Relato XXIX - A media milla

viernes, 2 de agosto de 2024

Relato XXIX - A media milla



(imagen generada por ia, Leonardo.IA)

A media milla

Ochocientos metros, casi media milla de distancia, marcaba el telémetro láser hasta lo que era un montón de cuerpos apilados. Extrañamente, los habían dejado allí hace horas; decían que eran rebeldes que atentaron contra nuestra nueva república. No lo sé, prefiero no convertirme en uno más de esos pobres desafortunados que terminaron ahí, por cuestionar a mis superiores.
Desde que asumió el camarada supremo luego de la caída de Uruguay, las cosas se volvieron bastante densas. Los soldados del antiguo régimen dejaron de atacarnos y luego dejaron de utilizar uniformes. Era algo sumamente extraño; las cosas habían cambiado demasiado, ahora disparábamos a cuerpos desarmados.
No lo sé, quién soy yo para cuestionar la cadena de mando. Soy un simple soldado, en la frontera norte del país, cumpliendo las órdenes que me llegan. Mi deber es seguir adelante, mantener la cabeza baja y no pensar demasiado en lo que se ha convertido nuestro mundo lleno de tanta violencia. Mi deber es cumplir los deseos del camarada supremo.  
Las órdenes eran claras; dispararle a lo que se mueva y garantizar que nadie se acercara al montón de cuerpos hasta que llegaran los equipos de incineración.
Una neblina solía acumularse todas las mañanas en las casetas de vigilancia, el aire estaba cargado de tensión seguida con un aroma a azufre dejado por la artillería de racimo. Pero esta vez se cernía un sepulcral silencio sobre nuestras posiciones, los rostros de mis camaradas reflejaban la misma resignación que yo sentía. 
Aunque era el único que no entendía el porqué seguíamos luchando tantos años después de la caída de la vieja república, intentaba sacar alguna palabra de mi sargento de pelotón sobre el tema. Pero siempre su respuesta no me llevaba a nada: "Por la patria, por la nueva república y, sobre todo, por el camarada supremo."
Para mí, esas eran palabras vacías. Las ganas de gritar "que se joda el camarada supremo" eran insoportables cada vez que tenía que escuchar esa frase. Pero la pena de muerte para los rebeldes al gobierno era el pelotón de fusilamiento. Algo que para nada quería sufrir. 
Con la distancia obtenida en el telémetro, ajusté la mira de mi fusil. Era un Camak L10 de fabricación nacional, similar al M40A5 estadounidense, pero con munición 7.62 mm, suficiente para volarle la cabeza a cualquiera que se cruzara por mi mirilla.
Giré la torreta de ajuste de la retícula, esto era fácil, la elevación ajusta el punto de impacto hacia arriba o hacia abajo, mientras que la deriva ajusta el punto de impacto hacia la izquierda o derecha. Y listo, con un suave clic final, el rifle estaba preparado. Observé por el visor y fijé mi mirada en el montón de cuerpos, deshumanizados, inertes, recordatorios silentes de la brutalidad de una guerra sin fin.
La espera siempre era lo más difícil. Apretar el gatillo era casi un acto reflejo a estas alturas, pero era el tiempo entre las órdenes y la acción lo que te dejaba solo con tus pensamientos. Y últimamente, mis pensamientos eran cada vez más oscuros.
Un extraño movimiento en el horizonte rompió mi letargo. Rápidamente, ajusté el enfoque y vi a un bulto acercándose silenciosamente. Era una sombra pequeña, débil, indefensa. Estaba seguro de que era un niño, apenas un adolescente, descalzo y con ropa raída. Mi corazón en ese momento, latía como un motor acelerado. ¿Qué podría hacer un niño en esta zona? La duda se transformó rápidamente en una tensión visceral. La orden era disparar a cualquier cosa que se moviera, pero esto… Esto era demasiado para mí…
De repente, el sargento se acercó y me golpeo en la espalda, rompiendo toda mi concentración. 
- ¿Qué logras ver, soldado?  - con una voz firme pero notablemente cansada. 
- Es un niño, es un pequeño. Se está acercando a los cuerpos - respondí tratando de mantener la cordura. 
- Ya sabes qué hacer, solo cumple tu misión. - replicó sin titubear. 
Mi dedo tembloroso en la cola del disparador comenzaba a temblar. Respiré profundo y traté de retomar la compostura, era un militar entrenado, soldado del cuarto grupo de cazadores especializados. Sabía lidiar con las emociones. 
El pequeño muchacho se agachó junto a uno de los cuerpos y comenzó a rebuscar en los bolsillos.
- Está buscando algo. -  susurré para mí mismo, buscando una escusa para no apretar el gatillo del todo. 
- ¿Qué estás esperando? - verbalizó el veterano sargento - Cumple con el deber que te da nuestra nueva república. 
Esa maldita palabra nuevamente, el deber, el deber, el maldito deber que resonaba en mi cabeza. No sé cuál es mi deber realmente, no lo sé. ¿Lo era disparar a un niño pequeño que solo buscaba algo entre los muertos? ¿O era cuestionar las órdenes inhumanas de un régimen que había perdido el rumbo?
- ¡Dispara, soldado! - su voz me había perforado los tímpanos como una verdadera explosión de artillería. 
 Cerré los ojos por un breve instante, manteniendo la imagen de aquel pequeño indefenso en mi cabeza. Sintiendo una afluencia de desesperación, vergüenza y rabia. Luego, exhalé lentamente y apreté el gatillo…
El disparo retumbó contra las ruinas de lo que era una vieja ciudad, rompiendo el silencio luctuoso. Volví a abrir los ojos y vi como aquel pequeño cuerpo caía, inmóvil, junto al montón de cadáveres. Mi corazón se despedazó, y una rápida sensación de vacío, de repulsión, de angustia me hundió. 
El sargento me dio una palmada en la espalda, un gesto gratificante como si hubiera hecho algo digno de elogiar. 
- Buen trabajo soldado. Ahora, mantente atento. - dijo volviendo a su cómoda posición. 
Pero en mi interior… todo estaba hecho añicos. Seguro de que la figura del pequeño no me dejaría olvidar ese momento, ni lo que realmente significaba. No solo había matado al pequeño, también había matado a mi humanidad. 

 G. Zaballa

0 $type={blogger} :

Publicar un comentario