Relato XXIV - 3042
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Una fuerte detonación hizo añicos el casco exterior, como si un gigante invisible lo hubiera desgarrado con sus propias manos. La explosión destrozó dos compartimientos en la bodega de carga. Esto preocupó al capitán. Con el corazón latiendo desbocado, descendió a trompicones rápidamente hacia el panel de control principal y cerró las siguientes escotillas, para evitar la despresurización total de la USM Tirrema. Posteriormente, una segunda detonación lo derribó, lanzándolo varios metros.
Aturdido, intentó levantarse, pero no veía nada. Debido a que se había cortado la luz de la sección correspondiente al centro de control, la oscuridad lo engullía, dejándolo a merced de un vacío agobiante. Notó que aún funcionaban los sistemas de gravedad artificial; por eso, se levantó como pudo, palpando a su alrededor. Con sus dedos aún temblorosos y desesperados, logró dar con un interruptor familiar, que le permitió encender los sistemas auxiliares de emergencia. De pronto, unas luces rojas iluminaron todo; tableros y pantallas volvieron a mostrar datos. Sentía un ardor fuerte en su frente y un líquido caliente corriendo por su rostro. Pasó su mano lentamente, dándose cuenta de que tenía un corte leve.
No entendía lo que había pasado. ¿Qué carajos provocó la explosión? Miró las pantallas y entendió que algún objeto extraño —de los tantos que se encontraban en el cinturón de asteroides— lo había impactado con fuerza. El calor punzante en su frente le recordó su propia fragilidad en el vasto abismo del espacio, donde un simple error podría sellar el destino de todo.
Se dio vuelta y se dispuso a inspeccionar los daños. Puso su mano en el detector de huellas de la escotilla principal, con un temblor en el pecho, y en el momento en que esta se abrió, fue catapultado hacia atrás, golpeando contra el duro piso.
De pronto, escuchó un sonido estridente que no le dejaba ordenar sus ideas; lograba perforar su cráneo con mucha facilidad. En ese exacto momento, escuchó una voz que rebotaba en un oscuro sinfín, formando un eco:
—CAPITÁN, capitán. Vamos, despierte, capitán —dijo una extraña voz robotizada—. Capitán, se durmió. Nos dirigimos hacia un cinturón de asteroides.
Esa voz robótica no era más que N.O.V.A., la IA que controlaba la USM Tirrema, un destructor espacial militar. N.O.V.A., el asistente de Navegación y Operaciones Vitales Automatizadas, era el encargado de dirigir la nave a su próximo destino mientras el capitán descansaba en su silla.
Por aquellos años, las fuerzas espaciales de la Federación Terrestre comenzaron a dejar de utilizar tripulaciones humanas, ya que se vivía en una relativa paz. No existía ninguna amenaza que justificara tomar medidas drásticas, así que las naves militares navegaban solamente con dos integrantes: una IA y su capitán.
Lentamente, despegó sus párpados, dándose de frente con aquella maraña de dispositivos digitales que tenía a su alrededor.
—Sí, ya te escuché, N.O.V.A. ¿Podés dejar de hacer tanto ruido? —respondió el capitán.
—Ya detuve el piloto automático. ¿Cuáles son sus siguientes órdenes?
Si bien la máquina tenía la absoluta capacidad de resolver cualquier tipo de problema complejo, estaba programada para esperar las órdenes de su superior y ofrecer opciones viables que, a su vez, fueran favorables a la integridad.
Su autonomía dependía exclusivamente de la capacidad del capitán para desprenderse del mando. Por ende, los sistemas estaban obligados a responder a los humanos, y esto era inevitable.
La USM Tirrema se había detenido antes de llegar al misterioso cinturón de asteroides.
—Este cinturón de asteroides no debería estar en este lugar —mencionó el capitán.
—En efecto, capitán. Los datos de navegación lo demuestran —dijo la máquina.
—N.O.V.A., quiero los datos más recientes sobre la trayectoria P207.
—Sí, capitán.
