Relato XXXVIII - La grieta
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La grieta
I
Parecía un punto en medio de la nada, perdido en un desierto congelado. Era lo que se veía desde las ventanas del viejo Bell 212 "Twin Huey" de la Fuerza Aérea Uruguaya. Pero, a medida que se acercaba, aquel pequeño punto comenzaba a crecer y se lograban distinguir sus distintas estructuras: un grupo de casitas rojas junto a una gran estructura blanca.
La base científica Artigas, enclavada en el desolador paisaje antártico, dormía bajo una luz blanca e intermitente. Aquí, donde seis meses del año la luz del sol hacía que el día durara casi eternamente. Y, posterior a eso, la noche era dueña de ese pedacito de mundo por otros seis meses más.
Casi pareciera que uno estuviera en otro planeta; el frío de -40 grados hacía prácticamente imposible la vida humana a la intemperie. Se necesitaban grandes refugios acondicionados para la vida diaria.
El teniente primero Sebastián Borghi no parecía ser un hombre que creyera en supersticiones, pero el mensaje que había recibido del propio Ministerio de Defensa había dejado una inquietud que no lograba irse, ni aunque intentara sacudírsela.
Borghi estaba ejerciendo como instructor del curso comando en el Batallón de Infantería N.º 14 del Ejército cuando fue relevado de sus funciones para despachar una misión de suma importancia: un código negro dentro del ámbito militar.
Si bien tenía experiencia realizando algunos trabajos denominados “especiales” para el Ejército Uruguayo en distintos lugares, nunca había llegado a sus manos uno de esta categoría. Esto implicaba arriesgar mucho por tan poco. Un código negro era una operación de sumo secreto y con una prioridad que abarcaba la utilización de operadores muy bien entrenados. En otras palabras, la élite del ejército.
Sabía muy poco, ya que sus superiores solo le informaron que, a las 05:00 horas, debía viajar en un barco de la Armada con destino a la Antártida, y posteriormente tomar un helicóptero hasta la base científica uruguaya. Allí obtendría más información sobre la operación a través de un capitán que lo estaría esperando.
El secretismo lo mantuvo en vela toda la noche. No logró cerrar los ojos ni por un instante. Se encontraba más que preparado para lo que fuera que le destinaran a partir de ahora.
A medida que el helicóptero descendía en el improvisado helipuerto de la base, logró observar a un sujeto parado, esperándolo. No llevaba mucho equipaje: algunos bolsos y cajas con el equipo militar que debería usar en esta operación.
—Bienvenido a la base, teniente —dijo aquel sujeto con un semblante de pocos amigos—. Lo estábamos esperando. Soy el suboficial Méndez, y voy a llevarlo a donde está el capitán.
—Gracias, Méndez —respondió, haciendo un saludo militar—. Espero que la estadía sea lo más corta posible. No soy amigo del frío... si es que me entiende.
—Sí, todos en la base esperamos que esto se esclarezca lo más rápido posible. Estamos prohibidos de tener contacto con el exterior de la base hasta que todo vuelva a sus andanzas de siempre.
—¿Y a qué se debe este secretismo?
—Ya lo verá, teniente —respondió con una media sonrisa—. Bienvenido al fin del mundo, y espero que disfrute su estancia.
Las palabras de aquel suboficial lo dejaron con aún más intriga. Desconocía por completo la gravedad de la situación y el velo de secretismo con el que se manejaba en ese entonces.
—Lo llevaré a su aposento y, luego, el capitán lo verá.
No le quedó otra que hacer una señal de aprobación con la cabeza mientras juntaba su equipo.
A medida que se dirigía a una de las casitas rojas donde se alojaba el personal, la incertidumbre no dejaba de aumentar. A donde mirara, solo encontraba un desierto congelado, y, cada tantos metros, una roca que apenas lograba asomar en el montón de nieve.
