Hércules matando a la hidra de Jan Harmensz Muller. 1602
Matar a la hidra: Pt. I
La tradición como herramienta contra el pacto moderno.
Por G. Zaballa
Impugnación de las ideologías
Desde los albores de la historia, en el intelectualismo de Occidente se puede observar la progresiva emancipación del hombre respecto a todos aquellos actos trascendentales. Desde el comienzo del racionalismo ilustrado hasta las ideologías de los siglos XIX y XX, la modernidad comenzó a edificar un mundo basado en una supuesta autonomía del sujeto, la razón instrumental y la soberanía de la voluntad. Pero aquello que después propició libertad, igualdad y progreso parece haber desembocado en una profunda desorientación del foco espiritual. El hombre de ahora le da más importancia a poseer más bienes materiales, acceso a más información “fast food” y más poder técnico que nunca antes visto, pero esto también conlleva experimentar una sensación creciente de vacío, una fragmentación del espíritu y una pérdida del norte. La tradición sostiene, en su medida, que esta no es una situación accidental, puesto que el nihilismo actual se transforma en la consecuencia lógica del liberalismo, el socialismo y el nacionalismo moderno. Ideologías que, aunque enfrentadas en un campo de batalla, comprenden entre sí una misma propuesta: una ruptura contra el orden natural trascendente que durante tantos siglos dio fundamentos lógicos y simbólicos a las civilizaciones de Occidente. Frente a este utilitarismo, hay autores que enfrentan, con capa y espada, cara a cara a la hidra, con una mirada dirigida hacia fuentes más profundas.
En cuanto al liberalismo, entendiéndose como la progresión disolutiva de un orden superior que orientaba a la vida del hombre. Tomando la perspectiva fundamental de uno de sus principios en Adam Smith, en cuanto a una visión económica y antropológica, situando al sujeto como individuo —unidad básica de una sociedad—, la búsqueda de un interés particular aparece como el principal motor legítimo de la vida en comunidad[1], mientras que el mercado se convierte en el principal aparato ordenador de ese mundo en el que convive. Si bien el paradigma de la modernidad se ve reflejado en estas cuestiones, favoreciendo el desarrollo económico y el expansionismo del liberalismo individual, tanto en los sectores políticos modernos como en lo social, también se fue impulsando un proceso de atomización de la misma sociedad. Es decir, la comunidad se despoja de la idea orgánica del colectivismo para transformarse en una suma de individuos que padecen la necesidad de ser autónomos. Haciendo que aquello que denominamos tiempo común deje de ser relevante y se sustituya por un cúmulo de agregaciones en cuanto a intereses privados.
René Guénon (filósofo francés) logra percibir en este proceso una manifestación de aquello que denomina decadencia de la modernidad[2]. Siguiendo su análisis, la civilización occidental fue reduciendo progresivamente aquella realidad a su dimensión material y cuantitativa, dejando lugar a un sistema económico que pasó a ocupar el lugar que antes correspondía a la metafísica. Aquello superior quedó subordinado a lo utilitario; la contemplación, a la producción en masa; la vida, a lo que es útil. El resultado de este proceso es una sociedad donde todo posee un precio, derivado de la función que puede cumplir en el mercado, pero nada tiene un significado intrínseco. El sujeto liberal termina siendo libre de elegir entre una variedad de opciones, pero carece de la capacidad de una crítica superior que otorgue alguna clase de sentido a los elementos que lo rodean. La libertad absoluta terminó desembocando así en el vacío del ser.
Si hablamos del socialismo como otro representante de la reducción del sujeto en su dimensión material y económica. Cuando Karl Marx define una crítica al liberalismo, busca superar las contradicciones que se plantean en el capitalismo mediante una clase de transformación radical de las formas económicas. Pero, desde la perspectiva de la tradición, el marxismo comparte con el liberalismo una misma función elemental: vivir para lo material. El materialismo como fuente prima de las condiciones de vida del sujeto. Marx logra interpretar la historia principalmente desde los factores económicos[3] y las relaciones de producción. Sin embargo, otros factores que componen la vida del sujeto, como la religión, la cultura y las instituciones políticas, aparecen reducidos a la infraestructura material. Aunque de alguna manera buscan, como premisa, liberar al hombre, terminan reduciéndose a una dimensión que depende esencialmente de lo económico.
