(Imagen generada por LeonardoIA)
Elisa entre las bestias
Por Diony Scandela y Gustavo Zaballa
Dentro del universo hay cosas que son conocidas y hay cosas que son desconocidas. En el medio de esas cosas hay puertas.- William Blake
Apenas llegó al hall del Hotel Arconte, Elisa Vasconcelos sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ella hermosa, con un lujoso vestido escarlata y dos hermosos pendientes con incrustaciones de rubí, que hacían juego con su ondulado cabello negro. A través de sus penetrantes ojos azules vio a la crema de la ciudad; la distinguida familia Madariaga, el señor gobernador, la señorita Brunilda, célebre diseñadora de joyas, además de las damas del club de beneficencia. Algunos integrantes de la Sociedad H estaban allí también. Elisa, mujer de cuarenta años y soltera, había perdido las esperanzas de conseguir un buen prospecto entre aquel cúmulo de gente hipócrita. Su madre, la señora Graciela Vasconcelos, aún albergaba esperanzas: dos mujeres que solo dependían de la fortuna del fallido Néstor Vasconcelos (padre de Elisa), necesitaban asegurar el futuro de la “pequeña huérfana”, como le decía la prensa. Entre risas falsas, copas de whisky escoces y el Stardust de Artie Shaw tocado por la orquesta.
—No pretendo que te acerques a Federico… Pero al menos hay otras opciones-dice la señora Graciela a Elisa, agarrándole el brazo.
—Por favor mama, no empieces.—Elisa da un sorbo a su copa y se sienta en la mesa.
Graciela señala de forma disimulada a un sujeto corpulento. Un hombre que aparentaba tener más de cuarenta. Silencioso. Cabello gris y de rostro italiano. Vestido con un impecable esmoquin; más allá de la mesa, está otro sujeto sentado. Parece barajar unas cartas de póker.
—Buenas noches, señor Banucci-dice Graciela.
El hombre de cabello gris sonríe y toma la mano de la anciana para besarla. Hace lo mismo con Elisa.
—Buenas noches, hermosas damas. Señorita Elisa, tan radiante como el sol que alumbra el amanecer del hombre. Déjeme besar su dulce mano.
—Oh, por favor señor Banucci. Va a hacerme sonrojar.
Graciela da un leve codazo a Elisa. Banucci se cruza de brazos y se limita a reír. Desde la otra mesa, el otro sujeto se une a la reunión:
—Permítanle presentarles al señor Archibald West. Inglés, obsesionado con la historia… Al igual que yo.
Elisa y Graciela saludan al enigmático sujeto. Quien con una voz suave se presenta sin estrechar la mano. Nariz aguileña, ojos grises, cabello rubio y mentón puntiagudo. Bartolomeo Banucci habló sobre sus recientes hallazgos en la Conferencia Anual de Historia, celebrada en Madrid. Una charla que poco o nada interesaba a las Vasconcelos, pero fingían que le llamaban la atención esos temas. Archibald West, en un defectuoso español, les comentaba que en pocos días partiría a Egipto, para realizar unas excavaciones en el Monte Sinaí.
—El señor West, pretende desentrañar el misterio en torno a una leyenda judía del periodo interstestamentario. En torno a un antiguo maestro de la ley, y su conexión con una entidad demoniaca; el trabajo de Archibald es financiado por la familia Rothschild… Pero mi intención no es aburrirles con tanta cháchara.
Elisa bosteza de forma disimulada. A pesar de todo, el señor Banucci le parece atractivo. Detalla su fisionomía corpulenta: no es obeso, pero es ancho como una estatua renacentista; un mesero trae una bandeja con filete de cordero y ensalada Cesar.
—Buen provecho, señor West—agrega Elisa.
—Me fascina el cordero. Era el plato favorito de mi marido.
West y Banucci se miran como extrañados.
—El cordero es el Agnus Dei. Ese signo de inmanencia que parece verlo todo. Omnipresente como el aire, y cuanto quisiera que ese reflejo de la moral de esclavos se extinga con el devenir de los siglos… Somos polvo de estrellas en el vasto océano de la nada…
—Por favor, West. No es necesario perturbar la bella noche—interrumpe Banucci con una leve sonrisa.—Todos haceos parte de la misma historia y formamos parte del Espíritu Absoluto. Cada evento fortuito y siniestro es parte de la vida. Forja nuestro destino.
