Capítulo III
I
El olor penetrante a humedad, mezclado con las risas apagadas que resonaban a lo lejos, le confería un carácter muy particular a aquel entorno que, con el paso del tiempo, se convirtió en un testigo silencioso de innumerables historias. Historias de viajeros errantes, de caminos inciertos, de relatos compartidos entre susurros al calor del vino. Era un lugar donde centenares de almas de paso, de destinos inciertos y procedencias dispares, dejaban huellas invisibles. Traían consigo el polvo de tierras lejanas, pegado a la suela de sus botas. Rastro de regiones remotas, tanto del interior de aquel vasto continente como de tierras más allá del horizonte, desconocidas para la mayoría de los parroquianos.
Una música suave flotaba en el aire, dando forma a la atmósfera cálida de la taberna. Los acordes melancólicos de un laúd, acompañados por las notas graves del corno de un minstrel, se entrelazaban con las voces melodiosas —aunque ligeramente desafinadas— de las doncellas que atendían el lugar. Eran mujeres robustas y alegres, de mejillas rosadas y risas sonoras, que daban al ambiente un tinte casi familiar. En medio de todo eso, Lázaro, con la mirada distante, no podía evitar que su mente regresara a los días de su juventud, cuando aún servía como miembro activo de la orden militar. Eran recuerdos que emergían con fuerza en aquel entorno que evocaba tiempos mejores, o al menos distintos.
De pronto, interrumpiendo el momentáneo silencio, se acercó a la mesa un anciano de rostro sereno y túnica raída, cuyos pasos eran lentos pero seguros. Se trataba del viejo monje Elías, ahora retirado, quien cargaba con cierta dificultad dos tazones de madera humeante. Con una sonrisa amable dibujada en el rostro, los depositó sobre la mesa ante sus comensales.
—Coman —indicó con voz afable—. Este guiso les devolverá las fuerzas. Les vendrá bien antes de continuar su viaje.
La joven que acompañaba a Lázaro, al ver el contenido de los recipientes, arrugó la nariz con evidente repulsión y lanzó una mirada inquisitiva a su acompañante, como si esperara una explicación convincente que justificara semejante espectáculo culinario.
—¿Qué es esto, Lázaro? —preguntó con disgusto, mirando el contenido con desconfianza.
Elías, algo confundido ante la familiaridad con la que se dirigía al hombre, frunció el ceño.
—¿Ahora te haces llamar Lázaro? —preguntó en tono burlón, dejando entrever una sonrisa pícara.
—Así es —respondió el aludido con serenidad—. Desde que el mundo cambió, ese es el nombre con el que camino entre los hombres.
—Bueno, no seré yo quien cuestione las decisiones o los pecados ajenos —replicó Elías mientras tomaba asiento junto a ellos, acomodándose en una de las rústicas sillas de madera con gesto relajado.
El contenido de los tazones, a simple vista, no resultaba precisamente apetecible. Era una mezcla densa y turbia, una suerte de sopa en la que flotaban ingredientes poco convencionales: patas de gallina con garras visibles, lo que parecían ser ojos de lagartas del desierto, y una variedad de vegetales difíciles de identificar. El color se asemejaba al del barro espeso después de la lluvia, aunque su aroma, curiosamente, no era del todo desagradable.
—Esto, aunque no lo parezca, es un manjar reservado para los pocos que saben apreciar lo auténtico —dijo Lázaro, tomando su cuchara—. Vamos, muchacha, prueba un bocado. Esta receta tiene historia… y alma.
—No pienso comer eso —contestó la joven con determinación—. Tiene un aspecto espantoso.
—¿De dónde sacaste a esta niña, Lázaro? —preguntó Elías, divertido, aunque con un dejo de curiosidad real.
—Me paga para escoltarla hasta Elinor —explicó él sin rodeos—. Por lo visto, hay soldados al servicio del duque Aldric que desean verla muerta.
Al escuchar esto, Elías cambió de semblante. La sonrisa se borró de su rostro y lo sustituyó una expresión seria, casi sombría.
—¿Y por qué razón querría el duque la cabeza de una jovencita como ella?
—No tengo idea, ni me interesa saberlo —respondió Lázaro con desgano, evitando ahondar en el tema—. Lo que sé es que paga bien, y con ese dinero planeo marcharme de este maldito continente, cuanto más lejos, mejor.
—Así que buscas dejar atrás tu pasado… —murmuró Elías—. Pretendes olvidar a los amigos, a los hermanos de armas…
Tras tomar la primera cucharada de aquel espeso brebaje, Lázaro lo miró fijamente.
—No —dijo con voz firme—. Esta sopa es una de las pocas cosas que nunca quiero olvidar. Te lo aseguro, camarada.
