Relato XLIV - El Cordero

martes, 22 de julio de 2025

Relato XLIV - El Cordero



(Imagen creada por IA)

El cordero

    Jamás en su vida había oído hablar de aquel olvidado y recóndito pueblo, perdido en medio de un vasto territorio de campos y montes, lejos de toda ruta principal o mapa oficial. Era uno de esos lugares que parecían borrados del tiempo, donde las historias viajaban más rápido que las noticias, y los caminos eran apenas senderos marcados por el paso de los pocos que aún se atrevían a cruzarlos. Las calles que conducían hasta allí, si es que podían llamarse así, eran prácticamente intransitables, especialmente durante la temporada de lluvias, cuando el terreno se transformaba en un pantano traicionero que tragaba las ruedas de los carros y hacía resbalar a los caballos como si fueran crías recién nacidas.
    Los pobres animales que arrastraban las carretas —de patas firmes, pero agotadas— se hundían hasta la panza en un lodo espeso y denso, que parecía aferrarse a sus cascos con la fuerza de manos invisibles. El barro no solo frenaba el avance, sino que agotaba tanto a bestias como a hombres, obligándolos a detenerse una y otra vez para recuperar el aliento o desatascar las ruedas. La lluvia, que no cesaba desde hacía días, había convertido cada tramo del sendero en una prueba de resistencia, tanto física como mental.
    Desde lo que hoy era conocida como la nueva capital del departamento —una ciudad joven, moderna y bulliciosa, levantada con orgullo sobre los cimientos de la antigua región— hasta las primeras casas de aquella minúscula y casi desierta urbe, no mediaban más de doce leguas y media a caballo. Una distancia que, en condiciones normales, podría recorrerse sin mayores contratiempos en apenas unas horas. Sin embargo, dadas las deplorables condiciones del terreno, aquel viaje se extendía a lo largo de dos días completos, con pausas forzadas, desvíos inevitables y momentos de duda sobre si se había tomado el rumbo correcto.
    Elías, quien había sido recientemente designado como el nuevo sacerdote del pueblo, no tuvo más remedio que aceptar las circunstancias con resignación cristiana. Su misión era clara: llegar a ese lugar olvidado por el mundo y por la propia Iglesia, para atender las necesidades espirituales de una comunidad reducida, envejecida y desconfiada. El camino no sería fácil, y él lo sabía. Había leído informes, escuchado rumores y recibido advertencias, pero nada lo preparó para la experiencia real de aquel trayecto hostil.
    La primera noche, obligado por el anochecer y por el estado calamitoso del sendero, Elías decidió pernoctar junto al viejo camino, en un claro algo elevado que le ofrecía al menos un terreno seco para acampar. Allí, bajo un cielo encapotado, se acomodó como pudo entre sus mantas, al abrigo de una pequeña fogata que chisporroteaba débilmente. A su lado, su caballo, exhausto y cubierto de barro, descansaba con las patas dobladas, agradecido por la pausa. Elías cerró los ojos y elevó una oración al cielo, no solo pidiendo protección para el viaje que aún le quedaba por delante, sino también fuerza para enfrentar lo que le aguardaba en ese rincón olvidado del mundo.
    Aunque era un hombre de fe y de palabra firme, Elías no podía evitar preguntarse en qué momento había aceptado tan difícil destino. ¿Por qué él? ¿Qué lo había llevado a aceptar una tarea que muchos otros habían rechazado sin dudarlo? Tal vez, pensaba mientras el viento helado se colaba entre sus ropas, porque en el fondo de su alma aún ardía esa chispa de idealismo que lo había llevado al sacerdocio. Una chispa que deseaba, con sinceridad, llevar consuelo a quienes ya no esperaban nada, ni siquiera a Dios.
    Y así, en medio del barro, la soledad y el silencio de la noche, comenzó el largo camino de Elías hacia un pueblo que, aunque desconocido, pronto marcaría su destino para siempre.
    Era, sin lugar a dudas, un destino que ningún clérigo sensato, con algo de juicio o instinto de supervivencia, se atrevería a solicitar voluntariamente. Aquel rincón olvidado del mapa, más cercano al silencio absoluto que a cualquier vestigio de vida urbana, no figuraba en los registros habituales de las diócesis ni en las rutas comunes de peregrinaje. Se trataba más bien de una especie de pequeña aldea perdida en medio de un océano de campos interminables, donde el horizonte parecía fundirse con la tierra y el cielo en una línea difusa y melancólica.
    La frontera más cercana se encontraba aproximadamente a unas ocho leguas hacia el norte, atravesando pastizales ondulantes, colinas suaves y caminos casi borrados por el paso del tiempo y la falta de tránsito. Ese límite era el último respiro de lo que podría considerarse “civilización”: una guarnición semipermanente de soldados, algunas chozas dispersas de comerciantes nómadas y una vieja estación ferroviaria que, si aún funcionaba, lo hacía solo de forma esporádica. Más allá de ese punto, lo que se extendía no eran ciudades, ni pueblos, ni siquiera caseríos, sino simplemente tierra. Tierra abierta, vasta, indomable. Y con ella, el dominio absoluto del silencio, ese que no es simple ausencia de ruido, sino una presencia en sí misma, densa y profunda.
    Era una región donde el trabajo con la tierra y la crianza de ganado no eran solo actividades económicas, sino las únicas formas posibles de vida. Los días estaban marcados por el movimiento del sol, y las noches eran gobernadas por estrellas silenciosas que parecían aún más cercanas debido a la ausencia de luces artificiales. Allí, el hombre debía ser su propio guardián, su propio médico, su propio juez y sacerdote. La comunidad, escasa y envejecida, se sostenía con esfuerzo, con rutinas repetitivas, con la terquedad de quienes decidieron, contra todo pronóstico, no abandonar jamás ese suelo que consideraban sagrado por tradición y memoria.
