Relato X - Robert
Imagen generada por una IA(DALL-E mini).
Existe cierta fascinación por los objetos antiguos, por toda su historia, quienes fueron sus dueños, sus momentos de felicidad o de máxima tristeza. Hay culturas en las que nuestras posesiones terrenales, los objetos de nuestra pertenencia, absorben cierta parte de nuestro carácter, de nuestras emociones. Y se van cargando constantemente como una batería, llenándose de energía y de vez en cuando, algo más. En algunas civilizaciones antiguas era tan normal esta idea que miembros de la nobleza eran enterrados con muchas de sus pertenencias. Con el objetivo de que el individuo pueda seguir disfrutando de todo lo que posee en el otro mundo. Por doxa, en la actualidad solemos deshacernos de pertenencias como ropas o otros objetos que fueron alguna vez parte de la esencia de nuestros familiares que ya no pertenecen al plano físico. Puede que sea para no sufrir rememorando o para evitar alguna otra cosa.
En las sesiones de espiritismo, en ocasiones el médium utiliza un objeto cercano al difunto para efectuar la conexión y realizar una comunicación “efectiva”. En definitiva, aprovechan a un objeto encarnado por una sustancia espiritual (como se denomina al alma o espíritu en el espiritismo por Allan Kardec) para usarlo como puente entre el mundo de los vivos y de los muertos. Por lo que muchos objetos pueden esconder más que una simple historia.
I
El Sr. Díaz, un anciano ya de casi 80 años, que toda su vida fue de arduo trabajo, retirado de la docencia muy joven, ya que no era algo que le gustara del todo. A los 40 años, junto con su esposa, decidieron gastar todos sus ahorros de años e invertir en una vieja tienda de abarrotes. Un sueño que siempre fue de joven, tener su propio negocio donde pudiera trabajar con su familia y tal vez cuando llegue el tiempo. Dejar algo de herencia a sus hijos. No era para nada elegante, un galpón bastante grande, de color grisáceo, con grandes ventanales y portones verdes, destacaba sus pequeñas gárgolas en la parte superior, le daba un toque de época y por sobre todo una impresión de estar vigilando constantemente el local, casi al asecho. Con su gran cartel rojo metalizado grabado en letras negras y que decía “Los Díaz, antigüedades y colecciones''. En su interior, repleto de muebles de madera ya pasados de edad, algunos algo comidos por las polillas, seguro que si indagamos un poco podrían haberle pertenecido a algún poeta o político de los 1800, alguien de renombre. Estanterías repletas de libros muy antiguos, se podía encontrar cosas interesantes, como ejemplares de 1884 de “La divina comedia” de Dante Alighieri o un “Don Quijote de la Mancha” de 1832, joyas en excelente condiciones que cualquier bibliófilo buscará desesperadamente poseerlos. Juguetes como bicicletas, carritos de latón que de seguro no le llamaría la atención a ningún niño.
Era una tienda pensada para personas que aprecian un buen trozo de historia, personas que buscaban sumar a sus bienes cosas que no pertenecían a nuestro siglo y que tenían algo más detrás de ellos, no eran solo simples objetos que le pertenecieron a otros, sino que representaban también, algo más, un poco indescriptibles, tal vez algo de historia o algo más que le daba un poder adquisitivo para otros que buscaban rememorar momentos de otras épocas. Quizás algo de su infancia, un momento feliz con algún ser querido. Esta tienda tenía cierto renombre, todos conocían en el barrio, en zona céntrica de la ciudad, al Sr. y Sra. Diaz, siempre juntos, un señor encorvado, con tez fría, cansado por los años de dedicación a esa tienda, grandes anteojos de marco plateado. Y su esposa, unos cuantos años más joven, pelo corto y enrulado ya blanquecino. Ella era la que se encargaba hace ya bastante tiempo de todas las funciones de la tienda, el Sr. Diaz estaba en una avanzada edad, ya no se podía permitir hacer demasiadas cosas, a veces, principalmente con los muebles más pesados y alguna antigüedad en especial, le ayudaba uno de sus jóvenes nietos, Mario, que iba a diario a visitarlos.