Julius Evola (filósofo italiano) sostiene que, al igual que el capitalismo, el comunismo responde a expresiones diferentes de una misma decadencia[4]. Ambos colocan en el eje central las necesidades materiales y ambos desconocen la existencia de una jerarquía espiritual. La diferencia está nada más en la forma en que funciona el mecanismo de distribución de los recursos. En cuanto a esto, observamos que el socialismo no supera el nihilismo moderno, sino que nada más logra profundizarlo. Negando la importancia de la dimensión trascendental, termina convirtiendo la historia en un proceso puramente horizontal. El sujeto termina dejando de orientarse hacia lo eterno, deja de lado la importancia de acercarse a algo superior a su propio yo y queda encerrado dentro de las condiciones de la materia y la lucha social.
En cuanto al nacionalismo moderno, que convirtió a la nación en un principio absoluto de legitimidad frente a otros elementos que quedaron rezagados. Johann Gottlieb Fichte, inspirador del nacionalismo moderno, en sus Discursos a la nación alemana[5], defendía la importancia de la identidad cultural y la conciencia nacional como elementos fundamentales para la regeneración de un pueblo. Pero, desde una perspectiva tradicionalista, la idea de nacionalismo moderno nos presenta una limitación en cuanto a reemplazar lo universal por lo particular. Allí donde la civilización tradicional es comprendida como un reflejo de principios superiores, el nacionalismo convierte la nación en un fin en sí misma. Una herramienta de unión social construida para un fin, en cuanto al interés de lo colectivo. Guénon es crítico de esta idea[2] por considerar que las naciones modernas son meros constructos históricos relativamente recientes, incapaces de sustituir las antiguas estructuras espirituales. En el momento en que la nación ocupa el espacio que antes pertenecía a lo sagrado, es decir, transformándose en la religión de la nación o del Estado, termina convirtiéndose en un ídolo más al cual rezar y adorar.
Subrayando la idea de la nación, la patria y el Estado como una entidad que acoge y protege a sus hijos, proporcionando un sentido de intimidad, pertenencia y seguridad, la personificación de la patria, la nación o el Estado como una mujer no solo radica en la secularización del cuerpo femenino, como algunos podrían señalar en el contexto de las reformas modernas del Estado, sino que también proviene de las tradiciones clásicas de la antigüedad, donde las diosas representaban ciudades y estados. La nación, como ideal, no solo representa una realidad presente, sino también aspiraciones y valores más elevados. Invita a los individuos a esforzarse por alcanzar y mantener valores fundamentales en su vida cotidiana. Unifica a las personas bajo una identidad común, fomentando la cohesión social. El Estado absorbe una carga simbólica y un rito secular (uso de símbolos nacionales y rituales cívicos, como desfiles o actos patrios), actuando como una "religión civil" que se alimenta de las narrativas heroicas de personajes históricos y de una mitología fundacional que da sentido a la identidad y legitimidad al poder del Estado.
En tanto, el nacionalismo moderno puede ofrecer algo de coherencia e identidad construida a la fuerza, pero difícilmente logre proporcionar una respuesta definitiva al problema del sentido. Al igual que las demás ideologías modernas planteadas, permanece dentro de un horizonte puramente humano y materialista.
Si hablamos de la consumación del nihilismo en el proyecto modernista. A pesar de las diferencias que podemos encontrar entre socialismo, liberalismo y nacionalismo, estas comparten una característica que es esencial a su manera de actuar y de pensar frente al sujeto. Todas emergen después de la ruptura entre política y trascendencia. Cada una propone una premisa ordenadora diferenciada —el individuo, la clase o la nación—, pero ninguna está capacitada para restaurar un fundamento en base a la metafísica. Alexander Duguin (filósofo ruso) define que las grandes ideologías modernas[6] construyen variaciones de un mismo paradigma proveniente de la Ilustración. El problema no radica simplemente en cuál de ellas logre triunfar, sino en los presupuestos comunes que forman sus bases argumentativas. Cuando estas pierden toda referencia a una verdad superior, la voluntad humana queda sola frente a un enorme abismo del ser.
Y el nihilismo contemporáneo no surge entonces como una simple anomalía, sino como la culminación lógica de un largo proceso de desacralización. Matando al dios trascendental y dando vida al dios material. Provocando una pérdida de sentido, una crisis de identidad y un relativismo radical, siendo síntomas de una civilización enferma, agonizante, que ha olvidado sus fundamentos espirituales.
