II - El hombre de la bolsa

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sábado, 7 de mayo de 2022

Relato II - El hombre de la bolsa ¿Mito o verdad?



   Desde nuestra infancia, cuando las travesuras se volvían recurrentes, algo característico de una niñez saludable y feliz, nuestros padres utilizaban como pretexto para asustarnos aquel viejo cuento sobre el viejo de la bolsa. Con el fin de motivarnos a realizar nuestros quehaceres, la frase “si te portas mal, el viejo de la bolsa te va a llevar” es un clásico que recuerdo de mi infancia, ahora con cierta sonrisa nostálgica. Pero no sabía en esa época la historia detrás de este singular sujeto, que en este relato les voy a contar.
    Era real…
    Sí, el viejo de la bolsa existió. Tal vez no con esa denominación, pero estoy seguro de que fue el responsable de la inspiración para esa leyenda de nuestra infancia. Cuando me encontré con esta historia hace un par de años, me asombró la crueldad que algunas personas pueden llegar a tener.
    Nos remontaremos a España a comienzos del siglo XX. Un popular periódico español de aquel entonces relata una historia escalofriante que fue furor en Europa, generando terror a miles durante años.
    El protagonista de esta historia era el señor Francisco Ortega, un peculiar sujeto que vivía en Almería, uno de los tantos municipios de dicho país. Con un aspecto deteriorado, típico de una persona mayor, con arrugas y canas, y de estatura pequeña, padecía de una de las enfermedades más mortales de aquel entonces: la tuberculosis. Una enfermedad para la cual no existían cura ni tratamientos que hicieran llevadero ese suplicio. El señor Ortega comenzó a desesperarse por no lograr solucionar sus malestares, sintiendo que todo terminaría pronto.
    Desesperado por encontrar una cura, el Sr. Ortega se encontró con un popular curandero del pueblo. Una persona con una fama peculiar, nada buena, por supuesto. Todos sabían que este sujeto tan tenebroso no traía buen augurio consigo.
    No era un curandero como cualquier otro, que con recetas de hierbas solucionaba todo. No, este macabro sujeto les decía a sus clientes que realizaran ciertas cosas que no cualquiera con cierta cordura se animaría a hacer. El Sr. Ortega, al estar desesperado, le hizo caso y decidió poner en práctica las horribles instrucciones, casi sacadas de una película de terror. Este curandero le había dicho que, para solucionar su enfermedad y curar su terrible malestar para poder seguir viviendo, tenía que conseguir la sangre de un niño para tomarla en un plato, como si de una sopa se tratara. Y, para no ser suficiente con este terrible acto, debía colgar las entrañas de dicho niño en su cuello, emulando una bufanda. En palabras simples, debía convertirse en un horrible asesino.
    Asombrado con los dichos de este infernal sujeto y no viendo otra opción, decidió rápidamente hacerlo. Buscó una indefensa víctima a la que despojaría de lo más importante que tenía: su vida.
    Encontró a un pequeño de tan solo 7 años de edad, llamado Bernardo González, un niño que en las tardes calurosas de verano solía nadar por un río que pasaba muy cerca de este pueblo. Observando desde lejos, esperó que saliera del agua y se acercó a proponerle algo al niño. Si este lo seguía hacia el bosque, lo ayudaría a buscar frutas juntos. El niño, con su inocencia, aceptó tal propuesta porque era un día muy caluroso y tenía mucha sed.
    Lo llevó de la mano hasta que sintió que era seguro, ató al niño y lo metió en una gran bolsa de tela para verduras. Comenzó a caminar, alejándose del lugar hasta donde nadie lo pudiera ver. Y en un descampado decidió realizar su acto: sacó un filoso cuchillo y realizó lo que el curandero le había dicho. Atravesó la garganta de esta pobre criatura como si de una faena animal se tratara, haciendo que se desangrara colgado de un viejo árbol. Mientras deliraba con poder sanarse, tomó su sangre. Luego abrió al niño para tomar las entrañas, dejando el cuerpo tirado en el mismo lugar. El Sr. Ortega se sentía eufórico por poder curarse de esa enfermedad que estaba acabando con su vida, pero no dudó en tomar la vida de una inocente criatura.
    Pasaron los días e intentó mantener todo en sumo secreto, tratando de que nadie se enterara de la desgracia que había cometido. Pero, al cabo de investigaciones, la policía logró llegar hasta él.
    En un principio, los periódicos de aquel entonces creían que eran personas extrañas al poblado, que estaban solamente de paso. Pero Ortega nunca pensó que el delator de su temible acto sería el mismo curandero, quien llevó a la policía al verdadero autor del crimen.
    El final de Francisco Ortega fue tan trágico como su propia vida. Aun en España, por esas épocas, los crímenes crueles se pagaban con la pena de muerte. Por lo que este señor llegó a su fin por fusilamiento.

G. Zaballa

4ta. Edición.