoniales. Preparaba a su leal compañero para una nueva travesía. Una más de aquellas que tantas veces había intentado evitar, pero en las que irremediablemente terminaba envuelto, como si el destino tejiera sus hilos con obstinada crueldad. Caía, una y otra vez, en el abismo de lo imposible, en misiones desesperadas por causas que creía justas, aunque cada vez le costara más recordar por qué.
El caballo, un corcel de pelaje oscuro como la noche sin luna, lo observaba con una mezcla de paciencia y resignación. Era el hijo de antiguas quimeras de guerra, engendrado por las montañas y curtido en las planicies de batalla. Su mirada parecía entender más de lo que un animal común podría, como si compartiera la carga invisible que su amo arrastraba.
Mientras ajustaba el último broche de la silla, en su mente resonaban aquellas palabras que jamás había olvidado. Palabras que, desde su juventud, guiaban su senda y le recordaban quién había sido y a quién aún pretendía ser.
“El camino de los justos, bajo la luz y el filo de la espada, del gran Dios Padre… dará la vida eterna.”
Esa antigua ley fue forjada en las llamas del monasterio de Hellford, y escrita por la mano de Baltasar, el primer gran maestro de la orden. Aquel voto era su brújula, su ancla, la única luz que le quedaba en un mundo cada vez más oscuro y caótico.
Sin embargo, desde que aquella joven se cruzó en su camino, algo en su interior se removía. Un presentimiento persistente, casi doloroso, lo acompañaba como una sombra invisible. Su instinto le gritaba que esa decisión —aceptar ayudarla— lo llevaría por un sendero del cual quizás no regresaría.
Y aun así, como un último intento de redención, como una plegaria silenciosa por sus pecados pasados, elegía avanzar. Él, como tantos otros antes que él —ya caídos y olvidados— creía que el camino de la espada, la justicia y el sacrificio lo salvaría. Aunque fuera demasiado tarde.
—No desesperes, mi viejo amigo... —murmuró con un dejo de melancolía, acariciando la crin del animal—. La batalla final está más cerca de lo que parece.
Pero no se refería a un combate más contra bandidos o soldados. No hablaba de sangre ni de acero. Hablaba de esa otra batalla, la más dura y silenciosa: la guerra interna. Aquella que libramos contra nosotros mismos, donde los enemigos no son hombres, sino recuerdos, culpas y temores.
Su cuerpo ya no respondía como antes. Las cicatrices lo atestiguaban. Y aunque su mente era aún aguda, el peso de los años comenzaba a hacer mella. Como una espada que, tras incontables guerras, ya no brilla, ni corta con precisión, pero aún se aferra al cinto de su guerrero por respeto a lo que alguna vez fue.
—¿Qué batalla? —preguntó de pronto una voz femenina a sus espaldas, suave pero curiosa.
—Ninguna importante —respondió casi al instante, sin siquiera girarse—. Son rituales que mi compañero y yo llevamos en el alma, parte de una vieja forma de entender la vida.
—Qué noble la consideración por su compañero —comentó la joven, observando con atención el vínculo entre el hombre y el animal.
—Somos compañeros de muchas lunas —respondió él con una leve sonrisa.
—Bien, entonces vayamos a nuestros asuntos —dijo ella con renovado ánimo—. ¿Cuál será nuestra primera aventura?
—¿Aventura? —repitió con un leve tono de ironía.
—Sí —insistió ella—. Una aventura con un extraño que no se anima siquiera a decirme su nombre.
Él la observó unos segundos en silencio. Luego, como si una parte de él decidiera concederle una pequeña tregua al pasado, dijo:
—Puedes llamarme Lázaro.
No era su verdadero nombre. De hecho, hacía tanto que no lo usaba, que ya apenas lo recordaba. Lázaro era un seudónimo, una máscara que había adoptado para ocultarse del mundo, y de sí mismo. A veces, cuando intentaba recordar su nombre real, su mente lo rechazaba, como si con él vinieran memorias que prefería enterrar.
Ya no recordaba su hogar, ni su familia. Solo recordaba la orden. Y que, alguna vez, había dicho provenir de las tierras del norte, más allá de Vinhard, en una isla cuya denominación se había perdido en la bruma de su memoria. Era tierra de dragones, según las viejas canciones, y de guerreros salvajes que rugían al combate con una furia sobrehumana.
—¿Lázaro? —murmuró la joven con una sonrisa—. Un nombre extraño para estas tierras.
—Vengo de lugares donde ni los dioses se atreven a poner pie —respondió con solemnidad—. Y donde las madres no nombran a sus hijos con palabras suaves ni nobles.
—Alguna vez me gustaría escuchar historias de tu tierra, querido extraño.
—Espero que el viaje no se alargue tanto —dijo él, serio—. Contar historias no es lo mío. Menos si hablan de un pasado que prefiero no revivir.
—Pues, si no hablamos, será un viaje muy aburrido para ambos.
—Lo dudo. Primero, llegaremos a un paso fronterizo. Hay un pequeño pueblo antes de nuestro destino.
—¿Y qué hay en ese pueblo?
—Un viejo amigo —respondió sin dudar—. De otra vida. Se vino a estas tierras buscando la libertad, igual que yo. Él nos ayudará a llegar.
—¿Podría acompañarnos hasta la muralla del sur?
—Ya lo verás —dijo—. Pero recuerda: el trato era llevarte a Kandar. Nada más. Lo que ocurra después no me incumbe.
Y así comenzó su marcha. El sol apenas se alzaba cuando tomaron el sendero de tierra que bordeaba el Bosque de los Faunos. Irónicamente, el mismo camino por el cual la había encontrado a ella, escondida entre ramas como un animal acorralado.
La carretera estaba libre de patrullas reales. Sin embargo, las tribus nómadas eran otra historia. Encontrarse con ellas era casi inevitable si deseaban cruzar el paso. Aquel lugar era un punto de encuentro para mercaderes, cazadores, arrieros y contrabandistas. Pieles, carnes, frutas exóticas, todo se comerciaba allí… y también se perdía.
Pero entre los justos y los trabajadores, también acechaban los carroñeros. Aquellos que no negociaban, sino que saqueaban. Que no ofrecían, sino que robaban. Y que, a veces, se llevaban mujeres jóvenes y hermosas como parte de su “botín”. Eran monedas de cambio valiosas: algunas cabezas de ganado, varias pieles, un par de metales… o simplemente la brutalidad de tomarlas como esposas contra su voluntad.
—Debemos tener cuidado —dijo él, rompiendo el silencio con un tono grave—. No será fácil cruzar.
Y no solo por los nómadas. Si los soldados del rey los descubrían, podían reconocerlo. Él había matado a varios. Ya debía haber rumores, incluso recompensas. Y ser atrapado ayudando a una fugitiva podría costarle algo más que la libertad. Lo colgarían en Kandar, sin juicio ni piedad.
Pero tenía una carta más. Su amigo, el que lo había salvado en múltiples ocasiones. El que conocía los viejos códigos de la orden. Con él, quizás, podría burlar al destino una vez más.
Porque para los que siguen el camino de los justos, toda acción tiene su eco. Toda hazaña, su recompensa… o su condena.
Y en esa fina línea entre gloria y muerte, entre redención y perdición, caminaban ahora dos viajeros: una mujer con secretos que no quería contar, y un hombre que ya no recordaba su propio nombre.






Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)