XII - Bichos

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jueves, 16 de febrero de 2023

Relato XII - Bichos


       Imagen generada por una inteligencia artificial. (DALL-E2)

    Llevaba algunos minutos sentado en el coche, había llegado primero que todos y se tomó la molestia de aparcar el coche en un lugar seguro. No pensaba en mucho, salvo el intrínseco misterio que le provocaba aquel monte, denso, tupido, con árboles altos. Más de tres metros tenían seguramente.
    Observaba un tanto perturbado, desde el parabrisas delantero de su auto, no sabía que era. Pero algo lo llamaba desde esa gran inmensidad, profunda y oscura. Y en ocasiones retumbaba en su cabeza, en ese momento mezclados con los latidos acelerados, provocando un grave sonido interno. Si, lo sentía, sentía como cientos o tal vez miles de tambores retumbaban llamándolo poco a poco, a perderse por el camino hacia la cueva. Algo lo llamaba y no sabía por qué o para qué. Era algo grande, algo superior a todo, si, era eso que sentía en ese exacto momento.
    De pronto volvió en sí, de pronto volvió a recordar porque estaba ahí. Sucede que, con un grupo de amigos del trabajo, de la oficina en la que ejercía como administrativo. Tomaron la decisión de hacer una travesía por la gruta ese mismo fin de semana. Solían hacer actividades juntos, para estrechar los lazos laborales, eso era lo que decía su jefe. No le molestaba en lo más mínimo, pero a veces era en demasía quisquilloso.
    En esta ocasión decidieron realizar una misteriosa gruta que llevaba a una cueva llamada “el agujero de las ánimas” por los lugareños. Era muy reconocida por aquel entonces, ya que llevaban cientos de años existiendo y para los más aventureros era una actividad divertida que solo algunos pocos se animaban. Porque corrían algunas historias sobre ella.
Muchos cuentos que databan de las épocas indígenas, eran historias para asustar a los acobardados. Se contaban de seres extraños que salían de aquella cueva, de bichos de otro mundo. Gruñidos que hasta los animales de la zona huían despavoridos. Pero eran solo supersticiones locales, así lo veía.
    Puntual como siempre, llegó primero que los demás del grupo, ni el extraño guía se veía por ninguna parte. Un sujeto singular, alto, calvo y extremadamente pálido. El mismo, quien le había vendido el viaje a la gruta, prometiendo que sería una actividad que los dejará marcados para siempre. Cuánta razón tenía.
    Y vaya que sí lo parecía, si uno lo pensaba muy bien, quiero decir desde un punto de vista más razonable, tal vez no hubiera sido una muy buena idea al final. Pero ya estaba ahí, marcha a tras, no se podía dar, quedaría como el cobarde de la oficina y si seguía esperando se lo tragaría la noche.
    Lentamente, se bajó del auto y se dirigió a la cajuela, bajo una vieja mochila de campamento. No era de despegarse de ella en actividades como esta, ya que tenía todo para sobrevivir en condiciones de vida o muerte. No era pesimista ni mucho menos, pero siempre era bueno estar precavido, uno no sabe lo que puede pasar.
    Desde que se enteró, hace ya algunos años del desaparecimiento misterioso de varios campistas. Cada vez que iba por esos lugares a acampar o de lo que sea, se tomaba su tiempo para organizar lo necesario. Cuerdas largas y gruesas, lo suficientemente buenas para lograr hacer una tienda de campaña improvisada. Pedernal para el fuego y un buen cuchillo de cacería, además de algunas tanzas para pescar con anzuelo por si la situación lo permitía. Una linterna con pilas de repuesto y por supuesto, lo más importante, un excedente de ropa seca dentro de un aislante térmico. Por supuesto, nadie quisiera estar mojado y cansado en un lugar como este.
