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jueves, 11 de junio de 2026

Ensayos - Matar a la hidra: La tradición como herramienta contra el pacto moderno. Pt. I


Hércules matando a la hidra de Jan Harmensz Muller. 1602



Matar a la hidraPt. I

La tradición como herramienta contra el pacto moderno. 

Por G. Zaballa


Impugnación de las ideologías

Desde los albores de la historia, en el intelectualismo de Occidente se puede observar la progresiva emancipación del hombre respecto a todos aquellos actos trascendentales. Desde el comienzo del racionalismo ilustrado hasta las ideologías de los siglos XIX y XX, la modernidad comenzó a edificar un mundo basado en una supuesta autonomía del sujeto, la razón instrumental y la soberanía de la voluntad. Pero aquello que después propició libertad, igualdad y progreso parece haber desembocado en una profunda desorientación del foco espiritual. El hombre de ahora le da más importancia a poseer más bienes materiales, acceso a más información “fast food” y más poder técnico que nunca antes visto, pero esto también conlleva experimentar una sensación creciente de vacío, una fragmentación del espíritu y una pérdida del norte. La tradición sostiene, en su medida, que esta no es una situación accidental, puesto que el nihilismo actual se transforma en la consecuencia lógica del liberalismo, el socialismo y el nacionalismo moderno. Ideologías que, aunque enfrentadas en un campo de batalla, comprenden entre sí una misma propuesta: una ruptura contra el orden natural trascendente que durante tantos siglos dio fundamentos lógicos y simbólicos a las civilizaciones de Occidente. Frente a este utilitarismo, hay autores que enfrentan, con capa y espada, cara a cara a la hidra, con una mirada dirigida hacia fuentes más profundas.

En cuanto al liberalismo, entendiéndose como la progresión disolutiva de un orden superior que orientaba a la vida del hombre. Tomando la perspectiva fundamental de uno de sus principios en Adam Smith, en cuanto a una visión económica y antropológica, situando al sujeto como individuo —unidad básica de una sociedad—, la búsqueda de un interés particular aparece como el principal motor legítimo de la vida en comunidad[1], mientras que el mercado se convierte en el principal aparato ordenador de ese mundo en el que convive. Si bien el paradigma de la modernidad se ve reflejado en estas cuestiones, favoreciendo el desarrollo económico y el expansionismo del liberalismo individual, tanto en los sectores políticos modernos como en lo social, también se fue impulsando un proceso de atomización de la misma sociedad. Es decir, la comunidad se despoja de la idea orgánica del colectivismo para transformarse en una suma de individuos que padecen la necesidad de ser autónomos. Haciendo que aquello que denominamos tiempo común deje de ser relevante y se sustituya por un cúmulo de agregaciones en cuanto a intereses privados.

René Guénon (filósofo francés) logra percibir en este proceso una manifestación de aquello que denomina decadencia de la modernidad[2]. Siguiendo su análisis, la civilización occidental fue reduciendo progresivamente aquella realidad a su dimensión material y cuantitativa, dejando lugar a un sistema económico que pasó a ocupar el lugar que antes correspondía a la metafísica. Aquello superior quedó subordinado a lo utilitario; la contemplación, a la producción en masa; la vida, a lo que es útil. El resultado de este proceso es una sociedad donde todo posee un precio, derivado de la función que puede cumplir en el mercado, pero nada tiene un significado intrínseco. El sujeto liberal termina siendo libre de elegir entre una variedad de opciones, pero carece de la capacidad de una crítica superior que otorgue alguna clase de sentido a los elementos que lo rodean. La libertad absoluta terminó desembocando así en el vacío del ser.

Si hablamos del socialismo como otro representante de la reducción del sujeto en su dimensión material y económica. Cuando Karl Marx define una crítica al liberalismo, busca superar las contradicciones que se plantean en el capitalismo mediante una clase de transformación radical de las formas económicas. Pero, desde la perspectiva de la tradición, el marxismo comparte con el liberalismo una misma función elemental: vivir para lo material. El materialismo como fuente prima de las condiciones de vida del sujeto. Marx logra interpretar la historia principalmente desde los factores económicos[3] y las relaciones de producción. Sin embargo, otros factores que componen la vida del sujeto, como la religión, la cultura y las instituciones políticas, aparecen reducidos a la infraestructura material. Aunque de alguna manera buscan, como premisa, liberar al hombre, terminan reduciéndose a una dimensión que depende esencialmente de lo económico.

Julius Evola (filósofo italiano) sostiene que, al igual que el capitalismo, el comunismo responde a expresiones diferentes de una misma decadencia[4]. Ambos colocan en el eje central las necesidades materiales y ambos desconocen la existencia de una jerarquía espiritual. La diferencia está nada más en la forma en que funciona el mecanismo de distribución de los recursos. En cuanto a esto, observamos que el socialismo no supera el nihilismo moderno, sino que nada más logra profundizarlo. Negando la importancia de la dimensión trascendental, termina convirtiendo la historia en un proceso puramente horizontal. El sujeto termina dejando de orientarse hacia lo eterno, deja de lado la importancia de acercarse a algo superior a su propio yo y queda encerrado dentro de las condiciones de la materia y la lucha social.

En cuanto al nacionalismo moderno, que convirtió a la nación en un principio absoluto de legitimidad frente a otros elementos que quedaron rezagados.  Johann Gottlieb Fichte, inspirador del nacionalismo moderno, en sus Discursos a la nación alemana[5], defendía la importancia de la identidad cultural y la conciencia nacional como elementos fundamentales para la regeneración de un pueblo. Pero, desde una perspectiva tradicionalista, la idea de nacionalismo moderno nos presenta una limitación en cuanto a reemplazar lo universal por lo particular. Allí donde la civilización tradicional es comprendida como un reflejo de principios superiores, el nacionalismo convierte la nación en un fin en sí misma. Una herramienta de unión social construida para un fin, en cuanto al interés de lo colectivo. Guénon es crítico de esta idea[2] por considerar que las naciones modernas son meros constructos históricos relativamente recientes, incapaces de sustituir las antiguas estructuras espirituales. En el momento en que la nación ocupa el espacio que antes pertenecía a lo sagrado, es decir, transformándose en la religión de la nación o del Estado, termina convirtiéndose en un ídolo más al cual rezar y adorar.

Subrayando la idea de la nación, la patria y el Estado como una entidad que acoge y protege a sus hijos, proporcionando un sentido de intimidad, pertenencia y seguridad, la personificación de la patria, la nación o el Estado como una mujer no solo radica en la secularización del cuerpo femenino, como algunos podrían señalar en el contexto de las reformas modernas del Estado, sino que también proviene de las tradiciones clásicas de la antigüedad, donde las diosas representaban ciudades y estados. La nación, como ideal, no solo representa una realidad presente, sino también aspiraciones y valores más elevados. Invita a los individuos a esforzarse por alcanzar y mantener valores fundamentales en su vida cotidiana. Unifica a las personas bajo una identidad común, fomentando la cohesión social. El Estado absorbe una carga simbólica y un rito secular (uso de símbolos nacionales y rituales cívicos, como desfiles o actos patrios), actuando como una "religión civil" que se alimenta de las narrativas heroicas de personajes históricos y de una mitología fundacional que da sentido a la identidad y legitimidad al poder del Estado.

En tanto, el nacionalismo moderno puede ofrecer algo de coherencia e identidad construida a la fuerza, pero difícilmente logre proporcionar una respuesta definitiva al problema del sentido. Al igual que las demás ideologías modernas planteadas, permanece dentro de un horizonte puramente humano y materialista.

Si hablamos de la consumación del nihilismo en el proyecto modernista. A pesar de las diferencias que podemos encontrar entre socialismo, liberalismo y nacionalismo, estas comparten una característica que es esencial a su manera de actuar y de pensar frente al sujeto. Todas emergen después de la ruptura entre política y trascendencia. Cada una propone una premisa ordenadora diferenciada —el individuo, la clase o la nación—, pero ninguna está capacitada para restaurar un fundamento en base a la metafísica. Alexander Duguin (filósofo ruso) define que las grandes ideologías modernas[6] construyen variaciones de un mismo paradigma proveniente de la Ilustración. El problema no radica simplemente en cuál de ellas logre triunfar, sino en los presupuestos comunes que forman sus bases argumentativas. Cuando estas pierden toda referencia a una verdad superior, la voluntad humana queda sola frente a un enorme abismo del ser.

Y el nihilismo contemporáneo no surge entonces como una simple anomalía, sino como la culminación lógica de un largo proceso de desacralización. Matando al dios trascendental y dando vida al dios material. Provocando una pérdida de sentido, una crisis de identidad y un relativismo radical, siendo síntomas de una civilización enferma, agonizante, que ha olvidado sus fundamentos espirituales.

En Platón encontramos la restauración del orden vertical. Frente a esta crisis del hombre moderno, algunos autores proponen regresar a fuentes más antiguas. Entre ellas, cabe destacar que en  la República de Platón[7], obra que logró presentar la política como una expresión de un orden más allá del positivismo, el empirismo o el materialismo. Sino como una visión meramente metafísica. En Platón, la ciudad justa no puede crearse únicamente sobre deseos individuales o intereses materiales. Toda organización política debe dejar ver una jerarquía objetiva en el bien. El gobierno les corresponde a quienes son poseedores del conocimiento de las verdades superiores y pueden orientar a la comunidad y acercarla hacia ellas.

Independientemente de las condiciones históricas actuales, diferentes a las de aquella época, la intuición platónica conserva un mérito que puede transmitirse en la actualidad: una sociedad necesita bases, necesita principios trascendentales que logren otorgarle dirección y significado al deber público, a la cosa pública. Sin esto, queda relegada a la fluctuación constante de las opiniones e intereses individuales de algunos sujetos o ideologías.

También en la escolástica encontramos otra síntesis de raciocinio y trascendencia. En la escolástica medieval se desarrolló una de las síntesis intelectuales más profundas de Occidente. Aquellos autores, como Tomás de Aquino, integraron la filosofía clásica[8] con la tradición cristiana, construyendo una visión del mundo en la que la razón y la fe colaboraban en lugar de enfrentarse. Este enfoque plasma la idea de cómo la modernidad debería abordar las cuestiones que perturban el sentido del ser en tanto sujeto social. La sociedad medieval entendía la realidad como una estructura bien formada y jerarquizada, orientada hacia fines superiores. La política, la economía y la cultura no eran ámbitos autónomos, sino que pertenecían de forma orgánica a algo más amplio. En tanto, para aquellos críticos de la modernidad, esta concepción logra ofrecer una alternativa consciente al relativismo contemporáneo. No se trata de copiar y pegar lo que alguna vez fueron las instituciones medievales, sino de recuperar aquellas ideas que formaron la vida humana y que deben estar orientadas, en primera instancia, a la trascendencia por encima de los intereses inmediatos.


