Relato XXXII - Bosque en llamas.

domingo, 13 de octubre de 2024

Relato XXXII - Bosque en llamas.


(imagen creada con ia, Leonardo IA)

 Bosque en llamas

    Aquella carretera larga y desierta, recta como una cicatriz en la piel de la noche, parecía no llevar a ningún lado. Se perdía en el horizonte, sin un final a la vista. El viejo sedán avanzaba, ronroneando en la oscuridad, con un sonido mecánico y constante que le daba una falsa sensación de seguridad. Los faros luchaban por desgarrar la negrura, iluminando apenas unos pocos metros delante del auto, lo suficiente para mantenerla alerta, pero no para calmar sus nervios.
    Un casete antiguo reproducía a The Cure en la vieja radio. La voz de Robert Smith llenaba el pequeño espacio, resonando como el eco de una vida que alguna vez estuvo llena de alegría. Just Like Heaven sonaba distorsionada, cargada de una nostalgia amarga. Ajustó sutilmente el volumen, segura de que era la única alma en aquel rincón oscuro del mundo.
Llevaba varias horas al volante, acompañada por el humo de más de un cigarrillo consumido entre sus dedos. Solía hacer este viaje a la vieja casa de su abuela todos los veranos; se había convertido en un mantra, una especie de terapia que le ayudaba a despejar la mente del bullicio de la metrópolis.
    La carretera se volvía una especie de alivio, una desconexión que era necesaria. Una especie de túnel que la llevaba hacia su propio silencio interno. 
Mientras mantenía la mirada en la fina línea blanca de la carretera, que desaparecía bajo el coche, esa familiar sensación de paz se desvanecía, dando lugar a un vacío profundo, algo más denso, como si las partículas flotaran a su alrededor.
    Lo cierto era que cualquier cosa que la alejara de aquella maldita oficina, de los acosos de su jefe, de los maltratos de sus compañeros o de la saturación de trabajo, era mejor, aunque fuera una ruta sin fin hacia una vieja casa abandonada.
    Las imágenes comenzaban a aparecer en su cabeza: la tierna sonrisa de su abuela, los dulces que preparaba, los juegos con las mascotas de la casa, correr de aquí para allá. Todo     eso lograba arrancarle una tenue sonrisa en su rostro cansado por el viaje. 
    Eran cosas que hacían que todo esto valiera la pena.
    De repente, vio un cartel azul al borde de la carretera: "100 km para llegar a Santa Trinidad". Ya faltaba menos para llegar a su destino.
    Pero a pocos metros de llegar al siguiente cartel, sintió un fuerte estruendo acompañado de un tambaleo en el vehículo. Detuvo lentamente la marcha, se orilló al costado de la carretera, encendió las balizas y se bajó para observar qué había sucedido.
    En efecto, las ruedas delanteras del viejo sedán estaban completamente desinfladas, y una extraña figura metálica destacaba en aquellas cubiertas ya desgastadas. Era un abrojo metálico. En ese momento, un escalofrío inundó su cuerpo, recorriéndolo centímetro por centímetro.
    Volvió hacia el borde de la ruta, enfocando con su linterna el asfalto frío. Cientos de pequeñas piezas metálicas brillaban, tintineantes. Esto no era un hecho aislado, sino algo planeado con el fin de provocar un accidente.
    Encendió otro cigarrillo, aspirando con fuerza, intentando calmar de alguna manera sus temblores. No había ni un vehículo a la vista, ni luces de casas cercanas, solo la perturbadora y opresiva oscuridad del campo. Nada más que el sonido del viento que soplaba a su espalda, aumentando aún más su incomodidad. Las hierbas secas danzaban en un movimiento macabro a los lados de la carretera, que de repente le pareció mucho más amenazante.
    Comenzó a dar vueltas alrededor del sedán, enfocando cada centímetro del asfalto con la linterna. Las piezas metálicas seguían allí, como una alfombra de trampas, esperando a otra víctima que cayera en sus fauces. Era prácticamente imposible que alguien pasara por allí sin que lo peor le sucediera. ¿Quién pondría algo así? ¿Y por qué aquí, en medio de la nada?
    Un murmullo suave, apenas audible, se filtró por el viento. Giró hacia esa dirección y, en el horizonte vacío, una tenue luz en la lejanía, esto llamó fuertemente su atención.
