Relato IV - La maldición de la Casa Rodríguez
Fernando era un ferviente trabajador que, toda su vida humilde, se había marcado por algunos hechos que lo llevaron a ser una persona retraída. De mirada perdida, no era muy sociable que digamos, prefería la compañía de un viejo mate frente a la estufa que una charla con los suyos.
Pero de pequeño, muy por el contrario, era un niño alegre. Sufrió el trágico destino de perder a su hermano menor, por esas épocas era un niño juguetón y sonriente que le gustaba corretear a campo abierto con los viejos perros de la familia y su hermano Rodolfo. Pero una trágica tarde cambió su actitud por completo.
Mientras jugaban en la orilla de un puente cercano a su casa con una vieja pelota harapienta. Su hermano menor pateó con fuerza, terminando a un par de metros arroyo adentro. Su madre, que era muy supersticiosa, siempre les dijo que no jugaran cerca de ese puente, ya que el miedo de que algo pasara estaba muy presente. Desde entonces los retos eran constantes, pero sabemos como son los niños, obedecer a los padres no es una prioridad mayor a la de divertirse.
Con miedo de sufrir algún coscorrón extra por perder la pelota, la única que tenían porque su familia tampoco tenía como para darles el lujo de regalarles juguetes a cada rato. Rodolfo, el pequeño, guapo, de pecho inflado, siempre creía que podía con el mundo. A pesar de ser más pequeño que su hermano, se pensaba el más corajudo de la familia.
- ¿No vas a entrar? - Le dijo Rodolfo a Fernando con una sonrisa y ya inflando pecho.
-No, no sé nadar. - Exclamó Fernando con un pequeño temblor en la voz.
- ¡JA! ¡Y si! Acá el hombre soy yo.- Dijo Rodolfo mientras comenzaba a dar sus primeros pasos directo a la orilla del río.
-Ya vuelvo, no demoró. - Con el agua ya casi a la cintura, dirigiéndose a recoger la pelota y perdiéndose con la correntada.
Fernando esperó y esperó, sin señal alguna de su hermano. Ya poniéndose nervioso con la situación, caminó algunos metros a ver si tal vez más adelante del río no aparecía Rodolfo.
Pero nada, ni siquiera un sonido, nada más que pájaros y cómo retumbaba un viento frío contra los barrancos del otro lado del río, haciendo que la corriente se volviera más violenta, pero nada del pequeño.
Corrió lo más rápido que pudo hasta la casa, a los gritos, aterrado y en medio de un lloriqueo, le cuenta a su madre la situación. Su padre, que se encontraba ayudando con el almuerzo, ni siquiera esperó que su hijo terminara de contar, salió corriendo lo más rápido que pudo y de un salto se metió al río. Don Diego, que era un hábil nadador, no tuvo la menor dificultad para lidiar con la corriente y el viento. Se sumergía, volvía a la superficie, miraba a los costados como perdido y lo volvía a hacer de nuevo. Así, repetitivamente, por metros y metros. Por horas, sin ver nada de su pequeño hijo.
Luego de sentirse ya cansado flotando contra la corriente, vio un bulto gris atrapado en medio de un viejo árbol, que con la crecida había caído al agua. Se acercó, rezando para que aquella figura no fuera su pequeño. Lo tocó con las manos, era una vieja camiseta, igual a las que Rodolfo solía usar. Y vio lo peor que un padre puede sufrir en este mundo, era su hijo ya gris y frío…
Fernando, desde aquel entonces por la pérdida de su compañero de vida, su querido hermano, se volvió lo que hoy en día es, más que nada por sentirse responsable, por no lograr salvarlo. Por no ser lo suficientemente “hombre” según él. Aunque los años hayan pasado, esas marcas quedan y sí que quedan por el resto de la vida.
Aprendió a lidiar un poco cuando conoció a Mariela, quien en aquel entonces era su esposa. Maestra de profesión, pasó su vida estudiando por el amor que tenía a los niños. Muy por el contrario de Fernando, era más alegre y le encantaba una charla. Era la única que le podía sacar algún tema a su marido. Se complementaban de alguna forma.
Una pareja joven que se amaba y deseaba lograr tener un hogar. Que les permita vivir bien, sin problemas, pero tampoco nada lujoso porque el sueldo no daba para mucho. Y quizás un hijo a futuro, tenía todo para dar cierto hasta que se depararon con la casa de los Rodríguez
Un viejo caserón en Trinidad. Si la Santa Trinidad, que de santa esta ciudad, no tenía nada. Era más bien el pueblo de los pecados. Y la casa, esa maldita casa, un lugar cargado de historias, que desafortunadamente no eran para nada buenas. Se dice que, en la época de la última guerra civil, la revolución de 1904, que por cierto fue la más sangrienta y reciente que nuestro país sufrió. El viejo caserón de los Rodríguez funcionó como una cárcel improvisada para los prisioneros, partidarios del bando colorado o militares provenientes de la capital. Que fueron torturados o asesinados de forma brutal, cargando al sitio de una energía que cualquiera que lo conozca, lo notaría tan solo al respirar el macabro aire.
