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El Culto a Cernvnnos
ᚁ(Beith)
Eran ya pasadas la una de la tarde cuando los Gómez llegaron a la casa de verano. No hacía mucho que se habían bajado del coche para estirar las piernas, y ya se sentían renovados por el aire de la campiña, que parecía salido de un mundo distinto al que estaban acostumbrados.
Los pinos desprendían un aroma casi terapéutico, perceptible incluso desde lejos, mientras el viento soplaba en pequeños respiros que aliviaban la tensión acumulada tras el ajetreo de la ciudad. Estaban convencidos de que, al regresar de aquellas vacaciones, se sentirían completamente recargados.
Era un día agradable en la finca. El viaje no había presentado inconvenientes. La ruta estaba despejada, como solía estarlo en aquella región, y la escasa cantidad de vehículos había hecho el trayecto más ágil de lo normal. Lo agradecieron con alivio.
Carlos y Juan —padre e hijo— estaban listos para disfrutar juntos de los mejores días de sus vidas.
La casa era un viejo rancho, datado a mediados del siglo XIX, que se conservaba en excelente estado a pesar de ser ocupado solo una vez al año. Era una herencia familiar que había pasado de generación en generación, convertida en una casa de vacaciones que solían visitaban cada verano. Con el tiempo, se volvió una tradición imposible de romper y difícil de rechazar por cualquier miembro de la familia.
A Carlos le traía recuerdos entrañables: jugar entre los pinos junto a sus hermanos y primos, en aquel bosque que su tatarabuelo había plantado cuidadosamente tras llegar de Europa. Rodeaba la casa en forma de media luna, dejando al descubierto un único sendero que conectaba con la carretera principal.
Sin vecinos en los alrededores, el lugar era ideal para descansar del bullicio de la ciudad.
—¿Por qué no subes las maletas a tu cuarto mientras guardo el auto en la cochera? —le dijo el padre a su hijo, de tan solo nueve años—. Está en la segunda planta. Lo verás enseguida, es la habitación con la puerta roja.
—Sí, papá. Enseguida lo hago.
Carlos, de cuarenta y cinco años, era un hombre delgado y alto, de cabello gris y gafas azuladas. Su piel pálida y su aspecto desgarbado le daban una apariencia fantasmal, como alguien que no salía demasiado de su cueva de escritor. Trabajaba como columnista en una revista masculina de cierta notoriedad, donde cubría temas de finanzas y política, aunque en su tiempo libre se dedicaba a escribir novelas policiales. Era lo suficientemente reconocido como para pagar algunas cuentas gracias a su pluma.
Desde la muerte de su esposa por cáncer, Carlos había decidido dedicar más tiempo a su único hijo. Había vuelto a encontrar sentido a la vida, dejando de lado su principal afición. Juan lo necesitaba más que nunca. La pérdida de su madre lo había vuelto un niño silencioso y retraído. Ni las costosas terapias ni los cambios de escuela lograron devolverle la alegría que solía tener.
Por eso Carlos había reducido su actividad laboral: quería estar presente, ser el padre que su hijo necesitaba. Y qué mejor oportunidad que retomar la tradición de vacacional en la vieja casa familiar.
Al principio, a Juan le costó aceptar la idea de pasar unos días fuera de casa, pero su padre terminó convenciéndolo. Quién sabe, tal vez lograría mejorar su estado de ánimo.
Ya en la habitación, lo primero que hizo fue sacar de la valija una foto de su madre y colocarla sobre la mesa de luz, junto a la cama. No se despegaba de esa imagen, en la que ambos aparecían sonriendo como solían hacerlo.
Después, como era costumbre, sacó sus juguetes: algunos muñecos de acción y pequeños autos, sus preferidos. Por último, colocó la ropa que había empacado para las vacaciones.
Cuando terminó, dejó el bolso a un lado y se acostó mirando por la ventana que daba al bosque de pinos. Lo observó maravillado: la espesura que lo rodeaba transmitía una calma profunda. Lo contempló durante varios minutos, hasta que el cansancio del viaje lo sumió en una somnolencia lenta. Cerró los ojos y se dejó llevar por un mar de pensamientos confusos.
Sentía que la casa le ofrecía una calidez familiar, un calor que le recordaba a su madre. Estaba seguro de que podía escuchar su dulce voz entre el murmullo de ideas. Sí, era ella. Estaba convencido.
De pronto, se vio rodeado por los altos pinos, donde apenas se filtraba la luz del sol. Flotaba sobre el pasto seco, y sentía cómo las ramas del suelo se entrelazaban entre sus dedos. Dio sus primeros pasos sobre aquella superficie mullida y acogedora que lo invitaba a adentrarse en el bosque.
A lo lejos, una sombra se movía con cada paso que daba. No lograba distinguir qué era, pero le resultaba familiar. Sí, familiar y reconfortante. Decidió seguirla.
Avanzó. La sombra también. Se alejaba más y más, deslizándose entre los árboles.
Tras varios minutos, logró distinguir una figura femenina de largo cabello negro que se mecía con la brisa.
—¿Mamá? —preguntó con un gesto de felicidad en el rostro—. ¿Mamá, eres tú?
Siguió caminando, esta vez convencido de que era ella. Reunió fuerzas en sus pequeñas piernas y echó a correr, pero cuanto más lo hacía, más sentía que el suelo se volvía blando y lo tragaba: primero los tobillos, luego las rodillas. Desalentado, intentó avanzar arrastrándose, pero el suelo se lo tragaba como si fueran arenas movedizas, como las que había visto en los dibujos animados o en las películas viejas con su padre.
Primero su estómago, luego su pecho... ya no podía salir, por más fuerza que hiciera. La masa lo envolvía, lo apretaba, le robaba el aire. Se sentía enterrado vivo, atrapado en un bosque que parecía tener voluntad propia, como si lo rechazara, como si no fuera bienvenido.
Todo se volvió oscuro. Sin aire, con el pecho comprimido, Juan se rindió.
—¡Juan! ¿Eres tú? —preguntó una voz tenue, apenas perceptible, perdida en el eco del bosque.
Aquella voz lo impulsó a intentar salir, pero era tarde. Ya no podía moverse. La oscuridad lo envolvía.
Entonces escuchó algo. Algo distinto. Una voz inconfundible.
—Juan, Juan, Juan...
—¡JUAN!
—¡VAMOS, JUAN!
—¡JUAAANNN!
—Vamos, Juan, que te hice algo de comer. Vamos, baja, que te estoy llamando.
Era la voz de su padre.
