Vieja guardia - I

miércoles, 19 de febrero de 2025

Vieja guardia - I



Capítulo I


  “Cinco ejércitos marcharon al encuentro del destino, conducidos por cinco hermanos nacidos del mismo padre, el Gran Patriarca, señor de las tierras de antaño. Unidos alguna vez por la sangre y los juramentos, se vieron luego consumidos por la codicia, enceguecidos por el eco del poder que deja un trono vacío.
Cada uno reclamaba para sí el derecho divino a gobernar, y ninguno cedió. Se reunieron no en consejo, sino en batalla, en el corazón del mundo helado, donde el viento corta como cuchillas y la tierra jamás conoce el calor del sol. Fue en el Valle Congelado de Geobs donde se libró la guerra fratricida. Allí, el acero cantó su canción más cruel. Las armaduras crujieron, los escudos se partieron, las lanzas atravesaron la carne como si buscaran el alma misma. La nieve se tiñó de rojo, y la sangre corrió por los campos helados como ríos de fuego derramado.
La batalla duró días y noches, sin tregua ni piedad. Los metales, antaño forjados con esmero por manos sabias, se desgastaron hasta volverse inútiles. Las espadas se quebraron, las hachas se embotaron, y los cuerpos, exhaustos y mutilados, se apilaron como piedras de una tumba sin nombre.
No hubo gloria. No hubo victoria. Solo la muerte se mantuvo firme, impasible, contemplando el espectáculo con su manto de escarcha sobre los hombros. Fue ella la única testigo del fin de una estirpe. Ninguno de los cinco hermanos vivió para alzarse sobre los demás. Ninguna corona fue reclamada. Ningún trono fue ocupado.
Así terminó la Guerra de los Herederos. Así calló por siglos el nombre del Padre Mayor, perdido en el eco de los vientos de Geobs.
Solo las ruinas permanecen. Solo las Crónicas de la Vieja Guardia recuerdan la locura de los hombres que, por ambición, arrojaron su linaje a la fosa del olvido.”

Fragmento de las Crónicas de la Vieja Guardia
Capítulo VII: “El hervir de la Sangre”




Respiró profundamente antes de sumergirse en busca de su presa. Debía actuar con rapidez; necesitaba alimentarse, y hacía días que no encontraba un pueblo cercano. Desde lo ocurrido en Khanos, se había vuelto más cauteloso. Alguien de su envergadura debía mantener un perfil bajo, sin importar las circunstancias. Los años de nobleza y linaje habían quedado atrás, enterrados en el olvido junto con su afilada espada.
De repente, avistó un enorme pez y, sin pensarlo, lanzó su cerbatana artesanal, atravesando al animal con facilidad. Una sensación de satisfacción lo invadió; esa noche cenaría un gran bagre amargo.
Minutos después, ya en la orilla del lago, intentaba encender una fogata con un rudimentario aparato de madera y algo de grasa de lagnar. A su lado, su fiel rocín, un caballo de aspecto tosco y baja estatura, pero leal desde que los oráculos marcaron otro destino para él.
La tarde resplandecía lenta y pesada sobre aquellas tierras olvidadas por los dioses antiguos. Más allá de Elinor, donde nadie en su sano juicio se sentiría seguro, habitaban vándalos, latos y hexios, nómadas salvajes dispuestos a arrancar gargantas por un simple saqueo. Sin embargo, era el mejor lugar para esconderse de la jurisprudencia de los señores de Goethia.
La libertad tenía un alto precio: enfrentarse a los salvajes de estas tierras, tan bárbaros como los de su propia clase.
El hombre, cuyo nombre se había desvanecido en las crónicas del tiempo, se encontraba ahora de rodillas junto a la orilla del lago, luchando por encender el fuego con las chispas que surgían tímidamente del pedernal. Su cabello corto y grisáceo, y su ancha barba que le rozaba el pecho, eran signos de sus cincuenta y tantos años, aunque hacía mucho que había dejado de contar.