Fernando conocía la historia de este sitio y los tantos mitos que rodeaba a esta casa, pero como no creía en supersticiones, los dejaba pasar como un simple imaginario popular. Desde que llegaron a su nuevo hogar, su vida fue tranquila, Fernando se encargaba del campo, una pequeña chacra que tenían a las afueras. Mientras Mariela realizaba sus jornadas en una escuela cercana. Todo lo que habían deseado desde que se habían comprometido, desde que se habían unido por primera vez en matrimonio.
Los días, meses, y años pasaron con normalidad. La verdad es que Fernando comenzó a pensar que aquellos viejos cuentos de los vecinos eran puras historias para asustar niños. Ya que decían que se veían soldados, con el uniforme característico de la época de la guerra civil. Ensangrentados vagando por los pasillos de la casa, buscando liberarse de esa maldita maldición. Y una supuesta niña muy pequeña que siempre la veían jugaba en el patio. Pero sí, si había algo que a Fernando le estaba atormentando en los últimos días. Sueños recurrentes de su infancia con aquel momento horrible en el que perdió a su hermano. Y la horrible culpa de tener ese peso en sus hombros volvía seguido por las noches. Tal vez era porque en las últimas semanas los temporales que afectaron la zona con inundaciones le recordaban ese trauma, o tal vez solo se dejaba llevar por los cuentos de los lugareños.
Había noches en que no podía ni cerrar los ojos sin que volvieran las imágenes, su esposa solía pasar noches preocupada mirando como su marido se desvanecía, como si estuviera perdido. Sin entender nada, ella volvía a dormir porque tenía que levantarse temprano para ir a trabajar en la escuela.
Fernando, seriamente afectado por lo que le estaba ocurriendo, pasaba días desvelado, sin descansar. Deteriorando su psicológico cada vez más. En un momento comenzó a imaginar cosas. Como objetos de la casa se movían. ¿Estaré quedando loco? Se decía a sí mismo. ¿O solo me dejo llevar por esta maldita casa?
El insomnio, ya en un momento preocupante, le comenzaba a jugar malas pasadas. Escuchaba llantos, voces que le decían que se lastimara o que lastimara a su esposa. Aunque nunca le contaba a Mariela hasta que un día reventó. En llantos le dijo a su esposa todo lo que le estaba sucediendo.
Ella, incrédula, comenzó a sentir miedo de que en algún momento su marido que tanto le amaba intentara hacerle algo. Comenzó a descansar en una habitación separada a la de su esposo. Pero por las noches ella escuchaba como su marido caminaba por toda la casa y con precaución se trancaba en la habitación. Intentando dormir de alguna forma.
Hasta que una mañana, antes de ir a trabajar, ve como él la recibe muy diferente, pareciéndose a otra persona. Con una sonrisa, algo como si todos estos días no hubieran pasado. Casi como si fuera solo un simple sueño.
-Toma, te preparé café. Voy al monte a cortar leña y más tarde regresó. Que te vaya bien en el trabajo.- Dijo Fernando completamente distinto.
Ella solamente movió la cabeza en señal de aprobación y volvió a su café. Después de tomarlo por completo decidió prepararse para irse. Mientras se cepillaba, se asomó al espejo y luego se agachó para tomar un sorbo de agua, pero cuando volvió la mirada hacia el vidrio frío y húmedo. Se congeló, estaba completamente aterrada. Su respiración se paralizó por completo. Sentía como algo frío desde los pies, le había recorrido toda la columna hasta la cabeza.
En el espejo veía su figura, pero también observaba algo terrorífico. Su esposo, estaba detrás de ella esperando a que lo notara, empapado por una mezcla de sangre y barro. Y entre sus manos llevaba el hacha que utilizaba para cortar leña en el monte. Él, con una sonrisa casi diabólica, hizo un movimiento y sin que Mariela pudiera hacer nada, le partió el cráneo como si fuera un simple tronco.
Al cabo de los días, encontraron Fernando vagando por las calles linderas a la ciudad, cubierto de sangre. Delirando y repitiendo la misma frase. Cuando se publicó la noticia, fue traumatizante, que una pareja tan joven y feliz terminara de esa trágica forma. Se dice que en el juicio nadie entendía sus motivos, abogados, agentes, hasta la fiscal y el juez. Todos se preguntaban el porqué de sus actos. Solamente repetía una y otra vez, que no recordaba nada, que, al cabo de unos días, despertó envuelto de sangre al lado del cadáver de su esposa.
G. Zaballa
2da. Edición.

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