Relato XXXIV - Cazador

jueves, 12 de diciembre de 2024

Relato XXXIV - Cazador


(imagen creada con ia, Leonardo IA)

Cazador
Desplegó de su mano un apéndice mecánico que se retorcía como si un gusano fuese expulsado de la tierra que lo habitaba. Mientras esperaba sigilosamente que aquel aparato vulnerara la cerradura del apartamento, giró una, quizá dos veces, y tras un fuerte clic, la cerradura finalmente cedió.
Rápidamente, se levantó de su posición e ingresó intentando hacer el menor ruido posible. Su objetivo era claro: un trabajo simple y luego huir de la escena como si nada hubiera pasado.
En los últimos años, eso se había vuelto rutinario. Realizar ese tipo de trabajos, aunque la situación lo exigiera, incrementaba esa maldita sensación de desprecio hacia sí mismo. Vendía su dignidad, su moral, a una escrupulosa corporación a cambio de unos minutos más de vida.
Había logrado engañar los sistemas biométricos e infrarrojos y ahora avanzaba hacia su objetivo principal. Caminó hacia la sala, observando y analizando cada rincón de la habitación sin encontrar lo que se le había solicitado.
Decidió entonces ir al dormitorio principal. Mientras se acercaba a las escaleras, algo quebró su concentración: una fotografía.
En ella aparecía una pequeña niña sentada sobre los hombros de quien tal vez podría ser su padre. Ese maldito momento lo transportó a un pasado que los escombros de su trabajo habían sepultado con fuerza. Los actos que quedan marcados en el tiempo siempre tienen un costo, y tarde o temprano, la cuenta llega.
Tardó unos minutos en volver en sí y recordar por qué estaba allí.
Su respiración, normalmente controlada, se volvió errática. No era el tipo de hombre que se permitía sentimentalismos, pero algo en esa imagen lo desgarraba desde dentro, como un virus activando memorias enterradas en las profundidades de su subconsciente. Era una infección emocional que podría afectar la misión. No podía permitírselo.
Sacó de su chaqueta un dispositivo cilíndrico de material metálico, lo apoyó contra su yugular y, en el mismo instante, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo, provocándole un dolor insoportable. De este modo, sus ideas se reordenaron y el “virus” fue erradicado por completo.
Apretó los dientes y apartó el marco de la fotografía de un empujón que lo dejó boca abajo en la repisa.
—Concéntrate, maldita sea.
Su voz interior era implacable, pero la culpa ya había abierto una brecha en su armadura emocional. Subió las escaleras en silencio, con el apéndice retrayéndose lentamente en su palma mientras la adrenalina comenzaba a menguar.
El dormitorio principal era austero, con apenas un par de muebles y una cama hecha con precisión casi militar. Pero en el rincón, junto a la ventana, estaba lo que buscaba: un pequeño maletín asegurado con un candado biométrico.
—El contenido —dijo en la penumbra— es lo único que importa. No preguntes, no mires. Solo entrega.
Pero después de tantos trabajos, había aprendido que el contenido siempre importaba. No para ellos, sino para él. Era el único resquicio de humanidad que le quedaba: esa morbosa curiosidad que lo empujaba a saber qué estaba entregando.
Desde el marco de la puerta observó milimétricamente cada rincón, hasta detenerse en el cuerpo que se encontraba en la cama central.
—Nada de sorpresas.
Quitó lentamente su pistola de la funda con correa de hombros. El arma detectó su ADN y se cargó sola. Treinta proyectiles explosivos esperaban incrustarse en el cuerpo de su víctima y detonar tres segundos después con absoluta violencia.
El maletín en el rincón parecía pulsar con una presencia mecánica, como si entendiera que había sido descubierto.
Sus ojos se movieron rápidamente hacia la cama. El bulto bajo las sábanas apenas se movía: demasiado quieto para estar dormido, demasiado presente para ignorarlo.
—Un trabajo limpio —repetía lo que le había dicho el contratista—. Sin testigos ni errores.
La pistola en su mano se sentía más pesada de lo habitual, como si el arma tuviera conciencia y estuviera en conflicto con la suya. Dio un paso, y la madera crujió bajo sus botas.
El cuerpo en la cama hizo un leve movimiento, apenas un espasmo, suficiente para poner en alerta cada fibra de su ser. La tensión eléctrica en el aire era palpable.
—¿Quién está ahí? —murmuró el sujeto mientras intentaba encender las luces de la habitación.
El intruso levantó lentamente la pistola, enfrentándose directamente a quién debía ser su objetivo.
—Aarch me envía por el maletín… y por tu cabeza.
En ese momento, la habitación se iluminó con un fugaz resplandor, seguido tres segundos después por una fuerte explosión. La bala se había incrustado en el cráneo del objetivo, esparciendo pedazos de hueso, cerebro y cuero cabelludo por toda la habitación.
Volvió a enfundar su pistola y se llevó la mano a su oreja derecha.
—Soy Dash —dijo, ya con calma en la voz—. El trabajo está hecho.

G. Zaballa

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