    El aislamiento era absoluto. No había rutas principales que condujeran hasta allí; solo senderos apenas marcados por carretas viejas, pasos de ganado y huellas dejadas por los escasos viajeros o comerciantes errantes. Tampoco figuraba en los mapas más recientes: era como si el tiempo mismo hubiera olvidado que ese lugar existía, dejando que quedara atrapado entre épocas pasadas, detenido en una especie de limbo geográfico donde los días se repetían sin novedades y las noticias del exterior llegaban con meses de retraso, si es que llegaban.
    Elías, el sacerdote que había sido asignado a tan peculiar destino, no tardaría en comprender que aquella no sería una tarea sencilla. Su llegada no sería solo un cambio de parroquia, sino el inicio de una prueba espiritual y física, una confrontación con la soledad, con la fe misma, y con los fantasmas del olvido. En aquel lugar apartado, cada palabra, cada misa, cada gesto de consuelo tendría un peso enorme. No era un lugar para sermones vacíos ni para rituales automáticos; allí, cada alma que se cruzara en su camino pediría algo más que doctrina: pediría humanidad.
    Y así, en ese rincón perdido entre campos y cielos abiertos, donde la historia parecía haberse detenido hacía décadas, comenzaba el verdadero desafío de Elías. Un sitio donde la fe no se predicaba, sino que debía vivirse a diario, sin testigos ni aplausos. Solo el eco de uno mismo y el sonido del viento.
    Cuando llegó finalmente a las primeras casas del pueblo, una profunda sensación de alivio recorrió todo su cuerpo como una cálida corriente. Sus músculos, tensos por el largo trayecto, comenzaron a relajarse poco a poco, y su alma encontró un breve respiro. Por fin, el camino, tan arduo y solitario, había llegado a su término sin mayores contratiempos, salvo el lógico cansancio del caballo, cuyas patas ya no respondían con la misma agilidad, y sus propios huesos, que crujían entumecidos tras las largas horas de marcha. No obstante, con tan solo una noche de buen descanso, al abrigo de un techo firme y una comida caliente, todo eso podría solucionarse fácilmente. Elías lo sabía, y su cuerpo también lo anhelaba.
    Las casas, de madera envejecida y techos inclinados, emergían como figuras grises en medio del paisaje de tierra húmeda y caminos sin empedrar. Unas pocas columnas de humo subían perezosamente desde las chimeneas, señal de que aún había vida en aquel rincón olvidado por el tiempo y los mapas. Sin embargo, lo que lo sorprendió más no fue la humildad de las construcciones, sino la mirada con la que fue recibido.
    Las siluetas de los primeros rostros que comenzaron a asomarse tras ventanas entreabiertas o desde los umbrales polvorientos no resultaban tan amigables como él había supuesto. Había en ellas una mezcla de recelo, curiosidad y algo más difícil de nombrar: un temor silencioso, ancestral, casi supersticioso. La sensación de ser observado con desconfianza era tan clara, tan penetrante, que casi podía palparse en el aire denso que lo rodeaba. Era como si todas esas miradas lo atravesaran, desnudaran su alma, buscando leer sus intenciones antes de permitirle siquiera pronunciar una palabra.
    Sintió, por un momento fugaz, lo mismo que siente una presa al saberse vigilada por depredadores invisibles. Era como si un lobo, oculto entre las sombras de las paredes y los rincones, acechará a los corderos sin guía, listos para ser devorados. Pero, a diferencia de otras ocasiones, esta vez él no era uno más entre los corderos. Él venía con la misión de ser el pastor. No uno cualquiera, sino aquel enviado con una tarea sagrada: restaurar la fe en un lugar donde la esperanza parecía haberse exiliado hacía ya mucho tiempo.
    En su corazón resonaba la certeza de estar cumpliendo una labor divina. Se sentía portador de una luz tenue, pero persistente, destinada a abrirse paso en medio de las tinieblas que parecían haberse instalado en aquella comunidad tan desdichada como olvidada. Porque si algo tenía claro Elías, era que los lugares más remotos, aquellos que la sociedad abandonaba y la historia ignoraba, eran precisamente los que más necesitaban de un guía espiritual. Y él, aunque cansado, llegaba dispuesto a convertirse en ese faro.
    Se bajó lentamente del caballo, dejando que sus botas crujieran sobre el suelo seco y polvoriento. Se detuvo por un instante a observar a su alrededor. El ambiente que lo rodeaba no ofrecía consuelo alguno. Ninguna de las miradas que alcanzó a cruzar contenía vestigios de amabilidad o calma. Más bien, se sentía como un forastero atrapado en tierra extraña, rodeado de presencias que lo juzgaban sin decir palabra.
    La sensación que lo envolvía era intensa y abrumadora, como si una presión invisible lo empujara hacia el suelo. Estaba perdido, sí, en un lugar que parecía surgido del mismísimo Valle de las Sombras, pero a pesar de todo, no se sentía del todo solo. Aún lo acompañaba la certeza de que el Señor Padre lo guiaba, como una antorcha en medio de la oscuridad.
    Fue entonces cuando notó que una de las casas más cercanas tenía la puerta abierta de par en par. A través de ella, salía y entraba un constante flujo de personas, lo que llamó de inmediato su atención. Decidió, con una mezcla de curiosidad y precaución, acercarse a aquella vivienda. En su interior, intuía que podía encontrar respuestas, o al menos, alguna señal que le confirmara que había llegado al lugar correcto. Sin embargo, en lo profundo de su alma sabía que no estaba del todo preparado para recibir las primeras reacciones de los lugareños. Sabía que, en ese pueblo, él era el extraño.
