Relato XXIII - El gran dragón rojo.

sábado, 28 de octubre de 2023

Relato XXIII - El gran dragón rojo.


    


(El Gran Dragón Rojo y la Mujer revestida en Sol - William Blake)

   El gran dragón rojo.

    “Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que insólitos. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos”
E.A.P.

    En la habitación sonaba una vieja vitrola VV-4-3 de los años 30, que aún suponía ser un deleite para el que lo oyera funcionar. Una máquina aparentemente inofensiva, escondida de la vista de quien estuviera allí en ese momento. En la penumbra de la habitación, erguida como una criatura arcaica que aguardaba su oportunidad para liberar su música. La aguja descendía con un chisporroteo ominoso sobre el vinilo ennegrecido por el tiempo. Era Palladio de Karl Jenkins, una hermosa pieza de 1995 que destaca considerablemente al oído por su belleza seductora y elegancia.
    La habitación se llenó rápidamente de acordes, que comenzaban a resonar en el aire muy lento, invocando una especie de malevolencia en las almas de sus interlocutores. La melodía envuelve a la mente, como si las notas mismas fueran garras afiladas que arañan la psique de aquellos que se atreven a prestarle atención.
    Con sus 70 y tantos años aguardaba del otro lado de la habitación un robusto señor que aparentaba ser alguna clase de fantasma errante. Su figura encorvada, envuelta en una gabardina gastada, se mezcla con la penumbra del lugar. Apenas iluminado por la tenue luz de una lámpara de mesa tambaleante, su rostro pálido y demacrado parece más una máscara que un reflejo de vida. Sus ojos, que en un pasado reflejaban la vigorosa juventud, hoy solamente no dejan de ser nada más que dos pozos oscuros y cansados buscar desesperadamente algún remusgo de redención en el fondo de su vaso. Un “The Glenlivet”, nada más que un brebaje oscuro de buen whisky de malta escocés.
Todos estos años dejaron grandes surcos en su piel, a pesar de que no llevaba demasiados, su afección lo deterioraba cada vez más. Aparentaba que su día a día era una lucha constante con un mal mayor y que en cualquier momento lo llevaría hacia el aqueronte. Por su piel fina y casi transparente solo restaban pequeños filamentos azules que hacían de venas.
    Un cabello que fue espeso y oscuro, ahora nada más era una maraña desordenada de hilos plateados que caen sobre su frente, cubriendo su mirada moribunda. La sombra de la muerte se refleja en su mirada, pero también una especie de resignación, como si hubiera llegado a un punto en el que ya no le teme al inevitable final.
    Cada vez que intentaba llevar el vaso a sus labios trepidantes , sus manos esqueléticas temblaban con la debilidad de un hombre que ha luchado contra una enfermedad implacable. El sonido del hielo chocando contra el cristal parecería un eco de su propia inconsistencia.
    A medida que se pierde en su trago de whisky, el murmullo distante de aquellos instrumentos resonando en un eco casi perforante al alma, mientras aquella imagen de un ser débil se convierte en una figura solitaria, un espectro de su antigua vida. La enfermedad ha hecho mella en su cuerpo y aún más en su frágil espíritu, pero aún se aferraba a esa última indulgencia, ese último momento de consuelo antes de que la sombra de la muerte lo envuelva por completo.
    En su espalda reposaba un enorme librero, que se extendía por el resto de los murales de la habitación hasta llegar al marco de la puerta. Con colecciones de todo tipo, era un hombre que conoció el mundo desde las páginas de sus libros y desde las pisadas de lo que hoy en día no dejaban de ser un par de extremidades débiles, que lo habían confinado a una maldita silla de ruedas por el restante tiempo que le quedaba en este mundo. En su tiempo libre se jactaba de ser un filántropo de buena monta, como solía decir él. En otras palabras, un ricachón que aprovechaba malgastando su dinero, en hobbies. Caballos de carrera de pura sepa, carros exuberantes, terrenos, inversiones en empresas y por sobre todo eso, en mujeres y fiestas. En su biblioteca había colecciones traídas del confín del mundo; de medio oriente, la India, Japón y otros exóticos lugares. Misteriosas rarezas que pocos conocían de su existencia; libros de artes oscuras, literatura en lenguas inciertas. Malgastaba todo en lo que fuese.
    En ese rincón del mundo solía pasar su tiempo por aquellos años, bebiendo alcohol y enfrentando su destino con una mezcla de amargura y aceptación. No dejaba de ser una reflexión bastante oscura sobre la debilidad de la vida y la lucha contra lo que en algún momento llegaría, en ese dichoso mundo oscuridad que lo rodeaba.