—Yo creo mucho en Dios y Su Providencia—agrega Elisa, guiñándole un ojo.
Con miradas que denotaban complicidad, Bartolomeo y Elisa acordaron bailar la pieza que comenzaba a sonar. Un swing jazz lento, de notas sugestivas (casi lujuriosas). Archibald West terminó levantándose de la mesa, sin avisar, en dirección al salón de fumadores; Graciela nota que va barajando las cartas de póker.
Mientras Elisa y Bartolomeo van bailando, el historiador le cuenta que también está soltero. Que su objetivo es casarse, tener mucha descendencia y pasar el resto de su vida gozando de la fortuna que heredó; Elisa le pregunta por su familia, pero Bartolomeo se limita decirle que eran integrantes de la Sociedad H: un gremio de filántropos y arqueólogos que velaban por los intereses de muchas familias, en especial, personas ligadas a algunas dinastías europeas. Todos los jueves se reunían en puntos específicos de la ciudad: Hotel Arconte, la abandonada Sinagoga de Puerto Aztur y otras locaciones. Mucho dinero y aburrimiento resultará en actividades ociosas. Mucho tiempo libre, querido. Y nada de sexo, ¿no? Pensaba Elisa mientras veía los ojos grises de Bartolomeo.
En aquel momento, sutilmente, las manos de Bartolomeo bajaron, sosteniendo a la chica desde sus caderas con firmeza, mientras seguía dándole la chapa sobre cómo aquellos “filántropos” de la misteriosa Sociedad H se reunían en secreto, bajo un aparatoso pretexto de caridad y arte. Elisa, al sentir el apretón en sus caderas, se sonrojó mientras miraba directamente a aquellos perturbadores ojos, ya con una expresión distinta.
En ese instante, la música del lugar se volvió aún más lenta y las luces del gran salón principal titilaron. Ella, en un gesto de respuesta a Banucci, deslizó sutilmente su mano por el hombro y luego por la espalda de aquel fornido sujeto. Él, por su parte, entendió el flirteo de la chica.
Fue entonces cuando Elisa notó cómo algunos de los asistentes a la fiesta comenzaban a retirarse poco a poco hacia un salón contiguo, tras unas enormes cortinas aterciopeladas color carmesí.
—¿A dónde se dirigen todos? —preguntó algo confundida, deteniendo su movimiento.
Bartolomeo esbozó una leve sonrisa con esa calma que tanto perturbaba.
—No te preocupes —respondió—. Es parte de la velada, el verdadero motivo de esta cena. ¿No querrás perder el juego, verdad?
Ya no se sentía del todo segura en ese lugar; una sensación extraña comenzaba a invadir su psique. Y antes de que pudiera responder algo, notó que Graciela ya no se encontraba allí. Se había esfumado entre el tumulto. Algo resignada, y empujada por la curiosidad que todo aquello le provocaba, siguió a Bartolomeo a través de las grandes cortinas.
Lo que encontró detrás le heló la sangre…
El salón, dispuesto como un teatro circular, estaba rodeado por grandes columnas de ónix y espejos que deformaban los reflejos. En el centro de todo, una gran mesa de roble antiguo cubierta de símbolos, algunas velas negras encendidas, y sobre ella, una campana de cristal protegía una extraña estatuilla de piedra ennegrecida.
Alrededor de aquel extraño altar, los filántropos reían y bebían como si celebraran alguna clase de cumpleaños. Pero algo más perturbaba a Elisa. Algo que no lograba explicar se tejía en el aire de aquel lugar.
En una de las esquinas, apoyado en uno de los grandes pilares, estaba Archibald West, aún barajando sus cartas con movimientos imposibles. Aquel arqueólogo parecía más pálido que antes, dando la sensación de estar tramando algo.
De repente, Bartolomeo aplaudió y las luces se atenuaron.
