XXXVII - La Niebla de los Caídos

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sábado, 12 de abril de 2025

Relato XXXVII - La Niebla de los Caídos


(imagen generada por ia)

                                                                La Niebla de los Caídos

    El astro rey apenas asomaba en el horizonte cuando Elric de Varholm ajustó su yelmo oxidado y deformado por la larga batalla. Con mucha dificultad logró levantar su espada sobre el escudo.
    A su alrededor, la infantería formaba una larga fila desordenada: hombres con miradas vacías, que sabían que aquel día podía ser el último. Un viento que resoplaba traía del este un hedor amargo: una mezcla de sangre seca, sudor y humo. Los cuervos volaban en círculos, esperando el banquete de carroña que, en minutos, mancharía aquellas frías tierras de rojo.
    Frente a las filas de bravos hombres, se lograba distinguir la gran llanura de Gravenmoor, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, y que pronto se convertiría en el campo de muerte.
    El choque fue horrendo. El sonido de las espadas desgarrando la carne y los huesos lograba ahogar los llantos de los moribundos. Elric, por un momento, logró perder de vista a sus camaradas entre el caos aberrante. Las horas se fueron como niebla al sol, y cuando la batalla mermó, no quedaba más que un silencio casi antinatural. El cielo se había convertido en un gris profundo. Él era uno de los pocos que había logrado estar de pie luego de la furiosa carnicería.
    Lejos de donde se encontraba, algunos estandartes rotos se movían lentamente entre las montañas de cadáveres. Elric, agotado, caminó entre los cuerpos que ya servían como festín para las bestias aladas. Como muñecos arrojados por algún niño cruel, yacían muchos guerreros de ambos bandos.
    Entre la montonera de heridos y soldados que, de a poco, ayudaban a otros, logró distinguir a Arlan, uno de los muchos compañeros que tenía en sus filas, con el cuello abierto de lado a lado. Cerró sus ojos con los dedos temblorosos, intentando borrar esa horrenda imagen de su psiquis.
    Pero cuando el ocaso llegó, algunas cosas cambiaron.
    Elric no había andado demasiado cuando notó que el cuerpo de Arlan ya no se encontraba en el mismo lugar. Se detuvo a reorganizar sus ideas, intentando discernir si el cansancio le estaba jugando alguna mala pasada.
    Pero luego notó algo extraño: otros también faltaban de sus lugares. Donde hacía un par de horas una docena de cuerpos se encontraba, ahora, inexplicablemente, solo había cinco. Las huellas de sangre permanecían en su sitio, pero los cuerpos no estaban; habían desaparecido.
    Pasaron unas cuantas horas. La noche descendía como una cortina de aceite espeso. Elric encendió una antorcha y la sostuvo con un temblor evidente. El campo de batalla se había convertido en algo más que cuerpos que desaparecían repentinamente. La niebla comenzaba a rodear la llanura, lenta y algo densa, como si tuviera una clase de voluntad propia. Y entonces escuchó: era un sonido similar a un arrastre, como uñas sobre piedra mojada. Comenzó a caminar hasta llegar a una depresión de tierra, donde un grupo de cuerpos apilados parecía haberse hundido parcialmente.
Observó con incredulidad.
    Una sombra se movía entre ellos, vagando de un lado al otro, encorvada y rápida. No alcanzaba a ver muy bien, solo aquellos ojos... O eso creía él: ojos brillosos, profundos y muy antiguos. Y entonces, uno de los cadáveres que se encontraba ahí hacía horas se alzó lentamente, sacudido por un temblor extraño, como si despertara de un sueño pesado. Se giró hacia Elric: la carne pálida, los ojos vacíos, la boca extrañamente manchada.
    Elric logró retroceder. El corazón golpeaba a mil revoluciones por minuto, como un tambor de guerra. Corrió. No quiso mirar hacia atrás.
    Al llegar a la colina, se volvió hacia atrás una última vez.
    La llanura estaba vacía.
    No quedaba ningún cuerpo.
    Solo la niebla, cada vez más profunda, escurriendo por la tierra como una lengua insaciable.
    Erlic se llevó la mano al pecho; algo latía demasiado rápido, fuera de control. Entonces, un destello de luz en el cielo cruzó su mirada, como un relámpago, pero sin ruido alguno.
    Y todo se detuvo.
    Un sonido algo mecánico. Un zumbido bajo lo desconcertó.
    Una voz metalizada rompió el tétrico silencio:
    —Simulación 078 finalizada con éxito. Análisis de los patrones con traumas persistentes. Memoria de la batalla residual en el hipocampo del huésped.
    Lentamente abrió los ojos, deparándose con una situación que no entendía. Estaba suspendido sobre una gran sala gris, dentro de una cápsula de contención, rodeado de luces y pantallas flotantes. Una maraña de cables conectados a su cuerpo desnudo, directo a lo que parecía ser una matriz de sensores.
    A su alrededor, cientos de cápsulas más.
    Miles…
    Todos soldados.
    Todos soñando guerras que nunca ocurrieron. Situaciones hipotéticas, miles de probabilidades insertadas directo al cerebro.
    De repente, un técnico se acercó a él.
    —Tenemos a otro afectado por la niebla residual —repitió, apretando un comunicador en su brazo—. Borren el entorno y reinicien nuevamente. Veremos si esta vez recuerda el final de la batalla.
    Y justo antes de ser borrado otra vez, Elric sonrió…

G. Zaballa