Los dioses débiles

A lo largo de la historia, las grandes civilizaciones no fueron desapareciendo porque fueron conquistadas por enemigos extranjeros. Desaparecieron porque olvidaron aquello que les otorgaba significado. Una verdadera decadencia no comienza en sí con la ruina de la economía, la derrota militar en el campo de batalla o la fragmentación de las castas políticas, sino con la pérdida del elemento orientador hacia algo superior que existe en el principio básico del ser en comunidad. Toda cultura se organiza de alguna manera alrededor de un concepto de lo sagrado; toda civilización posee un norte desde el cual se van ordenando sus valores, sus instituciones y sus aspiraciones. Durante siglos, Occidente logró reconocer una realidad trascendental que se sitúa por encima de la voluntad del ser. Pero, con la venida de la modernidad y el pacto del nuevo hombre, emprendió una rebelión contra todas las formas de autoridad espiritual. Lo que comenzó como un intento de emancipación del individuo, una separación del concepto de colectivo, terminó convirtiéndose en una sustitución. Los antiguos dioses fueron expulsados del panteón donde se adoraban para dar lugar a la adoración de elementos terrenos y artificiales. Esas nuevas divinidades se transformaron en objetos más cercanos y más cómodos para el hombre, accesibles al sujeto. La democracia, el progreso y los derechos del hombre dejaron de ser conceptos políticos para convertirse en principios sagrados e insustituibles, cuya legitimidad ya no puede ser cuestionada por nadie sin antes provocar alguna clase de escándalo.

Se transformaron en verdades universales, pero, en realidad, son meros productos sociales que una civilización —que ha perdido contacto con sus raíces metafísicas[9]— adora más que a su propia carne. Estos son los nuevos dioses débiles de una época en constante fractura.

René Guénon (filósofo francés) sostiene que el rasgo fundamental de la modernidad consiste nada más en una inversión de los valores tradicionales[9]. Esos que antiguamente ocuparon los estamentos más altos de la realidad fueron desplazados por elementos pertenecientes a niveles más bajos. La contemplación fue reemplazada por la acción; el saber, por la utilidad; la calidad, por la cantidad[10]; y el espíritu, por la materia. La democracia constituye una de las experiencias más visibles de estos procesos a los que me refiero. Los principios que predominan no consisten en determinar qué es verdadero o justo, sino en establecer lo que opina la mayoría de los números en la encuesta. La autoridad deja de ser inherente a la excelencia, al conocimiento o a la virtud para depender del cálculo estadístico de una elección. Lo que la mayoría aprueba es lo que adquiere legitimidad por el hecho de ser mayoría. En los albores de las primeras repúblicas dentro de la era moderna, ya se planteaban conceptos semejantes. John Adams definió la democracia[11] como “la tiranía de la mayoría”.

Esta transformación implica, de alguna manera, un cambio de las instituciones y una alteración profunda de la manera en que una civilización comprende lo que es verdad. Donde la sociedad tradicional buscaba elevarse hacia una idea superior, la democracia moderna dirige constantemente la mirada hacia abajo, hacia un falso consenso, hacia la opinión pública y hacia las masas que, en su mayoría, carecen de capacidad para elegir a un dirigente acorde con las expectativas. Las multitudes terminaron ocupando lo que antes pertenecía a los sectores espirituales; la cantidad se convierte en criterio de verdad y el número reemplaza a la jerarquía.

Julius Evola (filósofo italiano) logra interpretar el fenómeno[12] como una forma en que el mundo moderno manifiesta su decadencia singular. Toda civilización sana reconoce diferentes cualidades entre los seres humanos, pues no todos poseen la misma capacidad de liderazgo, la misma fortaleza interior o el mismo entendimiento de los principios superiores. La tradición se organiza a partir de dichas definiciones[12], formando jerarquías que reflejan una visión vertical de la existencia humana. En tanto, la modernidad comenzó una guerra sistemática contra lo espiritual con el fin de desprestigiarlo. Bajo el ideario de una igualdad absoluta, destruyó estructuras que permitían distinguir entre lo noble y lo meramente vulgar, entre los elementos elevados y los mediocres, entre el héroe y el cómodo. Todos ellos fueron sepultados bajo un cúmulo de argumentaciones vacías de contenido, dando lugar a la aparición de una cultura obsesionada con nivelar toda diferencia[13]. El ser excepcional deja de ser admirado con respeto y pasa a ser visto como algo sospechoso. La excelencia pasa a ser considerada una amenaza para la falsa igualdad. Y esto, en sus resultados más claros, no produce una humanidad más libre, sino una humanidad prisionera de la uniformidad, dependiente e incapaz de reconocer cualquier clase de grandeza que supere los parámetros generales dependientes de la vida material.

A toda esta transición hacia la decadencia y la acción política moderna se le podría sumar la falsa sensación de progreso[14]. Desde la Ilustración, Occidente comenzó a interpretar los hechos históricos como una marcha sin vuelta atrás, característica de una transición hacia condiciones supuestamente mejores. Los avances técnicos, la ciencia y el desarrollo de la economía fueron convertidos en pruebas irrefutables de una supuesta superioridad evolutiva. Pero la idea de progreso contiene contradicciones importantes, ya que supone que todo cambio social e histórico equivale a una mejora y que todo avance tecnológico implica necesariamente un avance humano. Sin embargo, la experiencia actual demuestra lo contrario. Nunca en la historia existieron tantos medios de comunicación; sin embargo, la incomunicación entre los individuos es más fuerte que nunca. Casi no existe diálogo entre personas si no es por necesidad. Nunca hubo tanta información a nuestro alcance, pero sigue persistiendo una creciente confusión intelectual. Nunca el hombre logró dominar tanto la naturaleza y, aun así, tiene tantas dificultades para responder preguntas esenciales sobre su propia existencia. El supuesto progreso ha multiplicado los medios mientras vacía los fines; ha perfeccionado las herramientas de trabajo sin aclarar el verdadero propósito para el cual deben ser utilizadas. Produce una aceleración constante sin decirnos cuál es la dirección correcta a tomar. El ser humano moderno avanza a velocidades alucinantes, ignorando hacia dónde tiene que ir.

Ernst Jünger (escritor alemán) entendió con claridad[15] cuáles son los rumbos de este proceso. El expansionismo tecnológico ha creado un mundo en el que los individuos viven dentro de sistemas colosales cuya función apenas logran identificar. La tecnología ya no es un instrumento subordinado[15] al ser humano, sino que se ha convertido en un modelo autónomo que forma hábitos, percepciones y formas de pensar. Quien domina las mayores bases de datos del mundo se convierte en dueño del mundo.

El individuo se miente a sí mismo creyendo que controla el mecanismo que utiliza diariamente, pero, en realidad, es esclavo de él, participando activamente en el moldeamiento de su visión de la realidad. Ellos le dicen qué pensar, qué hacer y cómo actuar. Lo técnico ofrece la ilusión de la libertad mientras produce una dependencia enfermiza. Promete poder mientras controla lo que haces. Promete comunicación, pero te engulle en una burbuja de soledad perpetua. Se siente como un triunfo, pero no es más que una expansión sin precedentes de estructuras de poder que reducen al hombre a una pieza intercambiable dentro de la maquinaria[16].

En cuanto a la posmodernidad, esta no logró corregir los defectos que la modernidad trajo consigo, sino que los amplificó, llevándolos hasta su última consecuencia. Si en la modernidad se destruyeron las evidencias de la tradición, la posmodernidad destruyó las certezas de la modernidad. La verdad fue reducida a una construcción subjetiva[17]; la identidad, a una elección circunstancial[18] que puede ser modificada conforme a los gustos de cada sujeto. Y, si consideramos el concepto de historia, la posmodernidad lo transformó en una sucesión arbitraria de relatos sin orden ni dirección. Todo se volvió meramente relativo porque ya no existe ningún principio sostenible que reconozca algo superior al individuo. Todas las jerarquías fueron consideradas sospechosas o destruidas. Toda autoridad también lo fue. Toda tradición fue sometida a una revisión permanente. Lo que emerge de este proceso definitivamente no es una sociedad más libre, sino una civilización hundida e incapaz de distinguir entre la esencia y lo accesorio[19]. El resultado final es un nihilismo extremo; un mundo donde todo es discutible, donde la propia ciencia, que en otras épocas era foco de una supuesta verdad, ahora pasa a ser relegada o casi desmentida por la ideología. Donde toda opinión fuera del círculo de aprobación es considerada equivocada y donde cualquier referencia a la verdad trascendente es vista como un fósil.

La crisis que está afectando a Occidente no puede ser considerada únicamente como un problema político, económico o cultural. Parece ser la punta de lanza de algo que va más allá de los entes dominadores actuales, algo que supera a los Estados. Fenómenos que no parecen explicables culpando solamente al sujeto que desde hace siglos es expulsado de toda tierra en la que pone sus pies, cuestión que desarrollaremos más adelante. Ese sujeto que enferma las raíces, pudre el tallo y envenena la fruta. Se trata de una crisis espiritual nacida de la sustitución de los antiguos principios que dominaron nuestras tierras, reemplazados por ídolos incapaces de sostener una civilización. La democracia, el supuesto progreso y las ideologías que deforman el físico y la mente se transformaron en condiciones sagradas porque ocuparon a la fuerza los lugares que antes pertenecían a una realidad superior. Pero son dioses débiles porque no exigen elevación, sacrificio ni transformación interna. Proponen comodidad, destruyendo todo lo que tocan. Aquella civilización que adore tales principios termina produciendo individuos adaptados a la administración de sus necesidades, pero incapaces de mirar más allá de su ego. En estas cosas reside la tragedia profunda de la modernidad.


Disciplina y carácter. Sobrevivir al Kali Yuga.

La tradición enseñaba que las grandes crisis del ser humano no comenzaban con el colapso de los imperios ni con las derrotas militares. Comenzaban cuando el hombre pierde el gobierno de su mente. El Kali Yuga, la era oscura descrita por la tradición hindú[21], no se entiende únicamente como un período histórico, sino como una condición espiritual caracterizada por la confusión[30] en masa, la inversión de los papeles y valores, además de una progresión incapaz de distinguir los verdaderos fallos del ser. Dar valor a lo material y permanencia a lo efímero. En dicha época, las cuestiones decisivas ya no consistían en transformar el mundo exterior, sino en impedir que el desorden penetrara en el interior del hombre. Cuando aquellas instituciones se debilitaban por la mala acción del hombre, las costumbres se degeneraban y las certezas desaparecían. El carácter se convertía en la última línea defensiva del individuo.

