Relato VI - Rutas malditas pt.1 - Tiempo perdido

sábado, 28 de mayo de 2022

Relato VI - Rutas malditas pt.1 - Tiempo perdido



    Las rutas de nuestro país han escondido muchos secretos a lo largo de los años, muchos relatos que fácilmente le podrían poner la piel de gallina a cualquiera. No recuerdo alguna sensación más desesperante de niño que la de viajar por las noches. Siempre la imaginación comenzaba a florecer y me era imposible no inventar situaciones o tan siquiera pensar en cuántas historias tendrán esas viejas carreteras, llenas de baches y recónditos lugares tan oscuros y fríos. No me cabe duda que la historia que les voy a relatar a continuación es una de estas situaciones hipotéticas que me imaginaba o que eran reales. Una persona quien vivió un suceso hace unos años verdaderamente escalofriante. Y desde este rincón, quiero que se coloque en su sitio por solo un instante.
    Carlos, quien era de un pequeño pueblito tacuaremboense bastante aislado, tuvo que mudarse por temas de estudio, ya que frecuentaba la facultad en Montevideo. Aunque al mismo tiempo que estudiaba, también trabajaba en una reconocida empresa de reparto de encomiendas. Por lo que le tocaba viajar Uruguay adentro para cumplir su función en dicha empresa. Fueron muchos kilómetros que tuvo que manejar a lo largo de estos años.
    En cierta época le tocó visitar algunos clientes en su pueblo natal, en ese momento realizaba dichas visitas en su auto particular. Un Renault 12 en perfecto estado, al que Carlos le tenía mucho aprecio, lo cuidaba más de lo normal. Por lo que era raro que lo utilizara para hacer viajes largos.
    Ese día, como tantos de trabajo, se despertó a las seis de la mañana, desayunó algo y salió con el auto rumbo a su pueblito natal. Todo salió sin ningún problema, hasta le dio tiempo para visitar además de clientes, amigos y familiares. Una vuelta larga por sus pagos. Alrededor de las seis de la tarde, en la que termina sus quehaceres, para en un viejo almacén de la ruta para llamar a su esposa y avisar que comenzaba a emprender el viaje de regreso a casa. Ella, como siempre, le pedía que lo avisara, para tener más seguridad, no cabe duda. Porque al estar tanto tiempo en la ruta por su trabajo, la preocupación de ella era muy constante. Y de esa forma al menos estaba al tanto y segura de que se encontraba bien.
    Después de hablar con ella, arrancó el auto y enfiló a la ruta para manejar a casa. Era una noche muy despejada, casi todas las estrellas brillaban, cosa de nunca. Aunque, por supuesto, bastante fría porque era pleno invierno. De todas formas, la ruta estaba bien, no había ningún problema. Nada de atascos porque el tránsito era prácticamente nulo. Y la visibilidad era excelente, a kilómetros se notaba si alguien venía en sentido contrario.
    No fue hasta pasar por el primer control policial que entendió de forma muy confusa y de cierta forma lo dejó con mucho miedo. Algo que a nadie le gustaría que se le presentara una situación similar.
    Luego de este control, Carlos perdió prácticamente de la nada la memoria. No había luces, no había absolutamente nada de las horas de viaje que pudiera recordar. Como si un pedazo del tiempo en que pasó en esa ruta, se lo hubieran arrebatado. No fue hasta la una de la madrugada en la que despertó literalmente, recuperando su conciencia sin entender nada. No tuvo ningún accidente, no escuchó nada raro, solo le habían robado horas de conocimiento propio de sus actos.
    Y se dio cuenta de algo aterrador: se encontraba en su casa. Sentado en el piso y completamente mojado. Toda su ropa estaba ensopada y paralizado por una sensación de escalofrío que gobernaba su cuerpo, casi como si hubiera salido de un congelador.
    Su mujer, frente a él, estaba muy asustada y su hija pequeña lloraba desconsoladamente. Es como si hubiera despertado de un sueño, de la nada. Al momento que entra en conciencia escucha cómo su esposa le preguntaba qué le pasaba reiteradamente.
    Hasta el día de hoy no recuerda absolutamente nada de lo que pasó, todos esos kilómetros perdidos de su cabeza y un sentido de gran vacío incondicional que no logra llenar de ninguna forma. Solo el tramo del control policial y nada más, completo vacío.
    Su mujer cuenta que luego de la charla por teléfono, ella calculó que estaría llegando a su casa alrededor de las siete y media de la tarde, pero jamás lo hizo. Se fue el tiempo, se hicieron las ocho, las nueve, las diez de la noche y no llegaba. Su preocupación se hizo evidente. Llamó a su esposo varias veces al celular, pero no contestaba. Solo un silencio, no sonaba, no entraba la llamada como si no existiera el número a marcar. No fue hasta que a las once y media de la noche que escuchó el auto, ya con alivio se dio cuenta de que por fin su esposo estaba a salvo en casa.
    Se imaginó lo más normal, algún desperfecto mecánico, alguna pinchadura en la ruta, o que se hubiera quedado sin nafta. Pero nunca se imaginó que lo encontraría de esa forma. Salió afuera a preguntarle qué había pasado y lo que sucedió la dejó afectada hasta el día de hoy. Ella dice que su esposo estaba con la mirada totalmente perdida, se sienta apoyando la espalda contra la pared y lentamente ve cómo su marido le empieza a aflojar las piernas y empieza a caer del todo.
    Ella, preocupada y ya asustada por completo, intenta reanimarlo y preguntarle lo que le pasaba, provocando un desespero mayor al ver que no contesta de ninguna forma. Segundos después, Carlos empieza a soltar por la boca una espesa baba blanca y espumosa, casi como si fuera un ser extraño queriendo salir de su cuerpo, además de convulsiones sin control.
    La desesperación de su mujer era total, realmente pensó que se estaba muriendo. Seguía insistiendo gritándole mientras él estaba completamente sumido en otro mundo. Ella, impotente al ver esa situación, salió a la calle a los gritos, a pedir ayuda, que alguien la ayudara o lo llevara al hospital. Pero no había nadie. Estaba todo vacío, casi como un desierto en plena ciudad.
    Entró corriendo para llamar a emergencias y fue ahí que se encontró con una escena totalmente desconcertante. Lo encontró sentado en una de las sillas de la sala con una cara totalmente distinta a la de hace unos minutos. Había recobrado la conciencia, como si nada, desorientado al no entender la situación en que se encontraba. Carlos dice que en ningún momento sintió nada, todo ese tiempo, todo ese vacío había pasado como si de un sueño se tratase.
    Son tantos los relatos y misterios de nuestras rutas sin explicación, casi huyendo de la realidad propia que conocemos.

G. Zaballa

4ta. Edición 

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