Relato XXVI - Un corte especial

martes, 16 de enero de 2024

Relato XXVI - Un corte especial


 

(Imagen generada por IA, LeonardoIA)



Un corte especial

Sacó del bolsillo de la camisa un trozo de papel arrugado e intentó discernir cuál era la dirección correcta de la casa. Miraba el pedazo de hoja y observaba a su alrededor. Estaba seguro de que era la dirección correcta, o al menos creía que era así. Caminaba observando casa por casa, tratando de ver si coincidían los números: era el 280 de la calle Florencio G. Vásquez. Se sentía perdido en aquel laberinto de viviendas acopladas, como si fueran piezas de un mismo rompecabezas.
Aquella cifra parecía burlarse de él con una facilidad irritante, pues daba vueltas en la cuadra sin encontrar el lugar. La tarde comenzaba a caer sobre la calle, dejando un umbral naranja en el cielo, y el viento teñía una clase de sombras que parecían susurrar entre los árboles frondosos. Aquello le indicaba que llegaría tarde a la reunión. Días antes, en la oficina, se había acordado entre los compañeros de la empresa una actividad de fin de año: un asado, algo habitual desde hacía un par de años.
El problema fue el lugar. Ninguno tenía condiciones para hacerlo en su casa. La mayoría vivía en apartamentos sin parrilla, y alquilar un local no era opción: los precios rondaban entre los treinta y cuarenta mil por uno o dos días, demasiado para la ocasión.
No fue hasta que Walter —un sujeto que había comenzado a trabajar hacía muy poco— ofreció su casa. Era un hombre de mediana edad, con una sombra de barba descuidada y una altura peculiar: parecía superar los dos metros. Su corpulencia lo destacaba entre los demás. Solía ser reservado, tanto que sorprendió a todos con su propuesta. Nadie la rechazó; era eso o pagar, y nadie quería hacerlo, menos en fin de año.
Ahí estaba Luis, intentando discernir de una vez por todas cuál era la casa correcta.
“¿Qué diablos estoy haciendo aquí?”, se preguntó, mientras una sensación extraña lo invadía. La calle parecía estirarse infinitamente a sus lados; cada casa se volvía más imponente y misteriosa a medida que avanzaba.
De repente se topó con una modesta vivienda de ladrillos y tejas color marrón. Dos, ocho y un espacio en blanco, pero con una oscura marca en forma de óvalo que dejaba ver que ahí había un cero antes. Claro, debía ser esa la casa de su compañero. Recordó que debía llamar antes de entrar, pues Walter no tenía timbre. Decía que se había mudado hacía poco y no había tenido tiempo de colocar uno; una excusa habitual de quienes alegan estar demasiado ocupados para atender nimiedades.
Sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y buscó su número en el grupo de WhatsApp de la compañía. Llamó. Pasaron unos segundos hasta que contestó una voz gruesa.
—Diga.
—Soy Luis, del trabajo —dijo, sin saber bien cómo hablarle. No eran amigos; apenas conocidos de vista—. Estoy frente a tu casa… o eso creo.
—Ah, sí. Voy enseguida —respondió el sujeto.
No pasaron más de dos minutos cuando Walter dejó ver su enorme figura por la puerta. Con una sonrisa casi amigable, recibió a su compañero.
—¿Carlos? —susurró la figura con voz resonante.
Luis asintió, incapaz de articular palabra. El momento incómodo se cortó con un apretón de manos tan fuerte que pareció querer triturarle los huesos.
—Ven, entra —dijo sin titubear—. Los demás llegarán en un momento.
—Bueno, me alegra saber que soy el primero.
Al entrar, un aura pesada lo dominó. Se sentía una atmósfera densa, como si al lugar le faltaran luz y oxígeno.
—Hace poco que me mudé aquí. Todavía estoy acomodando las cosas —dijo Walter mientras cerraba la puerta con un crujido sordo que resonó en el silencio.
La casa era un escenario de sombras y recuerdos de otras épocas. Luis se detuvo un momento a mirar algunos cuadros: viejas fotografías de reuniones familiares, una infancia lejana, días de pesca. Aquellas imágenes conformaban un baúl de recuerdos inquietante. La sensación de sofoco transformaba aquella habitación en una cárcel.
—Ven, vamos al fondo —dijo Walter al ver que su invitado observaba los cuadros—. El asado está casi pronto. ¿Quieres una cerveza?
—Sí… eso no lo voy a rechazar —respondió con una sonrisa forzada.
Luis asintió con cautela, intentando ignorar la inquietud que lo invadía. Mientras caminaban por el pasillo, el suelo crujía bajo sus pies, como si la casa estuviera viva.
—La parrilla está allí. Ya preparé todo para la reunión —señaló Walter una puerta entreabierta.
