Relato XL - Corazón escarlata
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Corazón escarlata
6:30 p. m.
Empujó el asiento y se sentó al lado del escritorio metálico, en una de las esquinas de la habitación. Comenzó, de a poco, a rellenar el libro de la guardia con su nombre y algún que otro dato más. Al mismo tiempo, daba los primeros sorbos de su taza de café favorita, negro, casi sin azúcar, como solía gustarle: lo suficientemente fuerte para aguantar una noche larga. Ya lo tenía bastante acostumbrado, pero intentaba disimular con muecas un tanto extrañas, mordiéndose el labio inferior y frunciendo las cejas. Iba a estar toda la noche desvelado, esperando que algún cadáver nuevo ingresara por aquella pulcra puerta de caoba vieja, de la morgue del hospital regional.
Un lugar bastante frío y húmedo, con piso de baldosas blancas hasta el techo, que con el tiempo se habían vuelto amarillentas. Las viejas lámparas le daban su toque tétrico: solían perder fuerza de repente, parpadeando por momentos. Iban con el lugar, jugaban con la forma oscura que ese sitio tenía impregnada en sus paredes.
A su vez, sonaba de fondo la radio: Please Mr. Postman, de The Marvelettes, con un sonido un tanto metalizado, debido a que la radio ya llevaba sus años ahí, en ese espacio, produciendo su eco característico. A Luis le gustaba algo de buen rock and roll, de principios de los años 60 o 70. Para él, era la mejor época que el rock produjo en su historia. No era nada que alguien se atreviera a contrariar sin meterse en algún tipo de problema, acompañado de alguna clase de sermón: media hora hablando sobre lo buenas que eran esas voces y de lo ruidosas que se oyen las distorsiones de hoy en día. Y lo mal que tocan la guitarra.
Tenía un gusto singular que acompañaba todas sus guardias desde hacía ya un par de años. Sin lugar a dudas, un sujeto que no pertenecía mucho a esta época, y estoy seguro de que muchos de sus conocidos lo pensaban también.
Era un médico forense de unos 36 años aproximadamente, pero las canas y arrugas lo hacían aparentar mucho más. Pálido, flacucho y de casi uno ochenta de alto, daba mucha impresión. Hasta parecía uno de los tantos cadáveres de ahí, que cobró vida y, de esa forma, tomó la decisión de salir de su contenedor, haciéndose pasar por uno de los trabajadores del lugar, como en lo mostrado por Mary Shelley.
Llevaba una bata amarillenta que combinaba con su tono de piel bastante anémico, con ojeras que aumentaban su tamaño gracias a la graduación extravagante de las gruesas gafas fondo de botella. Respiraba con una clara dificultad, debido a los años fumando cajetillas de cigarrillos de mala calidad, desde la facultad de Medicina, con tan solo 18 años, hasta los días de hoy. Ese veneno ya le estaba comenzando a pasar factura: se agitaba y perdía el aliento con gran facilidad.
Mientras recordaba esa maldita maldición del tabaco, la voz de la estridente Georgeanna Tillman se cortó para dar paso al clásico pronóstico del clima.
—Gracias por escucharnos en esta tarde tan lluviosa —dijo el locutor de voz chillona de la emisora que Luis solía escuchar—. Somos la FM 868, la radio de los mejores éxitos del rock de los 60 que nunca se van a olvidar. Ahora los dejo con mi gran amigo Gabo, quien les trae el pronóstico del clima para esta noche y los próximos días.
—Gracias, Rafa. Espero que todos nuestros oyentes se encuentren bajo un techo, porque la lluvia no va a parar… Parece que tenemos un diluvio en la ciudad esta noche… Según Inumet, tenemos alerta naranja para este y los próximos días: tormentas fuertes y lluvias intensas para el norte del país. Es una perturbación atmosférica asociada a una masa de aire húmedo e inestable, generando tormentas, algunas puntualmente muy fuertes. Por lo tanto, recomendamos a todos nuestros oyentes que pasen la noche en un lugar seguro, bajo abrigo, claro —respondió ya con una voz más seria—. Seguimos con Rafa y con la mejor música de los años 60.
—Sí, ya lo oyeron, a tener cuidado esta noche… Ahora seguimos con el gran Little Richard y Long Tall Sally, para mover esta noche lluviosa. ¡Que no decaiga, gente querida, que no decaiga!