Veía alguna que otra persona, pero lo único que recibía eran miradas de desconfianza y temor. Personas abrumadas por algo que se alejaba de su comprensión.
Méndez lo condujo por un estrecho corredor de madera recubierto con alguna clase de placas aislantes. Cada tantos metros, el crujido del hielo, debido a la contracción y expansión, retumbaba como si se tratase de disparos lejanos, provocando un eco en la estructura prefabricada del refugio.
Cuando logró llegar a la habitación que tenía designada, el suboficial le entregó una carpeta cerrada con un sello rojo que decía: “Confidencial - Solo para personal con autorización de nivel 1 - Ministerio de Defensa de la R.O.U”.
Quizás el contenido de esa extraña carpeta no le gustaría tanto. Quizás no quisiese ni abrirla y ver qué lo esperaba en los próximos días.
—El capitán Rivas lo verá en media hora —dijo Méndez sin realizar ningún contacto visual con el teniente—. Puede ir leyendo eso mientras espera.
Borghi asintió y esperó que la puerta se cerrara del todo para observar el contenido de la carpeta. Algo más, dentro de él, hacía que quitar aquellos documentos del interior inexplicablemente costara más de lo normal.
Se sentó cerca de una mesa pequeña que estaba contra la pared y encendió una lámpara para iluminar el lugar. Y se deparó con algo que no lograba entender del todo.
Era un montón de imágenes satelitales borrosas, algunas mediciones topográficas del suelo, fotografías térmicas y en blanco y negro de lo que parecía ser una hendidura en el blanco glacial. Y, por último, un informe preliminar de un tal Pevhrov, perteneciente a una expedición científica.
“El cráter parece emitir una serie de señales infrarrojas de manera constante, aunque no de forma regular. Estas emisiones presentan variaciones que, en momentos puntuales, oscilan hacia frecuencias más altas, llegando incluso a rozar el espectro de los rayos gamma. Esta inestabilidad energética ha comenzado a interferir de manera intermitente con nuestros sistemas de comunicación y navegación en la base, generando fallos extraños, como distorsiones en las transmisiones y lecturas erráticas en los instrumentos de medición.
Todo indica que estas señales son las mismas que habíamos detectado desde el continente hace algunos días, cuando un eco anómalo fue registrado por los satélites de monitoreo. Pensamos en un fenómeno natural poco habitual, quizás una forma de radiación residual atrapada bajo el hielo, pero ahora, al estar tan cerca del epicentro, la naturaleza de estas emisiones resulta aún más inquietante.
No tengo aún claro qué clase de fuerza o entidad puede estar generando este tipo de señales. Sin embargo, hay algo que me resulta profundamente perturbador: lo que sea que yace allí, en el fondo del cráter, no permanece estático. En más de una ocasión, he creído ver en los sensores algo, una especie de movimiento que no logro atribuir a nada que conozca. Algo—algo imposible de definir con exactitud—parece estar ahí... como si estuviera observándonos desde las profundidades heladas. Sé que parece irreal, pero es lo que tenemos por el momento. Esperemos que la expedición que sale mañana con el grupo de científicos logre esclarecer esta anomalía.”
Lo que acababa de leer le había helado la sangre, más que el propio clima. Volvió de nuevo a las fotografías y, en la esquina inferior de una de ellas, alguien había marcado con un bolígrafo una fecha: 3 de abril del 2025. Era algo reciente, de apenas dos semanas atrás.
De repente, tocan la puerta. Era Méndez nuevamente, serio como si hubiera visto algo aterrador.
—Disculpe, teniente —dijo mientras abría lentamente la puerta—. El capitán lo espera en su despacho.
II
—Teniente Borghi —dijo un joven oficial en el mismo momento en que le estrechaba la mano—. Gracias por venir tan rápido desde el continente.
—A la orden, mi capitán —respondió al saludo.
—Dispense formalidades. Nos encontramos en una situación especial.