De pronto, dio un salto. Estaba de vuelta en la realidad. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que había sido un sueño. Una pesadilla extraña. Pero diferente. Casi real. ¿Acaso el bosque quería decirle algo? ¿Era su madre intentando comunicarse? No podía ser. Sin embargo… lo sentía tan real.
Respiró hondo. Se recompuso.
—¡Vamos, baja de una vez que se te enfría el chocolate!
—Sí, sí, papá. Ya voy.
Juan se levantó de la cama y se dirigió a la puerta. Al abrirla, su padre lo esperaba con una sonrisa y una taza de chocolate caliente en la mano.
—¿Qué tal dormiste, hijo?
—Bien, papá —respondió Juan mientras tomaba la taza—. Tuve un sueño muy extraño. Estaba en un bosque... y me hundía en el suelo.
—¡Qué raro! —dijo su padre, sorprendido—. Pero lo importante es que estás despierto y listo para disfrutar del día. Quiero llevarte a conocer los alrededores de la casa, ¿te parece?
—¡Genial! —exclamó Juan con entusiasmo, apurándose a terminar su chocolate.
Padre e hijo salieron a caminar por los alrededores de la casa de verano. Durante el trayecto, Juan no dejó de pensar en su extraño sueño y en la misteriosa sombra que lo había llevado a perderse en el bosque.
Aunque no lograba sacarlo de su mente, decidió disfrutar el momento con su padre. Después de todo, solo había sido un sueño... ¿Verdad? O al menos eso creía.
ᚂ(Luis)
A unos veinte minutos de la gran casa, existía un pequeño pueblo al que solían acudir para reabastecerse de víveres. La familia Gómez era conocida desde hacía generaciones, aunque siempre los rodeó un halo de misterio por las historias que se contaban sobre la antigua finca.
Mucho antes de que se fundara el pueblo —incluso antes de que existiera la casa— ya circulaban leyendas sobre aquel terreno. Decían que, en tiempos de la Banda Oriental, tribus indígenas habían ocupado los montes cercanos, considerándolos su hogar sagrado. Huían de quienes los veían como meros salvajes, “animales que debían ser domesticados por la fuerza”, según afirmaban algunos lugareños.
Con la llegada de colonos provenientes del sur, atraídos por los nuevos beneficios ofrecidos por el gobierno, comenzaron los enfrentamientos. El primer asentamiento fue precisamente ese pueblo, y su establecimiento no tardó en generar tensiones con los pueblos originarios. Hubo enfrentamientos cruentos que se saldaron con decenas de muertes, impulsadas por la codicia de quienes pretendían apropiarse de lo que no les pertenecía.
Los indígenas, en un intento desesperado por defender sus tierras, masacraron a varios campesinos mal armados. No fue hasta la llegada de la familia Gómez, encabezada por don Darío —un viejo terrateniente español con experiencia en milicias— que la balanza se inclinó.
Don Darío se estableció en las inmediaciones del pueblo con la intención de criar ganado. Sin embargo, sufrió numerosos ataques por parte de los nativos, que mataron a su gente y robaron sus pertenencias. Harto de las pérdidas, organizó a los colonos, obtuvo armas gracias a sus contactos militares y emprendió una brutal campaña de exterminio. En su afán expansionista, arrasó con todo lo que pertenecía a los pueblos originarios.
Cientos de asentamientos surgieron sobre la sangre derramada.
Pero la historia no fue benevolente con él. Se cuenta que don Darío y los primeros Gómez sufrieron un final trágico. Los lugareños aseguran que el patriarca comenzó a oír voces provenientes del bosque. Voces que lo atormentaban día y noche, llevándolo lentamente a la locura. Finalmente, incapaz de soportar el tormento, se quitó la vida.
Todos en el pueblo conocían su historia y sabían que aquellas tierras jamás les habían pertenecido. La zona fue quedando desierta con los años. Solo permanecieron algunos pocos sin recursos. El pueblo, desolado, se apagaba lentamente: apenas quedaban unas cuantas tiendas y paradores, condenados a desaparecer.
Carlos, al día siguiente de su llegada a la vieja casa, notó que necesitaba algunos materiales para reparar los daños causados por la humedad. Decidió salir temprano, sin despertar a su hijo, y conducir los veinte minutos hasta el pueblo.
En el trayecto no encontró rastro alguno de vida. Los viejos vecinos de su infancia habían abandonado la región. La sensación de aislamiento era absoluta, como si estuviera en el último rincón del mundo.
Al llegar a la primera tienda, notó su deterioro. Las grandes puertas de madera evocaban otra época: ventanales típicos del siglo XIX y una estructura que resistía estoicamente el paso del tiempo.
Entró por una de las puertas y el suelo crujió bajo sus pies, como si pudiera ceder en cualquier momento. Tocó la campana de la entrada y esta respondió con un sonido metálico y apagado. Nadie acudió. Insistió varias veces sin éxito.
Cuando ya se disponía a marcharse, escuchó pasos lentos que se acercaban desde el fondo. Apareció un anciano, de entre sesenta y setenta años, con una espesa barba y apoyado en un bastón.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó con voz cansada.
—Buenos días. Estoy buscando algunos materiales de construcción, tablas y clavos. La casa está en muy mal estado.
—Creo que tengo algo al fondo... Tal vez le sirva. ¿De dónde viene usted? No se suele ver gente nueva por aquí.
—Estoy de vacaciones, cerca. En la antigua casa familiar, la de los Gómez —respondió Carlos.
—Ah, claro. Ya entiendo. Usted es uno de los Gómez. ¡Cómo pasan los años!
—Carlos Gómez. Quizás conoció a mi padre o a mi abuelo.
—Por supuesto. En este pueblo todos nos conocemos. Carlos Gómez... ¡sí! El niño alegre. Lo recuerdo bien. Y ahora, mírese... ¡todo un hombre!
—Sí, el mismo que venía de pequeño con su padre —dijo, esbozando una leve sonrisa.
—Claro que sí. Todo lo recuerdo. Ha venido a pasar unos días en la vieja casa. Hace mucho que no voy por allí. Para un viejo como yo, es un lugar peligroso.
—¿Peligroso? ¿Por qué lo dice?
—Esa ruta se ha llevado a unos cuantos. Especialmente la que pasa frente a su casa. Tiene su historia.
—No sabía nada de eso. ¿A qué se refiere?
—Dicen que la maldición de los indios sigue viva... más fuerte que nunca.
—Bah, son cuentos para asustar niños. Nunca vi nada extraño.