Su rostro, curtido por años de inclemencias y vida errante, reflejaba la determinación de alguien que había abandonado las comodidades de su linaje para entregarse a la lucha por la supervivencia. Atrás quedaron los días en que su nombre era respetado en reinos ahora reducidos a cenizas.
A sus espaldas, el viejo monte, espeso y sombrío, donde la luz apenas penetraba, guardaba historias entrelazadas en el viento que movía las ramas de los árboles, danzando al ritmo del tiempo.
A lo lejos, algunos sonidos emulaban el tintineo de voces humanas. De niño, solía imaginar que eran antiguos elfos de las historias contadas por los ancianos. Los suspiros del viento lo mantenían alerta, pues podían confundirse con el gruñido de alguna bestia.
La carne que descansaba en el fuego ya estaba lista, y con un fuerte mordisco arrancó un pedazo, masticando lentamente y disfrutando el sabor, incierto de cuándo volvería a tener tal deleite.
Hasta la ciudad costera de Santa Faetia, en los límites del reino, había un largo trecho por recorrer. Desde allí, hacia el nuevo continente de Mu y tierras donde nadie reconociera su pasado. Pero antes, debía cruzar la villa de Gregudh para visitar a viejos compañeros. El bar de Gerald tenía las mejores aguamieles del sur. Solo de pensarlo, una picazón en la garganta y un mar de saliva se acumulaban en sus mejillas. Un manjar que los dioses otorgaron a los vivos, una de las pocas cosas que aún se podían disfrutar tras la caída del gran imperio.
De repente, voces coléricas comenzaron a retumbar en la incertidumbre del bosque. Giró rápidamente para observar, y esperó. Pasados unos minutos, nada; no volvió a escuchar aquel llanto.
Miró a su leal compañero, que se encontraba a unos metros de distancia, y localizó rápidamente una espada corta colgando de su montura. De repente, escuchó un alarido, esta vez acompañado por una voz femenina que, a esa distancia, aún no podía entender.
Se acercó a su caballo, tomó su espada y, con la otra mano, se ajustó su ropaje. Estaba listo para luchar contra lo que fuera que ese extraño bosque le deparara.
—¡Ayuda! —gritó nuevamente la voz femenina, temblorosa y suplicante.
Sin pensarlo demasiado y con el instinto del gran guerrero que intentaba enterrar en el olvido, comenzó a correr en dirección al bosque, hacia el origen de aquellas súplicas.
Un laberinto de ramas y arbustos ponía a prueba su habilidad para desplazarse, esquivando rocas y saltando obstáculos que cualquier esbirro de la indolencia encontraría imposibles sin un entrenamiento adecuado.
Las voces no cesaban, atormentando su mente con súplicas de ayuda, implorando que alguna alma bondadosa enfrentara las fauces de lo que fuera que estuviera allí.
De pronto, a lo lejos, distinguió una silueta. Se acercó sigilosamente, como un cazador acechando a su presa.
Eran varios, en formación, con escudos al hombro y espadas en mano, buscando algo que se escondía de todos.
Se acercó aún más y vio sus blasones. No eran diseños rudimentarios de tribus del sur; eran tropas del rey Harold, del ducado de Elinor. La media luna, mitad roja, mitad amarilla, correspondía a los hombres del duque Aldric de Elinor, un despiadado ser que conocía de épocas más oscuras.
Unos metros más allá, entre las malezas, estaba la causa de la cólera que perturbó su calma: una joven de poco más de veinte años, cabello pelirrojo y rizado, y ojos que brillaban como zafiros. Indefensa, vulnerable ante este grupo de bestias que la acechaban como carroñeros.
—¡Por favor, déjenme ir! —vociferó la jovencita.
—De aquí no se va nadie. Nuestro señor quiere tu cabeza y la de tu hermano en una bonita bandeja de plata.
En ese instante, una energía extraña comenzó a emanar del interior del viejo guerrero. La necesidad de empuñar su espada una vez más, como en otros inviernos, lo invadió. Por una razón que no comprendía, sentía la necesidad de proteger a esta joven como si fuera lo más preciado de su vida.
—¡Dejen a la chica! —aulló desde los matorrales.
