Vieja guardia - II

miércoles, 14 de mayo de 2025

Vieja guardia - II



Capitulo II

I

«Libera tu ser de las cadenas terrenales. Despoja tu alma de las frivolidades del mundo humano, de su ruido vacío y de su ego corrupto. Solo entonces podrás presentarte puro ante los ojos de los dioses.
Entrega tu carne como ofrenda sagrada, y deja que tu alma sea consumida por la llama divina del Varnir.
Solo aquel que se rinde por completo a la voluntad de los eternos será digno de caminar entre los inmortales.
Pues no hay mayor gloria que la de ser juzgado justo, y no hay mayor destino que el de habitar por siempre en los salones de la vida eterna.
Renuncia al falso consuelo de la carne. Abandona la ilusión del tiempo. Acoge el fuego, la espada, la fe.
Esta es la palabra sagrada. Este es el sendero que los dignos han de seguir.
Así lo dictan los cielos, así lo guarda la tierra, así lo enseña el acero.
Que los indecisos se aparten y los cobardes se consuman en su miedo.
Solo los justos conocerán la verdad.
Solo los puros cruzarán el umbral.
Esta es la ley. Este es el juramento. Este es el camino.
Por el dios padre y por la diosa madre.»

Voto sagrado —
Libro de los Justos
Orden de los Caballeros de Baltasar.



