Relato XVII - Sin vuelta atrás
(Imagen generada por IA, LeonardoIA)
Sin vuelta atrás
Desde que se había quedado solo, hacer esos viajes le era una forma de olvidar toda la amargura de la gran ciudad. Por lo general, la libertad de tomar la ruta por la mañana le era muy placentero, subirse al carro y marchar por horas era alguna clase de terapia psicológica sorprendente. Era algo que extrañaba de su juventud. No eran ni las 9 de la mañana y ya llevaba dos paradas. Una para tomar el desayuno y la otra para estirar un poco las piernas. Parecía no llevar un rumbo claro, puesto que iba parando en cada lugar donde le llamara la atención, pero nada de eso le era extraño. Sentía la necesidad de volver al pueblo de su infancia, allá por el norte más profundo, visitar el rancho de la familia. Volver a recordar sus raíces, era la perfecta escusa para perderse por ahí. Quien sabe, se toparía alguna experiencia nueva, o tal vez se encontraría a sí mismo. No lo tenía demasiado claro y le era irrelevante a su vez.
Conducía por pintorescos caminos rurales, disfrutando del paisaje y la tranquilidad que le ofrecían. El aire fresco y el olor a tierra le traían recuerdos de su infancia, de aquellas épocas en las que solía correr descalzo por los campos y explorar cada rincón del pueblo. Aquella sensación de libertad y conexión con la naturaleza era algo que había perdido con el tiempo, pero ahora parecía estar recuperándola.
Fueron veinte largos años que tuvo que aguantar, de la forma más perversa, la trágica enfermedad de su esposa. Un cáncer le había devorado desde adentro, deteriorando lentamente como si de una tortura se tratase. Pero él, también había decaído en una larga depresión en la que fueron mermando sus esperanzas de a poco, hasta que finalmente llego el fin. La pérdida de su esposa había dejado una profunda herida que nunca sano y la amargura de la gran ciudad solo parecía empeorarla. Se sumergió en una rutina monótona y solitaria, perdiendo la conexión con su propia vitalidad.
Sin embargo, este viaje al pueblo de su infancia se convirtió en una oportunidad para compensar y sanar su alma herida. En algún momento de sus vidas juntos, se lo había prometido, llevarla a conocer el lugar de su infancia, pero fue una deber que siempre lamento no haber cumplido. Cada kilómetro recorrido se volvía como la terapia que necesitaba para su alma, una forma de liberarse de la carga emocional que había llevado durante tanto. Observaba por el retrovisor imaginando aquella mirada que aún cargaba en su memoria tan nítidamente que, en su cabeza, rozaba la realidad. Aunque ya no estaba físicamente a su lado, su presencia seguía siendo fuerte en su mente. En cada momento de soledad, cerraba los ojos e imaginaba su mirada cálida y reconfortante, como si estuviera allí, junto a él. Como si pudiera sentir su mano acariciando su rostro, como si las palabras de aliento que solía pronunciar resonaran en sus oídos. En su cabeza, revivía momentos compartidos, como si el pasado y el presente se entrelazaran. Aquella mirada le recordaba el amor incondicional que habían compartido, la fortaleza que encontraron juntos en los momentos más difíciles. Era un recordatorio de que, aunque ella no estuviera físicamente presente, seguía vivo en su memoria y en cada fibra de su ser. En su mente, a veces se permitía conversar con ella, contarle sobre sus días, sus inquietudes y sus logros. En esos momentos de intimidad imaginaria, encontraba consuelo y sabiduría, como si su esposa le transmitiera fuerza y claridad desde algún lugar más allá de la realidad tangible.
Mientras seguía con la mirada la eterna carretera y volvía tímidamente a cada tanto observar el retrovisor, saco de la guantera del auto, sin perder la atención a lo que hacía. Una caja de cigarrillos maltrechos, como si con el mismo auto lo hubiera pasado por arriba. Era su veneno para los momentos de soledad, sin piedad ninguna a su propia salud se fumaba una cajilla y media al día. Pero hoy, al ser un día especial, llevaba ya dos y no le importaba consumir otro más.
Continuó conduciendo con una mano en el volante y la otra sosteniendo el cigarrillo encendido. El humo se mezclaba con el aire dentro del automóvil mientras inhalaba profundamente y exhalaba lentamente, sintiendo cómo el tabaco llenaba sus pulmones. El reflejo cansado y con ojeras delataba sus ganas de volverse un antagonista de la misma vida. El paisaje a su alrededor comenzaba a cambiar, ya no eran una carretera recta, sino un sin fin de subidas y bajadas. Él va y ven de los cerros que de a poco se alzaban adornando el paisaje de la campaña. Mientras que su cigarrillo se consumía tan rápidamente como iba pasando de un alcor a otro y mientras arrojaba la ceniza por la ventana, los autos pasaban a su costado, dejando a tras una fuerte ráfaga de viento.
Quizás si aceleraba un poco más su viejo renault 206, para el anochecer con mucha suerte llegaría sin ningún problema al pueblo. Ya que también no hiciera ninguna parada de antemano, eran varios kilómetros sobre una ruta de pocas o nulas condiciones. Y conducir por la noche no era una buena idea.
Encendió la radio intentando localizar alguna emisora, esto le daría noción si se encontraba cerca de algún lugar, puesto que conocía de trabajar años en una, que sus antenas carecían de cierta potencia. El conductor giró el dial de la radio, buscando desesperadamente una señal. El sonido estático llenaba el automóvil, aumentando su sensación de aislamiento en medio de la ruta. Sin embargo, persistió en su intento, esperando captar algún indicio de civilización en aquel sitio desolado. Después de varios intentos fallidos, finalmente escuchó un murmullo distante. Un destello de esperanza iluminó su rostro mientras ajustaba la sintonía para mejorar la recepción. La voz distorsionada del locutor se filtraba intermitentemente entre la estática. "… La localidad de Villa Alba… cuidado… no entren en la niebla… peligros en la carretera… no van a lograr sa…" fueron las palabras fragmentadas que logró captar. Reconoció el nombre del pueblo y la mención de una extraña niebla, lo que confirmaba que se encontraba cerca de su destino. Sin embargo, encontraba extraño que una niebla estuviera sobre el pueblo porque el cielo se encontraba más despejado de lo normal y el sol lograba encandilarlo en ocasiones. Continuó conduciendo, manteniendo la mirada fija en el camino y escuchando con atención los fragmentos de información que lograba captar de la radio. A medida que avanzaba, la señal mejoraba ligeramente, pero seguía siendo intermitente y difícil de entender. Nada que se pudiera descifrar con facilidad, nada con sentido alguno, balbuceo uno tras otro acompañado con un intenso ruido blanco que se entremezclaban con la señal.