Con René Guénon, se observa que la modernidad representa una ruptura[22] sin precedentes con los principios tradicionales. Aquellos que orientaron a la civilización durante siglos se repliegan a posiciones desde donde puedan responder nuevamente al avance de los impíos. La economía logró, en gran medida, sustituir a la metafísica[22]; la utilidad desplazó a la verdad y la satisfacción inmediata se volvió prioritaria frente a la trascendencia. El resultado es un hombre constantemente distraído de las verdaderas funciones que debe cumplir, incapaz de provocar un silencio interior y sometido a un flujo permanente de estímulos que le impiden comprender más allá de sí mismo. La posmodernidad profundiza los síntomas[23] de la enfermedad al convertir la incertidumbre en virtud y el relativismo en norma pura.

Allá donde antes existían principios sólidos, apareció la opinología pública. Donde debería existir deber, aparecieron las preferencias. Donde debería existir un oriente común, hay una multiplicidad infinita de deseos individuales.

Frente a esa situación, la respuesta se encuentra en la tradición. Pero esto no es nada más que el deseo nostálgico de volver a épocas pasadas ni de encajar en un esquema que busque discutir constantemente los métodos. Esto, en realidad, consiste en la disciplina constante. Para Julius Evola[24], incluso en las épocas de decadencia es posible mantener una postura interna favorable. El verdadero combate no es solamente contra el enemigo externo, sino también contra la tendencia constante a la dispersión, la comodidad y la pasividad. En el momento en que una civilización pierde su norte, el hombre que desee conservar su interior intacto frente a las frivolidades del mundo externo debe convertirse él mismo en ese norte[24]. Debe construirse en su interior aquello que ya no existe en el exterior. En ese momento, la disciplina deja de ser una simple técnica de mejoramiento personal y pasa a ser un acto de resistencia[25].

La primera disciplina que debemos tener en cuenta es la de la mente. En una época dominada por distracciones permanentes, gobernar la propia mente constituye una forma de soberanía interior. La mente moderna se encuentra fragmentada por una saturación de información, entretenimiento y ruido. La dopamina constante es la nueva droga y es la más fuerte y destructiva de todas. Esta elimina con el tiempo el interés por las cosas que son realmente importantes para el ser. Produce una adicción frenética que arruina no solo el cuerpo, sino también el espíritu combativo. Es entonces cuando la disciplina mental debe exigir recuperar la capacidad de contemplar, estudiar y buscar el silencio interior[26]. El hombre debe exigirse a sí mismo aprender a pensar con independencia de las modas intelectuales y de las presiones del aparato público. Quien no se gobierna a sí mismo termina siendo gobernado por ideas sin eje. Y, en la era del Kali Yuga, la atención es una fortaleza que debe ser defendida a toda costa.

La segunda disciplina es la del discernimiento. No basta con acumular conocimiento; es necesario también desarrollar la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. La crisis contemporánea no es solamente una crisis de información; también es una crisis de criterio respecto de lo que puede llegar a consumirse. Nunca hubo tantos datos al alcance de nuestras manos y nunca resultó tan difícil orientarse entre ellos. El discernimiento exige una jerarquización de los valores, un principio superior desde el cual poder juzgar la realidad que nos rodea. Sin esto, toda opinión parece equivalente y toda elección resulta verdaderamente arbitraria. Guénon advierte que una de las características[23] de la decadencia consiste precisamente en la dificultad para reconocer los grados de importancia y los niveles de realidad. Recuperar lo que llamamos discernimiento significa, en gran medida, restaurar el sentido de las jerarquías[22].

La tercera disciplina es la vía de la acción. Las ideas tienen escaso valor cuando permanecen encerradas dentro de un paradigma de pensamiento y no las dejamos salir a la luz. El carácter se forja mediante la acción repetitiva; cada decisión fortalece o debilita una determinada disposición interior. La valentía surge de actuar con valentía, la paciencia surge de actuar con paciencia y la perseverancia surge de perseverar. Ernst Jünger observa esto[27] al señalar que la grandeza del hombre aparece cuando el individuo transforma principios abstractos en conductas concretas[28]. La disciplina de la acción implica cumplir con las obligaciones que se imponen, aunque el estado de ánimo sea otro. Implica terminar de una vez por todas lo que se ha iniciado. Implica actuar correctamente incluso cuando no hay nadie observando.

La cuarta disciplina es la oración[29]. Entre todos los aspectos que competen al hombre, esta debe ser la más practicada, aunque muchos la reduzcan a una repetición o a una costumbre religiosa. La oración implica meditación, y esto regula las funciones corporales del individuo, así como la claridad de la mente. Y ni que hablar del acercamiento a lo trascendental. La oración constante es, por esto, un ejercicio permanente de orientación interna. Es el acto en el cual la conciencia abandona temporalmente su lugar de confort; las preocupaciones son eliminadas, dando claridad al ser. Toda tradición auténtica reconoce[29] la necesidad de este movimiento ascendente. La oración va a recordar al individuo que no es el centro del universo. Lo obliga a salir de sí mismo y buscar lo que realmente importa en este mundo. Lo enfrenta a algo mayor que sus deseos mundanos y meramente individualistas.

Esta cuarta disciplina no opera de manera aislada, ya que la mente, sin alguna clase de discernimiento, puede convertirse en pura especulación. Y esta, sin acción, no hace otra cosa que degenerar en pasividad. La acción sin oración corre el riesgo de transformarse en una mera actividad vacía, sin sentido propio. Junto con esto está el peligro del sentimentalismo barato, culpa de una concepción moderna de la espiritualidad que viene desde el protestantismo. Ya ampliaremos esto más adelante.

Lo decisivo del Kali Yuga no consiste en predecir el futuro ni en intentar controlar procesos históricos que exceden al individuo. Consiste, por lo tanto, en determinar qué clase de hombre podemos ser mientras ese proceso tiene lugar. Mantenerse firme frente a las ruinas del mundo moderno[24]. Toda época se divide entre oportunidades para la decadencia y oportunidades para la grandeza. El hombre debe elegir cuál de ellas emprender, sin caer antes en el ostracismo. Sin esperar que las circunstancias de la vida mejoren. Debe comprender las transformaciones; debe comenzar el camino antes de que el fuego llegue a consumir los campos. En esto están las formas: cuando la mente adquiere claridad, el discernimiento se vuelve firme y la vía de la acción se transforma en un camino recto.


El camino del héroe.

En su mayoría, los hombres creen que su vida comienza bajo un mundo exterior. Creen que el problema fundamental nada más consiste en obtener riquezas, reconocimiento, seguridad o alguna clase de influencia. Orientan su existencia en base a metas visibles y comparan su valor según los resultados que consideran adecuados dentro de su organización social. Sin embargo, las grandes tradiciones destacan otras características que son más relevantes que estas. El verdadero escenario de aventura que el hombre puede realizar no es el mercado, ni la política, ni lo social. Es nada más y nada menos que su alma. La batalla constante y decisiva no se libra contra enemigos externos, sino contra las limitaciones que el individuo tiene en su interior. En este sentido, entendemos que la estructura del Camino del Héroe, desarrollada por Joseph Campbell[31] (escritor estadounidense), no constituye únicamente un patrón narrativo persistente a lo largo de la historia en mitos y leyendas. Es una descripción simbólica de algo más grande, de una identidad, y esto permite emprender una búsqueda de una forma superior de existencia.

Toda aventura comienza con una llamada a las armas. En los relatos tradicionales, esta llamada empieza adoptando la forma de un mensaje, una profecía o un acontecimiento extraordinario que marca al ser. En la vida real suele manifestarse como una inquietud profunda que perturba al sujeto. Se transforma en la sensación de que existe algo superior, algo incompleto en la existencia meramente ordinaria. Algo que no se puede satisfacer mediante lo cotidiano, mediante lo material. La mayoría ignora este llamado; prefiere permanecer dentro de sus aspectos de comodidad, en los límites de una vida predecible. Pero el héroe responde con vehemencia, comprendiendo que continuar siendo la persona que ha sido hasta ese momento equivale a estar muerto en alma.

René Guénon observa que el ser humano moderno[32] vive exclusivamente identificado con los aspectos más superficiales de la existencia. Confunde su verdadera naturaleza con el mundo emocional, que es, en esencia, algo pasajero. Confunde también su naturaleza con la opinología política, sus preferencias personales o su posición social. Todas estas cosas constituyen una especie de cápsula individual que encierra a la persona[33], formando límites estrechos que parecen inviolables. El individuo moderno solo se conoce a sí mismo como consumidor de un servicio, como ciudadano de la megaurbe o miembro de algún grupo. Pero nunca se pregunta qué existe más allá de esas definiciones tan banales. El primer paso para el héroe consiste precisamente[33] en reconocer que su identidad ordinaria le impide afrontar nuevas posibilidades del ser.

El viaje empieza cuando encontramos la ruptura con la realidad cómoda. No necesariamente tiene que ser una ruptura física, sino que se trata de una ruptura interior. El héroe de verdad debe abandonar las certezas que le proporcionan alguna clase de seguridad y enfrentarse a territorios desconocidos y a males superiores. Debe encontrarse con impulsos contradictorios, miedos que oculta, deseos y debilidades que en su momento ignoró. Esta fase de ruptura es dolorosa, la más compleja, y, de no ser superada, puede llevar aún más rápido a la autodestrucción. Esta fase exige observación sin máscaras; exige aceptar que gran parte de lo que se consideraba correcto o se toleraba eran fallos. Y que muchas de esas convicciones no eran más que reflejos que respondían a la automatización forzosa que provoca la modernidad.

Para Julius Evola, esto procede como una lucha[34] contra una fuerza de dispersión interna. El hombre vive arrastrado por influencias externas y reacciona como un autómata. Pero el héroe busca convertirse en el norte consciente de su propia existencia. No acepta ser una consecuencia más de lo que lo rodea. Aspira a transformarse en causa[35]. La aventura heroica consiste en construir un carácter[35] capaz de gobernarse a sí mismo y a todo lo que lo rodea.