    En cuanto cruzó el umbral de la puerta, una oleada de miradas se volcó sobre él con tal intensidad que sintió un estremecimiento. Era como si una montaña de ojos lo atravesara por dentro, como si cada par de pupilas que lo observaban se convirtiera en una daga que lo hería sin tocarlo físicamente. Algunos rostros parecían esconder intenciones oscuras, como si quisieran lanzarse sobre él y desgarrarlo sin razón aparente, como si fuera una presa herida que, por alguna causa desconocida, había despertado el hambre dormida de la multitud.
    —Buenas tardes —saludó con voz firme el sacerdote—. Estoy buscando la capilla Santa Trinidad. ¿Podría alguien indicarme cómo llegar?
    El hombre que estaba detrás de la barra, un sujeto corpulento de rostro endurecido por el sol y los años, lo miró en silencio. Su mirada era tan profunda que parecía escarbar en su interior, como si tratara de leer su alma a través de los ojos. Luego, lentamente, deslizó su mirada de arriba abajo, examinándolo con desconfianza.
    —Sí —respondió con voz seca, carente de entusiasmo—. La vieja parroquia está al final de la calle, a mano derecha.
    —Gracias. Que Dios lo bendiga —agregó Elías, haciendo una leve reverencia.
    —¡Espere! —exclamó el hombre justo cuando el cura se giraba para marcharse.
    En ese exacto momento, un escalofrío recorrió su espalda como una serpiente helada. Una sensación extraña, casi premonitoria, lo invadió por completo. Algo en el tono del hombre, en su repentina urgencia, le hizo presentir que lo que venía no sería sencillo de digerir.
    —¿Sí? —respondió Elías, girándose otra vez.
    —¿A qué ha venido usted?
    —Bueno —dijo con una sonrisa suave, intentando disipar la tensión—. He venido a cubrir al padre Giménez. Me envía la diócesis. Lamento profundamente lo que le ocurrió. Supe que tuvo un accidente.
    —Ah, no se preocupe por eso —respondió el hombre, ahora con un tono más relajado—. Hace ya medio año que tenemos con nosotros al padre Judas.
    —¿Padre Judas? —repitió Elías, sin entender nada—. Disculpe, pero eso no puede ser. Debe haber un error. Yo soy el único sacerdote designado para este pueblo según la diócesis.
    —No —contestó el hombre, esta vez con una seriedad que caló hondo—. Me temo que el error es suyo. El padre Judas lleva ya varios meses celebrando misa y cumpliendo sus deberes religiosos aquí.
    Elías sintió que algo se quebraba dentro de él. Una incomodidad creciente lo envolvió, una especie de disonancia entre lo que sabía y lo que estaba presenciando. No era solo lo que el hombre decía, sino el tono con el que lo afirmaba. Por primera vez desde que emprendió el viaje, comenzó a dudar. ¿Y si el error era realmente suyo y no del obispo? ¿Y si había llegado al lugar equivocado o en el momento incorrecto?
    —Si no me cree, puede comprobarlo usted mismo —añadió el hombre—. Estoy seguro de que el padre Judas no tendrá problema alguno en recibirlo.
    Avergonzado por la situación y envuelto en una mezcla de incredulidad y desconcierto, Elías decidió salir del lugar. Caminó hacia su caballo con paso firme pero con el alma sacudida por la incertidumbre. Sentía la necesidad de revisar nuevamente la documentación que le habían enviado desde la diócesis. Tal vez allí encontraría la confirmación de que no estaba equivocado.
    —Estoy seguro de que este es el pueblo de Santa Trinidad —murmuró para sí mismo mientras atravesaba el umbral de la puerta y salía al exterior, sintiendo el calor del sol sobre su rostro, que contrastaba con el frío interior que comenzaba a anidar en su pecho.
    Pero, en efecto, al revisar cuidadosamente la documentación que portaba en su bolsa de cuero, no cabía duda alguna: todo indicaba con claridad que el equivocado no era él, sino aquel hombre hosco que se había encontrado en la pulpería del pueblo. El error no recaía sobre sus hombros, sino sobre los de alguien más, quizás debido a una desinformación, una confusión o —lo que era más inquietante— una posible suplantación. Sin embargo, fuera cual fuera la causa, debía resolverse cuanto antes. No podía permitir que la incertidumbre se instalara en su conciencia, y mucho menos si involucraba el nombre de la Santa Iglesia.
    Un tal “padre Judas” decía estar oficiando como sacerdote en esa localidad, y lo más perturbador era que no había comunicado nada a la diócesis correspondiente. Aquello no solo resultaba inusual, sino que rozaba lo alarmante. En el orden clerical, todos los movimientos, nombramientos y sustituciones deben estar debidamente documentados y aprobados por la autoridad eclesiástica. ¿Quién era entonces ese tal Judas? ¿Y cómo había logrado hacerse con la parroquia sin que nadie lo supiera en instancias superiores?
    Decidido a esclarecer el asunto con urgencia, Elías volvió a montar su carreta. Con manos firmes tomó las riendas y se dirigió directamente hacia la parroquia de Santa Trinidad, ese pequeño templo donde, según los registros, debía estar ejerciendo sus funciones. No había tiempo que perder ni lugar para las dudas. Cada minuto que pasaba aumentaba su desconcierto, pero también fortalecía su resolución.
    El trayecto fue corto, apenas unas cuantas cuadras que serpenteaban por caminos de tierra reseca y piedras sueltas. Y al llegar al lugar señalado, su sorpresa no pudo ser mayor. Ante sus ojos se alzaba una edificación modesta, pequeña, casi insignificante, con un campanario inclinado que apenas se mantenía en pie. Todo el conjunto daba una sensación de abandono que ponía los nervios de punta. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí hacía décadas, dejando que el polvo y la humedad se apoderaran de cada rincón.
