Relato XXVIII - En las paredes
En las paredes
Día 5 de una tortura infernal.
Una noche más, sin dormir, sin cerrar los malditos ojos. Los golpes que provenían de la pared no cesaron ni un segundo, y en los últimos días la intensidad era aún mayor. No le encuentro sentido. Media casa había terminado por el suelo; la sala era un montón de escombros. Pero ni rastro de lo que podría ser el causante de mis pesadillas. Aún sigo escuchando ese clac por todas partes.
La sensación de agobio me está llevando a perder la cordura, o lo que me quedaba de ella desde que Clara me abandonó. Lo único que me mantiene estable en la rutina es el café amargo y los cigarrillos interminables. Me dirigí hacia la cocina, un lugar que alguna vez fue mi refugio, pero ahora parecía tan caótico como el resto de la casa. La cafetera soltaba un gemido metálico mientras preparaba el último polvo de café que me quedaba. Dios, no puedo más con esto. Debo ir a comprar café… o una pistola, cualquiera que me saque de esta agonía.
No, no puedo dormir. En cuanto cierro los ojos, aquel maldito clac vuelve para hacerme la vida un infierno.
Mientras observaba el líquido oscuro caer en la taza, escuché un nuevo sonido. No era un golpe; era algo distinto, más agudo, casi un gemido. Me giré lentamente, sintiendo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba. Pero de nuevo, no era nada. Solo mis pensamientos torturando una vez más mi inconsciente. O eso creía. La cuestión es que era distinto, distinto a los demás que habitualmente escuchaba en aquel inframundo de delirios.
Pero ahí estaba de nuevo, comenzando otra vez. Ese ruido infernal, esta vez en el segundo piso. Armado con una linterna y un viejo bate de béisbol, seguí el rastro de los golpes.
A cada paso que daba, apoyaba el oído en la pared y, luego de unos segundos, ese clac infernal. Subí las escaleras lentamente, mis pies deslizándose por los escalones de madera que crujían como si susurraran alguna cosa. Estaría más tranquilo si me dijeran qué diablos es ese sonido.
El aire se volvía extrañamente más denso, cargado de un olor a humedad y descomposición que no había notado antes. Quizás fuese otra alucinación que estuviera consumiendo otro de mis sentidos. Aun así, seguí subiendo, seguro de que esta vez sería la vencida.
Cada paso me acercaba más al origen de los golpes, ese clac infernal que resonaba en mi cabeza, taladrando mis pensamientos y despojándome de cualquier rastro de sentido de la realidad.
Al llegar al pasillo del segundo piso, me detuve frente a la puerta del dormitorio principal. El sonido venía de adentro, y una extraña sensación de déjà vu me invadió. Otro de los delirios existenciales… o era la pura realidad, que esta vez decidía azotarme el rostro con toda su fuerza.
Había estado aquí antes, buscando respuestas, pero siempre sin éxito. Los malditos sonidos siempre terminaban aquí, y la frustración me devolvía al inicio. Sin respuestas, sin soluciones a esto que me venía torturando.
Pero esta vez, sin embargo, estaba seguro de que sería diferente. La puerta parecía tener su propio pulso, como si fuera un ser vivo, respirando al ritmo de mis propios latidos. Una y otra vez, inhalando y exhalando. Clac, clac, clac. Uno, dos, tres… ahí vamos.
Empujé la puerta con la linterna en una mano y el bate de béisbol en la otra, preparado para enfrentar lo que fuera que me esperaba detrás de ese marco de madera. Ese espacio desconocido que, si bien lo conocía, se sentía más extraño de lo común.
Y de repente, cuando entré a la habitación, estaba todo a oscuras. Las cortinas cerradas y el aire pesado, con una mezcla de polvo y desesperación. El clac se hizo más fuerte, casi ensordecedor, y vi una sombra abultada moverse en el otro rincón.
Dirigí el haz de la linterna hacia el rincón. En ese momento, mi corazón se detuvo por un instante. Un montón de bolsas de aspecto extraño se amontonaban desde el suelo hasta el techo. A primera vista, parecían simples sacos de basura, pero una mirada más cercana revelaba algo mucho más siniestro. Las bolsas se movían, se estremecían, como si tuvieran vida propia. No recordaba, en ningún momento de mi corta lucidez, haber apilado bolsas de basura o de alguna otra utilidad en esa habitación. Por eso decidí acercarme lentamente, intentando dilucidar de qué se trataba aquello.
De sus costuras mal selladas, un líquido espeso y de color verde oscuro se filtraba lentamente, formando un charco viscoso en el suelo de cemento. Un hedor nauseabundo se levantaba desde el rincón, una mezcla de varias cosas y algo más… algo indescriptible, pero profundamente perturbador.
Al acercarme, se podía escuchar un ruido sutil pero inquietante: un crujido constante, además de algo rasgando. Dentro de las bolsas, las larvas se retorcían en un frenesí, devorando y proliferando sin fin. Eran cientos, miles, un mar de cuerpos blancos y segmentados moviéndose en una danza. Cada bolsa parecía a punto de reventar, empujándose hacia la superficie, buscando de alguna manera escapar.
Era una imagen perturbadora que invadía la mente, llegando a lo más profundo del inconsciente. La asquerosidad se mezclaba con un terror primordial: el miedo a lo que no se puede nombrar, y lo que se encuentra en la oscuridad esperando su momento para surgir.
Esa habitación se había transformado en el epicentro del terror. Al retroceder algunos pasos, tropecé con algo asquerosamente blando que chilló, como cuando un globo pierde su aire repentinamente.
El sonido se replicó por todas las esquinas de esa habitación. Miré hacia abajo y vi, con horror, que había pisado una de esas larvas gigantes, una criatura que no debería existir en el mundo natural. Su cuerpo se retorció en un espasmo final antes de quedar inmóvil.
Cuando dirigí la mirada hacia el techo, vi que la poca luz que pasaba por las ventanas se deformaba en ondas, creando figuras que parecían poseer vida propia. De repente, una figura emergió de las sombras: una forma oscura y amorfa que descendía lentamente.
Dirigí el haz de luz de mi linterna hacia esa cosa, y lo que vi fue aterrador. Aquellas criaturas estaban por todas partes: en el techo, las paredes. Eran cientos… no, miles de larvas abriendo sus mandíbulas con el fin de saborear una nueva presa. El pánico tomó el control de mí. La respiración se volvió errática y mis manos temblaban al intentar controlar la linterna.
Las larvas, en una marea viva de engendros infernales, continuaban descendiendo lentamente. Intenté retroceder, pero mi espalda terminó dando contra la puerta cerrada. No había escapatoria. Era mi perdición.
Cada vez más, esas criaturas se acercaban a mí: miles de mandíbulas chasqueando y cuerpos retorciéndose con una urgencia hambrienta. Cerré los ojos y esperé a que aquellas criaturas decidieran devorarme lo más rápido posible. De repente, todo quedó en absoluto silencio. Abrí los ojos lentamente y vi que las larvas habían desaparecido. La habitación estaba en completa calma.
Me desplomé en el suelo, exhausto y al borde de la inconsciencia. La casa, ahora en un estado de inquietante tranquilidad, no daba signos de aquellas criaturas. Era otra broma de mi inconsciente, nada más. No sé hasta cuándo esta tortura continuará.
G.Zaballa

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