domingo, 16 de agosto de 2026

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Relato LII - Una dimensión desconocida



Una dimensión desconocida

La regla más importante que todo aquel que recorre la ruta 90 debía tener, era la de no detenerse después de las dos de la madrugada. Aunque nadie con exactitud podía explicar quién estableció esa regla. Nadie se atrevía a romperla.
Algunos decían que esto venía de hace tiempo, de la gente que trabajaba noches enteras en velo, recorriendo el norte del departamento de Paysandú. Mientras otros aseguraban que fue por causa de una serie de desapariciones allá por los años 90.
Con el tiempo, como sucede con toda superstición que sobrevive en los pueblos pequeños. Se transforma en una mezcla de folklore y amenaza a quien incumpla las leyes naturales del universo.
Hasta que le toca vivirla a algún incrédulo con su familia.
Yo no conocía aquellas reglas hasta que emprendí mi viaje a Guichón. Salí tarde, mucho después de lo que tenía pensado. Calculaba llegar antes del amanecer. La noche parecía húmeda y firme, aunque no lo suficiente para justificar una niebla que empezaba a extenderse sobre el campo. No era demasiado común; parecía algo baja, demasiado inmóvil, permaneciendo detenida a unos centímetros del suelo. Mientras el automóvil avanzaba, el parabrisas se cubría constantemente con pequeñas gotas. El limpiaparabrisas las apartaba dando movimientos monótonos que terminaban adormecidos. Casi no había tránsito aquella noche; difícilmente se asomaban algunas luces a la lejanía. Eran largos los intervalos en los que no se encontraba otra cosa que vacío y un campo oscuro a donde se mirara.
Recuerdo pensar que aquella parte de Uruguay poseía alguna clase de silencio que no existía en otro lugar, algo profundo y antiguo.
A las 3:17 de la madrugada, el reloj del tablero se apagó. No reinició ni tampoco mostró algún fallo. La pantalla quedó en negro, como si la corriente desapareciera únicamente en ese pequeño aparato. Miré entonces a mi teléfono y descubrí que tampoco tenía señal. La batería indicaba algo de setenta por ciento, pero la hora había desaparecido y durante algunos segundos la pantalla mostraba únicamente un fondo negro.
En el instante pensé que se trataba de alguna clase de interferencia. Encendí la radio esperando que algo de ruido ocupara el silencio de aquella noche. Escuché varias estaciones entrecortadas, hasta que una voz apareció de repente. Clara, nítida, limpia entre un océano de estática.
—Mantenga la misma velocidad.
Decidí subir el volumen creyendo que había encontrado alguna clase de transmisión de emergencia. Pero antes que pudiera escuchar otra cosa, la voz volvió a hablar con un tono casi inexpresivo.
—No mire hacia los costados de la ruta.
Parecía comprender en qué situación me encontraba, pero no duró más que algunos segundos hasta que se cortó del todo. Permanecí varios segundos mirando a la radio, esperando que hubiese otra respuesta. Finalmente, solté una breve risa, más de nerviosismo que de diversión. Atribuyendo aquello a alguna transmisión local que se había colado hasta la cabina de mi automóvil. Fue entonces cuando a la lejanía percibí algunas luces, a la izquierda de la carretera. Más allá del alambrado que separaba la ruta de los campos de alrededor. Parecían cuatro luces perfectamente en formación, dos blancas y dos amarillas. Pero algo me inquietaba aún más: no parecían venir de ninguna clase de vehículo.
Permanecían inmóviles y suspendidas aproximadamente a un metro o quizás más del suelo. Y lo más extraño de todo es que no iluminaban nada a su alrededor.
No proyectaban ninguna clase de sombra ni reflejo, tampoco producían ninguna clase de sonido.
Reduje la velocidad intentando darme el tiempo para observar por varios segundos. Cuando finalmente desaparecieron, no lo hicieron como algún farol alejado en la distancia, ni como una luz que se apaga. Simplemente dejaron de existir, como si algo o alguien hubiera borrado cuatro puntos luminosos en un fondo oscuro con su goma.
