Relato XLIII - Bajo la Nieve

martes, 20 de mayo de 2025

Relato XLIII - Bajo la Nieve


(Imagen generada por ia)


Bajo la Nieve



    “Lo que pasa es que uno no se da cuenta de cuándo empieza la verdadera lucha... la lucha por sobrevivir.”

    — Juan Salvo
    El Eternauta.


 
  Este relato se desarrolla en el vasto y perturbador universo de El Eternauta, una de las obras más emblemáticas de la ciencia ficción argentina. No pretende imitar la genialidad de su creador, sino rendir tributo a quien supo combinar con maestría el drama humano, la crítica social y los elementos de una distopía profundamente conmovedora. A través de estas líneas, intentamos honrar la memoria y el legado de Héctor Germán Oesterheld, maestro indiscutido del género y voz eterna…

I

    Aquel día, la nevada había comenzado exactamente a las 17:12.
Esa era la hora precisa en la que la sirena de la fábrica marcaba el cambio de turno, un sonido metálico que retumbaba en todo el barrio como un ritual cotidiano. Sin embargo, aquel día no sería uno más. Lo extraordinario era que se encontraban en pleno verano, nevando en la ciudad de Rivera, al norte de Uruguay, donde jamás —ni en los recuerdos de los más ancianos— se había visto nevar. Y menos aún con semejante época del año.
    No había forma de ignorar lo que estaba ocurriendo. Estaba nevando en un país donde las temperaturas rara vez descienden por debajo de los cero grados. Era como si el mismísimo infierno se hubiese congelado. Nadie supo cómo reaccionar. Algunos lo miraban con fascinación; otros, con temor creciente. Nos tomó a todos completamente desprevenidos: unos estaban en sus trabajos, encerrados en oficinas, galpones o talleres; otros en escuelas, con la mirada pegada a las ventanas empañadas, tratando de entender lo imposible.
    Todo parecía salido de un sueño. O de una pesadilla.
    Al principio, nadie lo consideró demasiado extraño. Era raro, sí, pero no aterrador. Hasta que comenzaron a pasar cosas que no tenían explicación. Los pájaros, uno tras otro, comenzaron a desplomarse del cielo. No aleteaban. No planeaban su descenso. Simplemente, caían, rígidos, como piedras, estrellándose contra el asfalto o los techos de las casas, sin emitir un solo sonido. Era como si el frío los hubiese paralizado en pleno vuelo, como si el aire mismo los hubiera traicionado.
    Peor aún fue lo que sucedió con los perros. En manadas desorganizadas, comenzaron a correr por las calles en dirección al Cerro del Marco, huyendo como si algo invisible y monstruoso los persiguiera. Gemían, lloraban, lanzaban aullidos que helaban la sangre. Corrían con una desesperación tan profunda que uno podía sentir que sabían algo que nosotros aún no comprendíamos. Como si tuvieran un sexto sentido. Como si intuyeran que lo peor estaba por venir.
    En el centro de la ciudad, en la plaza Artigas, algunos niños seguían jugando, ajenos al peligro. Uno de ellos —un pequeño de no más de ocho años— levantó el rostro al cielo, maravillado por los copos que caían lentamente. Extendió la lengua para atrapar uno de ellos, como lo habría hecho en cualquier otro lugar donde la nieve fuese real.
    Murió al instante…
    No gritó. No cayó con dramatismo. Simplemente, se desplomó como si su cuerpo hubiese sido apagado desde adentro, como si el copo hubiese llevado consigo una descarga mortal.
    Entonces lo supimos.
    La nieve no era nieve.
    Lo que caía del cielo no era un regalo de dios, ni una rareza meteorológica. Era otra cosa. Algo ajeno, inhumano. Y había comenzado.