La prueba central de esta batalla[38] es el combate con aquello que limita su desarrollo. En los mitos antiguos aparece como un dragón, un monstruo o una fuerza descomunal que debe ser enfrentada. En la experiencia del hombre, suele adoptar formas más sutiles. Puede ser la cobardía, la vanidad o la pereza. El enemigo principal rara vez se encuentra fuera; siempre habita dentro. La gran victoria no consiste en derrotar un mal externo, sino en derrotar aquello que impide convertirnos en lo que necesitamos ser.

Estas ideas son normalmente contrarias a las corrientes culturales contemporáneas. Una parte importante del pensamiento actual comprende al individuo principalmente como producto de estructuras externas. La atención es dirigida constantemente hacia factores sociales, económicos o políticos. Sin embargo, la tradición heroica insiste en que el centro de gravedad debe permanecer en las responsabilidades personales. El héroe no le debe nada al mundo material; debe dar importancia a aquello que necesita conquistar dentro de sí.

Ernst Jünger entendió que toda verdadera formación[36] depende de atravesar pruebas. El carácter no surge de la protección permanente de uno mismo, sino del encuentro constante con lo desconocido. Cada obstáculo recorrido representa una oportunidad[37] para descubrir reservas de fortaleza que aparentemente eran desconocidas. Cada desafío obliga a expandirse y buscar nuevos límites. El héroe aprende que la adversidad no es necesariamente una desgracia. En muchas ocasiones constituye el instrumento mediante el cual la vida revela capacidades que, de otro modo, permanecerían dormidas.

La meta final del recorrido puede expresarse mediante una palabra de la Grecia antigua: areté[39]. Esta concepción no designa simplemente éxito; designa excelencia. Un significado desarrollado en cuanto a las potencias más elevadas de la naturaleza humana. La areté exige disciplina, valentía, inteligencia[40], autocontrol y una importante nobleza espiritual. No puede obtenerse por herencia ni por decreto. Debe conquistarse. Cada acción, cada decisión y cada sacrificio participan en esa construcción.

Y al final del camino, al héroe no le espera un trono ni una recompensa material. Lo que va a encontrar es algo más valioso: una nueva concepción de sí mismo. Ya no vive como un personaje dentro de una existencia vacía; actúa en una dirección consciente. Deja de estar encerrado en la pequeña cápsula individual con la que comenzó el viaje y se mueve hacia un mundo donde es un componente más de una maquinaria superior. Esta es la enseñanza que busca transmitir permanentemente el mito heroico: la vida humana alcanza su plenitud convirtiéndose en algo más elevado. No hay que conquistar el mundo, sino el propio ser. La verdadera victoria no es el dominio de otros hombres, sino la aproximación constante a la excelencia[39].



Referencias Bibliografía:

[1] Smith, Adam. Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial, 2011 (obra original publicada en 1776).
[2] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001 (obra original publicada en 1927).
[3] Marx, Karl. Contribución a la crítica de la economía política. Madrid: Siglo XXI Editores, 2008 (obra original publicada en 1859).
[4] Evola, Julius. Rebelión contra el mundo moderno. Girona: Atalanta, 2014 (obra original publicada en 1934).
[5] Fichte, Johann Gottlieb. Discursos a la nación alemana. Madrid: Tecnos, 1988 (obra original publicada en 1808).
[6] Dugin, Alexander. La cuarta teoría política. Londres: Arktos Media, 2012.
[7] Platón. La República. Madrid: Gredos, 2018.
[8] Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), varias ediciones.
[9] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001.
[10] Guénon, René. El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Barcelona: Paidós, 2003.
[11] Adams, John. A Defence of the Constitutions of Government of the United States of America. Londres: C. Dilly, 1787.
[12] Evola, Julius. Rebelión contra el mundo moderno. Girona: Atalanta, 2014.
[13] Evola, Julius. Los hombres y las ruinas. Madrid: Ediciones Fides, 1981.
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[16] Jünger, Ernst. La emboscadura. Barcelona: Tusquets, 1993.
[17] Lyotard, Jean-François. La condición posmoderna. Madrid: Cátedra, 2000.
[18] Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003.
[19] MacIntyre, Alasdair. Tras la virtud. Barcelona: Crítica, 2001.
[20] Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998.
[21] Bhagavad Gītā. Madrid: Trotta, varias ediciones.
[22] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001.
[23] Guénon, René. El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Barcelona: Paidós, 2003.
[24] Evola, Julius. Cabalgar el tigre. Girona: Atalanta, 2017.
[25] Evola, Julius. Los hombres y las ruinas. Madrid: Ediciones Fides, 1981.
[26] Pieper, Josef. El ocio y la vida intelectual. Madrid: Rialp, 2010.
[27] Jünger, Ernst. La emboscadura. Barcelona: Tusquets, 1993.
[28] Jünger, Ernst. El trabajador. Dominio y figura. Barcelona: Tusquets, 1990.
[29] Tomás de Aquino. Suma Teológica. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), varias ediciones.
[30] Guénon, René. Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes. Buenos Aires: Losada, 2000.
[31] Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1959.
[32] Guénon, René. La crisis del mundo moderno. Barcelona: Paidós, 2001.
[33] Guénon, René. El hombre y su devenir según el Vedanta. Barcelona: Obelisco, 2004.
[34] Evola, Julius. Cabalgar el tigre. Girona: Atalanta, 2017.
[35] Evola, Julius. Rebelión contra el mundo moderno. Girona: Atalanta, 2014.
[36] Jünger, Ernst. La emboscadura. Barcelona: Tusquets, 1993.
[37] Jünger, Ernst. El trabajador. Dominio y figura. Barcelona: Tusquets, 1990.
[38] Homero. La Odisea. Madrid: Gredos, varias ediciones.
[39] Aristóteles. Ética a Nicómaco. Madrid: Gredos, varias ediciones.
[40] Werner Jaeger. Paideia: los ideales de la cultura griega. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2001.




domingo, 28 de septiembre de 2025

Ensayos - La muerte de las democracias liberales y el auge de las democracias iliberales en el mundo.


  La muerte de las democracias liberales y el auge de las democracias iliberales en el mundo.

1. Situación peculiar de la política en Uruguay

    En el contexto político uruguayo contemporáneo, la dicotomía política tradicional entre izquierda y derecha ha desaparecido, fenómeno que se evidenció años atrás, coincidiendo con el desaparecimiento de figuras tan destacadas social y políticamente como Wilson Ferreira Aldunate, entre otros. La izquierda revolucionaria movilizada en las calles y la derecha de índole patriótica y defensora de la nación han desaparecido, dejando lugar a partidos políticos que han perdido su identidad original al prostituirse a las corrientes del globalismo y a ideologías sin fundamento que menta el progresismo. Tanto el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Frente Amplio se perfilan, en este escenario, como meros blandengues socialdemócratas de carácter inútil. La perspectiva de un líder populista con huevos, similar a aquellos de épocas anteriores, podría representar una amenaza significativa para estos partidos débiles y consolidándose como una figura capaz de desafiar el status quo, comiéndose a estas mariposas.
    La persistente fragmentación de la política y la democracia en Uruguay se atribuye, en gran medida, a la influencia perniciosa de la corrupción en las esferas gubernamentales superiores. Este fenómeno, que aún no ha alcanzado su apogeo, ha contribuido significativamente a la desintegración continua de los sistemas políticos y democráticos en el país. Esto llevaría a una democracia iliberal por una sociedad derribada por los desastres políticos.
    Esto se ve reflejado en la constatación del incremento de movimientos imbuidos por nociones iliberales en lo que respecta a las democracias contemporáneas, constituyendo un fenómeno evidente. Estás ideas encuentra sus fundamentos en las reflexiones propuestas por el escritor británico Fareed Zakaria, en su libro “The Rise of Illiberal Democracy” (1997). Dicho exponente postula la premisa de que el paradigma democrático actual ha experimentado una desestabilización, caracterizada por su fallo en abordar eficazmente problemáticas sociales de relevancia, al tiempo que otorga primacía a ideologías carentes de fundamento y que han demostrado su fracaso en la práctica.

2. El auge de las corrientes iliberales en el mundo. 

    Este debate se viene planteando hace más de 20 años con respecto a varios pensadores, sobre un supuesto auge de nuevos modelos totalitarios que pueden ser el futuro de la política internacional. El cambio de época ha llevado que el modelo tradicional democrático se fractura, llevándolo a un arriesgado modelo implícito de la democracia.
    Fareed Zakaria plantea que en los últimos años se ha dado un continuo proceso de democratización a nivel global. Cada vez hay más países democráticos, pero a su vez, también se puede observar una continua erosión en los principios que se pueden observar en una democracia liberal. Muchos gobiernos avanzan sobre los procedimientos constitucionales, con presidentes o sus representantes correspondientes que evaden sistemas de contrapeso y la división de poderes. A su vez que muchos líderes y partidos justifican lo que sea por haber ganado las elecciones.
    Lo que está en auge es una democracia iliberal, un régimen híbrido donde el autoritarismo se legitima por el uso de procesos y rituales democráticos. Este mismo autor nos da un espectro por el cual podemos basar nuestras coyunturas respecto a un gobierno de proceder “democrático”. Desde ejemplificar un iliberalismo modesto en la Argentina de los años 1989 de Carlos Menem, al extremo en la Bielorrusia de Aleksandr Lukashenko o el Kirguizstán de Sadyr Zhaparov, en la actualidad.  En el año 2003 Zakaria expande su tesis con su libro “The Future of Freedom: Illiberal Democracy”.

 “La democracia occidental sigue siendo el modelo para el resto del mundo, pero ¿Es posible que, como una supernova, en el momento de su gloria cegadora en universos remotos, la democracia occidental se esté vaciando en el centro?".    

    Según el autor, la libertad y la democracia no necesariamente van de la mano, el estado de derecho y el estado de la ley es muy anterior al modelo de democracia que conocemos actualmente. Y esta tampoco necesita de su existencia.
    La democracia es la base última, la base más desarrollada y sofisticada de un estado de derecho. Si se prioriza que exista una democracia, pero falla en los mecanismos que protegen los derechos y las libertades. Lejos de ayudar, la democracia podría ser hasta contraproducente. Esto que explica Zakaria es verdaderamente importante, porque cuando escribió el libro, debatía si había que imponer la democracia en gobiernos autocráticos. Estados gobernados por Gaddafi, Mubarak, Sadan, Al Bashir fueron derrocados violentamente por Estados Unidos y sus aliados, e impuesto una “democracia” acorde a los estamentos occidentales.
    Pero hay que demostrarse optimista con respecto a esto, porque basándose en varios estudios, el autor sugiere que el factor clave para que aparezca y se fortalezca, una democracia liberal es la prosperidad económica consiguiente a un alto PIB percápita. Un ejemplo de esto es china, que viendo el aumento de su enriquecimiento gracias a políticas liberales de apertura económica, se están comenzando a insertar las bases de una transición a un modelo más libre.