—Tal vez. Pero no todos son capaces de ver. Su padre me contaba que en esa casa pasaban cosas raras. Y uno, ya viejo, tiende a unir las piezas...
—En esa casa no pasa nada, más que aburrimiento —respondió Carlos, restándole importancia.
Finalizó la conversación, pagó lo debido y se dirigió al fondo de la tienda por los materiales. Cargó el auto y emprendió el regreso. Pero esta vez, algo había cambiado. Las palabras del anciano retumbaban en su mente. ¿Y si no eran simples historias?
A medida que avanzaba por la ruta, recuerdos de su infancia afloraban con fuerza. Episodios que siempre había considerado meras invenciones comenzaron a tomar un cariz diferente. Tantos momentos extraños, tantos detalles olvidados. Se perdió en sus pensamientos, apenas prestando atención al camino.
Fue entonces cuando, al tomar una curva cerca de la entrada a la finca, vio una figura negra y peluda cruzando la carretera. Dio un volantazo instintivo, perdió el control y salió del camino. El vehículo atravesó el campo, arrasando maleza y arbustos, hasta estrellarse violentamente contra un árbol.
El golpe fue brutal. Se golpeó la cabeza contra el volante y perdió el conocimiento.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el coche. Se encontraba en un paraje desolado, sin referencias, sin caminos. Frente a él, solo un inmenso bosque de pinos. Supuso que la casa debía de estar al otro lado. Iría a pie.
Se levantó tambaleante, con una sensación de vértigo y desorientación. Todo parecía distinto. Algo intangible lo observaba. Su percepción de la realidad estaba alterada, quizá por el golpe. Caminó durante unos minutos hasta acercarse al bosque... y entonces lo vio.
Una figura humanoide, cubierta por una capa negra. De su cabeza emergía un cráneo de ciervo, y sus brazos grises, terminados en garras, quedaban al descubierto. Era una criatura imposible, de ojos vacíos y mirada profunda, que exhalaba un denso vapor por las fosas del cráneo.
Carlos quedó paralizado. Aquella presencia no era de este mundo. Los cuernos se extendían como raíces, y su tamaño era imponente.
—¿Quién eres tú? —preguntó, con voz temblorosa.
No obtuvo respuesta.
Se agachó para tomar una piedra, pero al levantar la vista, la criatura ya estaba frente a él, a escasos centímetros. El vapor que emanaba era sofocante, con un olor a azufre insoportable.
Carlos sintió cómo los ojos de la bestia lo consumían. Una mezcla de rabia, miedo y deseo de venganza lo invadió por completo.
Intentó levantar la piedra, pero un rugido gutural lo obligó a llevarse las manos a los oídos. El sonido era insoportable, como un taladro directo al cráneo.
Y entonces... despertó.
Estaba de nuevo en el auto, aún aturdido. Abrió la puerta con esfuerzo y salió. El vehículo estaba completamente destruido, incrustado contra un pino.
Se tocó la frente y notó la sangre. Apretó la herida con una mano y comenzó a caminar hacia la casa. Lo que había experimentado —fuese un sueño o algo más— lo había dejado profundamente marcado. Tan real... tan vívido... que dudaba de todo.
ᚃ(Fearn)
Eran cerca de las ocho de la mañana cuando el pequeño, de nueve años, comenzó a abrir los párpados. Un silencio sepulcral reinaba en la inmensa casa, interrumpido solo por el canto tenue de los pájaros que se colaba por la ventana. Dio varias vueltas en la cama, aferrándose al sueño, estirándose con pereza mientras despertaba lentamente. Recordaba que su padre le había dicho la noche anterior que saldría temprano a comprar algunas cosas y que le dejaría el desayuno casi listo. Solo debía calentar la leche por su cuenta.
Se sentó al borde del colchón, indeciso sobre cómo comenzar el día, y con calma fue vistiéndose. Ordenó su cama y reunió algunos juguetes con la intención firme de explorar el bosque. En los últimos días, el temor que sintió al llegar había ido desapareciendo, a pesar del inquietante sueño que había tenido.
Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Preparó su leche con chocolate y la acompañó con cereales. Una vez saciado, se sintió listo para disfrutar del día. Notó que su padre aún no había regresado del pueblo, por lo que tenía tiempo de sobra para divertirse. Observó el cielo a través del ventanal, evaluando el clima. Era propenso a enfermarse, y no quería arruinar sus vacaciones por un descuido.
Se calzó las botas y salió. El ambiente estaba algo gris y ventoso, pero no lo suficiente como para preocuparlo. Alrededor de la casa se extendía un alambrado típico de la campaña, apenas eficaz para evitar el ingreso de animales grandes. Más allá, se alzaba el inmenso bosque de pinos, tan denso que apenas permitía el paso de la luz, dotando al paisaje de un aura sombría y enigmática, muy acorde con las leyendas del lugar.
Caminó durante varios minutos, observando las copas de los árboles y la exótica fauna que se posaba en ellas. Muchos de aquellos animales eran completamente nuevos para él, lo que le llenaba de asombro. Juan consideraba ese sitio su parque de diversiones personal, un espacio donde podía corretear libremente entre la vegetación. Era un paraíso para un niño curioso y aventurero.
El tiempo pasó rápido. Una hora, luego dos, y él seguía tan maravillado como al principio. Embelesado con todo lo que lo rodeaba, apenas miraba al suelo y tropezaba con frecuencia. Se sacudía la ropa sin darle importancia y continuaba su expedición.
De repente, al no fijarse por dónde caminaba, una rama lo hizo perder el equilibrio y rodó cuesta abajo varios metros hasta caer en un agujero de poco más de metro y medio de profundidad. Se incorporó adolorido. Había caído de espaldas y el golpe en la parte baja le provocaba una molestia intensa. Permaneció sentado durante unos minutos, haciendo muecas por el dolor, pero convencido de que no se había roto nada.
Tras ese breve descanso, intentó encontrar una manera de salir. Escarbó la tierra con las manos, sujetándose de unas raíces para trepar el borde del pozo. No logró más que agotarse. Para su corta edad, el obstáculo era considerable. Juan siempre había sido el más menudo entre sus amigos.
Vencido por el cansancio, se sentó nuevamente. Debía conservar energías. Cerró los ojos y aguzó el oído, esperando escuchar pasos conocidos. Quizá su padre ya estuviera cerca.
Los minutos pasaban y el silencio persistía.
—¡PAPÁ, ESTOY AQUÍ! —gritó con fuerza—. ¡AYUDA, ME CAÍ EN UN POZO!