II

    El subteniente Rosales, del Regimiento de Caballería Mecanizada N.º 3, fue uno de los primeros en recibir la orden directa de cerrar todos los accesos provenientes de la ciudad vecina de Santana do Livramento.
    No hubo margen para preguntas ni explicaciones. La orden fue seca, tajante, transmitida por radio, con un tono que no dejaba lugar a dudas: aislar completamente la frontera, evitar cualquier ingreso o egreso, contener la situación a toda costa.
    Los efectivos movilizados, hombres curtidos en ejercicios de combate y patrullas de frontera, se desplazaron con rapidez. Portaban fusiles Steyr AUG, livianos y precisos, junto con sus habituales vehículos blindados EE-9 Cascavel, imponentes y ruidosos, como bestias de metal que se abrían paso entre las calles estrechas y congeladas. Todos, sin excepción, llevaban máscaras antigás, distribuidas apenas unas horas antes, como si alguien supiera algo que ellos todavía ignoraban.
    Rosales observaba todo con una calma tensa. Era un veterano. Había participado en misiones de paz en el Congo, había patrullado aldeas marcadas por el miedo, había visto la violencia brotar sin sentido entre ruinas y selvas. Pero esto era diferente. Esto no tenía rostro. No tenía enemigo visible. Solo nieve... nieve que no era nieve.
    Los primeros informes hablaban de un fenómeno inusual, de copos blancos cayendo sobre Rivera como si el clima hubiera enloquecido. Pero pronto comenzaron los rumores: animales muertos sin heridas, personas que no respondían a las llamadas, figuras difusas que aparecían en los márgenes de la visibilidad.
    En un principio, algunos altos mandos especularon con la posibilidad de un ataque químico. Otros, con una fuga de laboratorio del lado brasileño. Incluso hubo quienes susurraron la palabra “experimento”, como si eso pudiera explicar lo inexplicable. Pero la sensación térmica —un frío que se colaba en los huesos, más allá de lo razonable para la región— no acompañaba ninguna explicación lógica. Era como si el aire mismo hubiera sido reemplazado por otra cosa… por algo hostil.
    Rosales mantenía la disciplina entre sus hombres. Los distribuía en retenes, organizaba patrullas, emitía partes de situación cada hora. Pero en el fondo, algo no encajaba. La lógica militar comenzaba a desmoronarse.
    Al anochecer, los soldados comenzaron a hablar en voz baja, con un tono que no era el habitual entre hombres armados: “Figuras en la niebla”, “sombras que caminan sin hacer ruido”, “movimientos en los techos”. Uno aseguró haber visto una silueta alta y delgada cruzar una calle sin dejar huellas sobre la nieve. Otro juró que un compañero, enviado a revisar un galpón, no volvió más, y que dentro solo encontró su fusil humeante y su máscara partida al medio.
    Rosales no dijo nada al principio. Pero por dentro, algo se removía. Algo que había enterrado hacía años, después de haber visto lo que nadie debería ver. En África, había presenciado horrores que los informes oficiales nunca registraron. Y ahora, esa misma sensación —ese escalofrío detrás del cuello, ese presentimiento animal de que algo anda mal— había regresado.
    Algo en su interior —algo que dormía desde hace mucho— despertó con un grito mudo.
    Y por primera vez en muchos años, Rosales sintió miedo. No miedo al combate, no miedo a la muerte. Era miedo a lo desconocido. A lo que no se puede combatir con balas. A lo que llega en silencio, oculto en la niebla, disfrazado de nieve.
    Porque la nieve no era nieve.
    Y la guerra que se aproximaba no era como ninguna otra.
    
