Relato XLVI - Por la sangre pagan
Por la sangre pagan.
Aquella aula… la 3B olía a lejía y miedo. Esa clase de miedo que me hicieron pasar todo este tiempo. Los casilleros aún estaban abiertos y los libros dispersos en el suelo. Una mochila rota colgada en una de las puertas. Afuera… comenzaban a sonar las sirenas de la policía, como si quisieran despertar de alguna forma a los muertos. El caño de mi escopeta aún estaba caliente y humeando, como si se tratara de un dragón exhalando fuego. Le había disparado a cada uno de aquellos desgraciados… y a la señorita Martínez, aquella perra que dejó que se rieran una y otra vez de mí.
En aquel momento, jadeando, no me quedó otra que sentarme sobre un pupitre en el fondo, en donde siempre me empujaban. Aquel donde siempre escuchaba las risas ahogadas en sus propias salivas, cada que aquella maldita salía del salón. Tenía la escopeta apoyada sobre el cuaderno de matemáticas y no me temblaba la mano. Por un momento en mi vida me sentía libre… satisfecho, de callar aquellas voces.
No iba a hacerlo hoy… pero después del globo con excremento de perro y otras porquerías que me lanzaron ayer… decidí adelantarlo.
La sangre de David, el desgraciado capitán del equipo, goteaba de la mesa de al lado… era un regadero sin fin de los cuerpos de mis compañeros…
Se lo tenían merecido… desde hace una semana, en el vestuario… sí, aún recuerdo el olor a humedad… y los globos… pero aún más, las burlas sobre mi ropa interior, aquel maldito teléfono grabando… esa misma noche, el video recorrió todos los grupos de clase… casi doscientas risas digitales, ninguna palabra que reverberara alguna clase de apoyo.
Pasé noches sin dormir… no pensé en venganza en ese momento… pensé en que la tierra me tragara… pero cuando mi madre me abrazó sin decirme nada, sentí que desaparecer no bastaba… quería el silencio… quería cerrarle la boca a todos aquellos que hablaban de mí.
Tomé la escopeta de caza de mi padre… el primer disparo fue limpio… el sonido me dejó sordo por unos segundos… luego el mundo se volvió simple entre ruidos, gritos y olor a pólvora… un cuerpo caía… otro intentaba escapar… el reloj marcó las 10 hs. cuando todos se callaron…
Por fin tenía el silencio que quería…
G. Zaballa

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