Desde que publiqué mi primer libro en formato físico, El circo de las bestias (año 2023), una colección de cuentos de terror, comencé un viaje profundo e inesperado. No fue solamente un paso más en mi carrera como escritor, sino el inicio de un proceso de aprendizaje constante y transformador. Aprendí mucho más que nuevas técnicas narrativas; aprendí a mirar el mundo de otra forma, a indagar en lo oscuro y lo desconocido con una lupa más afinada, con una sensibilidad distinta.
Ese primer volumen fue, sin dudas, un comienzo sólido, pero también crudo. Desde entonces, me esforcé en mejorar no solo en lo formal, en el estilo o en la estructura de mis historias, sino también en el contenido. Fui dejando atrás ciertas zonas de confort narrativas para explorar nuevas temáticas, nuevas emociones, nuevas formas de abordar el terror. Porque descubrí que el miedo puede tomar muchas caras, muchas voces, y que hay múltiples maneras de alcanzarlo, de transmitirlo, de provocarlo. Abordar el género desde otras perspectivas me llevó a descubrir intereses que antes no me animaba a explorar.
Este camino no fue fácil. Hubo caídas, tropiezos, textos que nunca vieron la luz y otros que no encontraron lectores. Pero también hubo victorias inesperadas, pequeñas joyas personales que me motivaron a seguir. Fui seleccionado en concursos internacionales, compartí páginas con autores que admiro profundamente, y tuve el privilegio de ser coautor en tres libros más, además de publicar en revistas literarias y plataformas digitales. A veces, cuando me detengo a pensarlo, no termino de creerlo. Parece que fue ayer cuando, casi por juego, escribía mis primeros poemas o mis humildes creepypastas que subía a un foro viejo, por allá en 2014. No buscaba nada en particular en aquel entonces, simplemente jugaba con las palabras, probaba.
Luego vino un largo silencio. Durante cinco años no escribí absolutamente nada. La vida me llevó por otros caminos, por lugares donde no había espacio —ni tiempo, ni energía— para esto que hoy es parte vital de mí. Pero todo lo que duerme puede despertar. Y así fue como volví a escribir, como quien regresa a casa después de una tormenta. Para desestresarme, casi como terapia, publiqué un cuento que marcó un antes y un después: El lobisón. Inspirado en una leyenda que me acompañó desde la infancia, cuando vivía en campaña, fue la primera vez que me tomé en serio esta pasión.
No fue un éxito, pero sí una piedra angular en mi camino. Me empujó a seguir escribiendo, a no detenerme. Luego llegaron cuentos como Larva y La maldición de la Casa Rodríguez, que no solamente consolidaron mi voz como narrador, sino que me permitieron cruzar fronteras, gracias a la editorial Alas de Cuervo y a varias revistas digitales. Comencé a ver el potencial de mi obra y a creer con convicción en que tenía algo que decir.
Las puertas se abrieron. Publicar en medios diversos, tanto en mi página web como en revistas especializadas, me dio confianza. Pero fue con la publicación de mi libro por la editorial Phobos cuando sentí que realmente podía expandir mi catálogo de experiencias, alcanzar nuevos públicos y seguir creciendo. Ese fue otro punto de inflexión. Desde entonces, escribí y publiqué mucho de lo que tenía guardado, borradores que dormían esperando su momento.
En el camino conocí a personas maravillosas, grandes escritores y maestros que me guiaron, que apostaron por mí, y a quienes les estaré eternamente agradecido. Hoy tengo entre manos varios proyectos que espero ver publicados este mismo año: una novela que continúa el universo de La maldición de la Casa Rodríguez, otra de corte fantasía medieval que publico por capítulos en mi web, y una serie de relatos que siguen ampliando mi catálogo en editoriales y revistas.
Esta antología que ahora presento es un reflejo de todo ese recorrido. Aquí no sólo hay cuentos de terror: hay ciencia ficción, policial, ficción histórica. Pero, de alguna manera, todas estas historias siguen teniendo una raíz en el miedo, en la oscuridad, en lo desconocido. No me despego del todo del terror, porque siento que es una forma profunda de conectar con la esencia humana. Estos cuentos muestran una madurez en mi escritura y también una evolución personal. He pasado de escribir sobre mitos del norte de mi país a narrar ficciones con una visión más universal, sin dejar de lado mis raíces. Porque Uruguay tiene mucho para contar, mucho que mostrar al mundo, y pocos nos hemos animado a difundirlo más allá de nuestras fronteras.
Hoy busco crear ficciones más complejas, mundos elaborados que engullan al lector y lo arrastren a universos paralelos, que no sólo se lean, sino que se vivan. Quiero que quien lea mis textos sienta que lo que ocurre en esas páginas podría suceder también dentro suyo. Quiero que mis historias atraviesen el papel, salten a la piel, se instalen en la mente y sacudan la psiquis con fuerza. Que la lectura no sea un escape, sino un encuentro.
Gracias por acompañarme en este viaje. Ojalá estas páginas sean, para vos, tan intensas y reveladoras como lo fueron para mí al escribirlas. Que disfrutes el recorrido. Que sientas el miedo. Que te pierdas… y que no quieras —o no puedas— volver.
Como alguna vez expresó el gran maestro del terror gótico —ese artífice de pesadillas, el insigne narrador de sombras, sangre y criaturas que desafían a la muerte para caminar eternamente entre los vivos—, "Bienvenido a mi casa. Entre libremente por su propia voluntad. Deje parte de la felicidad que trae..."
Menciones especiales a los cuentos:
- Relato XXIV - 3042.
- Publicado en la revista Venezolana “Paladin”, en la revista Uruguaya “Sonámbulo” y la revista Colombiana “Polilla”.
- Relato XXVII - Umbral.
- Publicado en la colección “Historias de medianoche” (junio del 2024) por Ediciones Akera.
- Relato XXIX - A media milla.
- Publicado en la revista Venezolana “Paladin” y en la revista Uruguaya “Sonámbulo”.
- Relato XXX - En la sombra del Averno.
- Ganador del segundo concurso literario “Victoria Sabina Bisio” del Instituto de Formación Docente de Rivera (octubre del 2024).
- Relato XXXI - The black carpet.
- Publicado en la revista Venezolana “Paladin”.