No se perdía la oportunidad de tomar un té con sus abuelos por la tarde, o solamente ir de pasada para ver como estaban, si necesitaban algo. Era él quien le hacía los mandados fuera de la tienda. Todo lo que se tratara de comprar más insumos o investigar de qué año era ese objeto nuevo que llegaba. Mario, un joven de ya 24 años que estudiaba la carrera de periodismo, fan al igual que sus abuelos de las antigüedades y de coleccionarlas. Tenía en su posesión una rara colección de monedas antiguas a la que le enorgullecía. Y fue adquiriendo a lo largo de los años que desempeñó funciones en la tienda de sus abuelos. Una preciada colección que tal vez algún día podría valer mucho.
Quizás lo suficiente para pagarse los estudios o tal vez comprarse un piso donde vivir en los próximos años. Casi siempre Mario, solía buscar en los periódicos más populares o investigar por internet nuevas adquisiciones para la tienda. En especial que sean llamativos, de época y que también vayan acorde con los intereses de los consumidores, ya que comprar algo que solamente esté guardando polvo, sin vender, no valía la pena. Por lo que se debería ser muy cauteloso e investigar por supuesto su historia y quienes fueron sus últimos dueños. De esta forma pasaba su tiempo libre mientras estaba fuera de la facultad, día tras día, una pasión que parece que fue muy bien inculcada. En uno de los tabloides de venta de uno de los tantos clásicos diarios que Mario observaba diariamente, se encontró con un remate de antigüedades, muy cerca del local, quizás podría traerle alguna cosa nueva e interesante. Su abuelo era algo reacio a comprar cosas en esos lugares, ya que creía que los remates podrían ser algo un poco engañosos, porque uno podría depararse con alguna que otra falsificación, que con tal de estafar a algún iluso que no sepa del tema. Por lo que Mario debería de ir con sumo cuidado pensando siempre en el bien de la tienda y de las posibilidades económicas también.
No se podían dar demasiados lujos, pues hace ya varios años que no hay muchos interesados en las antigüedades. Mario decidió llevar el viejo camión JMC de la tienda por si encontraba algún mueble. Un camión pequeño, pero lo suficientemente útil para llevar cosas grandes sin que se estropeen en el tramo de viaje. Llegado al sitio destinado para el remate, no había demasiadas personas, por lo que el rematador supuso, ya en comenzar rematando, algunos lotes de electrónicos viejos, seguramente decomisados en algún puesto de aduana fronteriza, hace ya varios años. Estaban en excelente estado, pero nada de lo que le interesara, los electrónicos antiguos no era algo que se podría vender en la tienda. No era el mercado al que “Los Díaz, antigüedades y colecciones'' querían llegar. Así que Mario pasó de ellos, y se adentró en el local para ver los demás lotes, nada que le llamara la especial atención. Bicicletas más modernas, equipos de sonido, instrumentos.
Nada de verdadero interés. Comenzó a pensar que esto sería una pérdida de tiempo, ya que Mario, debido a los estudios, no se podría dar el lujo de perder tiempo en cosas insignificantes y sin valor para él y la tienda. Aunque sí había algunas viejas máquinas de escribir, tal vez de los años 50 o tal vez menos, años 40, no lo sabía con certeza. Se podrían vender fácilmente a algún que otro coleccionador, no tenían mucho valor, pero claro que se podían vender. Pero algo le llamó en especial la atención, más al fondo de todos esos lotes, casi inútiles para él, vio algo que brillaba en la oscuridad húmeda del local de remate. Dos pequeños brillos que parecían llamarlo, casi hipnóticos, como si lo estuvieran esperando todo este tiempo.
Mario lo sintió en su piel, aquello lo llamaba y su reacción era incrédula por la fuerza de ese objeto tan misterioso. Caminó hasta él, con pasos lentos y expectantes a toda reacción externa. Podría depararse con algo con un valor o con otra de las tantas porquerías que estaban rematando. Al llegar a él observó, en medio de dos grandes muebles sobre uno están, un viejo muñeco de trapo, con un traje blanco y celeste de marinerito. A principios de siglo, supuso que era. Llevaba cosidos como ojos, dos botones grandes y una boca también cosida, dándole una sonrisa algo inquietante de observar. Estaba ahí, juntando polvo y pudriéndose por la humedad. Mario observó en la espalda del muñeco si había alguna etiqueta que mencionara el fabricante o tan siquiera el año de fabricación. Era un comienzo para saber de qué se trataba y qué valor podía tener. Con los años trabajando de antigüedades, Mario se había deparado con muchos juguetes antiguos con un inmenso valor de colección. Por lo que este podría ser el caso. Y no encontró nada, aunque sí había una etiqueta, solamente decía Robert.