    La parroquia, si aún podía llamarse así, estaba en un estado lamentable. Las paredes de ladrillo mostraban signos evidentes de deterioro por humedad; grandes manchas verdes y oscuras trepaban por los muros como una enfermedad silenciosa. Las puertas y ventanas, hechas de madera ya podrida por la intemperie, crujían al viento como si temieran por su destino. Aquello no parecía un lugar sagrado, sino un templo olvidado por el mismo Dios, aguardando el momento en que algún derrumbe inevitable pusiera fin a su existencia.
    El sacerdote Elías, desconcertado pero aun con el deber por delante, bajó de la carreta con gesto decidido. Tomó su pequeña bolsa de cuero, donde llevaba no solo sus documentos oficiales, sino también sus efectos personales, y se dirigió hacia la entrada principal de la edificación. Sus pasos resonaban sobre la tierra seca, y por un momento se sintió como el único ser vivo en ese paisaje desolado. La parroquia parecía flotar en medio del campo, completamente rodeada por un extenso manto de pastizales altos y descuidados. Era como si la naturaleza hubiera reclamado todo alrededor y la iglesia se mantuviera allí, inmóvil, como un barco a la deriva en un océano de verde salvaje. Esperando encallar finalmente en alguna costa lejana.
    Al llegar a la puerta principal, algo llamó poderosamente su atención. El picaporte no era común, ni siquiera improvisado de modo convencional. Se trataba de una cruz toscamente formada con ramas secas, unidas entre sí con una soga rústica. Pero eso no era lo más extraño. Rodeando dicha cruz había una cinta estrecha, teñida de rojo apagado, con una serie de grabados en un alfabeto completamente desconocido para él. No era latín, ni griego, ni hebreo —las lenguas sagradas que todo sacerdote conoce con cierta profundidad—. Tampoco se asemejaba a ninguna lengua europea moderna. Parecía más bien algún dialecto local o quizás algo más antiguo, algo que no debía estar allí, algo que no pertenecía a la casa de Dios. Lo envolvió una sensación inquietante, como si se hallara frente a una advertencia disfrazada de adorno.
    Elías se quedó observando esos extraños símbolos por un momento, tratando de interpretarlos, de encontrar algún significado o familiaridad. Pero nada vino a su mente. Todo aquello era nuevo y ajeno, y por lo tanto peligroso. Logró, no sin esfuerzo, reordenar sus pensamientos, despejar su mente del temor irracional que comenzaba a germinar en su interior. Respiró profundamente y recordó el propósito de su visita: encontrar al tal padre Judas y poner fin a aquella confusión.
    Extendió la mano y tocó la puerta con firmeza. Una vez. Silencio. Esperó unos segundos. Tocó una segunda vez, esta vez con más fuerza. Nada. Solo el viento fue testigo de su insistencia. Finalmente, alzó el puño y golpeó por tercera vez, esperando que esta vez alguien acudiera. Pero no hubo respuesta. La estructura permanecía inerte, vacía, como un cascarón olvidado. Una vez más, el silencio se hizo dueño del lugar. Ni un sonido, ni un paso, ni una sombra se asomó desde el interior.
    El sacerdote sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Todo indicaba que ese lugar había sido abandonado. No solo por los hombres… sino tal vez también por Dios.
    Pero de pronto, de manera casi imperceptible, la antigua puerta de la parroquia comenzó a abrirse lentamente, como si una fuerza invisible la empujara desde dentro, invitándolo a descubrir los secretos ocultos entre aquellas paredes olvidadas por el tiempo. El rechinar de las bisagras, ásperas por la oxidación y el abandono, rompió el silencio sepulcral que reinaba en los alrededores.
    Elías, con cautela, alzó la mirada y dirigió sus ojos hacia el interior del edificio. Lo primero que notó fue que no se trataba simplemente de oscuridad: lo que había más allá del umbral era una negrura total, una penumbra densa, casi tangible, como un abismo profundo que absorbía sin piedad cualquier rastro de luz exterior. Era como si la misma noche hubiese echado raíces en ese lugar.
    Con pasos medidos y temblorosos, cruzó el umbral y comenzó a avanzar por el suelo de mármol negro que crujía apenas bajo sus pies. La frialdad del material le caló los huesos, y una sensación de irrealidad lo envolvió, como si todo lo que lo rodeaba no fuera más que una escenografía montada por alguien con gustos extraños y perturbadores.
    A medida que se internaba en la nave principal, fue percibiendo con mayor claridad los detalles del interior. Las paredes, construidas con un extraño material entre rojizo y oscuro, se elevaban hasta el techo como gigantes mudos. Grandes pilares, teñidos de un escarlata profundo, se alzaban a cada lado del camino hacia el altar. La coloración descendía por los muros como si una inmensa corriente de sangre hubiese brotado desde el techo y se escurriera hasta el piso. El efecto visual era inquietante, casi grotesco, pero al mismo tiempo, hipnótico.
    Se acercó lentamente al altar mayor. Allí, la figura del Cristo crucificado colgaba, imponente y desgarradora. A diferencia de las representaciones tradicionales, esta imagen mostraba a un Jesús despedazado, con heridas demasiado explícitas, cubierto por una tonalidad rojiza que asemejaba carne viva, y con unos ojos negros tan profundos que parecía que lo miraban desde otra dimensión.
    Giró instintivamente la cabeza hacia su izquierda y, en un rincón, observó la estatua de la Virgen María. La figura estaba cubierta por un manto negro que ocultaba casi por completo su rostro, y la expresión que apenas se adivinaba era la de una tristeza insondable, un dolor antiguo y silencioso.