    Apretó los dientes, sintiendo el miedo reptar nuevamente por su cuerpo. Intentaba culpar a sus pensamientos, que le jugaban una mala pasada, o al cansancio de las horas de viaje.         Pero entonces, en ese momento, escuchó algo más claro, algo proveniente de aquella luz en medio de la nada.
    La luz parpadeó, como si alguien estuviera jugando con algún tipo de interruptor, encendiéndola y apagándola a propósito. No tenía una forma definida: era demasiado pequeña para ser un farol y no se movía como para ser un vehículo.
    El cigarrillo al final se consumió en sus dedos sin que ella se diera cuenta. El miedo, que antes era un nudo en su estómago, se transformó en un hormigueo que recorría todo su cuerpo. Sin pensarlo mucho, comenzó a avanzar hacia lo que fuera.
    El sonido de aquellas pisadas sobre la grava quebradiza, mezclado con el suave silbido de la brisa, creaba una especie de sinfonía macabra que la inquietaba cada vez más. La carretera empezaba a desdibujarse en la distancia, detrás de ella, como si el mundo conocido huyera, desinteresado en cómo terminaría su jornada.
    Los árboles, enormes eucaliptos, se alineaban a lo largo del campo. Altos y retorcidos, parecían garras perforando el suelo, visibles en la hendidura del horizonte.
    Aquel faro lejano, que aún parecía distante, brillaba ahora con más claridad, aunque su origen permanecía oculto.
    Respirar se le hacía difícil, y el aire frío del campo quemaba su garganta con cada inhalación. Pero no podía detenerse, no ahora. Algo en esa luz la llamaba, como el canto de una sirena. Aunque cada paso traicionaba su instinto de supervivencia, sus pies seguían avanzando, como si estuviera atrapada en un trance.
    Un tenue camino de tierra comenzó a aparecer, convirtiéndose en un angosto sendero que la llevaba directamente al bosque. Algunas ramas crujían bajo sus pies, dejando atrás el ambiente abierto. El aire ahora se sentía denso, impregnado de un aroma metálico extraño. Las sombras que danzaban entre los árboles se habían convertido en algo más oscuro, un abismo absoluto, como si algo estuviera a punto de deslizarse hacia ella.
    De repente, una luz parpadeante se filtró por el follaje, cada vez más cercana. Al adentrarse más en el bosque, la luz se intensificaba, pero seguía siendo misteriosamente tenue, oculta tras un fino velo.
    A pocos metros, se topó con un grupo de figuras extrañas y silenciosas, inmóviles, sus cuerpos cubiertos por largas vestiduras oscuras. En sus cabezas, llevaban misteriosas máscaras con forma de cráneos de ciervo, coronados por cuernos retorcidos como grandes ramas, que brillaban bajo la débil luz de las antorchas que sostenían.
    Esas figuras espectrales, inmersas en algún rito ancestral que no debía ser interrumpido, la tomaron completamente desprevenida. En el suelo, frente a ellas, se distinguían símbolos tallados en la tierra: círculos concéntricos que parecían vibrar con una energía propia.
    Su respiración se detuvo abruptamente. No sabía si moverse, pero todo su ser gritaba que debía huir. Lentamente, comenzó a retroceder. Por el momento, no parecía que la hubieran notado. Sin embargo, antes de poder girar, una de aquellas criaturas levantó la cabeza. El gran cráneo de ciervo se inclinó hacia ella, y bajo la máscara sintió el peso de unos ojos que no parecían humanos.
    Un murmullo extraño recorrió el claro, el viento llevaba las palabras indescifrables en un idioma antiguo. De repente, todos los encapuchados giraron lentamente hacia ella. El horror recorrió su cuerpo. Quería correr, pero sus piernas no respondían. Se sentía atrapada en una pesadilla. Uno de los encapuchados comenzó a avanzar hacia ella, arrastrando una enorme hacha que brillaba bajo la luz de la luna.
    Intentó retroceder un paso más, pero tropezó con una raíz y cayó al suelo. La figura se acercaba mientras su cuerpo permanecía paralizado, incapaz de moverse. Sus músculos rígidos no respondían, y el sonido metálico del hacha arrastrándose por el suelo rompía su concentración.
    Un paso, luego otro, hasta que el encapuchado se detuvo frente a ella. Lentamente, levantó el hacha. En ese instante, ella solo pudo abrir la boca para gritar. Pero antes de que pudiera emitir algún sonido, el filo cayó.
    Y luego, nada. Solo silencio absoluto.
    La sangre corría caliente, una vez más por aquel bosque. 

G. Zaballa

0 $type={blogger} :

Publicar un comentario