Relato XXX - En la sombra del Averno

sábado, 17 de agosto de 2024

Relato XXX - En la sombra del Averno


(imagen generada por ia, Leonardo.IA)

En la sombra del Averno

    El desolado paisaje lunar se dilataba en todas direcciones, una interminable extensión de un desierto helado. A miles de kilómetros de lo que alguna vez fue un hogar, una simple esfera celeste que apenas se podía observar a simple vista. El perturbador silencio del vacío, a 0.3 nanopascales, hacía que todo se sintiera inquietantemente similar a estar en una piscina profunda. Nada que dependiera biológicamente del oxígeno o de una atmósfera que lo protegiera de la radiación podría sobrevivir en este tranquilo infierno.
    Crujía bajo las botas el fino polvo lunar mientras seguía avanzando. Lo que se convertía en una hazaña descomunal, con cada paso volviéndose repentinamente más pesado que el anterior. Era como si el mismo suelo polvoriento y las rocas ejercieran una cierta resistencia a su presencia. Era seguro que la luna le estaba advirtiendo de algo, a través de pequeños susurros en la quietud absoluta del vacío.No hacía mucho que el contacto con el resto de la expedición, que iba rumbo al cráter Aristarco, se había perdido. Y faltaban más de seis horas para volver a alinearse con la estación espacial Atlantis. Hasta ese momento, la sensación de soledad absoluta era abrumadora. Más profunda que cualquier aislamiento en la Tierra. Era habitual perder la señal por unas horas, ya que la luna nunca deja de rotar alrededor de nuestro hogar, aunque sentía satisfacción por haber llegado a ese sitio, una hazaña que pocos humanos en la historia lograron. A su vez, era abrumadora la sensación de soledad que causaba estar en este lugar.
    — Dédalo, aquí Ayax 1. Dédalo, aquí Ayax 1. Respondan — dijo apretando el pequeño transpondedor de su muñeca, esperando que del otro lado existiera una respuesta.
    Y nada, solo silencio, junto con algunos pitidos mezclados con algo de ruido blanco, era lo único que recibía. Se trataba de alguna clase de interferencia en la señal de radio. Lo curioso era que, minutos antes de salir del refugio, la señal de la antena se encontraba completa. De todas formas, esto no logró perturbar sus pensamientos, así que volvió al trabajo. Era habitual que Atlantis designara misiones diarias a cada tripulante, y la de hoy era terminar de desplegar la base para una nueva estructura que sería enviada en las próximas semanas.
    La visera de su casco reflejaba el resplandor desolado del Sol, una luz fría y sin vida que acentuaba el contraste entre la negrura del espacio y el polvo lunar que se esparcía bajo sus botas. Las sombras que se proyectaban en la superficie grisácea parecían danzar de una forma espectral, dando la impresión de tener vida propia. Cada movimiento que hacía resonaba en la inmensidad, creando ecos que se acumulaban en el silencio. En pocos minutos logró desplegar las bases de un material oscuro que servirían como soporte para los grandes motores Raptor 3 del módulo lunar. 80 toneladas de empuje aterrizarían en 20 metros cuadrados de material, por lo que debían estar perfectamente ensambladas para asegurar que todo saliera bien.
    La Luna, como un antiguo dios primigenio, observaba en su letargo silencioso, la labor de su pequeño inquilino, y el astronauta sentía como si el mundo pesara sobre sus hombros. En cada paso, en cada pequeño crujido de su traje, había algo más que solo polvo y rocas; era un eco de valor, una promesa a lo desconocido.
    Los controles reflejados en su visor parpadeaban indicando acumulación de dióxido de carbono, generado por el mantra de su respiración. En algunos minutos debía volver al refugio con el fin de liberar gases y recuperar oxígeno; era el único contacto tangible con una realidad que se sentía cada vez más distante. Los pitidos de la radio seguían, y la desesperación comenzaba a acumularse como el polvo lunar en sus guantes. En medio de la nada, cada segundo parecía estirarse, casi como si el tiempo mismo estuviera deformado por el entorno desolador.