- Así que te llamas Robert - Mencionó Mario con una pequeña mueca en el labio superior
- Al parecer te llevaremos a un nuevo hogar amiguito.
Mario no sabía nada de ese muñeco, ni si tenía valor, ni su historia, estaba rompiendo uno de sus reglamentos más importantes de la tienda. Algo que por supuesto su abuelo se disgustaría y lo reprocharía, luego, con razón, no se sabía nada de ese objeto. Recordó algo <Nunca compres nada que no sepas de dónde viene, ni si tiene valor o no> se lo repetía muy seguido a lo largo de todos estos años trabajando con él, muchas veces se habían dado disgustos comprando cosas sin valor, por lo que eran muy incautos. Pero Mario sentía por dentro suyo que debía llevárselo, no para venderlo, sino para poseerlo, o quizás al contrario que el muñeco le poseyera a él.
Tal vez tenerlo en la tienda o en su casa aún no lo decidía. Pero con toda seguridad se lo llevaría de ese lugar.
- ¿Qué precio tiene el muñeco? - Preguntó a una de las tantas encargadas, ya que en algunos casos se podría comprar objetos separados de los lotes, sin la necesidad de meterse en la puja con otros del remate.
- Déjame verlo, pero no recuerdo que este muñeco estuviera en algún lote, o separado a la venta - Exclamó bastante incrédula, como si el muñeco hubiera aparecido por arte de magia en el local.
- Voy a hablar con mi jefe a ver qué podemos hacer con esto. Dirigiéndose a la entrada a preguntar. Al cabo de unos minutos vuelve la encargada y le dice a Mario:
- No lo tenemos en lote, pero por 50 pesos te lo llevas. Estoy segura de que teníamos todos los lotes y productos separados registrados. - Mencionó frunciendo la ceja sin entender nada. - Es extraño, pero bueno, aquí solo nos interesa vender nada más y deshacernos de estas cosas. Pasa por caja que te hago el recibo.
II
Mario había decidido entonces comprar el muñeco y el lote de máquinas de escribir antiguas que había observado anteriormente. En el camino a la tienda, iba pensando a quién llamar para vender dichas máquinas, debía de averiguar más para poder venderlas, quizás algún modelo interesante de todo el lote valdría la pena. Pero extrañamente no podía quitarse de enfrente aquel raro muñeco, se metía como un intruso en su cabeza. Parecía haberlo hipnotizado desde el momento que lo observó por primera vez. De momento quitaba la vista del camino mientras conducía para observar que el extraño muñeco siguiera en su lugar, seguro, buscando protegerlo o buscando una explicación racional para lo que estaba sintiendo en ese momento.
Eran sentimientos encontrados que no entendía del todo. Cómo podría sentir la necesidad de proteger a ese pedazo viejo de tela, sin conocerlo, sin saber de dónde proviene. A cada tanto se sacudía la cabeza intentando que las ideas vuelvan a su sitio de origen y volver a enfocarse de nuevo en el camino. No había mucho tráfico aquella tarde, claro que algún que otro auto cruzaba en sentido contrario, pero perderse en bobadas que no le encontraba explicación le podría provocar un accidente muy grave, si chocaba con su camión contra otro vehículo, seguro mataría a algún inocente. Así que volvió a prestarle atención al camino y olvidó por momentos al tétrico muñeco.
Cuando llegue a la tienda intentaría reajustar sus ideas y volver a pensar de forma correcta lo que estaba pasando, volver a la cordura que le caracterizaba. Mario era alguien que no se dejaba llevar por supersticiones ni cosas raras que la gente decía sobre los objetos viejos de la tienda. Cuando llegó a la tienda, quitó rápidamente a Robert del camión y lo dejó en un viejo estante que tenían a la venta. Con una sonrisa que parecía saber que a esa cosa le gustaría estar allí. Su abuela vio esta acción y fue directo a preguntarle:
- ¡No me digas que compraste esa cosa! - Dijo casi sin entender nada
- ¿Tiene algún valor supongo? - Aún no sé nada sobre Robert
- ¿Robert? - Sin entender más aún lo que pasaba.
- Si, así se llama, lo dice en la etiqueta. ¿No te parece curiosa abuela?
- Preguntó como si su abuela entendiera la razón de la compra.
- Me parece horrible esa vieja cosa. ¿Conseguiste algo más? ¡Algo que sí tenga valor!
- Ya más seria.
- Claro que sí, conseguí un lote de máquinas de escribir, unas 6, tienen diferentes modelos.