Luego de prestarle la poca atención que le estaba dando a la radio, Luis dejó de escribir y llevó las manos hacia el rostro, un tanto tenso por lo que acababa de escuchar. Detestaba tener que estar en ese sitio una noche tan movida, con tantos cadáveres. No le agradaba para nada la idea de una tormenta de esas magnitudes, estando solo durante todo el turno nocturno. Aunque no tenía nada que hacer, la sola sensación de estar rodeado de cuerpos metidos en compartimientos, en la famosa sala fría, para conservarlos hasta que el de la funeraria se los llevara, le resultaba insoportable.
—Por favor, qué maldito chiste… —murmuró mientras ojeaba la gran puerta de la sala fría.
7:40 p.m.
Eran las 7 y el viejo reloj Casio digital, modelo F-94WA-9, comenzaba con su marca habitual. Lo había acompañado tantos años de servicio que no recordaba con claridad dónde se había hecho todas las marcas y arañazos que tenía. Seguro que fue en los años 90, cuando las calles de la ciudad estaban agitadas por los grandes narcos, o quizás a principios de los 2000. Era algo confuso de recordar después de tanto tiempo.
La lluvia venía acompañada por una brisa que hacía que las copas de los árboles se movieran levemente de un lado a otro. Se inclinó hacia adelante, observando por la parte superior del parabrisas delantero, buscando el origen de aquellas gotas que rebotaban con mayor vehemencia contra su patrulla.
Luego volvía a posar la mirada en su café, sobre el plástico negro mate del tablero del auto, intentando contar mentalmente cuántos años más le faltaban para retirarse. El sargento Hernández reflejaba, en su apariencia, los atareados años de servicio en la policía local: unas ojeras oscuras e hinchadas bajo los ojos, pómulos que sobresalían, bigotón y casi sin pelo. Estaba escondido por la sombra que proyectaba la turbia noche, cerca del farol de la calle principal. Esperaba sosegadamente a terminar su brebaje, sin apuro alguno.
Recibió desde la central un llamado bastante extraño. Varios vagabundos, que merodeaban por la zona buscando refugio de la fuerte lluvia, se toparon con un viejo caserón en uno de los barrios suburbiales del oeste de la ciudad. Dentro de la casa, encontraron el cadáver de una chica joven completamente desnuda. El cuerpo se hallaba pulcro, casi sin señales visibles de agresión. La situación los sorprendió tanto que inmediatamente informaron a los vecinos, quienes llamaron a la policía.
Demasiadas ideas daban vueltas en su cabeza mientras se dirigía al lugar de los hechos, rememorando la última vez que algo de esa magnitud ocurrió en la ciudad. O quizás nunca antes se había enfrentado a algo similar. La ciudad no era tan grande como para que cosas así pasaran, ni tampoco lo suficientemente importante en la región. A lo sumo, algún problema entre vecinos, una discusión familiar o un robo. Nada que implicara el asesinato premeditado de una joven. Todos se conocían, los vecinos solían ser familia, y esos temas oscuros eran tabú.
Se encontraba demasiado confundido esa noche como para encontrarle algún sentido. Se tomó todo el tiempo del mundo: otros agentes ya estaban en el lugar de los hechos, por lo que una presencia más daba igual. Y más si era la de Hernández, que no era precisamente querido entre los demás de la seccional.
Un agente chapado a la antigua, alcohólico y extremadamente violento. No era el tipo de policía para una época en la que todos llevaban cámaras de alta definición en sus teléfonos. Acumulaba varias denuncias por abuso de autoridad durante detenciones, y más de una vez estuvo a punto de perder su empleo. Tranquilamente, dio su último sorbo de café y decidió hacerse presente. Se puso su capa de agua y salió del vehículo, dando un portazo. Paso tras paso, bajo la lluvia, llegó frente a la casa.
Un viejo caserón, tal vez del siglo anterior. No lograba ordenar sus pensamientos como para deducir qué demonios podría ser ese lugar. Estaba rodeado de agentes que habían acordonado la zona para que ningún curioso interfiriera con la labor policial. Uno de ellos lo reconoció, le abrió paso y le indicó hacia qué habitación debía dirigirse.
Al llegar al fondo de la casa se encontró con algunas caras conocidas: agentes forenses, vestidos con overoles blancos para no alterar la escena del crimen. Le pidieron que usara una de esas fundas para los zapatos, y luego se acercó a uno de ellos.
