Relato XIV - El Culto a Gotk
(Imagen hecha a través de inteligencia artificial, Leonardo IA)
Eran ya la tarde aproximadamente pasada la una, cuando los Gómez llegaron a la casa de verano, no hacía mucho que se habían bajado del coche a estirar las piernas y ya se sentían renovados por el aire de la campaña, parecía salido de un mundo distinto al que venían siempre acostumbrado. Los pinos desprendían ese aroma casi terapéutico que se podía disfrutar desde lo lejos, mientras que el viento daba pequeños resoplidos que aliviaba la tensión por el ajetreo y bullicio de la ciudad. Estaban seguros de que al volver de este lugar, luego de estas vacaciones que esperaban tener, se encontrarán completamente recargadas. Era un día agradable en la finca y el viaje no les fue de menor inconveniente, la ruta estaba tranquila como de costumbre para esos lares.
Los pocos vehículos hicieron el viaje notoriamente más rápido de lo normal. Y esto se agradece para el alivio de ambos. Carlos y Juan, padres e hijos quienes estaban listos para pasar los mejores días de sus vidas juntos. La casa era un viejo rancho datado de mitad del siglo XIX que poseía excelentes condiciones a pesar de ser ocupada solamente una vez al año, era una herencia de familia que iban pasando de generación en generación, a la cual la transformaron en la casa de vacaciones que todos los veranos. Se había vuelto una tradición difícil de romper y de recusar para cualquier miembro.
A Carlos le traía tantos buenos recuerdos de jugar en los pinos aledaños con sus hermanos y primos, un bosque que fue cuidadosamente plantado por su trata abuelo luego de venir de Europa y rodeaba la casa con su forma peculiar de media luna, dejando al descubierto solamente un camino que los traía de regreso a la ruta. Sin vecinos, a la redonda que pueda molestar se transformaba en el lugar perfecto para descansar de toda la tensión que uno podría traer.
- Porque no subes las maletas a tu cuarto, mientras guardo el auto en la cochera- Le dijo el padre a su pequeño hijo de 9 años.
- Está en la segunda planta, lo vas a ver enseguida al terminar la escalera. La de la puerta roja.
- Si papa enseguida lo hago.
Carlos de 45 años, un flacucho y alto sujeto, pelo gris y gafas color azul. Tenía una apariencia casi fantasmal debido a su tono de piel pálido, parecía ser alguien que no salía demasiado de su cueva de escritor. Trabajaba como columnista de una revista para hombres algo conocida, haciendo reportajes del mundo de las finanzas y la política, mientras que en su tiempo libre solía escribir novelas de corte policial. Era algo reconocido, tanto que le permitía casi pagar algunas de sus cuentas con lo que ganaba. Desde que había fallecido su esposa de cáncer, decidió pasar más tiempo con su pequeño y único hijo, permitiendo nuevamente comenzar a disfrutar la vida y dejar de lado su principal afición. Ya que su hijo Juan lo necesitaba más que nunca, había pasado momentos demasiado complicados con la muerte de su madre, tanto que de a poco se volvió un niño demasiado callado y solitario. Entre terapias costosas y cambios de escuela, no hubo forma de lograr que Juan volviera a ser un niño alegre e introvertido.
Así que su padre tomó la decisión de acortar su actividad laboral para dedicarle el tiempo correspondiente a su único hijo. Y la tradición de volver a la vieja casa familiar fue una excelente oportunidad para unirlos nuevamente en un lazo inquebrantable. Al principio costó que el pequeño tuviera la motivación suficiente para aceptar la propuesta de pasar unos días fuera de casa.
Pero Carlos logró convencerlo, después de todo, quién sabe, tal vez lograría mejorar su situación. Al llegar a su habitación lo primero que hizo fue sacar de su valija la foto de su madre y colocarla en la mesa de luz cercana a su cama. No se despegaba de esa foto, donde estaban los dos juntos sonriendo como solía ser todo entre ambos. Luego, como era de costumbre, los siguientes en salir de la valija eran sus juguetes, algunos muñecos de acción y pequeños autos que le eran preferidos a la hora de divertirse un rato. Y por último su ropa, la que había empacado para esas vacaciones.
Al terminar dejó el bolso hacia un lado y se acostó mirando hacia la ventana que daba al bosque de pinos, maravillado por la espesa cantidad que lo rodeaban y la calma que transmitía todo aquello. Lo observó por largos minutos hasta quedarse exhausto, el cansancio del viaje le había provocado una somnolencia que lo llevó a dormirse del todo. Cerró lentamente los ojos y se sumergió poco a poco en un mar de pensamientos, de ideas confusas para el pequeño. Sentía como la casa le traía una calidez algo familiar, un calor que le recordaba a su madre, él estaba seguro de que hasta podía recordar su dulce voz sonando en todo aquel mar de ideas. Sabía que era ella, estaba segura de sí. De pronto le vino la imagen de estar rodeado por los altos pinos, donde poco de la luz del sol lograba atravesar las espesas copas. Se sintió flotando por el pasto seco, sentía de a poco como entre sus dedos se entrelazan las ramas del piso. Dio sus primeros pasos en un piso tan acolchado y agradable que le invito a caminar entre los árboles de aquel gran bosque.