No tenía sentido seguir escuchando aquello, recordó que en la guantera también tenía unas viejas cintas de cassette. Hurgo un momento hasta depararse con una de David Bowie, rápidamente lo coloco y comenzó a sonar Space Oddity. Un clásico atemporal que cuenta la historia del astronauta Major Tom, en un viaje espacial solitario. Era de esas que escuchaba en su adolescencia encerrado en su habitación, una y otra vez hasta desgastar la cinta. Sin importar nada, lograba perderse aún más en esa interminable ruta.
La melodía de "Space Oddity" llenó el automóvil, creando una atmósfera enigmática que se mezclaba con el espeso humo de tabaco. Las notas y la voz de Bowie evocaron recuerdos inolvidables, transportándolo a un lugar lejano en el tiempo y el espacio. A medida que continuaba, la música parecía fundirse con la atmósfera de la carretera, generando una experiencia surrealista. A pesar de la falta de claridad en la radio, la música le brindaba cierto consuelo y le permitía perderse en su propia imaginación. Cada verso cantado resonaba con su propia sensación de soledad y desconexión. El tiempo parecía detenerse mientras la canción llegaba a su fin. El silencio que siguió fue interrumpido solo por el suave zumbido del motor del automóvil, a lo lejos se lograba apreciar levemente una bruma que opacaba de a poco la hermosa vista del horizonte. Mientras el auto se acercaba más y más hacia ella.
Pensó en un momento en detenerse, quizás era la neblina que el extraño tipo de la radio advertía una y otra vez. Pero qué miedo tendría alguien de una neblina, se volvió casi un mantra en su cabeza intentando buscarle una explicación algo lógica. Cambió nuevamente a la radio, suponiendo que ese sujeto siga estando ahí, pero no escucho más que ruido.
Procuro otro cigarrillo más, pero esta vez le costó un poco llevárselo a la boca, tenía las manos temblorosas sin razón aparente. Qué estupidez, creyó mientras lo encendía. El humo se enroscaba alrededor de sus dedos trémulos, creando espirales fantasmales en el aire. La neblina se espesaba gradualmente, desdibujando los contornos del paisaje y envolviendo el automóvil en un abrazo gélido. Era como si hubiese cobrara vida, alimentándose de la oscuridad que empezaba a acechar su mente. El desconocido de la radio se había convertido en una sombra amenazante en sus pensamientos, se había esfumado un par de kilómetros atrás. Pero aun sus palabras resonaban en su cabeza, sus advertencias desgarraban su tranquilidad, había dejado algún elemento residual.
-¿Podría ser que hubiera algo más en esa neblina?... ¡No!... ja, qué estupideces estoy pensando. En esta carretera no hay absolutamente nadie a la redonda.
Un escalofrío recorrió su espalda mientras el auto avanzaba inexorablemente hacia la bruma. La visibilidad se reducía cada vez más, convirtiendo el paisaje en un lienzo borroso. El sol ya no brillaba como el de hace kilómetros atrás, no podía detenerse, aunque le cayese un rayo en sima, no quedaba mucho para anochecer. Un impulso irracional lo empujaba hacia adelante, como si estuviera siendo atraída por alguna fuerza desconocida.
El silencio asfixiante al su alrededor lo dominaba lentamente, el zumbido del motor parecía susurrarle secretos oscuros de estos caminos, que quién sabe quién la hubiese recorrido con antelación. Cada vez más cerca, el vértigo de lo desconocido se apoderaba de él.
-¿Qué se ocultaba en esa maldita neblina como para que manden mensajes de radio?
Una mezcla de terror y curiosidad se entrelazaban en su pecho como dándole un leve bofetón, llenándola de una inquietante fascinación a los misterios que esconde este siniestro lugar. El cigarrillo se consumía rápidamente entre sus dedos, se le había pasado por completo la noción del tiempo. El humo se fundía con la bruma, formando una danza espectral que distorsionaba su percepción, sus pensamientos se desvanecían como las sombras que se retuercen en la oscuridad. El miedo, ahora palpable más que nunca, se aferraba a ella como una garra helada, erizándole la piel. No pasaron más de diez minutos cuando, de repente a lo lejos, logro escrutar sobre la misma ruta, un gran trozo de madera que interponía el paso del camino. Detuvo lentamente la marcha el vehículo, miro por el retrovisor para cerciorarse que era el único en la ruta. Ciertamente en otras ocasiones le habían mencionado que los matreros tenían el abito de obstruir la ruta, con el fin de robarle a los turistas que desconocían la localidad y pasaban tranquilamente por esa zona. Espero unos minutos dentro del auto, sin parar de controlar su alrededor. Esta vez podría tocarle a él, no sabía con certeza.
Se bajó lentamente, pero sin dejar de estar alerta. No lograba distinguir nada a su rededor, la niebla se volvió en un simple pestañeo, más espesa que antes. Dejo la puerta del auto entre abierta, por si necesitaba huir rápidamente del lugar. Camino hasta el tronco que estorbaba la ruta.
-¿Qué diablos pasa aquí? - vociferó con algo de incredulidad. - Esto debe de ser una broma de mal gusto. ¿Cómo muevo esto del camino?
El tronco debía de pesar varios quilos, más que su semblante flacucho podía soportar.