—He visto el informe que se me entregó en mano —dijo, buscando disculparse por toda la terminología científica que no había entendido—. Pero… por lo poco que pude comprender, es algo que no debería existir.
—En efecto —la semblanza del oficial había cambiado totalmente, volviéndose casi similar a la que tenían los demás de la base—, la situación es bastante anómala. Estamos incomunicados con el exterior hasta que se resuelva todo lo que ha pasado en los últimos días.
Sin más preámbulos, Rivas le enseñó unas imágenes en una pantalla. Era una transmisión de video térmica, grabada hacía ya un par de noches. En la misma, una cámara fija apuntaba directamente a un campo de hielo que parecía estar vacío. Comenzaba a hundirse lentamente, sin previo aviso, formando una grieta irregular. Sin explosión, simplemente desaparecía de a poco, dejando al descubierto un abismo completamente negro.
—Esto ocurrió a unos 30 kilómetros de aquí —señaló un mapa—. Nuestros geólogos creen que se trata de un sistema de cuevas que colapsaron… pero… hay algo más.
En ese exacto momento cambió la imagen. Ahora eran grabaciones de un dron de reconocimiento. A unos metros de profundidad, en el cráter, las paredes dejaban de ser puro hielo, pasando a ser lisas, de un color negro, con patrones que se repetían, como si algo las hubiera tallado, casi con una precisión matemática. Eran cientos de círculos y líneas concéntricas, dejando margen a la imaginación. Un lenguaje de algo que, tal vez, quisiera comunicarse con el exterior.
—¿Qué dice el equipo de científicos? —preguntó el teniente, con los ojos clavados en la imagen.
Rivas tragó saliva.
—Se envió una expedición de cuatro científicos hace un par de días —respondió algo nervioso—. Todos lograron entrar a la grieta… pero… solo uno logró salir.
—¿Pero qué?
—Lo encontraron balbuceando palabras sin sentido. Nada que se pudiera entender —en ese momento le entregó un informe médico—. Sus parámetros estaban normales. Se lo puso en cuarentena de inmediato.
Los análisis clínicos daban una situación más que normal. Sin daños físicos aparentes. Pero los comentarios al pie del informe, escritos por un psiquiatra de la base, hablaban de “trastorno psicótico agudo”, “síntomas alucinatorios no atribuibles a estrés”, y una anotación en rojo: “Paciente afirma haber escuchado una voz desde dentro del hielo. Describe la presencia de ‘estructuras vivientes’ sin forma definida”.
—¿Puedo hablar con él?
El suboficial y el capitán intercambiaron miradas, como sabiendo algo más que no le querían contar. Méndez automáticamente bajó la mirada al suelo.
—Imposible —respondió, dirigiéndole la mirada nuevamente—. Logró escapar de su dormitorio. Atacó a uno de los guardias de la base, le robó el arma y se voló la cabeza.
—¿Qué? —Borghi no supo qué decir. Por primera vez desde su llegada, sintió un vacío en el estómago que no era por hambre, sino por un miedo extraño, primitivo, que se instalaba como un parásito.
—Desde entonces está prohibido ir a la grieta nuevamente hasta que vengan operadores fuertemente armados y entrenados desde el continente.
—Entiendo.
El silencio que siguió fue interrumpido por un sonido agudo: el zumbido del generador eléctrico pareció fluctuar. La pantalla parpadeó. Durante una fracción de segundo, una imagen completamente distinta apareció entre interferencias: no era el cráter, ni las cámaras térmicas, era una interferencia extraña.
Aún seguía con algo de incredulidad sobre todo lo que estaba pasando, si bien se había enfrentado a algunas operaciones complicadas en el Congo, Siria y en Centroáfrica. Nada que hubiera visto en el pasado se asemejaba a lo que estaba viviendo en este continente helado. El hermetismo hacía que las cosas se volvieran aún más complejas: sin acceso al exterior, con poca información, sin un objetivo claro. Solo una extraña grieta en el medio de la nada, esperando por él, y quizás por algún otro que se anime a adentrarse en ese mundo desconocido.
