Relato XXXV - Casa Rodríguez II

sábado, 22 de marzo de 2025

Relato XXXV - Casa Rodríguez II


    

(Imagen generada por ia)

Casa Rodríguez II


Pateó tan fuerte la pelota que fue a parar a la casa de Don Ramos. El juego terminó justo en ese momento. Todos decidieron reunirse, pero ninguno de los que se encontraban allí tuvo la voluntad de decir alguna palabra.
Era evidente que nadie podía hablar del tema, de esa casa y de las cosas que ocurrían en ese lugar. Pero todos sabían que era un tabú casi innombrable entre el grupo, entre la gente del barrio.
Aunque no sabían por qué, los pequeños notaban que los adultos sentían cierto temor cuando se referían a ella… sí, a la Casa Rodríguez.
Los chicos se miraron entre sí, esperando ver quién sería el primero en hablar. Se tenía que hacer y, obviamente, alguien lo haría. La pelota no podía perderse o alguna cabeza rodaría más tarde.
—Vamos, ¿quién se anima? —dijo al fin uno de los chicos.
—Pues yo ni loco —respondió otro.
—Ni yo —repitió alguno más.
Nadie se atrevía ni a mencionar lo que había pasado. Pero lo cierto es que los chicos del barrio solían juntarse después de clases para echar unas partidas de fútbol. Jugar a la pelota por las tardes en el campito de Ojeda, a un par de cuadras de la Escuela N.º 175, era el momento en que los niños podían divertirse lejos de la mirada atenta de los adultos.
Entre un montón de matorrales, piedras y tierra suelta, se erguían dos palos de cada lado que cumplían la función de arcos. Uno de los chicos tenía una vieja pelota ya desgastada, y con eso lograban que las horas pasaran entre carcajadas y gritos.
Las risas resonaban en el aire, acompañadas por el sonido de las zapatillas golpeando la tierra y la pelota, que era lanzada de un lado a otro como si tuviera vida propia. Era un escape para aquellos niños, un respiro en medio de la monotonía de sus vidas cotidianas.
Era un lugar simple, pero especial. Allí se jugaban amistosos, clasificaciones, campeonatos y hasta finales de mundial. Era el Maracaná, el Estadio Centenario, todo en un solo lugar.
Alrededor se veía un pequeño grupo de casas que formaban una comunidad. Compartían espacio con la gran cancha de los chicos y, más al fondo, un desnivel que daba a las vías del tren, las cuales atravesaban la pequeña ciudad rumbo a la capital del departamento.
El maquinista ferroviario, cada vez que veía a los chicos, solía presionar el ruidoso silbato, seguido de un gran saludo desde la ventanilla.
Pero también estaba allí, imponente desde el otro lado de la calle, con su presencia ominosa. Observando todo lo que pasaba a su alrededor: la macabra Casa Rodríguez.
Don Ramos era un señor mayor que vivía en la casa desde hacía mucho tiempo. Poco se conocía de él. No se sabía si tenía hijos ni algún familiar cercano. La única persona allegada había sido su esposa, quien, por extrañas circunstancias, falleció hacía ya unos cuantos años.
Pocos residentes tenían la oportunidad de encontrarse con Don Ramos en la calle y, cuando eso pasaba, la conversación no pasaba de un simple “hola” y una mirada profunda, como si pudiera ver los secretos más oscuros de cada uno.
Pero eso ahora era lo de menos. Lo que importaba era recuperar la pelota, y alguien debía encargarse de esa hazaña.
—Vamos, Andrés —dijo uno de los niños—. Vas a tener que ir a recuperar nuestra pelota.
—¿Y por qué yo? —alegó el pequeño.
—Porque tú eres el más chico de todos.
—Pero yo no quiero… me da miedo esa casa.
—Anda, vamos, cobarde —respondió Rulfo entre risas.
Rulfo era el mayor del grupo y tenía un rol similar al de un líder. En la escuela todos le temían. Era corpulento y alto para un niño de apenas siete años. Criado en el campo, trabajando con sus hermanos, tenía el sueño de convertirse en un gran policía. Pero, con la actitud que solía tener y la facilidad con la que se metía en problemas, estaba más para cumplir los dieciocho en una celda.
—Venga ya, cagón —remató Rulfo—. Hazte hombre y vamos allá.
—Pero somos niños… además, ya se hace tarde. Mañana le pediré a mi madre que vaya a hablar con Don Ramos.
—¡CAGÓN! ¡CAGÓN! ¡CAGÓN! ¡CAGÓN! ¡CAGÓN! ¡CAGÓN!
Todos, en coro, comenzaron a llamarlo cobarde, un acto de cobardía aún mayor.
—Está bien, voy a ir. Pero me las van a pagar.
Comenzó a caminar rumbo al viejo caserón con el fin de recuperar la pelota, cueste lo que cueste. No le quedaba otra. Los demás lo seguirían molestando si no lo lograba. Volver con las manos vacías no era una opción válida para el pequeño Andrés.