Recordó que en la cajuela del auto llevaba algunas sogas gruesas, así que se decidió en quitarlo del camino. Uno de los extremos de la soga la ato al parachoques delantero de su auto y el otro al rededor del tronco. Se subió al vehículo y dio marcha a tras quitándolo del camino. Volvió a guardar la cuerda y entro rápidamente, sin perder la visión del entorno en que se encontraba, puso el auto en contacto y aceleró con determinación. El motor rugió con fuerza mientras el auto avanzaba por el camino nebuloso. Cada vuelta del volante era una lucha contra la incertidumbre que acechaba, encendió las luces largas, no quería darse de frente con alguna otra sorpresa en ese sitio. La bruma se resistía, envolviéndola con su manto etéreo, pero el seguía adelante, esquivando las sombras que danzaban al borde de la visibilidad. El ambiente se volvía más denso, casi palpable, como si estuviera sumergida en un mar de niebla que intentaba arrastrarla a su interior. Sin embargo, su determinación era firme. Los kilómetros pasaban lentamente, como si el tiempo mismo se hubiera estirado. Cada segundo transcurrido era una prueba más de su resistencia. El suspenso en el aire era tan espeso como la niebla, y cada pequeño ruido resonaba con una intensidad que cortaba el aliento. Crujidos de metales hacían que perdiera la poca paciencia que tenía. No podía evitar sentir que algo lo observaba, algo sin forma ni rostro, pero con una presencia maligna que se cernía sobre él.
El automóvil lentamente avanzaba en un vaivén constante, su motor desafiando el silencio tiránico. Los faros apenas lograban penetrar la espesa niebla, iluminando débilmente solo un par metros delante de él. Los árboles a los costados del camino parecían cobrar vida, sus ramas retorcidas y desfiguradas se alargaban amenazadoramente, como brazos retorcidos que intentaban alcanzar a su auto. Se convertían en bestias de otra dimensión que se alimentaban de su miedo, pero claro, fuera de su cabeza no pasaban de simples árboles en realidad.
En pocos metros logro distinguir un gran cartel de color azul y letras blancas, que decía “Bienvenidos a Villa Alba”.
-¿Villa alba?. ¿Dónde estoy?
En ninguna parte había oído ese nombre, definitivamente entendía que estaba perdido. Este no era el camino que debía de tomar para llegar a su destino, se detuvo a la orilla de la carretera y busco en la guantera un mapa que había conseguido en su última parada. Repaso con el dedo todo el trayecto de la ruta que creía que seguía.
-Vamos, no puede ser que me haya desviado de la ruta.- expreso siguiendo con la mirada. - Villa alba, villa alba, vamos donde estás…
Al cabo de algunos minutos se dio completamente por vencido, no encontraba ese tal pueblo por ninguna parte del mapa. Reviso si se trataba de algún mapa viejo, quizás sea alguna villa nueva. Sabía que por aquí cerca existían minas y por lo general los mineros y sus familias se iban asentando en lugares cercanos formando pequeños poblados. Pero nada, nada que le sonara a esa misteriosa villa por ninguna parte del mapa.
Volvió a encender el auto y se puso en marcha, tenía que averiguar donde se encontraba, pude que en este pueblo sepan darle alguna indicación del camino correcto a tomar.
Al cabo de uno kilometro y algo, logro divisar algunas casas, redujo la velocidad. Eran pequeñas cabañas casi perdidas en el tiempo, como si se tratase de un portal a otra época no muy lejana. Siguió por la calle principal, mientras ojeaba a su alrededor, logrando divisar algunos habitantes no tan agradables. Lo observaban como si fuera algún mostró maligno que viniera a matarlos a todos, vio que varios de ellos huían aterrados.
- ¿Qué carajo hago aquí? - balbuceo temerosamente, era evidente que nadie en ese lugar estaba contento con su presencia.
Logro divisar al final de la calle principal un local bien iluminado, donde resaltaba su gran cartel rojo, “Cafetería”. Así que decidió parar el vehículo al costado del local y bajarse.
A medida que entraba en el local, todos los comensales que se encontraban adentro lo seguían con la mirada sin perderlo de vista ni por un segundo.
- Hola. - fue lo único que logro exclamar como respuesta a esas miradas perturbadoras.
Vio que al rincón, separado de todos, se encontraba una mesa libre. Así que camino lentamente hacia ella y se sentó, esperando que en algún momento alguna de las camareras lo atendiera. Pero ahí quedo, se pasaron casi diez minutos y nada. Nadie se animaba a acercarse al misterioso forastero, puede que sea por el miedo a que los hiciera alguna clase de daño.
Finalmente, un susurro corrió por el aire enrarecido de la cafetería, como si las palabras se transmitieran de boca en boca, y una camarera de aspecto desaliñado y ojos inyectados en sangre se acercó a la mesa del forastero. Su cabello grasiento caía en mechones desordenados sobre su rostro pálido, y sus manos temblorosas sostenían una libreta manchada de café.
- ¿Qué deseas? - preguntó con voz ronca, su mirada clavada en el hombre, como si buscara algo más allá de la superficie.
El forastero, perturbado por la apariencia y el aura sombría que rodeaba al lugar, titubeó por un momento antes de responder.
- Un café, por favor. Negro y sin azúcar. Gracias
La camarera asintió lentamente y se alejó sin decir una palabra más. En ese instante, el ambiente pareció intensificarse. Los murmullos de los comensales se volvieron inaudibles, el aire se volvió espeso y opresivo, como si estuviera cargado de secretos y pesares que se resistían a ser revelados.
El forastero observó a su alrededor, y en cada rostro percibió una mirada furtiva, cargada de inquietud y misterio. Se preguntó qué oscuro secreto albergaba aquel lugar, qué fuerzas invisibles se movían entre las sombras, atando a los clientes a una existencia lúgubre y amenazante. Finalmente, la camarera regresó con la taza de café humeante. La colocó frente al forastero sin decir una palabra, pero su mirada parecía advertirle algo, como si quisiera decirle que abandonara aquel sitio antes de que fuera demasiado tarde.
El hombre agarró la taza con manos temblorosas y llevó el líquido oscuro a sus labios. El sabor amargo y penetrante inundó su boca, y en ese instante, una visión pasó velozmente por su mente. Vio sombras danzantes que se retorcían en la oscuridad, rostros deformados que se desvanecían en la niebla y ojos sin vida que lo observaban desde lo más profundo de la desesperación.