3. El pueblo contra la democracia tradicional.

    Autores como Yascha Mounk es su libro “El pueblo contra la democracia” (2018), analizan el problema de otro enfoque. Desde la disolución de la URSS, muchos politólogos asumieron que la democracia liberal entraría en una continua consolidación. “La democracia liberal como el fin de la historia, como estadio último de la evolución política” Francis Fukuyama, no se concibe en un país con una economía y con una experiencia democrática, pueda virar hacia otros sistemas tan fácilmente. Pero el trabajo de Mounk ofrecen una gran cantidad de datos que rebaten esta postura.

  Tanto en Estados Unidos como en Europa Occidental, vemos una proporción creciente de ciudadanos que tienen una opinión negativa de la democracia o no la consideran necesariamente importante.



    En los últimos 25 años se expandió rápidamente el porcentaje de personas que están abiertas a la posibilidad de un gobierno autocrático. Donde un líder fuerte no tenga que lidiar con las elecciones de un parlamento.

    Cada año en estos países aumenta el porcentaje de personas que apoyarían a una forma de gobierno militar. Y simultáneamente los jóvenes de estos países, especialmente en Suecia, se alejan cada vez más del centro político y se asocian más con movimientos de extrema izquierda o derecha.
Mounk concluye que la democracia se está desconsolidado y que las tendencias indican que nos dirigimos hacia un futuro iliberal.
    El autor ofrece varias teorías para responder el porqué de este enojo contra el sistema democrático tradicional.
    Sus investigaciones dan resultado que la opinión de los ciudadanos de a pie, prácticamente no tienen impacto en las políticas estatales. Los gobiernos sirven casi exclusivamente a elites económicas y a lobis que promulgan ideologías sin fundamento.
"Si bien es exagerado decir que el país está dirigido «por, y para, los donantes, los grupos de intereses especiales y los lobistas>>, no cabe duda de que la dirección del país requiere en buena medida de la complacencia de esos colectivos. No se considera soborno que los lobistas redacten directamente partes de la legislación del país en nombre de los representantes popularmente elegidos, ni que las compañías a las que representan envíen a esos mismos representantes generosos donativos de campaña unas pocas semanas después. Tampoco se considera constitutivo de soborno que unos diputados británicos defiendan los intereses de grandes empresas públicas cuando están en el cargo, y que luego pasen a ocupar un puesto en los consejos de administración de estas cuando se retiran del Parlamento. Se trata de un desembolso de dinero privado que beneficia a los poderosos y reorienta las políticas públicas. Así, la labor de los legisladores, presuntamente consistente en traducir las opiniones populares en políticas públicas, queda tristemente secuestrada en muy buena medida por interés intereses particularistas". El pueblo contra la democracia - Yascha Mounk (p. 104-105)

    Entonces el auge iliberal se podía explicar como una revuelta contra las elites que nos gobiernan.
Pero esto no termina ahí, el autor presenta también que el estancamiento económico y el aumento de la desigualdad también hace parte importante para el auge de la misma.
    "El efecto combinado de una desaceleración del crecimiento y una aceleración de la desigualdad ha sido un estancamiento del nivel de vida de grandes partes de la población. La tasa de crecimiento puede seguir pareciendo aceptable si se compara con la media del total de la historia humana. Pero si se compara con las décadas que marcaron el pico de la estabilidad democrática, representa una caída desastrosa".

    En el pasado existía la idea que con trabajo y esfuerzo uno podía asegurarle a sus hijos y nietos una calidad de vida óptima. Hoy se está perfilando una situación diferente y esto puede llevar a la frustración, principalmente para los jóvenes que no ven buenas proyecciones para su futuro. Esto llevaría a replantearnos el consenso socialdemócrata que sé estableció en occidente hace 30 años. “En el largo plazo todos estaremos muertos” J. M. Keynes. La clase media trabajadora, que vive fuera de las grandes ciudades, tiene razones de sobra para estar preocupada pero este sector de la población suele ser ignorado por la clase política cancerígena. Esto subestima al impacto que puede tener en el tejido social y la percepción sobre la democracia.
    Y esto pasa también en Europa con la migración, uno de los temas importantes en la actualidad. La crisis migratoria ha causado ansiedad y preocupación en un sector muy grande de la sociedad, pero la clase política en vez de atender los miedos y las preocupaciones de los ciudadanos, los tratan de criminales.

4. Conclusiones 

    La crisis de la democracia liberal y la aparición del iliberalismo, se explican como una manifestación de una crisis subyacente. La cultura occidental es el conjunto de valores e ideas que han sido la base de nuestra sociedad y que hoy están en decadencia. Mientras la posmodernidad barre lo que queda de esta cultura, otros grupos intentan tomar las riendas de una sociedad que ha perdido el rumbo. 
    Hoy en dia no logramos ponernos de acuerdo en que es una mujer o un hombre, pone en manifiesto de que culturalmente estamos empezando otra vez de cero. Y frente a una fragmentación cultural grande, la convivencia se vuelve difícil y en algunos casos violenta. Sin hablar de la fragmentación política inevitable. La democracia posmoderna, que pretende actuar de una manera reconciliadora. Termina haciendo todo lo contrario, exponiéndonos a una ruptura social más grande. 
    Si nos dirigimos a las redes sociales, que son la viva representación de esto, podemos observar que lo que predomina y es la violencia absoluta en márgenes que rozan lo irrisorio.     Los idiotas útiles, que a menudo desconocen el fundamento de los paradigmas que pregonan, suelen fungir como armas de los caudillos oligarcas que aplastan su culo en una cilla ganando millones mientras nos matamos entre sí. Porque todas las competencias del estado en la actualidad están profundamente ideologizadas, ya sea la educación o la justicia. Con el único fin de agrietar aún más la sociedad y llevarnos al conflicto tribal.

Bibliografía: 
  • Roger Kaplan, ed. Freedom around the world, 1997, Nueva York: Freedom House 1997.
  • reedom in the World: The Annual Survey of Political Rights and Civil Liberties, 1992-93, Freedom in the World, 1989-90.
  • Larry Diamond, “Democracy in Latin America”, en Tom Faren, ed., Beyond sovereignty: collectively defending democracy in a world of sovereign States. Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1996, pág. 73.
  • Myron Weiner, “Empirical democratic theory”, en Myron Weiner y Ergun Ozbudun, eds. Competitive Elections in Developing Countries, Durham: Duke University Press, 1987, pág. 20. Realmente hay democracias en el Tercer Mundo que no son antiguas colonias británicas, pero la mayoría lo fueron.
  • Véase Arthur Schlesinger, New viewpoints in American History, Nueva York: Macmillan, 1922, págs. 220-240.
  • Mounk, Yascha. El Pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla. España: Editorial: PAIDÓS, 2018

Ensayos - Sobre la sociedad tecno-industrial Pte.3


 

Educa en la era tecno-industrial.


La educación se ha convertido en una herramienta para generar individuos adecuados al interés cultural de la sociedad moderna, acorde con los intereses de grupos de coerción. El sistema busca generar ciudadanos capaces, que puedan introducirse en la sociedad como individuos activos, laboralmente hablando, transformándolo en una herramienta que les permita dilatar sobre el mismo sistema que los conforma, replicando a las nuevas generaciones la misma idea, casi como si de un bucle se tratase.     El propio sistema, en el que participa la escuela como si fuera una empresa en un mundo mercantilizado, opera bajo una lógica de competencia. Intenta limitar o eliminar del todo los factores externos a este sistema y sus competencias dentro del mundo del aprendizaje. Esto incluye las nuevas tecnologías y, en algunos casos, la dificultad de los docentes para adecuarse a ellas.

A lo largo de los años, el sistema construyó una forma de imposición a las masas a través del poder, que se refleja principalmente en la educación. Michel Foucault menciona que “El poder no es una institución ni una estructura, ni cierta fuerza con la que están investidas determinadas personas; es el nombre dado a una compleja relación estratégica en una sociedad dada… El poder significa relaciones, una red más o menos organizada, jerarquizada, coordinada…”. Es decir, el sistema como tal (ya sea gobierno, familia, escuela, afecto, religiones, etc.) es funcional como herramienta de sometimiento, utilizando y transformándose de acuerdo con las necesidades para dominar cuerpos dóciles mediante la disciplina.     Este mecanismo explora, desarticula y recompone conforme a dichas adecuaciones sociales, generando individuos que Foucault menciona como cuerpos sometidos y ejercitados, “cuerpos dóciles”. Son dispositivos coercitivos que siguen actuando en la escuela, generalizando técnicas de manipulación que moldean al educando.     Estas son las que Foucault menciona como la “distribución de los individuos en el espacio”, que cumple con ciertas características de nuestra educación actual. Por ejemplo, la división en el salón de clases, un espacio cerrado y organizado. También la división por zonas, como el lugar específico asignado al estudiante, según el tradicional sistema vareliano, que evita la formación de grupos e impide la creación de espacios anatómicos funcionales para el estudiante.     Otros elementos incluyen el control del tiempo, la repetición continua de contenido y los periodos de silencio en las actividades curriculares. También se articula el cuerpo-objeto para que el estudiante sea más eficiente y rápido.     Como observador en diferentes ámbitos académicos, he notado que, en ocasiones, la disciplina dentro del aula encuadra al estudiante en un desarrollo igualitario con sus pares. Sin embargo, la igualdad, entendida como uniformidad, resulta insuficiente, ya que cada estudiante tiene condiciones de aprendizaje distintas. Esto deja fuera del sistema a aquellos que no cumplen con sus expectativas, como niños autistas, con síndrome de Down, entre otras dificultades de aprendizaje, incapacitándolos para un progreso adecuado.     Después de esta larga introducción, surge la pregunta: ¿cómo generamos una educación transformadora para nuestros estudiantes? ¿De verdad la educación no puede ser divertida?     En este punto, quisiera mencionar a Gregorio Luri, filósofo español, pedagogo y ensayista, quien afirma que la educación no debe ser dolorosa. Según él, el espacio educativo no debe ser un lugar de tedio y aburrimiento. Sin embargo, nada grande se obtiene sin esfuerzo. Lo fácil no exige nada; la calidad demanda atención y compromiso.     Como docente, me pregunto: ¿cómo evitamos replicar ese espacio tedioso? ¿Cómo logramos ser un docente que se adecúe a las necesidades del alumno? Concluyo siempre en la misma idea: el docente debe ser un individuo riguroso que motive al alumno a alcanzar su mejor versión. Esto solo es posible si el docente anima al educando a superarse constantemente. La escuela no debe ser un lugar de sufrimiento, pero tampoco únicamente de diversión; debe ser algo más.     A menudo, damos a nuestros alumnos el conocimiento de forma masticada, impidiendo que descubran y accedan por sí mismos a lo enriquecedor del saber. El educando no puede esperar pasivamente a que otro lo saque de su trivialidad; debe subjetivar la información, es decir, hacerla propia. La educación debe ser un espacio de crecimiento personal, no de adiestramiento. Debe preparar para la vida, no solo para un empleo, fundándose en un aprendizaje profundo, basado en el interés y la curiosidad, más allá de las fronteras de la razón y el saber.     Carlos Cullen señala que lo curricular debe estar estrechamente relacionado con el conocimiento, entendiendo el contenido educativo en relación con la vida cotidiana y las prácticas sociales. La escuela, como elemento socializador, cumple esta función enseñando cognición legítima en un clima democrático y pluralista, sin restricciones ni exclusiones. Es un espacio público del saber.     No obstante, Cullen también plantea que los saberes actuales están más cerca de una simulación virtual que de una construcción subjetiva. Las tecnologías están suplantando, en muchos aspectos, el sistema tradicional. Esto ocurre especialmente en campos como la informática, donde las empresas valoran más las habilidades autodidactas que un título universitario. Nos enfrentamos al desafío de demostrar la importancia del docente como mediador del conocimiento, dado que internet puede ser una herramienta peligrosa y desinformativa.     Foucault advierte que el poder y la dominación no se sostienen únicamente en ejércitos armados, sino también en la manipulación de la información. En la era de las fake news, el docente es fundamental para desarrollar en los estudiantes una capacidad crítica frente a estas amenazas.     Inés Dussel afirma que la tecnología debe ser un motor de cambio que permita al educador y al educando darle usos responsables. Por ello, es crucial generar nuevas pedagogías que fortalezcan la formación docente. Debemos usar la tecnología como una herramienta educativa, no como un elemento des-culturalizante.     Aunque los docentes enfrentan desafíos como la falta de recursos, interés de los alumnos o formación insuficiente en tecnología, esta debe convertirse en una oportunidad de aprendizaje, un elemento más de la educación. La escuela debe adaptarse al mundo en transformación, enseñando a los estudiantes a producir conocimiento y aprovechar las tecnologías para el bien común.