Todos observaban al chico cruzar la calle con el coraje de un hoplita macedonio rompiendo las filas persas.
—Este no vuelve más —dijo uno de los pequeños.
—Shhhhhhh, cállate.
—Yo me quedo con su bici.
—Cállense todos, vamos a ver si se anima de verdad —impuso Rulfo.
Andrés caminó rápido hasta llegar a la que, para él, era una gigantesca puerta de madera, que parecía haber salido de algún pantano a las afueras de la ciudad. Golpeó con sus frágiles nudillos una y otra vez, esperando una respuesta.
Pero nada.
No hubo ningún sonido del otro lado de la puerta, ninguna señal de vida que respondiera. Andrés ya había perdido las esperanzas de poder recuperar la pelota, aun sin intentarlo.
Con cada golpe a la puerta, sentía cómo la madera resonaba con un eco macabro en el silencio de la tarde. Cada vez que su puño golpeaba, parecía que la misma casa respondía con un susurro sordo, como si fuera un ser vivo que respiraba con dificultad. El niño tragó saliva, luchando contra el nudo de miedo que se formaba en su garganta.
Finalmente, la puerta se abrió lentamente, revelando una oscuridad profunda que parecía absorber la luz del día. Desde la penumbra, una figura se recortaba, apenas visible. Era Don Ramos, con su aspecto sombrío y su mirada penetrante, que parecía escudriñar el alma de Andrés.
—¿Qué haces aquí, niño? —preguntó Don Ramos con una voz áspera que hizo estremecer al pequeño.
Andrés tartamudeó, luchando por encontrar las palabras adecuadas. Sabía que debía ser valiente, que debía recuperar la pelota para no decepcionar a sus amigos, pero la presencia de Don Ramos lo llenaba de una sensación de terror indescriptible.
—La pelota… se nos fue al patio… —balbuceó finalmente Andrés, señalando tímidamente hacia el interior de la casa.
Don Ramos lo miró fijamente durante unos segundos que parecieron una eternidad. Luego, sin decir una palabra, se apartó para permitir que Andrés entrara. El niño tragó saliva de nuevo y dio un paso vacilante hacia el umbral de la casa, sintiendo como si estuviera cruzando un límite hacia lo desconocido y lo prohibido.
—Vas a tener que ir por ella. Yo estoy demasiado viejo —respondió el anciano.
—Sí, sí… seré rápido, señor.
El interior de la casa era aún más oscuro que el exterior, apenas iluminado por la débil luz que se filtraba a través de las ventanas cubiertas de polvo. Andrés avanzó con cautela, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Cada paso resonaba en el silencio, como un eco ominoso que parecía advertirle del peligro que acechaba en las sombras.
El estrecho pasillo que llevaba al fondo de la casa se volvía interminable, como si la tétrica sensación estirara el espacio, dándole la impresión de que el tiempo se detendría en cualquier momento… y, si seguía así, también su pequeño corazón.
Había perdido de vista al viejo, y eso, con razón, lo dejaba más tranquilo. Ver aquel rostro arrugado y pálido le provocaba una sensación de agobio. Y más aún cuando lo tenía tan cerca como esa vez.
Caminó hasta llegar a una herrumbrada puerta de lata verde. La forzó varias veces para poder pasar, pero no logró nada. Así que no le quedaba otra opción más que volver a enfrentarse con el viejo.
De repente, un chirrido agudo rompió el silencio, haciéndolo saltar del susto. Andrés se detuvo en seco, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados, tratando de identificar el origen del sonido. Pero todo lo que pudo ver fue oscuridad y sombras que se retorcían como seres vivos.
Entonces, una voz susurrante resonó en la penumbra, haciéndole erizar los vellos de la nuca.
—¿Qué buscas, niño?
Andrés giró bruscamente, buscando el origen de la voz. Pero todo lo que vio fue una figura borrosa que se desvanecía lentamente.
—La… la pelota… —balbuceó, luchando por mantener la compostura.
Una risa siniestra retumbó en la casa, envolviéndolo en un terror puro.
—La pelota… —repitió la voz con un tono burlón—. ¿Crees que eso es todo lo que encontrarás aquí, niño?
Andrés retrocedió, sintiendo cómo el miedo lo paralizaba. Sabía que debía salir de allí, que debía correr tan rápido como pudiera y nunca mirar atrás. Pero algo lo mantenía atrapado en aquel lugar oscuro y maldito, algo que lo llamaba desde las sombras con una voz seductora y aterradora a la vez.
—¿Es usted, Don Ramos? —preguntó tímidamente, intentando acercarse un poco—. Solo quiero la pelota y me iré. Le pido disculpas por molestarlo esta tarde, sé que es un señor ocupado.
—Claro… por supuesto… —respondió la voz—. No te preocupes, niño, está todo bien. Me gustan las visitas, en especial cuando vienen de un joven como vos.
