domingo, 25 de enero de 2026

Relato L - El silbador


(imagen creada con Grok)


El silbador

    Aquella mañana, el pueblo se sumergió en su tranquilidad habitual. En el gran depósito de aguas reposaban algunas letras borradas con el tiempo: “Bienvenidos a Dry Creek”. Ese era el nombre del pueblo, pero nadie recordaba el porqué. Ya no había agua, ni siquiera fe, ni mucho menos alguna clase de futuro.
    El banco acababa de abrir, como siempre lo hacía, con su campana oxidada y sus falsas promesas de seguridad. Nadie sabía que era su último día.
    Él observaba desde el otro lado de la calle, apoyado contra un poste algo torcido, con su viejo sombrero que le cubría media cara. Una Colt .45 descansaba sobre su cintura. Afinaba el aire con una clase de silbido bajo, quizás coreando alguna música que había escuchado la noche anterior. No era nerviosismo por lo que pensaba hacer: siempre silbaba antes de cruzar algún límite.
    Juró no volver a hacerlo desde el último golpe, después de que la sangre corrió, después de verla morir entre sus brazos por una bala que llevaba su nombre.
Desde entonces, prometió desaparecer, dejar ese mundo perdido y buscarse alguna parcela de campo que trabajar.
    Pero las promesas no sobreviven al recuerdo…
    —Jesús —dijo—. Será mejor que bendigas a estas malditas manos, porque tienen mente propia.
    Dentro de aquel banco, el dinero lo esperaba ordenado, limpio, ajeno a todo el dolor que había costado reunirlo nuevamente. Afuera, el mundo parecía ser una herida abierta que aún sangraba a chorros. El peso de los kilómetros recorridos, de las noches sin sueño. Que tal vez hoy podría comprar silencio, olvido y, sobre todo, una vida distinta.
    —El diablo me susurra al oído —murmuró al viento—. Es hora de subir el telón.
    Cruzó la calle sin apuro en sus pasos. Cada segundo era una confesión de sus actos. Cada nota de su silbido sonaba como una advertencia al viento. Algunos a su alrededor lograron reconocerlo, pero solo bajaron la mirada. Nadie quería ser testigo de otro tiroteo.
    Empujó con fuerza la puerta…
    Sonó la campana…
    El silbido fue frágil, como un vidrio a punto de romperse…
  Adentro, solo tres empleados y algún que otro cliente. El viejo guardia, con manos temblorosas, no logró responder a tiempo. Todos levantaron la mirada; todos entendieron qué sucedía. No por el arma, sino por el silbido.
    —Esto no es personal —dijo.
    Nunca lo fue…
    Sacó su pistola… y disparó…
    El tiempo comenzó a doblarse.
    Afuera, el sol seguía brillando como siempre lo había hecho, fingiendo que nada pasó.

G. Zaballa

sábado, 3 de enero de 2026

Vieja Guardia - IV



Capítulo IV

I

«No vengo a traer amor; ni paz para estas tierras.
He venido a traer justicia a través de la espada.
Y la vida eterna a aquellos que sigan mis palabras,
y caminen por mi sombra.
Por el dios padre y por la diosa madre.»

Taklio 14:6 —
Libro de los Justos
Orden de los Caballeros de Baltasar.


    Aquella pequeña roca, lanzada con precisión por una de las pequeñas manos, rebotó sobre la superficie de las aguas ennegrecidas una, dos, tres veces, hasta finalmente hundirse con un leve chapoteo en el fondo del río. La risa cristalina de los niños resonaba por todo el paraje, mezclándose con el murmullo del agua y el susurro del viento.
    Jugaban sin preocuparse por nada, desafiando de forma inconsciente y alegre las advertencias de los mayores, quienes con palabras firmes y miradas serias, habían dejado claro que esas aguas oscuras no eran un lugar seguro para revolotear sin precaución.
    Pero la fuerza del juego, la pasión inocente por descubrir y divertirse, era mucho más poderosa que cualquier reprensión de los adultos. Para ellos, no existía el peligro, solo la magia del momento presente. El arte de sonreír, de correr libremente entre charcos y arbustos, sobre aquellas tierras húmedas por la bruma matinal, era una experiencia más grande que cualquier mandato.
    Con ramas, como espadas, con hojas, como escudos y cascos improvisados hechos de cortezas, se convertían en valientes guerreros de leyenda, héroes de fantasía nacidos de la nada. Jugaban a ser adultos, pero no los adultos reales y cansados de todos los días, sino aquellos que luchan por causas nobles y que conquistan mundos con honor y valentía.
    En sus mentes, libraban batallas contra bestias antiguas, monstruos míticos, criaturas inmortales surgidas de los rincones más oscuros de la imaginación. En ese mundo paralelo, en esa dimensión invisible a los ojos de los mayores, todo era posible: el honor era real, la victoria era dulce, y las derrotas solo duraban un instante, hasta que alguien proponía una nueva aventura.
    Las riñas infantiles —que en otro contexto podrían parecer rudas o alborotadas— eran, en realidad, muestras sinceras de cariño, gestos inocentes que contenían la esencia misma de la vida. Eran tan puras, tan hermosas, que incluso las sombras del entorno parecían retroceder ante esa energía vibrante.
    Aquel rincón del mundo, por momentos tan sombrío, era también capaz de ofrecer dulzura. A pesar de los cielos nublados y las leyendas oscuras que circulaban entre los mayores, esas tierras sabían, en ocasiones, ser generosas con la alegría. El viento soplaba desde el sur, pero pronto viró hacia el norte, como si arrastrara consigo noticias de un verano cercano.
Las nubes se disipaban lentamente y el aire comenzaba a llevar la fragancia del pasto seco y las frutas maduras. A lo lejos, gaviotas gigantes —aves costeras que rara vez se veían tan tierra adentro— sobrevolaban con pereza el cauce del río, asechando con mirada sagaz a los pescadores solitarios que, en sus botes raídos, echaban las redes sin demasiada esperanza, pero con la paciencia de quienes conocen el alma del agua.
    Ese pequeño paraje, oculto en los márgenes del mapa y del tiempo, parecía haber sido creado por una voluntad divina. Un rincón bendecido, concebido tal vez por Dios Padre en su infinita sabiduría, y engendrado con ternura por Dios Madre desde su sagrado y eterno vientre. Era un pedazo de tierra perdido en el vasto mar del este, una isla en la memoria de quienes lo habitaban.
