Relato XLV - Una segunda bala

jueves, 24 de julio de 2025

Relato XLV - Una segunda bala


(imagen generada con ia)


Una segunda bala


«Dios creó a los hombres, el coronel Colt los hizo iguales.»

— Samuel Colt

    El aire era demasiado seco, casi irrespirable, tan árido y estancado que cada inspiración era una agresión a los pulmones, como si se tratara del aliento muerto de un mundo sin alma. Daba la sensación de que el entorno se hubiera fosilizado siglos atrás, inmóvil bajo un sol inmisericorde. Algunas elevaciones rocosas —más cicatrices que montañas— delimitaban la inmensidad del abismo con una presencia muda, sombría. Había algo de vegetación dispersa: matorrales resecos, cactus erizados, arbustos derrotados por el clima. Pero ningún animal rondaba por la zona. Ni una serpiente, ni un buitre. Era un paisaje suspendido entre el mundo de los vivos y el de los olvidados.
    En las profundidades del condado de Bexar —un punto neurálgico, pero desértico, del gran estado de Texas—, la vida parecía haberse rendido. Aquel paraje ofrecía un silencio total, solo quebrado por el lamento del viento que soplaba con un ritmo irregular, a veces furioso, otras apenas perceptible. Aquellas tierras, donde el calor podía descomponer los huesos en cuestión de horas y el viento borraba cualquier rastro humano, despedían un olor rancio, mezcla de sudor añejo, madera podrida y algo más profundo: una podredumbre ancestral, que parecía surgir desde el mismo subsuelo.
    En ese confín del mundo, entre grietas y soledad, se alzaba un viejo caserón vencido por la acción del tiempo y la naturaleza, conocido por los lugareños como la Estancia Benally. Su estructura, una amalgama de vigas torcidas, paredes agrietadas y tejas comidas por el sol, parecía resistirse a caer del todo, como si una voluntad invisible la mantuviera erguida por pura obstinación maldita. Se decía que las tierras aledañas no daban ni frutos ni sombra, y que el agua del pozo emergía espesa, casi viscosa, con la densidad y el color oscuro de la sangre de becerro recién derramada. Una sustancia espeluznante que burbujeaba desde el fondo con una lentitud ominosa.
    El lugar estaba abandonado desde hacía ya bastante tiempo. O al menos, eso era lo que se creía. Tanto por Dios como por los hombres… o, mejor dicho, ambos habían decidido mirar hacia otro lado. Nadie que se acercara a la estancia había regresado igual. Si es que regresaban.
    El pueblo más cercano, de nombre Abismo Seco, no era más que un suspiro de civilización en medio del desierto. Una cantina desvencijada, una herrería que parecía haber sido tragada por el polvo, y una iglesia tan antigua que su campana, más que sonar, emitía un llanto apagado, hueco, que inundaba el valle como una plegaria rechazada. El viejo reverendo McGrath, de rostro curtido y mirada extraviada, solía decir —casi en susurros y siempre mirando por encima del hombro, como si el mismísimo Diablo lo espiara— que Dios ya no tenía interés en escuchar a la gente del gran sur profundo. Que había cerrado sus oídos. Que el cielo ya no contestaba. Lo decía con temor, con resignación, como si temiera que alguien —o algo— pudiera oír su desesperanza y cobrarle el atrevimiento.
    Pero una tarde rojiza, del color de carne abierta bajo la hoja de un cuchillo, un hombre llamado Caleb Rourke —pistolero sin patria, sin hogar, sin futuro— regresó al pueblo. Su llegada no fue celebrada, pero tampoco fue ignorada. Abismo Seco, pese a su nombre, sabía reconocer a sus muertos caminantes. Caleb había pasado años en la guerra, cruzado tierras más crueles que el infierno mismo, y visto horrores que hubieran quebrado a otro hombre. Sin embargo, nada —ni campos de batalla, ni gritos de moribundos, ni los ojos vacíos de los vencidos— se comparaba con lo que estaba a punto de presenciar.
    —Volviste demasiado tarde, forastero —dijo la anciana Inez, desde su mecedora frente al salón—. Él ya está despierto.
