Vieja Guardia - IV

sábado, 3 de enero de 2026

Vieja Guardia - IV



Capítulo IV

I

«No vengo a traer amor; ni paz para estas tierras.
He venido a traer justicia a través de la espada.
Y la vida eterna a aquellos que sigan mis palabras,
y caminen por mi sombra.
Por el dios padre y por la diosa madre.»

Taklio 14:6 —
Libro de los Justos
Orden de los Caballeros de Baltasar.


    Aquella pequeña roca, lanzada con precisión por una de las pequeñas manos, rebotó sobre la superficie de las aguas ennegrecidas una, dos, tres veces, hasta finalmente hundirse con un leve chapoteo en el fondo del río. La risa cristalina de los niños resonaba por todo el paraje, mezclándose con el murmullo del agua y el susurro del viento.
    Jugaban sin preocuparse por nada, desafiando de forma inconsciente y alegre las advertencias de los mayores, quienes con palabras firmes y miradas serias, habían dejado claro que esas aguas oscuras no eran un lugar seguro para revolotear sin precaución.
    Pero la fuerza del juego, la pasión inocente por descubrir y divertirse, era mucho más poderosa que cualquier reprensión de los adultos. Para ellos, no existía el peligro, solo la magia del momento presente. El arte de sonreír, de correr libremente entre charcos y arbustos, sobre aquellas tierras húmedas por la bruma matinal, era una experiencia más grande que cualquier mandato.
    Con ramas, como espadas, con hojas, como escudos y cascos improvisados hechos de cortezas, se convertían en valientes guerreros de leyenda, héroes de fantasía nacidos de la nada. Jugaban a ser adultos, pero no los adultos reales y cansados de todos los días, sino aquellos que luchan por causas nobles y que conquistan mundos con honor y valentía.
    En sus mentes, libraban batallas contra bestias antiguas, monstruos míticos, criaturas inmortales surgidas de los rincones más oscuros de la imaginación. En ese mundo paralelo, en esa dimensión invisible a los ojos de los mayores, todo era posible: el honor era real, la victoria era dulce, y las derrotas solo duraban un instante, hasta que alguien proponía una nueva aventura.
    Las riñas infantiles —que en otro contexto podrían parecer rudas o alborotadas— eran, en realidad, muestras sinceras de cariño, gestos inocentes que contenían la esencia misma de la vida. Eran tan puras, tan hermosas, que incluso las sombras del entorno parecían retroceder ante esa energía vibrante.
    Aquel rincón del mundo, por momentos tan sombrío, era también capaz de ofrecer dulzura. A pesar de los cielos nublados y las leyendas oscuras que circulaban entre los mayores, esas tierras sabían, en ocasiones, ser generosas con la alegría. El viento soplaba desde el sur, pero pronto viró hacia el norte, como si arrastrara consigo noticias de un verano cercano.
Las nubes se disipaban lentamente y el aire comenzaba a llevar la fragancia del pasto seco y las frutas maduras. A lo lejos, gaviotas gigantes —aves costeras que rara vez se veían tan tierra adentro— sobrevolaban con pereza el cauce del río, asechando con mirada sagaz a los pescadores solitarios que, en sus botes raídos, echaban las redes sin demasiada esperanza, pero con la paciencia de quienes conocen el alma del agua.
    Ese pequeño paraje, oculto en los márgenes del mapa y del tiempo, parecía haber sido creado por una voluntad divina. Un rincón bendecido, concebido tal vez por Dios Padre en su infinita sabiduría, y engendrado con ternura por Dios Madre desde su sagrado y eterno vientre. Era un pedazo de tierra perdido en el vasto mar del este, una isla en la memoria de quienes lo habitaban.
    Y muchos, de distintos orígenes y con diferentes historias, habían llegado hasta allí en busca de algo que en otro sitio no podían encontrar: calma, esperanza, raíces. Un refugio para quienes deseaban empezar de nuevo o recordar lo que era vivir en sintonía con la naturaleza y los sueños sencillos.
    —Isaac—pronunció la mujer con una voz erosionada por los inviernos, la sal y el cansancio, detenida a escasos pasos de los niños—. Vengan. Es la hora. Basta de esos juegos manchados de violencia.
    —Mamá—replicó uno de ellos sin bajar el brazo, aún empuñando la espada de madera astillada—. Déjanos un poco más.
    —No. Se acabó.
    El aire cambió antes que el paisaje. A lo lejos, sobre la cicatriz oscura donde el mar se partía contra el cielo, comenzaron a encenderse reflejos extraños, luces breves que aparecían y se extinguían con ritmo irregular. No eran astros ni señales conocidas por los pescadores. Eran superficies pulidas, escudos de madera y metal devolviendo la luz. Naves. Varias. Demasiadas para ser comercio. Demasiadas para ser regreso.