Bibliografía: 


  • Foucault, Michel, (2002)“Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión.1a, ed.”-Buenos Aires : Siglo XXI Editores, Argentina. 

  • D. Mombelli, (2020) “La escuela no es un parque de atracciones”, Revista Recensión. Barcelona, Ariel.

  • Cullen, Carlos A. Crítica de las razones de educar: temas de filosofía de la educación. Buenos Aires: Paidós, 1997.

  • Dussel, Inés (2012) “La formación docente y la cultura digital: métodos y saberes en una nueva época”. En: Birgin, Alejandra (comp.) Más allá de la capacitación. Debates acerca de la formación de los docentes en ejercicio. Paidós. Buenos Aires.

Ensayos - Sobre la sociedad tecno-industrial Pte.2


 "Si las ovejas fueran tan estúpidas como los humanos"



Construimos una falsa libertad.

        La sociedad actual se ha sumergido en una decadencia debido al excesivo consumismo de productos desechables, promovido por los medios coercitivos que limitan nuestras libertades y las usan a su medida. Nuestros gustos, opiniones, referencias y hobbies son totalmente inyectados directamente en nuestras mentes. Desde la infancia, estamos diseñados para el consumismo exagerado de basura, y esto beneficia, claro está, solamente a la industria y a los medios de control social. Si bien los aspectos generales que nos hacen llegar a ser meros individuos son utilizados para probar la eficacia de productos y técnicas de control social. Una prueba de concepto moldeada por los gustos generales de unos pocos que controlan y definen cuáles son las tendencias, o de una forma más pesimista, cómo el resto de la población deberá pensar o actuar.

Esto se debe a que cada vez somos más dependientes de la tecnología, de una forma u otra. Existe una necesidad imperativa del individuo respecto al progreso como especie, lo cual nos puede llevar a una decadencia como sociedad, en post de los avances tecnológicos que, una vez más, imperan como herramientas para el control de la masa. Este proceso de convertirnos cada vez más dependientes de la industrialización tecnológica es consustancial a una decadencia que permitirá la sustitución de las funciones del ser humano como tal. El creer por sí mismo, el crear con sus propias manos, el desempeñar nuestras libertades básicas, son amenazados diariamente hasta ser sustituidos por dispositivos mecánicos y digitales. Y esto se ve acrecentado con el auge de las inteligencias artificiales, que hoy en día, si se lo permitimos, sustituirán al ser humano en la mayoría de las actividades diarias (inteligencias artificiales como chatGPT, DALL-E y otras, ya han hecho el trabajo de sustituir al artista, al escritor, periodista o programador). El fast food tecnológico ya está generando menos autonomía de las personas. Teléfonos que son absolutamente descartables, aparatos IoT que transforman nuestro hogar simple a "inteligente", y ordenadores cada vez más avanzados, que, en realidad, no son necesarios en la práctica. Piensan por nosotros, definiéndonos como personas a través de las redes sociales, la automatización de la información, lo más reciente en moda, la opinión del influencer, son factores que poco a poco nos moldean e inevitablemente nos transforman en borregos mejor controlables, según las necesidades de un grupo reducido de individuos que contemplan el poder absoluto. Tan sumisos y controlables como lo quiera el aparato coercitivo, una suerte de mundo orwelliano que trae a la actualidad la ficción distópica de 1984. Realizando un retroceso paulatinamente de nuestra propia sociedad, sumidos en un absoluto sesgo que nos hace creer que esto en realidad está para posibilitar una vida más "fácil" y libre de preocupaciones.


Ya nada te pertenece.

    El accionar de los agentes del demiurgo, con el objetivo de alterar la experiencia humana, han causado una preocupación constante en el campo de la tecnología contemporánea. En este contexto, ha surgido una tendencia, casi como un mantra, en la que los usuarios se alejan de su rol tradicional de propietarios y se convierten en simples inquilinos de los productos que en teoría deberían haberle pertenecido.   En esta nueva realidad, el concepto de propiedad se vuelve efímero y ambiguo, especialmente para productos donde el software es propietario. A pesar de la inversión financiera y emocional que los usuarios hacen en estos dispositivos, la verdadera propiedad siempre está en manos del fabricante. Este fenómeno está conduciendo a una era en la que la propiedad, tal como la entendemos, está desapareciendo gradualmente e irónicamente, los consumidores están perdiendo control sobre lo que adquieren.  El amanecer de esta transformación se ve en los dispositivos llamados “inteligentes”, como automóviles, teléfonos móviles y otros dispositivos cotidianos.    En este escenario, la propiedad se disuelve en el espacio de la conveniencia y la conexión, dejando tras de sí una profunda reflexión sobre el concepto teórico subyacente de propiedad.         El rápido desarrollo de tecnologías descritas como “inteligentes” parece haber eliminado la autonomía individual, mientras que la propiedad, en su sentido tradicional, se desvanece en la nebulosa de la innovación.  Este cambio de paradigma, impulsado por la industria tecnológica y sus negocios, plantea una serie de preguntas importantes sobre los derechos individuales y la autodeterminación en la era digital. A medida que avanzamos hacia esta nueva era, es imperativo que los usuarios, consumidores y formuladores de políticas consideren cuidadosamente las implicaciones de este cambio hacia una concepción cada vez más efímera de los derechos propios y busquen proteger los derechos individuales y la privacidad en un entorno cada vez más conectado y en evolución. El mundo depende de la tecnología y esto irremediablemente nos está perjudicando como consumidores, en una sociedad que busca una falsa libertad y una falsa protección de datos. 

En el entorno digital moderno, la pérdida de control sobre nuestros datos personales es innegable. En este sentido, no se puede omitir que una vez que la información ingresa a la esfera virtual, existe en línea para siempre y sin límites. Este fenómeno abarca desde determinar nuestra ubicación mediante la dirección IP, necesaria para interactuar con diversos servicios de red, hasta datos DNS (Domain Name System), que revelan mucha información más sensible, como nuestros nombres reales, etc. La adquisición de nuestros servicios de Internet residencial implica la divulgación de datos personales en el marco de vulnerar determinadas garantías, estableciendo así un vínculo intrínseco entre la utilidad de dichos servicios y nuestras divulgaciones de privacidad.

Nos encontramos así en una situación de indefensos frente al gran demiurgo, en la que nuestras decisiones y acciones en el ciberespacio se convierten en los principales determinantes de nuestra realidad digital. La creciente popularidad de la telemetría en nuestros dispositivos personales ahora se ha normalizado en gran medida. Los sistemas operativos de nuestros dispositivos, ya sean ordenadores o teléfonos móviles, transmiten información continuamente a las respectivas empresas cada vez que nos conectamos a la red. Incluso el software instalado, navegadores y aplicaciones ofimáticas, entre otros, buscan activamente recopilar información personal sin requerir ningún tipo de autorización previa.

Nuestro panorama actual del ámbito digital nos sitúa en una encrucijada donde la protección de la privacidad se ve amenazada por el deseo constante de diversas entidades de apropiarse de nuestros datos personales. Esta situación plantea serias cuestiones éticas y regulatorias en torno a la recopilación y el uso de información personal en entornos virtuales.


Tu privacidad NO Existe. Los medios para saber todos tus secretos.

    Seguridad es una palabra que, en los tiempos de hoy, es demasiado relativo. Cualquier aparato tecnológico es vulnerable a fallos (claro, fue hecho por humanos por consiguiente no es perfecto) y estos mismos fallos pueden ser aprovechados por otros individuos para suprimir la privacidad por completo de los usuarios o para actuar extorsiones aprovechándose de ello. En el campo de la seguridad informática y el hacking, los especialistas sabemos los fáciles que puede ser llegar a una instancia en el que nos permita acceder a la información más íntima de los usuarios. Que en su gran mayoría no tienen conocimientos sobre sus propios aparatos. Cabe destacar que conocer las funcionalidades básicas de un dispositivo no significa que seas un experto en ello, por lo que este puede ser vulnerable a estafas como el phishing, spamming entre otras técnicas más que delincuentes informáticos pueden llegar a aprovecharse. Son problemas que con un cierto conocimiento sobre buenos usos se pueden evitar.