    Sobre el altar principal, en el centro exacto, reposaba un cáliz de plata. El interior del mismo estaba manchado de rojo, como si hubiera contenido vino o algo más espeso y oscuro. El paño rojo sobre el que descansaba parecía tan antiguo como la misma iglesia, con bordados desgastados por los años.
    Elías, aún con la garganta seca por la impresión, se aclaró la voz y habló con tono firme, aunque ligeramente tembloroso:
    —Hola —dijo—. Estoy buscando al padre Judas. He sido enviado por la diócesis. Vine a sustituir al padre Giménez, tal como me indicaron.
    Sus palabras retumbaron en el recinto vacío, rebotando entre las columnas y los arcos con un eco que pareció durar una eternidad. Pero no hubo respuesta. Ni un susurro. El silencio se mantuvo absoluto, como si las mismas paredes hubieran absorbido las palabras antes de que pudieran llegar a oídos humanos. Era como si ese lugar, oscuro y sombrío, se negara a reconocer cualquier presencia ajena.
    La temperatura dentro del templo era muy diferente a la del exterior. Una humedad densa, casi pegajosa, se adhería a la piel, y el aire parecía viciado, cargado con un frío intenso que calaba hasta los huesos. Elías sintió como si estuviera dentro de un inmenso refrigerador, atrapado en una cápsula de tiempo donde nada envejecía pero todo moría lentamente.
    De pronto, sin previo aviso, una presencia se hizo sentir en el ambiente. No fue una aparición visual, sino más bien una sensación, un cambio en el aire, como si algo —o alguien— hubiese entrado al recinto sin ser visto. Una energía nueva y sombría se apoderó del espacio, distinta a todo lo que había percibido anteriormente, incluso en la pulpería donde comenzó todo.
    Una voz clara y joven rompió finalmente el silencio:
    —Buenas tardes, me estaba buscando. Soy el párroco de la ciudad.
    Elías giró la cabeza rápidamente en dirección a la puerta principal, desde donde provenía la voz. A contraluz, solo distinguía la silueta de una figura masculina, recortada contra la claridad del exterior. La iluminación, lejos de ayudar, dificultaba ver el rostro de aquel que se acercaba.
    —Me dijeron en la pulpería que usted me estaba buscando —continuó el hombre—. Espero que sea así y no esté perdiendo su tiempo.
    Elías entrecerró los ojos, esforzándose por distinguir los rasgos del desconocido. La figura avanzaba lentamente hacia él, deslizándose por el pasillo central. Finalmente, cuando estuvo lo suficientemente cerca, el sacerdote pudo ver su rostro.
    —Soy el padre Judas —dijo con naturalidad—. Si usted está buscando al padre Giménez, debo informarle que falleció hace casi un año.
    —Sí… —respondió Elías, con algo de sorpresa en la voz—. Vengo en representación de la diócesis. Me han enviado para ocupar su puesto.
    El joven sacerdote frunció el ceño y respondió sin titubear:
    —Debe tratarse de un error. A mí también me enviaron con ese mismo fin hace unos meses. Me temo que, lamentablemente, deberá regresar por donde vino.
    Elías, confundido y con una mezcla de cansancio y frustración, se quedó paralizado. El hombre frente a él era joven, de no más de treinta y pocos años. Tenía el rostro pálido, con cabello negro corto, pómulos marcados y un mentón cuadrado. Era un hombre atractivo, al punto de parecer fuera de lugar en aquel ambiente decadente.
    —Tengo conmigo todos los documentos oficiales que respaldan lo que le estoy diciendo —replicó Elías, mientras abría su maletín de cuero y extraía cuidadosamente las cartas selladas.
    El padre Judas tomó los papeles y les echó un vistazo rápido, casi sin interés.
    —Sí, también yo tengo esas mismas cartas —dijo con calma—. Si desea, puedo mostrárselas para que las compare.
    Sin entender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, Elías se dejó caer pesadamente sobre uno de los bancos de madera, intentando reorganizar sus pensamientos y encontrar algo de sentido en aquella situación tan absurda como inquietante.
    —Esto es imposible… —murmuró.
    —No se preocupe —intervino Judas con tono sereno—. Estoy seguro de que encontraremos una forma de aclarar este malentendido. Pero tendrá que ser en otro momento.
    —¿Qué? —alcanzó a decir Elías, completamente desconcertado.
    —Debo preparar la parroquia para la misa de esta noche —explicó el joven párroco—. Si lo desea, puede quedarse a participar de la ceremonia. Y mañana, con calma, resolveremos este asunto. Hay una casa aledaña donde me hospedo, tiene espacio suficiente para ambos. Puede alojarse allí si así lo desea.
    Elías no respondió. Su mente seguía aturdida. Algo en ese lugar no encajaba. Algo no estaba bien. Pero, por el momento, no tenía más opción que aceptar la hospitalidad de aquel misterioso sacerdote.
    —Aceptaré su generosa hospitalidad —respondió Elías, con un leve asentimiento de cabeza y una expresión de alivio tras la tensa conversación sostenida en el interior de la lúgubre parroquia.
    Cuando finalmente llegaron a la casa en cuestión, Elías no pudo evitar sorprenderse. Aquella edificación se destacaba entre las demás construcciones del pueblo como una joya reluciente en medio del polvo. A simple vista, era evidente que no se trataba de una vivienda común, ni mucho menos de un hogar austero, como el que uno esperaría de un párroco humilde entregado a la vida de servicio y recogimiento. Al contrario, se trataba de una casa ostentosa, suntuosa en cada detalle. Tenía una fachada señorial, con columnas de estilo colonial, amplios ventanales y balcones de hierro forjado. Parecía más bien la residencia de una antigua familia acaudalada que aún conservaba el poder económico y cultural que había ostentado por generaciones, un remanente de tiempos en que ese rincón del mundo había tenido mayor relevancia o al menos mayores pretensiones.