Y, de la nada, casi retumbando en las paredes, una carcajada escalofriante:
—¡JA, JA, JA, JA, JA!
Daba la impresión de que no estaban solos, que en ese exacto momento había alguien más acompañándolos.
Andrés sintió cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho, como si estuviera a punto de salirse de su cuerpo. La risa reverberaba por toda la casa, llenándola de un aura aún más siniestra y opresiva. ¿Quién más podría estar allí, junto a él y Don Ramos, en aquella oscuridad que parecía devorarlo todo?
—¿Quién está ahí? —preguntó Andrés, tratando de mantener la compostura a pesar del terror que lo consumía—. ¿Qué es lo que quieren de mí?
—Estamos solos, chico —dijo el viejo Ramos.
La risa se desvaneció lentamente, dejando un silencio tenso y cargado en el aire. Andrés se quedó inmóvil, esperando una respuesta que no llegaba, mientras sus ojos escudriñaban la oscuridad en busca de cualquier indicio de peligro.
Entonces, una luz parpadeante iluminó débilmente el rincón más oscuro de la habitación, revelando una figura encorvada y grotesca que se movía lentamente hacia él. Era una sombra deforme, con ojos brillantes de un color desconocido que parecían mirarlo fijamente.
—¿Quién eres tú? —preguntó Andrés, retrocediendo lentamente—. ¿Qué quieres de mí?
—Soy yo, niño… tu amigo… Don Ramos —respondió aquella cosa.
La figura se detuvo, emitiendo un susurro sordo que hizo estremecer a Andrés hasta los huesos. Podía sentir el frío de su aliento en la piel, como una caricia gélida que le helaba la sangre.
—En este lugar solo vivo yo. No te preocupes.
Andrés, ya sin saber dónde meterse, buscó la forma de alejarse lo más posible. Miró a su alrededor, pero solo la puerta principal estaba abierta. Era su único lugar de escapatoria.
—¿Listo para jugar, hijo? —preguntó aquella forma humanoide, al tiempo que su figura comenzaba a estirarse, tomando dimensiones gigantescas.
La visión que se presentaba ante los ojos de Andrés era como un fragmento de una pesadilla, una aberración retorcida que desafiaba toda lógica y razón. La figura que se erguía frente a él ya no tenía nada que ver con el anciano solitario que conocía como Don Ramos. Era una presencia monstruosa, deformada y grotesca, como si hubiera emergido directamente de las entrañas más oscuras de la tierra.
El grito de Andrés se escuchó por toda la casa, un grito desesperado cargado de terror. Pero la respuesta que recibió fue aún más aterradora. De las sombras que envolvían el cuerpo extraño, una mano esquelética se extendió hacia él, con dedos largos que parecían afilados como cuchillas. Un destello de metal brilló en el aire y, antes de que Andrés pudiera reaccionar, sintió un dolor punzante en su frente, acompañado por un chorro caliente de sangre que le nubló la visión.
El corte sobre su ceja izquierda lo hizo gritar aún más, pero también le dio una oportunidad de escapar. Con un impulso de puro instinto de supervivencia, se agachó y se deslizó bajo las piernas del ser monstruoso, ignorando el dolor que corría por su cabeza. Tropezó y se tambaleó, pero se aferró a la determinación de llegar a la puerta y salir de aquel infierno viviente.
Cada paso era una lucha contra el mareo y el dolor, pero Andrés se obligó a avanzar, impulsado por el miedo y la adrenalina que le bombeaban por las venas. Podía sentir los ojos de aquella cosa sobre él, como agujas heladas que le perforaban la espalda, pero se negó a mirar atrás, sabiendo que si lo hacía, perdería toda esperanza de escapar.
Finalmente, alcanzó la puerta y se tambaleó hacia el exterior, dejando atrás la oscuridad sofocante y el horror que había acechado en el interior de la casa. El aire fresco de la tarde le golpeó la cara como un bálsamo, devolviéndole un poco de claridad a su mente aterrorizada.
Miró hacia atrás una vez, solo para asegurarse de que no lo seguían, pero lo único que vio fue la fachada silenciosa y ominosa de la Casa Rodríguez, como si fuera una bestia dormida que aguardaba pacientemente a su próxima presa.
Andrés se apoyó contra los muros de la calle, jadeando y temblando como una rama en el viento. La sangre seguía goteando de la herida en su frente, pero apenas sentía el dolor, eclipsado por el shock y la incredulidad de lo que acababa de presenciar. ¿Qué demonios había sido esa cosa? ¿Y por qué lo había atacado?
Las preguntas acechaban en su mente como un eco, pero Andrés sabía que no encontraría respuestas fáciles.
    

G. Zaballa

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