Relato XXVII - Umbral

martes, 19 de marzo de 2024

Relato XXVII - Umbral


 

(Imagen generada por IA, LeonardoIA)

Umbral

    Golpeó fuertemente la puerta del patrullero y se volvió a poner la parka de la policía. La ventisca azotaba el rostro del sargento Hernández mientras se acercaba al caserón abandonado. La noche estaba demasiado agitada, como si la casa estuviera esperándolo, sintiendo cómo la tensión del aire anticipaba la presencia de algo indefinible. Lo que fuera que habitara en ese caserón ya sabía de su llegada.
    Caminó con pasos largos hacia la puerta principal, convencido de que encontraría algo que los forenses hubieran pasado por alto. Lo veía difícil, pero sentía que faltaba algo más para cerrar el caso.
    Al llegar al gran portón, notó que la mayoría de las cintas amarillas aún estaban en su lugar: “¡No pasar! Zona de exclusión. Zona policial”. Los mensajes de advertencia seguramente habían espantado a unos cuantos curiosos, aunque no a todos, ya que algunas cintas estaban rotas, señal de la intromisión de algún temerario. La puerta, entreabierta, invitaba a adentrarse en la oscuridad que ocultaba el interior del caserón. Hernández sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero la determinación brillaba en sus ojos.
    Decidido, empujó lentamente la puerta, revelando una oscuridad que devoraba la escasa luz emitida por la lámpara de la calle. La casa respiraba historias antiguas, susurrando recuerdos que nadie más quería rememorar. Pero, por encima de todo, Hernández estaba decidido a cumplir su deber.
    Cada paso resonaba, haciendo crujir los tablones del piso. Acompañado de su linterna, iluminaba cada habitación polvorienta mientras se adentraba en la penumbra, siguiendo la pista de algo que se resistía a ser descubierto.
    El sargento, ahora frente a las profundidades de la casa maldita, donde se habían cometido aquellos aberrantes actos, intentaba imaginar escenarios que arrojaran luz sobre el caso. La justicia ya había juzgado al individuo, dando por sentados los hechos tal como se habían relatado una y otra vez en los medios. Sin embargo, algo lo impulsaba a visitar en persona el lugar.
    —Vamos, hombre, dejémonos de líos. Este caso está más que cerrado —se repetía cada vez que escuchaba algún crujido extraño en el segundo piso.
    Pero la casa, que parecía susurrar secretos cada vez que una sombra se deslizaba por las paredes, no estaba dispuesta a cederle espacio tan fácilmente. La penumbra, que su linterna no alcanzaba a disipar por completo, parecía volverse más densa a medida que se adentraba en esa dimensión desconocida.
    Mientras avanzaba sobre el resonante suelo, comenzó a notar antiguos cuadros familiares y muebles cubiertos de polvo. Aunque los hechos no databan de muchos días, parecía que la casa llevaba años sin ver una partícula de luz. El aire se volvía más espeso con cada paso, y el sargento sentía la sensación de ser observado desde los rincones de aquellas habitaciones.
    De repente, una ráfaga de viento hizo que las puertas chirriaran en el pasillo, como si la casa misma protestara por su presencia. La linterna titiló y Hernández frunció el ceño. Aquel lugar, lejos de ser un simple escenario de crímenes, parecía tener vida propia, una vida que respiraba en sus rincones más oscuros.
    Clac, clac, resonaba mientras decidía subir las escaleras que conducían al piso superior. Cada escalón lo llevaba más profundamente a la esencia de la casa. Al llegar al rellano del segundo piso, la linterna iluminó una figura borrosa al final del pasillo. Un eco lejano de risas infantiles resonó en sus oídos.
    El susto lo hizo desenfundar su pistola rápidamente, apuntando hacia la absoluta nada.
    —¿Quién anda ahí? —preguntó Hernández, pero la única respuesta fue el eco de su propia voz.
    Avanzó lentamente, sintiendo la mirada invisible de alguien más.
    —Soy de la policía, soy el sargento Hernández. Identifíquese, por favor.
    Llegó al final del largo corredor y notó que una de las habitaciones tenía la puerta entreabierta, como si lo invitaran a descubrir los secretos que escondía. Lentamente, empujó con la punta de su arma reglamentaria, entrando en el recinto.
    En ese momento, un susurro sutil lo hizo voltear, pero no había nadie a su alrededor, solo la sensación de que la habitación estaba viva, con sombras danzando macabramente en las paredes, provocadas por la luz de su linterna. Parecía que algo o alguien intentaba amedrentarlo, con la intención de arrastrarlo lentamente a la locura.