    Mientras seguía concentrado en el ensamblaje, sus movimientos se volvían cada vez más precisos y rápidos, casi mecánicos. En el vacío en el que trabajaba, parecía absorto frente a su humanidad, tan insignificante, tan único, reduciéndose a una mera extensión de la maquinaria que utilizaba.
    Pero entonces, una sombra de duda empezó a infiltrarse en sus pensamientos. Era un sentimiento indefinido, una perturbación en el equilibrio de su mente, que lo hizo detenerse por un momento. En ese instante, una sensación de ser observado se apoderó de él. Volteó su visor, buscando entre las sombras que se proyectaban en la superficie lunar. No había nada visible, solo el frío vacío del espacio y el resplandor distante del Sol. Pero la sensación persistía, una presencia invisible que se movía con él, respiraba con él, lo acechaba con una quietud aterradora.
    Respiró hondo, intentando despejar sus ideas y volver a concentrarse en lo que hacía. Sin embargo, no podía quitarse esa percepción; no era más que un pedazo gigante de roca, pero había algo más escondido debajo de aquel caparazón, esperando a ser descubierto. Mientras ensamblaba la última base del conjunto, una ligera vibración recorrió la base de sus pies. Era sutil al principio, como un latido lejano, pero luego se hizo más pronunciada, un tamborileo que parecía resonar desde el centro de la Luna.
    De repente, el transpondedor se encendió, emitiendo un grotesco zumbido que logró perforar hasta el núcleo de su cráneo.
    — Aya... 1 aquí D... e... lo...— chilló una voz femenina pero familiar.
    — ¡Te recibo, Dédalo! — respondió rápidamente, pero la respuesta no fue más que un ruido de interferencia enorme.
    De repente, el zumbido se volvió apabullante nuevamente.
    — A... 1, no ven... aquí. Repito, no v... g... a este lugar. — y la señal nuevamente se cortó, pero esta vez sin zumbido alguno.
    Repite el mensaje. Cambio - dijo ya alterado. - ¡Por favor, repitan el mensaje, tengo mucha interferencia!
    Pero solo recibió el absoluto vacío del espacio; nada estaba dispuesto a responder sus súplicas.
    No hizo otra cosa que mirar a su alrededor, buscando desesperadamente algún signo de lo que fuera que estuviera ocurriendo. Las advertencias resonaban en su cabeza, clavándose en su inconsciente como un fragmento de vidrio. Creía haber escuchado “no vengas aquí”, una advertencia tardía en su situación, siendo el único ser consciente en un vasto e incomprensible vacío lunar. No podía quedarse parado sin hacer nada, intento calmar su acelerada respiración, pero fue inevitable caer lentamente en pánico. Una urgencia primitiva de moverse y acudir a la ayuda de sus compañeros, empezó a resonar en su cabeza. La Luna, esa vieja y desolada compañera de la Tierra, parecía haberse convertido en un laberinto de sombras, con cada recoveco.
    El Rover lunar estaba a tan solo escasos metros de distancia y la última ubicación de sus compañeros estaba registrada en el sistema computacional de refugio. De repente, un pensamiento irracional cruzó su mente: ¿y si no estaba solo en la Luna? ¿Y si esa presencia que sentía no era un producto de su imaginación, sino algo real? Algo que se había despertado con su llegada, algo que lo estaba esperando. Se repetía constantemente en sus ideas el entrecortado mensaje de Dédalo, cada palabra distorsionada por la extraña interferencia, pero cargada de una urgencia que no podía ignorar.
    Su corazón, a mil revoluciones por minuto, bombeando adrenalina a todo su cuerpo, le doto de algún ápice de claridad para seguir adelante con firmeza.