En su frente, sobre el gran mural que aún quedaba vacío, reposaba el gran dragón rojo, una enorme figura que se dejaba apreciar por la tenue luz de la habitación. De 54 centímetros de alto, ahí estaba, “El Gran Dragón Rojo y la Mujer revestida en Sol” una obra majestuosa de William Blake. En el que se veía representado como un gran Dragón, se muestra listo para devorar al niño de una mujer embarazada, tal y como es representado en Apocalipsis 12.
Mientras lo miraba no dejaba de pensar en ese versículo, la estructura que forma el miedo absoluto a un ser místico, revelando un panorama apocalíptico que haría temblar incluso al más valiente de los mortales.
    — “Luego apareció en el cielo otra señal: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Con la cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo tan pronto como naciera. Apocalipsis 12:3-4”—murmuro esbozando alguna clase de sonrisa.
    El gran dragón escarlata, con sus múltiples cabezas y diademas, es una figura de pesadilla que se arrastra desde lo más profundo de las tinieblas del cosmos. Sus fauces bordan el abismo y su cola, como un látigo cósmico, arranca las estrellas del cielo para arrojarlas sobre la tierra en un espectáculo de destrucción sin igual. Pero lo más espeluznante de todo, el dragón se erguía como un vigilante siniestro frente a una indefensa madre a punto de dar a luz. Sus ojos llenos de odio y malicia acechan al inocente niño, listo para devorarlo en el mismo momento en que llega a este mundo.
    En esta escena bíblica, el Apocalipsis cobra vida como una pesadilla que llevaba recurrente por años. Sabía que el gran dragón algún día llegaría por él y no habría forma alguna de liberarse de la maldición que se le había confinado, en esa cárcel de carne, huesos y viseras.
Esperaba con ansias que ese ser lo llevara por fina hacia la otra vida, hacia una supuesta eternidad. Era alguna clase de delirio místico sobre su propia muerte, que llevaba perturbándole desde la fecha en que fue diagnosticado con esa “maldición”.
    No lograba definir correctamente si se sentía identificado con la mujer indefensa o con el niño pronto a ser devorado, para estos años ya se había vuelto inútil pensar en algo como eso. O quizás, solo estaba localizado en alguna parte de su inconsciente intentando salir nuevamente a la luz.
    —Cuanto más tengo que esperar por ti.—dijo entre tanto llevaba de nuevo aquel líquido oscuro a la boca.
    Era ese dragón que esperaba con ansias.
    —Es evidente que quieres algo de mí.—susurró una vos espeluznante en la esquina más oscura de la habitación.
    La música se había parado de repente junto con su voluntad de seguir bebiendo aquel brebaje.
    —Me esperabas tantos años y ahora te asustas con mi presencia.—dijo la oscuridad.
    —¿Quién eres? —verbalizo tembloroso.
    — Soy el que esperabas tanto, todos estos años. —respondió.
    En ese exacto momento se dejaba ver un sujeto joven de traje negro, ajustándose las mangas como si se hubiera materializado de otro lugar. Su piel, casi transparente, parecía desafiar la misma luz del ambiente, como si estuviera destinado a vagar de un mundo al otro. Su cabello negro y enmarañado, ocultando un oscuro secreto detrás de esa mirada intensa. Sus labios, resecos, apenas dejaban escapar un susurro de palabras que se deslizaban como serpientes venenosas.
    En su paso había una evidente sensación de que no pertenecía a la tierra de los vivos, el aire se entre cortaba intentando escapar de su presencia. El eco de los pasos sobre el piso de caoba se perdían en una aparente eternidad.
    —¿El dragón?—insistió el convaleciente.
    —El mismo.—dijo esbozando una tétrica sonrisa.—Pero me puedes llamar como tú lo desees, tengo tantos nombres que me es difícil elegir uno. Mefistófeles, el portador de luz, el ángel caído, el dragón. Como te guste más.
    —Aléjate de mí, bestia del mal.—manifestó ya sumergido en un horror absoluto.
    —Jajaja, qué curiosa es la creación de mi padre.—expuso mientras se dirigía hacia la vieja vitrola.
    —¿Qué quieres de mí?
    —Sabe, sería de mala educación, de mi parte, rechazar a un anfitrión como usted. Además, cuando me lleva esperando tantos años. —dijo mientras tomaba uno de los discos, retirando el que se encontraba en la máquina y colocaba lentamente el próximo.—Réquiem en Re Menor, 3er Movimiento, Lacrimosa, Mozart… Una de mis preferidas debo admitir.