Continué conduciendo, no encontraba ninguna explicación razonable a todo aquello y, por qué detenerme a averiguar qué eran en medio de una ruta desolada, parecía todavía aún más absurdo. Durante varios kilómetros fui intentando convencerme de que había visto alguna maquinaria agrícola trabajando a la distancia. Sin embargo, cada explicación que daba a mi inconsciente se desmoronaba en segundos cuando volvía a recordar la forma en que aquellas luces habían desaparecido. Unos diez minutos después me topé con una estación de servicio que no figuraba en ninguno de mis recuerdos de la carretera. El cartel superior indicaba simplemente “Estación 37”, aunque lo más curioso era la estructura que lo acompañaba. Un edificio que no parecía ser de esta época, con paredes de un ladrillo oscuro, ventanas pequeñas y una iluminación blanca que parecía tener tonalidades azuladas. No se encontraban otros vehículos, ni empleados a simple vista en los surtidores y, sin embargo, la tienda estaba abierta. Me detuve porque necesitaba combustible y porque la necesidad de encontrar un teléfono comenzaba a superar el miedo que me provocó la aparición de las luces.
Dentro de la estación encontré un único hombre detrás del mostrador. No parecía viejo, sino simplemente gastado, como si hubiera vivido demasiado tiempo sin dormir.
Con la piel pálida, los labios secos y una mirada fija que no expresaba sorpresa al verme. Intenté preguntarle si la estación estaba abierta, pero no recibí respuesta alguna. Miró al reloj que llevaba en la muñeca, volvió a dirigirme la mirada y volvió a posar sus ojos sobre el reloj con una lentitud incómoda.
—Usted no debería haberse detenido —dijo finalmente.
Le comenté que necesitaba combustible y pregunté por un teléfono que pudiera usar. El hombre solo negó con la cabeza, como si mis preguntas carecieran de alguna clase de sentido.
—¿Cuánto falta para Guichón?
Esta vez me miró a los ojos fijamente.
—Depende de cuál.
No entendí su respuesta. Pensé que me estaba haciendo alguna clase de broma.
—¿Cómo que cuál?
El hombre sonrió.
—La ruta.
Aquel sujeto digitó algunos números en su máquina y me entregó una factura.
—El tanque está lleno. Buen viaje.
Miré hacia el auto, le devolví la mirada. Miré luego la factura y pagué casi en automático.
—Gracias —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca.
Salí de la estación sin discutir y regresé al auto. Cuando encendí el motor, me di cuenta de que el tanque estaba prácticamente lleno. Recordaba haber salido de la ciudad con el tanque a la vista y que, antes de detener la marcha, el tanque estaba a un cuarto. Supuse que algún otro funcionario de la estación había cargado combustible mientras me encontraba adentro. Guardé la factura en la guantera, puse primera y abandoné la estación. Antes de perderla de vista, miré por el espejo retrovisor y me percaté de que había varias personas dentro de la estación.
No sé de dónde salieron al menos diez figuras o quizás más. Todos inmóviles detrás de los cristales, observando el automóvil con una atención casi enfermiza. Uno de ellos apoyó lentamente la palma contra la ventana. Cuando volví a mirar hacia atrás, la estación ya se había esfumado.
No lo perdí en la distancia, simplemente dejó de existir.
La carretera continuó extendiéndose delante de mí y el campo se veía exactamente igual que antes, pero detrás del automóvil no existía ninguna construcción. Ni siquiera aparecía la entrada que usé para salir. Sentí entonces una inquietud que no podía adjudicarle al cansancio. Aumenté la velocidad y traté de centrarme únicamente en la carretera. Unos minutos más, me deparé con un cartel: “Guichón —16 km”. Me hizo sentirme más tranquilo; pensé que todo esto no era más que una sucesión de coincidencias causadas por el cansancio y el sueño. Continué conduciendo por varios minutos más, a la lejanía observé otro cartel. Creía que la distancia ahora sería de 5 km o quizás dándome la bienvenida. Pero para mi sorpresa, era exactamente el mismo cartel: “Guichón —16 km”.
Debería ser alguna clase de broma. Diez minutos después, el mismo cartel: “Guichón —16 km”. Revisé el odómetro y comprobé algo todavía más inquietante: la cifra no cambió desde que había abandonado la estación. El motor funcionaba, el velocímetro marcaba ciento diez kilómetros por hora, las ruedas giraban y la carretera se desplazaba bajo el automóvil, pero el contador no avanzaba.