Pero nadie respondió. Estaba completamente solo en medio de aquel bosque interminable.
No había transcurrido mucho desde su llamado cuando comenzó a oír pasos que hacían vibrar la tierra. Ramas crujían. Alguien o algo se acercaba. Se puso en alerta. Si no era su padre, tal vez fuera un animal. Recordó las historias sobre pumas, felinos salvajes del tamaño de un gran danés. Siempre había pensado que eran cuentos para asustar a niños, ya que su maestra había asegurado que esas criaturas estaban extintas en el país.
Intentó convencerse de que no había peligro. Poco a poco, los supuestos pasos se mezclaron con el viento, como si se disiparan entre los árboles. Respiró aliviado.
Entonces, algo se asomó al borde del pozo: una figura pequeña y oscura, con ojos amarillos, tan profundos como hipnóticos. Juan se sobresaltó al verlo. Pensó que era un puma diminuto, pero en realidad era un gato curioso, atraído por la extraña situación del niño.
El felino maulló con suavidad, mostrando una actitud amigable. Aquello llenó a Juan de energía. Reunió fuerzas y se impulsó con las piernas, logrando aferrarse a una rama. Trepó con dificultad, pero al fin salió de su trampa.
Ya fuera del pozo, se sacudió el polvo y, aliviado, tomó al gato entre sus manos, mirándolo a los ojos.
—Gracias, pequeño amigo. Te debo una.
Sabía que el animal no había hecho mucho, pero su presencia había sido el impulso que necesitaba para salvarse.
ᚄ(Saille)
Juan estaba en la cocina con un paño, intentando limpiar la sangre de su cara antes de que llegara su hijo y lo viera en ese estado. No quería que el niño se preocupara por él después de lo sucedido con su madre. Era evidente que a esa edad, la pérdida de un progenitor causaría un trauma, así que siempre trataba de que su hijo no se preocupase lo más mínimo. Solía decirle que su único deber era concentrarse en la escuela, porque Carlos cuidaría de él como fuera necesario.
Aún rondaba en su cabeza la imagen de aquel ser, y se debatía internamente sobre la veracidad de todo lo ocurrido. No estaba tan seguro de que hubiera sido un sueño. Para él, aquello había sido algo más, tan real como el golpe en su cabeza. La criatura, con el cráneo de ciervo y vestida de negro, era verdaderamente aterradora, y no podía quitarse esa imagen de la mente. Aunque le inspiraba miedo, al mismo tiempo le resultaba familiar. Estaba seguro de que ya había encontrado antes a ese ser, esa extraña criatura.
Sabía, en lo más profundo de su ser, que las cosas no eran como él recordaba de su infancia ni de su familia. Algo más se despertó dentro de él, quizá una llave en su subconsciente, una imagen que había reprimido en su memoria más profunda. No estaba seguro aún, pero sospechaba que su familia tenía algo que ver con ese bosque, algo oscuro que, si lo descubría, podría revelarle la verdadera naturaleza de su herencia. El legado que sus antepasados, fundadores de esas tierras, le habían dejado.
De repente, escuchó que alguien entraba por la puerta principal de la casa. Terminó de limpiarse y se dirigió hacia la sala para ver quién era.
— ¡Papá, llegué! No sabes lo que me pasó.
— Juan, ¿dónde estabas?
— ¿Qué te pasó? —preguntó el pequeño, sorprendido al ver el aspecto de su padre.
— Ah, no es nada, tuve un pequeño desperfecto con el auto. Pero no te preocupes, no pasó nada. Mañana lo llevaré al pueblo para repararlo y podremos irnos de aquí lo antes posible.
— Bueno. Pero mira lo que me encontré en el bosque. A este pequeño, ¿nos lo podemos quedar? ¡Sííí! —dijo el niño, mostrándole al gato negro con sus pequeñas manos.
— ¿De dónde salió este? A ver, ¿tiene nombre o algo? —dijo Juan, girando el collar que el gato llevaba en el cuello—. Debe tener familia, no podemos quedárnoslo.
— Se llama Cernunnos, o eso es lo que dice en el collar.
— Ah, mira, qué raro nombre para un gato.
— Sí, pero es adorable. Estoy seguro de que estaba perdido en el bosque, eso estoy seguro, papá.
— Bueno, si nadie lo reclama mañana cuando vaya a la tienda, te lo quedas.
— ¡Gracias, eres el mejor! —dijo el niño, ruborizado por tener un nuevo y peludo amigo.
Su padre rara vez le permitía tener mascotas, siempre y cuando no ocuparan demasiado espacio ni fueran molestos de cuidar. Lo más grande que Juan había tenido alguna vez fue un loro que misteriosamente se escapó. Después de eso, las mascotas dejaron de ser parte de su vida. Tal vez por desinterés o por miedo a perder a otro miembro de la familia, le bastaba con tener algunos juguetes y libros. Pero el gato tenía algo especial que atraía al niño. Su pelaje era tan oscuro y brillante que parecía lustrado con algún tipo de pasta para zapatos, y sus ojos grandes y brillantes hipnotizaban a cualquiera que los mirara.
— Venga, pequeño, te voy a dar algo de comer —dijo Juan, mientras dejaba al gato en el suelo y revisaba la nevera para ver si quedaba algo de leche. Seguro el animal debía estar hambriento.
ᚅ(Nion)
Colocó la llave del auto en el encendido y la giró, deseando que el motor arrancara al primer intento. Pero nada ocurrió. Volvió a intentarlo dos, o tal vez tres veces, hasta que finalmente consiguió poner en marcha el motor. “Dios”, fue lo único que se le ocurrió en ese momento, seguido de un “gracias”. Desde el accidente, había dejado el vehículo donde estaba y esperaba, con la ayuda de algún ente divino, que volviera a funcionar para poder llevarlo a un mecánico en el pueblo.
Con esfuerzo, logró incorporarse a la ruta. El daño en la parte delantera era evidente: el radiador estaba destruido. Un humo gris salía del motor, mezcla de aceite quemado y combustible, lo que le indicaba que debía llegar a algún lugar con urgencia. Si quería, claro, salir de ese lugar extraño.
Pocas veces en su vida había experimentado una sensación tan abrumadora como la que sentía en ese “bendito” lugar. Después de unos minutos de viaje, finalmente llegó al pueblo. Cruzó las primeras calles y se dirigió al taller donde sabía que encontraría un mecánico a esa hora de la mañana. Se bajó del auto, pero no vio a nadie. Esperó unos minutos hasta que vio una sombra moverse dentro del local y se acercó a ella.