En Platón encontramos la restauración del orden vertical. Frente a esta crisis del hombre moderno, algunos autores proponen regresar a fuentes más antiguas. Entre ellas, cabe destacar que en la República de Platón[7], obra que logró presentar la política como una expresión de un orden más allá del positivismo, el empirismo o el materialismo. Sino como una visión meramente metafísica. En Platón, la ciudad justa no puede crearse únicamente sobre deseos individuales o intereses materiales. Toda organización política debe dejar ver una jerarquía objetiva en el bien. El gobierno les corresponde a quienes son poseedores del conocimiento de las verdades superiores y pueden orientar a la comunidad y acercarla hacia ellas.
Independientemente de las condiciones históricas actuales, diferentes a las de aquella época, la intuición platónica conserva un mérito que puede transmitirse en la actualidad: una sociedad necesita bases, necesita principios trascendentales que logren otorgarle dirección y significado al deber público, a la cosa pública. Sin esto, queda relegada a la fluctuación constante de las opiniones e intereses individuales de algunos sujetos o ideologías.
También en la escolástica encontramos otra síntesis de raciocinio y trascendencia. En la escolástica medieval se desarrolló una de las síntesis intelectuales más profundas de Occidente. Aquellos autores, como Tomás de Aquino, integraron la filosofía clásica[8] con la tradición cristiana, construyendo una visión del mundo en la que la razón y la fe colaboraban en lugar de enfrentarse. Este enfoque plasma la idea de cómo la modernidad debería abordar las cuestiones que perturban el sentido del ser en tanto sujeto social. La sociedad medieval entendía la realidad como una estructura bien formada y jerarquizada, orientada hacia fines superiores. La política, la economía y la cultura no eran ámbitos autónomos, sino que pertenecían de forma orgánica a algo más amplio. En tanto, para aquellos críticos de la modernidad, esta concepción logra ofrecer una alternativa consciente al relativismo contemporáneo. No se trata de copiar y pegar lo que alguna vez fueron las instituciones medievales, sino de recuperar aquellas ideas que formaron la vida humana y que deben estar orientadas, en primera instancia, a la trascendencia por encima de los intereses inmediatos.
Los dioses débiles
A lo largo de la historia, las grandes civilizaciones no fueron desapareciendo porque fueron conquistadas por enemigos extranjeros. Desaparecieron porque olvidaron aquello que les otorgaba significado. Una verdadera decadencia no comienza en sí con la ruina de la economía, la derrota militar en el campo de batalla o la fragmentación de las castas políticas, sino con la pérdida del elemento orientador hacia algo superior que existe en el principio básico del ser en comunidad. Toda cultura se organiza de alguna manera alrededor de un concepto de lo sagrado; toda civilización posee un norte desde el cual se van ordenando sus valores, sus instituciones y sus aspiraciones. Durante siglos, Occidente logró reconocer una realidad trascendental que se sitúa por encima de la voluntad del ser. Pero, con la venida de la modernidad y el pacto del nuevo hombre, emprendió una rebelión contra todas las formas de autoridad espiritual. Lo que comenzó como un intento de emancipación del individuo, una separación del concepto de colectivo, terminó convirtiéndose en una sustitución. Los antiguos dioses fueron expulsados del panteón donde se adoraban para dar lugar a la adoración de elementos terrenos y artificiales. Esas nuevas divinidades se transformaron en objetos más cercanos y más cómodos para el hombre, accesibles al sujeto. La democracia, el progreso y los derechos del hombre dejaron de ser conceptos políticos para convertirse en principios sagrados e insustituibles, cuya legitimidad ya no puede ser cuestionada por nadie sin antes provocar alguna clase de escándalo.
Se transformaron en verdades universales, pero, en realidad, son meros productos sociales que una civilización —que ha perdido contacto con sus raíces metafísicas[9]— adora más que a su propia carne. Estos son los nuevos dioses débiles de una época en constante fractura.
René Guénon (filósofo francés) sostiene que el rasgo fundamental de la modernidad consiste nada más en una inversión de los valores tradicionales[9]. Esos que antiguamente ocuparon los estamentos más altos de la realidad fueron desplazados por elementos pertenecientes a niveles más bajos. La contemplación fue reemplazada por la acción; el saber, por la utilidad; la calidad, por la cantidad[10]; y el espíritu, por la materia. La democracia constituye una de las experiencias más visibles de estos procesos a los que me refiero. Los principios que predominan no consisten en determinar qué es verdadero o justo, sino en establecer lo que opina la mayoría de los números en la encuesta. La autoridad deja de ser inherente a la excelencia, al conocimiento o a la virtud para depender del cálculo estadístico de una elección. Lo que la mayoría aprueba es lo que adquiere legitimidad por el hecho de ser mayoría. En los albores de las primeras repúblicas dentro de la era moderna, ya se planteaban conceptos semejantes. John Adams definió la democracia[11] como “la tiranía de la mayoría”.