El capitán se sumergió en una reflexión profunda mientras la inteligencia artificial de la nave recopilaba y presentaba los datos solicitados. La sala de mando estaba sumida en un silencio tenso, casi sepulcral, solo interrumpido por el zumbido suave de los sistemas computacionales y la respiración controlada del capitán. La pantalla holográfica frente a él proyectaba gráficos y coordenadas que revelaron un patrón inusual en la trayectoria en que se encontraban.
La extrañeza dominaba al capitán, pues estaba seguro de que eso no debería estar ahí. Llevaba años al mando de naves espaciales de la Federación Terrestre. No faltaron oportunidades en las que se encontró en situaciones similares, pero, sin embargo, nunca un cinturón de asteroides había modificado tan bruscamente la trayectoria de su nave.
—Capitán, según los datos recientes, la trayectoria P207 debería estar libre de cualquier obstáculo. No hay registros de asteroides en esa área del espacio —informó la IA con su voz mecánica.
El capitán frunció el ceño, sus ojos escudriñando la información presentada. Algo no cuadraba, y la tensión en la sala se intensificó. Aunque las relaciones entre las naciones terrestres eran relativamente pacíficas, la posibilidad de amenazas externas o de fenómenos desconocidos siempre mantenía alerta a las fuerzas espaciales.
Existían rumores extraños, claro. Trabajando tanto en la soledad del espacio, siempre se generan cuentos entre integrantes de la fuerza que no dejan de ser más que eso: rumores.
La inmensidad del espacio daba a la imaginación demasiado campo de acción. La humanidad, para aquel entonces, había explorado apenas una simple porción de la galaxia. Algo así como el 0,001 %, una cuota mínima considerando lo vasto y oscuro que era. Se había logrado colonizar algunos sistemas solares, los más cercanos, a unos 10 o 20 años luz. No mucho más que eso. Pero las condiciones para la vida seguían siendo demasiado hostiles, así que las colonias no dejaban de ser páramos olvidados, llenos de científicos y militares. Y alguna que otra empresa privada interesada en la minería.
Pero lo cierto es que, luego de fundarse la Federación Terrestre —lo que puso fin a los conflictos entre países—, los diferentes esfuerzos tecnológicos dieron pie a la exploración espacial. Esto ameritó convertir a las naves de guerra en simples cargueros espaciales gigantes.
—¿Hay alguna señal de actividad anómala en la zona? —preguntó el capitán, su tono ahora más grave.
N.O.V.A. procesó la información a una velocidad impresionante —ventajas de tener un poder computacional tan avanzado—, analizando cada pulgada del espacio circundante a través de sus sensores.
—No hay señales de comunicación, energía o movimiento que sugieran alguna clase de presencia biológica o artificial. Sin embargo, los asteroides en el cinturón parecen tener una composición y disposición inusuales —respondió la IA.
El capitán se puso de pie, su mirada fija en la representación holográfica del cinturón de asteroides. La incertidumbre se reflejaba en sus ojos; no sabía qué hacer. El problema era que no existía ningún protocolo oficial para abordar algo que saliera de lo normal.
—Preparemos una exploración con drones. Necesitamos entender qué está pasando aquí —ordenó el capitán, tomando el mando de la situación.
—Sí, de inmediato saldrán las sondas.
N.O.V.A. ejecutó las órdenes instantáneamente, desplegando drones de exploración para adentrarse en el enigmático cinturón de asteroides. Mientras los drones avanzaban, las imágenes que transmitían aumentaban la perplejidad en la sala de mando. Eran asteroides, sí, pero también algo más: una estructura con una formación que desafiaba las leyes naturales del espacio.
—Capitán, he detectado una estructura no identificada en el centro del cinturón. Parece ser de origen artificial —informó la IA, su tono ahora teñido con un matiz de intriga.
—Dame imágenes ya —respondió, un tanto asombrado.
El holograma mostraba una estructura hexagonal, claramente artificial, que no respondía a ninguna forma habitual de los asteroides que solía ver.
El capitán frunció el ceño nuevamente. Lo desconocido se extendía ante ellos, desafiando las expectativas y sumiéndolos en un misterio que podría cambiar el curso de la historia espacial humana.
—Esto debe ser una broma —dijo el sorprendido hombre en su traje gris.