    Mirando por última vez el desolado horizonte, se encaminó hacia el Rover con rápidos y pesados pasos sobre el polvo lunar. Era consciente de que debía localizar a sus compañeros, comprender la situación, pero un instinto de supervivencia le urgía a escapar inmediatamente.
    El interior de aquel vehículo lunar era claustrofóbico, aunque ofreciera un refugio temporal contra la vastedad lunar. Encendió rápidamente los sistemas de navegación, observando como los monitores comenzaban a parpadear, con el fin buscando la última ubicación registrada del equipo de exploración. En pocos instantes una serie de coordenadas aparecieron en pantalla, una línea difusa que se desvanecía en la distancia hacia el cráter Aristarco.
    Era su ruta a seguir… Inicio los motores eléctricos, y el gigantesco 8x8 se puso en marcha con un leve zumbido, moviéndose con lentitud debido al terreno irregular. Mientras avanzaba, no podía sacudirse la sensación de que algo estaba profundamente mal. Los controles de la nave funcionaban con normalidad, pero había un eco y un sonido extraño que seguían resonando intermitentemente en los sistemas, una especie de reverberación electrónica que no debería estar allí. Era como si el mismo Rover estuviera reaccionando a una presencia invisible, un espectro digital que lo acompañaba en su travesía.
    El perturbador paisaje oscuro, con sus sombras alargadas y grandes cráteres, pasaba lentamente a su alrededor. Las sombras se reflejaban en su visor, esquivando su mirada directa. Quería convencerse de que era solo su mente jugándole una mala pasada, un efecto de las tantas horas de aislamiento en la cápsula y de la tensión acumulada. Pero la sensación persistía, alimentando su creciente paranoia.
    Poco a poco el Rover se acercaba a las coordenadas fijadas, cuando de repente los múltiples sensores comenzaron a fallar. Las pantallas se llenaron de estática, y las lecturas se volvieron cada vez más erráticas. Su corazón se aceleró aún más; estaba seguro de que algo no iba bien. Y entonces, en medio de la interferencia, una señal apareció.
    Era muy débil, apenas un susurro en el ruido extraño, pero claramente era una transmisión. Ajustó los controles, tratando de mejorar la señal, y la voz que escuchó lo paralizó en su asiento.
    —Ayax 1... aquí... Dédalo... no... vengan… —La voz era femenina, familiar, y llena de un terror que heló su sangre.
    —¡Dédalo! —vociferó en el transpondedor, tratando de mantenerse  firme—. ¡Dédalo, te escucho! ¿Qué está pasando? ¡Responde!
    La señal desapareció nuevamente, dejándolo solo con el eco de su propia voz. Respiró hondo para calmarse, la sensación de pánico se había vuelto insoportable. Estaba cerca, podía sentirlo, algo estaba allí, esperando en las sombras del cráter. Y entonces, lo vio. A lo lejos, estaba el Rover de la expedición Dédalo, al borde de un gigantesco abismo. Rápidamente detuvo su vehículo lunar y descendió para encontrarse con una escena de total destrucción.
    Todos los equipos de valoración lunar, junto con el Rover, estaban completamente destruidos. Como si un ejército, de lo que fuera que estuviera allí, hubiera arrasado con todo a su paso. En la distancia bajo un pálido resplandor de la tierra en su momento más lejano, apenas visible en el cielo. Se acercó lentamente al vehículo destruido, su mente luchando por procesar lo que veía. Cada paso se sentía una eternidad, y la resistencia en sus piernas crecía, era la Luna intentando aferrarse a él, no queriendo dejarlo ir. Pero él siguió adelante, obligado por una mezcla de deber y miedo.
    Al llegar al Rover destruido, la escena ante sus ojos era aún peor de lo que había imaginado. Los paneles estaban desgarrados provocado por el ataque de alguna fuerza titánica desconocida. Fragmentos de equipo esparcidos por todas partes, algunos enterrados en el fino polvo lunar. Pero lo más perturbador era la total ausencia de los tripulantes.