Luis agradeció que la luz exterior disipara las sombras que lo acosaban. El patio estaba decorado con luces navideñas, como si el anfitrión hubiera querido dotarlo de alegría. Sin embargo, algo en el ambiente no resultaba reconfortante. El árbol de Navidad parpadeaba en una esquina, pero su resplandor era antinatural.
Luis se sentó en un sillón, observando el lugar. Walter, en cambio, se movía con soltura, como si aquel espacio le perteneciera desde siempre.
—Disculpa si fue difícil encontrar la casa —comentó Walter.
—No te preocupes. Supongo que me perdí en el laberinto de la calle —dijo Luis, intentando sonreír, sin éxito.
Entonces reparó en la parrilla. No lograba distinguir qué carne era aquella. Roja, sí, pero de un rojo tan intenso que resultaba perturbador. La grasa despedía un olor fétido. Observó cómo el aceite goteaba sobre las brasas, liberando un aroma extraño.
El humo espeso se elevaba en espirales. Walter, con su sombra proyectada sobre la carne, la giraba con destreza.
—¿Te gusta el asado, Luis? —preguntó, su voz resonando en la atmósfera cargada.
—Sí, claro —respondió, aunque su mirada no se apartaba de la carne—. ¿De qué animal proviene? Tiene un tono… oscuro.
—Ah, es un corte especial —dijo Walter con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Te va a gustar. De eso estoy seguro.
—Sí… supongo que sí.
Luis se preguntaba si exageraba, si la sensación de malestar era simple paranoia. Pero algo en el olor del asado y en la mirada de Walter lo hacía dudar.
Ninguno de los otros invitados había llegado aún, lo que volvía la situación más incómoda. Después de un par de vueltas a la carne, esta adquirió un aspecto algo más apetecible.
—Está listo. Voy a cortar un pedazo para que pruebes. ¿Te animas, Luis? —ofreció Walter.
Luis aceptó, aunque el apetito se le había esfumado. Tomó los cubiertos y cortó. La carne era dura, y masticarla le resultó un desafío. Un sabor metálico y viscoso inundó su boca. Bebió cerveza para pasarlo. El líquido descendió con dificultad.
La sonrisa de Walter se amplió.
—Es un sabor peculiar, ¿verdad? —comentó con un brillo malicioso en los ojos.
—Sí… es diferente. ¿Qué tipo de carne es esta? —preguntó Luis.
Walter rió, una risa gutural que reverberó en el aire.
—No es algo que encuentres en cualquier carnicería. Es un corte muy especial. Exclusivo.
Luis, cada vez más inquieto, intentó mantener la calma. La noche avanzó entre risas forzadas y silencios pesados. Ninguno de los compañeros llegó. La atmósfera se volvía más claustrofóbica.
Finalmente, no resistió más y pidió ir al baño; aquella carne le revolvía el estómago.
—Al fondo y a la derecha —dijo Walter, sin apartar la vista de la parrilla.
Luis caminó por el pasillo. Las paredes parecían cerrarse sobre él. Cerró la puerta del baño y se miró al espejo: pálido, sudoroso, confundido. Se lavó la cara. Pero la incomodidad persistía.
Entonces notó algo: un parpadeo en el espejo. Sombras fugaces que se deslizaban por el rincón. Giró la cabeza. Nada. Solo silencio. Decidió salir, pero antes escuchó un golpeteo. Se quedó inmóvil. El sonido venía de la pared. Apoyó el oído. Algo se arrastraba al otro lado.
—Eso sí que es extraño —susurró.
Ajustó el cinturón y salió. El golpeteo lo guiaba. Apoyó la oreja en la puerta contigua. Nada. Siguió por el pasillo. El sonido se intensificaba. Provenía del sótano. Con el corazón latiendo con fuerza, giró la perilla. El aire tenía un olor rancio.
Descendió despacio. El ruido se transformó en murmullos. Rozó la pared con la mano y tocó un interruptor. Encendió la luz.
El horror se desplegó ante sus ojos: contra la pared, en el suelo, había una persona maniatada, amordazada y herida.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —susurró Luis.
Entonces reconoció el rostro. Era uno de sus compañeros. Martín. Su mirada vidriosa se cruzó con la de él.
Luis le quitó la mordaza.
—¿Qué pasó? ¿Por qué estás atado?
Martín intentó hablar, jadeante. Apenas lograba articular algún sonido.
—Tranquilo… voy a sacarte de aquí.
Mientras lo desataba, Luis notó las heridas, las marcas de tortura.
—Lárgate… de aquí… fue él —balbuceó Martín.
—¿Él quién? ¿Qué pasó?
—Él… la mató…
—¿Qué? —Luis no comprendía.
—ÉL LA MATÓ —gritó Martín entre sollozos—. LA CORTÓ EN PEDAZOS.
Un escalofrío recorrió a Luis. La mano temblorosa de Martín señaló un montón de bolsas negras al otro lado del sótano, en medio de un charco de sangre.
Una risa resonó en la habitación. Luis giró la cabeza hacia la escalera. Allí estaba Walter, moviendo entre sus manos una filosa cuchilla de carnicero.
—Te dije que era un corte muy especial…
    
G. Zaballa

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