Relato IX - La casa

lunes, 4 de julio de 2022

Relato IX - La casa




   
    David, un niño flacucho de pelo enrulado, apenas tenía ocho años. Era habitual verlo deambular por las calles del barrio con una pequeña bicicleta roja, regalo de sus padres en su último cumpleaños, conseguido con mucho esfuerzo. Le tenía mucho aprecio, pues no tenía muchas cosas que provinieran de regalos y la cuidaba como si fuera lo más preciado que tuviese en la vida.
    Solía estar siempre con un grupito de amigos, que eran bastante peculiares. Siendo él el más pequeño, era considerado el más débil y miedoso de sus compinches. Un conjunto de seis niños que se conocían, por supuesto, de la misma escuela, la vieja escuela de Trinidad, la N° 260. De esos primeros encuentros en el recreo a ir juntos todas las mañanas en bicicleta, su amistad fue evolucionando poco a poco.
    Este grupo siempre hacía de las suyas en el tramo de ida y vuelta. Cosas de niños, algunas travesuras, nada que en esa edad no hiciera cualquiera. Seguido le tocaban el timbre al viejo Alberto, un señor de 80 años que ya casi no podía moverse. O le tiraban frutas y verduras a la Sra. Doris, la verdulera del barrio. Así pasaban el rato haciendo sus travesuras; ya se los conocía muy bien. Aunque David no participaba en las hazañas del grupo, no le quedaba otra que seguir los pasos de Lucas, un niño con aires de santurrón que creía saberlo todo y se daba de líder de su grupo de amigos. Lo seguían más que nada por miedo. Era el más grande, no solo de edad, sino también de físico, parecía llevarle unos cuantos años a los demás. Y siempre incitaba a las travesuras. Tenían una manía de retarse entre sí, a ver quién se mandaba algo mayor a los demás o quién se animaba a hacer algo que sorprendiera a los suyos. Para ellos, era la forma de divertirse, de llenar ese tiempo libre que tenían por las tardes o de camino a la escuela. En fin, cosas de chicos.
    David casi no participaba en esos retos, solo era el observador del grupo, por algo lo llamaban "David el Miedoso". Con sus grandes lentes de fondo de botella, era motivo de burla en todo momento, no solo en este grupito, sino también entre los demás niños de la escuela. Era difícil creer que un niño como este estuviera con un grupo tan particular de desadaptados. La última vez que había participado en una travesura fue cuando los demás le tiraron piedras al techo de un señor que solían hacerle la vida imposible. Un señor que sin lugar a duda tenía problemas mentales, pero esto no evitaba que diariamente le bombardearan la casa con todo tipo de objetos, con tal de hacerlo salir tras ellos a los gritos. Entre carcajadas, se subían velozmente a sus bicicletas y salían a todo lo que daba, esquivando el tránsito. Esa era su diversión, algo sorprendente para unos pequeños niños buscapleitos. Pero, aburridos de siempre lo mismo, decidieron emprenderse en nuevas rutas para ingeniarse alguna travesura. Salir de la monotonía de molestar siempre a los mismos vecinos. De buscar los mismos pleitos, o tan siquiera buscar nuevas cosas que hacer. Por lo que, al ir por una calle nueva, se toparon con una vieja casa que llevaba años ahí. Se notaba que el tiempo le había hecho sufrir mucho. La vegetación había consumido el frente y algunos de sus muros. La humedad ya había agrietado alguna que otra pared. Ventanas despedazadas, como si un huracán hubiera arrancado sus tablas de raíz.
    Pasaron muchas tardes revisando que, por supuesto, nadie la habitara. Aunque parecía imposible, dadas las condiciones, nadie se atrevería a vivir en una casa tan en mal estado y abandonada. Comprobaron cientos de veces su patio, se quedaron un buen rato esperando a que ningún vecino entrometido los molestara. La casa estaba echada a su suerte, era perfecta para ser su próximo local de juegos o de travesuras. Pero nadie estaba tan loco para visitarla, ninguno de estos chicos se animaba a entrar. Ninguno quería saber cómo era adentro, ya que se rumoreaba que pertenecía a una señora que vivió años ahí, y no estaba bien de la cabeza. Habían escuchado de uno de los padres de los chicos que esa casa tenía una maldición que contaminaba hasta sus cimientos. Se cuenta que, a principios de siglo, vivía una familia muy reconocida en la ciudad: Robert, un banquero, con Claudia, su esposa, y sus dos hijos que ya tenían 19 y 14 años para entonces. Esta familia fue azotada por la tuberculosis y el esposo y la hija menor murieron, seguidos por la otra hija. Claudia, sola y muy triste por toda la maldición que había recaído en su familia, comenzó a frecuentar sesiones de espiritismo. Algo bastante popular en la época y que se había hecho habitual por las familias adineradas, con el fin de abrir canales de comunicación con seres queridos que ya no se encontraban en este plano. Consistía en intentar comunicarse con espíritus para recibir presuntos mensajes, y un médium era el encargado de habilitar la conexión entre este mundo y el otro. De esta forma, Claudia intentaba llenar el vacío de su pérdida, convocando a espíritus que decían ser los de su familia. Un acto que le fue consumiendo de a poco. Su aspecto se fue demacrando. Ya no salía de su casa, y ningún familiar se atrevía a visitarla por el miedo que se tenía de todo aquello que conllevaba el espiritismo para las personas ajenas al tema. Cuando Claudia se unió a sus familiares y dejó el plano físico, nadie quiso vivir en esa casa. La dejó como herencia a algunos sobrinos, pero no lograron habitarla porque decían que su tía aún estaba presente en esa casa. No de cuerpo, sino en una forma espectral. Pasaron los años y la casa fue consumida por la vegetación.