    Pero el problema más grave es cuando nos intentan meter a la fuerza aparatos en nuestro día a día que tienen problemas graves de seguridad. Como lo son los IOT (Internet Of Things, internet de las cosas), que a rasgos generales son dispositivos y otros objetos conectados a la red hogareña para de algún modo “facilitar” la integración de usuario con los aparatos que lo rodean. Pero, sin embargo, esto acarrea, como toda tecnología, al fallo humano. Es decir, a las malas prácticas, por lo tanto, un dispositivo mal configurado en una red hogareña está destinado a ser vulnerado. Dejando en exposición la privacidad del usuario a cualquier atacante que sepa aprovecharlo.

    El aparato smart o “inteligente” no es otro que un producto desechable, que de fábrica está programado para ser obsoleto en poco tiempo. Esto debido a la obsolescencia programada, un término utilizado para describir la táctica de diseñar y fabricar productos con una vida útil limitada, con el fin de aumentar las ventas y mejorar los ingresos de las empresas. La idea detrás de esta estrategia es que los productos se desgasten o dejen de funcionar después de un período de tiempo determinado, lo que incentiva a los consumidores a reemplazarlos por un nuevo modelo o producto. Generando un consumo innecesario de productos. Desde década de 1950 en delante, la obsolescencia programada se convirtió en una técnica común en la industria electrónica y de la tecnología, donde las empresas usaron una variedad de métodos para limitar la vida útil de sus productos. Estos métodos incluyen la utilización de componentes de baja calidad, el diseño de productos con piezas que se desgastan rápidamente, y la inclusión de fechas de caducidad en los software y sistemas electrónicos. Siendo perjudicial para los consumidores, ya que les obliga a gastar más dinero en reemplazar productos que aún funcionan bien. Además, puede ser perjudicial para el medio ambiente, porque aumenta la cantidad de residuos y acelera la obsolescencia tecnológica. Por lo tanto, algunos países han tomado medidas para regular la práctica de la obsolescencia programada, imponiendo sanciones a las empresas que utilizan esta técnica.

    Si bien tiene algunos aspectos positivos. Por ejemplo, puede estimular la innovación y el desarrollo de nuevas tecnologías, ya que las empresas se ven obligadas a crear nuevos productos y soluciones para mantenerse competitivas. Tiene un gran impacto negativo en la percepción de las marcas, puesto que los consumidores pueden sentir que se les está obligando a comprar productos que ya no necesitan. Aparatos que en poco tiempo no van a servir para nada, funcionales al consumismo deprecativo. La necesidad imperante de tener lo último modelo, la última tecnología. Pero no solo las empresas están jugando sus cartas sobre el dominio social, sino que también los gobiernos se aprovechan de su propia sociedad, empleando justificaciones banales como, por ejemplo, la necesidad de evitar el terrorismo o el robo de propiedad intelectual. Con la exposición de datos secretos de aparatos estatales de distintos gobiernos nos vemos inmerso en la gran intervención del estado en la vida de las personas. 

    Uno de los casos más interesantes es la de Edward Snowden, quien fue un ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA) que, en 2013, reveló información clasificada sobre la monitorización masiva de las comunicaciones de los ciudadanos y de otras naciones por parte de la NSA y otras agencias gubernamentales de inteligencia.  Snowden se llevó consigo más de 1 millón de documentos clasificados cuando huyó de su trabajo en la NSA en Hawái y viajó a Hong Kong. Desde allí, comenzó a dar conferencias de prensa y a filtrar los documentos a los periodistas, incluyendo a Glenn Greenwald y Laura Poitras, que escribieron varios artículos detallados sobre la monitorización de la NSA. Los documentos revelados por Snowden incluyen información sobre la interceptación y la monitorización de las comunicaciones telefónicas y electrónicas, incluyendo llamadas telefónicas, correos electrónicos, mensajes de texto y otras comunicaciones en línea. La NSA también recopiló información sobre la ubicación geográfica de los usuarios y sus patrones de uso de internet.

    Además, se reveló que la NSA y otras agencias gubernamentales de inteligencia colaboraron con compañías de telecomunicaciones para obtener acceso a sus servidores y recopilar información de sus usuarios. También se reveló que la NSA y su contraparte británica, el Gobierno Communications Headquarters (GCHQ), colaboraron en la monitorización de las comunicaciones internacionales. La filtración de Snowden generó un debate nacional e internacional sobre la privacidad y la seguridad en línea, y llevó a la creación de leyes y regulaciones más estrictas para proteger la privacidad de los ciudadanos. También generó controversia sobre la adecuación de la vigilancia gubernamental y la necesidad de un equilibrio entre la seguridad y la privacidad. Snowden fue acusado de espionaje y robo de propiedad gubernamental por el gobierno de los Estados Unidos y se encuentra en asilo político en Rusia desde 2013. Muchos defensores de Snowden lo ven como un héroe y un defensor de la privacidad y la libertad de prensa por dar a conocimiento público todo el aparato de control que distintos estados tenían.


La era del consumismo radical.

    El dinamismo exacerbado de la tendencia de consumo por materiales irrelevantes para la vida ha hecho mella en la sociedad actual. De manera frenética, cada año las personas consumen aparatos que son implantados como doctrina sociocultural, es decir, proponen la adquisición de bienes materiales como objetivo único de la satisfacción personal. Ya que la misma no produce ningún cambio de máxima necesidad sobre la vida del consumidor. Además de la creación de clases o distinciones entre las personas con base en la capacidad que tienen las mismas para llegar a esos aparatos. Una tendencia generalizada en las sociedades capitalistas tecno industriales de hoy en día, siendo promovidas por todos los medios coercitivos que existen a través del márquetin y la publicidad (tv, internet, etc). Totalmente opuesto al consumismo responsable.

    Quienes practican el consumismo radical o irracional, no se preocupan por el bienestar, mucho menos por los daños que implica esta misma. Como el daño ecológico de la compra y acumulación.  Esto solamente se puede dar en el seno de la llamada sociedad de consumo, cuyos orígenes datan del siglo XX, gracias a la industrialización, la producción masiva y la aparición de la publicidad. Factores determinantes para una expansión generalizada promovida también por la globalización y la facilitación de la adquisición de dichos productos con la sobre producción.  La cultura de la novedad y de la supuesta innovación que nos recompensa social y emocionalmente, solo si tenemos en nuestras manos el último modelo de un producto o de un servicio. Y, en cambio, nos avergüenza en cierta medida si nos hemos quedado atrás en la carrera por adquirir dichos aparatos. Aunque a medida que avanza la tecnología y los medios de producción de la misma, se vuelve teóricamente imposible de estar al día en lo que respecta a la innovación. Y esa misma tecnología en su desarrollo, según la ley de moore, se vuelve muchos más velos que cualquier capacitad personal, de ahorro o de relación de riqueza.

    Si bien las consecuencias del consumo irresponsable pueden ser positivas para la economía local, pero para el consumidor para nada lo es. Afectando su ambiente y salud, además de otras consecuencias como la creación de demanda donde no la hay. La producción continua y extensiva de basura, haciendo que los residuos de productos. Especialmente los afectados por la obsolescencia programada, se acumulan en el medio ambiente, tardando cientos o miles de años en desaparecer. Por otro lado, tenemos el consumo masivo de productos industrializados de baja calidad, lo que trae consigo consecuencias graves a la salud individual, familiar y regional. Causando enfermedades como la obesidad y la diabetes. El consumo de productos de un solo uso por encima de los más duraderos conducen al desbalance económico entre países y regiones. Empujando los ciclos del mercado a crisis más frecuentes y agudas.


Redes sociales como elemento de "Idiotización" en masa.

    En estos tiempos vivimos en una era donde la tecnología ha cambiado por completo la forma en que nos comunicamos e interactuamos con el mundo que nos rodea. El acceso a Internet y las redes sociales se han vuelto tan omnipresentes que prácticamente se ha convertido en una necesidad básica en nuestra vida diaria. Nuestros teléfonos inteligentes se han convertido en herramientas indispensables que nos permiten estar conectados en cualquier momento y en cualquier lugar. 

    Gracias a la conectividad constante que brinda Internet, podemos mantenernos en contacto con nuestros amigos y familiares, sin importar cuán lejos estemos. Las redes sociales nos permiten compartir instantáneamente nuestros pensamientos, sentimientos y experiencias con una amplia gama de personas, dándonos un sentido de comunidad y pertenencia. Además, podemos conocer al instante los últimos acontecimientos, acceder a información de expertos en cualquier área de interés y participar en debates y discusiones en línea. La comodidad de las compras en línea ha revolucionado la forma en que compramos bienes y servicios. Desde la comodidad de nuestro hogar o en cualquier sitio  podemos explorar una amplia gama de productos, comparar precios, leer reseñas y ofertas con  solo unos pocos clics. Esto nos ha facilitado mucho la vida, ahorrándonos tiempo y esfuerzo al evitar desplazamientos innecesarios. El entretenimiento también se ha transformado significativamente debido a la hiperconectividad. Ahora podemos acceder a plataformas de streaming que nos ofrecen una amplia selección de series, películas y contenidos multimedia en cualquier momento y sitio. Ya no estamos limitados por los horarios de emisión de  televisión o la necesidad de comprar medios físicos, ya que podemos disfrutar de un catálogo interminable de contenido bajo demanda.

    Sin embargo, a pesar de los beneficios que trae el fácil acceso a Internet y las redes sociales, también es importante ser consciente de los aspectos negativos que pueden derivarse de ello. La dependencia excesiva de la tecnología puede conducir al aislamiento social y  la pérdida de habilidades sociales cara a cara. Pasar muchas horas frente a las pantallas puede afectar nuestra salud física y mental, contribuyendo al sedentarismo, la falta de ejercicio y el desgaste digital.  Además, el acceso sin restricciones a la información en línea puede dar lugar a la difusión de noticias falsas y  de información errónea. La falta de regulación y verificación de contenidos en las redes sociales puede afectar nuestra percepción de la realidad y distorsionar nuestra visión. También enfrentamos amenazas de seguridad y privacidad  en línea porque nuestras actividades en Internet pueden ser rastreadas y utilizadas con fines maliciosos.