Sintió un escalofrío recorriendo su espalda, como si alguien caminara sobre su tumba. Sus instintos le gritaban que huyera, que escapara de aquel lugar embrujado. Pero algo lo mantenía allí, algo más fuerte que el miedo, una curiosidad morbosa que despertaba su lado más oscuro. Continuó bebiendo el café, cada sorbo parecía sumergirlo más en una pesadilla sin fin. La cafetería se convirtió en una jaula, y los comensales en sus feroces guardianes. El tiempo dejó de tener sentido mientras se sumergía en un abismo de locura y desesperación.
De pronto, desde la otra parte del local, se levantó un señor mayor vistiendo un viejo uniforme beige. Se ajustó los pantalones, llevaba un cinturón que resaltaba el brillo a lo lejos, una placa de policía y unas esposas. Se dio media vuelta dirigiéndose lentamente al sitio donde estaba, su mirada rápidamente se hundió en la vieja pistola que llevaba en su cintura.
- ¿Supongo que puedo sentarme aquí? - dijo el veterano y sin pedir permiso a nadie tomo una de las cillas y se sentó en frente.
Nuevamente, su mirada se hundió, pero esta vez en el extraño bigote que aquel sujeto.
- ¿Qué hace un extraño como usted en este pequeño poblado?
- Creo que estoy perdido. No lo sé con exactitud. Seguía por la ruta 10 y de repente me vi con este lugar. - menciono con la voz algo temblorosa.
- Mmm, si supongo que los forasteros como usted se pierden mucho últimamente. - respondió mientras movía aquel extraño bigote. - ¿Cuál es su gracia?
- Me llamo Daniel.
- ¿No oyó la señal de radio?
- ¿Cuál señal de radio? - respondió Daniel sin entender a qué se refería.
- La que advertía sobre la neblina.
- Si algo así, escuche algo en la radio sobre eso. Pero se entrecortaba mucho y no logre entender nada.
- Si. ¿Pues usted se ha metido en un gran problema, sabe?
- No, no logro comprenderle.
- Si en un problema que no va a poder salir.
- ¿Salir? A ver, sea más claro, por favor. ¿De qué problema habla? Si no he hecho nada malo.
- Si, si que lo hizo. Entro a este pueblo sin escuchar a las advertencias, debió de dar media vuelta, he irse mientras podía.
- No, sigo sin entenderlo.
- Por algo estaba el maldito tronco en la carretera. - vocifero mentiras golpea con su mano en la mesa.
- Oiga - dijo algo amedrentado. - ¿Qué le pasa? No hice nada malo. Tranquilícese.
- Ya estoy cansado de esto. ¿Se dio cuenta de que no va a salir de este maldito pueblo nunca más?.
- ¿QUÉ? ¿COMO QUE NO?
- Si, usted está atrapado aquí junto con nosotros.
Daniel se levantó abruptamente de la mesa, observó a su alrededor sorprendido por lo que aquel sujeto le había dicho.
Salió corriendo del local y subió al auto rápidamente. Puso en contacto y encendió el vehículo. Dio marcha a tras y siguió por el camino lo más rápido que pudo. El motor del automóvil rugía como una bestia salvaje mientras Daniel aceleraba, tratando de alejarse de aquel escalofriante encuentro. Las palabras del extraño resonaban en su mente como un eco macabro. ¿Cómo era posible que estuviera atrapado en aquel maldito pueblo? Daniel no entendía lo que estaba sucediendo, pero una extraña sensación de pánico comenzó a invadir su ser. La noche era opresiva, el aire estaba cargado de una tensión sobrenatural. Los árboles parecían retorcerse y susurrar secretos inquietantes mientras el auto se adentraba en las sombras. Daniel notó que las luces de las farolas eran cada vez menos frecuentes, sumiéndolo en una oscuridad perturbadora. El paisaje a su alrededor comenzó a transformarse de manera siniestra. Las casas abandonadas se alzaban como tumbas olvidadas, sus ventanas rotas y sus puertas desvencijadas.
El corazón de Daniel latía con fuerza mientras su mente trataba de encontrar una explicación lógica para todo aquello. Pero en el fondo, sabía que algo malévolo había tomado el control de aquel lugar, y él estaba atrapado en su siniestro juego. Siguió conduciendo en medio de la oscuridad, sin rumbo fijo, con la esperanza de encontrar alguna salida, alguna señal de vida normal. Pero cada esquina que doblaba solo revelaba más decadencia y desolación. El pueblo parecía estar condenado a una eterna pesadilla, y él era una pieza más en ese rompecabezas infernal.
El reloj del tablero marcaba las horas pasando inexorablemente. Daniel sentía que el tiempo se estiraba, que cada minuto era una tortura interminable. Cada vez que creía ver una luz al final del camino, esta se desvanecía en la oscuridad, dejándolo sumido en la desesperación.
Finalmente, el auto llegó a un punto muerto, una calle sin salida rodeada por árboles retorcidos y sombras ominosas. El motor del vehículo se apagó, y un silencio sepulcral llenó el aire. Daniel salió del auto, temblando de miedo y determinación.
-¡BASTA! -gritó al vacío-. ¡No voy a dejarme atrapar aquí! ¡No voy a ser parte de tu maldito juego!
Pero solo el eco de su propia voz le respondió. El pueblo permanecía inmóvil, como si estuviera esperando. Daniel se adentró en la neblina, consciente de que había cruzado un umbral hacia lo desconocido. Ahora, su única esperanza era encontrar respuestas y escapar de aquel destino aterrador que parecía haberle sido impuesto.
No quedaba otra que volver al pueblo, importaba saber qué diablos estaba pasando aquí, le parecía irracional que cosas como esta pasaran en un lugar tan extraño como este. Volvió lo más rápido posible hasta el café de donde había salido la última vez. Le quedaba muchas preguntas y necesitaba unas respuestas coherentes.
Al cabo de unos minutos caminando llego al local nuevamente, aquel extraño sujeto del bigote lo esperaba a fuera con el fin de responder a las preguntas que Daniel tenía dentro de sí.