—¿Qué tenemos aquí, Rodríguez? —mencionó desde la espalda de uno de los especialistas.
—¿Cómo estás, Hernández? Te veo cansado —respondió con una leve sonrisa.
—Lo habitual. Esperando la jubilación.
—Pues aquí no están muy lindas las cosas —dijo, suspirando mientras volvía la mirada hacia el cadáver—. Unos vagabundos que merodeaban por la zona se encontraron con esta chica… Lamentable.
—Sí, y parece tan joven —comentó Hernández mientras se cruzaba de brazos—. Qué desperdicio…
—De tal vez unos 20 a 25 años —se agachó para señalarle las marcas en el cuerpo—. Desnuda, sin rastro de su ropa. Tiene marcas en las muñecas, en los pies y en el cuello. Seguramente fue maniatada y asfixiada hasta la muerte… No presenta señales de forcejeo. Estuvo estática todo el tiempo. Muy extraño. Ninguna señal de lucha, nada bajo las uñas.
—¿Y en el lugar? —preguntó, incrédulo, mientras observaba la habitación.
—Nada. Parece que por arte de magia la depositaron aquí, con las manos entrecruzadas sobre el pecho —dijo, negando con la cabeza—. Ni un rastro de pisadas. Con el luminol no encontramos sangre, ni fluidos. Hay que esperar lo que diga el forense. Es lo que tengo por ahora, Hernández. ¿Qué te parece?
—Es extraño. No se me ocurre nada. ¿Puede ser que hayan puesto el cadáver después de muerta y limpiado todo? Tal vez la drogaron y luego la mataron.
—Es algo reciente. No presenta signos post mortem. Está blanca como la porcelana, salvo por las marcas que te mencioné.
—Ya veo… Tendré que llevársela a Luis, a ver qué me dice —respondió mientras le daba una palmada en el hombro—. Gracias, Rodríguez. Nos vemos más tarde.
Se quedó unos minutos observando, analizando e intentando deducir los hechos. Nada de lo que había vivido en años anteriores se acercaba siquiera a una explicación medianamente lógica. Que no existieran rastros de lucha, de defensa, de marcas adicionales en el entorno… Sería prácticamente imposible que un cuerpo apareciera allí por arte de magia. ¿Dónde estaban las sogas con las que había sido atada en sus últimos minutos de vida?
Hernández se retorcía intentando darle algún sentido.
No le quedó más que indicarle a uno de los técnicos que pusiera el cuerpo en una de esas bolsas grises para cadáveres, y así llevarlo al forense de turno. Conocía a Luis, el médico forense desde hacía años. En muchas ocasiones le había tocado llevarle cuerpos de otros casos, generalmente de accidentes en la deteriorada ruta de acceso a la ciudad. Pero esta vez, era distinto. No se trataba de choques violentos entre vehículos, ni de animales cruzando de golpe y provocando una fatalidad.
Entró en su patrulla y esperó a que la camioneta técnica se pusiera en marcha, para emprender el camino hacia el hospital general.
—Maldita lluvia… ¿Podría ser más inoportuna? —murmuró mientras intentaba limpiar el parabrisas empañado con la mano.
9:30 p. m.
Mientras el viento chocaba bruscamente contra el portal de entrada hacia la morgue, Luis observaba casi hipnotizado el tic-tac del reloj de pared. Eran las 9:30 de la noche, y desde que había comenzado su guardia, no había despegado el culo de la silla. Los informes de trabajos previos le estaban llevando ya más de tres horas en ese escritorio; sentía que la luz de la habitación le estaba machacando la vista. No lograba concentrarse del todo, por lo que el reloj de pared se volvió su despegue del mundo físico. Volvía a contar las horas, los minutos y, tal vez, hasta los segundos para que terminara esa fastidiosa guardia. La radio seguía sonando en la misma emisora, pero esta vez con Light My Fire, con la voz del gran Jim Morrison, líder de The Doors.
Cuando volvió a tomar la plumilla, escuchó en el pasillo oscuro, al fondo, cómo alguien abría una de las puertas previas a la única entrada a la morgue. Luis por fin se despegó de esa maldita silla. Levantó la mirada, curioso, pero no lograba ver nada: estaba todo apagado.
—¿Qué diablos? —murmuró, forzando la vista un poco, mientras escuchaba un murmullo que se entremezclaba con la música latosa de la vieja radio.