— Hola. ¿Hay algún mecánico por aquí? —preguntó Carlos.
— Sí, yo soy mecánico. ¿Qué le pasó al auto, se llevó puesta a una vaca? —respondió el hombre, sin entender bien lo sucedido.
— No, pero casi. Está perdiendo aceite. Solo quiero que me permita llegar a la ciudad, nada más, y no me importa cuánto cueste, solo hágalo.
— Pero esto le va a costar caro, señor.
— No importa, solo quiero irme de aquí lo antes posible.
— Ok, ok. Va a llevar un par de horas. Si puede venir a buscarlo por la noche, se lo agradeceré.
— ¿Por la noche?
— Sí, está muy dañada. Esto me va a tomar todo el día, estoy solo en el taller. Mi compañero está enfermo, así que demorará algo más.
— Bueno, no me queda otra. ¿Sabe de algún lugar donde pueda desayunar?
— Sí, en la cafetería "El Pasar", está sobre la ruta.
— Bueno, gracias. Nos vemos más tarde entonces.
Frustrado, Carlos dio la vuelta y se dirigió nuevamente a la ruta. Para completar su semana de mala suerte, el auto, la casa, los sueños... todo de alguna manera le estaba jugando una mala pasada. Y a Carlos le molestaba no tener el control de su vida. Era una persona que se enfadaba con facilidad y no tenía paciencia con la mala suerte. Caminó hasta encontrar la cafetería que le había mencionado el mecánico. Con su llamativo color amarillo y una enorme taza de café en su cartel, era imposible no saber de qué se trataba. Varios camiones y algunos coches familiares de paseo estaban estacionados.
Al entrar, el ambiente pareció quedarse en silencio con su presencia. Era ajeno a la socialización del pueblo y nadie parecía contento con su llegada. Caminó hasta el fondo del salón y se sentó en la mesa más aislada, mientras fruncía el ceño por la falta de higiene en el lugar. Entre montones de migas de pan y un cenicero lleno de colillas de cigarro en el centro de la mesa, se frotaba las manos, tensado por la incomodidad del ambiente, hasta que la mesera se acercó.
— ¿Qué vas a desear, corazón? —le preguntó mientras tomaba su libreta.
— Un café largo y unas tostadas, por favor.
— Bien, en unos minutos le traigo todo.
— Gracias —respondió amablemente, sonriendo.
Carlos notó levemente que todos en el local lo observaban con desconfianza, pero no entendía por qué. Era raro que tanta gente se fijara en él de esa manera, así que, para no llamar la atención, desvió la mirada hacia la ruta.
— Aquí le traigo el café largo y las tostadas, como pidió.
— Gracias.
— ¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo la mesera, sentándose en la mesa con él.
— Claro.
— ¿Qué le trae por aquí, a este lugar? —preguntó, mientras se acomodaba.
— Estoy de vacaciones con mi hijo, a las afueras del pueblo.
— Ah, qué bueno.
— Sí, en la Casa Gómez.
— Mmmmm, ahora entiendo.
— ¿Qué entiende? —preguntó, intrigado.
— La forma en que lo miran los demás en esta tienda. Mire, yo soy nueva en el lugar, pero no me han contado buenas cosas sobre esa casa, y mucho menos sobre el bosque de pinos que la rodea.
— Pues también desconozco esas historias y no soy de supersticiones, señorita.
— Ah, sí. Bueno, supongo que son solo cuentos, nada más.
— ¿Podría usted contarme de qué se tratan? —Carlos preguntó, curioso, mientras intentaba asociar lo que le sucedía con algo más. —Es que me han contado algunas cosas, y también me han pasado otras en esa casa.
— Ah, sí. ¿Qué le pasó?
— Pues tuve un accidente con el coche y algunos sueños raros, casi tan reales como si hubieran ocurrido de verdad.
— Sí, sí se cuentan cosas extrañas. Se dice que algunos niños desaparecen misteriosamente cada ciertos años en el pueblo. Creo que, cada 23 años, no estoy segura de la cifra exacta.
— Nunca había escuchado nada de eso, y eso que en mi infancia venía seguido a la casa.
— Creo que solo les pasa a los niños del pueblo. Después de que masacraron a los indígenas, empezaron a suceder cosas raras en su familia y en las tierras que la rodean. Perdieron todas sus riquezas, y la esposa de Don Darío murió de una extraña enfermedad, igual que uno de sus hermanos. La historia dice que, para que Don Darío apaciguara a los espíritus de los nativos, tuvo que ofrecer algo más que sus riquezas a extraños dioses. Se dice que sacrificó la vida de siete niños como ofrenda para calmar la furia por ocupar lo que no era suyo. Y cada 23 años, siete niños del pueblo desaparecen misteriosamente. Los ancianos del lugar comenzaron a echar a los Gómez del pueblo por miedo al poder de ese bosque maldito.
— Esto sí que no lo había escuchado nunca.
— Sí, solo la gente del pueblo habla de eso.
— Gracias por contarme.
— De nada. Además, creo que en la biblioteca del pueblo debe haber algo sobre el tema. Allí guardan archivos de diarios de años pasados, seguro encontrarás algo que te ayude a entender mejor todo esto.
— ¿Tienen biblioteca? —preguntó sorprendido.
— Claro, somos pequeños, pero no ignorantes. A diferencia de lo que piensan los forasteros.
— Genial, gracias por el dato, iré a echar un vistazo.
— De nada, corazón —dijo, levantándose con una leve sonrisa.
Carlos se quedó hasta terminar su café, pagó la cuenta y se dirigió hacia la biblioteca. La mesera le había indicado que quedaba cerca, en el centro del pueblo. No tenía forma de perderse, ya que, a pocas cuadras de la ruta, se encontraba la plaza principal y, al otro lado de la calle, la biblioteca. El día era agradable, pero el pequeño pueblo estaba casi desierto. No se veía a nadie más que a los empleados de las tiendas y algunos vehículos transitando.
Al llegar, abrió el gran portal de vidrio y entró. La temperatura bajó bruscamente al cruzar el umbral, y el edificio, casi tan antiguo como la localidad misma, se erguía sobre grandes pilares. Fue hasta la recepción y preguntó a la bibliotecaria por la hemeroteca. Se hizo pasar por periodista, argumentando que estaba escribiendo un artículo histórico sobre el pueblo, para conseguir acceso a los archivos más importantes sobre la localidad.
Su interés estaba en la información referente a la llegada de su familia, la masacre indígena, y la desaparición masiva de niños desde entonces. Quería aclarar lo que le estaba pasando y desvelar el oscuro secreto que su apellido arrastraba por esos páramos.