- Al principio cuesta aceptar la realidad, pero es lo que es. - dijo mientras llevaba a la cabeza un sobrero desgastado.
- ¿Dónde estamos?.- pregunto Daniel mirándolo seriamente.
- Si lo supiera se lo diría en este mismo momento.
- ¿Pero usted no es de aquí?
- Llegue a este maldito sitio de la misma forma que tú. Soy de policía caminera, me dirige hacia el norte. Entre en una neblina que me dejo aquí.
- ¿Y como salimos de esto?
- No se puede, o al menos de la forma que lo intente. Tarde o temprano se termina el combustible de tanto dar vueltas. Tarde o temprano vuelves al maldito punto de partida.
- ¿No podría ser pero?. Algo tenemos que hacer.
- Hijo, ya hice de todo por salir de este lugar. Llevo 2 años aquí.
- ¿Qué? Dios, no vamos a salir nunca de aquí. - dijo mientras se tocaba la cabeza con las dos manos.
- Eso no es lo peor.
- ¿Que puede ser peor que esto?
- Créeme si hay algo peor que esto. Vamos, entra al café, te contaré ahí todo lo que quieras saber.
Los dos entraron directo al café y se sentaron en el mismo sitio donde estaban la última vez. Pero en esta oportunidad, ya de una forma más amigable, eran extraños en una situación crítica donde tendrían que afrontar todos unidos. Lo cierto era que no era el único en ese sitio destinado a pasar por esa horrible maldición. Todos los que había visto desde que entro a la villa, eran prisioneros de sus propias decisiones, prisioneros de una situación que le era completamente extraña. La mayoría llevaba años sin poder salir, otros apenas un par de semanas o meses. Si bien la situación lo ameritaba, Daniel saco uno de esos cigarrillos amasados del bolsillo de la camisa. Desde el otro lado del mostrador la camarera con mal karma le gritaba.
- En este lugar está prohibido fumar, lo dice en el cartel. - lo dijo señalando con la mano y poniendo cara de pocos amigos.
- Y que importa, estamos metidos en esta maldición. Todos aquí estamos metidos en esta mierda.
- Vamos chico, déjalo. - menciono el policía, con un tono más amigable. - Tenemos que convivir todos juntos para salir de esta.
- Ja salir de esta. Usted mismo me dijo que era imposible.
- Estas personas necesitan seguir creyendo en esto, si no todos ya estarían muertos.
- Venga, está bien. - Daniel apago el cigarrillo contra la taza de café. - Antes, afuera, me dijiste que había algo peor aún.
- Si. Pero no pienso que te vaya a gustar eso.
- Vamos, dime de una vez. ¿Que puede ser peor que esto?
- Si definitivamente es peor que esto. Por las noches todos tenemos que refugiarnos en la iglesia.
- ¿Refugiarse? ¿Pero de qué?
- De la neblina.
- ¿La neblina? Vamos hombre, sé más claro.
- Por la noche las bestias salen a comer.
- ¿Bestias? jajaja piensas que soy un niño o algo así…
- ¿Te parece que algo tiene lógica aquí? Lo puedes ver con tus propios ojos si no me crees. Vamos, esta noche lo verás. - le dijo esbozando una leve sonrisa macabra.
- Oky, te creo. Aquí nada tiene lógica. ¡Ni sé donde es aquí!
- Sandra, la camarera, te va a indicar un cuarto para que te quedes a descansar. Después que duermas un poco las ideas se ponen en su sitio, no te preocupes.
El extraño sujeto del bigote se levantó de la silla, se ajustó los pantalones y salió lentamente de la cafetería. Todo esto para Daniel le parecía demasiado pintoresco, casi sacado de alguna novela de ciencia ficción de su infancia. De aquellas que misteriosamente el personaje principal terminaba en alguna dimensión desconocida, con monstruos llenos de tentáculos. Ya había pasado la época de hacer los chistes, no suponía que esto fuera alguna clase de escape room. Con el fin de perturbar a todos los que pasasen por aquellos parajes casi desolados. Se quedó unos minutos intentando digerir la situación.
Daniel observó a Sandra, la camarera, mientras ella le indicaba el camino hacia su habitación. Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación y cansancio, como si estuviera acostumbrada a lidiar con situaciones extrañas día tras día. Su voz suave y temblorosa resonaba en los oídos de Daniel mientras caminaba por las estrechas calles del pueblo hasta el viejo hotel. Un caserón del siglo XIX, que a diferencia de otras, era la que mejor se mantenía de todo el pueblo.
La habitación asignada era pequeña y lúgubre, con paredes desconchadas y una ventana que dejaba entrar la poca luz de las viejas lámparas de la calle. Daniel dejó caer su bolso sobre la cama y se sentó en el borde, sintiendo cómo la tensión y la incertidumbre comenzaban a apoderarse de él. No podía sacarse de la cabeza las palabras del extraño hombre del bigote.
"Bestias en la neblina", pensó Daniel para sí mismo. "¿Cómo puede ser posible? Esto parece sacado de un mal sueño".
La neblina había sido densa y ominosa cuando Daniel llegó al pequeño pueblo esa tarde. Casi parecía que se movía de forma intencionada, como si estuviera viva. Pero nunca se le habría ocurrido suponer que la neblina albergaba criaturas peligrosas. Esa idea parecía absurda, pero algo en el tono y la mirada del hombre del bigote le había hecho dudar.
Decidió tomar una ducha caliente para intentar despejar su mente. El agua caliente golpeaba su cuerpo, pero no lograba disipar la sensación de inquietud que lo envolvía. El vapor llenaba el baño, creando una atmósfera claustrofóbica que parecía emular la neblina amenazante que se cernía sobre el pueblo.
Cuando salió de la ducha, se vistió y decidió explorar un poco el hotel. Bajó las escaleras y se adentró en el lobby oscuro y desolado. El aire estaba cargado, como si hubiera una presencia invisible acechando en cada esquina. Avanzó con precaución, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.
En un rincón del lobby, una vieja radio estaba encendida, emitiendo estática y murmullos indistinguibles. Daniel se acercó lentamente, intrigado por el sonido. En un momento, una voz rasposa emergió de la estática y pronunció palabras incomprensibles.
