Relato L - El silbador
El silbador
Aquella mañana, el pueblo se sumergió en su tranquilidad habitual. En el gran depósito de aguas reposaban algunas letras borradas con el tiempo: “Bienvenidos a Dry Creek”. Ese era el nombre del pueblo, pero nadie recordaba el porqué. Ya no había agua, ni siquiera fe, ni mucho menos alguna clase de futuro.
El banco acababa de abrir, como siempre lo hacía, con su campana oxidada y sus falsas promesas de seguridad. Nadie sabía que era su último día.
Él observaba desde el otro lado de la calle, apoyado contra un poste algo torcido, con su viejo sombrero que le cubría media cara. Una Colt .45 descansaba sobre su cintura. Afinaba el aire con una clase de silbido bajo, quizás coreando alguna música que había escuchado la noche anterior. No era nerviosismo por lo que pensaba hacer: siempre silbaba antes de cruzar algún límite.
Juró no volver a hacerlo desde el último golpe, después de que la sangre corrió, después de verla morir entre sus brazos por una bala que llevaba su nombre.
Desde entonces, prometió desaparecer, dejar ese mundo perdido y buscarse alguna parcela de campo que trabajar.
Pero las promesas no sobreviven al recuerdo…
—Jesús —dijo—. Será mejor que bendigas a estas malditas manos, porque tienen mente propia.
Dentro de aquel banco, el dinero lo esperaba ordenado, limpio, ajeno a todo el dolor que había costado reunirlo nuevamente. Afuera, el mundo parecía ser una herida abierta que aún sangraba a chorros. El peso de los kilómetros recorridos, de las noches sin sueño. Que tal vez hoy podría comprar silencio, olvido y, sobre todo, una vida distinta.
—El diablo me susurra al oído —murmuró al viento—. Es hora de subir el telón.
Cruzó la calle sin apuro en sus pasos. Cada segundo era una confesión de sus actos. Cada nota de su silbido sonaba como una advertencia al viento. Algunos a su alrededor lograron reconocerlo, pero solo bajaron la mirada. Nadie quería ser testigo de otro tiroteo.
Empujó con fuerza la puerta…
Sonó la campana…
El silbido fue frágil, como un vidrio a punto de romperse…
Adentro, solo tres empleados y algún que otro cliente. El viejo guardia, con manos temblorosas, no logró responder a tiempo. Todos levantaron la mirada; todos entendieron qué sucedía. No por el arma, sino por el silbido.
—Esto no es personal —dijo.
Nunca lo fue…
Sacó su pistola… y disparó…
El tiempo comenzó a doblarse.
Afuera, el sol seguía brillando como siempre lo había hecho, fingiendo que nada pasó.
G. Zaballa
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