    Este era todo el equipo que necesitaba como emergencia, pero claro, esperaba no tener que usar nada de lo que tenía. Deseaba con todo su espíritu estar en su casa antes de anochecer, habría que estar un tanto loco para meterse por la noche a estas grutas. Sin luz, ni puntos que sirvieran de guía, solo un monte muy espeso. Decidió sentarse cerca del auto un rato más, a esperar a los demás. Quién sabe cuánto podría tardar en llegar. Saco de uno de los bolsillos de la mochila unas gominolas para masticar mientras seguía pensando en esa gruta.
    En eso se fueron cinco, diez, hasta quince minutos y nada de los demás. Pensó que seguramente le deberían de estar jugando alguna clase de broma, no puede ser que marquen de hacer algo y no vengan. O quizás ya estaban en la gruta, sí, seguramente era eso. Estos idiotas seguramente estaban en la gruta riéndose de él, mientras como payaso, sentado ahí esperando. Si seguía ahí, tal vez en algunos minutos más, estarían de regreso burlándose de su cara. Sin poder ver la tal cueva. Qué estúpido se sentiría, diablos, un completo estúpido. Se levantó abruptamente y observó a su alrededor, última oportunidad que se les daba. No sería el maldito, hazme reír de la oficina, lanzó las gominolas que le quedaban en la boca con fuerza y cargó la mochila al hombro. Se enganchó los ajustes del pecho para no ir flojo y emprendió camino hacia la espesa gruta. Esperaba ganarle a la noche por lo que no le interesaba perder ni un minuto más, sabía que debía de seguir el estrecho sendero de tierra hasta un gran sauce y luego continuar hacia su izquierda que lo llevaría directo a la entrada de la cueva. Aunque nunca había hecho el camino, sí que lo había escuchado cientos de veces de amigos y familiares. Por lo que estaba bien familiarizado con el trayecto, algo imposible de perderse. Era solo seguir las indicaciones que tanto había escuchado, nada de otro mundo. No existían mapas, esa era la gracia de realizar la travesía, o lo hacías acompañado con alguien que sepa el camino o lo seguías con tus propios medios.
    Los primeros pasos fueron acompañados por un frío y extraño cambio de temperatura, el monte le estaba entregando un claro mensaje de bienvenida. Pero de todas formas decidió continuar por el estrecho sendero de tierra que se adentraba lentamente a un abismo de color verde. Mientras seguía firme con sus pasos, no dudaba de retroceder jamás. Camino por veinte largos minutos sin encontrar el supuesto sauce, paraba a cada tanto para intentar ubicarse, pero sin ningún fruto. Si que era espeso y la impresión de que a uno lo observaban en cada instante le provocaba un nerviosismo que hacía acelerar el paso cada vez más.
No llegaba nunca al maldito sauce, cada vez que se adentraba más y más, el sendero se volvía más y más angosto, provocando una desesperación aún peor. Las ramas de los árboles de a poco le comenzaban a rasguñar la ropa, tenía la sensación que cientos de manos lo intentaban arañar decididamente con la misión de arrancarle alguna de sus prendas y esto lo volvía paranoico en demasía. Su respiración se volvió caótica al volver a tener esa sensación de ser observado y que esta vez lo seguía aún más cerca. Comenzó a correr golpeándose contra las ramas, sin rumbo fijo. El camino había desaparecido un par de metros atrás y no veía al sauce por ninguna parte.
    Corrió lo más rápido que pudo intentando escapar de esa sensación que lo perseguía, se negaba a observar hacia atrás, no estaba dispuesto a morir en ese momento y lugar. Intentó descender rápidamente una pequeña cornisa cuando tropezó con una de las raíces que brotaban del suelo, provocando que rodará golpeándose la cabeza con las rocas afiladas, perdiendo el conocimiento.Al cabo de un rato se despertó, se había desmayado y lo peor de todo. Ya era de noche, no lograba ver nada, escudriño dentro de la mochila sacando su linterna, colocó las baterías y la encendió llevando una abrupta sorpresa. Era el sauce, aquella cosa gigante en frente suya le provocó varias sensaciones, algo de alegría por encontrarlo por fin y algo de miedo porque le había venido lo que menos quería, la noche.