Esta transformación implica, de alguna manera, un cambio de las instituciones y una alteración profunda de la manera en que una civilización comprende lo que es verdad. Donde la sociedad tradicional buscaba elevarse hacia una idea superior, la democracia moderna dirige constantemente la mirada hacia abajo, hacia un falso consenso, hacia la opinión pública y hacia las masas que, en su mayoría, carecen de capacidad para elegir a un dirigente acorde con las expectativas. Las multitudes terminaron ocupando lo que antes pertenecía a los sectores espirituales; la cantidad se convierte en criterio de verdad y el número reemplaza a la jerarquía.
Julius Evola (filósofo italiano) logra interpretar el fenómeno[12] como una forma en que el mundo moderno manifiesta su decadencia singular. Toda civilización sana reconoce diferentes cualidades entre los seres humanos, pues no todos poseen la misma capacidad de liderazgo, la misma fortaleza interior o el mismo entendimiento de los principios superiores. La tradición se organiza a partir de dichas definiciones[12], formando jerarquías que reflejan una visión vertical de la existencia humana. En tanto, la modernidad comenzó una guerra sistemática contra lo espiritual con el fin de desprestigiarlo. Bajo el ideario de una igualdad absoluta, destruyó estructuras que permitían distinguir entre lo noble y lo meramente vulgar, entre los elementos elevados y los mediocres, entre el héroe y el cómodo. Todos ellos fueron sepultados bajo un cúmulo de argumentaciones vacías de contenido, dando lugar a la aparición de una cultura obsesionada con nivelar toda diferencia[13]. El ser excepcional deja de ser admirado con respeto y pasa a ser visto como algo sospechoso. La excelencia pasa a ser considerada una amenaza para la falsa igualdad. Y esto, en sus resultados más claros, no produce una humanidad más libre, sino una humanidad prisionera de la uniformidad, dependiente e incapaz de reconocer cualquier clase de grandeza que supere los parámetros generales dependientes de la vida material.
A toda esta transición hacia la decadencia y la acción política moderna se le podría sumar la falsa sensación de progreso[14]. Desde la Ilustración, Occidente comenzó a interpretar los hechos históricos como una marcha sin vuelta atrás, característica de una transición hacia condiciones supuestamente mejores. Los avances técnicos, la ciencia y el desarrollo de la economía fueron convertidos en pruebas irrefutables de una supuesta superioridad evolutiva. Pero la idea de progreso contiene contradicciones importantes, ya que supone que todo cambio social e histórico equivale a una mejora y que todo avance tecnológico implica necesariamente un avance humano. Sin embargo, la experiencia actual demuestra lo contrario. Nunca en la historia existieron tantos medios de comunicación; sin embargo, la incomunicación entre los individuos es más fuerte que nunca. Casi no existe diálogo entre personas si no es por necesidad. Nunca hubo tanta información a nuestro alcance, pero sigue persistiendo una creciente confusión intelectual. Nunca el hombre logró dominar tanto la naturaleza y, aun así, tiene tantas dificultades para responder preguntas esenciales sobre su propia existencia. El supuesto progreso ha multiplicado los medios mientras vacía los fines; ha perfeccionado las herramientas de trabajo sin aclarar el verdadero propósito para el cual deben ser utilizadas. Produce una aceleración constante sin decirnos cuál es la dirección correcta a tomar. El ser humano moderno avanza a velocidades alucinantes, ignorando hacia dónde tiene que ir.
Ernst Jünger (escritor alemán) entendió con claridad[15] cuáles son los rumbos de este proceso. El expansionismo tecnológico ha creado un mundo en el que los individuos viven dentro de sistemas colosales cuya función apenas logran identificar. La tecnología ya no es un instrumento subordinado[15] al ser humano, sino que se ha convertido en un modelo autónomo que forma hábitos, percepciones y formas de pensar. Quien domina las mayores bases de datos del mundo se convierte en dueño del mundo.
El individuo se miente a sí mismo creyendo que controla el mecanismo que utiliza diariamente, pero, en realidad, es esclavo de él, participando activamente en el moldeamiento de su visión de la realidad. Ellos le dicen qué pensar, qué hacer y cómo actuar. Lo técnico ofrece la ilusión de la libertad mientras produce una dependencia enfermiza. Promete poder mientras controla lo que haces. Promete comunicación, pero te engulle en una burbuja de soledad perpetua. Se siente como un triunfo, pero no es más que una expansión sin precedentes de estructuras de poder que reducen al hombre a una pieza intercambiable dentro de la maquinaria[16].