     Las redes sociales son el opio tecnológico que consume a la sociedad en la actualidad. La emoción que impero bajo el control de mega corporaciones, es principalmente la emoción, al ofrecer entretenimiento con la tecnología funcionando como arma de control. Está comprobado que las nuevas generaciones han puesto en marcha una autodestrucción con respecto a la generación de contenido que los expone a la doxa social.  El hombre, ese animal social por naturaleza, como mencionaba Aristotelismo en su momento. Está más que presente en los años venideros, una sociedad de animales esclavos del mundo digital que depende constantemente de un aparato, como si de otra extremidad se tratase. Aunque debo decir que está para un tumor maligno que subyuga al individuo, convirtiéndolo en un esclavo que nada más está para generar datos, los cuales son inmediatamente transformados en ganancias para las grandes corporaciones. Somos nada más números, ceros y unos, estadísticas,  que le permiten a las empresas generar más ganancias. Y me remito a la frase "si un producto es gratis, tú eres el producto" o algo así, acuñada en su momento  por Andrew Lewis. Pero me arriesgaría a decir que en el mundo digital, aunque pagues, sigues siendo el producto.

    Permítame compartir con ustedes mis pensamientos sobre un fenómeno que ha invadido nuestro mundo en la última década. Estas plataformas digitales representan una amenaza sin precedentes para nuestra sociedad y nuestras libertades individuales. Las redes sociales se presentan como una herramienta de comunicación y conexión, pero en realidad son una trampa que nos envuelve en una red de control y manipulación. A través de estas plataformas, los gigantes tecnológicos recopilan información sobre todos los aspectos de nuestras vidas:  nuestros pasatiempos, intereses,  relaciones personales. Se aprovechan de esta información para influir en nuestras decisiones, manipular nuestro comportamiento y dar forma a nuestras opiniones. Nos convierten en marionetas digitales, controlados por algoritmos diseñados para maximizar el tiempo del dispositivo.

    Pero el problema no termina ahí. Las redes sociales también son una poderosa herramienta de vigilancia masiva. Al compartir constantemente detalles sobre nuestras vidas en línea, nos hacemos vulnerables al estado y  otras entidades poderosas. Nuestra privacidad se ve erosionada y con ella nuestra capacidad de actuar libremente. Estamos continuamente monitoreados, analizados y clasificados en función de nuestro comportamiento en línea.  Un mundo cada vez más similar a aquel 1984, donde el gran hermano se masifica a través de estas plataformas aparentemente inocuas. Además, las redes sociales promueven una cultura de superficialidad y narcisismo. Nos inspiran a buscar la autenticidad constante a través del “me gusta” y seguidores. Nos convertimos en esclavos de la aprobación digital, perdiendo nuestra autenticidad y  conexión con el mundo real. Pasamos horas y horas mirando pantallas, desperdiciando nuestras vidas en vano, buscando aceptación virtual. 

    Pero lo más inquietante es el impacto que tienen las redes sociales  en nuestras mentes y emociones. Estos antecedentes se han convertido en caldos de cultivo para la depresión, la ansiedad y la soledad. Constantemente nos comparamos con los demás, sintiéndonos inferiores. Nos obsesionamos con las vidas perfectas que vemos en la pantalla, olvidando que son solo  una ilusión cuidadosamente construida. Nos desconectamos de nuestras emociones y relaciones reales, buscando refugio en un mundo virtual donde todo es fugaz y superficial.  Las redes sociales son una amenaza para nuestra libertad,  privacidad y  salud mental. Nos alienan, atrapados en una espiral de adicción y manipulación. Debemos ser conscientes de los peligros a los que nos enfrentamos y tomar medidas para protegernos a nosotros mismos y a las generaciones futuras.  Espero que mis palabras te hayan hecho reflexionar sobre este importante tema. Nuestra batalla por la libertad, la que acaba de comenzar y las redes sociales son solo uno de los muchos frentes a los que debemos enfrentarnos. 


El impacto de la distracción en nuestra vida.

El uso excesivo de las redes sociales y otras dispositivos digitales ha creado una sociedad constantemente distraída. Los expertos en la materia han advertido sobre los efectos perjudiciales de esta constante estimulación en nuestra capacidad de atención. La falta de conciencia y discusión sobre este tema en los medios de comunicación es alarmante. La saturación de estímulos diseñados para captar nuestra atención ha llegado a niveles preocupantes. Nos encontramos en un punto en el que nuestra fuerza de voluntad es secuestrada por estrategias diseñadas por expertos en tecnología y marketing.

La concentración es esencial para el buen desempeño en cualquier tarea. Si estamos constantemente distraídos, nuestra fuerza de voluntad se ve debilitada y nuestra capacidad para realizar tareas importantes se ve comprometida. Es relevante recordar que una persona profundamente distraída es tan vulnerable como una persona bajo los efectos del alcohol. La creencia errónea de que la multitarea es efectiva ha llevado a un aumento en la carga de trabajo y a una disminución en la calidad de lo que se ejecuta. La falta de enfoque y la constante interrupción de nuestra atención afectan negativamente nuestro rendimiento y bienestar general. La distracción constante también tiene consecuencias en nuestra vida laboral y personal. Nos volvemos más sumisos y menos propensos a cuestionar las condiciones laborales cuando estamos abrumados por múltiples tareas sin relación entre sí. Además, el agotamiento de nuestra atención puede afectar negativamente nuestro sueño y nuestra capacidad para pensar con claridad. Los niños, en particular, son vulnerables a los efectos negativos de la distracción constante, especialmente a través de las redes sociales. Es fundamental educar y concienciar sobre los peligros de la sobreexposición a estímulos digitales y fomentar hábitos saludables de uso de la tecnología desde temprana edad.

En resumen, el impacto de la distracción en nuestra atención es una preocupación real y urgente. Debemos ser conscientes de cómo la constante estimulación digital afecta nuestra fuerza de voluntad, rendimiento y bienestar. Es necesario tomar medidas para equilibrar nuestra utilización de la tecnología y promover una cultura de atención plena en nuestra sociedad. El impacto de la distracción en nuestra atención es un problema cada vez más evidente en nuestra sociedad actual. El profesor Rao Vaister, reconocido experto en fuerza de voluntad, incluso admite sucumbir a la distracción a través de juegos como Candy Crush en su teléfono. Esto nos revela que nuestra fuerza de voluntad ha sido secuestrada por estrategias diseñadas por ingenieros, psicólogos y expertos en marketing con el fin de controlar nuestra atención. Nos encontramos inmersos en un entorno digital que constantemente nos bombardea con estímulos distractores. Existe una saturación constante de información y entretenimiento que afecta directamente nuestro cerebro. Sin embargo, sorprendentemente, no se habla lo suficiente sobre este tema y sus consecuencias.

La concentración es crucial para el adecuado funcionamiento y rendimiento en nuestras tareas. Si no estamos verdaderamente concentrados, nuestra fuerza de voluntad se vuelve inútil. En realidad, una persona profundamente distraída se asemeja a una persona bajo los efectos del alcohol. Esta falta de enfoque puede tener consecuencias graves, como accidentes automovilísticos causados ​​por la falta de atención. Un error común es creer que la multitarea es efectiva. Sin embargo, esta creencia ha llevado a un exceso de trabajo y a una disminución en la calidad de lo que realizamos. En lugar de lograr más en menos tiempo, nos encontramos dispersos y con dificultades para concentrarnos en una sola tarea.

El impacto negativo de la distracción se extiende más allá de nuestro rendimiento laboral. La sobrecarga de tareas sin relación entre sí nos hace más sumisos y menos propensos a cuestionar las condiciones laborales. Además, el agotamiento de nuestra atención puede generar dificultades para conciliar el sueño y afectar nuestra capacidad de pensar con claridad en todas las áreas de nuestra vida.

Estas plataformas han encontrado la fórmula perfecta para capturar nuestra atención y mantenernos enganchados sin realmente satisfacernos. Las empresas detrás de las redes sociales buscan maximizar nuestro consumo y recopilar información sobre nuestros gustos y comportamientos, utilizando algoritmos sofisticados para lograrlo. El impacto de la distracción en nuestra atención es un problema real y preocupante. Nuestra fuerza de voluntad ha sido secuestrada por el entorno digital, y esto tiene consecuencias en nuestro rendimiento y bienestar. Es importante tomar conciencia de esta situación y encontrar un equilibrio saludable en nuestro uso de la tecnología, para así preservar nuestra atención y mantenernos enfocados en lo verdaderamente importante.

En un mundo lleno de distracciones constantes, es fundamental comprender la importancia de la concentración y cómo evitar caer en ellas. Nos enfrentamos a la pregunta de por qué estamos tan fácilmente distraídos y cuál es nuestra intención al buscar estas distracciones. Muchas de nuestras actividades diarias están diseñadas precisamente para evitar pensar en nuestra vida y en el mundo que nos rodea. Nos saturamos con series, películas, videos y demás entretenimiento para evitar enfrentar el vacío existencial que podemos experimentar.

La falta de concentración tiene consecuencias significativas en nuestra disciplina y fuerza de voluntad. Estamos atrapados en un presente infinito lleno de distracciones, sin la capacidad de enfocarnos en resolver problemas o desafíos. Incluso sin depresión, nos resulta difícil encontrar felicidad o sentido en nuestras vidas cuando nos dejamos llevar por la constante distracción. Es crucial actuar como grupo para exigir cambios en relación con cómo las redes sociales afectan nuestra capacidad de concentración. No se trata de eliminar por completo internet o las redes sociales, sino de tomar conciencia del experimento que se está llevando a cabo con nuestras mentes. Debemos ser conscientes de los efectos negativos que tiene en nuestra capacidad de atención y buscar formas de contrarrestarlos.

El hablante explica su estilo rápido al hablar como una adaptación a nuestra disminución de atención. Cada vez tenemos menos capacidad de atención y estamos desesperados por encontrar gratificaciones rápidas en los contenidos a los que accedemos. Es un recordatorio de cómo la distracción constante nos afecta incluso en la forma en que absorbemos información y nos comunicamos. El impacto negativo de la falta de concentración también se extiende a los niños y jóvenes. Ellos están en una etapa importante de formación de su visión del mundo, y la falta de concentración afecta negativamente su desarrollo. Además de estar expuestos a contenido inapropiado en internet, también sufren una degradación cognitiva debido a la constante distracción.

La importancia de la concentración y evitar distracciones es esencial para mantener nuestra disciplina, fuerza de voluntad y bienestar general. Debemos ser conscientes de cómo las distracciones afectan nuestras vidas y tomar medidas para contrarrestar sus efectos. Solo así podremos recuperar nuestra capacidad de atención y enfocarnos en lo que realmente importa.



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