    Y muchos, de distintos orígenes y con diferentes historias, habían llegado hasta allí en busca de algo que en otro sitio no podían encontrar: calma, esperanza, raíces. Un refugio para quienes deseaban empezar de nuevo o recordar lo que era vivir en sintonía con la naturaleza y los sueños sencillos.
    —Isaac—pronunció la mujer con una voz erosionada por los inviernos, la sal y el cansancio, detenida a escasos pasos de los niños—. Vengan. Es la hora. Basta de esos juegos manchados de violencia.
    —Mamá—replicó uno de ellos sin bajar el brazo, aún empuñando la espada de madera astillada—. Déjanos un poco más.
    —No. Se acabó.
    El aire cambió antes que el paisaje. A lo lejos, sobre la cicatriz oscura donde el mar se partía contra el cielo, comenzaron a encenderse reflejos extraños, luces breves que aparecían y se extinguían con ritmo irregular. No eran astros ni señales conocidas por los pescadores. Eran superficies pulidas, escudos de madera y metal devolviendo la luz. Naves. Varias. Demasiadas para ser comercio. Demasiadas para ser regreso.
    Las aves, que hasta ese instante rasgaban el cielo con sus graznidos ordinarios, se desbandaron de forma abrupta. Volaron sin orden ni rumbo, como si una mano invisible les hubiera quebrado el instinto. El campo quedó en silencio. Esa huida no era casual: tenía el peso de los augurios antiguos, de aquellos que los ancianos reconocían sin explicaciones, advertencias traídas por mareas ajenas, anuncios de hierro y saqueo.
    La mujer siguió la trayectoria del vuelo, forzándose a alzar la vista hacia el horizonte. Allí, entre la bruma baja, distinguió los parcos que marcaban los límites de los cultivos. Algunos estaban envueltos en llamas. No se trataba de un incendio que avanzara: el fuego ya había llegado.
    El alarido surgió desde lo más profundo de su pecho, desgarrándole la garganta como si la voz se le desprendiera de la carne.
    —¡Vámonos ya!
    Los niños soltaron las espadas de juguete como si ardieran y corrieron hacia ella. Se aferraron a su falda con desesperación, buscando refugio en un cuerpo que aún creían capaz de detener el mundo. Emprendieron la huida hacia la villa, situada a media milla del claro donde jugaban. El brillo de las embarcaciones crecía con cada paso; dejó de ser un destello remoto para convertirse en una presencia opresiva, sólida, cercana. El corazón del mayor golpeaba con una furia que no reconocía como propia, acompasado con los gemidos contenidos de su madre, que corría sin mirar atrás, consciente de que volver el rostro era concederle forma al terror.
    La empalizada apareció ante ellos como un último amparo. Vieja, torpe, levantada con troncos mal alineados y refuerzos improvisados. Al llegar, la mujer gritó al guardia apostado en la entrada, un hombre flaco, con barba rala y una lanza demasiado larga para sus brazos cansados.
    —¡Vienen ahí!
    —¿Quiénes?—respondió él, frunciendo el ceño, sin comprender aún.
    —Los barcos del este. Traen fuego.
    El rostro del guardia se descompuso. Dio un paso atrás, trastabilló, y antes de que la frase terminara de asentarse en su cabeza, gritó con toda la fuerza que le quedaba.
    —¡A cubierto! ¡Todos! ¡Hombres y mujeres, tomen lo que tengan! ¡Niños, a las casas!
    El orden se disolvió al instante. Gente corriendo en todas direcciones, cuerpos chocando, gritos, caídas, manos que se aferraban a lo primero que encontraban. El polvo se mezcló con el miedo.
    —Isaac—ordenó la mujer, agarrándolo del rostro—. Lleva a tus hermanos. Ahora.
    Entonces sonó. Un clamor profundo, prolongado, que atravesó el aire como un cuchillo. No era el cuerno de la villa. Era otro llamado, grave, ajeno, nacido de gargantas que no conocían misericordia.
    Isaac tomó a los pequeños del brazo y corrió. Entraron en la casa de madera, baja, húmeda, con techo de paja ennegrecida por el humo. Abrió la trampilla del suelo y los empujó hacia el hueco oscuro. Bajaron. Cerró.
    Afuera, los gritos crecieron. El llanto de los más chicos se volvió insistente, desesperado, llamando a su madre. Isaac les ordenó callar. Dijo que volvería.
Salió con cuidado y miró por la rendija de la puerta. Los adultos se habían alineado en la plaza, tensos, esperando. Espadas melladas, escudos rajados, lanzas hechas con herramientas de campo. Lo poco que tenían.
    Entonces el cielo se llenó de flechas.
    El aire se volvió un alarido. Cuerpos cayendo, sangre oscura salpicando la tierra. Algunos resistieron, otros se desplomaron sin comprender. La empalizada cedió con un crujido final. Entraron. Figuras cubiertas de hierro, cascos cerrados, cotas de malla, hachas pesadas. Avanzaban sin palabras, sin pausa, sin rostro.
    Isaac vio caer a su padre atravesado por una saeta. No gritó. Retrocedió y volvió al escondite.
    Pasaron minutos eternos. Solo llanto. Luego, silencio. Un silencio denso, absoluto. La sangre corría por la plaza como un cauce torcido.
Cuando todo calló, la villa era un campo de cuerpos. Entre ellos, mujeres aún vivas, reducidas, sujetas por hombres de piel pálida y cabellos largos. Una era su madre. Luchaba todavía, tomada del cuello.
    Un hombre se acercó.
    —Ahora—dijo—. Antes de quemar este lugar. Llamen a sus hijos. Tú primero.
    La arrastró por el cabello.
    —Llámales.
    Ella se resistió. La daga se acercó a su garganta.
    —Niños—dijo, con la voz quebrada—. Salgan.
    Dudaron. El hombre gritó.
    —¡Vengan o muere!
    Salieron. Uno a uno. A las mujeres sin hijos las degollaron allí mismo, para que nadie dudara.
    Luego ardió la villa.
    —Lleven a los niños a los barcos—ordenó—. A las mujeres, mátenlas.
    Cumplieron. Las madres cayeron ante los ojos de sus hijos. Los pequeños intentaron resistir. Fueron reducidos, encadenados, alineados y llevados hacia el navío principal.
    Detrás de ellos, solo quedó el fuego devorando lo que había sido hogar.




Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

Vieja Guardia - III



Capítulo III

I

    El olor penetrante a humedad, mezclado con las risas apagadas que resonaban a lo lejos, le confería un carácter muy particular a aquel entorno que, con el paso del tiempo, se convirtió en un testigo silencioso de innumerables historias. Historias de viajeros errantes, de caminos inciertos, de relatos compartidos entre susurros al calor del vino. Era un lugar donde centenares de almas de paso, de destinos inciertos y procedencias dispares, dejaban huellas invisibles. Traían consigo el polvo de tierras lejanas, pegado a la suela de sus botas. Rastro de regiones remotas, tanto del interior de aquel vasto continente como de tierras más allá del horizonte, desconocidas para la mayoría de los parroquianos.
    Una música suave flotaba en el aire, dando forma a la atmósfera cálida de la taberna. Los acordes melancólicos de un laúd, acompañados por las notas graves del corno de un minstrel, se entrelazaban con las voces melodiosas —aunque ligeramente desafinadas— de las doncellas que atendían el lugar. Eran mujeres robustas y alegres, de mejillas rosadas y risas sonoras, que daban al ambiente un tinte casi familiar. En medio de todo eso, Lázaro, con la mirada distante, no podía evitar que su mente regresara a los días de su juventud, cuando aún servía como miembro activo de la orden militar. Eran recuerdos que emergían con fuerza en aquel entorno que evocaba tiempos mejores, o al menos distintos.
    De pronto, interrumpiendo el momentáneo silencio, se acercó a la mesa un anciano de rostro sereno y túnica raída, cuyos pasos eran lentos pero seguros. Se trataba del viejo monje Elías, ahora retirado, quien cargaba con cierta dificultad dos tazones de madera humeante. Con una sonrisa amable dibujada en el rostro, los depositó sobre la mesa ante sus comensales.
    —Coman —indicó con voz afable—. Este guiso les devolverá las fuerzas. Les vendrá bien antes de continuar su viaje.
    La joven que acompañaba a Lázaro, al ver el contenido de los recipientes, arrugó la nariz con evidente repulsión y lanzó una mirada inquisitiva a su acompañante, como si esperara una explicación convincente que justificara semejante espectáculo culinario.
    —¿Qué es esto, Lázaro? —preguntó con disgusto, mirando el contenido con desconfianza.
    Elías, algo confundido ante la familiaridad con la que se dirigía al hombre, frunció el ceño.
    —¿Ahora te haces llamar Lázaro? —preguntó en tono burlón, dejando entrever una sonrisa pícara.
    —Así es —respondió el aludido con serenidad—. Desde que el mundo cambió, ese es el nombre con el que camino entre los hombres.
    —Bueno, no seré yo quien cuestione las decisiones o los pecados ajenos —replicó Elías mientras tomaba asiento junto a ellos, acomodándose en una de las rústicas sillas de madera con gesto relajado.
    El contenido de los tazones, a simple vista, no resultaba precisamente apetecible. Era una mezcla densa y turbia, una suerte de sopa en la que flotaban ingredientes poco convencionales: patas de gallina con garras visibles, lo que parecían ser ojos de lagartas del desierto, y una variedad de vegetales difíciles de identificar. El color se asemejaba al del barro espeso después de la lluvia, aunque su aroma, curiosamente, no era del todo desagradable.
    —Esto, aunque no lo parezca, es un manjar reservado para los pocos que saben apreciar lo auténtico —dijo Lázaro, tomando su cuchara—. Vamos, muchacha, prueba un bocado. Esta receta tiene historia… y alma.
    —No pienso comer eso —contestó la joven con determinación—. Tiene un aspecto espantoso.
    —¿De dónde sacaste a esta niña, Lázaro? —preguntó Elías, divertido, aunque con un dejo de curiosidad real.
    —Me paga para escoltarla hasta Elinor —explicó él sin rodeos—. Por lo visto, hay soldados al servicio del duque Aldric que desean verla muerta.
    Al escuchar esto, Elías cambió de semblante. La sonrisa se borró de su rostro y lo sustituyó una expresión seria, casi sombría.
    —¿Y por qué razón querría el duque la cabeza de una jovencita como ella?
    —No tengo idea, ni me interesa saberlo —respondió Lázaro con desgano, evitando ahondar en el tema—. Lo que sé es que paga bien, y con ese dinero planeo marcharme de este maldito continente, cuanto más lejos, mejor.
    —Así que buscas dejar atrás tu pasado… —murmuró Elías—. Pretendes olvidar a los amigos, a los hermanos de armas…
    Tras tomar la primera cucharada de aquel espeso brebaje, Lázaro lo miró fijamente.
    —No —dijo con voz firme—. Esta sopa es una de las pocas cosas que nunca quiero olvidar. Te lo aseguro, camarada.
    Elías sonrió, con un dejo de emoción en su mirada.
    —Me alegra saber que aún conserva su sabor para ti, viejo amigo.
    La joven, por su parte, aún no reunía el valor suficiente para llevarse siquiera una gota a la boca. Observaba el tazón con mezcla de horror y disgusto.
    —¿Tienen algo que se vea menos… repugnante? —preguntó, esperanzada.
    Lázaro se impacientó y, golpeando con fuerza la mesa, alzó la voz:
    —¡Vamos! ¡Come de una vez antes de que pierda la poca paciencia que me queda!
    Estaba visiblemente molesto. Las quejas constantes y la voz aguda de la muchacha comenzaban a erosionar su ya escasa tolerancia.
    —No te preocupes —intervino Elías con tono conciliador—. A mí no me molesta. Ahora mismo te traigo algo más liviano, niña. Aunque te advierto: en estas tierras humildes no encontrarás platillos de nobles. Aquí todos somos lo que la vida nos permitió ser: comerciantes, campesinos y, como nosotros dos, viejos guerreros.
    —¿Fueron compañeros de armas? —preguntó ella, intrigada.
    —Por supuesto —respondió Elías con orgullo—. Luchamos en el mismo ejército, compartimos trincheras, victorias y derrotas.
    —¿Y a quién servían? —insistió la joven, con la curiosidad brillando en sus ojos—. Lázaro nunca me contó nada de eso.
    —Hay asuntos que es mejor dejar en el pasado —intervino Lázaro, serio—. Y otros que deberían sepultarse bajo tumbas selladas.
    Elías asintió con gravedad, bajando la mirada.
    —Si mi amigo quiere enterrar el ayer, que así sea —susurró—. Sólo los dioses conocen nuestro verdadero pasado, nuestras traiciones a la fe, pero también son testigos de los sacrificios que hicimos por un bien mayor. Sólo el camino de los justos nos abrirá la puerta a la vida eterna. Y aunque la Orden de los Fieles del Señor haya caído en el olvido, nosotros, los que aún caminamos sobre esta tierra, volveremos algún día al sendero correcto. Por el orden natural de las cosas… y por mandato del Altísimo.
    —No creo que a Dios le importe demasiado el destino de sus fieles —respondió Lázaro entre carcajadas ásperas, cargadas de ironía y rabia contenida—. Es más, me atrevería a decir que a Dios no le importa en absoluto aquella maldita orden. Nos lanzó a la carnicería como si fuéramos bestias. Nos arrojó al campo de batalla a morir como ganado en un matadero, sin honra ni propósito real. Sólo fuimos piezas en su juego cruel.
    Ante tales palabras, Elías alzó la vista hacia el cielo encapotado, donde las nubes grises parecían pesar sobre sus hombros como el juicio de los cielos. Cerró los ojos con serenidad y comenzó a recitar en voz baja una serie de oraciones en una lengua antigua, olvidada por casi todos, una lengua que apenas sobrevivía en los rezos de los monjes más viejos. Cada palabra brotaba de sus labios como un lamento, como un ruego desesperado.
    —Perdónalo, Señor —murmuró con solemnidad—. Mi hermano ha perdido el rumbo, no sabe lo que dice. Te imploro, con humildad, que lo conduzcas nuevamente por el sendero de los justos, aquel del que nunca debió haberse desviado. Te ruego que en tu infinita misericordia, le devuelvas la luz.
    La chica, testigo involuntaria de aquella tensa y espiritual confrontación, miraba a ambos hombres con una mezcla de confusión y desconcierto. Frunció el ceño, incapaz de comprender del todo la intensidad del momento.
    —No entiendo de qué están hablando ustedes —dijo finalmente, alzando la voz, buscando interrumpir la conversación que le resultaba tan ajena como el idioma que acababan de usar.
    —Vamos, Elías —dijo Lázaro con gesto cansado, sin molestarse siquiera en mirar a su antiguo camarada a los ojos—. Guarda tus lamentaciones piadosas para otro momento, para otra alma que aún crea. Ya estamos condenados. Lo sabes tú, lo sé yo. Quizás incluso estemos malditos desde hace mucho, desde aquel día… Tú sabes cuál.
    Elías bajó lentamente la cabeza. La decepción se dibujó con nitidez en su rostro, como si aquellas palabras hubieran sido puñales lanzados desde lo más profundo de un abismo que ambos compartían. Sus ojos, que alguna vez miraron con esperanza, se llenaron de una tristeza densa y antigua.
    —Jamás imaginé oír semejante blasfemia saliendo de la boca de un hermano de armas —dijo con voz temblorosa—. No importa cuán oscuro sea tu corazón ahora, Lázaro. Aun así, rezaré por ti. Una y otra vez, con cada amanecer y con cada atardecer, le suplicaré al Señor que te conceda un rayo de luz, que toque tu alma endurecida. Porque aún queda redención para los hombres que han perdido el rumbo.