En cuanto a la posmodernidad, esta no logró corregir los defectos que la modernidad trajo consigo, sino que los amplificó, llevándolos hasta su última consecuencia. Si en la modernidad se destruyeron las evidencias de la tradición, la posmodernidad destruyó las certezas de la modernidad. La verdad fue reducida a una construcción subjetiva[17]; la identidad, a una elección circunstancial[18] que puede ser modificada conforme a los gustos de cada sujeto. Y, si consideramos el concepto de historia, la posmodernidad lo transformó en una sucesión arbitraria de relatos sin orden ni dirección. Todo se volvió meramente relativo porque ya no existe ningún principio sostenible que reconozca algo superior al individuo. Todas las jerarquías fueron consideradas sospechosas o destruidas. Toda autoridad también lo fue. Toda tradición fue sometida a una revisión permanente. Lo que emerge de este proceso definitivamente no es una sociedad más libre, sino una civilización hundida e incapaz de distinguir entre la esencia y lo accesorio[19]. El resultado final es un nihilismo extremo; un mundo donde todo es discutible, donde la propia ciencia, que en otras épocas era foco de una supuesta verdad, ahora pasa a ser relegada o casi desmentida por la ideología. Donde toda opinión fuera del círculo de aprobación es considerada equivocada y donde cualquier referencia a la verdad trascendente es vista como un fósil.
La crisis que está afectando a Occidente no puede ser considerada únicamente como un problema político, económico o cultural. Parece ser la punta de lanza de algo que va más allá de los entes dominadores actuales, algo que supera a los Estados. Fenómenos que no parecen explicables culpando solamente al sujeto que desde hace siglos es expulsado de toda tierra en la que pone sus pies, cuestión que desarrollaremos más adelante. Ese sujeto que enferma las raíces, pudre el tallo y envenena la fruta. Se trata de una crisis espiritual nacida de la sustitución de los antiguos principios que dominaron nuestras tierras, reemplazados por ídolos incapaces de sostener una civilización. La democracia, el supuesto progreso y las ideologías que deforman el físico y la mente se transformaron en condiciones sagradas porque ocuparon a la fuerza los lugares que antes pertenecían a una realidad superior. Pero son dioses débiles porque no exigen elevación, sacrificio ni transformación interna. Proponen comodidad, destruyendo todo lo que tocan. Aquella civilización que adore tales principios termina produciendo individuos adaptados a la administración de sus necesidades, pero incapaces de mirar más allá de su ego. En estas cosas reside la tragedia profunda de la modernidad.
Disciplina y carácter. Sobrevivir al Kali Yuga.
La tradición enseñaba que las grandes crisis del ser humano no comenzaban con el colapso de los imperios ni con las derrotas militares. Comenzaban cuando el hombre pierde el gobierno de su mente. El Kali Yuga, la era oscura descrita por la tradición hindú[21], no se entiende únicamente como un período histórico, sino como una condición espiritual caracterizada por la confusión[30] en masa, la inversión de los papeles y valores, además de una progresión incapaz de distinguir los verdaderos fallos del ser. Dar valor a lo material y permanencia a lo efímero. En dicha época, las cuestiones decisivas ya no consistían en transformar el mundo exterior, sino en impedir que el desorden penetrara en el interior del hombre. Cuando aquellas instituciones se debilitaban por la mala acción del hombre, las costumbres se degeneraban y las certezas desaparecían. El carácter se convertía en la última línea defensiva del individuo.
Con René Guénon, se observa que la modernidad representa una ruptura[22] sin precedentes con los principios tradicionales. Aquellos que orientaron a la civilización durante siglos se repliegan a posiciones desde donde puedan responder nuevamente al avance de los impíos. La economía logró, en gran medida, sustituir a la metafísica[22]; la utilidad desplazó a la verdad y la satisfacción inmediata se volvió prioritaria frente a la trascendencia. El resultado es un hombre constantemente distraído de las verdaderas funciones que debe cumplir, incapaz de provocar un silencio interior y sometido a un flujo permanente de estímulos que le impiden comprender más allá de sí mismo. La posmodernidad profundiza los síntomas[23] de la enfermedad al convertir la incertidumbre en virtud y el relativismo en norma pura.
Allá donde antes existían principios sólidos, apareció la opinología pública. Donde debería existir deber, aparecieron las preferencias. Donde debería existir un oriente común, hay una multiplicidad infinita de deseos individuales.