Comenzó a revisar las cajas de archivos. Su familia había llegado a esas tierras antes de la década de 1850, pero fue a partir de esos años que se establecieron por completo en lo que hoy era la Casa Gómez. Tras abrir algunas cajas y revisar las primeras carpetas sin mucho éxito, empezó a encontrar algunos indicios. La región había sufrido ataques frecuentes de tribus indígenas cercanas, y lo único que encontraba eran registros de robos de ganado y enfrentamientos. Pero no fue hasta que dio con el primer indicio de la masacre, en uno de los artículos, que se dio cuenta de que estaba tocando algo mucho más oscuro de lo que imaginaba.
8 de agosto de 1852
En la tarde de hoy informamos que Don Darío Gómez, propietario de una finca a las afueras del pueblo, viajó hacia la capital departamental en busca de ayuda para solucionar el problema de los saqueos perpetrados por los salvajes, con el fin de asistir a toda la comunidad en esta preocupante situación que todos estamos viviendo.
Este fue el primer indicio que Carlos necesitaba para llegar al fondo del caso.
20 de agosto de 1852
Luego de varios días de ausencia, llegan tropas del gobierno para socorrer nuestra pequeña comunidad. Están bajo el mando del Capitán del Regimiento de Caballería N° 4, Don Rafael de Oriosola, quien dirige un destacamento de 200 hombres para combatir ferozmente a los salvajes.
Carlos sabía que su tatarabuelo tenía suficientes influencias como para mover al propio ejército a su favor. Decidió omitir algunos años en la búsqueda, con la esperanza de hallar algún indicio del comienzo de las desapariciones. Sin embargo, no tuvo éxito. Tras la erradicación de las tribus y su exterminio total, el aumento del contrabando en la zona y la aparición de matreros dieron paso a un crecimiento en la población local. El pueblo se volvió cada vez más conflictivo, lo que dificultaba encontrar artículos que no estuvieran relacionados con crímenes y desapariciones. A pesar de ello, algo en particular le llamó la atención unos años después, en ese mismo lugar.
7 de julio de 1854
En la tarde de ayer se registró la desaparición de tres niños que jugaban cerca de los campos de la Casa Gómez. Estaban acompañados de una tía, quien fue encontrada degollada a unos metros de donde los niños fueron vistos por última vez. La policía fue alertada y, desde entonces, busca con la ayuda de algunos lugareños algún indicio sobre la ubicación de los menores o sobre lo que sucedió con ellos. Se ampliará la información en cuanto se sepa algo más.
Este evento, el único relevante luego del conflicto con los indígenas, fue el que más llamó la atención de Carlos. La misteriosa desaparición cerca de la finca le ofreció el indicio que tanto había estado buscando.
19 de agosto de 1854
Segunda desaparición en las últimas semanas: una niña fue vista por última vez a dos cuadras de la plaza principal de nuestra localidad. Ella se encontraba jugando con otros niños en la vereda. Uno de los testigos afirma haber visto a una figura oscura con cabeza de ciervo. Se agradece cualquier información sobre el caso.
27 de agosto de 1854
En la noche de ayer, padres de la localidad informaron que tres niños de diferentes familias desaparecieron de sus respectivas casas sin dejar rastro alguno. Por el momento, la policía ha informado que no han encontrado ningún indicio relacionado con las desapariciones ocurridas en el último mes.
Siete niños. Este era el indicio que le había dado la camarera, y todos en circunstancias muy extrañas. A partir de ahí, debía investigar si esto se repetía cada 23 años. Y así fue: cada 23 malditos años, niños desaparecían en diferentes circunstancias una y otra vez, sin dejar rastro alguno. Esto le llevó a tomar el asunto más en serio y a preguntarse quién podría estar cometiendo esos actos tan aberrantes. Nadie ni nada podía llevar tantos años haciendo lo mismo sin que lo encontraran o sin dejar algún indicio.
Llevaba horas en ese lugar sin obtener ninguna respuesta clara, lo que sabía era que esto se repetía incesantemente. Necesitaba averiguar más, pero por hoy ya era suficiente. La noche comenzaba a caer, y llevaba horas allí. Necesitaba ir por el auto antes de que el mecánico cerrara, además de no dejar a su hijo solo todo el día en casa. Guardó los archivos que quedaban por ojear antes de que cerrara la biblioteca. Tenía la información suficiente para confirmar sus teorías. Algo o alguien en ese lugar seguía con la firme convicción de mantener su reinado de terror, pero no estaba aún seguro de qué o quién fuera.
Puede que algún grupo de locos estuviera siguiendo la macabra tradición de su antepasado: matar inocentes para mantener con vida algo en esos bosques. Pero, ¿qué podría ser tan peligroso como para hacer esto durante tantos años? Esa pregunta rondaba la cabeza de Carlos sin darle ninguna razón para ponerle fin al misterio. La realidad era que algo o alguien tenía de rehén a los habitantes del pueblo y se los llevaba poco a poco como forma de pago. Tal vez aquel que lo atormentaba en sus sueños, aquel con la cabeza de ciervo, tenía algo que ver. Lo resolvería, de la manera que fuera, aunque eso lo llevara a la tumba.
Al salir de la biblioteca, Carlos tomó el camino de regreso al taller mecánico para recoger el auto averiado, pero no dejaba de intentar descifrar el gran secreto de ese pueblo. Quizás las personas de allí no se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo. Puede que fueran simples víctimas atrapadas en un espiral sin fin, alimentando los deseos de algo tan macabro.
A metros de llegar al local, vio que estaba completamente cerrado. Decidió entonces entrar por el pasillo lateral que daba hacia la vivienda del mecánico. Golpeó repetidamente la puerta principal, pero no obtuvo respuesta. Así que, decidió asomarse por la ventana para localizar al dueño. Al acercarse, escuchó un murmullo de dos voces discutiendo.
—No sé dónde está, señor —dijo una voz temblorosa—. Me dijo que estaría aquí para recoger el auto.
—Sabes que no me gustan los inconvenientes, y este sujeto está haciendo demasiadas preguntas en el pueblo. Esto no nos favorece, ni a ti ni al culto.
—Lo sé, señor, le pido que me perdone.
Carlos no entendía nada, así que se acercó aún más a la ventana, hasta que se encontró con una visión aterradora. Era aquella criatura que lo acosaba en sus sueños, el ser con cráneo de ciervo, rodeado de sujetos cubiertos de negro. Estaba ahí, frente a él, pero esta vez no era un maldito sueño, era real.