Vio cómo una de las luces del pasillo se encendía, alcanzando a ver a algunos uniformados llevando una de esas bolsas para cadáveres en una camilla, dirigiéndose hacia su dirección.
Cuando los sujetos llegaron hasta la puerta de su sala, se percató de que uno de ellos era su amigo, Hernández. De pronto, el rostro de Luis cambió por completo; llegó a esbozar una sonrisa.
Hernández y él llevaban un largo tiempo de servicio. No se acordaba cuándo fue que lo conoció. Tal vez en los extraños suicidios de la Casa Rodríguez, en 2003; no recordaba exactamente cuándo fue, pero llevaba años viendo ese extravagante bigote. Eso sí no lo dudaba.
—No esperaba verte por aquí, con estos tiempos locos que tenemos —declaró Luis, manteniendo esa sonrisa.
—Pues sí, una linda noche para encontrarse con un cadáver —dijo el sargento Hernández.
—Me imagino.
Esta calma la guardó, supongo —mencionó mientras se quitaba el sombrero—. Te traje algo para hacerte compañía, Luis.
—Sí, ya veo. Pasen —manifestó, a la vez que hacía un ademán a los uniformados—. Pónganlo sobre esa mesa de lavado, vamos a ver qué tenemos aquí.
Mientras los policías depositaban la bolsa sobre la mesa, el sargento Hernández le contaba lo sucedido.
—Nos encontramos con una chica en extrañas condiciones, desnuda, en una peculiar posición… bastante inusual, debería decir. No hay marcas de forcejeo, ninguna lesión grave a simple vista. Salvo las de las muñecas y el cuello.
—Sí, ya veo —exclamó Luis, mientras quitaba el cuerpo de la bolsa y notaba lo bella que era esa extraña chica.
Era muy pálida, de pelo castaño y largo. Aún llevaba los labios pintados de un leve rojo escarlata. Luis no entendía por qué, pero algo de ella le resultaba muy atractivo. Tal vez por su piel de terciopelo, o por su perfecta desnudez; eran curvas que perturbaban al extraño forense.
—Necesito saber algo de ella para mañana por la mañana, si es posible. Sé que tú eres el mejor en esto —le dijo Hernández, mientras lo observaba y notaba su extraña admiración por aquella chica—. Los voy a dejar a solas, para que se conozcan. Nos vemos mañana, campeón.
—Sí, sí. Mañana tendrás tu informe a primera hora —murmuraba, mientras se ajustaba las gafas.
—Muy bien —sostuvo Hernández, dándole una leve palmada amistosa en el hombro.
Se quedó observándola por unos minutos, mientras los agentes volvían por el largo pasillo. Era demasiado extraña su atracción repentina por aquella chica. Ya había visto muchos cuerpos a lo largo de su carrera, pero solo este le llamaba la atención de una forma que no entendía. Puede que estuviera quedando loco. Este no era un estilo de vida para personas con un juicio razonable. Había visto cosas que a cualquiera le habrían provocado náuseas y lo habrían perturbado de por vida. La carrera de un forense de larga data no era para nada simple.
10:45 p. m.
La radio seguía con esa ruidosa emisora, pero esta vez le tocaba a la grandiosa Janis Joplin con Piece of My Heart. Un ritmo ensordecedor acompañaba a Luis mientras preparaba los instrumentos para la autopsia. Uno tras otro los iba dejando sobre la mesa, junto a la camilla de acero inoxidable donde se encontraba postrada ella. Eran las 10:45 de la noche y aún no había comenzado; se tomó su tiempo para hacer su labor, y más en un caso de un supuesto crimen.
Apoyó sus manos en el borde, sintiendo el frío metalizado de la camilla y, a su vez, observándola directamente. Seguía hipnotizado, pero con una mayor cordura que antes.
—Dime qué te pasó —expuso, en tanto la observaba y acercaba un gran foco, similar a aquellos que solemos ver en los salones de consulta de cualquier médico o dentista.
Comenzó a examinar su cuerpo desde la cabeza, observando las cavidades nasales. Tenía una pequeña nariz puntiaguda, cuasi perfecta. Luis no dejaba de pensar en lo hermosa que era esa chica. Luego se dirigió a la boca; sí, era tiempo de examinar su boca. Tocó levemente sus labios con la yema de los dedos. A pesar de que llevaba guantes de látex, podía sentirla perfectamente. Esa suavidad que predominaba en toda su figura, esa delicadeza, esa fragilidad. Completamente indefensa.