    —¿QUÉ QUIERES DE MI BESTIA?
    —Su compañía, buen hombre.
    —¿MI COMPAÑÍA?—verbalizó mientras tomaba su viejo bastón, empuñando como si se tratase de alguna de sus viejas espadas de esgrima.
    —Si.—dijo, acercándose lentamente hacia una de las sillas.—¿Acaso uno no puede disfrutar de una buena compañía?. En especial usted, que tanto ha conocido este mundo.
Se sentó y cruzó las piernas, levantó una mano y apoyo sus dedos en su macabro rostro.
    —Pero no soy nadie.
    —Sí que lo es.—dijo sonriente aquel ser.—Para mí usted es muy interesante. ¿Cómo dirían ustedes los humanos?...MMMMM un espécimen intrigante, sería lo correcto.
    —Solo quiero que se largue y que me deje solo.
    —¿Por qué lo tendría que hacer?
    —Entonces dime lo que quieres de mí de una vez por todas.—expresó desconfiando de la presencia macabra del mismo diablo.—¿Vienes a ofrecerme alguna cosa? ¿Dinero, fama, poder, juventud eterna, o alguna otra clase de charlatanería barata que dicen de ti?
    —No, no tengo nada que ofrecerte. Salvo mi compañía, claro está.—levantó las manos e indicó a todo su alrededor.—¿Que podría ofrecerte que no tienes?
    —Si, pues tampoco quiero nada de ti.
    —Llevabas años apreciando ese cuadro sobre “mí”. Y no quieres nada.
    —Así es.
    —No me desilusiones, vine de tan lejos a visitar a un viejo amigo.
    — Pues te vas a llevar una sorpresa. ¡NO! No soy tu amigo.
    —¿Entonces que hacías todo este tiempo deseando que me llevara algo de ti?—expresó, entre tanto se servía uno de esos líquidos caros que le gustaba al hombre.—Recuerdo escucharte, una y otra vez, la palabra “Dragón llévame” saliendo de ti. ¿Qué quieres que me lleve?
    —¿Qué? Como puedes…
    —Vamos, creí que los de tu clase, serían algo más inteligentes.
    No entendía como, pero sabía que todos estos años de aparente soledad, sentado en esa silla, en esa habitación oscura, había algo más que le hacía compañía. Quizás el gran dragón rojo del cuadro había cobrado forma, una forma final que venía de una vez por todas a llevárselo. Cometió errores muchas veces en su vida, pero no entendía el motivo por el cual el propio satanás viniese en persona a llevárselo.
    Miró a su alrededor, observando la oscura habitación con sospecha. Las sombras parecían cobrar vida propia, danzando y retorciéndose como si fueran la representación de todas sus culpas y miedos. El cuadro del gran dragón rojo en la pared parecía mirarlo con ojos centelleantes, como si estuviera a punto de saltar del lienzo y devorarlo.
    —Esto no puede ser real... ¿o sí?
    En ese momento, notó que el aire se había vuelto más denso, cargado con un aroma a azufre que hacía que su garganta se cerrara repentinamente.
    —Oh, si que es real.—respondió con un tono sarcástico.—¿No te parece una sorpresa interesante.? ¿No esperabas una visita de este calibre?
    —No, fue una sorpresa, quizás innecesaria. Y a mi edad, no hay mucho que usted pueda apreciar. ¿Qué he hecho para merecer esta visita?
    —Has vivido una vida de lujos y placeres, pero has olvidado la única cosa que realmente importa: tu alma. Tu alma está marcada, por tus egoístas decisiones y tus faltas de empatía.
    —¿Puedo hacer algo para redimirme? ¿Puedo evitar que me lleves?
    —¿No deseabas que viniera por ti? A caso crees que estoy jugando.
    —Si, bueno, no lo sé. Todos estos años de soledad.
    —¿Soledad? No, no estabas solo.—dijo algo sonriente.—Me tenías a mí, para escucharte y apreciar juntos ese lienzo.
    Sintió un escalofrío recorriendo su espalda mientras el diablo se paseaba por la habitación, moviéndose como una sombra. Contando y moviendo una y otra vez los libros que se encontraban en la enorme biblioteca. Él lo seguía con la mirada, a donde fuese, el viejo en aquella silla, no le perdía la vista.
    —¿Entonces qué quieres?
    —Quiero que enfrentes tus demonios
    —¿Qué?
    —Quiero que enfrentes cada uno de tus oscuros secretos y malas acciones. ¿Piensas que puedes redimirte?
    —No lo sé. Quizás nunca sea suficiente para pagar por lo que he hecho.
    —La redención es un camino tortuoso. Pero tienes una oportunidad única. Puedes luchar contra tus peores miedos y pesadillas, y tal vez, solo tal vez, encontrarás el perdón.
    —No estoy comprendiendo a que quieres llegar con eso.
    —Es simple.
    —¿Y si fracaso? ¿Qué pasa si mi alma cae en manos del infierno?