—¿Esas interferencias son constantes?
—Desde que apareció la grieta, sí —respondió Rivas—. Lo vimos varias veces. Algo logra interferir nuestros sistemas. Algo proveniente de allá abajo.
Por un momento, Borghi se sintió observado. No por el capitán, ni por el suboficial. Sino por algo más allá de las paredes del complejo, algo que no parecía pertenecer a este mundo y, sin embargo, ahí estaba.
—Me gustaría ver la habitación donde estaba en cuarentena el científico. Tal vez pueda sacar algo de información que me indique de qué se trata todo esto. Y a qué debo enfrentarme. Si es el único que salió de la grieta, debe de saber de qué se trata todo esto.
—Claro —dijo Rivas, indicando al suboficial—. Méndez lo llevará a donde quiera. Y cuando sepa de qué se trata todo esto, los científicos de la base le darán un traje de protección y le indicarán cómo llegar a la grieta.
III
El frío en el corredor que conducía directamente al cuarto del científico parecía más intenso que en el resto del complejo. No era solo el ambiente, sino que algo más hacía que el aire provocara un leve escalofrío. El silencio se volvía espeso, roto apenas por el zumbido de los tubos fluorescentes que parpadeaban continuamente.
—Aquí es —dijo el suboficial, señalando una puerta metálica con una pequeña ventanilla cubierta de escarcha.
Borghi asintió, tomando aire antes de entrar. Al llevar la mano al picaporte, sintió un leve calor. Algo que no concordaba con el exterior. Lentamente giró el pomo y notó cómo la temperatura cambiaba abruptamente. El interior de la habitación era simple, austero: una cama metálica, una mesa atornillada al suelo, una lámpara de escritorio apagada y un viejo espejo colgado en la pared, completamente resquebrajado.
En una de las esquinas, una cámara de seguridad apuntaba al centro de la habitación, algo extraño. La bombilla en el techo comenzaba a chisporrotear constantemente.
Rápidamente se dio cuenta de que, entre los apuntes sobre la mesa, había un pedazo de papel escrito a mano. Borghi caminó hacia él, acercándose. Apenas era legible. Contenía muchos símbolos extraños: espirales, líneas entrelazadas, patrones que le recordaban lo que había visto en el video del cráter. También se podían distinguir algunas palabras, algunas en español, otras parecían ser alguna clase de lenguaje fonético o una transcripción sin coherencia aparente.
“Ellos viven en la geometría de los sueños”
“No descansan en la grieta”
“No hay forma, no hay forma, no existe forma…”
“No fue el hielo lo que los contuvo. Fue el mismo tiempo”
Borghi movió algunas hojas de la mesa. Allí había una libreta de anotaciones a medio destruir. Con sumo cuidado decidió abrirla. Encontró varias páginas arrancadas, otras con garabatos frenéticos. Sin embargo, uno de ellos le llamó la atención. Estaba escrito de otra forma, con letras más grandes. Posiblemente redactado antes de que perdiera la razón por completo y decidiera quitarse la vida.
“No… El frío no es lo peor. Ni el silencio. Lo peor es cuando el silencio cambia y toma su forma. Cuando logra volverse… más atento. Como si alguna cosa que aún no comprendo pudiera escucharnos desde el hielo. Sentimos vibraciones provenientes del suelo, pero no era un temblor. Era algo más… era una voz.
Una voz que no hablaba con palabras simples, sino con ideas que se clavaban en nuestras cabezas como un clavo.
Vi algo que no entendía, no tenía forma.
Algo que no debería estar ahí.
No tenía ojos.
Pero sabía que nos miraba, lo sentía en mi piel…”
El escalofrío que recorrió su columna lo hizo cerrar la libreta con fuerza. El aire de la habitación se había vuelto más denso, como si las palabras se repitieran, resonando por las paredes.