Fue entonces cuando me topé con un hombre caminando por el borde de la ruta en la misma dirección que yo. Vestía un abrigo oscuro y no llevaba ninguna linterna. Caminaba a su tiempo, como quien no se sintiera preocupado de estar en medio de la ruta, en plena madrugada. Reduje la velocidad y, cuando estuve lo suficientemente cerca de él, bajé la ventanilla. El hombre se volvió hacia mí y se inclinó ligeramente para mirar dentro del automóvil. No lo reconocí inmediatamente por el rostro, sino por la sensación. Como si comprendiera algo mucho antes de mirarlo. Observé la cicatriz sobre su ceja derecha, la misma que yo tenía desde los diecisiete años, la misma camisa que llevaba puesta y el mismo reloj en la muñeca. Cuando finalmente miré su rostro, descubrí que era el mío.
No era un parecido, era exactamente yo.
Aquel sujeto tenía exactamente mis rasgos, mis manos, mi postura y hasta la misma pequeña marca del cuello. La única diferencia eran los ojos… Completamente oscuros, sin iris ni pupila. Retrocedí por instinto, pero el hombre ya se había agarrado al borde de la puerta.
—No sigas…
Aceleré lo más rápido que pude.
Sentí que sus manos se arrastraban por la carrocería, seguido de un golpe seco cuando su cuerpo cayó sobre la carretera. No quise mirar hacia atrás. Continué a toda velocidad, intentando engañarme de que todo aquello era alguna clase de alucinación provocada por el cansancio. Durante unos cuantos kilómetros, todo volvía lentamente a aquella normalidad. Incluso comenzó a aparecer un leve resplandor en el horizonte; al parecer, el amanecer estaba acercándose, y por primera vez pensé que había logrado salir de aquella anomalía.
Aquel cartel que se repetía una y otra vez, por fin, desapareció de mi vista. Y después de unos minutos, finalmente aparecieron las primeras luces del pueblo, débiles y amarillentas. Extendiéndose entre una línea de árboles.
Inmediatamente no sentí alivio, aún sentía algo extraño en aquella llegada. Como si estuviera esperando horas, al verlo, no podía convencerme de que de verdad me encontraba allí. Las calles estaban casi vacías; algunas persianas aún permanecían cerradas, pero todavía pequeños grupos de personas empezaban a moverse por aquellas calles. Detuve el automóvil frente a una cafetería que tenía un cartel viejo sobre la entrada y, antes de apagar el motor, miré el reloj del tablero. Marcaba las 3:17 de la madrugada. Se detuvo en el tiempo, lo observé durante unos segundos esperando que cambiara, pero se mantenía inmóvil.
Entonces saqué el teléfono del bolsillo y comprobé que tampoco tenía hora, pero esta vez sí se mantenía con señal. Entré en la cafetería porque necesitaba hablar con alguien, con cualquier persona, aunque solamente fuera para escuchar una voz humana que pudiera decirme que todo aquello ya pasó y era producto del sueño.
Tres personas sentadas en una mesa junto a la ventana y un hombre detrás del mostrador que limpiaba una taza.
El hombre del mostrador dejó la taza sobre la madera y permaneció observándome sin decir nada. Me acerqué lentamente y pedí un café, procurando que mi voz no revelara el estado en que me encontraba. Él asintió, tomó una taza y comenzó a prepararlo, pero antes de servírmelo le pregunté si nos encontrábamos realmente en Guichón. El hombre dejó de moverse. Durante unos segundos miró hacia la ventana y después volvió a mirarme a mí, como si aquella pregunta hubiese confirmado algo que llevaba tiempo esperando.
—Sí —respondió—, claro que estamos.
Entonces le expliqué lo ocurrido: le conté sobre la estación, las luces en el campo, los carteles. Absolutamente todo, desde que entré a la ruta 90 hasta llegar a aquel lugar. Cuando terminé, esperaba alguna explicación racional, una risa, pero el hombre solamente echó la mirada hacia mis manos.
—¿En qué año están afuera?
—¿Afuera? —no lograba entender nada.
Creí que se trataba de alguna broma pesada, le dije el año y el hombre permaneció inmóvil. Una de las mujeres que estaba sentada junto a la ventana comenzó a llorar en silencio. No apartaba los ojos de mí. El hombre dejó finalmente el café sobre el mostrador y me preguntó por la fecha exacta. Se la dije…
Entonces sacó de debajo del mostrador un periódico doblado, amarillento, tan viejo que parecía estar ahí durante décadas.