    —Entonces, tendrás una eternidad para lamentarte. Pero recuerda, el infierno es solo una metáfora de la oscuridad que llevas dentro. La verdadera condena es vivir atormentado por tus propios demonios.
    Se sintió atrapado entre la promesa de redención y el abismo de sus propios pecados. El cuadro de la pared, la del dragón rojo, continuaba dándole una sensación macabra de movimiento. Observándolo con sus ojos centelleantes desde lejos, como si estuviera juzgando cada palabra y pensamiento del anciano. En esa habitación oscura y cargada de misterio, la batalla por su alma había comenzado, y no había vuelta atrás. Aquel ser que no dejaba de moverse por todos los estantes de la habitación, cargaba consigo una bruma con un nefasto olor a podredumbre. Ese ser, al igual que el del cuadro, le provocaban una incertidumbre absoluta con respecto a lo que podría pasar, aunque ambos representasen lo mismo. Era dos vivas imágenes del caos reptante, presentes en aquel confín de mundo, frente a los ojos del aún atónito anfitrión.
    De repente, este que pululaba de un punto hacia otro de la habitación, se acercó lentamente a un tablero de ajedrez. Tocaba una y otra vez las robustas piezas del juego. Sentía la desgastada madera del staunton en madera de fresno natural.
    El viejo observó con inquietud cómo el diablo comenzaba a colocar las piezas en el tablero, como si estuviera preparando una partida mortal. Cada movimiento era preciso, calculado con una malicia innata que hacía que la atmósfera se volviera aún más pesada.
    —¿Qué estás haciendo?—preguntó el anciano con un temblor notable en la voz.
    El diablo sonrió, sus ojos brillaban con una malevolencia que helaba la sangre.
    —Juguemos algo, amigo mío. Pero esta no será una simple partida. Cada pieza representará un pecado, un acto oscuro de tu pasado.—respondió con una macabra sonrisa.—Quizás puedas redimir todo lo que has hecho.
    El viejo sintió el sudor frío recorriendo su frente. Sus manos temblaban mientras observaba el tablero, tratando de comprender las implicaciones de lo que estaba sucediendo.
    —No puedo hacer esto.
    —Vamos, hagamos un trato.
    En ese momento arrimo una pequeña mesa hacia el centro de la habitación.
    —Si eres capaz de ganarme, tu alma será perdonada de todos los actos que cometiste.
    En ese momento el semblante pálido del viejo cambio abruptamente, pero sabía que por detrás de aquella propuesta debía de haber algo más. El anciano miró al diablo con suspicacia, sabiendo que cualquier trato con el ser infernal venía con un precio oculto. Pero la promesa de redimir sus pecados era tentadora, y el peso de su conciencia le impulsaba a aceptar el desafío.
    —¿Qué ganas tú si pierdo?—preguntó el anciano, con cautela.
    El diablo dejó escapar una risa gutural que llenó la habitación como un eco siniestro.
    —Si ganara, me llevaría tu alma de inmediato, y te hundiría en el abismo del tormento eterno. Pero, por supuesto, tienes la oportunidad de vencerme y ganar tu perdón.
    El anciano asintió con una expresión determinada. Aunque sentía el miedo palpitar en su pecho, estaba decidido a enfrentar sus demonios, sin importar las consecuencias.
    —Acepto tu desafío, diablo. Juguemos.
    El diablo sonrió satisfecho, acercó una silla a la mesa y puso el tablero, posteriormente arrojó las piezas sobre la misma. Luego de eso, tomó dos piezas de cada color y los envolvió con su puño. Puso sus manos para atrás e hizo un gesto, como si estuviera moviendo las piezas de un lado hacia el otro. Estaba claro que hasta en la selección de quien abriera la partida, sería una macabra farsa de aquel que engaño a Eva en el jardín del edén para que comiera el fruto prohibido del árbol del conocimiento. Resultando en la caída de la humanidad y la entrada del pecado en el mundo.
    Como podría alguien ganarle al tramposo más hábil que existe, no dejaba de pensar si sería capaz de liberarse de sus pecados, o si estaría condenado eternamente.
    El anciano observó con inquietud mientras el diablo realizaba su extraño ritual para determinar quién abriría la partida de ajedrez. La sala se llenó de una atmósfera opresiva y cargada de tensión, como si el mismísimo infierno hubiera descendido a ese rincón oscuro y olvidado de la tierra.
    Extendió sus puños para que el anciano juzgara su destino, pero de ellos no dejaba de salir nada más que un tenue humo, como si se tratase de dos brasas ardiendo. El viejo volvió la mirada hacia el rostro de aquella bestia y no observo más que un rostro satisfecho, como si estuviera prediciendo su elección. Tal vez el diablo elegiría anticipadamente por él.
