(imagen generada con IA)
Diario de un hombre muerto.
1916, Montes Apalaches.
Cuarta noche en la cabaña. La nieve comenzó a tomar fuerza desde la pasada tarde. Los vientos hacen que la estancia se vuelva algo difícil de soportar; el silbido provocado por la corriente y las ramas chocando contra el vidrio de la ventana rompen su sosiego, llevando lentamente a imaginar que aquellas sombras que danzan constantemente sobre la pared, solo eclipsadas por la luz de la chimenea, vienen de criaturas que escapan de algún rincón de su cabeza. Comenzó un diario desde que decidió tomar el trabajo; esto mantenía sus pensamientos en un lugar seguro, algo necesario teniendo en cuenta que no tenía noción de cuántos días llevaría en medio de esa tormenta. Ser guardia forestal paga las deudas, es lo que importa, además de sobrar algo para su familia, un poco del precio a pagar.
El lado bueno es que la comida no va a faltar; se percató días atrás de traer suficientes suministros para unos cuantos meses. Enlatados, carne seca, granos, café, suficiente para todo el invierno si es necesario. Esperando que en pocos días el calvario merme, con el fin de salir al menos por más cosas.
Sin que cediera un centímetro aquella tormenta.
Al quinto día, tuvo una pesadilla.
En plena madrugada se levantó por un sonido que pensó ser algo similar a un gruñido. Desde la ventana observó una sombra que creyó ser un oso. La bestia medía unos dos metros, quizás más. Aquel animal se paró en sus dos patas y lo observó; eran ojos rojos que hervían como dos llamas en la inmensa oscuridad de la noche. Y su jadeo se sentía tan cerca que el vapor de su aliento parecía empañar las ventanas.
No hizo otra cosa que tomar su escopeta de doble caño e intentar cargar dos cartuchos, pero las manos temblorosas lo hacían casi imposible. Se paró detrás de la puerta de entrada a la cabaña y apuntó, con la firme convicción de matar a la bestia.
El hombre lo sentía cada vez más cerca. De repente empezaron a crujir los tablones del pórtico. El nerviosismo y el cansancio no lo dejaban ordenar sus ideas, menos apuntar con precisión.
De repente, el gruñido y un gran manotazo hicieron temblar la puerta.
Cerró los ojos y apretó el gatillo. La bestia emitió un horrendo gruñido y todo terminó. O eso creía el hombre.
Se quedó parado ahí por horas, sin quitarle el ojo a la puerta, hasta que amaneció. Al día siguiente, salió con cautela a revisar y no encontró nada. Ni un rastro de lo que él creía que fuera un oso.
Ni sangre o señal, ni siquiera la más mínima alteración en la nieve colindante.
Solo se percató de una leve hendidura en la madera de la puerta, como si alguna cosa la hubiera tocado desde afuera. O tal vez desde adentro.
Regresó a la cabaña sin mirar atrás.
Quinto día, entrada tardía.
Su diario se volvió un refugio menos seguro de la realidad que lo acechaba. Las palabras no logran del todo ordenar sus pensamientos; parecían doblarse en una maraña de signos sin sentido. Comenzó a escribir para fijar la realidad, pero a su alrededor algo de aquellas palabras no coincide con lo que recordaba haber vivido. No parecía un error, era como si a su cabeza le faltaran recuerdos.
“Escuché al animal antes de verlo. O quizás lo vi primero.”
No. Primero lo vio.
O creyó verlo.
Tachó aquella línea y volvió a comenzar.
Sin embargo, la tinta volvió a aparecer horas después intacta, como si la página rechazara la corrección o como si no hubiera hecho ninguna.
Al sexto día el viento amainó, pero aquel silencio fue peor.
Tenía alguna clase de peso, casi táctil. No era el descanso tras la tormenta; era como si el mundo exterior hubiese sido detenido con cuidado, dejando aquella cabaña aislada en algo que no era su realidad.
Intentó abrir la puerta; ella cedió sin dificultad alguna. Afuera, el bosque no estaba, no en el sentido más habitual. Pero algo le impedía seguir.
Los árboles estaban allí, pero dispuestos de una forma imposible, demasiado juntos. O eso creía él.
Sus troncos parecían observar, no con ojos, sino con su presencia, diferente a lo que recordaba.
Retrocedió y cerró la puerta, asegurando con llave. El cerrojo que recordaba firme estaba flojo, tal como si alguna cosa lo hubiera manipulado. Esa noche no logró dormir.
Séptimo día.
No escribió ni una sola palabra durante horas. Decidió volver a la primera página del diario.
“Primera noche en la cabaña.”
Se detuvo ahí, no recordaba haber escrito esa entrada. Pero ahí estaba.
Describe su llegada, el estado de aquella cabaña, incluso cosas que no consideró en su momento que fueran importantes. Salvo por algo que no recordaba en absoluto.
“En la pared norte hay un retrato cubierto por una tela.”
Levantó la vista hacia la pared norte. Allí no había nada. Se levantó lentamente.
Sus pasos casi no sonaban, parecía que el suelo absorbía su peso. Al acercarse, consiguió notar algo: una diferencia algo imperceptible, una textura diferente en la madera. Extendió la mano, la madera cedió. Era una tela endurecida por el frío. El retrato no mostraba un paisaje: era él. Era su rostro, más delgado, más pálido, con los ojos hundidos en una sombra que no correspondía al color de su cuerpo. Y detrás de él apenas notó una figura, sin cuerpo, sin nada que pudiera definir qué era. Pero su presencia era inquietante.
“¿Quizás la bestia?”
No.
La respuesta no vino de su mente, sino del retrato.
Los labios de su propia imagen se movieron con una lentitud imposible, como si recordara hacerlo.
Entonces entendió todo. Los recuerdos volvieron.
Leña, salió por algo de leña seca para la chimenea. El frío le mordió las manos mientras levantaba el hacha. Aquel bosque estaba demasiado quieto, demasiado blanco.
Entonces un chasquido sucedió, un disparo se escuchó.
Sintió un dolor en la espalda que le hizo caer de rodillas. Vio cómo la sangre corría.
Una voz temblorosa a la distancia murmuró:
“Creí que eras un oso. Te movías entre la nieve.”
Entonces todo encajó. La puerta estaba abierta. Y aun así no podía cruzar.
Porque nunca había vuelto de buscar leña.
Porque llevaba días —quizás desde aquel momento— vagando entre la nieve y la madera, repitiendo todo una y otra vez.
G. Zaballa


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