Si bien esa estructura era de tonalidad similar a la de los asteroides a su alrededor, no respondía de ninguna forma a nada conocido por aquel sujeto.
—NOVA, quiero que acerques uno de los drones para realizar un escaneo de la estructura.
—Sí, capitán.
Mientras observaba en directo las imágenes enviadas por el dron sonda, demostraba su incredulidad ante aquel objeto, amigable o no, ya que representaba un posible contacto con algo fuera de su entendimiento.
La sonda se acercó lentamente, guiada por la IA para no hacer ningún movimiento brusco y, con un aparato externo que emitía un láser, comenzó a escanear el objeto una y otra vez.
—¿Ya tenemos los datos? —Era evidente la ansiedad que dominaba por completo al sujeto. Sus manos comenzaron a temblar de una forma que no podía controlar del todo.
—En breve llegarán los datos.
Pasaron los segundos sin ninguna respuesta clara. El análisis parecía no terminar nunca, lo que aumentaba la ansiedad del capitán.
—¿Tenemos los datos?
—Esto es extraño —contestó la máquina.
—¿Qué es extraño? Vamos, NOVA, déjate de juegos.
—Lo siento, capitán. Al parecer, el material del que está compuesto ese objeto es demasiado denso. Los escáneres no logran atravesar la estructura.
—Vamos, intenta nuevamente con otro de los drones.
La inteligencia artificial mandó otra sonda a inspeccionar el objeto, pero aun así los datos no llegaban con precisión. El extraño material impedía por completo su identificación, y lo que fuese ese objeto también estaba interfiriendo en las comunicaciones con el dron. La imagen que provenía de las sondas comenzaba a distorsionarse repentinamente.
—¿Qué está pasando?
—Alguna clase de frecuencia está interfiriendo en la señal de las sondas.
—Intenta mejorarla, aumentando la potencia de los intercomunicadores.
El capitán se encontraba ahora inmerso en una realidad que escapaba por completo a sus conocimientos y protocolos. Mientras la IA trabajaba frenéticamente para superar la interferencia, la sala de mando estaba sumida en un silencio tenso. El capitán observaba la pantalla holográfica con ojos escudriñadores, tratando de discernir cualquier detalle que pudiera arrojar luz sobre la naturaleza de esa estructura hexagonal.
—¡Capitán, hemos perdido contacto con la sonda! —anunció la IA con un dejo de urgencia en su tono.
Una sensación de impotencia lo envolvía. La sala de mando se sumió en la oscuridad, solo interrumpida por la luz intermitente de las consolas parpadeantes. El misterio que envolvía la estructura artificial se había transformado en una amenaza tangible.
—Intenta restablecer la conexión, NOVA —ordenó, con un tono que apenas disimulaba su creciente ansiedad.
Los intentos de la IA por recuperar la comunicación con la sonda resultaban infructuosos. La estructura hexagonal, enigmática y densa, parecía desafiar todas las expectativas científicas. El capitán se paseaba de un lado a otro de la sala, con pensamientos turbios y su instinto militar alerta ante lo desconocido.
—¡Capitán, hemos recuperado la señal de la sonda! —anunció la IA, rompiendo la tensión en la sala.
El alivio momentáneo se apoderó del capitán, pero su semblante reflejaba un escepticismo cauteloso. La transmisión de la sonda volvía, pero la imagen era errática, fragmentada. En la pantalla holográfica, la estructura hexagonal aparecía distorsionada, como si la realidad misma se retorciera a su alrededor.
—¿Qué está sucediendo, NOVA?
—La interferencia persiste, capitán. Parece que la estructura no solo es densa, sino que también emite algún tipo de campo electromagnético. Estamos lidiando con algo desconocido.
El capitán apretó los puños, evaluando las opciones. La incertidumbre se cernía sobre la sala de mando. Tomó una decisión impulsiva, propia de alguien acostumbrado a liderar en situaciones críticas.
—Acerquémonos a ese objeto. Necesitamos respuestas directas. Prepara los escudos, vamos a entrar al cinturón de asteroides.