- No.. se acerquen al maldito pueblo. Ni a las per…
Un escalofrío recorrió la espalda de Daniel, y un presentimiento de peligro inminente se apoderó de él.
Justo en ese momento, la puerta principal del hotel se abrió de golpe, dejando entrar una brisa fría y húmeda. La neblina se infiltró en el vestíbulo, convirtiendo el lugar en un paisaje de sombras y misterio. Era mejor que volviera a su habitación, sentía que era lo más coherente en su situación.
Al llegar a ella tranco la puerta con una de las cillas que tenía allí y se acostó un momento. Estaba agotado, para él todo esto lo superaba.
- Debe ser un sueño. No, no puede ser real. Esto es un sueño. - repetía una y otra vez, cerrando los ojos y esperando que cuando los abriera estuviera todo bien. Como si esto nunca hubiese pasado jamás.
Se pasaron un par de minutos cuando Daniel repentinamente se alteró por el golpeteo en su puerta. Algún extraño ser lo interrumpe de su letargo.
- Vamos, tenemos que refugiarnos en la iglesia. No te demores.
Era Sandra que lo advertía de lo inevitable, debían de resguardarse de las bestias que asechan el pueblo cuando la poca luz que logra atravesar la neblina se esfumaba. Daniel miró a Sandra con ojos inquietos a través de la mirilla de la puerta, tratando de comprender la urgencia en su voz, la tensión se apoderó de él mientras. El golpeteo continuaba, cada vez más insistente, como si las criaturas del pueblo supieran que estaban allí, esperando y era de alguna forma un riesgo estar ahí. Sin hacer preguntas, Daniel abrió la puerta y dejó que Sandra entrara. El aire frío y húmedo se coló en la habitación, trayendo consigo el olor a humedad y a tierra mojada. Afuera, todo se había vuelto más densa, envolviendo el paisaje en un manto grisáceo y opresivo.
Ambos caminaron rápidamente por las calles desiertas del pueblo, cada uno con sus pensamientos enredados en el miedo y la incertidumbre. La iglesia se alzaba como un faro en la oscuridad, su imponente silueta recortada por la espesa niebla.
Al llegar a la entrada de la iglesia, Daniel y Sandra entraron apresuradamente. El interior era sombrío, solo iluminado por la tenue luz de las velas que parpadeaban en el altar. La quietud del lugar contrastaba dando la sensación de estar en un refugio seguro y sagrado.
Mientras Daniel y Sandra se acomodaban en un banco cercano, el sonido de pisadas lentas resonó desde el corredor oscuro. Una figura se acercaba, arrastrando los pies con un ruido siniestro. La presencia parecía emana una extraña energía, un aire de peligro que se aferraba al ambiente.
De repente, la figura emergió de las sombras. Era el padre James, el viejo sacerdote del pueblo, llevaba más de 7 años, es ese rincón del infierno. Su rostro estaba pálido y demacrado, sus ojos llenos de miedo y agotamiento. Se acercó a Daniel y Sandra, sus labios temblorosos tratando de articular algunas palabras.
- Han llegado. - susurró el padre James, su voz era apenas un murmullo. - Las bestias de la noche, los seres que acechan en la neblina. Volverán una vez más.
- ¿Tú eres Daniel, cierto? El nuevo.
- Ssssi, soy. - le dijo un poco dubitativo, aquel sacerdote le imponía una sensación extraña que no sabía explicar con exactitud.
- Bien, vamos a esperar a los demás.
Lentamente, comenzaron a aparecer los demás del pueblo, de apocó iban entrando por el gran portal de la iglesia, sentándose en sus respectivos lugares. Como si lo que se deparase a continuación no les hacía ni una gracia. Si lo que dijo aquel policía era cierto, esa note para Daniel talvez sería la última de su vida.
El ambiente se volvió extrañamente más gélido, a fuera solamente quedaba la débil luz de las lámparas de la calle.
Daniel observó a los demás, sus caras reflejaban un miedo profundo y resignación. La tensión en el aire era palpable, casi asfixiante. Las miradas de los vecinos se encontraron brevemente, pero ninguno se atrevió a cruzar palabras. Sabían que estaban enfrentando una amenaza que iba más allá de su comprensión.
El eco de los pasos resonaba en el recinto sagrado mientras cada alma se acomodaba en su lugar. Daniel podía sentir la opresión de la situación envolviéndolo, como si el propio edificio estuviera vivo y respirando con angustia. La luz de las lámparas de la calle se desvaneció gradualmente, sumiendo al pueblo en una oscuridad sobrenatural. Solo quedaba la débil iluminación de las velas en la iglesia, sus llamas titilantes luchando contra la negrura que se extendía más allá de los muros protectores. Daniel desvió la mirada hacia el altar, donde la imagen del cristo crucificado parecía mirarlo con una compasión inquietante. La sensación de que algo terrible estaba por ocurrir lo invadió como una nube negra, envolviendo su mente en un torbellino de pensamientos sombríos.
De repente, un escalofrío recorrió la columna vertebral de Daniel. En la puerta de la iglesia, un grupo de personas, corrían un sistema de engranajes que depositaban dos grandes tabiques trancando del todo, con el fin de encerrar a todos adentro. Mientras los demás cerraban las ventanas. Se estaban preparando para lo inevitable.
Sandra se acercó a Daniel y como casi susurrando le dijo.
- No te preocupes, estos seres no entran a la iglesia, le tiene miedo a nuestro padre.
Daniel la miro seriamente y volvió la miranda hacia el frente, el sacerdote se había posicionado de tras del altar. Depositando un gran libro que parecía ser de la misma época del pueblo.
- Gracias por acompañarnos esta noche queridos hermanos. - exclamo el padre James.- Esta noche, como en todas las noches que nos ha tocado pasar por esto, enfrentaremos a las bestias con el poder de nuestro señor.
Y como un coro de voces en lamento respondieron con un “amén”. Daniel no era un fervoroso creyente, nunca en su vida había acudido a ningún templo religioso y era incapaz de empatizar con algún culto similar.