    —Espero haberme equivocado de casa —murmuró Elías, dubitativo, mientras observaba la entrada principal con cierta incomodidad—. No puede ser este el sitio…
    Desconcertado, metió la mano en uno de los bolsillos de su túnica y extrajo un pequeño trozo de papel doblado en cuatro, en el que el padre Judas había garabateado la dirección con rapidez. Lo observó atentamente, comparando los detalles escritos con el lugar frente a él. En efecto, era el lugar correcto. El papel decía claramente: «Casa Rodríguez», y la placa en la entrada confirmaba el nombre. Era evidente que no se trataba de un error. Sin embargo, el contraste entre lo que esperaba y lo que veía lo mantenía perplejo.
    —La “Casa Rodríguez”… —repitió en voz baja, como si el simple hecho de enunciar el nombre fuera suficiente para resolver el enigma—. No puedo creer que esta sea la morada de un sacerdote. Parece más bien la casa de algún terrateniente venido a menos o de una familia devota… pero del dinero, no de Dios.
    Respiró hondo, tomó valor y abrió la puerta lentamente, que crujió como si no fuera usada con frecuencia. Al ingresar, se vio de inmediato inmerso en un mundo de ostentaciones que resultaba completamente ajeno a su estilo de vida. Muebles tallados en madera noble, vitrales de colores, alfombras gruesas traídas del extranjero y lámparas de araña que colgaban desde lo alto de techos decorados con molduras antiguas. Aquel hogar distaba mucho de la humildad y la sobriedad que él había cultivado en su vida sacerdotal. Sin embargo, su cansancio y los días de viaje que traía encima no le permitieron indignarse por mucho tiempo.
    Ascendió lentamente por una majestuosa escalera de madera oscura, cuyas barandas parecían haber sido pulidas recientemente. Al llegar al segundo piso, recorrió un largo pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la primera puerta. Empujó suavemente y, al ingresar, dejó caer sus pesadas maletas con un suspiro de alivio.
    La habitación, al igual que el resto de la casa, no escatimaba en lujos. Las paredes estaban revestidas con un elegante papel tapiz de un tono rojizo, atravesado por delicadas franjas negras que daban una apariencia cálida y sofisticada. Una imponente cama, empotrada en un nicho de madera ornamentada, ocupaba el centro del aposento, cubierta por sábanas limpias y gruesas mantas. Había también una lámpara de escritorio antigua, un escritorio de roble, una butaca amplia y un ropero enorme tallado con figuras religiosas.
    Elías se quedó un instante contemplando aquel lugar. Por un momento, dejó de cuestionarse la contradicción entre la riqueza de la casa y la supuesta humildad del sacerdote anfitrión. Aquella cama, mullida y acogedora, le pareció de pronto el mayor de los regalos. Después de tantos días de travesía, viajando en carreta y durmiendo en el suelo o, en el mejor de los casos, en posadas miserables de mala muerte, el descanso prometido por ese lecho le resultaba sencillamente irresistible.
    —Después de todo, quizás no sea tan malo dormir una noche en una cama como corresponde —murmuró para sí, mientras se despojaba de su abrigo.
    Así, lentamente, fue dejando atrás sus prejuicios y decidió dejarse llevar por el agotamiento. Se tumbó con cuidado sobre el colchón, que crujió apenas al recibir su peso, y cerró los ojos con la intención de dormir, aunque fuera un rato antes de la misa. El contraste entre su cansancio y la comodidad del entorno comenzó a disolver cualquier juicio previo. Por el momento, los lujos del lugar ya no le parecían tan condenables. En ese instante, solo importaba el descanso… y la certeza de que, con el paso de las horas, muchas más preguntas estaban por encontrar sus respuestas.
    Dejó reposar su cuerpo exhausto sobre aquella cama, permitiendo que cada músculo se relajara tras días de travesía. Observó con detenimiento su viejo reloj de bolsillo, ese que siempre llevaba consigo y cuyo tic-tac parecía eterno, como el paso mismo del tiempo. Las manecillas de aquel pequeño artefacto de metal golpeaban suavemente cada indicador, marcando el compás de una aparente quietud. Una sensación de levedad repentina comenzó a invadir el ambiente, como si una paz inexplicable descendiera sobre la habitación. Era una calma profunda, envolvente, casi sobrenatural. Todo a su alrededor se tornó extraño, como si el tiempo mismo se hubiera detenido por unos instantes.
    En ese preciso momento, una brisa suave y sutil golpeó los cristales del ventanal. El viento, juguetón, pero tenue, hizo danzar las cortinas con delicadeza, mientras algunas ramas de los árboles del exterior, arrastradas por la corriente, acariciaban los vidrios polvorientos con movimientos casi tímidos. Aquel sonido, tan leve como el roce de un susurro, acompañaba la atmósfera de descanso que por fin había encontrado.
    Era una calma sombría, sí, pero necesaria. Una serenidad densa que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, justo lo que Elías necesitaba luego de tantos días agotadores recorriendo los maltrechos y polvorientos caminos del Departamento de Rivera, sorteando dificultades, durmiendo en suelos fríos o en posadas miserables donde el descanso era apenas un lujo esquivo.
    Sin embargo, justo cuando comenzaba a cerrar los ojos, dejándose llevar por la inminente somnolencia, una ventisca fuerte e inesperada azotó con brutalidad los vidrios del ventanal. Ya no era la dulzura de una brisa nocturna. Era el violento embate de una tormenta desatada. Las ramas que antes apenas rozaban los cristales ahora los golpeaban con furia, como garras salvajes que intentaban penetrar desde el exterior. El silbido del viento se transformó en un aullido desgarrador.