Parece que son de la década de los 40, puede que tengan algún valor, voy a hacer una llamada a ver qué consigo. No había nada de bueno en ese remate, casi una pérdida de tiempo.
- Dijo mirando directamente a los ojos brillantes de Robert.
Mientras Mario se iba a llamar al experto, la abuela se quedó observando al muñeco, con demasiada seriedad. Mientras notaba sus viejas costuras, sentía como sus latidos comenzaron a retumbar en su caja torácica, casi prediciendo lo que vendría a partir de ese día. Sentía una sensación rara, no lograba explicarlo, era algo que no le había pasado con otros objetos en todos estos años de trabajo en la tienda. Puede que el cúmulo de sensaciones proviniera, provocado por las viejas costuras que conformaban la sonrisa de Robert, o de los hilos que unían todo su cuerpo, o quizás esos ojos, esos grandes ojos, esos botones plateados enganchados al rostro casi hipnóticos.
Al correr los días la situación pasó a ser más extraña, repentinamente , ya casi los clientes no iban. Se transformó en un completo desierto el local, no se vendía nada y por consecuencia tampoco se podía adquirir más mercancías. Las cosas se estancaron abruptamente y las cuentas se comenzaron a acumular una tras otra, haciendo que las deudas afecten también a la cabeza de cada uno. Había que pagar de alguna forma, no quedaba otra.
Pero por sobre todo lo más extraño fueron las actitudes del nieto. La Sra. Díaz, en una ocasión, entró a la tienda y vio a Mario hablando con el muñeco, como si en momentos él entendiera y le devolviera la palabra.
- No puedes moverte de este lugar, ¿ok? - Le dijo tomando a Robert por los hombros mientras le observaba directo a los ojos. }
- Eres un niño muy travieso, pero no puedes salir de acá que diría mis abuelos si te ven caminar por ahí. Se llevarían un buen susto, eso sí.
- ¿Qué haces Mario? - Pregunta la abuela al entrar al gran salón.
- Nada. Estaba ordenando algunas cosas que salieron de su sitio.
- Exclamó mientras miraba nuevamente al muñeco de reojo.
- Sabes Mario, vamos a tener que liquidar todas las cosas en un remate para poder pagar las cuentas. Entre los remedios de tu abuelo y las tarifas de la casa se nos está yendo todo nuestros ahorros.
- Sabes Mario, vamos a tener que liquidar todas las cosas en un remate para poder pagar las cuentas. Entre los remedios de tu abuelo y las tarifas de la casa se nos está yendo todo nuestros ahorros.
- Mencionó la abuela bastante preocupada.
- Vamos a ver si podemos también deshacernos de ese horrible muñeco.
- ¡NO! A Robert nadie le va a vender, la tienda, es su casa. - Dijo Mario, de un momento a otro había cambiado por completo su rostro, se había quedado pálido ante lo que le había dicho su abuela.
Con los ojos saltados y frunciendo los labios.
- ¡Y NI TU NI NADIE LO VA A SACAR DE SU CASA!.
Esto logró alterar a la Sra. Díaz, que de un salto, retrocede unos cuantos pasos de miedo por la respuesta que le había dado su nieto. Por primera vez desde entonces comenzó a sentir un miedo por lo que le estaba pasando a Mario. Luego de esta situación comenzó a retraerse más y más aún, casi no les hablaba. Iba a la tienda solo a ordenar cajas viejas que estaban en el depósito y por supuesto a hablar con su nuevo amigo Robert, el muñeco. Sus abuelos casi nunca le dirigían la palabra después de ese exabrupto, con miedo por supuesto de lo que les podía hacer a dos ancianos de ya avanzada edad.
Estaban comenzando a perder a su querido nieto. Día tras día, Mario se transformaba completamente en un fantasma, ojeras de no dormir, piel extremadamente pálida y amarillenta. Él solo quería estar con esa cosa, ya ni tomaba el té con sus abuelos.
Su deterioro era evidente, parecía que algo o alguien le estaba absorbiendo la poca energía que le quedaba y le estaba quitando el rastro de humanidad de Mario. Era abismante la sensación de frialdad, que aquellos viejos pasillos de la tienda comenzaron a tener.
Se levantaba una niebla de incertidumbre alrededor de ese objeto que abismaba a los Díaz. Poco a poco se convirtieron en prisioneros de su propio local, aquel sueño de delegar la tienda a su nieto ya no les parecía tan apropiado.