    La investigación que creía cerrada se reabría con cada paso que daba. Los hechos del pasado parecían entrelazarse con el presente, como si la casa misma guardara memoria de lo sucedido. Hernández, en su lucha por encontrar respuestas, se adentraba en una telaraña de enigmas donde la realidad y la pesadilla se entremezclaban.
    —Sí, este lugar está maldito —susurró Hernández para sí mismo, pero sus palabras fueron absorbidas por las paredes húmedas, dejándolo solo con sus pensamientos.
    La puerta, que antes se había cerrado tras él, ya parecía estar a kilómetros de distancia. La casa y su aliento añejo parecían contarle historias que desafiaban la lógica pura de la realidad. Al entrar en ese mundo, fue engullido por otra dimensión extraña.
    La verdad que buscaba debía estar allí, oculta en esos rincones sombríos, esperando revelarse cuando él estuviera listo para enfrentarla. Y, sobre todo, tener el coraje de hacerlo.
    Hernández no soltaba su pistola en ningún momento. Creía que, donde fuera, sería ella quien le abriría el camino. Tenía una fe absoluta en las armas de fuego y su poder destructor. Quizás por los años de servicio y por haberla usado tantas veces en situaciones críticas.
    Continuó explorando la casa, buscando la escena del crimen donde se habían cometido los macabros actos aquella fatídica mañana. La linterna iluminaba muebles cubiertos de sábanas, pero también destellos fugaces de imágenes que desaparecían tan rápido como aparecían.
    El sargento sintió cómo la presión en el aire aumentaba, como si algo o alguien intentara comunicarse con él. Cada vez más convencido de que algo sobrenatural estaba en juego, se encontraba en el papel que tanto había criticado durante los interrogatorios. Avanzó hacia el centro del pasillo, donde volvió a escuchar esas risas infantiles que resonaban, persistentes, desde algún confín lejano de la casa.
    De repente, una puerta se cerró de golpe, dejándolo a oscuras. La linterna parpadeó y se apagó. En la penumbra, Hernández distinguió la silueta de una figura que se movía rápidamente, jugando con su percepción. Sus pasos resonaron en el silencio, pero el eco de sus palabras fue absorbido por las paredes, como si la casa no quisiera revelar sus secretos.
    —¿Quién está ahí? —exclamó Hernández, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.
    La figura se desvaneció en la oscuridad, pero el sargento no retrocedió. En lugar de eso, avanzó hacia la habitación cuya puerta estaba entreabierta, dejando escapar una luz tenue desde el interior.
    Al ingresar, su linterna volvió a encenderse repentinamente, revelando paredes de cerámica cubiertas de sangre; vidrios rotos por todas partes y macabras marcas de manos en el suelo. Era el lugar donde había ocurrido todo, el espacio donde el mal había dejado su huella aquella fatídica mañana en que Fernando decidió partirle el cráneo a su esposa con un hacha.
    —Santo Dios —murmuró Hernández, las únicas palabras que logró articular ante tal escena. Cualquier persona en su sitio habría salido corriendo de ese lugar maldito.
    El sargento comenzó a analizar cada rincón del baño, buscando alguna pista que pudiera reabrir el caso. Los charcos de sangre seca, junto con fragmentos de carne y cabellos humanos, captaron su atención. Luego observó la palangana manchada de sangre y el espejo hecho pedazos.
    En ese preciso instante, la luz de la linterna de Hernández comenzó a titilar nuevamente. Algo no tenía sentido; algo desafiaba las mismas leyes de la física. La casa parecía absorber la energía de los objetos, alimentándose constantemente para perpetuar sus horrores una y otra vez. Hernández, frustrado, golpeó la linterna con un par de manotazos, logrando que volviera a encenderse por un momento. Pero en ese instante, cuando dirigió su mirada al espejo roto, su corazón dio un vuelco. Una figura deformada y retorcida se reflejaba, como si hubiera emergido directamente de las entrañas del infierno.
    La mujer, con la cabeza destrozada y ensangrentada, sonreía malvadamente detrás de él. La imagen impactó a Hernández, congelando su sangre y provocando un escalofrío que le recorrió la espalda.
    La luz volvió a apagarse.
    ¡Boom! ¡Boom!
    Solo las detonaciones de su pistola rompieron el siniestro silencio que se apoderaba de la habitación.

G. Zaballa

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