El alarido de la Draga, una ancestral trompeta de guerra tallada en cuerno de ciervo del legendario bosque de Herlik, resonó con un eco profundo que pareció despertar a la tierra misma. Su bramido grave y prolongado, cargado de presagios y antiguos juramentos, marcó el inicio de la marcha de la infantería pesada del norte. Era más que una señal; era un llamado a la gloria o a la muerte.
A paso firme avanzaban los guerreros, cientos de hombres curtidos por la guerra, con cascos cónicos coronados por máscaras faciales de hierro negro. Llevaban yelmos escamados, petos de cuero trenzado con placas de metal forjado, una herencia viva de las tribus bárbaras del norte que aún resonaban en las leyendas del continente. Empuñaban escudos en forma de lágrima, ornamentados con runas de protección y figuras de bestias totémicas. Cada uno cargaba su espada larga, símbolo del honor y el linaje del guerrero. Algunos provenían de los agrestes valles de Shagonia, el ducado más septentrional del reino de Vinhard; otros descendían de los clanes marítimos de las islas de Earthia, famosos por su astucia naval; y unos cuantos más procedían de las fértiles costas de Mosia, donde la guerra se enseñaba desde la infancia.
Tras ellos marchaban los Barkurs, una casta de guerreros ágiles, expertos en combate cuerpo a cuerpo. Blandían hachas cortas de filo curvo, y portaban escudos medianos de forma redonda, con bordes reforzados para repeler lanzas y flechas. Iban protegidos con cotas de malla escamada que brillaban bajo la tenue luz del amanecer, como escamas de dragón. Entre ellos caminaban algunos valientes sin armadura ni casco, envueltos apenas en túnicas de lino ensangrentadas. Eran los más entrenados, nacidos en las islas más lejanas del reino, hijos del mar y del trueno. Navegantes natos, saqueadores por instinto, forjados en tormentas y relámpagos. Aunque preferían el abordaje y el pillaje a los combates en tierra firme, no podían ignorar el llamado de Ulfgar el Devorador.
Ulfgar, rey de Vinhard y de todas las tierras heladas del norte, era hijo del emperador Vagnar IV. Su nombre era pronunciado con reverencia y temor. Los oráculos, envueltos en incienso y misterio, lo habían proclamado como “la Lanza del Lobo, el Devorador en Batalla”. A él le habían entregado el estandarte del lobo negro, símbolo de poder indomable y destino oscuro.
En la retaguardia, con la solemnidad de una procesión fúnebre, marchaba la caballería pesada del rey. Eran los soldados más leales, aquellos que alguna vez pertenecieron a la orden de los Caballeros de Baltasar, la última guardia imperial antes de la caída de la antigua corona. Tras la muerte de Vagnar IV, habían sido repudiados y forzados a regresar a sus tierras natales, mancillados por el fracaso, marcados por la vergüenza de no haber defendido el trono con su vida.
Vestían armaduras gastadas y abolladas por incontables batallas, empuñaban espadas largas como juramentos rotos, y con la mirada perdida, buscando aún algún vestigio de redención. En sus corazones aún ardía una llama silenciosa: servir al camino de los justos, aunque este ya no tuviera nombre ni rostro.
En el horizonte, más allá de las colinas cubiertas por la niebla matinal, avanzaba otro ejército. Sus estandartes eran oscuros como la noche sin luna, y sus pasos hacían temblar la tierra. Ellos esperaban la llamada del dios Rökkir, deidad del caos y la penumbra, el guardián de las almas guerreras que descansan en el Varnir. Su llegada significaba destrucción, pero también liberación.
Y entonces, sin previo aviso, el estruendo de los metales chocando marcó el inicio del infierno. Las espadas se encontraron con carne, las lanzas con escudos, y la sangre comenzó a regar los campos como una lluvia maldita. El suelo sagrado, que alguna vez vio crecer trigo y flores, se tiñó de rojo. Gritos, alaridos, oraciones y maldiciones se mezclaban con el viento, que ahora traía consigo el olor inconfundible del miedo y la muerte.
