Relato XLVIII - La Noche de krampus
(imagen generada por ia, gemini)
La Noche de krampus
“Noche de paz, noche de horror,
todo muere alrededor.
Entre los astros que desprenden terror.
Brilla, anunciando a Krampus.
Brilla la estrella de la desolación,
una sentencia de perdición.
Noche de paz, noche de horror,
con sus garras te abrirá el corazón,
y con su boca lo devorará.
Cuando la sombra te alcance,
no habrá salvación.
No teman cuando Krampus entre,
pues nada queda que lo enfrente.
Desde la chimenea él descenderá
y la tierra devastará.”
Aquella noche cayó sin ceremonia alguna, espesa y oscura como un coágulo. Parecía que la casa había tomado otra forma, retenida de aliento, mientras aquel pequeño vigilaba el árbol de Navidad con la tenacidad de los que aún creen que el mundo mantiene alguna clase de magia. Afuera, el tiempo se ponía hostil; la nieve no caía con normalidad, se desmoronaba del cielo como si algo hubiera muerto allá arriba y una clase de polvo blanco estuviese cayendo sobre todo.
Aquel niño esperaba a Santa, no con una alegría infantil, sino con una clase de ansiedad agarrotada. Este año fue torpe, lleno de pequeños secretos que se desprendían bajo su piel. Lo inundaba el presentimiento de que diciembre tenía una clase de memoria propia.
Trac-trac. Un sonido sordo en el techo fue el primer aviso. Nada festivo ni ligero. Como si una pezuña golpeara madera hueca. Acompañado de un aroma acre, mezclado con pelaje mojado, humo viejo y carne que no había terminado de morir. Aquella chimenea de ladrillos rojos comenzó a crujir; era un gruñido real, profundo al oído.
Lo que emergió de allí no era una criatura de cuento; era algo que la historia había tratado de ocultar de alguna forma y que el invierno devolvió con alguna clase de crueldad. Con un pelaje oscuro y empapado, enmarañado con algunas escarchas rosadas. Piernas deformes, músculos tensos. La piel que le cubría el torso era tan pálida que se lograba ver las venas azuladas correr por la superficie.
Con sus manos largas y anguladas, con sus dedos terminados en punta capaces de abrir una garganta sin esfuerzo alguno. Sus cuernos crecían hacia atrás, cada uno lleno de grietas, costras y restos de piel. Y sus ojos… eran dos grandes manchas negras, llenas de vacío. No miraban directamente al niño; lo estudiaban de arriba hacia abajo, como quien estudia el peso de algo antes de colgarlo.
Krampus no esbozó ningún sonido. La bestia no necesitaba ninguna palabra para imponerse sobre aquel pequeño. Se acercó al niño, casi calculando cada paso, estudiando cada respiración. La sombra que arrastraba por el suelo no coincidía con su cuerpo; proyectaba una vibración, se alargaba y contraía, con vida propia.
El niño quería huir, pero su cuerpo no respondía. No era terror; era comprensión de una realidad que le había caído encima como un golpe bien dado. No lo castigaba por sus pecados, sino que reclamaba lo que se había transformado. Aquellas mentiras que contó para sobrevivir, aquellas triquiñuelas que provocaba a sus padres y a sus amigos todo el año. Todo se paga de alguna forma.
Krampus abrió el saco oscuro; del fondo surgió un aliento tibio, húmedo, casi asfixiante. El niño entró porque aquella bestia no necesitaba obligarlo, porque aquella noche tenía un orden más antiguo que la bondad y el perdón.
La nevasca azotó con más fuerza ahora, aplacando cualquier ruido extra.
Al día siguiente, la casa amaneció implacable. El árbol, con sus adornos, seguía estando ahí, con sus luces parpadeando serenas. En la chimenea solo quedaba un leve olor a cuerda quemada. Afuera, la nieve seguía cayendo con fuerza. Adentro, diciembre nuevamente cobraba su deuda sin dejar ningún testigo.
G. Zaballa

0 $type={blogger} :
Publicar un comentario