Y como un fantasma, emergió con una necesidad salvaje de destruir todo lo que se interpusiera en su camino, empuñando su desgastada espada corta con la misma furia que los salvajes Roriks del norte, a quienes alguna vez combatió.
Los soldados, tomados por sorpresa, se giraron y vieron cómo lanzaba su espada, que impactó directamente en el pecho de uno de ellos, abatiéndolo instantáneamente.
Los demás, incrédulos, avanzaron lentamente en postura de guardia. Terminó lanzando una roca contra el rostro de otro, y luego se abalanzó sobre él, arrebatándole la vida y apropiándose de su espada.
—¡¿Quién será el próximo?! —vociferó con rabia descomunal.
Los soldados se miraron entre sí, esperando que alguno se ofreciera para enfrentar a la terrible criatura que tenían delante. Uno de ellos intentó atacarlo, pero fue rápidamente bloqueado. El guerrero, era tan rápido como antaño, gracias a la vida nómada que mantenía su forma física.
Arremetió contra el soldado con una fuerte patada frontal, arrojándolo al suelo y acabando con su vida con una estocada en el torso.
—¡De a uno serán muertos si no deponen sus armas! —advirtió—. Los mataré a todos.
    Aquellos hombres restantes se observaron entre sí, y sin imponer ninguna clase de otra violencia. Comenzaron a dar retirada como verdaderos cobardes.
    En pocos segundos liquidó a tres sujetos bien armados y entrenados, denotando una habilidad en el combate que en mucho tiempo no se veía en las anárquicas tierras del sur.
    Eran formas de lucha que solo en el norte profundo prevalecían, la violencia absoluta, la antigua lucha de la bestia contra el hombre. Por dominar el alma de la lucha con espadas. Antigua arte que eran prohibidas en la orden.
    Se acercó con cautela a la joven, intentando distinguir si estaba herida. Con un rápido movimiento, retiró su espada del cuerpo de sus víctimas, limpiándola en el abrigo de uno de los caídos, y se dirigió hacia ella. La muchacha, temblorosa y desorientada, intentaba ocultarse torpemente entre las ramas secas y retorcidas de los viejos árboles que la rodeaban. Sus ojos reflejaban puro terror, y su respiración entrecortada dejaba en claro que aún no comprendía del todo lo que había sucedido.
—No te preocupes —dijo el hombre con voz serena, intentando sonar lo más amable posible—. No voy a hacerte daño.
—¿Cómo sé que no eres igual a los otros hombres? —con un tono tembloroso, casi inaudible.
—Si quisiera hacerte daño… después de lo que viste, ¿qué me lo impediría?
Sus palabras eran duras, pero verdaderas. No buscaban intimidarla, sino demostrarle que no tenía sentido desconfiar de él después de que la había salvado. Aquella era su prueba de confianza, una cruda y directa.
Aun así, ella seguía dudando. Era difícil confiar en un hombre que había aparecido de la nada, solo para acabar con un grupo entero de soldados con la frialdad de quien está habituado a matar.
—Ven, déjame ayudarte —añadió, con la voz más suave—. ¿Qué querían esos hombres?
—No lo sé… Me encontraba sola en el bosque —respondió la joven, desviando la mirada.
Era evidente que mentía. Él lo notó enseguida, aunque decidió no presionarla. Ya había aprendido por experiencia que, muchas veces, la gente guardaba sus secretos por miedo más que por malicia. Y él no tenía interés en entrometerse en asuntos ajenos. Su único objetivo era claro: llegar a la ciudad costera, cruzar el Mar de la Tranquilidad y dejar atrás toda sombra de su pasado.
Se acercó lentamente, sin movimientos bruscos, y le extendió la mano. La muchacha dudó. Observó sus ojos, luego su mano, y finalmente su espada. A pesar del miedo, aceptó su ayuda, temblando levemente. Hacía mucho que no sentía algo parecido a la confianza… o a la seguridad.
—Una joven como usted no debería estar sola en estas tierras —dijo él, mientras la ayudaba a ponerse de pie—. Este lugar está plagado de salvajes. Ni los mejores hombres de los cinco reinos sobreviven mucho aquí.