Cuerpos mutilados se amontonaban unos sobre otros, como si la tierra los reclamara de vuelta. Sus fluidos vitales alimentaban las entrañas del mundo, y de esa misma carne, decían los antiguos, brotarían nuevas semillas de guerra. Los huesos de los caídos serían recolectados para forjar nuevas espadas, y así continuaría el ciclo eterno del guerrero.
Este era el destino de los que vivían y morían por sus tierras, de aquellos que adoraban la gloria como si fuera una diosa cruel. Estaban condenados a repetir el círculo de la serpiente, una y otra vez, atrapados en la ilusión de que su causa era justa. Pero no era justicia, sino ego y codicia disfrazados de virtud. Aquellos que alguna vez caminaron por el sendero de los dioses verdaderos serían castigados por la serpiente, pues la guerra es un altar donde se sacrifica la inocencia.
En la colina más alta del valle, donde el viento soplaba con fuerza y la hierba temblaba como si presintiera un final, se erguía un viejo árbol. Sus ramas, retorcidas por el paso de los siglos, eran hogar de cientos de cuervos, que esperaban pacientemente su turno para alimentarse de la carroña. Sin embargo, aquel árbol no era común. De su corteza emana una energía antigua, una presencia que alteraba los sentidos, como si una entidad superior habitara en su interior.
Y entonces, en medio del caos, una voz dulce y extraña comenzó a susurrar desde el árbol:
—Ven... —dijo—. Ven, Lázaro…
La voz se repetía como un eco en su mente, suave pero imperativa. Era femenina, etérea, imposible de ignorar.
Lázaro, aturdido por la batalla y la visión, se sintió incapaz de apartar la mirada. Algo más poderoso que la guerra misma lo llamaba. Caminó entre los cadáveres como un espectro, guiado solo por esa voz celestial. Sintió una necesidad irresistible de desprenderse de todo lo que lo ataba a este mundo.
Primero soltó su espada. El acero, símbolo de su vida pasada, se hundió en la tierra sin ofrecer resistencia. Ya no necesitaba un arma creada por el hombre para matarse entre hermanos. Luego, se quitó el casco. El aire fresco rozó su rostro, y por primera vez en años, sintió alivio. La armadura, pesada como sus pecados, fue cayendo pieza por pieza, hasta que solo quedó él, de rodillas frente al árbol.
—Ya es hora... —insistió la voz, envolviéndolo como una canción de cuna.
Lázaro alzó la vista al cielo. Sus labios, secos, pronunciaron una plegaria sin palabras. ¿Era este su fin? ¿O el principio de algo más grande?
—¡Vamos, Lázaro! Despierta de una vez. Tenemos que irnos.
La voz cambió. Ya no era la del árbol, sino otra, más cercana, más real. Lázaro abrió los ojos. La escena del campo de batalla se desvanecía, y ante él, iluminada apenas por las llamas de una fogata, se encontraba una figura femenina. Sus ojos, dos brasas encendidas, brillaban con urgencia.
—Nos están persiguiendo. Tenemos que irnos. ¡Ahora!
La confusión dio paso al instinto. Lázaro se levantó de un salto, tomó su espada y se la ciñó al cinto. De pronto, lo recordaba todo: quién era, por qué luchaba y cuál era su promesa. Debía proteger a la joven hasta llegar a la ciudad fortificada de Kandar. Esa promesa era lo único que aún lo mantenía humano, lo único que lo separaba del abismo.
—Ensilla los caballos. Es hora de irnos de este lugar maldito.
A lo lejos, los gritos de sus perseguidores se intensificaban. No había tiempo que perder. Ensillaron rápido, casi sin hablar, y se internaron en la espesura del bosque. La oscuridad los envolvió como un manto. Avanzaban en silencio, huyendo de algo más que hombres. Hacía tiempo que no huían solo de enemigos, sino de un destino que parecía escrito en sangre.
Y así, entre sombras, comenzó otro capítulo en la historia del devorador de batallas y la niña que algún día cambiaría el mundo.

