VIII - Larva

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domingo, 5 de junio de 2022

Relato VIII - Larva




Larva

Los Silva eran una joven pareja, unida más por la necesidad que por la fortuna. No hacía mucho se habían casado, movidos por sueños sencillos y una fe ciega en el futuro. La vida, sin embargo, jamás les ofreció cuna de oro ni promesas fáciles: debieron ganarse cada pedazo de pan con el sudor del cuerpo. Su historia era la de tantos otros, pero el destino los había marcado con una oscuridad que ellos aún no sospechaban.
Laura era una mujer callada, de mirada profunda, de esas que parecen ver más allá del presente. Su piel era tan blanca que la luna misma palidecería junto a ella. Sus ojos, verdes y translúcidos, parecían esconder un pozo de silencios antiguos. Horacio, en cambio, era de campo puro: flaco, curtido por el sol, hijo del ganado y del barro. Mientras ella conservaba cierta delicadeza que desentonaba con el entorno, él arrastraba en la espalda el peso de la tierra.
Tras años de trabajo y miseria, lograron comprar unas tierras cerca de Trinidad. ¿La Santa Trinidad? Quizás no tan santa como el nombre sugería. En medio del monte espeso, casi devorada por la vegetación, se erguía una vieja casa de muros húmedos y techos vencidos. El aire que la rodeaba tenía un peso extraño, una quietud que no pertenecía del todo al mundo de los vivos. Detrás, un galpón derruido servía de refugio a ratas, serpientes, arañas y murciélagos. Aquella ruina, pensaban, algún día sería su hogar.
El monte era un laberinto de sombras. El arroyo que lo atravesaba corría bajo un puente de piedra antigua, cubierto de musgo y recuerdos. Nadie pasaba por allí. Nadie hablaba de aquel lugar. Los mapas lo ignoraban, como si la civilización hubiera preferido olvidarlo. Horacio solía repetir que había mucho por hacer: cercas, reparaciones, limpieza. Pero la tierra parecía resistirse, como si algo invisible velara por su silencio.
La rutina era áspera. El sol quemaba, los animales enfermaban y el aislamiento se hacía más profundo con cada día. Laura, pese a todo, hallaba consuelo en los libros que leía bajo la luz vacilante de un mechero. Las palabras eran su única compañía cuando la oscuridad del campo se volvía demasiado densa.
El verano llegó con violencia. El aire era un muro de fuego, y ni el monte podía ofrecer alivio. Para escapar del calor, los Silva comenzaron a visitar un arroyo a unos kilómetros de la casa. El agua era fría, casi sobrenatural, y el murmullo del cauce tenía algo hipnótico. El sitio era hermoso, sí, pero había en él una sensación opresiva, como si los árboles observaran.
Una tarde, mientras se bañaban, Laura notó que el agua se volvía turbia. El fondo, antes claro, se oscureció con una sombra que se movía entre las piedras. Horacio se rió al principio, pero el gesto se congeló en su rostro. Un dolor atroz lo dobló en dos; un ardor profundo le atravesó el vientre. Laura corrió hacia él, lo sacó del arroyo y, al ver la sangre que brotaba, comprendió que algo lo había herido. La herida era pequeña, circular, limpia. Demasiado limpia para ser obra de una rama o de un animal.
Lo llevó de regreso a la casa, envuelto en su desesperación. Horacio temblaba y sudaba. Decía que sentía “algo” dentro, moviéndose. Laura lo obligó a acostarse y le vendó el abdomen, pero su color se fue desvaneciendo, su respiración se volvió errática. El calor que emanaba su cuerpo era antinatural; el aire a su alrededor parecía hervir.
Pasaron los días. Horacio dejó de comer. Hablaba poco. A veces se encorvaba, presionándose el estómago, murmurando entre jadeos que “se movía”. Laura intentó no escucharlo. Rezaba, le preparaba infusiones, lo vigilaba con miedo creciente. Por las noches lo oía retorcerse, emitir sonidos que no parecían humanos. Un zumbido constante comenzó a colarse entre las paredes, un rumor bajo, húmedo, como si algo reptara en la oscuridad.
Y una noche, el silencio se quebró.
Laura despertó con la primera luz del amanecer. Horacio yacía inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos, fijos en el techo. Lo llamó. Lo sacudió. No respondió. Al acercarse, notó que su piel estaba fría, casi grisácea, y que su vientre se movía lentamente, como si algo respirara dentro. Un sonido agudo brotó del pecho del cadáver: un chirrido sordo, viscoso.
Laura retrocedió, petrificada, mientras un bulto recorría la piel de Horacio desde el abdomen hasta la garganta. La piel se elevó, se rompió, y una larva enorme, blanca y viscosa, emergió lentamente por su boca. Era grotesca, hinchada, cubierta de sangre coagulada. Su hedor llenó el aire con una pestilencia insoportable. La criatura se retorcía, abriendo y cerrando una boca carnosa que goteaba un líquido oscuro, como si aún saboreara la carne de su huésped.
Laura gritó, un grito que pareció perderse en la espesura del monte. La larva cayó al suelo y comenzó a arrastrarse hacia ella, dejando un rastro húmedo y rojo. Con cada movimiento, la mujer comprendía la magnitud del horror: aquel ser no era un simple parásito, sino algo más. Algo antiguo, nacido de la tierra y del agua, de un rincón podrido del mundo.
Esa mañana, los pájaros no cantaron.
El arroyo volvió a correr cristalino, pero en su cauce flotaban pequeñas burbujas de aire, como si algo debajo aún respirara.

G.Zaballa

5ta. edición