Relato XXXVI - Roma Aeterna, Nox Aeterna
Roma Aeterna, Nox Aeterna
LEGIO XXI RAPAX, AD ANNUM DOMINI XCIII
De Tiberius Valerius Corvus, Centurio Primus de la Legio XXI Rapax,
A Gaius Flavius Crassus, Tribunus Militum en Castra Vetera.
Salve, frater.
Que los dioses protejan tu vida y la de los nuestros, pues las sombras que nos rodean en estas tierras han devorado las esperanzas de mis hombres y quebrantado mi espíritu. Sospecho que esta carta será la última que mis manos, manchadas de sangre, escriban. Y si los dioses tienen piedad y me conceden una muerte rápida y sin dolor, te pido que reces para que mi alma no quede atrapada en este bosque maldito.
Logramos avanzar hacia el norte del Limes, más allá del Rin, internándonos en los nefastos dominios de los bárbaros germanos. Teníamos la orden de castigar a una tribu de salvajes chatti que habían atacado nuestras caravanas.
En la profundidad del bosque oscuro de Teutoburgo, los dioses nos abandonaron a nuestra merced.
Déjame contarte desde el principio. Todo comenzó cuando, en nuestro camino, llegamos a un poblado reducido a cenizas. Hombres, mujeres y niños yacían desmembrados, como si una bestia salvaje, con sed de sangre, los hubiese desgarrado. Pero esto no es todo: ni bárbaros ni bestias comunes pudieron haber hecho tal masacre.
Las maderas de las chozas estaban marcadas con surcos profundos, y en el barro encontramos huellas humanas con garras. Los exploradores temblaban al contarnos los aullidos que escuchaban en la noche. No eran lobos. Era algo peor.
En el momento en que la luna llena cubrió el cielo despejado de la noche, nos atacaron.
Estos no eran hombres ni bestias, te lo aseguro, sino algo nacido de las pesadillas más horribles de los dioses. Seres de piel oscura y ojos rojos como brasas ardientes, erguidos en dos patas, pero con hocicos y garras de lobos. Se movían entre la oscuridad con una velocidad impía. La formación se rompió al instante. Ningún escudo resistía sus embates. Ninguna espada los hacía caer.
Arrancaban las cabezas de mis legionarios más experimentados con suma facilidad, de un solo golpe, desgarrando la carne como si se tratase de un cordero en un festín.
Aún resuenan en mis oídos, cada vez que cierro los ojos, los llantos de mis hombres.
Aulus Severinus, fuerte como el hierro mismo, lo vi ser abierto en dos por las manos de una de esas bestias. Decimus Longinus cayó y se retorció en la tierra mientras una de las criaturas lo devoraba aún con vida.
Hicimos lo posible por retroceder, aun en la oscuridad, pero fue inevitable que nos rodearan. Los que lograron huir al bosque nunca volvieron.
Restan solo unos cuantos a mi lado. Nos atrincheramos en una cueva al borde del Weser. Pero sigo escuchando los aullidos entre los árboles. Nos están esperando. Nos están cazando uno por uno. Las antorchas se debilitan, y con ellas nuestras esperanzas.
Si logras recibir esta carta, hermano, por lo que más quieras, no vengas a buscarme. Que la Legio XXI no se acerque al bosque maldito. No fue el filo de la espada lo que nos mató, sino algo más antiguo.
Algo que el mundo ha olvidado, y que aún está ahí, esperando para aniquilarnos y alimentarse de nuestros cuerpos.
Fue un error entrar en su reino.
Reza por nuestras almas.
Tiberius Valerius Corvus.
G. Zaballa

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