III

    Desde el Liceo N.º 1 se comenzó a organizar la resistencia civil.
    No estaba claro aún a qué exactamente se resistían, pero el instinto de supervivencia —más antiguo que cualquier explicación— comenzó a activarse en los rincones donde antes se dictaban clases de historia y matemáticas. El lugar, otrora lleno de adolescentes despreocupados, se había transformado en un centro de reunión improvisado, un refugio y, poco a poco, en el cuartel general de lo que algunos comenzaron a llamar “la última esperanza”.
    Pero resistencia… ¿A qué?
    No se tenía certeza de nada. No había precedentes, ni manuales de protocolo para situaciones como aquella. Nadie recordaba algo semejante, ni en libros, ni en archivos, ni siquiera en los relatos de los más viejos. Lo que estaba ocurriendo no tenía nombre. Era, simplemente, lo imposible volviéndose real.
    Comenzaron a formarse grupos voluntariosos. Personas comunes, civiles de todas las edades, unidas por el miedo y la necesidad. El objetivo inicial era reunir víveres: comida, agua potable, medicamentos, mantas, linternas… cualquier cosa que pudiera hacer más llevadera la incertidumbre. Nadie sabía cuánto tiempo podría durar todo eso. Nadie sabía si el tiempo mismo seguía fluyendo como antes.
    El miedo era palpable. Se podía oler. Se podía tocar.
    Muchos habían perdido contacto con sus familiares. Otros simplemente los habían perdido para siempre, desaparecidos en medio de la nevada maldita o consumidos por algo que no dejaba rastros. La desinformación era total. Las redes habían caído, los teléfonos no funcionaban y las pocas emisoras de radio que aún transmitían lo hacían con interferencias, mensajes cortados, alertas que parecían codificadas o emitidas por personas al borde de la locura.
    Algunos se atrevían a salir a la ciudad, armados con lo que tenían a mano: cuchillos de cocina, palos, viejas escopetas de caza. Iban cubiertos con capas plásticas, trapos mojados, bufandas, cualquier cosa que pudiera funcionar como una máscara improvisada para protegerse de aquella nieve que ya todos sabían que no era nieve.
    Y entre ese grupo de resistentes —una mezcla de estudiantes, docentes, vecinos y simples curiosos que no aceptaban morir sin pelear— apareció un personaje peculiar.
    Uno más del montón, en apariencia, pero con una voz que temblaba no de miedo, sino de certeza. Se atrevió a hablar en medio de un silencio espeso como la noche:
    —Esto… esto está pasando en todas partes —murmuró, observando con gravedad a los demás—. Soy radioaficionado. Hace unos días logré comunicarme con un tal Denis, de Cerro Chato. Dice que allá las cosas están igual… que la nieve cayó también allá. Y no solo eso… En Buenos Aires… en Brasil… Nadie se está salvando de esto.
    La mayoría lo miró con desconfianza. ¿Quién era ese tipo? ¿Y si solo estaba buscando protagonismo? Pero él insistía. Tenía esa clase de mirada que solo tienen los que han escuchado demasiado.
    —Dicen que en el sur, en Argentina, la cosa está aún peor… —continuó, sin que nadie lo interrumpiera—. Con la nieve… llegó algo más. Algo que no es humano. Lo poco que pude entender entre interferencias… hablaban de criaturas enormes, como insectos… cascarudos gigantes, decían. Estaban atacando a la gente, destruyendo todo a su paso. Nadie entendía bien de dónde venían, solo sabían que habían caído con la nieve. Del cielo. Como si fueran parte de una invasión que no alcanzamos a ver llegar.
    Hubo un silencio pesado tras sus palabras. Algunos lo miraron como a un loco más, alguien afectado por la presión, por el encierro, por la muerte que rondaba. Nadie dijo nada, pero muchos lo descartaron en sus mentes.
    Hasta que, días después, los rumores comenzaron a confirmarse.
    Una vieja emisora de onda corta captó una señal argentina. Las voces, distorsionadas, pero claras, mencionaban ataques. Mencionaban criaturas. Describían exactamente lo que aquel desconocido había relatado. Y entonces, por primera vez, la resistencia civil del Liceo N.º 1 entendió que estaban dentro de algo mucho más grande. Algo que superaba fronteras, gobiernos, y lógica.
    La nieve no era nieve. Y lo que caía del cielo… ya caminaba entre nosotros.
    