Era una fotografía pequeña, tomada de noche, en la que aparecía un automóvil detenido junto al borde de la ruta 90. La imagen estaba demasiado deteriorada, pero pude reconocer el modelo del vehículo. Era el mío. Debajo había un titular que hablaba de una desaparición ocurrida en la ruta durante la madrugada y mencionaba a un hombre que había salido rumbo a Guichón y jamás había llegado. Leí el nombre una vez. Después, otra. Sentí que algo dentro de mi cabeza se desprendía lentamente, porque aquel nombre era el mío.
—Esto tiene que ser imposible…
El hombre no respondió, me trajo más; eran quizás 20 más. Todas las desapariciones ocurridas en la ruta 90. Sentí que el estómago me daba vueltas. Le dije que eso era imposible, que acababa de llegar. Él me respondió que todas las personas que se encontraban en el pueblo habían quedado atrapadas en una especie de plano.
Sobre el vidrio había un pequeño reloj digital que no había visto al entrar. Marcaba las 3:17. Entonces comprendí que algo estaba mal, pero todavía no sabía qué. Me levanté de la silla y miré hacia la calle. Varios automóviles estacionados frente a la cafetería, aunque ninguno parecía tener conductor. Las luces de todos estaban encendidas y apuntaban hacia la entrada del local. Una de las mujeres se acercó a la ventana y cerró la cortina. El hombre detrás del mostrador me pidió que no saliera.
—Todavía no salgas.
—¿Todavía no qué?
El hombre detrás del mostrador se acercó lentamente y cerró con llave la puerta de la cafetería.
—No mire demasiado tiempo —me dijo—. Si ellos se enteran de que usted intentó huir, van a venir.
—¿Quiénes?
El hombre me miró con una expresión que por primera vez parecía contener miedo.
—Aquellos de la estación —dijo—, tú los viste, todos los hemos visto.
Entonces escuchamos tres golpes contra la puerta de entrada. Todos dentro de la cafetería quedaron inmóviles. El hombre detrás del mostrador comenzó a retroceder mientras yo permanecía mirando hacia la puerta. En el vidrio aparecieron lentamente palmas apoyadas desde afuera. Seguida por otra… y otra…
Decenas de manos comenzaron a cubrir la entrada.
Y entonces escuché mi propia voz del otro lado.
—No sigas.
Me quedé paralizado.
Retrocedí lentamente hasta chocar contra una mesa. El hombre detrás del mostrador me observaba con los ojos llenos de lástima.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Él no contestó.
—¿Cuánto tiempo?
Finalmente, bajó la cabeza.
—Treinta años.
Intenté reírme, pero no salía nada. Entonces comprendí todo lo que pasaba, porque el tanque siempre estaba lleno, porque el odómetro no avanzaba, porque el reloj siempre se mantenía a las 3:17 y porque nadie, nadie podía decirme en qué Guichón estaba.
Estuve recorriendo el mismo tramo una y otra vez, al igual que las otras personas, y al finalizar la noche, todo volvía a pasar. Solo que por alguna extraña razón esta vez había perdido la memoria.
El hombre de la cafetería comenzó a apagar las luces. Una por una, las ventanas quedaron oscuras. Las figuras del exterior desaparecieron de mi vista y, durante unos segundos, solamente pude escuchar el motor de los automóviles estacionados frente al local. Entonces el hombre puso sobre el mostrador una llave que reconocí inmediatamente.
Era la de mi automóvil.
—Cuando vuelva a entrar a la ruta 90 —dijo—, trate de no mirar hacia los lados. Quizás esta vez no vuelva a este lugar.
El hombre señaló la puerta. Afuera ya no estaba Guichón, sino la ruta. Y frente a la cafetería, bajo la oscuridad del campo, estaban las cuatro luces nuevamente suspendidas a unos metros del suelo. Dos blancas y dos amarillas, perfectamente inmóviles.
Miré el reloj.
3:17
Entonces pude comprender la realidad, yo nunca llegué a Guichón. Aquel pueblo, en realidad, era simplemente el lugar donde todos los desaparecidos en aquella carretera creían estar llegando.
Cuando las luces comenzaron a acercarse lentamente hacia mí, escuché desde la radio del automóvil una voz que ya conocía.
Era mi voz.
—Mantenga la misma velocidad. —seguida de la misma interferencia.
Después, la oscuridad lo engulló todo.
Y la noche volvió a comenzar.

Por G. Zaballa

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