Elías sonrió, con un dejo de emoción en su mirada.
—Me alegra saber que aún conserva su sabor para ti, viejo amigo.
La joven, por su parte, aún no reunía el valor suficiente para llevarse siquiera una gota a la boca. Observaba el tazón con mezcla de horror y disgusto.
—¿Tienen algo que se vea menos… repugnante? —preguntó, esperanzada.
Lázaro se impacientó y, golpeando con fuerza la mesa, alzó la voz:
—¡Vamos! ¡Come de una vez antes de que pierda la poca paciencia que me queda!
Estaba visiblemente molesto. Las quejas constantes y la voz aguda de la muchacha comenzaban a erosionar su ya escasa tolerancia.
—No te preocupes —intervino Elías con tono conciliador—. A mí no me molesta. Ahora mismo te traigo algo más liviano, niña. Aunque te advierto: en estas tierras humildes no encontrarás platillos de nobles. Aquí todos somos lo que la vida nos permitió ser: comerciantes, campesinos y, como nosotros dos, viejos guerreros.
—¿Fueron compañeros de armas? —preguntó ella, intrigada.
—Por supuesto —respondió Elías con orgullo—. Luchamos en el mismo ejército, compartimos trincheras, victorias y derrotas.
—¿Y a quién servían? —insistió la joven, con la curiosidad brillando en sus ojos—. Lázaro nunca me contó nada de eso.
—Hay asuntos que es mejor dejar en el pasado —intervino Lázaro, serio—. Y otros que deberían sepultarse bajo tumbas selladas.
Elías asintió con gravedad, bajando la mirada.
—Si mi amigo quiere enterrar el ayer, que así sea —susurró—. Sólo los dioses conocen nuestro verdadero pasado, nuestras traiciones a la fe, pero también son testigos de los sacrificios que hicimos por un bien mayor. Sólo el camino de los justos nos abrirá la puerta a la vida eterna. Y aunque la Orden de los Fieles del Señor haya caído en el olvido, nosotros, los que aún caminamos sobre esta tierra, volveremos algún día al sendero correcto. Por el orden natural de las cosas… y por mandato del Altísimo.
—No creo que a Dios le importe demasiado el destino de sus fieles —respondió Lázaro entre carcajadas ásperas, cargadas de ironía y rabia contenida—. Es más, me atrevería a decir que a Dios no le importa en absoluto aquella maldita orden. Nos lanzó a la carnicería como si fuéramos bestias. Nos arrojó al campo de batalla a morir como ganado en un matadero, sin honra ni propósito real. Sólo fuimos piezas en su juego cruel.
Ante tales palabras, Elías alzó la vista hacia el cielo encapotado, donde las nubes grises parecían pesar sobre sus hombros como el juicio de los cielos. Cerró los ojos con serenidad y comenzó a recitar en voz baja una serie de oraciones en una lengua antigua, olvidada por casi todos, una lengua que apenas sobrevivía en los rezos de los monjes más viejos. Cada palabra brotaba de sus labios como un lamento, como un ruego desesperado.
—Perdónalo, Señor —murmuró con solemnidad—. Mi hermano ha perdido el rumbo, no sabe lo que dice. Te imploro, con humildad, que lo conduzcas nuevamente por el sendero de los justos, aquel del que nunca debió haberse desviado. Te ruego que en tu infinita misericordia, le devuelvas la luz.
La chica, testigo involuntaria de aquella tensa y espiritual confrontación, miraba a ambos hombres con una mezcla de confusión y desconcierto. Frunció el ceño, incapaz de comprender del todo la intensidad del momento.
—No entiendo de qué están hablando ustedes —dijo finalmente, alzando la voz, buscando interrumpir la conversación que le resultaba tan ajena como el idioma que acababan de usar.
—Vamos, Elías —dijo Lázaro con gesto cansado, sin molestarse siquiera en mirar a su antiguo camarada a los ojos—. Guarda tus lamentaciones piadosas para otro momento, para otra alma que aún crea. Ya estamos condenados. Lo sabes tú, lo sé yo. Quizás incluso estemos malditos desde hace mucho, desde aquel día… Tú sabes cuál.
Elías bajó lentamente la cabeza. La decepción se dibujó con nitidez en su rostro, como si aquellas palabras hubieran sido puñales lanzados desde lo más profundo de un abismo que ambos compartían. Sus ojos, que alguna vez miraron con esperanza, se llenaron de una tristeza densa y antigua.
—Jamás imaginé oír semejante blasfemia saliendo de la boca de un hermano de armas —dijo con voz temblorosa—. No importa cuán oscuro sea tu corazón ahora, Lázaro. Aun así, rezaré por ti. Una y otra vez, con cada amanecer y con cada atardecer, le suplicaré al Señor que te conceda un rayo de luz, que toque tu alma endurecida. Porque aún queda redención para los hombres que han perdido el rumbo.
