A unos minutos de cerrar, Irene oyó que alguien giraba el cartel de la puerta principal desde dentro. No levantó la vista en ese momento. Se encontraba contando en la caja registradora, con el cansancio fijo en los hombros. Pendiente de no perderse con las monedas. En ese primer momento pensó que sería algún otro cliente que entró sin que sonara la campanilla.
Entonces la luz del pasillo comenzó a parpadear una vez. Apagándose durante algunos segundos, volviendo con un zumbido bajo. Irene miró hacia la entrada. Un hombre delgado, empapado por la lluvia. Tenía una extraña gorra azul, la barba crecida y una mano dentro del bolso de la chaqueta. Con la otra sostenía un viejo teléfono sin batería.
Al comienzo no dijo nada, solo caminó hasta el mostrador. Y sin decir nada, recorrió con la mirada la cámara de seguridad colgada en el techo, inclinó la cabeza para mirar la puerta trasera y luego, algo confuso observó en el espejo convexo junto a la caja.
Luego de unos segundos se acercó despacio y dejó el teléfono sobre el mostrador.
—No grites —dijo con la voz ronca, casi sin fuerzas—. Si gritas, vendrán antes. Si vienen antes, nos borran a los dos.
Irene sintió que su cuerpo no respondía del todo. Miró a la calle, donde algunas luces de coches se distorsionaban con el cristal mojado de la tienda. Y calculó rápidamente la distancia hasta el botón de alarma de la caja.
El hombre la siguió con la mirada.
—No te haré daño —afirmó—. Solo déjame decirte lo que pasa.
—¿Qué quieres?
—Que me escuches un momento —dijo él—. Ellos van a llegar. Siempre lo hacen. Pero sí cuento lo que sé delante de una persona normal, quizás no puedan borrarnos a todos sin dejar rastros.
Ella solo respiró hondo y lentamente mientras el hombre miraba hacia afuera, tocó el botón de la alarma.
—Puedes llevarte el dinero, solo no me hagas nada.
—¿Qué? No, esa no es mi intención —dijo algo alterado—. ¿Qué crees que soy?
—¿Entonces qué es lo que quieres?
—Necesito que otras personas sepan de esto —dijo el sujeto, sacando un fajo de fotos y recortes de diario entremezclados con documentos. Dejándolo todo a la vista de la chica—. Trabajo en una empresa que fue tercerizada por el gobierno… Bueno, trabajaba… Eso ya no importa. Pero me encargaba de distintas bases de datos, donde lidiamos con información de diferentes entes civiles y militares. Personas con números de sustitución, lugares y funciones a cumplir… En realidad no eran personas, eran otras cosas. Cosas que venían de afuera, para sustituirnos a todos, o a la gran mayoría. Parecían personas, pero no lo eran; en el fondo eran otras cosas.
—Mira, si necesitas ayuda, creo que viniste al lugar equivocado.
—No —respondió con vehemencia golpeando el mostrador—. No estoy loco. Esas cosas pactaron con las élites mundiales para controlarnos. Y la gente lo tiene que saber.
—¿Las élites? —preguntó Irene.
El sujeto no respondió inmediatamente; permaneció algunos segundos en silencio. Con la mano apoyada sobre aquella maraña de papeles y la otra aún dentro de su chaqueta. La lluvia había cedido, dando paso a la calma. Durante esos segundos parecía que había olvidado que la chica estaba allí.
—No importa quiénes son —dijo—. Lo importante es que sepa cómo reconocerlos.
El hombre comenzó a recoger algunas fotografías y los papeles que había extendido minutos atrás sobre el mostrador. Guardándolos de nuevo en su chaqueta. Una de las fotos quedó cerca de sus manos. Irene logró observar cómo un grupo de hombres posaba en frente de un edificio gubernamental con una apariencia extraña. Sobre cada uno, una fecha distinta, todas haciendo referencia a dentro de unos años.
Entonces escuchó un vehículo detenerse en frente del local.
El hombre solo levantó la cabeza.
Aquellas luces atravesaban el ventanal y permanecían inmóviles por varios segundos.
—Ya están aquí.
Irene miró hacia la calle. En ese momento llegaron dos vehículos más, pero esta vez con sirenas encendidas.
—Es la policía.
—Te dije que no llamaras a la policía —dijo sacando la otra mano de la chaqueta—. No puedo confiar en ti.
El hombre la arrastró hacia el pasillo de limpieza de la tienda, cubriendo su boca con una mano que olía a cobre y tierra húmeda. La empujó contra los estantes de detergentes y le presionó el cuello con un destornillador de punta plana. Ella intentó gritar, pero él le susurró al oído que guardara silencio si quería vivir un día más. Las luces zumbaban sobre ellos, iluminando los productos químicos de plástico blanco.
Él retiró la mano de su boca lentamente, manteniendo la herramienta presionada sobre su cuello.
—No estoy para hacerte daño. Solo necesito un escudo humano para salir de aquí.
—Suelta a la mujer —ordenó una voz metálica desde afuera—. Sabemos que estás dentro. Suelta el arma y deja salir a la mujer. Podemos negociar, nadie tiene que salir lastimado.
El hombre miró a Irene.
—Ya están aquí. Escucha lo que dicen… No preguntaron quién soy, ya saben de todo, nos estaban escuchando. Ya saben que estás conmigo.
Los pasos comenzaron a acercarse.
—Entrarán —susurró—. Y cuando lo hagan, no les mires demasiado tiempo. Ellos pueden leerte la mente solo con mirarte a los ojos.
La puerta se abrió de golpe. Tres agentes entraron apuntando con sus armas. El hombre no hizo más que empujar a Irene hacia un costado e intentó escapar. Pero uno de ellos rápidamente lo derribó contra el suelo.
—¡Míralos! —gritó mientras los policías lo esposaban—. ¡Te dije que no eran humanos!
—Él decía que ustedes eran sustitutos.
El policía se volvió hacia ella.
—Estás asustada. No le hagas caso a este loco.
Irene vio al policía; entonces recordó una de las fotografías. Los hombres frente a aquel edificio gubernamental eran aquellos policías.
El hombre esposado en el piso notó el semblante de la chica, y solo se detuvo a decir.
—Ahora lo entendiste…
Uno de los policías tomó todos los documentos que aquel sujeto había dejado en el mostrador y los que tenía aún guardados en su chaqueta. Mientras se lo llevaban casi de arrastre hacia afuera. Antes de salir, otro agente se volvió hacia la chica.
—No te preocupes, Irene —dijo el policía—. Gracias por llamarnos. Él aún cree que eres humana.
G. Zaballa


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