II

—La frontera oeste comienza a desmoronarse lentamente —comentó uno de los generales, mientras señalaba con un dedo tembloroso el mapa desplegado sobre la mesa de guerra—. Al’Masurh intensifica sus avances, y ha desplegado ya a su guardia real en las inmediaciones del Paso de Kar'Zul.
—No cabe duda de que la guerra con Kir’an y Ga’al es inminente —replicó otro general, con el rostro marcado por años de campañas fallidas—. Nos están acorralando como bestias heridas, empujándonos hacia un conflicto del que quizás no salgamos intactos.
—Si lo que desean es guerra, guerra tendrán esos malnacidos —vociferó el hombre sentado en el extremo más alejado de la sala, desde un trono menor elevado sobre tres escalones de mármol negro. Sus ojos eran brasas encendidas. Era el rey Harold de Goethia, y sus palabras eran decretos bañados en sangre—. Daremos a esas bestias el incentivo que necesitan para hundirse en su propia ruina. Mañana mismo convocaré a todos mis comandantes. Si el mundo ha de arder, que lo haga bajo nuestra bandera.
Con un movimiento colérico, golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar piezas del mapa y derramando vino sobre los pergaminos. Un silencio tenso se apoderó de la sala.
—Goethia no será nunca más la ramera de reinos cobardes —sentenció con furia contenida—. Atacaremos primero. Un golpe rápido. Preciso. Letal.
—Mi señor —intervino un general de rostro enjuto y barba gris—, quizás sea prudente convocar a todos los ejércitos. Si lanzamos una ofensiva sin nuestras fuerzas completas, podríamos…
—¡Calla! —rugió el rey—. ¿Prudencia? ¿Temor? No hay espacio para eso aquí.
La sola presencia de Harold llenaba la sala de un aura de amenaza y desesperanza. Era una figura que imponía respeto no por admiración, sino por temor. Desde la muerte de su hermano, el legítimo soberano, y su posterior ascenso al trono mediante el derramamiento de sangre y traición, Harold había gobernado con mano de hierro. Su reinado estaba envuelto en sombras, sostenido por el miedo, la violencia y una red de espías que mantenía a raya hasta a sus propios aliados.
Mientras los generales intercambiaban miradas nerviosas, las grandes puertas del salón del trono se abrieron de par en par. Las bisagras chirriaron como si protestaran por revelar al inesperado visitante. Un hombre bajo y delgado, vestido con harapos de viaje cubiertos de polvo y barro, irrumpió en la sala con paso decidido. A pesar de su aspecto desaliñado, una urgencia evidente lo impulsaba.
—Su majestad —dijo con voz áspera y apurada—. Vengo del sur con noticias sobre sus sobrinos.
Al escuchar aquello, el rey dejó de mirar el mapa. El nombre de sus sobrinos era suficiente para congelar su atención. Una parte de su humanidad aún parecía aferrarse a ese lazo familiar, aunque fuera por interés político o herencia dinástica.
—Hable. Espero que no me haga perder el apetito —respondió con sarcasmo, esbozando una sonrisa cruel—. Acabo de comer.
—Mi señor... solo dos soldados regresaron de la expedición al sur.
—¿Qué has dicho? —gruñó Harold, levantándose lentamente, como si cada palabra del mensajero lo envenenara por dentro.
—Solo dos sobrevivieron, señor —repitió el mensajero, tragando saliva mientras evitaba la mirada incandescente del rey—. Según sus relatos, al encontrar a la joven, un extraño emergió de entre los árboles. Se movía como una sombra viva. Acabó con tres hombres sin esfuerzo, sin emitir sonido alguno. No sabían si era humano o espectro.
—¡Tres de mis mejores soldados de la Guardia de Elinor... derrotados por un solo enemigo! —bramó el monarca, con el rostro enrojecido de ira—. ¡Por una niña y un fantasma! ¿Pretenden burlarse de mí?
—Dicen que era veloz, majestad. Demasiado veloz. Como si el mismísimo viento se encarnara en él.
El rey se alejó de la mesa, sumido en una mezcla de incredulidad y furia contenida. Caminó por la sala en silencio durante unos segundos que parecieron eternos para los presentes, y finalmente habló:
—Doblen el número de soldados. No, triplíquenlo si hace falta. Quiero que el ejército del duque de Elinor marche al sur de inmediato. ¡Quiero a esa niña muerta!
—Sí, mi señor —asintió el mensajero, inclinando la cabeza.
Cuando ya se retiraba, la voz del rey lo detuvo de nuevo:
—Espere. Que ejecuten a cualquiera que regrese sin haber cumplido con su misión. Aquí, en Goethia, no se tolera la derrota. Que todos lo sepan.
Los generales se miraron entre sí, estremecidos. No por sorpresa, sino porque esa orden marcaba el inicio de algo más oscuro. Una guerra no solo contra otros reinos, sino también contra su propia gente.
Harold no era solo un usurpador. Era un símbolo de lo que Goethia se había convertido: un imperio sostenido sobre cráneos, una nación empapada en sangre.
El mensajero permanecía con la cabeza gacha, temblando ligeramente. Aún sostenía entre sus manos un pergamino sellado con el símbolo del sur: un halcón negro sobre un sol eclipsado. No se atrevía a entregarlo, temeroso de que el contenido agravara aún más la furia de su rey.
—¿Todavía aquí? —gruñó Harold, acercándose como un depredador a su presa.
El mensajero, con manos temblorosas, extendió el pergamino.
—Mi señor, hay algo más... Algo que los hombres no han podido explicar.
Harold rompió el sello de cera con un solo gesto y desenrolló el mensaje. Sus ojos se estrecharon al leer, y su expresión, antes colérica, se transformó en algo más profundo: confusión teñida de miedo.
“Desde las tierras del sur llega un viento extraño. No es hombre ni bestia lo que os enfrenta. Es algo más. Algo que la espada no hiere y el fuego no consume.
Camina entre los árboles sin dejar huella. Su sombra hiela la sangre y su mirada parece atravesar el alma misma. Algunos lo llaman espectro. Otros, heraldo del fin.”
El silencio reinó por unos segundos en la sala. Luego, el rey susurró entre dientes:
—¿Un fantasma? ¿Es esto lo que mis soldados traen como excusa? ¿Historias de taberna?
El mensajero alzó la vista por primera vez.
—Señor... ¿y si no es una historia?
Harold lo observó fijamente. Sus ojos, por primera vez, mostraron una sombra de duda.
—Que Nim’rrak venga a verme —ordenó en voz baja—. Tengo un encargo para él.
—Sí, majestad.
El mensajero hizo una reverencia tan profunda como sus piernas le permitieron y se retiró sin mirar atrás, mientras las antorchas parpadeaban a su paso. En la sala, el rey se volvió hacia la ventana, contemplando el cielo encapotado.
Sabía que algo se avecinaba. Y no era una guerra común. Era algo más viejo. Algo que se escapa incluso de las leyendas.
Algo que ni siquiera un rey podía controlar.