    Elías se incorporó bruscamente, sobresaltado por el repentino cambio. El ambiente acogedor había desaparecido, reemplazado por una tensión opresiva. La casa, que hasta entonces había parecido sólida y apacible, comenzó a emitir crujidos y gemidos que parecían quejarse del tormento exterior. El sonido era casi humano, como si el edificio entero sufriera con cada golpe del viento.
    Entonces, sin previo aviso, un golpe violento azotó la puerta de la habitación donde se encontraba. Fue un estruendo seco, como si alguien —o algo— estuviera intentando derribarla con una fuerza descomunal.
    —¿Qué está pasando? —preguntó Elías, elevando la voz entre la tormenta—. ¿Quién se encuentra ahí?
    Fueron las únicas palabras que logró articular, pues una mezcla de sorpresa y temor comenzaba a apoderarse de él. Con paso lento pero firme, movido más por la curiosidad que por la sensatez, alargó el brazo y empujó con cautela el picaporte de la puerta. El chirrido metálico se mezcló con los bramidos de la tormenta.
    De pronto, sin previo aviso, una luz intensísima lo inundó todo. Era una claridad que lo envolvía absolutamente, borrando las sombras, los ruidos y hasta el miedo. El zumbido de la tormenta cesó. El silencio fue absoluto. Elías parpadeó varias veces, tratando de entender lo que sucedía. Era como si hubiese cruzado un umbral invisible, dejando atrás su mundo para ingresar a otro completamente distinto.
    Se encontró entonces en un lugar desconocido, completamente alejado de aquella ciudad, y quizás incluso, de este mundo. Dio unos pasos, sintiendo el suelo mullido bajo sus pies. Se hallaba en un extenso campo de trigo dorado que le llegaba hasta la cintura. El paisaje era sereno: a su alrededor, suaves colinas se extendían hacia el horizonte, y algunos árboles solitarios rompían la uniformidad del terreno. El cielo azul, despejado, parecía abrazarlo. Los pájaros cantaban con alegría y la brisa era agradable, fresca, vivificante. El sol lo bañaba todo con una luz cálida y dorada.
    Ya no estaba en aquella habitación lujosa y extraña. Ahora, se encontraba en un paraje bucólico y apacible.
    Llevó la mano hacia los altos tallos de trigo, rozándolos con la yema de los dedos, disfrutando del tacto suave y cálido. Era un momento extrañamente bello. Sin embargo, algo llamó su atención. A lo lejos, divisó a otra persona. Una figura solitaria, pero distinta. No era como él. Estaba cubierta por un manto de luz que resplandecía con intensidad.
    Movido por la intriga, Elías comenzó a caminar en su dirección. En su mente, mil preguntas se acumulaban, exigiendo respuestas que no encontraba:
    ¿De qué forma había llegado hasta allí?
    ¿Dónde había quedado la casa?
    ¿Dónde se hallaba el pueblo?
    ¿Era esto un sueño, una visión, una revelación?
    Al acercarse, pudo observar mejor a la figura. Su vestimenta era peculiar: una túnica de tono caqui que caía hasta los tobillos, y su cabello, largo y enmarañado, llegaba hasta los hombros. Había algo inquietante y sagrado a la vez en su presencia.
    —Hola... —balbuceó Elías, con voz apenas audible.
    La figura respondió sin demora.
    —No temas, hijo mío —dijo con una voz profunda y serena.
    En ese instante, la figura se giró para dejarse ver completamente, y entonces Elías lo entendió. O creyó entenderlo.
    —Tu sacrificio me será grato —declaró el ser con solemnidad.
    De pronto, sus ojos comenzaron a sangrar. De su boca, también brotaba un líquido espeso y oscuro. Su frente se agrietaba y dejaba escapar hilos carmesíes. Lo más aterrador eran sus ojos: completamente negros, vacíos, y a la vez llenos de un odio indescriptible. Lo miraban con una intensidad sobrehumana. Su cuerpo estaba destrozado, mutilado, cubierto de heridas. Pero no cabía duda. Era aquella figura que lo había perturbado tiempo atrás en la parroquia del pueblo. Era —o al menos parecía ser— la representación de Jesús… aunque, en el fondo de su alma, Elías sabía que eso que tenía delante no era el Hijo de Dios. Era algo más. Algo impío. Algo abominable.
    Y justo cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, unas campanas comenzaron a sonar estruendosamente a su espalda. Elías se dio vuelta bruscamente, y en la lejanía pudo ver, como emergiendo de la nada, la pequeña parroquia de Villa Santa Trinidad. En su entrada, una figura familiar lo observaba. Era el padre Judas. Lo miraba fijamente, con una expresión inescrutable, esbozando una sonrisa que parecía cargada de un significado oculto, casi burlón.
     Con el corazón acelerado, Elías volvió su mirada hacia donde había estado el Jesús macabro. Pero ya no estaba allí.
    En su lugar, se erguía una criatura espantosa: una figura humanoide, altísima, de más de dos metros, delgada, de piel oscura y rugosa. Su cráneo estaba cubierto de ojos: decenas, quizás cientos, todos clavados en él, observándolo con la fría paciencia de un depredador que se relame antes de atacar. Era como si todo su cuerpo fuera un instrumento de vigilancia, una trampa viviente.
    El terror lo paralizó. Aquella visión era demasiado, incluso para alguien como él, acostumbrado a lidiar con lo desconocido desde la fe. Pero justo cuando sintió que el pánico iba a consumirlo por completo, logró abrir los ojos de golpe.
    Estaba nuevamente en la habitación.
    Era un sueño…
    O al menos, eso creyó.
    Porque el sonido de las campanas… seguía ahí. Resonando con insistencia en lo profundo de su mente.