    Ningún vecino se atrevía a mencionar tan siquiera lo que había pasado en ese lugar por miedo a irritar cosas desconocidas fuera de la comprensión lógica terrenal. La casa de Claudia, como era mencionada popularmente, aún tenía inquilinos que, según los vecinos, lograban observar en ocasiones desde sus grandes ventanales: sombras que se posaban en ellos como expectantes, observando pacientemente el regreso de algún familiar.
    Lucas, aunque se creía el más valiente del grupo, no se animaba ni un poco a acercarse a ese viejo caserón por la historia obvia que había detrás de ella. Así que se le ocurrió decirle a "David el Miedoso" que fuera a dentro a observar lo que había. Esto le causó un terror absoluto, y como los demás niños hacían lo mismo que Lucas, empezaron a burlarse de él una y otra vez. Llamándolo cobarde y amenazándolo con expulsarlo del grupo si no lo hacía. David era muy solitario y no tenía otros amigos, así que decidió llenarse de coraje e ir a la casa. Este reto debía hacerse o perdería a sus únicos amigos y quedaría como el mayor miedo de la historia, según Lucas.
    David saltó el pequeño muro de no más de medio metro frente a la gran casa. Observó toda su inmensidad, tomó coraje de alguna forma, respiró hondo y caminó hacia la puerta. Estaba abierta, sentía que lo estaba esperando. Le daba la sensación de que ese lugar fuera un individuo único y lo estuviera llamando hacia adentro. Dio sus primeros pasos y sintió como el aire en su interior era espeso, húmedo, con un olor repugnante a basura mojada en putrefacción. Se asqueó de esos aromas, pero debía seguir y revisar su interior o quedaría como una niñita, algo que Lucas solía llamarlo, la niñita llorona del grupo.
    Comprobó la gran sala y vio viejos muebles despedazados por el paso del tiempo. Algunos cuadros que no pudo reconocer porque estaban consumidos por la humedad. No vio gran cosa, pero de repente escuchó pasos en el segundo piso. Del susto, echó para atrás. Se preguntó varias veces qué sería. Alguno de los otros chicos le estaría jugando una broma, solo eso podía ser. Hizo una pequeña mueca casi riéndose y pensando que esta vez esos desgraciados no le iban a joder con sus malditas bromas. Tomó coraje y decidió subir al piso de arriba. Las escaleras estaban despedazadas, demasiado peligrosas para un niño de esa edad. Pero decidió subir de todos modos, no se iba a quedar atrás. No iba a dejarlos reírse de su cara, ya bastaba de bromas y de llamarlo miedoso a cada momento. David subió con convicción, deseando darle una buena tunda a alguno de estos idiotas. No lo dejaría pasar tan fácilmente esta vez.
    Subió echando pasos pausados y seguros, uno por uno, con cuidado. No vaya a ser que por culpa de estos idiotas se termine lastimando seriamente, terminando con alguna pierna o brazo roto. Sería el colmo. Cuando llegó a la planta de arriba, sintió una calidez enorme, la temperatura del ambiente había cambiado. Se volvió más agradable, el lugar no estaba tan destrozado, los muebles ya no estaban tan en malas condiciones. Los cuadros se podían observar, eran de una familia. Se había transportado a otra época, a la época del relato que le había contado el padre de uno de sus amigos. Qué curioso pensó David, hasta que llegó a una habitación enorme al final del largo pasillo y vio algo espeluznante. Una señora sentada en un sillón en la esquina frente a una gran estufa encendida, con una ropa característica de principios de siglo. Tenía la cara completamente oscura, sin rasgos, sin ojos ni boca, no tenía nada, solamente oscuridad. Se levantó repentinamente y corrió muy velozmente hacia su dirección. David solo le quedó dar un par de pasos hacia atrás y sintió como ese ser lo atravesaba. Era una sensación de vacío repentino y frío, mucho frío. De pronto observó como todo se había vuelto completamente oscuro, el ambiente había cambiado. Ya la habitación no se encontraba de la misma forma, todo había tomado un sentido muy distinto a la de hace unos minutos.
    No estaban los muebles, ni los cuadros, ni la gran estufa, todo había cambiado a una oscuridad absoluta. De pronto sintió como el piso estaba cediendo poco a poco, se encontraba casi flotando en esa extraña e inmensa oscuridad, un limbo entre este mundo y el otro. Pensó que debería de tratarse de una alucinación, provocado por lo que recién había pasado, le dominó una angustia absoluta, de repente sintió un dolor muy profundo en la cabeza y vio cómo su cuerpo estaba inerte en el piso en torno a un enorme charco de sangre. Estaba viendo su propio cadáver en el suelo de aquel lugar. Entonces recordó lo que había pasado y se le vino la imagen muy claramente. El piso donde estaba en aquella gran habitación, había cedido de tan deteriorado que se encontraba, provocando que terminara en el gran salón del primer piso. Dando fuertemente contra uno de los viejos muebles deteriorados, golpeándose la cabeza y desangrándose en el acto.
    David se había transformado en otra de las víctimas de esta lúgubre casa...

G.Zaballa

4ta. Edición

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