    —Vamos, elige y toma tu destino.
    El anciano se encontraba en una encrucijada sobrenatural, atrapado en una partida de ajedrez con el mismísimo hades. Las piezas sobre el tablero parecían tener un brillo siniestro, imbuidas de poderes oscuros. El anciano sabía que su alma estaba en juego, que esta partida determinaría su destino eterno.
    Con manos temblorosas, extendió hacia el puño del diablo. Sabía que cualquier elección que hiciera sería una decisión crucial, una apuesta con consecuencias inimaginables. Podía sentir el calor abrasador emanando de esos puños, era un portal hacia el mismo infierno. El diablo sonrió con malicia, revelando sus afilados dientes.
    —Elige sabiamente.—susurró resonando desde las profundidades del abismo.—¿Te atreves a desafiar al maestro de las artimañas?
    El anciano cerró los ojos por un momento, tratando de encontrar una respuesta en lo más profundo de su ser. Sabía que enfrentar al diablo en su propio juego era una tarea titánica, pero también sabía que no podía rendirse sin luchar. Finalmente, con determinación, eligió uno de los puños.
    Y con una sonrisa triunfante dejó en evidencia una pieza de ajedrez blanca, era un caballo.     Su elección para abrir la partida fue piezas blancas.
    La sala pareció exhalar un suspiro colectivo de alivio, parecía que su destino se hubiera pospuesto por un breve momento. Esta elección solo era el comienzo de una batalla épica entre el bien y el mal, una partida de ajedrez que determinaría el destino de su alma.
    El diablo colocó el caballo negro en el tablero y miró al anciano de forma penetrante.
    —Entonces que la partida comience.—susurró.—Juguemos.
    El viejo se preparó para enfrentar al diablo en esta lucha cósmica por su alma, consciente de que cada movimiento sería crucial en esta que podría decidir su destino eterno.
La partida comenzó con el movimiento lento de las piezas blancas, intentaba calcular una estrategia suave, que no le permitiera dejarse dominar por alguna clase de triquiñuela. Por esto definió una estrategia que le permita, con pocos movimientos, envolver y controlar a su oponente con facilidad.
    Nunca fue un hábil jugador, de esos que se dedican en vida a estudiar las más complejas estrategias. Con el fin de sumir a su rival en la agonía de un ataque fuerte y contundente. Jugo en ligas profesionales por algunos años, nada destacable. Algunos clubes de ajedrez por aquí o por allá, nada que se supiera notar. Pero sí fue un amante empedernido del buen juegó, del arte de demostrarse en el tablero. Quizás si le hubiera dedicado más pasión al ajedrez, un momento como este no le sería nada ajeno.
    Recordó algunas jugadas que había visto en sus años, jugadas que lograron derrotar el más grande de aquellos tiempos. Estaba seguro de que, de alguna forma extraña, inevitablemente este era el momento correcto para aplicarla.
    El diablo seguro de sus movimientos, abrió con un peón a D5. Esto le dio la oportunidad de seguir propinando un gambito de dama.
    Aquel ser esperó unos segundos, dirigió su mirada al semblante del anciano cansado y sonrió...
    Sonrió conociendo que se trataba esto, sabía de alguna forma lo que planeaba el anciano y con toda seguridad estaba bailando en sus manos. Luego de un par de movimientos, el viejo cansado por la enfermedad y sus años de vida, le demostró al diablo como se jugaba atacando a la diagonal de la dama con su alfil. Este respondió rápidamente redoblando la defensa de su caballo con otro alfil, fortaleciendo alguna clase de ofensiva que se venía sobre el cansado sujeto.
    Sin embargo, el fuego interno del viejo, no podía ser sofocado tan fácilmente. Con cada movimiento, su ambición ardía más intensamente por salvarse de la tortura eterna, su mente tramando intrincadas telarañas de ataque y defensa. En cada jugada, se escuchaba un murmullo infernal que hacía eco en el tablero, una advertencia siniestra de que su avance era imparable.
    Sin embargo, el diabólico ser de los cuernos no mostraba ninguna clase de alteración con cada jugada que se dirige hacia su persona. De repente, un caballo negro a E4 hizo titubear al anciano.
    —Defensa lasker.—dijo—¿Supongo que conoces bien estos movimientos?
    —Es irrespetuoso de su parte que olvides quién soy y el poder que tengo. No me engañas anciano. Nadie lo ha hecho y tú no serás el primero.