Frente a esa situación, la respuesta se encuentra en la tradición. Pero esto no es nada más que el deseo nostálgico de volver a épocas pasadas ni de encajar en un esquema que busque discutir constantemente los métodos. Esto, en realidad, consiste en la disciplina constante. Para Julius Evola[24], incluso en las épocas de decadencia es posible mantener una postura interna favorable. El verdadero combate no es solamente contra el enemigo externo, sino también contra la tendencia constante a la dispersión, la comodidad y la pasividad. En el momento en que una civilización pierde su norte, el hombre que desee conservar su interior intacto frente a las frivolidades del mundo externo debe convertirse él mismo en ese norte[24]. Debe construirse en su interior aquello que ya no existe en el exterior. En ese momento, la disciplina deja de ser una simple técnica de mejoramiento personal y pasa a ser un acto de resistencia[25].
La primera disciplina que debemos tener en cuenta es la de la mente. En una época dominada por distracciones permanentes, gobernar la propia mente constituye una forma de soberanía interior. La mente moderna se encuentra fragmentada por una saturación de información, entretenimiento y ruido. La dopamina constante es la nueva droga y es la más fuerte y destructiva de todas. Esta elimina con el tiempo el interés por las cosas que son realmente importantes para el ser. Produce una adicción frenética que arruina no solo el cuerpo, sino también el espíritu combativo. Es entonces cuando la disciplina mental debe exigir recuperar la capacidad de contemplar, estudiar y buscar el silencio interior[26]. El hombre debe exigirse a sí mismo aprender a pensar con independencia de las modas intelectuales y de las presiones del aparato público. Quien no se gobierna a sí mismo termina siendo gobernado por ideas sin eje. Y, en la era del Kali Yuga, la atención es una fortaleza que debe ser defendida a toda costa.
La segunda disciplina es la del discernimiento. No basta con acumular conocimiento; es necesario también desarrollar la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. La crisis contemporánea no es solamente una crisis de información; también es una crisis de criterio respecto de lo que puede llegar a consumirse. Nunca hubo tantos datos al alcance de nuestras manos y nunca resultó tan difícil orientarse entre ellos. El discernimiento exige una jerarquización de los valores, un principio superior desde el cual poder juzgar la realidad que nos rodea. Sin esto, toda opinión parece equivalente y toda elección resulta verdaderamente arbitraria. Guénon advierte que una de las características[23] de la decadencia consiste precisamente en la dificultad para reconocer los grados de importancia y los niveles de realidad. Recuperar lo que llamamos discernimiento significa, en gran medida, restaurar el sentido de las jerarquías[22].
La tercera disciplina es la vía de la acción. Las ideas tienen escaso valor cuando permanecen encerradas dentro de un paradigma de pensamiento y no las dejamos salir a la luz. El carácter se forja mediante la acción repetitiva; cada decisión fortalece o debilita una determinada disposición interior. La valentía surge de actuar con valentía, la paciencia surge de actuar con paciencia y la perseverancia surge de perseverar. Ernst Jünger observa esto[27] al señalar que la grandeza del hombre aparece cuando el individuo transforma principios abstractos en conductas concretas[28]. La disciplina de la acción implica cumplir con las obligaciones que se imponen, aunque el estado de ánimo sea otro. Implica terminar de una vez por todas lo que se ha iniciado. Implica actuar correctamente incluso cuando no hay nadie observando.
La cuarta disciplina es la oración[29]. Entre todos los aspectos que competen al hombre, esta debe ser la más practicada, aunque muchos la reduzcan a una repetición o a una costumbre religiosa. La oración implica meditación, y esto regula las funciones corporales del individuo, así como la claridad de la mente. Y ni que hablar del acercamiento a lo trascendental. La oración constante es, por esto, un ejercicio permanente de orientación interna. Es el acto en el cual la conciencia abandona temporalmente su lugar de confort; las preocupaciones son eliminadas, dando claridad al ser. Toda tradición auténtica reconoce[29] la necesidad de este movimiento ascendente. La oración va a recordar al individuo que no es el centro del universo. Lo obliga a salir de sí mismo y buscar lo que realmente importa en este mundo. Lo enfrenta a algo mayor que sus deseos mundanos y meramente individualistas.
Esta cuarta disciplina no opera de manera aislada, ya que la mente, sin alguna clase de discernimiento, puede convertirse en pura especulación. Y esta, sin acción, no hace otra cosa que degenerar en pasividad. La acción sin oración corre el riesgo de transformarse en una mera actividad vacía, sin sentido propio. Junto con esto está el peligro del sentimentalismo barato, culpa de una concepción moderna de la espiritualidad que viene desde el protestantismo. Ya ampliaremos esto más adelante.