    —¡Mejor púdrete, Elías! —vociferó Lázaro, alzando la voz con furia contenida—. Ya estoy harto de tus sermones vacíos, de tus promesas celestiales. ¡Tus rezos no me salvarán, ni me devolverán lo que perdí!
    La joven, atrapada en medio de aquella tormenta de emociones, parpadeó varias veces, todavía incapaz de captar por completo la magnitud del intercambio. Se removió en su asiento, inquieta, mientras la tensión entre ambos hombres se hacía casi palpable.
    —¿Pero qué diablos está pasando aquí? —preguntó finalmente, aún más perpleja—. ¿Por qué se hablan así? ¿De qué pecados están hablando? ¿Qué es eso de estar malditos?
    Sus palabras quedaron flotando en el aire denso de la taberna, sin respuesta inmediata. El silencio, por unos instantes, se volvió tan profundo como la herida abierta entre Lázaro y Elías. Una herida que el tiempo, la fe o el perdón parecían incapaces de cerrar.
    —Intentemos calmarnos, viejo hermano —dijo Elías, esta vez con una voz mucho más serena, tratando de disipar la tensión que flotaba en el aire como una nube espesa—. Lázaro, créeme cuando te digo que estoy seguro de que, sea cual sea el nuevo camino que hayas elegido para ti, te irá bien. Ya sea que continúes acompañando a esta joven en su travesía incierta, o que decidas marcharte lejos, a tierras más amables y distantes de todo esto. Mi intención jamás ha sido provocarte ni herirte con mis palabras.
    Su tono era conciliador, cargado de una nostalgia melancólica por los tiempos pasados, por aquellos días en los que compartían juramentos, espadas y creencias. Elías sabía que había algo roto en su viejo compañero, algo que quizás nunca volvería a estar completo, pero aún albergaba la esperanza de que, con paciencia, ese lazo pudiera ser restaurado.
    Lo cierto era que ambos, tanto Lázaro como la muchacha que lo acompañaba, necesitaban con urgencia reponer fuerzas. El largo viaje que llevaban a cuestas se reflejaba en sus rostros exhaustos, en sus ropas sucias y desgastadas, y en el peso invisible que parecía oprimirles los hombros. Elías, con su mirada sabia y compasiva, lo notaba sin necesidad de muchas palabras. Él conocía bien los signos del desgaste, tanto físico como espiritual.
    —Quédense esta noche —dijo entonces con firmeza, dejando de lado cualquier orgullo herido—. No será una posada de lujo, pero les ofrezco una cama caliente donde puedan descansar sus cuerpos fatigados, un baño para que puedan limpiar el polvo del camino, y un plato de comida caliente que les devuelva algo de fuerzas. Mañana, cuando salga el sol, podrán continuar sus caminos con el ánimo renovado.
    Lázaro, que hasta entonces había permanecido en silencio, simplemente asintió con la cabeza, sin añadir palabra alguna. Sus ojos evitaban los de Elías, quizás por vergüenza, quizás por orgullo, o simplemente por el cansancio que lo consumía. Luego, sin más, volvió su atención al tazón de sopa que tenía frente a él, hundiendo la cuchara en aquel brebaje espeso y oscuro que ya comenzaba a enfriarse.
    Elías, viendo que su presencia no era ya necesaria en ese momento, decidió ponerse en pie con un suspiro silencioso. Se alisó la túnica con gesto mecánico, como si ese pequeño acto pudiera alisar también las arrugas del alma, y luego giró sobre sus talones para marcharse. No dijo nada más, pero sus pasos eran pesados, cargados de una tristeza antigua, de una pena que no lograba disimular.
    Mientras se alejaba hacia la parte trasera de la taberna para continuar con sus múltiples quehaceres —que no eran pocos, aunque no urgentes—, no pudo evitar mirar una vez más a su viejo amigo. En sus ojos brillaba una mezcla compleja de dolor, decepción y compasión. Elías lamentaba profundamente lo que Lázaro se había convertido. No por desprecio, sino por añoranza del hombre que una vez fue: valiente, noble, leal.
    —Pobre Lázaro… —musitó apenas audible para sí mismo mientras desaparecía por una puerta de madera—. La arrogancia y el orgullo no alimentan el alma, solo la aíslan… pero aún hay tiempo. Aún hay tiempo…
    Y así, el silencio volvió a instalarse en la taberna, interrumpido solo por los sonidos apagados del fuego crepitando en la chimenea, el murmullo lejano de alguna canción y el tintinear suave de la cuchara golpeando el borde del cuenco.
    Cuando abrió la bureta de la rústica habitación —una puerta de madera pesada que crujió suavemente al girar sus goznes gastados por los años y la humedad—, lo envolvió una atmósfera de recogimiento y austeridad. El recinto estaba compuesto por paredes de una madera robusta, ennegrecida en las esquinas por el paso del tiempo y del humo acumulado; el techo era de paja gruesa, entrelazada con manos sabias para soportar lluvias y vientos, y en el extremo opuesto a la entrada se alzaba una simple cama, con un jergón relleno de lana basta y una manta raída que alguna vez fue color escarlata.
    En el otro extremo de la habitación, una mesa vieja y ancha dominaba gran parte del espacio cercano a la puerta, como si fuera la guardiana silenciosa de aquel refugio. Lázaro entró despacio, con el cuerpo cansado y el alma aún más, dejando caer todas sus pertenencias sobre la mesa con un suspiro que escapó de sus labios sin intención. Era evidente que aquel cuarto sería su albergue por esa noche, el rincón de resguardo tras jornadas de agitación, persecución y decisiones inciertas.
    Caminó hacia la vieja estufa de hierro, colocada en una esquina, y arrojó en su interior algunos troncos secos que encontró apilados junto a un balde de hojalata. Con habilidad adquirida tras años de fogones improvisados, la encendió sin dificultad alguna. En cuestión de minutos, el chisporroteo de la leña comenzó a calentar el aire, y el leve resplandor anaranjado pintó sombras danzantes sobre las paredes.
    Ese pensó, era el descanso que tanto había anhelado. Un momento de silencio y calor después de días agitados, de peligros constantes, de andar con la mirada sobre el hombro esperando emboscadas. Esta hazaña —el acompañar a aquella joven hacia su destino incierto— lo había llevado al límite, y aunque todavía quedaba un largo trecho por recorrer, sabía que cada pausa era vital para reunir fuerzas.
    Mañana sería otro día. Un día más en esa cadena de jornadas sin fin en las que se veía envuelto. Debería continuar su labor: llevar a la chica a salvo hasta su destino final y, con suerte, ir luego en busca de su propio sueño, ese que lo esperaba más allá del continente, en tierras nuevas, libres de los fantasmas del pasado.
    Se vio entonces, de pronto, tumbado sobre la cama. Apenas había sido consciente de cómo su cuerpo había llegado hasta allí. A veces, se sentía como una simple bolsa de carne y huesos arrastrada por el mundo, un cascarón agotado, consumido por los años, por las guerras, por las cargas invisibles que traía encima. Sentía que la vida le pasaba por encima, sin preguntarle si deseaba seguir. Que las batallas del pasado —algunas externas, otras internas— aún lo perseguían como sombras obstinadas que se niegan a desvanecerse con la luz del alba.
    Desde aquella fatídica persecución contra la Orden de Baltasar, luego de la cruel y sangrienta Batalla de los Cinco Ejércitos, no había vuelto a ver a su más querido y antiguo amigo: Elías. El mismo Elías con el que compartió plegarias, espadas y silencios. El mismo que, tras la disolución del último bastión de la orden, se había marchado a las tierras del sur, como tantos otros hermanos de armas, buscando una nueva vida o quizás solo un poco de paz.
    Muchos, los más tercos o los más fieles, se habían quedado, intentando refundar la orden entre las ruinas humeantes del Monasterio de San Baltasar, en la región de Ecusnex. Pero la verdad, cruda y brutal, era que nada podría volver a ser como antes. Nada se asemejaría jamás a los gloriosos años del auge imperial, a la era de los dioses vivientes, ni a aquellas órdenes que juraban su espada en nombre de lo sagrado. Esa época había muerto, no con un estruendo, sino con el susurro amargo de la traición y la codicia.
    La nueva era, distinta. Una era de codicias mundanas, de ambiciones mezquinas. Una era donde los altares antiguos eran profanados, donde los mismos dioses eran ignorados o burlados, y donde el oro hablaba más fuerte que la fe. En su interior, Lázaro sabía —aunque rara vez lo admitía— que él también formaba parte de esa decadencia. Que, en algún punto, se había rendido.
    El sueño no tardó en alcanzarlo. Llegó sigiloso, envolvente, como una manada de lobos salvajes al acecho de su presa. Se deslizó entre sus pensamientos y lo arrastró con fuerza hacia ese otro mundo, el de los sueños. Allí, podía volver, aunque fuera solo en ilusiones, a esos días en los que luchar tenía un propósito sagrado, en los que el sacrificio significaba algo más que una transacción. Allí todo era distinto, menos frívolo, más profundo. Y en ese universo onírico, al menos por unas horas, Lázaro volvía a ser quien alguna vez fue.





Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

viernes, 12 de diciembre de 2025

Relato XLIX - Fecha de vencimiento.


(imagen generada por ia, gemini)

Fecha de vencimiento.

    La primera que lo notó fue Martita, cuando la cuchara que sostenía se le cayó una vez más. No temblaba; simplemente ella no llegaba. La mano no respondía, como si el impulso viniera de un lugar más lejano. —Estoy cansada— fue lo único que logró decir. Todos asintieron al unísono. Era Navidad; el cansancio se transformó en parte del decorado, como aquel arbolito torcido o el mantel heredado de la abuela, con manchas que nadie quería saber su origen.
    Después fue el tío Ricardo. Se quedó mirando el pavo sin lograr reconocerlo. Sabía lo que era, sabía cómo cortarlo y hasta cómo llevarlo a su boca, pero el nombre no salía. La palabra se había evaporado, como si se tratase de un mueble sacado de la casa por la noche.
    Los niños seguían jugando en el suelo. El más pequeño logró armar una ciudad con cajas de regalo. El más grande canturreaba un villancico deforme, sin letra clara, pero afinado. Demasiado para su edad.
    Al llegar a las once, la casa empezó a oler de forma distinta. No era a comida; era a humedad vieja. A un cuarto cerrado durante décadas. Nadie se molestó en abrir alguna ventana. El frío afuera era algo denso, respirando pegado al vidrio.
    La enfermedad no provocaba dolor. Eso fue lo peor. Ni gritos, ni fiebre, ni sangre. Era una resta lenta, quitándole las capacidades, apagando funciones cuál luces en una casa abandonada. Caminar requería alguna clase de concentración; hablar exigía más esfuerzo. Recordar se volvió una tarea pesada, casi indecente.
    —¿Te acordás…? —empezó a decir Martita, y se detuvo. Y no recordaba nada…
    Los niños no mostraron ninguna capacidad alterada; seguían en su mundo. No tenían síntomas. El mayor pidió abrir otro de sus regalos.
    —Uno más, por favor…
    Nadie discutió. La autoridad se había ido.
    Cuando el reloj marcó la medianoche, ocurrió… Cada uno de los adultos recordó al mismo tiempo. Escenas distintas, pero únicas en su estructura: una infancia pobre, una noche de Navidad, un deseo formulado con una fe obscena. “Cuando sea grande, me voy a ir…” “Cuando sea grande, no voy a tener miedo a…” “Cuando sea grande, esto se termina…”
    Ricardo cayó de rodillas al piso. Sus piernas dejaron de responder. Martita perdió el habla. Pero no la voz; el sentido de las palabras.
    Los niños observaron sin entender lo que pasaba. No con miedo. Con una atención como quien aprende algo nuevo. El más chico preguntó:
    —¿Ahora nos toca a nosotros?
    Nadie logró responder… La cosa no reclamaba a los niños. Aún no. Los niños eran para después, un capital a futuro.
    Al amanecer, tres de los adultos aún seguían vivos. Respirando con dificultad. Sentados, quietos, vacíos. Esperando su turno. El resto… con la cabeza sobre sus platos, ahogados en sangre…
    Los niños, ahora dormidos en la sala, junto al arbolito de Navidad…

G. Zaballa

Relato XLVIII - La Noche de krampus


(imagen generada por ia, gemini)

La Noche de krampus

“Noche de paz, noche de horror,

todo muere alrededor.

Entre los astros que desprenden terror.

Brilla, anunciando a Krampus.

Brilla la estrella de la desolación,

una sentencia de perdición.

Noche de paz, noche de horror,

con sus garras te abrirá el corazón,

y con su boca lo devorará.

Cuando la sombra te alcance,

no habrá salvación.

No teman cuando Krampus entre,

pues nada queda que lo enfrente.

Desde la chimenea él descenderá

y la tierra devastará.”


    Aquella noche cayó sin ceremonia alguna, espesa y oscura como un coágulo. Parecía que la casa había tomado otra forma, retenida de aliento, mientras aquel pequeño vigilaba el árbol de Navidad con la tenacidad de los que aún creen que el mundo mantiene alguna clase de magia. Afuera, el tiempo se ponía hostil; la nieve no caía con normalidad, se desmoronaba del cielo como si algo hubiera muerto allá arriba y una clase de polvo blanco estuviese cayendo sobre todo.
    Aquel niño esperaba a Santa, no con una alegría infantil, sino con una clase de ansiedad agarrotada. Este año fue torpe, lleno de pequeños secretos que se desprendían bajo su piel. Lo inundaba el presentimiento de que diciembre tenía una clase de memoria propia.
    Trac-trac. Un sonido sordo en el techo fue el primer aviso. Nada festivo ni ligero. Como si una pezuña golpeara madera hueca. Acompañado de un aroma acre, mezclado con pelaje mojado, humo viejo y carne que no había terminado de morir. Aquella chimenea de ladrillos rojos comenzó a crujir; era un gruñido real, profundo al oído.
    Lo que emergió de allí no era una criatura de cuento; era algo que la historia había tratado de ocultar de alguna forma y que el invierno devolvió con alguna clase de crueldad. Con un pelaje oscuro y empapado, enmarañado con algunas escarchas rosadas. Piernas deformes, músculos tensos. La piel que le cubría el torso era tan pálida que se lograba ver las venas azuladas correr por la superficie.
    Con sus manos largas y anguladas, con sus dedos terminados en punta capaces de abrir una garganta sin esfuerzo alguno. Sus cuernos crecían hacia atrás, cada uno lleno de grietas, costras y restos de piel. Y sus ojos… eran dos grandes manchas negras, llenas de vacío. No miraban directamente al niño; lo estudiaban de arriba hacia abajo, como quien estudia el peso de algo antes de colgarlo.
    Krampus no esbozó ningún sonido. La bestia no necesitaba ninguna palabra para imponerse sobre aquel pequeño. Se acercó al niño, casi calculando cada paso, estudiando cada respiración. La sombra que arrastraba por el suelo no coincidía con su cuerpo; proyectaba una vibración, se alargaba y contraía, con vida propia.
    El niño quería huir, pero su cuerpo no respondía. No era terror; era comprensión de una realidad que le había caído encima como un golpe bien dado. No lo castigaba por sus pecados, sino que reclamaba lo que se había transformado. Aquellas mentiras que contó para sobrevivir, aquellas triquiñuelas que provocaba a sus padres y a sus amigos todo el año. Todo se paga de alguna forma.
    Krampus abrió el saco oscuro; del fondo surgió un aliento tibio, húmedo, casi asfixiante. El niño entró porque aquella bestia no necesitaba obligarlo, porque aquella noche tenía un orden más antiguo que la bondad y el perdón.
    La nevasca azotó con más fuerza ahora, aplacando cualquier ruido extra.
    Al día siguiente, la casa amaneció implacable. El árbol, con sus adornos, seguía estando ahí, con sus luces parpadeando serenas. En la chimenea solo quedaba un leve olor a cuerda quemada. Afuera, la nieve seguía cayendo con fuerza. Adentro, diciembre nuevamente cobraba su deuda sin dejar ningún testigo.

G. Zaballa

jueves, 30 de octubre de 2025

Relato XLVII - Doppelgänger


(Imagen generada por IA, Grok)