—¿Sellaron esta habitación desde el incidente? —preguntó el teniente, mirando fríamente a Méndez, quien se había mantenido en el umbral de la puerta, visiblemente afectado por la situación.
—Sí. Nadie se atrevió a volver a este lugar. Algunos dicen que las cámaras siguen grabando cosas extrañas que pasan en esta habitación… cosas que no aparecieron cuando se miraban en vivo. Y lo curioso es que esas imágenes se dañan luego de haberse reproducido por primera vez.
Borghi miró la cámara del rincón.
—¿Tienen esas grabaciones?
—No… —Méndez comenzó a dudar—. Como le dije, se dañan luego de la primera reproducción. Otras… bueno, el capitán decidió destruirlas.
En ese exacto momento, una ráfaga de viento azotó el exterior del refugio, provocando un chirrido grave en la estructura metálica.
—Quisiera llevarme la libreta —mencionó el teniente—. Quizás pueda sacar algo más de información.
—Sí, supongo.
Sentía una gran necesidad de seguir indagando en todas aquellas señales dejadas por el científico. Algo más acechaba en aquellos símbolos, algo que podría esclarecer de una vez por todas lo que había sucedido en la grieta.
Buscarle alguna clase de explicación era escarbar en algo que tal vez lo llevara a un abismo de locura, similar al que arrastró a aquel pobre hombre a su inevitable muerte. No quedaba otra que indagar directamente en la misma fuente: ir hacia aquella extraña grieta, descender hacia sus profundidades y esperar encontrar una explicación, de una vez por todas.
Borghi dejó tan atrás aquella habitación en su inconsciente que, cuando salió, no volvió la mirada hacia ella otra vez. Era un sujeto fuerte. No solo de convicciones, no solo de valores, sino de mente. Por todo lo que había tenido que soportar en África y en Medio Oriente, limpiando los trapos sucios de algunos, sacando de problemas a otros, arriesgando su vida por poco. Como en el caso de esta situación que lo había llevado hasta un confín del mundo.
—Prepárenme el equipo —dijo Borghi—. Quiero bajar a esa grieta. No me importa si es con el equipo científico o solo. Necesito saber qué hay ahí.
Méndez dudó un segundo.
—Teniente… si entra ahí, no hay garantía de que salga siendo el mismo.
Borghi lo miró fijamente.
—Eso es exactamente lo que quiero saber.
Y en ese mismo momento, mientras se alejaba por el pasillo, sintió cómo una presencia lo acechaba. Parecía que su propia sombra comenzaba a tomar alguna clase de conciencia. Como si la grieta estuviera más cerca de lo que creía.
IV
Aquel laboratorio improvisado en uno de los módulos externos de la base estaba impregnado con un aroma a ozono y caucho. Iluminado por una intensa lámpara blanca que lograba recubrir toda la estación, pretendía ahuyentar alguna clase de ser, o tal vez solo los miedos más profundos que acechaban aquella base.
En el centro, sobre una camilla metálica, lo esperaba el traje, que serviría como protector de aquellas amenazas invisibles que emitía la grieta.
—Está diseñado para soportar altas temperaturas, aislando todo contacto con un exterior contaminado de radiación ionizante, y equipado con algunos sensores que te ayudarán en el camino —explicó el doctor Suárez, uno de los científicos más jóvenes de la base, mientras ajustaba algunos arneses al teniente—. La capa interior del traje está recubierta con materiales de última tecnología, capaces de neutralizar algunas frecuencias electromagnéticas. Está desarrollado para misiones orbitales… pero este es un prototipo.
Aquella cosa parecía más un exoesqueleto que una prenda de vestir conocida: era rígida, blindada contra ciertos disparos, con placas negras que no reflejaban la luz. Por último, le colocaron una máscara de respiración, conectada a un módulo dorsal.