III
Mientras ojeaba el diario, el Sr. Díaz leía las noticias. Principalmente, las deportivas, era muy fan del fútbol desde pequeño. Su padre le hizo ser hincha del equipo de la ciudad y por supuesto lo llevaba a la cancha todos los fines de semana. A seguir a su cuadro era volver a aquellos tiempos de sonrisas y olvidarse un poco de las situaciones económicas actuales. Mientras buscaba como les estaba yendo en el campeonato regional. Llevaba a su boca un té de manzana que le había preparado su esposa. No tan dulce, como a él le solía gustar.
Era un mantra que repetía todas las mañanas antes de ir a trabajar en la tienda. La casa estaba completamente vacía y estaba bastante oscura, algo raro para ser una mañana habitual. Por la ventana no pasaba ni un rayo de sol, las nubes se habían robado el último rastro de luz diurna. Y no se escuchaba por ninguna parte a la Sra. Díaz, tal vez había ido al supermercado a comprar alguna cosa. Ni mucho menos a Mario, quien últimamente estaba actuando bastante raro.
Curiosamente, escuchó en el salón de la tienda, que estaba en la habitación de abajo, como las maderas del piso crujían, parecía que un escuadrón entero de soldados estaban caminando y moviendo objetos. Le pareció extraño, ya que era aún muy temprano para que su nieto estuviera trabajando. Llegaba alrededor de las 8 horas casi siempre, pero faltaban unas horas para eso. Por lo que decidió a ver lo que era. Se dejó el diario en la mesa, y tomó sus lentes. No veía nada sin ellos, antes de hacer cualquier movimiento debía de usarlos.
Se levantó de la silla y comenzó a dar pasos muy pausados, ya que era un hombre de edad, poco podía con él mismo. Un paso tras otro, sujetándose de las paredes, llegó al borde de las escaleras y observó hacia el fin de las mismas, que daban al primer piso donde estaba la tienda. Estaba todo en absoluta oscuridad.
- ¿Mario, llegaste temprano hoy? - Menciona el anciano con una voz un poco temblorosa y tomándose del barandal de la escalera.
- ¿Mario?
- Vuelve a decir el Sr. Díaz sin entender nada mientras seguía escuchando los sonidos del piso crujiendo y las cosas moviéndose abruptamente.
Y saliendo de la inmensa oscuridad, observó, ya forzando un poco la vista, una mano. Se asomaba y se tomaba con fuerza del marco de la puerta que estaba en frente a la escalera. Pero no era una mano cualquiera, era algo más. Tenía unas fuertes garras blancas y sin relieve alguno. Arañando la pared junto con el marco hasta esconderse de nuevo en la inmensa oscuridad.
Esto sobresaltó al Sr. Díaz y de un tirón llevó la mano hacia el pecho, casi como si le estuviera por dar un ataque. Y gritando
- ¿Qqqquien eeeesta ahiiiii? - Exclamó con la voz completamente temblorosa.
- Voy a llamar a la policía, así que lárgate de una vez.
De repente observó como unas largas piernas y unos largos brazos salían de la oscuridad, tomando una forma humanoide muy extensa. Esa bestia asoma la cabeza… Era completamente blanca… Con una sonrisa descosida, expandía su inmensa boca y dejaba ver unos filosos dientes como serruchos. También a su vez sus brillantes ojos lo delataban…
Eran dos botones plateados cosidos. El Sr. Díaz se llevó una sorpresa aterradora al notar que esa cosa era Robert, el maldito muñeco en una forma de casi dos metros. Comenzó a caminar subiendo la escalera hacia donde estaba él, dando pasos largos y tomándose de la pared a la vez que dejaba las marcas de sus filosas garras. El Sr. Díaz cayó sentado aun tocándose del pecho y comenzó a gritar mientras esta bestia ensanchaba su gran boca para arrancarle la cabeza.
De un salto el Sr. Díaz se despierta en su cama, a salvo. Estaba transpirando, casi bañado por completo. Había tenido un horrible sueño. Pero casi tan real, que pudo palpar a la bestia en momentos. Su esposa se despierta a su vez que le pregunta:
- ¿Qué te pasa hombre? - Le dijo sin entender nada.
- Nnnnno se, no see si fue real oooo uuuun sueño
- Murmuró mientras se llevaba las manos hacia el rostro.
- Ssssolo sé que necesito quemar a ese maldito muñeco.