—¿Quieres que te perdone luego de cometer tantos errores? Te dije que lo tenías que matar y ni eso fuiste capaz de hacerlo —exclamó el ser mientras tomaba al mecánico por el cuello con sus largas garras—. Espero que Cernunnos te perdone.
Al terminar esta frase, Carlos escuchó un sonido agudo, similar al que hace un hueso de pollo al romperse, y vio cómo el mecánico caía muerto al suelo, su cuello roto con una facilidad asombrosa. Inmediatamente, Carlos chocó contra la ventana, rompiendo uno de los vidrios y dejando en evidencia su presencia ante aquel macabro acto. En ese mismo instante, todos los sujetos cubiertos de negro lo miraron.
—¿Qué están esperando? ¡Vayan por él, ahora! —vociferó aquella bestia.
Carlos, prácticamente en modo automático, retrocedió y corrió hacia el taller. Entró por la puerta trasera, derribándola con el peso de su cuerpo. Se dirigió rápidamente a la oficina a buscar la llave. Abrió varios cajones y, finalmente, la encontró. Mientras los hombres vestidos de negro salían de la casa, a Carlos le dio suficiente tiempo para subirse al auto y rezar a cualquier dios para que el motor arrancara. Giró la llave dos veces, y el motor comenzó a funcionar. No esperó a que llegaran hacia él; cuando puso la marcha atrás, atravesó a toda velocidad la puerta del taller mecánico.
ᚆ(Huathe)
Hacía pocos minutos que se había despertado con los maullidos de Mr. Cernunnos. El gato quería que lo llamara para darle su comida. Tenía la peculiar manía de subirse sobre el pecho del niño mientras dormía, observando pacientemente hasta que atendiera de una vez por todas a su llamado. Juan tomó su tiempo para levantarse de la cama.
—Vamos, muchacho, te voy a dar tu comida —dijo al gato negro, con la sensación de que este respondía maullando.
Bajó lentamente hacia la cocina, abrió el refrigerador y tomó la leche. Se sirvió un poco para él y otro poco para su compañero peludo, en partes casi iguales. Colocó la leche en el tarro del gato y fue a prepararse su cereal.
—¡Papá! —exclamó sin obtener respuesta alguna. No se encontraba en la casa. De repente, recordó que le había dicho que iba a ir al pueblo a llevar el auto al mecánico. Estaba solo nuevamente, pero no pensaba en ningún momento dejar la casa, ya que afuera se había formado una espesa neblina que rodeaba la vivienda y no le permitía observar nada a su alrededor.
Se tomó su tiempo para comer el cereal, mientras hojeaba un viejo cómic que le gustaba, El flash de dos mundos, de Gardner Fox. Definitivamente, este era su cómic favorito, puesto que trataba sobre un personaje con el que soñaba convertirse algún día.
A medida que intentaba concentrarse para terminar de releer, el pequeño animal arañaba el gran ventanal que daba al fondo, queriendo salir al exterior. Juan entendió sus súplicas y le abrió. Al mismo tiempo, la extensa bruma comenzaba a inundar lentamente el salón principal de la casa, y una fuerte brisa congelaba al niño. Rápidamente, así como el gato salió, volvió a cerrar la puerta para evitar un resfriado. No quería enfermarse, menos en los últimos días de sus vacaciones.
Mientras cerraba la ventana, notó, por el reflejo en el cristal, una sombra grande con cuernos formándose a su espalda. Esto le provocó pánico y le hizo volverse rápidamente. Su primera reacción fue la de alivio, ya que solo era su mente jugándole una mala pasada. Tal vez toda la condensación que había ingresado a la casa le había provocado algún tipo de paraeidolia, un término que había escuchado muchas veces de su padre, quien solía hablar sobre cómo su imaginación fértil lo llevaba a ver nubes con formas extrañas y asustarse por ellas.
Volvió a su cómic sin pensar más en esa extraña figura que le había provocado un susto terrible.
Como no sabía a qué hora iba a llegar su padre, no se preocupó por salir, ya que le había dicho que no debía jugar en el bosque sin que Carlos estuviera en casa. Como un buen niño, decidió seguir sus instrucciones al pie de la letra. Al cabo de unos minutos leyendo su viejo cómic, se quedó dormido en el mismo salón, frente al gran ventanal de vidrio. La bruma afuera era hipnotizante y tranquilizadora a la vez. Seguía sin verse nada, lo que le daba cierta seguridad, permitiéndole cerrar los ojos por un rato.
Después de una hora, se despertó con un fuerte golpe en el vidrio. El pequeño niño se levantó abruptamente para ver qué era, pero no logró diferenciar nada. Solo se veía una ligera claridad a unos pocos metros afuera. Sin embargo, al forzar la vista, pudo distinguir algunas pequeñas luces, casi marchando en procesión, en la lejanía del bosque. El pequeño sabía que no debía alejarse de la seguridad de la casa, pero la curiosidad le dominaba más que el miedo. Quería saber qué eran esos pequeños puntos destellantes. Se puso sus zapatos, tomó una linterna y, poco a poco, se adentró en la espesa bruma que lo rodeaba.
Su campo de visión no superaba los dos metros, y ni la linterna ayudaba. La humedad en el aire era tan densa que le costaba a las pilas de la linterna mantener suficiente energía para iluminar algo. Cada paso que daba lo engullía la niebla, y una escarcha se formaba en su rostro, dificultando aún más su visión. No sabía dónde estaba, pero tenía claro adónde iba, ya que las pequeñas luces aumentaban de tamaño poco a poco, dando la sensación de estar acercándose.
Caminó durante varios minutos hasta llegar a un claro que le permitió ver mejor de qué se trataban esas luces que había estado siguiendo con tanta incertidumbre. En el centro del claro no había árboles, pero sí personas, formando un extraño círculo alrededor de un altar. Había varios individuos encapuchados con una especie de capirote negro, portando antorchas. La escena era realmente impresionante, digna de una película de Stanley Kubrick, como Ojos bien cerrados. En el centro del círculo, destacaba una figura extraña, un ser con un cráneo de ciervo que sostenía un bastón con una piedra roja en su base.
Era una imagen que Juan no comprendía en absoluto. ¿Qué hacían estos extraños en medio del bosque? ¿Qué macabro secreto se ocultaba en ese altar? Se acercó un poco más para observar mejor, pero no pasaron ni dos minutos cuando dos de esos sujetos, que estaban formando el círculo macabro, trajeron a un niño amordazado, colocándolo lentamente sobre el altar.
