Relato XLIX - Fecha de vencimiento.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Relato XLIX - Fecha de vencimiento.


(imagen generada por ia, gemini)

Fecha de vencimiento.

    La primera que lo notó fue Martita, cuando la cuchara que sostenía se le cayó una vez más. No temblaba; simplemente ella no llegaba. La mano no respondía, como si el impulso viniera de un lugar más lejano. —Estoy cansada— fue lo único que logró decir. Todos asintieron al unísono. Era Navidad; el cansancio se transformó en parte del decorado, como aquel arbolito torcido o el mantel heredado de la abuela, con manchas que nadie quería saber su origen.
    Después fue el tío Ricardo. Se quedó mirando el pavo sin lograr reconocerlo. Sabía lo que era, sabía cómo cortarlo y hasta cómo llevarlo a su boca, pero el nombre no salía. La palabra se había evaporado, como si se tratase de un mueble sacado de la casa por la noche.
    Los niños seguían jugando en el suelo. El más pequeño logró armar una ciudad con cajas de regalo. El más grande canturreaba un villancico deforme, sin letra clara, pero afinado. Demasiado para su edad.
    Al llegar a las once, la casa empezó a oler de forma distinta. No era a comida; era a humedad vieja. A un cuarto cerrado durante décadas. Nadie se molestó en abrir alguna ventana. El frío afuera era algo denso, respirando pegado al vidrio.
    La enfermedad no provocaba dolor. Eso fue lo peor. Ni gritos, ni fiebre, ni sangre. Era una resta lenta, quitándole las capacidades, apagando funciones cuál luces en una casa abandonada. Caminar requería alguna clase de concentración; hablar exigía más esfuerzo. Recordar se volvió una tarea pesada, casi indecente.
    —¿Te acordás…? —empezó a decir Martita, y se detuvo. Y no recordaba nada…
    Los niños no mostraron ninguna capacidad alterada; seguían en su mundo. No tenían síntomas. El mayor pidió abrir otro de sus regalos.
    —Uno más, por favor…
    Nadie discutió. La autoridad se había ido.
    Cuando el reloj marcó la medianoche, ocurrió… Cada uno de los adultos recordó al mismo tiempo. Escenas distintas, pero únicas en su estructura: una infancia pobre, una noche de Navidad, un deseo formulado con una fe obscena. “Cuando sea grande, me voy a ir…” “Cuando sea grande, no voy a tener miedo a…” “Cuando sea grande, esto se termina…”
    Ricardo cayó de rodillas al piso. Sus piernas dejaron de responder. Martita perdió el habla. Pero no la voz; el sentido de las palabras.
    Los niños observaron sin entender lo que pasaba. No con miedo. Con una atención como quien aprende algo nuevo. El más chico preguntó:
    —¿Ahora nos toca a nosotros?
    Nadie logró responder… La cosa no reclamaba a los niños. Aún no. Los niños eran para después, un capital a futuro.
    Al amanecer, tres de los adultos aún seguían vivos. Respirando con dificultad. Sentados, quietos, vacíos. Esperando su turno. El resto… con la cabeza sobre sus platos, ahogados en sangre…
    Los niños, ahora dormidos en la sala, junto al arbolito de Navidad…

G. Zaballa

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