—Es que no me conocieron a mí —respondió con una débil sonrisa, como si intentara aliviar la tensión con un poco de humor—. Viajaba con un grupo. Íbamos rumbo a Kandar, pero fuimos atacados por sorpresa.
—Pero esos hombres no eran salvajes —respondió él, con un dejo de sospecha en la voz.
No le cerraba. Aquellos no eran simples bandidos del bosque. Eran soldados entrenados, disciplinados. Hombres del rey. Y los soldados del rey no atacaban grupos al azar… no sin una razón, no sin órdenes superiores.
—No lo sé. Nunca los había visto antes —dijo ella, cada vez más nerviosa, con la voz quebrándose.
—Eran soldados de Goethia —dijo él, observándola con más atención—. Ellos no trabajan por cuenta propia, ni por oro. No como las tribus del sur.
Ella bajó la mirada. Sus ojos temblaban. La mentira comenzaba a deshacerse como polvo en el viento.
—De todos modos, no me importa. Kandar está al noreste. Subiendo por las colinas de Loots lo verás a simple vista, al pie del río negro.
—¡Espera! —exclamó la joven, dando un paso hacia él.
Sabía que, sola, no sobreviviría otro encuentro como el anterior. Necesitaba alguien como él. No solo por su habilidad con la espada, sino por su conocimiento del terreno. Si quería llegar viva a Kandar, no tenía otra opción.
—¿Podrías llevarme a salvo hasta allí? —pidió, con los ojos llenos de súplica—. Te pagaré lo que desees. Mi hermano me espera en la ciudad. Él te recompensará por tu ayuda.
—No. Sigue tu camino sola —respondió él, seco. Aquellas tierras estaban bajo la sombra del rey. Meterse con sus asuntos solo traía problemas.
—Te daré lo que quieras: comida, un techo, dinero, caballos… lo que necesites. Solo llévame a Kandar.
La propuesta era tentadora. Demasiado tentadora. Hacía días que no comía bien. No recordaba cuándo fue la última vez que durmió en una cama caliente. Y encima, le pagarían. Era una oferta difícil de rechazar.
—No lo sé, niña… Traes demasiados problemas contigo.
—No soy una niña. Soy una mujer —replicó, alzando la voz con firmeza—. Mi hermano te pagará el doble de lo que te propongo ahora. Te lo aseguro.
—¿El doble? —repitió él, pensativo. Aunque sabía bien que eso también implicaba el doble de problemas.
—Sí. Lo haré posible.
La suerte tal vez estaba de su lado. Si lograba llegar a la ciudad sin llamar demasiado la atención, obtendría su recompensa. Pero si lo descubrían ayudando a alguien que huía del rey… la horca lo esperaba en Kandar. No una cama, ni una comida caliente. Sólo el peso de la soga.
Era una decisión difícil: arriesgar su vida por una desconocida… o marcharse ahora mismo, con las manos vacías, el estómago vacío y los bolsillos vacíos.
—Está bien —dijo al fin—. Te llevaré cerca de la ciudad. Te dejaré a las puertas de la muralla. Me pagas lo que prometiste y desaparezco.
—Sí, pero…
—No hay peros. Ni preguntas, ni diálogos. Se hace a mi manera, o no se hace.
—Está bien —respondió la joven, extendiéndole la mano con timidez—. ¿Cómo te llamas?
Él la miró. Primero su mano, luego su rostro. Aquel gesto, tan simple, le supo a peligro. Se estaba metiendo en un problema del que tal vez no saldría.
—No hay preguntas.
—¿Ni siquiera vas a hablarme en todo el camino a Kandar?
—No quiero preguntas —repitió, mientras se adentraba nuevamente en el bosque, con la muchacha siguiéndole los pasos de cerca.
—¿Aquí también es de mala educación no presentarse? —murmuró ella, divertida—. Porque en mi tierra sí que lo es.
Entonces él se detuvo en seco, se volvió con brusquedad y la encaró con el ceño fruncido.
—Mira, quedamos en que te llevaría hasta Kandar sin que te maten. No hagas que pierda mi recompensa ahora mismo.
