Relato XXXI - The black carpet
The black carpet
El motor de la vieja lancha ronroneaba como un gatito. Había llegado al lugar donde debía realizar la inmersión. Se había pasado la vida entera fascinado por las profundidades del océano y todos sus secretos. Su especialidad eran los tiburones, esas bestias marinas de elegancia letal que lo habían llevado a graduarse como biólogo marino. Era uno de los mayores especialistas en ictiología del país, quizá incluso de la región.
Los conocía mejor que a su propia familia, pues había pasado incontables horas buceando en aguas traicioneras, documentando cada mínimo aspecto de su comportamiento depredador.
Días atrás, un informe sobre ataques a focas había llegado a sus manos. Las grandes mordidas indicaban que nuevos visitantes merodeaban por los arrecifes. Pero no fue hasta leer los avistamientos de varios barcos pesqueros cerca de una isla del Pacífico que decidió investigar. Se suponía que en esa zona todos los ejemplares estaban chipeados, pero nada en el sistema informático indicaba la presencia de algún individuo conocido.
Navegó varias millas náuticas hasta llegar a un tranquilo arrecife de coral: era allí donde encontraría a los nuevos visitantes. El aire tenía un aroma salado que lo impregnaba todo. Jack, el buceador, estaba de pie junto a su equipo. Era algo normal, rutinario.
Primero, el traje húmedo: esa capa de neopreno pegajosa que se aferraba a la piel como si el océano reclamara su cuerpo en ese mismo instante. Al deslizarse en él, un frío antinatural comenzó a envolverlo.
Las correas del chaleco se tensaban al ajustarlas sobre su pecho, chirriando como un susurro entre dientes apretados. Luego, el pesado tanque de aire sobre su espalda, empujando hacia abajo, como si algo invisible ya lo jalara. Mientras ajustaba la máscara sobre su rostro, se miró en el reflejo del cristal. Sus ojos eran los mismos, pero había algo diferente en ellos. ¿O era el reflejo el que lo observaba de manera distinta?
Las aletas… esas malditas aletas… parecían más pesadas de lo normal; sus pasos lo anclaban al suelo del barco. Pero tenía que hacerlo. Debía descender al fondo del mar.
El regulador se deslizó en su boca. El primer sabor a goma lo asqueó. «Vamos, respira», se dijo. Una inhalación, una exhalación. El sonido del aire fluyendo a través del aparato era más fuerte de lo que recordaba.
Listo. Todo estaba en condiciones para realizar la inmersión. Jack comenzó a caminar hacia el agua. Cada paso hacía que el barco se balanceara aún más. Cuando un pie tocó el borde, una pequeña ola besó sus botas. Se detuvo, miró el vasto océano: un abismo oscuro que se perdía en la inmensidad.
Dicen que se conoce más del espacio y del sistema solar que de los propios océanos terrestres. Pero ya no había vuelta atrás.
Se lanzó al agua, y el silencio lo envolvió.
A treinta metros de profundidad, la luz del sol, su única guía, se desvanecía en una penumbra azulada. Jack se movía con facilidad, como si aquel entorno fuera suyo. La confianza, característica de su profesión, lo acompañaba. Era casi como si fuera una criatura más de ese lugar.
A medida que continuaba el descenso, la presión empezaba a hacer mella en su cuerpo. Sentía una fuerza externa apretándolo, una constante incomodidad. Nada que no hubiera experimentado antes, pero esta vez una ligera molestia en las sienes y un susurro extraño —un eco en su cráneo— lo inquietaban. Era como si algo más estuviera descendiendo con él, algo que no podía explicar.
El mar, a esa profundidad, poseía una calma casi sobrenatural. Jack mantenía la serenidad; sabía que solo era una fachada. A menudo, los tiburones se movían en esas sombras, invisibles, depredadores natos, hasta que era demasiado tarde para reaccionar. Aunque raro, los ataques a humanos solían ocurrir solo cuando los tiburones no habían comido en mucho tiempo. Esto reforzaba la seguridad del buceador. Conocerlos como la palma de su mano le proporcionaba un ápice de cordura en aquel vasto océano.