    Sonaban las campanadas provenientes de la antigua parroquia del barrio. En ese preciso instante, Elías recordó que el sacerdote se encontraba preparándose para celebrar la misa nocturna. La inquietante pesadilla que había tenido momentos antes aún lo envolvía con una sensación indescriptible de miedo y desconfianza, especialmente hacia aquel enigmático sujeto que aparecía en sus sueños. No obstante, en lo más profundo de su corazón, confiaba en que el santo padre sabría proteger a un alma devota, como un pastor que guía y defiende a su cordero en medio del oscuro valle de las sombras.
    De manera repentina, una idea se coló en su mente: quizás no sería tan mala decisión acercarse a la iglesia y participar de la ceremonia como un simple observador. Tal vez, más adelante, podría encontrar el momento oportuno para hablar sobre aquello que lo había llevado hasta ese sitio tan sagrado. Sin embargo, tenía completamente claro que no pensaba, bajo ninguna circunstancia, mencionar nada relacionado con el sueño, ni las imágenes perturbadoras que lo habían atormentado, ni mucho menos aquello que había experimentado con esa criatura abominable… o con aquel Jesús deformado, tan aterrador y grotesco.
    Respiró hondo, tratando de calmar su mente agitada, y con determinación se colocó sus vestiduras sacerdotales. Con paso firme, emprendió el camino hacia la parroquia, decidido a enfrentar lo que fuera que lo esperara allí.
    La noche se encontraba despejada, sin una sola nube en el cielo, pero el ambiente era diferente. Había una densidad en el aire, una oscuridad tan profunda que parecía tragar la poca luz que aún se atrevía a brillar. Era como si la propia claridad se sintiera incómoda, desplazada, temerosa de permanecer en ese lugar por más tiempo.
    Caminó unas pocas cuadras, las que parecieron eternas, hasta que finalmente llegó al frente de la iglesia. Sin embargo, algo le resultó extraño: una intensa y macabra luz roja se filtraba por las ventanas, como si en su interior hubiera un fuego infernal ardiendo. Alarmado, se acercó lentamente. En la entrada, de pie, lo esperaba el cura, con una sonrisa extraña dibujada en el rostro, una mueca inquietante que no transmitía paz, sino algo mucho más perturbador.
    —Qué bueno verte aquí —dijo el sacerdote, esbozando esa sonrisa siniestra que heló la sangre de Elías.
    —Sí —respondió Elías con voz apagada—. No he podido dormir en toda la noche… Así que pensé que sería justo venir a la misa, quizás me calme.
    —Entonces, eres bienvenido. Puedes tomar asiento en los primeros bancos —indicó el sacerdote, haciéndole una seña.
    Elías dio unos pasos hacia el interior, pero apenas cruzó el umbral del templo, un dolor agudo le atravesó la nuca como una lanza. Sintió de inmediato un líquido caliente, recorrerle la espalda por dentro del cuello de la camisa. Giró bruscamente, solo para ver a un hombre corpulento que estaba parado junto a la puerta, empuñando un enorme palo manchado de algo oscuro.
    Llevó su mano a la nuca y la retiró temblorosa: estaba cubierta de sangre que parecía hervir al contacto con su piel.
    —Gracias por venir —pronunció el padre Judas con voz solemne, mientras se acercaba con pasos lentos—. Nos evitaste el trabajo de ir a buscarte nosotros mismos.
    En cuestión de segundos, el mundo entero pareció girar en torno a Elías. Todo comenzó a volverse borroso, confuso. La oscuridad lo envolvió completamente, como si hubiera sido tragado por un abismo sin fondo.
    —El sacrificio de esta noche ha venido por su propia voluntad —dijo el cura con tono ceremonioso desde detrás del altar—. Y nosotros sabremos ofrendarlo al dios que todo lo ve, que todo lo sabe… y que todo lo otorga.
    Los párpados de Elías pesaban como piedras, como si tuviera sacos de arena colgados de ellos. Sin embargo, aún conseguía mantener los ojos entreabiertos. No sentía sus piernas, como si ya no fueran parte de su cuerpo, pero el dolor en su cabeza persistía con intensidad. Estaba atado de pies y manos, amordazado y colgado boca abajo sobre un altar extraño, teñido de rojo escarlata. Todo a su alrededor era confuso y terrorífico.
    —Que la sangre de los justos sacie el hambre de las fauces del caos —entonó una voz—. Y que tú, oh innombrable, nos concedas el don eterno de la inmortalidad.
    Elías forzó la mirada a su alrededor. Estaba rodeado por un grupo de personas vestidas con atuendos extraños, ceremoniales. Algunos llevaban túnicas bordadas en tonos rojos intensos, otros en dorado brillante, y algunos más en un verde oscuro, como las sombras del bosque. En sus cabezas portaban coronas hechas de flores marchitas y rosas espinosas, y en las manos sostenían ramas secas y raíces retorcidas.
    Pero el sacerdote destacaba entre todos ellos, más siniestro aún. Lucía una larga túnica negra que le llegaba hasta los pies y un manto púrpura que caía pesadamente sobre sus hombros. En una de sus manos sostenía una daga con forma de media luna, reluciente bajo la luz roja del altar.
    —Bajen al cordero hasta el altar —ordenó con voz profunda, como si estuviera invocando algo desde otro plano de existencia.
    Como si su mandato hubiera sido emitido por alguna deidad ancestral, varios individuos encapuchados comenzaron a aflojar lentamente las cuerdas. El cuerpo de Elías descendió, tembloroso, hasta el centro del altar.
    —Que este sacrificio sea digno de tu voluntad —dijo el sacerdote con solemnidad mientras alzaba la daga.
    Y entonces, sin más preámbulos, la sangre comenzó a fluir…

G. Zaballa

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