Se levantó, se vistió y bajó en un ritmo lento hacia el primer piso, donde estaba la tienda. Fue hasta el estante y allí estaba Robert, inerte en su posición habitual, con aquellos ojos brillantes. Lo tomó con fuerza y se lo llevó al fondo. Tenían un patio donde guardaban algunas cosas en mal estado que estaban ya para tirar. Metió al muñeco en un tacho de lata y lo roció con alcohol.
Y con un fósforo encendió las llamas mientras observaba como el fuego consumió al muñeco. Pasó unos 20 minutos allí, sin moverse, solo observando. Y cuando ya la tela estaba consumida, casi por completo decidió volver a la cama. A la mañana siguiente, se levantó con un muy buen humor.
Parecía que después de lo de anoche las cosas serían mejor, sus problemas económicos no existirían más. Tomó su diario, esta vez optó por tomar un café un poco más fuerte de lo usual y decidió comenzar la mañana a lo grande, trabajando en la tienda. Bajo las escaleras, con su taza en la mano, ya casi se había olvidado del sueño.
Dejó su diario sobre el recibidor y cuando fue a tomar un sorbo de su café, a su vez que levantaba la mirada. Quedó absolutamente perplejo, los brazos se le habían entumecido y una sensación de escalofrío le recorría la espalda. La taza se le resbaló de la mano y terminó contra el duro piso de madera, resquebrajándose en miles de pedazos.
Estaba ahí… Era el maldito muñeco, estaba ahí. En el estante de siempre, con esos brillantes ojos y esa boca cosida.
IV
La Sra. Díaz comenzaba los quehaceres de la tienda ya a primeras horas del día, eso de las 6 o 7 ya tenía que estar organizando algunas actividades para el día. Solía ponerse detrás del mostrador ojeando los documentos, algunas cuentas a pagar, algunos pedidos que ya estaban dispuestos a entregar. Hábitos que había adquirido todos estos años trabajando en la tienda. No era para nada normal que las cosas se retrasarán, ni mucho menos se dejarán sin hacer. Se trataba del único ingreso que tenían, por lo que tenía que ser precavida. Mientras ojeaba uno tras otro, de los documentos de la vieja carpeta color madera.
Comenzó a sonar el teléfono, de una forma que le hizo perder la atención.
- Díaz, antigüedades y colecciones, ¿En que le puedo ayudar?
- Menciona la anciana con el carisma que le caracterizaba.
- Buenos días, ¿Sra. Díaz?, soy Luis, un amigo de Mario, de la carrera.
Llevo mucho tiempo sin poder contactar con él. No lo he visto por su casa ni mucho menos por la facultad. Está muy desaparecido ya casi un mes, quería saber alguna noticia.
- Dijo aquella voz preocupada que resonaba por la aurícula del viejo teléfono.
- Hola Luis. Mario viene a trabajar todos los días acá, no nos dijo nada sobre la facultad, es más, casi no nos habla, es muy extraño hace ya un tiempo.
- Ya temerosa de lo que le estaba contando su amigo.
- Voy a hablar con él y decirle que lo llamaste, si. Seguro más tarde cuando llegue te devuelva la llamada. Muchas gracias Sra. Díaz, si puede llamarme después le agradezco.
- Ya con una voz más alegre. Luego de colgar la Sra. Díaz volvió a concentrarse en lo que estaba haciendo.
Debía de seguir ojeando los documentos.
Se pasaron los minutos, en ningún momento levantó la mirada. Era un día nublado, por lo que la luz habitual, no entraba como era previsto por los grandes ventanales de la tienda. Hasta que noto por el rabillo del ojo una sombra. Algo estaba parado cerca de una de las puertas que daban a la habitación. Y se encontraba, en un silencio absoluto, observándola fijamente.
Cuando levantó la mirada se llevó un susto, que le hizo perder el equilibrio y tambalearse hasta caer sentada.
- ¡Mario, qué susto me diste! Por dios casi me matas de un infarto.
- Era su nieto y estaba completamente pálido y flacucho.
Con un tono grisáceo, como si de un difunto se tratase. Mirándola con los ojos salidos prácticamente de órbita y completamente negros. Llevó sus manos a uno de los bordes del mostrador y volvió a doblar las rodillas para tomar impulso y levantarse.
Cuando volvió a erguirse y a observar hacia donde estaba tácitamente su nieto. Noto algo aún peor, que la aterrorizó. No había nadie, como si hubiera visto un fantasma. Se esfumó sin dejar rastro alguno o tan siquiera hacer un ruido en aquel viejo piso de madera. Observa a ambos lados de la habitación y notó que estaba completamente sola.