El aire del exterior pasaba por un sistema triple de filtrado.
Borghi apenas sentía el frío del lugar.
Pero aún faltaba su equipo militar. Independientemente de lo que se encontrara en ese lugar, debía proteger su integridad. Y, si era necesario, también ser capaz de eliminar lo que fuese que acechara en esa ubicación.
Sobre el equipo vital se encastraba el chaleco táctico, los cargadores del armamento, un cuchillo de hoja curva y su fiel compañera: una Hk G36c con mira réflex, una linterna montada en el riel Picatinny y selectora de disparo en modo ráfaga.
Se sentía como una extensión natural de su brazo, una parte más que esencial para esta operación.
Se sentía completo.
Lo que lo llevaría hasta el sitio sería una moto de nieve que lo esperaba del otro lado del hangar, cubierta con una fina escarcha. Mientras le daba al encendido, aquel motor rugió como si se tratase de alguna bestia antigua despertando del letargo. Era una Yamaha Viking profesional, modificada con orugas de caucho y un carenado reforzado.
Diseñada expresamente para una expedición como esta.
Borghi partió con el primer destello de la alborada, a pesar de que el cielo estuviera cubierto por un grupo de nubes plomizas que nunca lograban abrirse del todo. Una ráfaga de viento cortaba en diagonal, levantando una pequeña cortina de hielo en suspensión. A cada tanto, el teniente pasaba su mano por la frente, ya que el visor del casco lograba empañarse a pesar del sistema térmico.
Lo rodeaba un paisaje casi infinito: a donde mirara, solo encontraba blanco, plano y casi líquido en su homogeneidad. Lo único que rompía con el ambiente desolador eran las balizas naranjas colocadas por el equipo anterior, que marcaban el camino hacia la grieta.
Cada 50 metros se lograba notar una luz que titilaba, rompiendo la monotonía, avisando que aún se encontraba en el camino correcto.
Que solo debía seguir, para encontrarse con su destino.
Y fue durante casi una hora que condujo en una línea recta interminable, con el zumbido del viento colándose por las pequeñas hendiduras del casco. Como si algo allá afuera quisiera hablarle, pero sin utilizar palabras claras.
No había otro sonido más que su respiración y el motor. Todo lo demás era un silencio contenido.
Entonces vio aquella cosa…
La grieta no se parecía a una fractura natural. Desde lejos, era similar a un tajo quirúrgico en la piel de este mundo. Era un corte negro profundo, ajeno al entorno. Sin bordes irregulares ni placas despedazadas: era como si algo hubiera decidido abrir el suelo antártico con sus uñas.
Lentamente apagó el motor a unos treinta metros y descendió con cuidado. Era casi imperceptible, pero se lograba notar cómo el terreno vibraba, como si una corriente subterránea pulsara con vida propia.
Clavó en el piso congelado algunas estacas con transmisores y activó la cámara de su casco. Quería documentar absolutamente todo.
Se acercó de a poco. El borde era abrupto: un profundo acantilado negro de una veintena de metros, con paredes interiores completamente lisas, similares a la obsidiana, cubiertas por patrones geométricos repitiéndose en espiral fractal. Círculos dentro de círculos. Figuras que parecían estar en movimiento si mantenía la mirada por un tiempo.
No lo pensó dos veces. Aseguró la cuerda de descenso a un anclaje en el borde de la grieta y comenzó a bajar lentamente.
Cada metro que recorría en descenso era más oscuro que el anterior. El aire se volvía cada vez más denso; la presión se sentía en el traje. Era como si se internara en las profundidades de un órgano dormido. La linterna apenas lograba iluminar algunos metros de distancia. Todo lo demás era penumbra viva.
Cuando sus botas tocaron fondo, sintió que algo —no el suelo, no el viento— lo recibía.