Lo decisivo del Kali Yuga no consiste en predecir el futuro ni en intentar controlar procesos históricos que exceden al individuo. Consiste, por lo tanto, en determinar qué clase de hombre podemos ser mientras ese proceso tiene lugar. Mantenerse firme frente a las ruinas del mundo moderno[24]. Toda época se divide entre oportunidades para la decadencia y oportunidades para la grandeza. El hombre debe elegir cuál de ellas emprender, sin caer antes en el ostracismo. Sin esperar que las circunstancias de la vida mejoren. Debe comprender las transformaciones; debe comenzar el camino antes de que el fuego llegue a consumir los campos. En esto están las formas: cuando la mente adquiere claridad, el discernimiento se vuelve firme y la vía de la acción se transforma en un camino recto.
El camino del héroe.
En su mayoría, los hombres creen que su vida comienza bajo un mundo exterior. Creen que el problema fundamental nada más consiste en obtener riquezas, reconocimiento, seguridad o alguna clase de influencia. Orientan su existencia en base a metas visibles y comparan su valor según los resultados que consideran adecuados dentro de su organización social. Sin embargo, las grandes tradiciones destacan otras características que son más relevantes que estas. El verdadero escenario de aventura que el hombre puede realizar no es el mercado, ni la política, ni lo social. Es nada más y nada menos que su alma. La batalla constante y decisiva no se libra contra enemigos externos, sino contra las limitaciones que el individuo tiene en su interior. En este sentido, entendemos que la estructura del Camino del Héroe, desarrollada por Joseph Campbell[31] (escritor estadounidense), no constituye únicamente un patrón narrativo persistente a lo largo de la historia en mitos y leyendas. Es una descripción simbólica de algo más grande, de una identidad, y esto permite emprender una búsqueda de una forma superior de existencia.
Toda aventura comienza con una llamada a las armas. En los relatos tradicionales, esta llamada empieza adoptando la forma de un mensaje, una profecía o un acontecimiento extraordinario que marca al ser. En la vida real suele manifestarse como una inquietud profunda que perturba al sujeto. Se transforma en la sensación de que existe algo superior, algo incompleto en la existencia meramente ordinaria. Algo que no se puede satisfacer mediante lo cotidiano, mediante lo material. La mayoría ignora este llamado; prefiere permanecer dentro de sus aspectos de comodidad, en los límites de una vida predecible. Pero el héroe responde con vehemencia, comprendiendo que continuar siendo la persona que ha sido hasta ese momento equivale a estar muerto en alma.
René Guénon observa que el ser humano moderno[32] vive exclusivamente identificado con los aspectos más superficiales de la existencia. Confunde su verdadera naturaleza con el mundo emocional, que es, en esencia, algo pasajero. Confunde también su naturaleza con la opinología política, sus preferencias personales o su posición social. Todas estas cosas constituyen una especie de cápsula individual que encierra a la persona[33], formando límites estrechos que parecen inviolables. El individuo moderno solo se conoce a sí mismo como consumidor de un servicio, como ciudadano de la megaurbe o miembro de algún grupo. Pero nunca se pregunta qué existe más allá de esas definiciones tan banales. El primer paso para el héroe consiste precisamente[33] en reconocer que su identidad ordinaria le impide afrontar nuevas posibilidades del ser.
El viaje empieza cuando encontramos la ruptura con la realidad cómoda. No necesariamente tiene que ser una ruptura física, sino que se trata de una ruptura interior. El héroe de verdad debe abandonar las certezas que le proporcionan alguna clase de seguridad y enfrentarse a territorios desconocidos y a males superiores. Debe encontrarse con impulsos contradictorios, miedos que oculta, deseos y debilidades que en su momento ignoró. Esta fase de ruptura es dolorosa, la más compleja, y, de no ser superada, puede llevar aún más rápido a la autodestrucción. Esta fase exige observación sin máscaras; exige aceptar que gran parte de lo que se consideraba correcto o se toleraba eran fallos. Y que muchas de esas convicciones no eran más que reflejos que respondían a la automatización forzosa que provoca la modernidad.
Para Julius Evola, esto procede como una lucha[34] contra una fuerza de dispersión interna. El hombre vive arrastrado por influencias externas y reacciona como un autómata. Pero el héroe busca convertirse en el norte consciente de su propia existencia. No acepta ser una consecuencia más de lo que lo rodea. Aspira a transformarse en causa[35]. La aventura heroica consiste en construir un carácter[35] capaz de gobernarse a sí mismo y a todo lo que lo rodea.