Se recompuso, guardó el resto de sus cosas y decidió continuar. El plan ahora era refugiarse en la cueva, al menos ahí tendría un techo, podría preparar un fuego y quizás protegerse por esa noche hasta la mañana siguiente. Los animales ya estaban inquietos ante su presencia, lograba escuchar cientos de alimañas distintas que ya estaban alertados. Giro hacia la izquierda y continuó su rumbo hacia la cueva, camino unos cuantos minutos más, su noción del tiempo ya se veía afectada por un incrementado sentido de protección ante lo que hubiese ahí afuera.
    Para su sorpresa se deparó repentinamente con el enorme agujero que yacía sobre el cerro, había llegado al famoso “agujero de las ánimas”. Tan pronto como entró, sacó de su mochila el pedernal e intentó hacer un fuego para calentarse. Recordaba que la regla número uno de la supervivencia es el fuego, para espantar a los animales y calentarse, luego preparar algo para comer y por último construir un refugio. Parecía tan simple, pero no fue hasta que escuchó como algo desde lo más profundo de aquel agujero se movía violentamente, esto le provocó que se llevará un gran susto. Apuntó su linterna hacia dentro y no logró observar nada, pues la luz que emite no era lo suficientemente fuerte como para pasar de algunos metros nada más debido a la densidad del aire.
    Esto lo preocupó aún más, ya que debía de adentrarse a ver que era y si cabía la posibilidad de que fuera un animal, intentar ahuyentarlo para que no lo molestara. Volvió a poner las cosas en la mochila, dejaría el fuego para más tarde, primero lo primero. Tomó coraje y empezó a caminar, dando pasos lentos, no vaya a ser que lo que fuese que estuviera ahí intentará atacar. Por cada metro que caminaba observaba en todos los rincones de la cueva, se cercioraba que no hubiese nada y seguía así su camino, en algún momento se iba a deparar con algo, eso lo tenía seguro. Mientras se acercaba más al misterioso sonido, la luz de su linterna comenzaba a fallar como si fuera a propósito, para arruinar aún más su día. Cada vez más suave se volvía esa luz dejándolo completamente a oscuras, sintió que el piso se volvía resbaladizo. Y en medio de la profunda oscuridad, algo muy grande lo embistió con fuerza, provocando que cayera rodando por una caída de unos cuantos metros y no lograba ver. Intentaba una y otra vez sujetarse de las rocas que sentía en el camino, sin lograrlo, todo lo que tocaba tenía una consistencia lodosa que no le permite aferrarse con fuerza. Rodó hasta dar con fuerza contra un piso de piedra, sintió como una de sus costillas se rompía tan fácil como un hueso de pollo, era suelo más rugoso y muy firme, permitiéndole pararse con mayor dificultad. Estaba tan oscuro y frío, con una humedad que se sentía en el aire, costaba respirar provocando una fuerte tos que retumbaba en la bóveda de la cueva. Caminó unos pasos y sintió que un pie chocaba con algo cilíndrico, se agachó tanteando y para su fortuna era la linterna. Quito la tapa trasera, cambió una de las pilas por una que guardaba en la mochila y logró encenderla nuevamente. Deparándose con algo que no esperaba para nada, eran estatuas, si varias estatuas ordenadas con una extraña jerarquía. Miró, a su alrededor, las paredes eran de piedra tallada y el piso también. Imposible, era una habitación en medio de una cueva, no, era algo más que una simple habitación. En el centro de la misma yacía un altar también de la misma piedra. Esto era un templo, o alguna clase de centro ceremonial para adoración. Se acercó a una de las estatuillas a observar de qué se trataba todo esto, era la representación de un bestia humanoide sin rostro con cuatro extremidades similar a una araña. Y es su base, con unas letras ya desgastadas por los años, se lograba leer la frase, “YAARTHEP”.