III

Eran días de lluvia interminable, de cielos oscuros y nubes tan densas que parecía que nunca volvería a salir el sol. Días semejantes a los que contaban los ancianos en las historias míticas de Malakh, aquellas leyendas en las que los elementos desataban su furia sin contención: “Cuando los caminos se convertían en ríos caudalosos, luego en mares embravecidos, y continentes enteros colapsaban ante la furia de los cielos.” Tal vez esta vez, y solo tal vez, los dioses decidieran tornarse benevolentes con las almas errantes que aún caminaban sobre la tierra.
El objetivo era claro: llegar cuanto antes a Gegrugh. Una cama caliente, algo de ropa seca y, sobre todo, comida que llenara el estómago, eran necesidades urgentes que hacía días no se satisfacían. El viento comenzaba a soplar con fuerza desde el norte, vientos de cambio, vientos que traían buen augurio y que, como un guía invisible, señalaban el camino correcto. Durante esos días, el sendero parecía libre de presencias malignas o espíritus errantes que pudieran representar una amenaza. Si todo continuaba así, no tardarían en alcanzar su primer destino.
—Estoy harta de caminar —murmuró la joven, con la voz cargada de fastidio—. Llevamos cuatro días atravesando este maldito bosque sin encontrar ni un solo pueblo, ni una aldea... nada.
—Si quieres, puedes irte sola —replicó él, sin siquiera mirarla.
La tensión se podía cortar con una daga. No estaban en condiciones de negociar ni de discutir, pero aun así, las palabras se deslizaban como flechas envenenadas.
—No, gracias —respondió ella con frialdad, casi sin emoción en el rostro—. Necesito de tus habilidades para enfrentar a mis enemigos. Es un acuerdo mutuo, ¿entiendes? Tú me sacas de este infierno y yo... te vuelvo rico.
A Lázaro le invadió, como un eco repetido y persistente, esa sensación incómoda de saberse usado. Las palabras de la muchacha resonaban como campanas rotas entre los árboles húmedos, y el bosque parecía amplificarlas, burlándose de él. Un rencor extraño comenzó a brotar en su interior, lento pero poderoso, como una semilla oscura creciendo entre las grietas de su paciencia.
—No me hagas decidir entre entregarte a tus captores o seguir tu jueguito —espetó con un tono burlón, pero con un fondo de amenaza real—. O quién sabe... quizás debería matarte aquí mismo y quedarme con tus cosas. Algo de dinero podrían valer, supongo.
La joven lo miró con cierto temor, y por primera vez en días, dudó de haber tomado la decisión correcta al viajar con aquel hombre. Su mirada, sus palabras, su frío desdén... todo parecía indicar que aquel sujeto no era de fiar. Sin embargo, no podía permitirse el lujo de dar marcha atrás. Tenía que llegar a la fortaleza cuanto antes. Algo grande, muy grande, estaba por suceder, y debía estar allí, preparada para lo que fuera que el destino tuviese reservado para ella.
El tiempo apremiaba. Más allá de las fronteras del sur y del reino de Goethia, una gran guerra se estaba gestando. Las espadas volverían a chocar, las tierras serían teñidas con sangre, y la forja de nuevos guerreros daría paso a una era de incertidumbre. Como habían predicho los antiguos oráculos, el destino del reino recaía, irónicamente, en manos de los más improbables.
Al cruzar un río caudaloso, divisaron a lo lejos una columna de humo gris elevándose en el cielo. Ya faltaban pocos kilómetros. Comenzaban a distinguirse siluetas humanas en la distancia: campesinos arando la tierra, niños corriendo entre los campos, animales pastando con calma. La vida cotidiana comenzaba a abrirse paso entre la bruma de su cansancio.
Habían llegado a tierras de la Cofradía de Kharbeb, un antiguo territorio protegido por una orden guerrera que, hacía ya décadas, había colgado las armas para establecerse a orillas del mar. Era una región de relativa paz, un santuario en un mundo roto por la guerra.
