Doppelgänger
Sus ojos se abrieron cuando se vio a sí misma reposando en su cama. Era la habitación que la había acompañado gran parte de su vida. No recordaba algún otro lugar que se sintiera tan suyo como aquellas cuatro paredes, llenas de pósteres de sus cantantes favoritos, aquellos rostros con sonrisas tan falsas, pero que amainaban su necesidad de tener a alguno de aquellos sujetos asiáticos, de rostros genéricos, a su lado.
El aire estaba quieto. Solo el tic-tac del reloj marcaba el paso del tiempo, implacable, sobre la madera vieja del piso.
De pronto, su gato saltó a la cama.
—Teo —dijo la joven—. Buenos días, pequeño bigotes amarillos.
Aquel pequeño felino ronroneaba, regocijándose con la presencia de la chica. Se acercó arqueando el lomo, rozando su cabeza contra ella. Ronroneaba como si el sonido fuera su modo de exorcizar lo invisible. Ella lo levantó, lo sostuvo unos segundos y lo dejó sobre la colcha.
Se desperezó, lentamente, arrastrando los brazos sobre las sábanas, como si su cuerpo pesara más que de costumbre. Bostezó, frotándose los ojos, y se quedó mirando un punto fijo frente a ella. Algo había cambiado. No sabía qué. Una sensación turbia, como si los muros hubieran respirado mientras dormía.
Desde el piso de abajo se escuchaban algunos ruidos extraños. Creía haber oído, la noche anterior, que su madre se iría temprano, pero no recordaba si todo ese diálogo lo había soñado o si realmente lo había dicho su madre.
No quiso pensar. Fue al baño y dejó que el agua helada la despertara. Miró su reflejo empañado en el espejo. Por un instante, juró que la figura del otro lado parpadeó un segundo más tarde que ella. Dio un paso atrás, pero enseguida lo descartó. Solo cansancio.
Minutos después volvió a escuchar algunos golpes más, pero esta vez acompañados del ruido del aceite, ardiendo en fuego lento.
—¡Mamá! —vociferó—. Creí que no ibas a estar esta mañana.
Pero nada respondió…
No le dio más importancia que esa.
Terminó de vestirse, cuando de nuevo volvió a escuchar aquel golpeteo en el piso de abajo. Parecía venir de la cocina.
—¿Mamá? —dijo asomándose por la puerta de la habitación—. ¿Estás ahí?
Pero nada respondió. El silencio continuó luego, y la chica decidió bajar. Se asomó en la escalera esperando escuchar algo más.
—¿Mamá?
Una voz algo familiar respondió:
—El desayuno está listo. Baja a comer antes de que se enfríe.
De repente, una sombra se acercó al umbral de la puerta de abajo. Era su madre, pero con un semblante distinto, algo oscuro. Sus ojos brillaban de una forma más que diferente, como si aquella que la miraba fuera otra persona.
—Casi me matas de susto —dijo aliviada—. Ya voy.
Y se dispuso a bajar lo más rápido que pudo. Entró a la cocina y se sentó.
Sobre la mesa, un manjar de frutas, café, jugo de naranja, cereales, huevos revueltos y tocino. Todo estaba pronto para disfrutar un desayuno completo.
—Mamá, esta vez te pasaste con el desayuno.
—Solo come…—respondió.
Allí estaba su madre, o su silueta. De pie, de espaldas, con la misma bata gris de siempre, moviendo algo en la sartén. El cabello algo desordenado, la espalda rígida. Pero había algo extraño: la sombra proyectada sobre la pared no coincidía del todo con sus movimientos.
No esperó más y comenzó a disfrutar el desayuno que su madre le había preparado. No recordaba la última vez que lo había hecho así, pues sabía que su madre trabajaba temprano y casi siempre el único que la acompañaba era el gato amarillento.
De repente, el móvil que tenía a su lado comenzó a sonar. Dio vuelta el teléfono y observó que la llamada era de su madre. Aquella chica se estremeció al ver la pantalla, pues enfrente suyo estaba la misma, o quien creía que era su madre.
—Qué extraño —solo alcanzó a murmurar cuando se llevó el teléfono al oído.
—Hola —dijo.
—Hola, hija. Te dejé el desayuno en la mesa antes de irme. Recibí un llamado temprano y no pude despedirme, pues estabas durmiendo aún. Espero que lo disfrutes. Mamá te quiere mucho…
Aquellas palabras congelaron a la joven por completo. ¿Quién podría ser aquella mujer, entonces, si tenía a su madre en el teléfono?
Cuando levantó la mirada, aquella mujer que tenía enfrente había tomado una forma casi grotesca. Era su madre, pero distinta. Aterradora. Llevaba una sonrisa de mejilla a mejilla, con una maraña de dientes de tiburón. Su piel era más clara de lo normal, y sus ojos llevaban la profundidad del averno. Eran tan oscuros como el mismo abismo.
—¿Qué pasa, cariño? —dijo la cosa—. ¿No te gustó lo que hice para vos?
Y aquella boca llena de dientes, lo devoró todo…
G. Zaballa