    Lo dijo sin moverse, sin dejar de tejer un velo invisible con sus dedos nudosos. Caleb no respondió. Solo apretó los labios, contuvo los pensamientos y siguió su camino hacia el límite del pueblo, donde el olor del polvo comenzaba a mutar: más denso, más antiguo, como si trajera consigo el hedor del pasado que se niega a ser enterrado. Llevaba una promesa a cuestas, una que lo ataba a los recuerdos que preferiría olvidar. Los muertos no olvidan ciertas cosas. Y menos aún los que fueron traicionados.
Casi veinte años atrás, en un duelo ilegal bajo un cielo gris y mudo, Caleb le voló la cabeza al hijo menor de Tom Benally, un tirano terrateniente que se creía dueño de todo lo que alcanzaban sus ojos... y más. Pero Tom cometió un error imperdonable: no enterró a su hijo en tierra santa. Ni siquiera en tierra.
    Cuentan las malas lenguas que lo llevó de regreso a la estancia y lo ocultó en la bodega, bajo la casa. Allí, en la oscuridad, entre ratas y humedad, comenzó a practicar rituales. El viejo Benally empezó a aprender cosas. Cosas antiguas. Prohibidas. Secretos enterrados con los huesos de los indios navajos, arrancados a la fuerza por la fiebre del oro y la codicia de los blancos. Magia corrompida por la rabia y el hambre. Poder arrancado del suelo con manos ensangrentadas. Algo que venía de generaciones anteriores, un linaje mestizo, medio indio, medio conquistador. Los Binaalyé, navajos que con los años y el mestizaje dieron origen a los Benally.
    —El viejo Benally hizo un pacto —había dicho Inez muchos años atrás, con voz quebrada—. Entregó su alma a cambio de una segunda bala. Y lleva el nombre de Caleb.
Cuando llegó a la estancia, Caleb sintió que el aire se volvía casi sólido, como si respirara lodo ardiente. Escupió sangre sin notarlo. Tenía la lengua seca, áspera, con un sabor metálico que le raspaba el paladar y le nublaba los recuerdos.
    La casa parecía moverse. No por el viento, sino por su propia voluntad. Se inclinaba hacia él con intención depredadora, como si fuera una bestia dormida demasiado tiempo, ahora lista para devorar. Y allí, en el umbral, con un sombrero viejo que le cubría los ojos y una sonrisa que congelaba la sangre, lo esperaba alguien. Alguien con hambre de muerte. Un hombre alto, de piel cenicienta, sonrisa cadavérica, y un silencio que pesaba más que el plomo.
    —Ya veo que volviste —dijo el viejo Tom Benally. Pero sus labios no se movieron. Su voz emanaba del polvo, del suelo, de los huesos enterrados bajo sus pies.
    —Algunas promesas están para cumplirse —respondió Caleb, al tiempo que desenfundaba su vieja Colt 45. El arma parecía un eco del pasado: oxidada, polvorienta, pero letal. Seis balas. Una para cada año que había huido de su destino.
    Los dos hombres se colocaron a unos veinte pasos de distancia. Frente a frente. En ese instante, hasta las cigarras guardaron silencio. El viento se retiró, enmudecido por el duelo inminente.
    Uno…
    Dos…
    Tres…
    Y dispararon…
    Pero el cuerpo del viejo Tom no cayó. Las balas le atravesaron el pecho, dejando agujeros por donde debería haber salido la vida… pero sus pies seguían firmes. No vaciló. No sangró.     Era como si aquellas balas fueran papel mojado contra un muro de siglos.
    La pistola de Benally seguía alzada, apuntando con una calma imposible. Caleb sintió que el tiempo se detenía. Todo a su alrededor quedó suspendido, como atrapado en un charco estancado de eternidad.
    —Tú traes la muerte a estas tierras —susurró Tom Benally—. Pero yo traigo la eternidad.
    Las detonaciones retumbaron en el valle como campanas de juicio final. Y luego, el grito. Un grito que no era solo de dolor físico, sino del alma desgarrándose. Caleb gritó desde el fondo de su ser mientras sentía cómo algo entraba en él. Algo antiguo. Algo que llevaba esperándolo desde el día del duelo y que había sido sellado con el alma de Caleb y el pacto oscuro del viejo Tom.
    El disparo de Benally nunca llegó a su destino. No lo necesitaba.

G. Zaballa

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