Doppelgänger

    Sus ojos se abrieron cuando se vio a sí misma reposando en su cama. Era la habitación que la había acompañado gran parte de su vida. No recordaba algún otro lugar que se sintiera tan suyo como aquellas cuatro paredes, llenas de pósteres de sus cantantes favoritos, aquellos rostros con sonrisas tan falsas, pero que amainaban su necesidad de tener a alguno de aquellos sujetos asiáticos, de rostros genéricos, a su lado.
    El aire estaba quieto. Solo el tic-tac del reloj marcaba el paso del tiempo, implacable, sobre la madera vieja del piso.
    De pronto, su gato saltó a la cama.
    —Teo —dijo la joven—. Buenos días, pequeño bigotes amarillos.
    Aquel pequeño felino ronroneaba, regocijándose con la presencia de la chica. Se acercó arqueando el lomo, rozando su cabeza contra ella. Ronroneaba como si el sonido fuera su modo de exorcizar lo invisible. Ella lo levantó, lo sostuvo unos segundos y lo dejó sobre la colcha.
    Se desperezó, lentamente, arrastrando los brazos sobre las sábanas, como si su cuerpo pesara más que de costumbre. Bostezó, frotándose los ojos, y se quedó mirando un punto fijo frente a ella. Algo había cambiado. No sabía qué. Una sensación turbia, como si los muros hubieran respirado mientras dormía.
    Desde el piso de abajo se escuchaban algunos ruidos extraños. Creía haber oído, la noche anterior, que su madre se iría temprano, pero no recordaba si todo ese diálogo lo había soñado o si realmente lo había dicho su madre.
    No quiso pensar. Fue al baño y dejó que el agua helada la despertara. Miró su reflejo empañado en el espejo. Por un instante, juró que la figura del otro lado parpadeó un segundo más tarde que ella. Dio un paso atrás, pero enseguida lo descartó. Solo cansancio.
    Minutos después volvió a escuchar algunos golpes más, pero esta vez acompañados del ruido del aceite, ardiendo en fuego lento.
    —¡Mamá! —vociferó—. Creí que no ibas a estar esta mañana.
    Pero nada respondió…
    No le dio más importancia que esa.
    Terminó de vestirse, cuando de nuevo volvió a escuchar aquel golpeteo en el piso de abajo.     Parecía venir de la cocina.
    —¿Mamá? —dijo asomándose por la puerta de la habitación—. ¿Estás ahí?
    Pero nada respondió. El silencio continuó luego, y la chica decidió bajar. Se asomó en la escalera esperando escuchar algo más.
    —¿Mamá?
    Una voz algo familiar respondió:
    —El desayuno está listo. Baja a comer antes de que se enfríe.
    De repente, una sombra se acercó al umbral de la puerta de abajo. Era su madre, pero con un semblante distinto, algo oscuro. Sus ojos brillaban de una forma más que diferente, como si aquella que la miraba fuera otra persona.
    —Casi me matas de susto —dijo aliviada—. Ya voy.
    Y se dispuso a bajar lo más rápido que pudo. Entró a la cocina y se sentó.
    Sobre la mesa, un manjar de frutas, café, jugo de naranja, cereales, huevos revueltos y tocino. Todo estaba pronto para disfrutar un desayuno completo.
    —Mamá, esta vez te pasaste con el desayuno.
    —Solo come…—respondió.
    Allí estaba su madre, o su silueta. De pie, de espaldas, con la misma bata gris de siempre, moviendo algo en la sartén. El cabello algo desordenado, la espalda rígida. Pero había algo extraño: la sombra proyectada sobre la pared no coincidía del todo con sus movimientos.
    No esperó más y comenzó a disfrutar el desayuno que su madre le había preparado. No recordaba la última vez que lo había hecho así, pues sabía que su madre trabajaba temprano y casi siempre el único que la acompañaba era el gato amarillento.
    De repente, el móvil que tenía a su lado comenzó a sonar. Dio vuelta el teléfono y observó que la llamada era de su madre. Aquella chica se estremeció al ver la pantalla, pues enfrente suyo estaba la misma, o quien creía que era su madre.
    —Qué extraño —solo alcanzó a murmurar cuando se llevó el teléfono al oído.
    —Hola —dijo.
    —Hola, hija. Te dejé el desayuno en la mesa antes de irme. Recibí un llamado temprano y no pude despedirme, pues estabas durmiendo aún. Espero que lo disfrutes. Mamá te quiere mucho…
    Aquellas palabras congelaron a la joven por completo. ¿Quién podría ser aquella mujer, entonces, si tenía a su madre en el teléfono?
    Cuando levantó la mirada, aquella mujer que tenía enfrente había tomado una forma casi grotesca. Era su madre, pero distinta. Aterradora. Llevaba una sonrisa de mejilla a mejilla, con una maraña de dientes de tiburón. Su piel era más clara de lo normal, y sus ojos llevaban la profundidad del averno. Eran tan oscuros como el mismo abismo.
    —¿Qué pasa, cariño? —dijo la cosa—. ¿No te gustó lo que hice para vos?
    Y aquella boca llena de dientes, lo devoró todo…

G. Zaballa

lunes, 13 de octubre de 2025

ZAGREB Por Diony Scandela y Gustavo Zaballa


(Imagen generada por IA, leonardo.ia)

ZAGREB

Por Diony Scandela y Gustavo Zaballa

    Debes entenderme, Margarita. El señor Zagreb Borsovich fue detenido por sus ilegales experimentos con reptiles. El Departamento de Policía de Puerto Aztur allanó su casa y, minutos después, localizaron al “buen” doctor almorzando en el restaurant Engels de la esquina; ¿no te acuerdas de que el detective Artemio le estaba siguiendo la pista? A ver, recuerda aquel escándalo con alimentos genéticamente modificados que trató de vender en la feria gastronómica. Zagreb, hombre de tendencias supremacistas y admirador del pintor austriaco (ya sabes de quién te estoy hablando), solía bromear que su equipo científico buscaba desarrollar el “Superhombre” con cuerpos donados por la morgue. Escucha esto, Margarita, yo entiendo que quieres entrevistar al “buen” doctor allá en la Penitenciaria de Puerto Aztur, pero recuerda que estamos ante una mente macabra. Detrás de esa sonrisa polaca, de ojos azules, mandíbula cuadrada, y bigote tupido, hay un ser malévolo; ¿sabes?, ese tipejo fue campeón de halterofilia en su juventud. Pudo defenderse o hacerle frente a los policías pero, el sujeto no opuso resistencia.
    Entre los objetos que incautaron al científico están los planos de una máquina que usa “energía nuclear comprimida” para reestructurar la materia… Esto te podrá sonar a ciencia ficción pero, tú sabes que en esta ciudad se ven cosas tan extrañas como en la novela de H.G. Wells. Y una carpeta de sesenta páginas con el rótulo de Proyecto “Op-Mi”. No sé qué carajos significa eso, Margarita pero tienes que averiguarlo. Por los momentos, los policías no han querido facilitarnos tal material. A ver si la Facultad de Genética de la Universidad de Puerto Aztur nos ayudan con eso.
    Zagreb es amigo de Matías Deker, otro “genio macabro” (como le dicen en la universidad), ese profesor de Zoología Comparada obsesionado con traer dinosaurios a nuestra era, ¡¿estás escuchando, Margarita?! Matías estuvo empecinado hace meses con excavar en la cueva aledaña a la playa de la ciudad. Allí hay un yacimiento de fósiles, bichos raros del periodo Pérmico y Deker sostuvo conversaciones con el gobernador para llevar a cabo su extraño plan; a Zagreb le pareció conveniente la idea, ya que compaginaba con lo de experimentar con reptiles. A Matías no se le ha visto desde hace tres días, como si supiera que lo iban a investigar tarde o temprano. Artemio Valenti advirtió que aquellos científicos estaban cruzando los límites pero, como siempre, la maldita política amiga de estos seres malévolos no le hizo caso al legendario luchador del crimen. El detective Artemio, hombre de fuertes convicciones religiosas, aseguraba que Zagreb y Deker tenían un pacto con el diablo pero eso ya es otra historia.
    Ahora bien, recuerda que solo tienes media hora. Las autoridades y el jefe del periódico te dan ese tiempo para que entrevistes al “buen” doctor; no es fácil para nosotros cubrir tantas historias seguidas de psicópatas, asesinos seriales, mafioso y ahora, científicos locos ¿Qué le está pasando a la ciudad? Margarita, solo me queda desearte éxitos. Dios te cuide.
    Margarita decidió entrar en la penitenciaría de Puerto Aztur con el grabador oculto entre su ropa. Esperaba que nadie notara aquella caja negra de diez centímetros en el bolsillo interior de la chaqueta. El guardia revisó sus credenciales y la condujo por un pasillo gélido con una mezcla de aromas: cloro y metal oxidado. En la celda del fondo, Zagreb Borsovich estaba sentado en una silla metálica, con una calma antinatural, esperándola. Sus ojos, de un color azul profundo, casi destructivo, no pestañearon en ningún momento.
    —Señorita Álvarez —dijo aquella voz pausada—. ¿Usted viene por el Op-Mi, verdad?
    Margarita no pudo responderle. Colocó el grabador sobre la mesa y asintió. Zagreb sonrió perturbadoramente.
    —Operación Mitternacht —murmuró ella—. Medianoche. Así la llamaban los alemanes de la Ahnenerbe. Un proyecto interrumpido luego de la caída del Eje en 1945. Buscaba devolver a la carne alguna clase de pureza original. La del primer hombre. No Adán, sino el que lo sigue.
    Margarita intentó mantener la compostura.
    —¿Qué relación tiene eso con sus experimentos con reptiles?
    Zagreb se inclinó hacia adelante. Su respiración cambió. Tomó un ritmo mediano, casi ritualista.
    —Los reptiles conservan una memoria antigua de la vida. En su ADN yace el registro de los primeros diseños. El Op-Mi pretendía despertar ese código genético oculto. Yo solo continué ese trabajo que ellos no lograron terminar en Turingia.
    —¿Ellos?
    —Aquellos de la Orden de la Medianoche, el brazo oculto de la Ahnenerbe. Sabes, creían que la evolución era un error. Un accidente que degradó la especie original. El Op-Mi quería revertir esos errores.
    Margarita notó que la luz del techo comenzaba a titilar. El grabador, sobre la mesa, emitió un leve zumbido.
    —¿Y Matías Deker? —preguntó ella.
    —Sí, mi discípulo. Él encontró el núcleo fósil. Una vértebra no humana ni animal. La pieza que faltaba para poder activar la máquina. Está bajo la cueva de Puerto Aztur. Una vez que la energía nuclear comprimida atraviesa esa materia, la estructura se reordena y nace algo nuevo. Algo superior.
    Ella se levantó abruptamente.
    —¿Algo nuevo o algo que ya existió? —dijo.
    Zagreb esbozó una sonrisa teórica.
    —Lo sabrás dentro de poco, cuando el mar se tiña de verde y todo nuestro trabajo esté completo.
    En ese momento el guardia entró para finalizar la charla con aquel sujeto. Margarita guardó el grabador y salió sin mirar atrás.
    En la redacción, horas después, revisó los audios que había obtenido. Las últimas palabras del doctor no estaban por ninguna parte. En su lugar se escuchaba un murmullo grave, como un rezo que evocaba algo primigenio. Solo repetía una secuencia de números y palabras en alemán: Mitternacht kommt. Das Meer öffnet sich. (Llega la medianoche. Y el mar se abre).
    Esa misma noche, la bahía de Puerto Aztur brilló con un resplandor verdoso, como si algo reluciera en el fondo del mar. Los pescadores juraron haber visto figuras humanas emergiendo del agua, cubiertas por una especie de escamas. En la playa, bajo la luna, se distinguían símbolos grabados en la arena: un triángulo invertido con una serpiente enroscada. Parecía un mensaje para alguien más.
    El parte oficial indicó que fue una descarga radioactiva accidental. Margarita, sin embargo, recibió una extraña carta sin remitente. Dentro había una hoja amarillenta con el sello de la Ahnenerbe y una frase escrita a máquina:
    Op-Mi completado. La Medianoche ha comenzado.