—¡Mejor púdrete, Elías! —vociferó Lázaro, alzando la voz con furia contenida—. Ya estoy harto de tus sermones vacíos, de tus promesas celestiales. ¡Tus rezos no me salvarán, ni me devolverán lo que perdí!
La joven, atrapada en medio de aquella tormenta de emociones, parpadeó varias veces, todavía incapaz de captar por completo la magnitud del intercambio. Se removió en su asiento, inquieta, mientras la tensión entre ambos hombres se hacía casi palpable.
—¿Pero qué diablos está pasando aquí? —preguntó finalmente, aún más perpleja—. ¿Por qué se hablan así? ¿De qué pecados están hablando? ¿Qué es eso de estar malditos?
Sus palabras quedaron flotando en el aire denso de la taberna, sin respuesta inmediata. El silencio, por unos instantes, se volvió tan profundo como la herida abierta entre Lázaro y Elías. Una herida que el tiempo, la fe o el perdón parecían incapaces de cerrar.
—Intentemos calmarnos, viejo hermano —dijo Elías, esta vez con una voz mucho más serena, tratando de disipar la tensión que flotaba en el aire como una nube espesa—. Lázaro, créeme cuando te digo que estoy seguro de que, sea cual sea el nuevo camino que hayas elegido para ti, te irá bien. Ya sea que continúes acompañando a esta joven en su travesía incierta, o que decidas marcharte lejos, a tierras más amables y distantes de todo esto. Mi intención jamás ha sido provocarte ni herirte con mis palabras.
Su tono era conciliador, cargado de una nostalgia melancólica por los tiempos pasados, por aquellos días en los que compartían juramentos, espadas y creencias. Elías sabía que había algo roto en su viejo compañero, algo que quizás nunca volvería a estar completo, pero aún albergaba la esperanza de que, con paciencia, ese lazo pudiera ser restaurado.
Lo cierto era que ambos, tanto Lázaro como la muchacha que lo acompañaba, necesitaban con urgencia reponer fuerzas. El largo viaje que llevaban a cuestas se reflejaba en sus rostros exhaustos, en sus ropas sucias y desgastadas, y en el peso invisible que parecía oprimirles los hombros. Elías, con su mirada sabia y compasiva, lo notaba sin necesidad de muchas palabras. Él conocía bien los signos del desgaste, tanto físico como espiritual.
—Quédense esta noche —dijo entonces con firmeza, dejando de lado cualquier orgullo herido—. No será una posada de lujo, pero les ofrezco una cama caliente donde puedan descansar sus cuerpos fatigados, un baño para que puedan limpiar el polvo del camino, y un plato de comida caliente que les devuelva algo de fuerzas. Mañana, cuando salga el sol, podrán continuar sus caminos con el ánimo renovado.
Lázaro, que hasta entonces había permanecido en silencio, simplemente asintió con la cabeza, sin añadir palabra alguna. Sus ojos evitaban los de Elías, quizás por vergüenza, quizás por orgullo, o simplemente por el cansancio que lo consumía. Luego, sin más, volvió su atención al tazón de sopa que tenía frente a él, hundiendo la cuchara en aquel brebaje espeso y oscuro que ya comenzaba a enfriarse.
Elías, viendo que su presencia no era ya necesaria en ese momento, decidió ponerse en pie con un suspiro silencioso. Se alisó la túnica con gesto mecánico, como si ese pequeño acto pudiera alisar también las arrugas del alma, y luego giró sobre sus talones para marcharse. No dijo nada más, pero sus pasos eran pesados, cargados de una tristeza antigua, de una pena que no lograba disimular.
Mientras se alejaba hacia la parte trasera de la taberna para continuar con sus múltiples quehaceres —que no eran pocos, aunque no urgentes—, no pudo evitar mirar una vez más a su viejo amigo. En sus ojos brillaba una mezcla compleja de dolor, decepción y compasión. Elías lamentaba profundamente lo que Lázaro se había convertido. No por desprecio, sino por añoranza del hombre que una vez fue: valiente, noble, leal.
—Pobre Lázaro… —musitó apenas audible para sí mismo mientras desaparecía por una puerta de madera—. La arrogancia y el orgullo no alimentan el alma, solo la aíslan… pero aún hay tiempo. Aún hay tiempo…
Y así, el silencio volvió a instalarse en la taberna, interrumpido solo por los sonidos apagados del fuego crepitando en la chimenea, el murmullo lejano de alguna canción y el tintinear suave de la cuchara golpeando el borde del cuenco.