Sin embargo, en ese momento, mientras la oscuridad se intensificaba y las bestias acechaban fuera de los muros de la iglesia, Daniel sintió una extraña sensación de esperanza. A pesar de sus dudas y creencias agnósticas, algo en las palabras del padre James y en la fe de aquellos a su alrededor despertó una chispa de confianza en su interior. Observó al sacerdote con atención mientras sostenía el antiguo libro sagrado. Las páginas amarillentas y gastadas revelaban siglos de devoción y sabiduría acumulada. Era como si el poder contenido en esas páginas pudiera contrarrestar las fuerzas malignas que asediaban el pueblo. El padre James comenzó a recitar oraciones antiguas y poderosas, su voz se elevó en el aire, llenándolo con una energía divina. Los demás se unieron en un coro melancólico, sus voces resonando en armonía, buscando protección y redención.
Daniel sintió cómo su corazón se aceleraba, sus dudas se desvanecían y una determinación indomable se apoderaba de él. Aunque no comprendiera completamente el poder de la fe en ese momento, sabía que tenía que unirse a aquellos que se resistían contra la oscuridad.
En ese instante, las puertas de la iglesia comenzaron a temblar violentamente, los golpes resonaban como truenos en el silencio ominoso. Las bestias de la noche, sedientas de sangre y ansiosas por desatar el caos, intentaban penetrar las defensas de la iglesia. Daniel se levantó y observo a su alrededor.
- Tranquilo hermano, no temáis a las tentaciones del demonio, que en la casa del señor solo la palabra de dios se oyera. - murmuró el sacerdote.
- Esto es una estupidez, estas bestias van a entrar y nos van a matar a todos.
Daniel comenzaba a sentirse más incómodo de lo habitual, el miedo habia dejado una marca más grande que cualquier religión. Salió lentamente y se dispuso a observar por una pequeña rendija. Eran cientos, quizás miles de espíritus, en una forma no corpórea, su corazón latía con fuerza y sus manos temblaban. La visión que se desplegaba ante sus ojos era aterradora. Los espíritus errantes, con su aspecto etéreo y sus ojos vacíos, parecían estar ansiosos por invadir el santuario de la iglesia.
Susurros inquietantes se filtraban a través de la rendija, palabras indescifrables que llenaban el aire de una energía opresiva. Daniel podía sentir cómo su presencia maligna se apoderaba del lugar, envolviendo cada rincón de la iglesia con una oscuridad sobrenatural. Mientras tanto, el sacerdote continuaba con sus plegarias, apoyándose en su fe y confiando en que la palabra de Dios los protegería de las garras del mal. Pero Daniel no podía evitar sentir una creciente sensación de desesperación y duda. Incapaz de soportar más tiempo la visión aterradora, Daniel retrocedió lentamente y se alejó de la rendija. Las dudas y el miedo se agolparon en su mente, cuestionando la eficacia de su resistencia contra las fuerzas oscuras.
Se acercó a Sandra, quien miraba al sacerdote con una mezcla de miedo y devoción. Sus ojos se encontraron y supieron en silencio que compartían el mismo temor, la misma inseguridad.
-¿Qué estamos haciendo aquí?- susurró Daniel con voz entrecortada. - ¿Acaso nuestras creencias podrán protegernos de esta pesadilla? No puedo evitar preguntarme si estamos simplemente engañándonos a nosotros mismos-
Sandra lo miró con tristeza y comprensión, sintiendo sus propias dudas.
-No lo sé, Daniel. - respondió ella en un susurro. - Pero en este momento, es lo único que tenemos. La fe es lo que nos ha mantenido unidos hasta ahora. Tal vez, solo tal vez, haya algo más en el poder de la fe de no que podemos entender.
Daniel asintió lentamente, aceptando las palabras de Sandra como un bálsamo momentáneo para su espíritu atribulado. Aunque la duda persistiera en su interior, se aferró a la esperanza de que tal vez, solo tal vez, había una fuerza más allá de su comprensión, trabajando en su favor. Mientras tanto, los espíritus se agitaban fuera de la iglesia, como una tormenta sobrenatural a punto de desatarse. Los susurros y gemidos aumentaban en intensidad, envolviendo el aire con su presencia amenazante.
El pueblo temblaba en la oscuridad, enfrentando un mal que desafiaba su comprensión. Los miedos internos y las luchas personales se entrelazaban con la batalla contra las fuerzas sobrenaturales, creando un paisaje desgarrador de lucha y desesperación.
- Defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra las perversidades del ser humano, al cual te pedimos, gran dios que todo lo ve y todo lo es. El caos reptante. - ya en un tono de voz más fuerte, el sacerdote comenzaba a caminar por el largo pasillo entre todos los que estaban allí presentes.
Daniel lo miraba fijamente, dándose cuenta que tenían los ojos completamente blancos. Volvió la mirada a Sandra y luego a los demás. Entonces, como si de una clase de trance se tratase:
- Sea nuestro salvador, gran Nyarlathotep. - en un coro de voces de todo tipo.
- ¿Nyarlato qué? - respondió Daniel sin entender a qué se referían.
- O ser de las mil caras, contempla nuestra simple existencia y ayúdanos a aplacar las almas perdidas que yacen afuera. - murmuraba el sacerdote acercándose aún más a su lugar.
Daniel comenzó a ponerse incómodo con la situación cada vez más. La confusión y el desconcierto se apoderaron mientras escuchaba las palabras que fluían de los labios de los demás.
- ¿Nyarlathotep? ¿Qué significaba eso?.
La oscuridad que envolvía al pueblo parecía haberlos llevado a un punto de no retorno, donde las líneas entre la fe y la locura se desdibujaban.
El sacerdote, con los ojos todavía en blanco y la voz llena de una extraña reverencia, continuó moviéndose por el pasillo, invocando a aquel ser que Daniel no conocía. Las palabras resonaban en el espacio, cargadas de una energía que enviaba escalofríos por su espina dorsal. El pueblo, envuelto en su trance colectivo, continuaba respondiendo en coro, como si hubieran sido poseídos por alguna fuerza oculta. Daniel se sentía cada vez más atrapado en una telaraña de secretos y misterios, sin saber en quién confiar ni cómo escapar de esa pesadilla. Pero algo dentro de él se negaba a aceptar el destino que parecía imponérseles. Un instinto de supervivencia luchaba contra la corriente, negándose a rendirse ante lo desconocido. Reuniendo todas sus fuerzas, Daniel decidió tomar acción.