En ese momento terminó su descenso a las profundidades de un abismo desconocido. Allí, en el interior de la grieta, donde el frío dejaba de ser algo físico y empezaba a parecerse a una presencia consciente de algo más.
Se encontraba en un nuevo mundo, en un lugar nunca antes visto por los ojos de los simples mortales. Y aquellos que lograron sobrepasar el umbral del abismo cayeron en la locura absoluta.
V
El piso parecía perfectamente pulido, negro como el propio vacío, con una geometría que parecía perfecta. Diferente a las paredes de la grieta, esta vez eran hexágonos dentro de otros hexágonos que parecían círculos y triángulos al mismo tiempo. Borghi sintió un vértigo, como si la misma lógica se le deshilachara en la mente.
Al avanzar unos metros más, las paredes comenzaban a brillar sutilmente con una bioluminiscencia verdosa, similar a una luciérnaga en la noche más profunda.
Pero esto no era luz… era algo más consciente. Las formas se movían con una facilidad y delicadeza extrañas. No tenían movimientos físicos; era algo más conceptual. Iban cambiando de forma según la perspectiva, como intentando comunicarse de alguna forma, con un lenguaje incomprensible.
Entonces vio.
Era una ciudad.
Pero no eran ruinas, ni era arquitectura. Era memoria sólida. Torres que desafiaban la gravedad, pasajes que no deberían existir según la física euclidiana. Todo estaba construido con base en patrones que desafiaban la realidad, con inscripciones talladas en los muros que parecían temblar al ser observadas, como si intentaran ocultarse a la vista de un extraño. Era un idioma más antiguo de lo que pensaba, más antiguo que el mismo tiempo, que intentaba hablarle directo al subconsciente.
En el centro de la ciudad, un gran templo, negro y ciclópeo. Con un altar de un solo bloque de piedra, con símbolos que parecían cambiar cada vez que intentaba recordarlos con claridad.
Como si el simple acto de pensar en él lo corrompiera.
Sintió la llamada de algo más.
Un sonido que no parecía sonido, una vibración que no se oía, sino que se sentía directamente en los huesos. Una frecuencia que retumbaba en sus pensamientos, derritiéndolos como si fueran cera. Avanzó hacia el altar, aunque no recordaba el movimiento de sus pies.
En el centro del templo, bajo la cúpula inmensa, existía un abismo aún mayor. Era una grieta dentro de una grieta, de donde emergía una presencia. No con forma ni con nombre.
Pero Borghi lo sabía…
Yog-Sothoth.
El guardián del umbral.
Aquel que es todas las puertas y también todas las llaves. El que ve todo el tiempo a la vez.
El teniente, al darse cuenta de su presencia, cayó de rodillas ante su poder y comenzó a reír. No por alegría, sino por comprensión.
Todo lo que había visto, todo lo que había vivido, todo lo que lo había traído hasta ese lugar, no era casualidad. Él tenía que estar allí, presente. Era su deseo, parte de su ciclo. De un diseño creado para él, vasto y eterno, donde el libre albedrío era una simple ilusión indulgente.
La conciencia de Yog-Sothoth lo atravesó. No como una visión, sino como un torrente de infinitud.
Vio civilizaciones extinguidas antes del nacimiento del mismo universo. Vio el futuro del tiempo convertido en polvo. Vio a la humanidad como lo que era: un simple accidente, condenado desde el principio.
Y entonces su mente… se fragmentó.
Primero, en absoluto silencio. Luego, con una leve carcajada.
Se quitó lentamente el casco. Quería que la voz entrara en su cabeza sin ningún filtro.
Y la voz entró.
Lo último que quedó de Sebastián Borghi fue un susurro, pronunciado en un idioma que jamás aprendió:
—Ia! Yog-Sothoth... ftaghn…
Y con estas palabras, cayó de rodillas frente al altar. Su mente se perdió para siempre: fue prisionera de la verdad que no debía ser conocida.
G. Zaballa

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