Decidió detenerse a mitad del descenso, flotando suspendido entre la superficie y el abismo. El agua, tibia en la parte superior y gélida más abajo, creaba un umbral invisible. Miró su reloj de buceo: todo en orden. Los niveles de oxígeno y dióxido de carbono eran más que suficientes.
Siguió descendiendo…
A los cincuenta metros de profundidad, la luz era apenas un débil resplandor lejano, y la oscuridad lo envolvía como un espeso manto, volviendo sus movimientos más lentos.
Jack observaba a su alrededor, buscando algún indicio de vida marina. Sabía que estaba en el hábitat natural de una bestia letal, pero esta vez algo en las aguas se sentía distinto. Una quietud que no parecía normal, como si algo no perteneciera a ese lugar, aunque no lograba discernir qué.
Y entonces, lo vio…
Primero, una sombra larga y oscura, deslizándose más allá del arrecife de coral. Una forma casi amorfa, líquida, que se movía de manera extraña, distinta a lo que haría un tiburón. Jack frunció el ceño detrás de su máscara, esforzándose por ajustar la vista a la oscuridad. Pero la criatura jugaba con su paciencia, apareciendo y desapareciendo de repente, siempre en la periferia de su visión.
Decidió encender su linterna. El fuerte haz de luz cortó la densa penumbra, revelando la variedad de colores de los corales y la vida marina en forma de pequeños peces escondidos entre las grietas.
Pero esa cosa… esa sombra oscura… seguía escapando, fuera del alcance de su luz. Parecía rechazarla con fuerza, como si habitara una dimensión diferente a la del propio océano.
Un escalofrío recorrió a Jack, y no tenía nada que ver con la temperatura del agua. Sus instintos le gritaban que debía regresar lo más rápido posible, abandonar esa búsqueda antes de que fuera demasiado tarde. Pero no lo hizo. Era demasiado terco. Sabía que, en esas profundidades, todo tenía una explicación lógica.
De repente, un golpe sacudió el agua a su alrededor, como si algo grande hubiera pasado cerca, creando una corriente que lo empujó. Se dio vuelta, con la linterna en la mano, y entonces lo vio con mayor claridad.
No era un tiburón…
Tampoco un pez…
Era algo que no encajaba en nada de lo que Jack hubiera estudiado. Una densa masa oscura, amorfa, que se movía con la agilidad de una medusa, pero con el tamaño de un depredador mucho mayor.
No tenía ojos visibles, pero él sintió cómo esa cosa lo miraba. Era una presencia consciente, algo que sabía de su existencia y poseía una inteligencia fría, ajena, imposible de clasificar.
Un latido hizo eco en su pecho, como si aquel ser pudiera sincronizarse con su pulso, resonando en su interior. La criatura flotaba, inmóvil, frente a él. Jack comprendió que no estaba solo bajo esas aguas, y no en el sentido común. Algo más le hacía compañía…
Intentó retroceder lentamente. No quería provocar a lo que fuera que tenía enfrente. Nada de movimientos bruscos, nada que alterara a esa cosa. Su mente trataba de evaluar la situación lo más rápido posible.
No conocía ni había leído nada sobre una criatura con esas características; no existía registro alguno, ningún estudio. Era algo nuevo, y lo aterrador de lo nuevo es que viene sin reglas.
En ese momento, la criatura se abalanzó sobre Jack con una velocidad increíble. En cuestión de segundos, el agua a su alrededor se tornó oscura y sofocante. Sintió cómo el frío invadía cada centímetro de su cuerpo, pero no era el frío usual del océano; era algo más, algo que le arrebataba el calor de la vida, poco a poco. El regulador en su boca dejó de funcionar; ya no podía respirar.
Trató de luchar, intentó nadar hacia la superficie, pero sus extremidades permanecían inmóviles. El oscuro abrazo de la criatura lo mantenía fijo en ese lugar, apretando cada fibra de su cuerpo. Y en sus últimos segundos, mientras la vida se le escapaba, Jack comprendió cuál era su destino.
G. Zaballa

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