Rompiendo el hechizo que parecía haber caído sobre él, se adelantó hacia el sacerdote y los demás, interrumpiendo la extraña liturgia. Su voz temblorosa resonó en la iglesia.
-¡Deténganse! No sé qué es esto, pero no puedo quedarme aquí y aceptarlo ciegamente. No podemos confiar en algo que no comprendemos. Debemos encontrar nuestras propias respuestas y luchar por nuestra supervivencia.
La iglesia quedó en silencio, los ojos de todos se posaron en Daniel, mezclados entre sorpresa, confusión y cierta admiración. El hechizo parecía romperse momentáneamente, permitiendo que la razón y la voluntad se abrieran paso.
Tenía quizás cientos de ojos posándose sobre él y extrañamente no eran de admiración ninguna, al parecer. El sacerdote se detuvo casi al fin del largo pasillo y lentamente se dio vuelta dejando ha descubierto su horrendo rostro. Su corazón se detuvo en su pecho al ver la deformidad en el rostro del sacerdote. Su piel estaba desgarrada, mostrando carne en descomposición y huesos expuestos. Una sonrisa retorcida se extendía por su boca, revelando dientes afilados y podridos. Sus ojos, sin vida, brillaban con una malicia inhumana. Dirigió su mirada hacia Sandra y vio un grotesco ser con el rostro demacrado, escaso de pelo y carne. Volvió su mirada a los demás que estaban ahí, todos estaban igual. Todos se encontraban de la misma forma.
La escena frente a Daniel era una pesadilla hecha realidad. Cada persona en la iglesia, incluyendo a Sandra, había sufrido una transformación grotesca. Sus rostros desfigurados y cuerpos en descomposición emanaban un hedor nauseabundo. El horror de la situación era abrumador. La revelación de la verdadera naturaleza del sacerdote y de aquellos que los rodeaban dejó a Daniel atónito. Habían sido engañados, manipulados por fuerzas oscuras que se habían infiltrado en sus vidas sin que lo supiera.
El sacerdote desfigurado avanzó lentamente hacia Daniel, sus pasos eran arrastrados y su presencia llenaba la iglesia con una malevolencia insoportable. Las miradas sin vida de los demás se fijaron en él, sin un atisbo de humanidad en sus ojos.
Daniel sintió cómo su determinación se desvanecía frente a esa realidad espantosa. El miedo lo paralizaba, haciendo que sus piernas se debilitaran y su mente se llenara de pánico. Pero en medio de su desesperación, algo se encendió dentro de él. Intento rápidamente correr hacia una de las puertas que daba al fondo del templo, pero un mar de mandos huesudas lo tomaron por las extremidades, dejándolo inmóvil, sin poder defenderse. Se veía rodeado de cadáveres en putrefacción.
- Llévenlo hacia el altar, hoy nuestro señor se regocijará con otro adepto más. - murmuro el aterrador sacerdote.
El corazón de Daniel latía desbocado mientras los huesos fríos le sujetaban con fuerza, arrastrándolo hacia el oscuro altar de la iglesia. El aroma nauseabundo de la muerte se mezclaba con el incienso, llenando el aire de una opresiva maldad. La oscuridad se cernía sobre él, amenazando con engullir su alma. El sacerdote desfigurado, envuelto en una túnica negra manchada de sangre, se erguía sobre el altar con una sonrisa retorcida en su rostro deformado. Las velas parpadeaban, lanzando sombras danzantes que parecían tener vida propia. Daniel sabía que su destino estaba sellado, atrapado en esta pesadilla infernal.
El sacerdote comenzó a entonar cánticos en una lengua desconocida, mientras los cadáveres putrefactos rodeaban el altar, moviéndose con una macabra agilidad. Las órdenes del sacerdote resonaban en la iglesia, pero Daniel no podía entenderlas. Su mente se debatía entre la realidad y la locura, luchando contra el terror que lo envolvía.
- Gran mensajero, padre del millón de favorecidos. Llego la hora de que tomes a este regalo y que sumes su alma a tu gran ejército. - exclamo el padre mientras levantaba los brazos como esperando un mensaje del cielo. Pero esta vez no provenía de ahí, sino de un lugar peor.
Y de repente todas las ventanas y puertas del recinto se abren, dejando pasar a los cientos, de miles almos, que rondaban las tinieblas de la misma noche. El sacerdote alzó un cuchillo oxidado, reluciendo con un brillo perverso a la luz de las velas. Los cadáveres aflojaron su agarre sobre Daniel, dejándolo arrodillado frente al altar. La hoja del cuchillo se acercó lentamente a su cuello, y el rostro desfigurado del sacerdote se contorsionó en una expresión de gozo siniestro.
En ese momento, entre las tantas almas que se encontraban ahí, un ser, distinto a todos. Completamente oscuro, cubierto por una gran bata negra y con los ojos brillantes como dos gemas color carmesí, se adelanta hasta el altar.
El ser misterioso exudaba una presencia aún más poderosa que la del sacerdote desfigurado. Sus ojos carmesí parecían penetrar en lo más profundo de la oscuridad, como si poseyeran un conocimiento ancestral y una malicia insondable. Se detuvo frente al sacerdote, y un silencio mortal envolvió la iglesia. Los cadáveres putrefactos se inmovilizaron, como si temieran la presencia de aquel ser sombrío. Incluso el sacerdote pareció titubear ante esta nueva figura. El ser extendió una mano cubierta de sombras y, con una voz que parecía arrastrar los susurros del averno, habló:
- Has llevado a cabo tu ritual y ofrendas en mi nombre. Lo acepto.
El sacerdote enorgullecido por la aprobación, en ese momento corto lentamente la garganta de Daniel dejándolo sangrarse sobre aquel altar. Mientras los cadáveres putrefactos gritaban fuertemente.
- Sea nuestro salvador, gran Nyarlathotep.
G.Zaballa

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