    El viejo agachó la cabeza y quedó pensando un par de segundos. Tendría que ser más metódico en sus movimientos. “Estoy seguro de que puede leer mis pensamientos”, creyó depositando la mirada en el rostro de aquel ser tan sombrío “SI, si es eso, lee lo que pienso”.
Volvió a observar el tablero y continuo con un contundente ataque con el alfil. El diablo le devolvió la jugada tomando su pieza con la dama, la reina negra era dominante en el tablero e imponía su presencia fulgurante.
    El diablo continuó con su paciencia eterna y su visión panorámica del tablero, maniobraba como un general experimentado en el campo de batalla, tejiendo una red de movimientos destinados a atrapar a su astuto adversario. Pero el cansado anciano no se quedaba atrás y respondía, defendiendo su posición central como si estuviera jugando contra un profesional por algún torneo importante. Las piezas comenzaron a formarse en un frente de combate letal, donde la gruesa infantería de peones enfrentaba cara a cara a la embestida de la dura caballería. Esto le permitió al anciano, gracias al muro imparable de piezas blancas formadas en el centro, atacar con letales caballos sobre una de las retaguardias de su adversario.
    El campo de batalla se tenía con la sangre de las leales piezas, de ambos bandos, que yacían capturadas por sus respectivos rivales. Era una batalla que parecía no tener tregua alguna, sin una luz clara de quién sería el eterno vencedor de esta contienda macabra. Cuando de repente la fuerte dama, del cansado anciano, dominó el campo central del combate, demostrándole al diablo que esta batalla le sería más difícil que la que tuvo con sus hermanos. De pronto parecía que las dos reinas tendrían un enfrentamiento digno, pero las tensiones entre ellas cedían a los movimientos de sus compañeros de batalla.
    Una imprecisión de las negras le hizo dudar al anciano, quizás esto significará que el gran dueño del inframundo de pronto no era tan poderoso como creía. De pronto un mar de seguridades inundó tan repentinamente, era la operación overlord puesta en acción en ese exacto momento. Este era su día D para acabar con una victoria absoluta. De pronto un alfil a F5 demostró el poderío de las piezas blancas.
    El diablo esperó, se tomó todo el tiempo del mundo para descifrar cuál era la trampa allí, pues no podría caer tan fácilmente como si se tratase de un simple juego de principiantes. Observó directamente a los ojos del anciano y notó una seguridad absoluta en cada decisión tomada por su parte, podría sentir que el viejo pensaba que ya lo tenía todo ganado. Pero lo correcto es que no todo estaba perdido aún, quedaba jugadas que hacer, piezas a tomar y así fue. Continuó la batalla campal con una torre a C8, posteriormente un alfil blanco por caballo negro y luego la dama tomando lo que por ley era suyo, devorando al alfil enemigo sin piedad alguna.
    Con esta jugada las blancas siguieron presionando sin piedad alguna, era todo o nada. No se podría titubear otra vez, la temible caballería de húsares de blancas comenzaron amenazando a la que parecía ser una indefensa dama. Pero rápidamente logró encontrar un recurso defensivo que le quitara la presión.
    Lo cierto era que la batalla no daba tregua alguna, la pérdida de materia daba como superior, momentáneamente, a las blancas. Pero esto fue por un instante corto, el ejército invasor de las negras logro recuperar ánimos y encaminar sus tropas.
    Esto le permitió imponerse de una forma letal ante el anciano jugador, propiciando un movimiento que lo dejaría al borde del jaque mate final. Su torre estaba a segundos de hacerlo ganar la partida.
    Se tomó su tiempo para responder las amenazas de las piezas negras a su rey, esperó, los segundos se pasaron, los minutos se fueron más rápido aún. Pero esto no importaba para nada, se debería ser paciente, mostrar que se jugaba con profesionales. El anciano se llevó la mano hacia la barbilla y sonrió. Pero de una forma que logró perturbar al mismo diablo.
    —¿De qué se ríe? —dijo aquella bestia—¿No sabe usted que está a punto de lamentarlo por toda la eternidad? Admítalo está perdido, su condena llegará pronto.
    —No estoy del todo seguro de eso.—respondió llevando la mano hacia uno de sus peones.
    El diablo suspiró incrédulo por lo fácil que le fue liberarse de aquel ataque fulminante que iban a realizar las negras. Por ende no le queda otra que jugar algo casi de principiantes, con la finalidad de sorprender al rival, pero no funcionó para nada. Las cosas definitivamente se estaban dando vuelta en la batalla y tal parecía que al diablo se le terminaban los ases en la manga.