—Hoy, el gran Cernunnos, señor de los bosques y protector de la vida salvaje, nos bendecirá con su presencia y su fuerza primordial. El señor de los ciervos, maestro de los ciclos de la tierra y de los sueños, recibirá como ofrenda a uno de los impuros, aquellos que han mancillado nuestra tierra y destruido el equilibrio que nuestros ancestros protegían con su sangre. Este sacrificio será su tributo para apaciguar su furia y restaurar el orden natural de los mundos —declaró el individuo, levantando sus pálidas garras y empuñando el bastón tallado con símbolos arcanos, cuya piedra roja resplandecía con fuerza. —No temáis, fieles hijos de la madre tierra, pues hoy la venganza de Cernunnos caerá sobre los que han osado destruir la armonía de la vida. La justicia será impartida con su mano salvaje, sin piedad alguna.
Juan no imaginaba el terror que se desataría en ese momento. El ser con cráneo de ciervo separó el bastón en dos partes, dejando al descubierto una brillante daga, la cual tomó con ambas manos. Luego, la clavó en el suelo y, con un movimiento preciso, cortó lentamente la garganta del pequeño niño, dejándolo desangrarse sobre el altar.
Juan, que observaba todo desde lejos, se abrumó por aquella horrorizarte situación. Ese ser estaba asesinando a un inocente de forma grotesca. Esto lo paralizó por completo, hasta que el peso de su propio cuerpo lo hizo retroceder, provocando un fuerte ruido. Había quedado en evidencia, siendo testigo de todo lo ocurrido.
Al escuchar el estruendoso grito de la bestia con cráneo de ciervo, todo el bosque retumbó.
—¡TRAIGANLO AHORA! —vociferó la criatura, señalando la dirección de donde Juan se encontraba.
ᚇ(Duir)
Seguía pensando en lo que vio en aquel taller. No podía sacarse de la cabeza la forma en que aquel individuo asesinó tan fácilmente al mecánico. Fue en ese preciso momento, mientras conducía su auto, cuando comprendió que podría haber más de esas criaturas acechando por ahí. Había escuchado algo acerca de un culto, lo que provocó un profundo temor por su pequeño hijo, que se encontraba solo en casa. Aceleró constantemente, sintiendo cómo el peligro aumentaba con cada kilómetro que avanzaba.
Cuando estaba a pocos kilómetros de su hogar, la visibilidad desapareció por completo. Una espesa niebla había cubierto la carretera. Encendió los faros y redujo la velocidad, ya que la visibilidad empeoraba a cada momento.
Pocos minutos después, llegó frente a la casa y sintió una oleada de alivio. Había llegado a salvo. Su única prioridad ahora era encontrar a su hijo lo más rápido posible y abandonar ese lugar cuanto antes. Se bajó del vehículo sin cerrar la puerta y entró a la casa, chocando con todo lo que encontró en su camino.
—¡JUAAAN, VÁMONOS AHORA! —gritó mientras se dirigía a la habitación principal en busca del bolso de viaje.
—¡Juan, vamos ya! —repitió, pero no recibió respuesta.
Dejó lo que estaba haciendo y subió rápidamente las escaleras hacia el cuarto del niño. Al llegar, abrió la puerta de golpe, encontrándose con un vacío absoluto.
—¿Dónde estás, niño? —preguntó, desbordado por la angustia.
Se acercó a la ventana y notó, a lo lejos, algunas pequeñas luces brillando en el bosque. Justo en ese momento, un fuerte grito se oyó a lo lejos.
—¡TRAIGANLO AHORA! —rugió una voz gutural, de una bestia que claramente no pertenecía a este mundo.
De inmediato, corrió de regreso a la habitación y sacó un viejo hierro de unos treinta centímetros de largo de un armario. Sabía que lo que acababa de gritar se había llevado a su hijo, y estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario para recuperarlo sano y salvo.
Salió de la casa empuñando el hierro. Se adentró en el espeso bosque de pinos, decidido a que esta sería la última vez que verían ese maldito lugar. Tenía la firme intención de abandonar ese sitio lo más rápido posible.
Caminó por varios minutos, sin apartar la vista de las luces, que a medida que se acercaba se hacían más grandes, lo que indicaba que pronto se encontraría con lo que estaba acechando a su hijo. Llegó a un claro donde, a lo lejos, pudo observar a los encapuchados alrededor de un extraño altar. Parecían estatuas, sosteniendo antorchas macabras. En el centro, sobre el altar, su hijo, maniatado, luchaba por escapar. Frente a él, una figura monstruosa empuñaba una daga ensangrentada.
Carlos pensó rápidamente y decidió dar la vuelta, intentando acercarse desde la retaguardia. Observó cómo los encapuchados estaban en un trance místico que les impedía moverse.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, noqueó a uno de los súbditos, abriéndose paso hasta el altar. Al llegar junto a la bestia de cráneo de ciervo, le propinó un golpe tan fuerte en la base del cráneo que el hierro siguió su inercia y terminó varios metros más allá. Tomó la daga y cortó las ataduras de su hijo sin que los encapuchados reaccionaran, pues seguían en trance.
Cuando logró liberar al niño, se dio cuenta de que ninguno de los seres respondía. Sus ojos estaban completamente blancos. Fue en ese preciso momento cuando Carlos comprendió que debían irse, y rápido.
—Vámonos antes de que se levante —le dijo al pequeño mientras controlaba que el líder no despertara.
Aunque notó que el líder de la secta sangraba por los orificios de su tétrica máscara, no se detuvo a revisar si aún estaba con vida. Sin pensarlo, salió corriendo con su hijo en brazos.
En pocos minutos llegaron al auto.
—Vamos, entra rápido —dijo, mientras aseguraba que nadie los estuviera siguiendo.
El niño se sentó en el asiento del acompañante y observó cómo su padre revisaba los alrededores. Pero en cuanto se acercaron al vehículo, Juan comenzó a gritar con fuerza. Carlos se giró de inmediato y, paralizado por el terror, vio ante él a la bestia. Exhalaba vapor, su aliento golpeando su rostro. Sintió algo tibio que le quemaba el cuello y, al instante, vio cómo litros de sangre brotaban de él.
Los gritos de Juan se mezclaron con el llanto al ver cómo su padre se desangraba frente a él.
—Salve, Cernunnos, señor de los bosques y las sombras, que tu voluntad se cumpla en esta tierra —murmuró la criatura, antes de dirigirse al niño.
G. Zaballa


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