—Hemos llegado a nuestro primer destino —anunció Lázaro mientras acariciaba su barba, que comenzaba a mostrar el tinte blanquecino del tiempo.
—Por fin... ya era hora. Me duelen los pies hasta el alma —respondió la joven, exhalando un suspiro de alivio.
Al llegar a la entrada del pueblo, un cartel de madera tallada daba la bienvenida a los viajeros:
"Bienaventurados sean todos aquellos que en paz quieran convivir. El pueblo de Gegrugh te da la bienvenida. Como dictan las antiguas escrituras: respeta, y serás respetado."
—Por los dioses... qué hambre tengo —murmuró la muchacha mientras su estómago protestaba con un gruñido gutural.
—Conozco un buen sitio donde comer —dijo Lázaro con una leve sonrisa—. Un viejo amigo nos ayudará. Me debe un favor de esos que no se olvidan.
Por primera vez en mucho tiempo, la joven sonrió con sinceridad. La perspectiva de comida, refugio y un poco de descanso le devolvía fuerzas. Sin embargo, mientras cruzaban los primeros metros del pueblo, comenzaron a notar las miradas. Cientos de ojos se clavaban en ellos, como si dos extraños portaran consigo una maldición. Un viejo guerrero y una joven de belleza inquietante no pasaban desapercibidos en esas tierras de quietud. Algunos ancianos se persignaban al verlos. Otros cerraban las ventanas.
La paz de Gegrugh era frágil, y la llegada de forasteros podía interpretarse como el anuncio de tiempos oscuros.
—Debemos mantener un perfil bajo —advirtió Lázaro en voz baja—. No queremos que nos echen de aquí a patadas.
—Lo sé —respondió ella—. Se nota que no somos bienvenidos del todo.
Caminaron unos metros más hasta que llegaron a una antigua posada, maltrecha, cuyos cimientos parecían rendirse ante el paso del tiempo. Sobre la entrada, unas letras verdes, carcomidas por la humedad, rezaban: “La Tierra del Monje.” Un nombre que evocaba lo sagrado, lo misterioso.
—Es aquí —dijo Lázaro con una sonrisa extrañamente cálida.
Ataron los caballos a una vieja cerca de madera podrida.
—Tranquilo, viejo amigo, volveremos pronto —murmuró al animal, dándole una palmada.
Al cruzar el umbral de la posada, el bullicio desapareció de golpe. Todas las conversaciones se detuvieron. Las miradas se volvieron inquisitivas, duras, y el aire se volvió denso.
Tras la barra, un hombre calvo y barbudo, de rostro curtido y mirada penetrante, se quedó inmóvil. Estaba limpiando una botella cuando los vio entrar, y se detuvo como si hubiera visto un espectro.
Era como si un alma errante acabara de cruzar la puerta, trayendo consigo presagios de muerte.
—¿A quién tengo que matar para que me den comida y algo de beber? —dijo Lázaro con voz potente, provocadora.
—¿Qué? —dijo la joven con una mueca de susto—. ¿Estás loco?
El hombre tras el mostrador dejó el trapo y se acercó con rostro serio.
—Repite eso —dijo, con voz grave.
Durante unos segundos, se miraron en silencio. Un duelo silencioso de voluntades. La tensión se podía cortar con una espada vieja y oxidada.
Y entonces, sin previo aviso, Lázaro soltó una carcajada profunda.
—Maldito perro de riña… Tantos años, amigo mío.—vociferó aquel sujeto.
El rostro de Lázaro se iluminó con una sonrisa. El ambiente se relajó. Las miradas se desviaron. La tensión se disipó.
—Elías, viejo amigo... qué alegría verte —dijo Lázaro, estrechándolo en un fuerte abrazo.
Habían sobrevivido a guerras, derrotas y traiciones. Eran hermanos de armas, de sangre y de recuerdos que solo ellos comprendían.
Y por ahora, al menos por un momento, estaban a salvo.



Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

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