    En la radio aún seguía sonando aquel tétrico mensaje “Ayax 1... aquí... Dédalo... no... vengan…” una y otra vez. Entre los pocos sistemas intactos, estaba el transpondedor con una grabación, con esa advertencia enigmática repitiendo sin descanso.
    Ni cuerpos, ni señales de vida. Solo ese maldito vacío y claro, el gigantesco abismo de Aristarco. Se arrodilló junto a los restos del vehículo, revisando los monitores destrozados en busca de alguna pista, algo que le diera sentido a todo. Fue entonces que ese presentimiento nuevamente vino a flor de piel, algo que lo estaba observando desde que se quedó solo. Pero ahora, esa idea era más fuerte, más definida. No era solo un sentir; era una certeza.
    Algo más estaba allí, haciéndole compañía, en la luna. Se levantó de golpe, girando la cabeza a todas direcciones, tratando de localizar cualquier señal, cualquier movimiento en el desolado horizonte. Pero nada. Solo las sombras alargando hacia donde estaba.
    Desesperado, volvió a activar su comunicador, aunque sabía que no tenía sentido. Pero necesitaba escuchar algo, cualquier cosa que lo conectara de nuevo con la humanidad, con la realidad.
    —¡Atlantis, aquí Ayax 1! ¡Responda quien pueda escucharme! — pero su única respuesta fue la estática, un aterrador rugido sordo. Apretó fuertemente los puños, luchando contra el pánico.
    De repente, un temblor recorrió el suelo de bajo de sus pies. Era algo profundo y lo sentía, una clase de latido subterráneo que provenía desde el mismo núcleo. Y posterior a esto, un sonido apenas audible, emanado de todas partes. Una extraña voz, una especie de susurro entre el ruido blanco, no hablaba en palabras humanas. Era un lamento, un gemido que parecía venir desde las profundidades de las rocas. Retrocedió con rapidez, tropezando en su afán por alejarse del Rover destrozado, y empezó a correr hacia su propio vehículo. Sin embargo, a medida que caminaba, la vibración en el suelo se intensificaba, algo inmenso se aproximaba desde lo profundo de la Luna.
    Se dirigió hacia el vehículo de investigación y se lanzó dentro, cerrando la escotilla de golpe. Su respiración acelerada llenó el pequeño espacio con el ruido de su pánico. Encendió los motores y se puso en marcha, pero con una lentitud inquietante, algo invisible intentaba impedir su huida, reteniéndolo en ese lugar.
    Mientras el Rover avanzaba a trompicones, los monitores comenzaron a parpadear nuevamente, mostrando una serie de coordenadas que no había visto antes. Era demasiado cercanas, y parecían señalar un punto justo debajo de él. Su corazón martillaba sin cesar mientras conducía aquel armatoste. Las lecturas de los sensores se volvieron caóticas, pero una cosa quedó clara: algo se movía bajo la superficie, algo vasto y antiguo, algo que nunca debió haberse despertado. Por primera vez en su carrera como astronauta, comprendió que estaba completamente solo, enfrentando algo aterrador y desconocido. A partir de ese momento, solo podría confiar en su instinto de supervivencia; ningún entrenamiento lo había preparado para esto.
    Se detuvo de repente, decidido descender y enfrentar lo que fuera que se alzara ante él. En pocos instantes, el suelo lunar comenzó a agrietarse, y entonces lo sintió: aquella mirada fija en su espalda, que lo obligó a girarse, aun sabiendo que no debería haber nada allí.
    Pero sí lo había. Lo último que captaron sus ojos antes de que el mismísimo averno lo envolviera, fue una silueta gigantesca y amorfa que emergía lentamente del suelo, vomitando alguna clase de pesadilla. Una criatura de sombras y polvo, una entidad sin nombre ni forma definida, pero que emanaba un poder primigenio. Le siguió un silencio absoluto y denso como la oscuridad que lo había engullido todo. En ese eterno vacío, solo le quedó una certeza: la Luna nunca había estado deshabitada.

G. Zaballa

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