—Queridos hermanos, ya es hora.
En ese momento, todas las personas presentes enmudecieron.
—Esta noche, como dictan nuestras antiguas costumbres, es noche de cacería —dijo, clavando sus ojos en la chica—. Y hoy tenemos nueva presa.
Fue entonces cuando la sala estalló en vítores y aplausos. Elisa sentía cómo el piso temblaba bajo sus pies.
—¿Qué pasa aquí?
Dos extraños sujetos se acercaron a ella y la sujetaron con vehemencia. Bartolomeo dirigió su mirada hacia la chica, esbozando una media sonrisa.
—Como dictan nuestras tradiciones, alguien debe ser la presa esta noche. Pero no te preocupes… si sobrevives, serás premiada. Y si no… al menos tu sacrificio servirá para entretener a todos.
Al terminar de oír esas palabras, intentó zafarse, pero sin lograr nada. El gran techo sobre ellos se iluminó, revelando un enorme laberinto tras la sala contigua: una maraña de pasillos con espejos, trampas ocultas y corredores que parecían no tener fin.
En ese momento, soltaron a Elisa en el umbral. La caza había comenzado. Los asistentes, que esperaban eufóricos la señal de Banucci, comenzaron a colocarse máscaras doradas con forma de bestias míticas, mientras murmullos y risas llenaban el ambiente. Detrás de ella, los pasos comenzaron.
—¡Que comience la caza! —vociferó Banucci.
Comenzó a correr. Aquellos pasillos se retorcían, los espejos devolvían una imagen deformada de sí misma. Escuchaba su propio jadeo y los susurros de los cazadores detrás. Doblando una esquina, una figura extraña la tomó del brazo y la arrastró hacia una compuerta oscura: un punto ciego en el enorme laberinto. Era Archibald West, con el rostro imperturbable, aunque sus ojos brillaban por algo diferente.
—Escúcheme bien —dijo—. Haga lo que le digo si no quiere morir esta noche. Solo tiene que seguirme.
Ella no lo dudó ni un segundo. Siguiendo sus pasos, avanzó por un largo túnel que no debería existir. Pasaron por lugares estrechos, grabados con símbolos inelegibles, hasta llegar a una gran compuerta.
Aún lograban escuchar la euforia de los cazadores que seguían tras ella. Los aullidos comenzaban a sonar cada vez más cerca.
—¿Por qué me estás ayudando? —jadeó la chica.
West se detuvo y la miró directamente a los ojos.
—Porque yo también crucé este laberinto hace algunos años. Y gracias a tu padre logré sobrevivir. Él me mostró este pasaje.
Luego de empujar la gran compuerta, West le indicó el camino.
—Ahora debes ir sola. Y olvida que me viste.
Elisa respondió con un movimiento de cabeza en señal de aprobación y cruzó, deparándose con el centro del laberinto, donde todos los miembros de la Sociedad la esperaban con rostros de incredulidad. En ese momento, los cazadores se detuvieron y ella pudo respirar con alivio.
Bartolomeo aplaudió al verla sana y salva.
—¡Bravo! Lograste sobrevivir. No muchos llegan hasta acá. Demostraste tu valentía al pasar nuestro ritual ancestral. Ahora, únete a nuestra verdadera fiesta. Elisa miró a su alrededor. Los miembros de la Sociedad H, ya sin sus máscaras rituales, la rodearon. Algunos le estrecharon la mano. Reconoció rostros: políticos, empresarios, artistas famosos. Todos parte de una telaraña de poder.
Bartolomeo le ofreció un cáliz con un líquido extraño en su interior.
—Ahora bebe, y todos nuestros secretos serán también los tuyos.
Elisa obedeció, con cierta duda, pero al final bebió aquel brebaje amargo y oscuro. Una extraña oleada de claridad y vértigo la inundó por completo. Sintió cómo sus sentidos se agudizaban.
Archibald West se acercó a ella, ya con un rostro más amigable.
—Bienvenida al otro lado, Elisa.
Ella sonrió, sabiendo que dejaba de ser una presa.
Ahora, sería ella quien participaría en la caza.
FIN.



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