El rostro de la IA reflejaba su capacidad para procesar información y obedecer órdenes, aunque la cautela asomaba en su tono.
—Capitán, desconocemos completamente la naturaleza ese objeto. Esto podría ser demasiado arriesgado si tenemos en cuenta que no sabemos qué está perturbando nuestra señal.
El capitán, sin embargo, mantenía la mirada fija en la pantalla holográfica. La estructura hexagonal se erigía como un desafío, un enigma que clamaba por ser resuelto, aunque las consecuencias fueran impredecibles. En el espacio, donde el vacío coexistía con lo desconocido, él se preparaba para enfrentar lo que yacía más allá del velo de la incertidumbre.
Los motores comenzaron a impulsar la nave entre aquella maraña de asteroides. Muchos de ellos impactaban lentamente contra el escudo que protegía la estructura del casco de las amenazas del hostil espacio.
En pocos minutos, aquella estructura extraña comenzaba a erguirse frente a la USM Tirrema, superándola fácilmente en tamaño.
Rápidamente, el capitán encendió las cámaras junto a un par de reflectores. Pero esto no duró ni cinco segundos cuando comenzó a volver la extraña interferencia; el holograma no dejaba de cortarse. Así que no le quedó otra que asomarse en persona. Fue directo a una de las ventanillas, de tipo ojo de buey, que daban directo al objeto extraño. Se encontró con la grandeza de aquella cosa: era impresionante y a la vez intrigante. Se preguntaba una y otra vez cuál sería su origen.
Una fuerte vibración lo sacó de su estupor. Una detonación hizo añicos el casco exterior, como si un gigante invisible lo hubiera desgarrado con sus propias manos. La explosión destrozó dos compartimientos en la bodega de carga. Esto preocupó al capitán. Con el corazón latiendo desbocado, descendió a trompicones rápidamente hacia el panel de control principal para cerrar las siguientes escotillas y evitar la despresurización total de la nave. Posterior a esto, una segunda detonación derribó al capitán, lanzándolo varios metros.
Aturdido, intentó levantarse, pero no veía nada. Se cortó la luz de toda la sección correspondiente al centro de control. La oscuridad lo engullía todo, dejándolo a merced de un vacío agobiante. Notó que aún funcionaban los sistemas de gravedad artificial, por lo que se levantó como pudo, palpando todo a su alrededor. Con sus dedos aún temblorosos y desesperados, logró dar con un interruptor familiar, que le permitió encender todos los sistemas auxiliares de emergencia. De pronto, unas luces rojas iluminaron todo. Tableros y pantallas volvieron a mostrar datos. Sentía un ardor fuerte en su frente y un líquido caliente corriendo por su rostro. Pasó su mano lentamente, dándose cuenta de que tenía un corte leve.
No entendía lo que había pasado, qué carajos provocó la explosión. Miró en las pantallas y entendió que algún objeto extraño —de los tantos que se encontraban en el cinturón de asteroides— lo había impactado con fuerza. El calor punzante en su frente le recordó su propia fragilidad en el vasto abismo del espacio, donde un simple error podría sellar el destino de todo.
Se dio vuelta y se propuso inspeccionar los daños. Puso su mano en el detector de huellas de la escotilla principal. Con un temblor en el pecho, en el momento en que se abrió, fue catapultado hacia atrás, dando contra el duro piso.
Cuando se repuso, vio una figura espectral frente a sus ojos. Un ser que medía casi dos metros y se acercaba sigilosamente hacia el aturdido capitán.
A medida que se aclaraban sus ideas, aquella grotesca imagen logró paralizarlo por completo. Era un ser… un ser de otro mundo.
Su figura era una amalgama de pesadillas, una extravagante fusión de miedos orgánicos. Su piel resplandecía con una lustrosa capa de un negro profundo, como si absorbiera la luz misma. Sus fauces se abrían lentamente, dando paso a una sonrisa siniestra que revelaba una doble hilera de dientes afilados como cuchillas. Cada paso que daba era un susurro inaudible, un murmullo que helaba la sangre del apabullado capitán. Sin saberlo, se encontraba en su territorio… y sabía cuál sería su destino final.
G.Zaballa
