Relato VII - Rutas malditas pt. 2 - La Niña

sábado, 4 de junio de 2022

Relato VII - Rutas malditas pt. 2 - La Niña




    Mirta era una profesora de matemáticas de Rivera que solía viajar a la localidad de Minas de Corrales a dar clases en el liceo del pueblo. Se levantaba todas las mañanas a eso de las tres, mucho antes que los primeros rayos del sol aspiraran a iluminar la tierra. Demoraba unas dos horas y media para llegar, y debía estar presente a primera hora para cumplir con sus alumnos.
    Preparaba un café fuerte, ideal para sacarla de su letargo, encendía la radio y disfrutaba del momento hasta sentirse completamente despierta. Era un ritual que realizaba todos los lunes antes de comenzar la rutina semanal, ya que se quedaba el resto de los días en el pueblo y solo volvía el viernes por la tarde.
    Una rutina que acompañaba a una vida dedicada a la educación secundaria de los pequeños pueblos del interior. Viajaba escuchando la radio y disfrutando el paisaje de Rivera: los animales y los cerros formaban parte de su vista en las andanzas por las rutas del departamento.
    Siempre revisaba el pronóstico del clima días antes. Si el tiempo no acompañaba, decidía hacer el viaje un día antes, para estar más segura. Conocía bien las rutas y sabía que estaban deterioradas; se podían transformar en un arma de doble filo. Las curvas peligrosas, demasiado estrechas y sin una visibilidad apropiada, eran un peligro que había cobrado muchas vidas a lo largo del tramo de ruta.
    Pero esa semana, atareada con los parciales que debía corregir, Mirta se descuidó y no verificó el pronóstico como era habitual. Decidió ir de todas formas. La noche anterior, sin enterarse de nada, cayó una lluvia violenta que, al chocar con la fría tierra, formó una espesa neblina. Casi no se podía ver nada a un par de metros. Mirta, apurada y sin otra opción, decidió emprender el viaje. Encendió el auto, esperó unos minutos, encendió la radio y comenzó a andar, no muy rápido, prestando suma atención a la ruta.
    Casi como si estuviera en una tétrica película de terror, solo se veían los diminutos focos de los autos que venían en sentido contrario. La mañana estaba muy calma, sin tránsito ni rastro de animales campo adentro, algo extraño para una época calurosa. Parecía que el tiempo se había detenido, o tal vez solo se había perdido en una dimensión extraña.
    Mirta, entretenida con la música, no prestaba mucha atención a la situación. En la vieja radio sonaba un clásico casete de los que solía escuchar en su adolescencia, allá por los años 80. Tarareando, ocupaba sus pensamientos planificando la próxima clase que debía impartir a sus estudiantes. Pensaba si realizar correcciones del parcial o avanzar en los temas. Eran cuestiones que se repetían constantemente en su cabeza.
    Al mirar en el pequeño retrovisor, notó que llevaba el labial un poco desprolijo. Solía ser una mujer que se importaba mucho por su imagen, no le gustaba que los demás la miraran como una persona descuidada. Era exigente consigo misma, por lo que decidió sacar el lápiz labial de la guantera y corregirlo, mientras observaba de reojo hacia donde conducía. En un pequeño descuido, el labial se le resbaló de la mano y fue a parar bajo el asiento del conductor. Con un considerable disgusto, expresó:
    —¡Diablos!
    Metió la mano debajo del asiento y por un momento dejó de ver la ruta. Lo tomó con fuerza y volvió a dirigir la mirada hacia el camino. Vio la silueta de una niña en medio de la oscura y nublada calle. Una niña de pelo muy oscuro, con una camisa larga que terminaba en el piso. Mirta se congeló, como si acabara de ver algo de otro mundo. Sintió un macabro escalofrío que le provocó un rápido volantazo hacia la derecha, saliendo del camino y chocando contra el borde de la ruta. Sufrió una fuerte contusión en la cabeza que le hizo perder la conciencia.
    Al cabo de unos largos minutos, volvió en sí, entre una mezcla de mareo y el ensordecedor volumen de la música. Abrió la puerta del auto sin entender nada de lo que había pasado. Se tocó la cabeza y sintió la tibia sangre saliendo de un pequeño corte provocado por el choque. En el mismo momento, buscó a la pequeña niña que le había provocado tal susto.
    No entendía nada. Se preguntó reiteradamente de dónde había salido aquella chica. Revisó su teléfono, un tanto alucinada. No tenía señal. Pensó en toda la tecnología de hoy en día y aun sin línea en esa maldita carretera.
    Caminó algunos pasos y escuchó, como por la espalda, unos pequeños golpes que retumbaban en la dura calle, llena de vidrios del parabrisas roto de su auto. En ese preciso momento, se dio la vuelta para observar y vio cómo un pequeño bulto gris se retorcía mirándola con un semblante casi cadavérico. El terror la dominó tanto que tropezó con sus propias piernas, golpeándose fuertemente la cabeza contra el piso y perdiendo el conocimiento nuevamente.
    Al cabo de los días, despertó en el hospital, sintiendo que todo aquello no había sido más que un sueño. Tal vez del estrés por el trabajo, tal vez una alucinación. Indagaba en su cabeza buscando respuestas. Luego de contarle a las enfermeras y a la policía lo que había pasado, intentaba que alguien le diera una explicación. Escuchó de un veterano agente, que llevaba años en servicio, que aquel tramo de carretera se había cobrado más vidas de las que podía recordar. Pocos tenían la suerte de sobrevivir, pero los que lo hacían relataban sobre una pequeña niña fantasmagórica que les provocaba perder la atención en la ruta.

G.Zaballa

4ta. Edición 

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