domingo, 12 de octubre de 2025

Relato XLVI - Por la sangre pagan


(Imagen generada por IA, Grok)

Por la sangre pagan.

    Aquella aula… la 3B olía a lejía y miedo. Esa clase de miedo que me hicieron pasar todo este tiempo. Los casilleros aún estaban abiertos y los libros dispersos en el suelo. Una mochila rota colgada en una de las puertas. Afuera… comenzaban a sonar las sirenas de la policía, como si quisieran despertar de alguna forma a los muertos. El caño de mi escopeta aún estaba caliente y humeando, como si se tratara de un dragón exhalando fuego. Le había disparado a cada uno de aquellos desgraciados… y a la señorita Martínez, aquella perra que dejó que se rieran una y otra vez de mí.
    En aquel momento, jadeando, no me quedó otra que sentarme sobre un pupitre en el fondo, en donde siempre me empujaban. Aquel donde siempre escuchaba las risas ahogadas en sus propias salivas, cada que aquella maldita salía del salón. Tenía la escopeta apoyada sobre el cuaderno de matemáticas y no me temblaba la mano. Por un momento en mi vida me sentía libre… satisfecho, de callar aquellas voces.
    No iba a hacerlo hoy… pero después del globo con excremento de perro y otras porquerías que me lanzaron ayer… decidí adelantarlo.
    La sangre de David, el desgraciado capitán del equipo, goteaba de la mesa de al lado… era un regadero sin fin de los cuerpos de mis compañeros…
    Se lo tenían merecido… desde hace una semana, en el vestuario… sí, aún recuerdo el olor a humedad… y los globos… pero aún más, las burlas sobre mi ropa interior, aquel maldito teléfono grabando… esa misma noche, el video recorrió todos los grupos de clase… casi doscientas risas digitales, ninguna palabra que reverberara alguna clase de apoyo.
    Pasé noches sin dormir… no pensé en venganza en ese momento… pensé en que la tierra me tragara… pero cuando mi madre me abrazó sin decirme nada, sentí que desaparecer no bastaba… quería el silencio… quería cerrarle la boca a todos aquellos que hablaban de mí.
    Tomé la escopeta de caza de mi padre… el primer disparo fue limpio… el sonido me dejó sordo por unos segundos… luego el mundo se volvió simple entre ruidos, gritos y olor a pólvora… un cuerpo caía… otro intentaba escapar… el reloj marcó las 10 hs. cuando todos se callaron…
    Por fin tenía el silencio que quería…

G. Zaballa

domingo, 28 de septiembre de 2025

Ensayos - La muerte de las democracias liberales y el auge de las democracias iliberales en el mundo.


  La muerte de las democracias liberales y el auge de las democracias iliberales en el mundo.

1. Situación peculiar de la política en Uruguay

    En el contexto político uruguayo contemporáneo, la dicotomía política tradicional entre izquierda y derecha ha desaparecido, fenómeno que se evidenció años atrás, coincidiendo con el desaparecimiento de figuras tan destacadas social y políticamente como Wilson Ferreira Aldunate, entre otros. La izquierda revolucionaria movilizada en las calles y la derecha de índole patriótica y defensora de la nación han desaparecido, dejando lugar a partidos políticos que han perdido su identidad original al prostituirse a las corrientes del globalismo y a ideologías sin fundamento que menta el progresismo. Tanto el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Frente Amplio se perfilan, en este escenario, como meros blandengues socialdemócratas de carácter inútil. La perspectiva de un líder populista con huevos, similar a aquellos de épocas anteriores, podría representar una amenaza significativa para estos partidos débiles y consolidándose como una figura capaz de desafiar el status quo, comiéndose a estas mariposas.
    La persistente fragmentación de la política y la democracia en Uruguay se atribuye, en gran medida, a la influencia perniciosa de la corrupción en las esferas gubernamentales superiores. Este fenómeno, que aún no ha alcanzado su apogeo, ha contribuido significativamente a la desintegración continua de los sistemas políticos y democráticos en el país. Esto llevaría a una democracia iliberal por una sociedad derribada por los desastres políticos.
    Esto se ve reflejado en la constatación del incremento de movimientos imbuidos por nociones iliberales en lo que respecta a las democracias contemporáneas, constituyendo un fenómeno evidente. Estás ideas encuentra sus fundamentos en las reflexiones propuestas por el escritor británico Fareed Zakaria, en su libro “The Rise of Illiberal Democracy” (1997). Dicho exponente postula la premisa de que el paradigma democrático actual ha experimentado una desestabilización, caracterizada por su fallo en abordar eficazmente problemáticas sociales de relevancia, al tiempo que otorga primacía a ideologías carentes de fundamento y que han demostrado su fracaso en la práctica.

2. El auge de las corrientes iliberales en el mundo. 

    Este debate se viene planteando hace más de 20 años con respecto a varios pensadores, sobre un supuesto auge de nuevos modelos totalitarios que pueden ser el futuro de la política internacional. El cambio de época ha llevado que el modelo tradicional democrático se fractura, llevándolo a un arriesgado modelo implícito de la democracia.
    Fareed Zakaria plantea que en los últimos años se ha dado un continuo proceso de democratización a nivel global. Cada vez hay más países democráticos, pero a su vez, también se puede observar una continua erosión en los principios que se pueden observar en una democracia liberal. Muchos gobiernos avanzan sobre los procedimientos constitucionales, con presidentes o sus representantes correspondientes que evaden sistemas de contrapeso y la división de poderes. A su vez que muchos líderes y partidos justifican lo que sea por haber ganado las elecciones.
    Lo que está en auge es una democracia iliberal, un régimen híbrido donde el autoritarismo se legitima por el uso de procesos y rituales democráticos. Este mismo autor nos da un espectro por el cual podemos basar nuestras coyunturas respecto a un gobierno de proceder “democrático”. Desde ejemplificar un iliberalismo modesto en la Argentina de los años 1989 de Carlos Menem, al extremo en la Bielorrusia de Aleksandr Lukashenko o el Kirguizstán de Sadyr Zhaparov, en la actualidad.  En el año 2003 Zakaria expande su tesis con su libro “The Future of Freedom: Illiberal Democracy”.