    En ese exacto momento las blancas cometen su ataque brillante, toman la torre amenazante con su propia dama, dejándola vulnerable por un simple peón. Pero esto no era lo que parecía, las cosas no siempre son tan fáciles como aparentan serlo. El viejo atrajo sutilmente al diablo a una trampa más que letal.
    Se quedó pensando un instante, ya que no entendía lo que había hecho el viejo, observó detenidamente las piezas. Y encontró su final.
    Furioso se levantó de la silla tirando el tablero contra el piso.
    —Maldito viejo, como pudiste burlarte de mí de esa forma.—exclamó el diablo.
    —No hice más que jugar de la forma que tú querías.
    —Eres un viejo tramposo.
    —Solo jugué a lo que sé y nada más.—dijo inclinándose en su asiento— Cometiste errores que me hicieron creer que podías leer mis movimientos. Pero al final no eres más que un mal perdedor.
    Lo cierto es que si el diablo tomaba esa dama, perdería agónicamente. Porque la letal caballería blanca estaba esperando su turno para realizar una contraofensiva que le costaría la derrota, luego de coronar un peón como dama daría el jaque final.
    En ese exacto momento tomó al anciano por el cuello de su camisa y lo levantó de su silla tan fácilmente como si se tratase de un simple saco de verduras.
    —Me has engañado anciano.—vociferó de tal forma que logro retumbar en todo el salón.
    —Hice lo que querías.—respondió el viejo impotente frente a esa presencia.— Jugamos y perdiste. Ahora cumple lo que prometiste y vete y déjame solo.
    —JAJAJAJA.
    Cada risa era peor que la anterior y en un momento las mismas se transformaron en un gruñido extraño. Sus manos se aflojaron lentamente, dejando caer al viejo sobre su silla, de a poco logró enderezarse nuevamente. Su mirada fija en el diablo, cuya forma empezaba a distorsionarse de un humanoide, a la de un ser con mandíbulas y dientes puntiagudos. La realidad misma se retorcía a su alrededor y un aura oscura emanaba de su figura, llenando el ambiente con un frío que parecía penetrar hasta los huesos desgastados del anciano.
Mientras el mismo luchaba por mantener la compostura, una sonrisa siniestra se curvó en los labios del diablo.
    —Has demostrado ser más astuto de lo que esperaba, humano.—susurró pareciendo venir de las profundidades de un abismo.—Pero no pienses ni por un momento que esto ha terminado.
    Se arregló el traje, se ajustó la corbata y se acercó lentamente al anciano.
    —Cumpliré lo que prometí
    Esta última frase alegró por fin al cansado hombre.
    —Vivirás.—pronunció el maldito ser.—Vivirás muchos años más, vivirás hasta que el tiempo se haga uno con la misma eternidad. Te haré vivir para siempre, ese será tu castigo.
    —¿Que?—pronunció el viejo.—NO, NO ESPERA UN MOMENTO.
    Un aire denso y opresivo llenaba el espacio, oscureciendo los rincones y enturbiando los pensamientos del anciano. Un sudor frío recorría su espalda mientras luchaba por encontrar la fortaleza necesaria para enfrentar la presencia demoníaca frente a él.
    El tablero de ajedrez yacía deshecho en el suelo, las piezas esparcidas en un caos simbólico que reflejaba el enfrentamiento. El anciano se obligó a respirar profundamente, tratando de calmar su corazón palpitante y su mente acelerada. Sabía que el diablo no se rendiría fácilmente, que su derrota en el juego de ajedrez no marcaría el fin de su influencia sobre este mundo.
    —Pagarás tu insolencia y cuando te canses de la propia existencia. Volveré por ti.
    Con un estallido de sombras, el diablo desapareció, dejando solo un rastro de humo oscuro y un olor a azufre que colmaba el aire. El anciano se quedó solo en la habitación, envuelto en un silencio inquietante, consciente de que había perdido la batalla.
    Se dejó caer lentamente sobre el suelo, su cuerpo temblaba con una mezcla de miedo y resignación. El eco de las palabras del diablo resonaba en su mente, recordándole su terrible destino. A medida que el silencio se asentaba en la habitación, su corazón pesaba con la carga de un futuro interminable, una existencia sin fin que se extendía ante él como un precipicio sin esperanza. Con un último esfuerzo, se arrastró hacia su silla, su mano temblorosa alcanzó el bastón apoyado junto a ella. Se puso de pie con dificultad, sosteniéndose como pudo, no le restaba más que una eternidad para esperar. Sus ojos cansados se dejaron posar por fin, en aquel cuadro del gran dragón rojo.


