Relato XXXIX - Clavos para un Inquisidor

viernes, 25 de abril de 2025

Relato XXXIX - Clavos para un Inquisidor


(imagen generada por ia)

Clavos para un Inquisidor

    El cielo parecía habitar en una penumbra absoluta; no existía un astro que iluminara nada desde arriba. La oscuridad hizo a la tierra de los hombres parte de su ser. Aquel inquisidor cabalgaba sobre el camino de los impíos.
    Las ramas secas parecían extensiones de un ser aún más perturbador, que intentaban raptar a todo aquel que pasara por aquellas grutas. Y la bruma del bosque intentaba adherirse a su sotana como un sudario con vida propia.
    Junto a él, dos clérigos y cuatro soldados venían escoltando la carreta con los instrumentos del juicio: eran cadenas, cepos, pergaminos con bulas papales… y unos cuantos leños secos, bien apilados.
    Dirigidos a la antigua Cernégula, una pequeña aldea que parecía perdida entre grandes montañas del norte de España, cuyo nombre parecía haberse borrado por completo de los mapas de la Santa Iglesia.
    Había llegado a oídos del Santo Oficio que allí se escondían mujeres acusadas de herejía; muchas eran curanderas que tenían contactos con fuerzas demasiado oscuras. Conocían antiguas artes, hablaban con animales; muchos decían que hasta el viento evitaba darse con ellas al caminar, y que las cosechas morían donde su sombra caía.
    Pero lo que más perturbó la Inquisición fue una carta sin firma, escrita con una caligrafía antigua, casi perdida en el tiempo, que simplemente decía:
    “Ven tú, Jerónimo. Ella te espera.”
    Jerónimo de Aranda, el inquisidor, decidió acudir al llamado hereje.
    La cruz de hierro que llevaba colgando en su cuello parecía pesar más desde que llegaron a sus manos esas antiguas cartas. Pero, aun así, tenía un deber que cumplir, y era claro. Su vida había sido consagrada al juicio de los injustos y al fuego de la gloria… o eso creía él.
    Su trabajo en esas tierras era ejemplar: había purgado centenas de monasterios corrompidos, mujeres que decían hablar con muertos y hombres que rezaban a dioses paganos. Un hombre de hierro que jamás había vacilado en sus actos, jamás había tenido miedo en su trabajo.
    Hasta este momento.
    Cernégula no parecía ser un pueblo como otros que había visitado: casas bajas de piedras húmedas, sin campanas ni iglesias visibles por ninguna parte.
    Cientos de ojos miraron con desconfianza su llegada. Nadie se atrevió a saludar al inquisidor; desde las ventanas observaban como si se supiera de algo más, algo que él desconocía de ese lugar.
    Pero no hubo problema en ofrecerle una posada en una antigüedad que crujía con cada paso. El vino, con un gusto a tierra. Las paredes, marcadas con símbolos tallados: círculos con espinas, cruces invertidas, algunos ojos cerrados. Ocultando algo antiguo.
    Esa misma noche, soñó con un campo de hogueras, pero era él quien ardía, y una mujer, de lejos, lo observaba desde las sombras con una sonrisa paciente, disfrutando de cómo su carne, sus huesos, se consumían por las llamas.
    Pero llegó el momento del juicio.
    La mujer fue capturada al alba. No opuso resistencia alguna. Aldara se llamaba, como si los dioses antiguos provocaran al sacerdote. Era alta, de cabello blanquiciento como la misma ceniza de la hoguera, y ojos profundos que no parecían mirar, sino atravesar. Vestida con algunos harapos y pieles de animales, con una presencia que lograba llenar los espacios, como una tormenta invisible.
    —Te acusan de brujería, de pactar con el Diablo, de llevar desgracia a este pequeño pueblo —dijo Jerónimo en medio de la plaza, ante los vecinos reunidos en círculo—. ¿Cómo te declaras?
    —Me declaro inocente —respondió Aldara—. De pactar con ese al que tú llamás Diablo. Porque el que me guía es más antiguo que cualquier demonio, que cualquier ser proveniente de tus escrituras sagradas.
    Un murmullo se desplazó como una ola por los presentes. El inquisidor se mantuvo aún más firme en sus convicciones.
    —Si confiesas, tu alma será salvada. Niégalo, y el fuego de Dios te juzgará y arderás por la eternidad.
    —¿El fuego, dices? —repitió ella con una tétrica sonrisa y su voz se convirtió en un eco suave pero profundo—. ¿El mismo fuego que te consume cada noche? ¿El que ves cuando cierras los ojos?
    Jerónimo palideció.
    Ella sonrió aún más…
    —¿Piensas que eres tú el juez? —dijo, cambiando sus facciones—. No eres más que el último acusado.
    Aquellos soldados que vinieron con el inquisidor intentaron sujetarla, pero su presencia hizo que temblaran con facilidad. Uno se orinó encima solo con el soplo de su aliento. Otro se arrodilló, balbuceando oraciones en un idioma jamás escuchado por aquellos lugares.
    —¡Cobardes! —vociferó Jerónimo, tomando la antorcha él mismo—. Si no lo pueden hacer, dejad que los justos lo hagan. Arderás en el fuego eterno, bruja.
    Acercó el fuego a los maderos donde estaba la mujer, pero estos no ardieron, como si se tratase de leños mojados.
    De repente, la llama se alzó súbitamente detrás de él, como si hubiera brotado de la tierra misma. En pocos segundos lo envolvió. Jerónimo gritó aterrado, pero el sonido no era algo humano: era un chillido de algo más antiguo que el dolor de los mortales.
    Cayó de rodillas. Intentó rezar, pero nada salía de su boca. Las palabras le habían fallado. Vio a aquella a quien había condenado por bruja caminar hacia él, rodeada por lo que parecía ser un círculo de sombras con forma de mujer, con forma de niño y también de bestia.
    —Te dije que no servía al que llamas Diablo —murmuró—. Servimos a algo más antiguo. Y tú... tú solo fuiste una herramienta. Ya cumpliste tu parte. Ahora serás juzgado.
    Lentamente, la carne del inquisidor se volvió humo espeso. Y en sus ojos, antes de desaparecer, quedó el reflejo de algo que no era solo fuego, sino oscuridad viva.
    Aquella mujer recogió la cruz caída del inquisidor y la arrojó al pozo seco del pueblo. Nadie habló y nadie se atrevió a llorar.
    Cuando el sol salió nuevamente, Cernégula, el pequeño poblado, ya no estaba en el mismo lugar. Aquellos que intentaron regresar solo encontraron un campo de tierra negra, donde crecía una sola flor. Y de su tallo, al ser arrancada, solo botaba sangre.
    El Santo Oficio intentó enviar más hombres. Ninguno logró volver.
    Y en los monasterios, de tanto en tanto, aparece alguna antigua carta sin firma, escrita con una caligrafía muy antigua:
    “Ven. Ella todavía te espera.”

G.Zaballa

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