Se asomó al borde de la puerta principal y observó hacia la escalera que daba con el segundo piso.
- ¡MARIO! No me asustes por favor que casi me matas del corazón.- dice la señora casi sin aliento. Agarrándose del marco de la puerta para no terminar nuevamente en el piso.
Y no recibió ninguna respuesta, un absoluto silencio dominó por completo la habitación. Sin entender nada, volvió a los quehaceres. Pasaron las horas, se pasó la tarde, hasta el día completo. Y no logró ver a su nieto, no había ido a trabajar. Volvió a repetir todo lo ocurrido en su mente intentando buscarle una explicación lógica, pero no lograba entender nada. Estaba segura de que lo que estaba en ese momento parado en la puerta, esa figura fantasmagórica, era Mario.
V
Se pasaron semanas sin noticia alguna de Mario. Las cosas en la casa parecían haberse calmado, quizás todas estas actividades que tenía a los Díaz, muy perturbados, ya se habían esfumado tan rápido como vinieron. La sensación era otra, la realidad era muy distinta. Las ventas en la tienda habían vuelto, la situación económica estaba tomando otro rumbo.
Tal vez para bien, o solo era la calma antes de la tormenta. Y que tan literal sonó esto, que llevaba tres días seguidos lloviendo, una tormenta que no se veía hace ya un tiempo. Se prevé unos cuantos días más, según el pronóstico del tiempo, casi un diluvio.
La Sra. Díaz estaba sentada en frente a la chimenea, tomando un té de manzanilla y leyendo su novela. Entre páginas daba un sorbo a la caliente taza de porcelana. Mientras que su esposo estaba a su lado leyendo el periódico del día, junto a un vaso de Redbreast 12 Años.
Los relámpagos de fondo, a cada tanto, iluminaban el salón. Seguido por su característico estruendo. Aquella vieja biblioteca que ocupaba gran parte de la sala de estar del antiguo caserón. A la que daba juego perfectamente. Se iluminaban viejos libros que el Sr. Díaz había adquirido en sus años de trabajo, se caracteriza por ser un asiduo lector, aunque no prefería ediciones tan actuales. Si no que disfrutaba del olor que desprendían las viejas y húmedas hojas de su colección. La luz de los focos parpadeando en conjunto con la tormenta, hacía que la lectura del Sr. y la Sra. Díaz se perturbara. Provocando que sus miradas se encontraran esbozando una sonrisa tenue de la anciana pareja.
Uno de los relámpagos había caído tan cerca de la casa, que retumbó como si un tren descarrilara tan cerca de ellos. La vajilla del té que estaba sobre la mesa tembló y terminó en el duro piso de madera. Donde se hizo pedazos. La luz que no dejaba de parpadear se había cortado del todo, la estufa, que seguía encendida, se apagó por el fuerte viento que entró desde la puerta principal de la habitación. De un sobresalto, el Sr. Díaz lleva la mirada a un viejo espejo que temblaba en la pared y vio como detrás de ellos, por la misma puerta donde había ingresado la ráfaga de viento. Había una sombra, completamente negra, de casi dos metros y muy flacucha.
De un salto el Sr. Diaz se paró, del sillón donde se encontraba, su esposa realizó el mismo movimiento por el susto. La sombra ya no estaba en la habitación, se había esfumado con tal velocidad que el tiempo no le dio para poder percibirla nuevamente.
- ¡Qué pasó! - Sin entender el susto de su esposo.
- Había una sombra ahí - Señalando con el tembloroso dedo.
- Había una sombra ahí - Señalando con el tembloroso dedo.
En ese mismo momento escuchan como algo, sin explicación, corre en el segundo piso. Retumbando todo el techo de la habitación. Sus miradas se encontraron nuevamente, pero esta vez no era una sonrisa, sino la cara de dos ancianos asustados. El Sr. Díaz toma un atizador que estaba sobre la estufa y decide ir a ver lo que era. Subió las escaleras, paso a paso. Blandiendo aquel hierro, pronto para, sí el momento lo requería, atravesar a lo que fuese con una estocada.
Cuando llegó al fin de la escalera, se deparó que su esposa no le seguía más.
- ¡Marta! Donde te metiste, no te veo
- Dice el Sr. Díaz susurrando para que no se escuchara en la oscuridad. Al asomarse por el pasillo, ve al final de la misma, donde uno de los grandes ventanales iluminaba todo con la luz de la luna. Curiosamente, toda aquella tormenta se había parado de repente.