IV

    El Cerro del Marco había desaparecido por completo.
    Donde antes se alzaba esa elevación conocida por generaciones de habitantes de Rivera como un símbolo natural, ahora se erguía algo completamente distinto. Algo que no pertenecía a este mundo.
    En su lugar había surgido una estructura ciclópea, monstruosa en escala, imposible de describir con palabras humanas. Sus formas parecían desafiar las leyes de la geometría y de la lógica, como si hubieran sido diseñadas por una mente ajena a la comprensión terrestre. No tenía ángulos definidos, ni curvas constantes: sus bordes parecían cambiar con cada mirada, como si la estructura misma estuviera viva y en constante mutación.
    Desde lejos, se asemejaba a una torre negra de proporciones titánicas, de superficie opaca y sin reflejos, como si absorbiera la luz en lugar de reflejarla. Pero al acercarse, la percepción cambiaba: ya no parecía una torre, sino un abismo que se alzaba hacia el cielo, un vacío invertido, un monumento a la contradicción, una herida abierta en el tejido del universo.
    Los soldados que patrullaban la zona fueron los primeros en encontrarla. Y como era de esperarse, ante lo inexplicable, reaccionaron con la lógica de la guerra: dispararon. Buscaban, de alguna manera, someterla, comprenderla a través de la fuerza. Ametralladoras pesadas, rifles de asalto, incluso artillería ligera… Nada parecía afectarla.
    Las balas rebotaban contra su superficie con un sonido húmedo, como si impactaran en una carne densa, gomosa, orgánica… y sin embargo, impenetrable. Cada disparo parecía inútil, y con cada ráfaga, la sensación de impotencia crecía.
    Hasta que la estructura respondió.
    Grandes compuertas, ocultas hasta ese momento, se abrieron con un siseo profundo, como el de un suspiro milenario, escapando de una tumba cerrada durante siglos. Desde su interior emergieron criaturas imposibles: seres que reptaban entre una bruma azulada que parecía congelar el aire a su alrededor. Se desplazaban con facilidad inhumana, como si no tocaran realmente el suelo, sino que se deslizaran sobre él.
    Tenían forma de escarabajos gigantes, pero no eran insectos. Su tamaño superaba al de un camión. Tenían extremidades articuladas, armaduras quitinosas iridiscentes, ojos sin pupilas y bocas que se abrían en múltiples direcciones, revelando hileras de dientes que no parecían estar hechos para alimentarse, sino para torturar.
    Y en cuestión de minutos, la batalla comenzó…
    No fue una batalla justa. Ni siquiera fue una batalla en términos humanos. Fue una masacre.
    Las bestias avanzaban con coordinación precisa, como si compartieran una sola mente colmena. Pero lo peor no era su fuerza física, ni su número. Lo más terrible era el efecto que provocaban en las mentes de quienes las enfrentaban.
    Uno a uno, los soldados comenzaron a caer. Algunos morían al instante, devorados o aplastados. Otros, sin razón aparente, se arrancaban el casco, dejaban caer sus armas y se arrodillaban, como si algo les hubiera susurrado una verdad imposible al oído. Algunos, incluso, se volvieron contra sus propios compañeros, gritando palabras incomprensibles, presas de una locura súbita y violenta.
    No solo eran criaturas físicas. Eran emisarios de algo más. Algo que operaba dentro de la conciencia.
    El subteniente Rosales, testigo de la primera línea, describiría luego —antes de perder el habla por completo— que sintió como si algo gigantesco y antiguo se metiera en su mente, escudriñando sus recuerdos, tocando sus miedos más profundos, alimentándose de ellos. “No eran monstruos… eran ideas con forma…”, alcanzó a escribir antes de que se encerrara en un silencio eterno.
    Y así como comenzó repentinamente, la batalla por el Cerro del Marco terminó en pocos minutos.
    No quedó nadie en pie. Solo cuerpos esparcidos en posturas antinaturales, vehículos destrozados, armas abandonadas… y aquella torre abisal, brillando suavemente con un resplandor azul desde sus compuertas abiertas, como si acabara de despertar de un largo sueño.
    Y el mundo comprendió entonces que lo que había llegado no podía ser detenido con balas.
    Porque la nieve no era nieve.
    Y el Cerro del Marco… ya no pertenecía a este planeta...

G. Zaballa

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