 “La democracia occidental sigue siendo el modelo para el resto del mundo, pero ¿Es posible que, como una supernova, en el momento de su gloria cegadora en universos remotos, la democracia occidental se esté vaciando en el centro?".    

    Según el autor, la libertad y la democracia no necesariamente van de la mano, el estado de derecho y el estado de la ley es muy anterior al modelo de democracia que conocemos actualmente. Y esta tampoco necesita de su existencia.
    La democracia es la base última, la base más desarrollada y sofisticada de un estado de derecho. Si se prioriza que exista una democracia, pero falla en los mecanismos que protegen los derechos y las libertades. Lejos de ayudar, la democracia podría ser hasta contraproducente. Esto que explica Zakaria es verdaderamente importante, porque cuando escribió el libro, debatía si había que imponer la democracia en gobiernos autocráticos. Estados gobernados por Gaddafi, Mubarak, Sadan, Al Bashir fueron derrocados violentamente por Estados Unidos y sus aliados, e impuesto una “democracia” acorde a los estamentos occidentales.
    Pero hay que demostrarse optimista con respecto a esto, porque basándose en varios estudios, el autor sugiere que el factor clave para que aparezca y se fortalezca, una democracia liberal es la prosperidad económica consiguiente a un alto PIB percápita. Un ejemplo de esto es china, que viendo el aumento de su enriquecimiento gracias a políticas liberales de apertura económica, se están comenzando a insertar las bases de una transición a un modelo más libre.

3. El pueblo contra la democracia tradicional.

    Autores como Yascha Mounk es su libro “El pueblo contra la democracia” (2018), analizan el problema de otro enfoque. Desde la disolución de la URSS, muchos politólogos asumieron que la democracia liberal entraría en una continua consolidación. “La democracia liberal como el fin de la historia, como estadio último de la evolución política” Francis Fukuyama, no se concibe en un país con una economía y con una experiencia democrática, pueda virar hacia otros sistemas tan fácilmente. Pero el trabajo de Mounk ofrecen una gran cantidad de datos que rebaten esta postura.

  Tanto en Estados Unidos como en Europa Occidental, vemos una proporción creciente de ciudadanos que tienen una opinión negativa de la democracia o no la consideran necesariamente importante.



    En los últimos 25 años se expandió rápidamente el porcentaje de personas que están abiertas a la posibilidad de un gobierno autocrático. Donde un líder fuerte no tenga que lidiar con las elecciones de un parlamento.

    Cada año en estos países aumenta el porcentaje de personas que apoyarían a una forma de gobierno militar. Y simultáneamente los jóvenes de estos países, especialmente en Suecia, se alejan cada vez más del centro político y se asocian más con movimientos de extrema izquierda o derecha.
Mounk concluye que la democracia se está desconsolidado y que las tendencias indican que nos dirigimos hacia un futuro iliberal.
    El autor ofrece varias teorías para responder el porqué de este enojo contra el sistema democrático tradicional.
    Sus investigaciones dan resultado que la opinión de los ciudadanos de a pie, prácticamente no tienen impacto en las políticas estatales. Los gobiernos sirven casi exclusivamente a elites económicas y a lobis que promulgan ideologías sin fundamento.
"Si bien es exagerado decir que el país está dirigido «por, y para, los donantes, los grupos de intereses especiales y los lobistas>>, no cabe duda de que la dirección del país requiere en buena medida de la complacencia de esos colectivos. No se considera soborno que los lobistas redacten directamente partes de la legislación del país en nombre de los representantes popularmente elegidos, ni que las compañías a las que representan envíen a esos mismos representantes generosos donativos de campaña unas pocas semanas después. Tampoco se considera constitutivo de soborno que unos diputados británicos defiendan los intereses de grandes empresas públicas cuando están en el cargo, y que luego pasen a ocupar un puesto en los consejos de administración de estas cuando se retiran del Parlamento. Se trata de un desembolso de dinero privado que beneficia a los poderosos y reorienta las políticas públicas. Así, la labor de los legisladores, presuntamente consistente en traducir las opiniones populares en políticas públicas, queda tristemente secuestrada en muy buena medida por interés intereses particularistas". El pueblo contra la democracia - Yascha Mounk (p. 104-105)

    Entonces el auge iliberal se podía explicar como una revuelta contra las elites que nos gobiernan.
Pero esto no termina ahí, el autor presenta también que el estancamiento económico y el aumento de la desigualdad también hace parte importante para el auge de la misma.
    "El efecto combinado de una desaceleración del crecimiento y una aceleración de la desigualdad ha sido un estancamiento del nivel de vida de grandes partes de la población. La tasa de crecimiento puede seguir pareciendo aceptable si se compara con la media del total de la historia humana. Pero si se compara con las décadas que marcaron el pico de la estabilidad democrática, representa una caída desastrosa".

    En el pasado existía la idea que con trabajo y esfuerzo uno podía asegurarle a sus hijos y nietos una calidad de vida óptima. Hoy se está perfilando una situación diferente y esto puede llevar a la frustración, principalmente para los jóvenes que no ven buenas proyecciones para su futuro. Esto llevaría a replantearnos el consenso socialdemócrata que sé estableció en occidente hace 30 años. “En el largo plazo todos estaremos muertos” J. M. Keynes. La clase media trabajadora, que vive fuera de las grandes ciudades, tiene razones de sobra para estar preocupada pero este sector de la población suele ser ignorado por la clase política cancerígena. Esto subestima al impacto que puede tener en el tejido social y la percepción sobre la democracia.
    Y esto pasa también en Europa con la migración, uno de los temas importantes en la actualidad. La crisis migratoria ha causado ansiedad y preocupación en un sector muy grande de la sociedad, pero la clase política en vez de atender los miedos y las preocupaciones de los ciudadanos, los tratan de criminales.

4. Conclusiones 

    La crisis de la democracia liberal y la aparición del iliberalismo, se explican como una manifestación de una crisis subyacente. La cultura occidental es el conjunto de valores e ideas que han sido la base de nuestra sociedad y que hoy están en decadencia. Mientras la posmodernidad barre lo que queda de esta cultura, otros grupos intentan tomar las riendas de una sociedad que ha perdido el rumbo. 
    Hoy en dia no logramos ponernos de acuerdo en que es una mujer o un hombre, pone en manifiesto de que culturalmente estamos empezando otra vez de cero. Y frente a una fragmentación cultural grande, la convivencia se vuelve difícil y en algunos casos violenta. Sin hablar de la fragmentación política inevitable. La democracia posmoderna, que pretende actuar de una manera reconciliadora. Termina haciendo todo lo contrario, exponiéndonos a una ruptura social más grande. 
    Si nos dirigimos a las redes sociales, que son la viva representación de esto, podemos observar que lo que predomina y es la violencia absoluta en márgenes que rozan lo irrisorio.     Los idiotas útiles, que a menudo desconocen el fundamento de los paradigmas que pregonan, suelen fungir como armas de los caudillos oligarcas que aplastan su culo en una cilla ganando millones mientras nos matamos entre sí. Porque todas las competencias del estado en la actualidad están profundamente ideologizadas, ya sea la educación o la justicia. Con el único fin de agrietar aún más la sociedad y llevarnos al conflicto tribal.

Bibliografía: 
  • Roger Kaplan, ed. Freedom around the world, 1997, Nueva York: Freedom House 1997.
  • reedom in the World: The Annual Survey of Political Rights and Civil Liberties, 1992-93, Freedom in the World, 1989-90.
  • Larry Diamond, “Democracy in Latin America”, en Tom Faren, ed., Beyond sovereignty: collectively defending democracy in a world of sovereign States. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1996, pág. 73.
  • Myron Weiner, “Empirical democratic theory”, en Myron Weiner y Ergun Ozbudun, eds. Competitive Elections in Developing Countries, Durham: Duke University Press, 1987, pág. 20. Realmente hay democracias en el Tercer Mundo que no son antiguas colonias británicas, pero la mayoría lo fueron.
  • Véase Arthur Schlesinger, New viewpoints in American History, Nueva York: Macmillan, 1922, págs. 220-240.
  • Mounk, Yascha. El Pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla. España: Editorial: PAIDÓS, 2018