Ve la misma sombra, que unos minutos atrás en el salón de abajo. De espaldas, inmóvil, el Sr. Díaz decidió llegar hasta él, para terminar con todo esto de una vez.
Camino paso a paso, pronto para atravesar esa cosa con el atizador de la estufa. Al encontrarse a solo un metro se abalanzó, empujando aquella fina punta sobre la espalda de eso. Y sintió como ponía resistencia.
- Te tengo - Dijo el Sr. Díaz con una pequeña sonrisa, la que se le fue tan rápido cambiándose por un pálido semblante, casi fantasmagórico al ver como aquella sombra se transformaba rápidamente en su esposa.
- Que me hiciste - Sollozante la Sra. Díaz mientras expectoraba sangre.
- ¿Qqqqque carajos ha pasado? - Menciona el Sr. Díaz sin entender nada.
Él la tomó en brazos y se dejó caer al piso, absorto, queriendo buscar una explicación lógica. Apoya la cabeza sobre el cuerpo de su esposa, pero en el momento escucha una risa que se transformaba en eco, proveniente del otro lado del pasillo. Levanta la mirada y se encuentra nuevamente con aquella cosa. Con la blanca bestia de casi dos metros y garras blancas. Que por poco no le provoca un infarto hace ya unas cuantas semanas.
Relucían sus ojos, aquellos botones mal cocidos que tenía y su boca. Claro su boca. Brillaba cada diente de aquella boca. Caminó algunos pasos y apoyó sus largos brazos contra el piso. Giró su torso hacia arriba, como un contorsionista.
Era Robert, pero no solo aquel muñeco de trapo. Si no algo más, algo inexplicable. Retorció su cuello, vociferó otra macabra risa y corrió tan rápido hacia el Sr. Díaz, con la boca abierta y babeándose. Esta vez no era un sueño, esta vez era real, muy real.
VI
Carlos, un repartidor que trabajaba en el correo nacional. Solía llevar paquetes muy seguidos a los Díaz. Tan normal era que ya había desarrollado una curiosa amistad con los dulces ancianos y su nieto, por supuesto. Había llegado temprano en su camioneta de carga. Decidió emprender su día primero, entregando algunas cosas que los Díaz habían pedido. Seguramente para su tienda. Algunas cajas pesadas, que solía ayudar con ellas entrando al local.
Estacionó el vehículo en frente y vio como la tienda estaba abierta muy temprano. Le causo una cierta curiosidad, ya sabia que por rutina llevaban años abriendo después de las 8. Pero ni las 7 eran. Apenas el sol estaba presentando sus primeros rayos de luz. Se bajó y decidió saludar a los ancianos. Cuando entró, observo que Mario estaba detrás del mostrador, esperándolo, como si supiera que a esa exacta hora, estaría el repartidor ahí. Tenía una sonrisa un tanto rara, que no era algo muy característico de él. Solía ser alguien más callado, al menos así era como lo conocía Carlos el repartidor.
- Si. Bueno, te dejo algunas cajas que tengo para ellos. Cuando los veas diles que les mando un saludo- ¿Sí? - Exclama intentando ser amable para irse lo más rápido de ese lugar.
- Buenos días. Puedo ayudarlo en algo. - Dijo sin despegar sus grandes ojos y aquella sonrisa perturbadora.
- Buenos días. Soy Carlos el repartidor del correo, ¿no te acuerdas de mí? - Ya bastante preocupado por la actitud que tomó Mario. Solían charlar cada vez que venía a entregar algo.
Por lo que le parecía demasiado raro que no se acordara quién era. Parecía ser otra persona.
- ¡oh sii! Me acuerdo sí, perdón. ¿Tienes algo para mí? - Menciona sin despegar la vista a Carlos.
- Si, tengo algunas cosas para tus abuelos. ¿Están por ahí?.
- Dice mientras mira sobre el hombro de Mario buscando a los ancianos.
- No, lo siento. Mis abuelos se tomaron algunos días de vacaciones. Para renovar las energías. ¿Tú me entiendes?
- Le responde con una tétrica risita.
- Claro. Claro que sí. Déjamelas ahí cerca de la puerta que yo luego las levanto. - Casi inmutable y con la misma sonrisa. - Gracias y que tenga un buen día...
G.Zaballa
.png)
0 $type={blogger} :
Publicar un comentario