G.Zaballa


    Este relato plasma mi gran admiración por el juego ciencia, por esto no puedo dejar de mezclarlo con otra de mis pasiones, la escritura. Este relato va dedicado a todos aquellos que alguna vez incursionamos en el increíble universo del ajedrez.
    La partida que es reflejada en la misma, es tomado de una match real de 1909 entre Frank Marshall, que por aquel entonces era el número uno de Estados Unidos. Contra un joven Jose Raul Capablanca de tan solo 21 años que comenzaba a hacer historia. “Los inmortales no son invencibles”


FEN

6k1/p4ppp/PQb5/3pNq2/5P2/2P1P3/6PP/R5K1 b - - 0 25


PGN


[Event "Match"]

[Site "New York (USA)"]

[Date "1909.??.??"]

[Round "?"]

[White "Frank Marshall"]

[Black "Jose Raul Capablanca"]

[Result "1-0"]


1. d4 d5 2. c4 e6 3. Nc3 Nf6 4. Bg5 Be7 5. e3 Ne4 6. Bxe7 Qxe7 7. Bd3 Nxc3 8.bxc3 Nd7 9. Nf3 O-O 10. cxd5 exd5 11. Qb3 Nf6 12. a4 c5 13. Qa3 b6 14. a5 Bb7 15. O-O Qc7 16. Rfb1 Nd7 17. Bf5 Rfc8 18. Bxd7 Qxd7 19. a6 Bc6 20. dxc5 bxc5 21.Qxc5 Rab8 22. Rxb8 Rxb8 23. Ne5 Qf5 24. f4 Rb6 25. Qxb6 1-0



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