Abrió su boca lentamente y notó la extraña formación de su dentadura: tenía los caninos más desarrollados de lo normal. Su lengua y su paladar estaban manchados de un rojo, un tanto extraño para una persona que llevaba horas muerta.
Volvió a cerrar su boca y se concentró en la nuca, buscando algún tipo de contusión, alguna señal que le diera algo de luz en este misterioso caso. No encontró nada, pero se topó con la peculiar forma de sus orejas: tendían a ser puntiagudas en su hélix. Tal vez debido a alguna malformación genética; lo cierto es que eran muy peculiares. Pero no dejaban de resultarle atractivos todos sus rasgos; esa cierta fascinación hipnótica no lo dejaba pensar en otra cosa. Estaba comenzando a molestar.
Deslizó su mano por su delgado cuello, sin perturbar el camino que recorría la yugular. Tenía marcas de una posible soga que rodeaba su garganta, dejando una marca púrpura sobre toda aquella palidez. Esa pobre chica, tan indefensa, había sufrido algún tipo de asfixia hasta su lecho de muerte. No dejaba de imaginar los minutos sofocantes previos, la falta del preciado oxígeno mientras luchaba por su vida. Esto le provocaba una sensación de malestar.
Revisó el resto del cuerpo. Continuó deslizando su mano por sus pequeños pechos, pasando por su delgado estómago y pelvis, hasta sus piernas, y luego volvió a los brazos, llegando con sus manos a la marca de su muñeca. Era similar a la del cuello y también a la de los tobillos. Pero esta tenía leves marcas de forcejeo: intentó escaparse de sus ataduras y no lo logró. Sus uñas no tenían ningún rastro de residuo, pero de todos modos tomó una muestra para analizarlas luego.
La lluvia comenzaba a arreciar más y más. El viento, desde las últimas horas, había aumentado su vigor, y la luz del salón empezaba a titilar al juguetón ritmo de los relámpagos. Luis sabía que debía darse prisa si quería entregar el informe a tiempo. Faltaba aún redactarlo, por lo que debía agilizar la marcha.
Ahora debía revisar los órganos internos. En lo más profundo de su ser sentía que ella aún podía percibir todo, por lo que evitaba hacerle algún tipo de daño. Era una muestra de alguna extraña forma de aprecio. Tomó el bisturí y, automáticamente, empezó a oscilar su mano de forma inusual. Lo había hecho cientos de veces en todos estos años, pero se quedó sorprendido ante esa reacción.
Luego volvió a concentrarse y presionó profundamente contra su desnudo pecho, haciendo una incisión que continuó formando una “Y” en todo su torso. Se detuvo a la altura del ombligo y la observó directamente al pálido rostro, pidiendo —de alguna forma que no entendía— disculpas por lo que estaba haciendo a esa extraña chica. Apartó su piel, dejando al descubierto su esternón y costillas.
Se dirigió a la pequeña mesa donde estaban todos los instrumentos y tomó el costótomo para comenzar a seccionar las costillas, una por una, rompiéndolas como si de pequeños huesos de pollo se tratasen. Luego, al terminar de liberar la caja torácica, levantó con una mano el hueso del esternón, dejando en evidencia los órganos internos.
Luis sintió cómo su cuerpo se entumecía repentinamente. Los órganos de aquella chica tenían un raro tono grisáceo, a diferencia del corazón, que se encontraba con un fuerte color escarlata. Lo tomó con las manos y sintió… aún se encontraba tibio. Reparó cómo daba un lento latido, intentando bombear algo de sangre desde su cavidad.
Le produjo un terror absoluto. Era imposible. Esto no podía estar pasando luego de tantas horas. Procuraba darle algún sentido. Era un maldito cadáver.
Esa misma sensación de espanto hizo que se le resbalara de las manos, a la vez que retrocedía unos cuantos pasos, chocando contra la mesa de instrumentos y golpeándose fuertemente contra el duro piso.
11:59 p.m.
Al cabo de unos minutos, Luis retomó poco a poco la noción de la realidad. El mundo le daba vueltas, y se sentía extrañamente agotado. Se había desmayado, pero no sabía por cuánto tiempo. Notó de inmediato que no llevaba puestas las gafas, así que comenzó a tantear el suelo torpemente, manoteando entre los instrumentos quirúrgicos que se habían dispersado con su caída.