    Las aves, que hasta ese instante rasgaban el cielo con sus graznidos ordinarios, se desbandaron de forma abrupta. Volaron sin orden ni rumbo, como si una mano invisible les hubiera quebrado el instinto. El campo quedó en silencio. Esa huida no era casual: tenía el peso de los augurios antiguos, de aquellos que los ancianos reconocían sin explicaciones, advertencias traídas por mareas ajenas, anuncios de hierro y saqueo.
    La mujer siguió la trayectoria del vuelo, forzándose a alzar la vista hacia el horizonte. Allí, entre la bruma baja, distinguió los parcos que marcaban los límites de los cultivos. Algunos estaban envueltos en llamas. No se trataba de un incendio que avanzara: el fuego ya había llegado.
    El alarido surgió desde lo más profundo de su pecho, desgarrándole la garganta como si la voz se le desprendiera de la carne.
    —¡Vámonos ya!
    Los niños soltaron las espadas de juguete como si ardieran y corrieron hacia ella. Se aferraron a su falda con desesperación, buscando refugio en un cuerpo que aún creían capaz de detener el mundo. Emprendieron la huida hacia la villa, situada a media milla del claro donde jugaban. El brillo de las embarcaciones crecía con cada paso; dejó de ser un destello remoto para convertirse en una presencia opresiva, sólida, cercana. El corazón del mayor golpeaba con una furia que no reconocía como propia, acompasado con los gemidos contenidos de su madre, que corría sin mirar atrás, consciente de que volver el rostro era concederle forma al terror.
    La empalizada apareció ante ellos como un último amparo. Vieja, torpe, levantada con troncos mal alineados y refuerzos improvisados. Al llegar, la mujer gritó al guardia apostado en la entrada, un hombre flaco, con barba rala y una lanza demasiado larga para sus brazos cansados.
    —¡Vienen ahí!
    —¿Quiénes?—respondió él, frunciendo el ceño, sin comprender aún.
    —Los barcos del este. Traen fuego.
    El rostro del guardia se descompuso. Dio un paso atrás, trastabilló, y antes de que la frase terminara de asentarse en su cabeza, gritó con toda la fuerza que le quedaba.
    —¡A cubierto! ¡Todos! ¡Hombres y mujeres, tomen lo que tengan! ¡Niños, a las casas!
    El orden se disolvió al instante. Gente corriendo en todas direcciones, cuerpos chocando, gritos, caídas, manos que se aferraban a lo primero que encontraban. El polvo se mezcló con el miedo.
    —Isaac—ordenó la mujer, agarrándolo del rostro—. Lleva a tus hermanos. Ahora.
    Entonces sonó. Un clamor profundo, prolongado, que atravesó el aire como un cuchillo. No era el cuerno de la villa. Era otro llamado, grave, ajeno, nacido de gargantas que no conocían misericordia.
    Isaac tomó a los pequeños del brazo y corrió. Entraron en la casa de madera, baja, húmeda, con techo de paja ennegrecida por el humo. Abrió la trampilla del suelo y los empujó hacia el hueco oscuro. Bajaron. Cerró.
    Afuera, los gritos crecieron. El llanto de los más chicos se volvió insistente, desesperado, llamando a su madre. Isaac les ordenó callar. Dijo que volvería.
Salió con cuidado y miró por la rendija de la puerta. Los adultos se habían alineado en la plaza, tensos, esperando. Espadas melladas, escudos rajados, lanzas hechas con herramientas de campo. Lo poco que tenían.
    Entonces el cielo se llenó de flechas.
    El aire se volvió un alarido. Cuerpos cayendo, sangre oscura salpicando la tierra. Algunos resistieron, otros se desplomaron sin comprender. La empalizada cedió con un crujido final. Entraron. Figuras cubiertas de hierro, cascos cerrados, cotas de malla, hachas pesadas. Avanzaban sin palabras, sin pausa, sin rostro.
    Isaac vio caer a su padre atravesado por una saeta. No gritó. Retrocedió y volvió al escondite.
    Pasaron minutos eternos. Solo llanto. Luego, silencio. Un silencio denso, absoluto. La sangre corría por la plaza como un cauce torcido.
Cuando todo calló, la villa era un campo de cuerpos. Entre ellos, mujeres aún vivas, reducidas, sujetas por hombres de piel pálida y cabellos largos. Una era su madre. Luchaba todavía, tomada del cuello.
    Un hombre se acercó.
    —Ahora—dijo—. Antes de quemar este lugar. Llamen a sus hijos. Tú primero.
    La arrastró por el cabello.
    —Llámales.
    Ella se resistió. La daga se acercó a su garganta.
    —Niños—dijo, con la voz quebrada—. Salgan.
    Dudaron. El hombre gritó.
    —¡Vengan o muere!
    Salieron. Uno a uno. A las mujeres sin hijos las degollaron allí mismo, para que nadie dudara.
    Luego ardió la villa.
    —Lleven a los niños a los barcos—ordenó—. A las mujeres, mátenlas.
    Cumplieron. Las madres cayeron ante los ojos de sus hijos. Los pequeños intentaron resistir. Fueron reducidos, encadenados, alineados y llevados hacia el navío principal.
    Detrás de ellos, solo quedó el fuego devorando lo que había sido hogar.




Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

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