—Está bien, sin preguntas, sin diálogo, sin nada… ¿Quieres que no respire también? Nos vamos a aburrir mucho en este viaje.
—Por todos los dioses… por el Dios Padre… —murmuró él, con frustración—. Debería haber dejado que aquellos soldados te mataran.
Y así comenzó el viaje más largo de su vida. No por la distancia, sino por la compañía. Una compañía que, estaba seguro, lo llevaría directo a la locura… o a su salvación.
Se detuvo frente al animal y comenzó a ensillarlo con movimientos metódicos, casi ceremoniales. Preparaba a su leal compañero para una nueva travesía. Una más de aquellas que tantas veces había intentado evitar, pero en las que irremediablemente terminaba envuelto, como si el destino tejiera sus hilos con obstinada crueldad. Caía, una y otra vez, en el abismo de lo imposible, en misiones desesperadas por causas que creía justas, aunque cada vez le costara más recordar por qué.
El caballo, un corcel de pelaje oscuro como la noche sin luna, lo observaba con una mezcla de paciencia y resignación. Era el hijo de antiguas quimeras de guerra, engendrado por las montañas y curtido en las planicies de batalla. Su mirada parecía entender más de lo que un animal común podría, como si compartiera la carga invisible que su amo arrastraba.
Mientras ajustaba el último broche de la silla, en su mente resonaban aquellas palabras que jamás había olvidado. Palabras que, desde su juventud, guiaban su senda y le recordaban quién había sido y a quién aún pretendía ser.
“El camino de los justos, bajo la luz y el filo de la espada, del gran Dios Padre… dará la vida eterna.”
Esa antigua ley fue forjada en las llamas del monasterio de Hellford, y escrita por la mano de Baltasar, el primer gran maestro de la orden. Aquel voto era su brújula, su ancla, la única luz que le quedaba en un mundo cada vez más oscuro y caótico.
Sin embargo, desde que aquella joven se cruzó en su camino, algo en su interior se removía. Un presentimiento persistente, casi doloroso, lo acompañaba como una sombra invisible. Su instinto le gritaba que esa decisión —aceptar ayudarla— lo llevaría por un sendero del cual quizás no regresaría.
Y aun así, como un último intento de redención, como una plegaria silenciosa por sus pecados pasados, elegía avanzar. Él, como tantos otros antes que él —ya caídos y olvidados— creía que el camino de la espada, la justicia y el sacrificio lo salvaría. Aunque fuera demasiado tarde.
—No desesperes, mi viejo amigo... —murmuró con un dejo de melancolía, acariciando la crin del animal—. La batalla final está más cerca de lo que parece.
Pero no se refería a un combate más contra bandidos o soldados. No hablaba de sangre ni de acero. Hablaba de esa otra batalla, la más dura y silenciosa: la guerra interna. Aquella que libramos contra nosotros mismos, donde los enemigos no son hombres, sino recuerdos, culpas y temores.
Su cuerpo ya no respondía como antes. Las cicatrices lo atestiguaban. Y aunque su mente era aún aguda, el peso de los años comenzaba a hacer mella. Como una espada que, tras incontables guerras, ya no brilla, ni corta con precisión, pero aún se aferra al cinto de su guerrero por respeto a lo que alguna vez fue.
—¿Qué batalla? —preguntó de pronto una voz femenina a sus espaldas, suave pero curiosa.
—Ninguna importante —respondió casi al instante, sin siquiera girarse—. Son rituales que mi compañero y yo llevamos en el alma, parte de una vieja forma de entender la vida.
—Qué noble la consideración por su compañero —comentó la joven, observando con atención el vínculo entre el hombre y el animal.
—Somos compañeros de muchas lunas —respondió él con una leve sonrisa.
—Bien, entonces vayamos a nuestros asuntos —dijo ella con renovado ánimo—. ¿Cuál será nuestra primera aventura?
—¿Aventura? —repitió con un leve tono de ironía.
—Sí —insistió ella—. Una aventura con un extraño que no se anima siquiera a decirme su nombre.
Él la observó unos segundos en silencio. Luego, como si una parte de él decidiera concederle una pequeña tregua al pasado, dijo:
—Puedes llamarme Lázaro.