Cuando abrió la bureta de la rústica habitación —una puerta de madera pesada que crujió suavemente al girar sus goznes gastados por los años y la humedad—, lo envolvió una atmósfera de recogimiento y austeridad. El recinto estaba compuesto por paredes de una madera robusta, ennegrecida en las esquinas por el paso del tiempo y del humo acumulado; el techo era de paja gruesa, entrelazada con manos sabias para soportar lluvias y vientos, y en el extremo opuesto a la entrada se alzaba una simple cama, con un jergón relleno de lana basta y una manta raída que alguna vez fue color escarlata.
En el otro extremo de la habitación, una mesa vieja y ancha dominaba gran parte del espacio cercano a la puerta, como si fuera la guardiana silenciosa de aquel refugio. Lázaro entró despacio, con el cuerpo cansado y el alma aún más, dejando caer todas sus pertenencias sobre la mesa con un suspiro que escapó de sus labios sin intención. Era evidente que aquel cuarto sería su albergue por esa noche, el rincón de resguardo tras jornadas de agitación, persecución y decisiones inciertas.
Caminó hacia la vieja estufa de hierro, colocada en una esquina, y arrojó en su interior algunos troncos secos que encontró apilados junto a un balde de hojalata. Con habilidad adquirida tras años de fogones improvisados, la encendió sin dificultad alguna. En cuestión de minutos, el chisporroteo de la leña comenzó a calentar el aire, y el leve resplandor anaranjado pintó sombras danzantes sobre las paredes.
Ese pensó, era el descanso que tanto había anhelado. Un momento de silencio y calor después de días agitados, de peligros constantes, de andar con la mirada sobre el hombro esperando emboscadas. Esta hazaña —el acompañar a aquella joven hacia su destino incierto— lo había llevado al límite, y aunque todavía quedaba un largo trecho por recorrer, sabía que cada pausa era vital para reunir fuerzas.
Mañana sería otro día. Un día más en esa cadena de jornadas sin fin en las que se veía envuelto. Debería continuar su labor: llevar a la chica a salvo hasta su destino final y, con suerte, ir luego en busca de su propio sueño, ese que lo esperaba más allá del continente, en tierras nuevas, libres de los fantasmas del pasado.
Se vio entonces, de pronto, tumbado sobre la cama. Apenas había sido consciente de cómo su cuerpo había llegado hasta allí. A veces, se sentía como una simple bolsa de carne y huesos arrastrada por el mundo, un cascarón agotado, consumido por los años, por las guerras, por las cargas invisibles que traía encima. Sentía que la vida le pasaba por encima, sin preguntarle si deseaba seguir. Que las batallas del pasado —algunas externas, otras internas— aún lo perseguían como sombras obstinadas que se niegan a desvanecerse con la luz del alba.
Desde aquella fatídica persecución contra la Orden de Baltasar, luego de la cruel y sangrienta Batalla de los Cinco Ejércitos, no había vuelto a ver a su más querido y antiguo amigo: Elías. El mismo Elías con el que compartió plegarias, espadas y silencios. El mismo que, tras la disolución del último bastión de la orden, se había marchado a las tierras del sur, como tantos otros hermanos de armas, buscando una nueva vida o quizás solo un poco de paz.
Muchos, los más tercos o los más fieles, se habían quedado, intentando refundar la orden entre las ruinas humeantes del Monasterio de San Baltasar, en la región de Ecusnex. Pero la verdad, cruda y brutal, era que nada podría volver a ser como antes. Nada se asemejaría jamás a los gloriosos años del auge imperial, a la era de los dioses vivientes, ni a aquellas órdenes que juraban su espada en nombre de lo sagrado. Esa época había muerto, no con un estruendo, sino con el susurro amargo de la traición y la codicia.
La nueva era, distinta. Una era de codicias mundanas, de ambiciones mezquinas. Una era donde los altares antiguos eran profanados, donde los mismos dioses eran ignorados o burlados, y donde el oro hablaba más fuerte que la fe. En su interior, Lázaro sabía —aunque rara vez lo admitía— que él también formaba parte de esa decadencia. Que, en algún punto, se había rendido.
El sueño no tardó en alcanzarlo. Llegó sigiloso, envolvente, como una manada de lobos salvajes al acecho de su presa. Se deslizó entre sus pensamientos y lo arrastró con fuerza hacia ese otro mundo, el de los sueños. Allí, podía volver, aunque fuera solo en ilusiones, a esos días en los que luchar tenía un propósito sagrado, en los que el sacrificio significaba algo más que una transacción. Allí todo era distinto, menos frívolo, más profundo. Y en ese universo onírico, al menos por unas horas, Lázaro volvía a ser quien alguna vez fue.
Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)
Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)