Un leve dolor en el cuello le dificultaba la movilidad. Era punzante, como si algo le hubiera presionado con fuerza, justo donde la piel es más delgada. A medida que se arrastraba como podía, una extraña sensación de presencia lo invadió. Algo... o alguien... y se acercaba. Podía escuchar pasos suaves, apenas perceptibles, pero constantes. El eco en el pasillo multiplicaba su ritmo, como si una legión de espectros avanzara hacia él.
—¿H-hay a-aalguien a-aquí? —balbuceó con temor, su voz apenas un murmullo tembloroso. Seguía buscando desesperadamente sus gafas, entrecerrando los ojos para intentar enfocar la figura difusa que se aproximaba. Una sombra se perfilaba entre los reflejos parpadeantes de la lámpara oscilante del techo. —P-puedo veerte... seas quien seas...
—Déjame ayudarte —verbalizó aquella silueta con una voz femenina cálida y pausada—. Aquí tienes tus gafas.
Luis, aún confundido, se las colocó temblorosamente. Parpadeó varias veces, y lo que vio hizo que se le cortara la respiración.
Frente a él estaba la chica. La misma que, minutos antes, yacía inerte sobre la mesa de autopsia. Desnuda. Pálida. Perfecta. Pero ahora erguida, viva... o algo similar. Sus ojos brillaban con un fulgor inexplicable. No había en su cuerpo ni una sola marca. La incisión en forma de “Y” había desaparecido como si nunca hubiese existido.
Luis intentó controlar el temblor de sus manos tomando una de las de ella, pero era inútil. Un sudor frío le recorría la espalda, y su corazón palpitaba con una fuerza animal. Intentaba convencerse de que aquello era un sueño, una alucinación provocada por el agotamiento, la tensión... algo. Tenía que ser un mal sueño.
—El que coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá vida eterna, y yo le resucitaré en el último día... —recitó ella en un susurro casi ceremonial, avanzando lentamente hacia él, con la mirada fija en sus ojos—. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida.
La voz era hipnótica. Luis, en lugar de alejarse, sintió cómo su cuerpo cedía, relajándose, entregado. Todo rastro de miedo se esfumó como si nunca hubiera existido. Una calma inexplicable lo envolvió. No comprendía por qué, pero la presencia de esa criatura lo tranquilizaba. Era como si una parte de él hubiese estado esperando este momento.
Ella se acercó a su cuello, con suavidad. Su aliento era frío, pero agradable. Luis sintió cómo sus labios rozaban su piel. Luego, los colmillos se hundieron lentamente, con la delicadeza de una caricia letal. Sintió el tirón, el fluir de su propia sangre siendo absorbida con parsimonia, con ritual. Y sin embargo, no sentía dolor. Solo paz. Paz absoluta.
Luis dejó que todo se desvaneciera. Su conciencia se fue deshilachando como humo. Una parte de él comprendía que estaba muriendo, pero no le importaba. Algo más profundo lo impulsaba a rendirse, a formar parte de algo eterno, de algo que no podía nombrar.
A lo lejos, la radio seguía emitiendo música, pero su melodía ahora sonaba distorsionada, como si llegara desde otro mundo. Afuera, la tormenta crepitaba con violencia, los relámpagos iluminaban por segundos la sala, revelando sombras imposibles que danzaban en las paredes como si algo más acompañara a la criatura.
El tic-tac del reloj de pared marcaba la medianoche exacta.
00:00
Entonces, en el silencio repentino, Luis abrió los ojos nuevamente.
Estaba acostado sobre la camilla de acero, desnudo, cubierto apenas por una sábana. La lámpara quirúrgica aún colgaba sobre él. Todo parecía normal… excepto por una cosa. Su piel estaba más pálida, sus ojos más oscuros. El frío ya no le molestaba. Sus sentidos estaban despiertos como nunca antes. Podía oír cómo la lluvia golpeaba cada hoja del árbol más lejano afuera del edificio. Podía oler la sangre reseca en los guantes descartables del basurero. Y podía sentir... hambre.
Una presencia se acercó desde el umbral. Era ella.
—Bienvenido, Luis —susurró, con una sonrisa que revelaba ligeramente sus colmillos—. Ahora somos uno.
Él asintió. No necesitaba palabras. Estaba listo.
La radio cambió de canción. Comenzó a sonar “People Are Strange”, como un eco sarcástico de lo que había ocurrido.
Y así comenzó su eternidad.
G. Zaballa

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