La prueba central de esta batalla[38] es el combate con aquello que limita su desarrollo. En los mitos antiguos aparece como un dragón, un monstruo o una fuerza descomunal que debe ser enfrentada. En la experiencia del hombre, suele adoptar formas más sutiles. Puede ser la cobardía, la vanidad o la pereza. El enemigo principal rara vez se encuentra fuera; siempre habita dentro. La gran victoria no consiste en derrotar un mal externo, sino en derrotar aquello que impide convertirnos en lo que necesitamos ser.
Estas ideas son normalmente contrarias a las corrientes culturales contemporáneas. Una parte importante del pensamiento actual comprende al individuo principalmente como producto de estructuras externas. La atención es dirigida constantemente hacia factores sociales, económicos o políticos. Sin embargo, la tradición heroica insiste en que el centro de gravedad debe permanecer en las responsabilidades personales. El héroe no le debe nada al mundo material; debe dar importancia a aquello que necesita conquistar dentro de sí.
Ernst Jünger entendió que toda verdadera formación[36] depende de atravesar pruebas. El carácter no surge de la protección permanente de uno mismo, sino del encuentro constante con lo desconocido. Cada obstáculo recorrido representa una oportunidad[37] para descubrir reservas de fortaleza que aparentemente eran desconocidas. Cada desafío obliga a expandirse y buscar nuevos límites. El héroe aprende que la adversidad no es necesariamente una desgracia. En muchas ocasiones constituye el instrumento mediante el cual la vida revela capacidades que, de otro modo, permanecerían dormidas.
La meta final del recorrido puede expresarse mediante una palabra de la Grecia antigua: areté[39]. Esta concepción no designa simplemente éxito; designa excelencia. Un significado desarrollado en cuanto a las potencias más elevadas de la naturaleza humana. La areté exige disciplina, valentía, inteligencia[40], autocontrol y una importante nobleza espiritual. No puede obtenerse por herencia ni por decreto. Debe conquistarse. Cada acción, cada decisión y cada sacrificio participan en esa construcción.
Y al final del camino, al héroe no le espera un trono ni una recompensa material. Lo que va a encontrar es algo más valioso: una nueva concepción de sí mismo. Ya no vive como un personaje dentro de una existencia vacía; actúa en una dirección consciente. Deja de estar encerrado en la pequeña cápsula individual con la que comenzó el viaje y se mueve hacia un mundo donde es un componente más de una maquinaria superior. Esta es la enseñanza que busca transmitir permanentemente el mito heroico: la vida humana alcanza su plenitud convirtiéndose en algo más elevado. No hay que conquistar el mundo, sino el propio ser. La verdadera victoria no es el dominio de otros hombres, sino la aproximación constante a la excelencia[39].
Referencias Bibliografía:
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[5] Fichte, Johann Gottlieb. Discursos a la nación alemana. Madrid: Tecnos, 1988 (obra original publicada en 1808).
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[20] Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998.
[21] Bhagavad Gītā. Madrid: Trotta, varias ediciones.
[22] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001.
[23] Guénon, René. El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Barcelona: Paidós, 2003.
[24] Evola, Julius. Cabalgar el tigre. Girona: Atalanta, 2017.
[25] Evola, Julius. Los hombres y las ruinas. Madrid: Ediciones Fides, 1981.
[26] Pieper, Josef. El ocio y la vida intelectual. Madrid: Rialp, 2010.
[27] Jünger, Ernst. La emboscadura. Barcelona: Tusquets, 1993.
[28] Jünger, Ernst. El trabajador. Dominio y figura. Barcelona: Tusquets, 1990.
[29] Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), varias ediciones.
[30] Guénon, René. Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes. Buenos Aires: Losada, 2000.
[31] Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1959.
[32] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001.
[33] Guénon, René. El hombre y su devenir según el Vedanta. Barcelona: Obelisco, 2004.
[34] Evola, Julius. Cabalgar el tigre. Girona: Atalanta, 2017.
[35] Evola, Julius. Rebelión contra el mundo moderno. Girona: Atalanta, 2014.
[36] Jünger, Ernst. La emboscadura. Barcelona: Tusquets, 1993.
[37] Jünger, Ernst. El trabajador. Dominio y figura. Barcelona: Tusquets, 1990.
[38] Homero. La Odisea. Madrid: Gredos, varias ediciones.
[39] Aristóteles. Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos, varias ediciones.
[40] Werner Jaeger. Paideia: los ideales de la cultura griega. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2001.