No era su verdadero nombre. De hecho, hacía tanto que no lo usaba, que ya apenas lo recordaba. Lázaro era un seudónimo, una máscara que había adoptado para ocultarse del mundo, y de sí mismo. A veces, cuando intentaba recordar su nombre real, su mente lo rechazaba, como si con él vinieran memorias que prefería enterrar.
Ya no recordaba su hogar, ni su familia. Solo recordaba la orden. Y que, alguna vez, había dicho provenir de las tierras del norte, más allá de Vinhard, en una isla cuya denominación se había perdido en la bruma de su memoria. Era tierra de dragones, según las viejas canciones, y de guerreros salvajes que rugían al combate con una furia sobrehumana.
—¿Lázaro? —murmuró la joven con una sonrisa—. Un nombre extraño para estas tierras.
—Vengo de lugares donde ni los dioses se atreven a poner pie —respondió con solemnidad—. Y donde las madres no nombran a sus hijos con palabras suaves ni nobles.
—Alguna vez me gustaría escuchar historias de tu tierra, querido extraño.
—Espero que el viaje no se alargue tanto —dijo él, serio—. Contar historias no es lo mío. Menos si hablan de un pasado que prefiero no revivir.
—Pues, si no hablamos, será un viaje muy aburrido para ambos.
—Lo dudo. Primero, llegaremos a un paso fronterizo. Hay un pequeño pueblo antes de nuestro destino.
—¿Y qué hay en ese pueblo?
—Un viejo amigo —respondió sin dudar—. De otra vida. Se vino a estas tierras buscando la libertad, igual que yo. Él nos ayudará a llegar.
—¿Podría acompañarnos hasta la muralla del sur?
—Ya lo verás —dijo—. Pero recuerda: el trato era llevarte a Kandar. Nada más. Lo que ocurra después no me incumbe.
Y así comenzó su marcha. El sol apenas se alzaba cuando tomaron el sendero de tierra que bordeaba el Bosque de los Faunos. Irónicamente, el mismo camino por el cual la había encontrado a ella, escondida entre ramas como un animal acorralado.
La carretera estaba libre de patrullas reales. Sin embargo, las tribus nómadas eran otra historia. Encontrarse con ellas era casi inevitable si deseaban cruzar el paso. Aquel lugar era un punto de encuentro para mercaderes, cazadores, arrieros y contrabandistas. Pieles, carnes, frutas exóticas, todo se comerciaba allí… y también se perdía.
Pero entre los justos y los trabajadores, también acechaban los carroñeros. Aquellos que no negociaban, sino que saqueaban. Que no ofrecían, sino que robaban. Y que, a veces, se llevaban mujeres jóvenes y hermosas como parte de su “botín”. Eran monedas de cambio valiosas: algunas cabezas de ganado, varias pieles, un par de metales… o simplemente la brutalidad de tomarlas como esposas contra su voluntad.
—Debemos tener cuidado —dijo él, rompiendo el silencio con un tono grave—. No será fácil cruzar.
Y no solo por los nómadas. Si los soldados del rey los descubrían, podían reconocerlo. Él había matado a varios. Ya debía haber rumores, incluso recompensas. Y ser atrapado ayudando a una fugitiva podría costarle algo más que la libertad. Lo colgarían en Kandar, sin juicio ni piedad.
Pero tenía una carta más. Su amigo, el que lo había salvado en múltiples ocasiones. El que conocía los viejos códigos de la orden. Con él, quizás, podría burlar al destino una vez más.
Porque para los que siguen el camino de los justos, toda acción tiene su eco. Toda hazaña, su recompensa… o su condena.
Y en esa fina línea entre gloria y muerte, entre redención y perdición, caminaban ahora dos viajeros: una mujer con secretos que no quería contar, y un hombre que ya no recordaba su propio nombre.






Mapa del Reino de Goethia. (En este se desarrollan los hechos de la siguiente novela)

Mapa completo del continente y los territorios que los componen. (En estos se desarrollará la saga de “El camino de los Justos”)

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