    No recordaba haber escuchado ese nombre por ninguna parte, era extraño. A qué seres podrían estar adorando, se preguntaba una y otra vez. Se acercó a todas las estatuillas, todas eran representaciones de entes de lo más diversas y creativas formas. Algunas con tentáculos, otras con cientos de ojos, bocas y garras de todo tipo, alas y cabezas. Eran representaciones de seres tan diversos, casi provenientes de alguna de esas películas de ciencia ficción ochenteras. Intentaba deducir una y otra vez que hacían estas cosas ahí, para que el altar o las estatuillas.
    Decidió echar otro vistazo a su alrededor, tal vez podría encontrar alguna salida de este agujero. Se deparó que alrededor de este pintoresco templo había cientos de pequeños seres similares a escarabajos petrificados. Tomo uno para observar con mayor precisión, parecían rocas talladas a mano y muy antiguas. Estaban por todas partes, en el techo y en el piso, colocados en pequeños orificios como madrigueras, dando la impresión de ser los protectores del templo, pero eran solo rocas, o eso era lo que creía. Sentía una leve sensación de que no debía de jugar con esas cosas, pero a la vez sentía curiosidad de encontrarle un significado a todo lo que le estaba pasando. Que hacía un templo ahí, dentro de una cueva, era todo misterioso para él, quizás lo mejor que podía hacer en ese momento sería buscar una salida pronto. Pero lo que más le provocaba interés eran esas estatuillas, volvió a observarlas, algunas muy dañadas por los años, eran irreconocibles. Ni nombres, ni sentido alguno tenían, tomó cada una de ellas con las manos, eran como de una piedra caliza tallada completamente a mano, no era nada industrial, llevaba mucho tiempo en ese lugar húmedo. Figuras únicas, tal vez tenía valor, si seguro que sí. Abrió su mochila y guardó una de ellas enrollada en algunas prendas que traía, quizás sepa algo más de ella, o quizás alguien sepa algo de ellas.
    De repente comenzó a escuchar un leve zumbido, había comenzado por su espalda, luego se trasladó al piso y posteriormente al techo. Estaba por todas partes, era un zumbido de insecto, quizás había algún panal de avispas, lo que sería muy desafortunado de su parte. Intentó enfocar con su linterna para localizar qué era y se llevó una espeluznante sorpresa. Aquellos pequeños escarabajos de piedra se estaban moviendo, volvió a tomar uno con la mano y noto como se movía como queriendo escapar de un caparazón muy denso. De repente, aquel escarabajo de piedra se desintegraba dando a conocer un pequeño artrópodo negro, que automáticamente mordió su palma. Provocando un doloroso quejido que hizo que lanzara el pequeño lo más lejos posible, tomó su mano y la apretó con fuerza, era un dolor extremadamente agudo. Le había arrancado un pedazo de carne y sangraba sin parar.
    Cuando volvió en sí, observó que todas aquellas pequeñas cavidades estaban llenas de estos aterradores bichos. Dio algunos pasos hacia atrás de la sorpresa, atónito mientras aquellas alimañas avanzaban hacia él. Retrocedió unos cuantos pasos más, agarró su linterna y pronto comenzó a escalar la entrada por donde había caído lo más rápido que podía.
    Desesperado se cortaba los dedos intentando aferrarse a las rocas y a la gravilla que le impedían subir, mientras aquellas alimañas continuaban dirigiéndose hacia su dirección. De pronto sintió el mismo agudo dolor, pero esta vez en el tobillo, habían llegado hacía él y de a poco subían por su pierna arrancando trozos de carne en su camino. Enganchándose firmemente a su piel, subieron por su pierna, luego por su ingle, torso y garganta, estaba cubierto por ellas. Era una tortura, bañado en sangre, gritaba si poder moverse, aquellos escarabajos extraños lo estaban devorando vivo. Despedazando poco a poco, devorando su cuerpo mientras seguía vivo.
    De pronto no sentía más dolor, todo estaba tranquilo, no escuchaba más a aquellas pequeñas bestias, no las veía. Todo había pasado, por fin entendió su grave error, no debería haber robado aquella extraña estatuilla.

G. Zaballa