A la lejanía se movía una sombra junto a cada paso que daba, no lograba diferenciar correctamente que era o quién. Pero estaba seguro de que le era familiar. Sí, familiar y agradable, por lo que decidió ir detrás de lo que fuera. Camino y esa misteriosa sombra también lo hacía, alejándose aún más del pequeño niño. Siguió caminando una y otra vez más, paso tras paso, intentando llegar, por varios minutos. De pronto logro diferenciar, era una figura de una mujer de largo cabellos negros que se movían con la brisa del viento.
- ¿Mamá? – Mencionó con un gesto de felicidad de su rostro – ¿Mamá eres tú?
Siguió caminando, pero esta vez estaba seguro de que era ella, así que decidió apurar el paso, una vez más sintió como el piso le era tan acolchado y agradable. Decidido reunir las fuerzas suficientes en sus pequeñas piernas y correr detrás de ella. Pero cuanto más corría, más sentía que sus pies se iban hundiendo en el suave suelo del bosque. Primero hasta los tobillos, luego hasta las rodillas, así que comenzó a desalentarse por no llegar a ella, en el momento tomó la decisión de arrastrarse sobre el blando suelo usando sus brazos como palanca. Pero su suavidad no dejaba de tragarlo tan inmediatamente con sus intentos. Primero el estómago y ahora hasta el pecho.
Ya no salía del lugar aunque hiciera toda la fuerza que pudiera, a pesar de todo el suelo lo estaba tragando por completo como si se tratase de arenas movedizas de aquellas que había visto varias veces en los dibujos animados o las viejas películas de acción que veía con su padre. Pero la sombra seguía huyendo de él y no lograba alcanzarla. -Mamaaaa no te vayas por favor. Sin obtener respuesta alguna de aquella sombra, a pesar de que tuviese firmes convicciones de que era su madre fallecida. De pronto comenzó a rendirse, no saldría nunca de ese agujero, decidido dejarlo todo a su destino.
- ¡Juan! ¿Eres tú? – dijo esa tenue voz que se perdía en un eco disolviéndose en la intensidad del mismo bosque.
Al escuchar casi inconfundible logró obtener fuerzas e intentar salir de su situación, pero ya le era imposible. Estaba casi completamente tragado y de a poco comenzaba a dificultarle la respiración. Le apretaba el pecho una masa gigantesca, se hallaba enterrado vivo por quién sabe lo que. El bosque de pinos se sentía vivo, que no debía de estar ahí, que no era bienvenido. Ya no le quedaba más aire en los pequeños pulmones, la vida se le iba de las manos al pequeño Juan. No lograba distinguir nada, todo a su alrededor se volvió oscuro, pero desde lo más lejano comenzó a escuchar algo. Algo otra vez inconfundible para el pequeño.
- Juan, Juan, Juan, Juan – Una y otra vez algo lo llamaba, pero esta vez era diferente, diferente a la voz de su madre.
- ¡JUAN! - VAMOS JUAN - ¡JUAAANNN! - Vamos Juan, que te hice algo de comer. Vamos baja que te estoy llamando. - Era inconfundible, era la voz de su padre.
De repente da un salto y vuelve a la realidad, mira a su alrededor dándose cuenta de que estaba soñando, era una especie de pesadilla muy extraña. Pero muy diferente a los demás que había tenido, un sueño que poseía algo más de realidad, tal vez el bosque le estaba mandando algún mensaje o quizás era su madre. No, imposible de confundir, seguro que era la voz de su madre que escuchaba una y otra vez. No podía ser, se sentía tan real. Tomó unos minutos recomponerse de lo que había pasado, volvió de a poco a la realidad.
-Vamos, baja de una vez que se te enfría el chocolate.
-Sí, si papa ya voy.-Recompuso sus ideas y decidió bajar.
Juan se levantó de la cama y se dirigió a la puerta de su habitación. Al abrir, su padre lo estaba esperando con una sonrisa en el rostro y una taza de chocolate caliente en la mano.
- ¿Qué tal dormiste, hijo?
- Bien, papá. - Respondió Juan mientras tomaba la taza de chocolate caliente
- Tuve un sueño muy extraño en el que estaba en un bosque y me hundí en el suelo.
- ¡Qué sueño más raro! - Dijo su padre sorprendido - Pero lo importante es que ya estás despierto y listo para disfrutar del día. Quiero llevarte a conocer los alrededores de la casa, ¿te parece?
- ¡Genial! - Exclamó Juan con entusiasmo mientras se apuraba a terminar su chocolate. Padre e hijo salieron a caminar a las afueras de la casa de verano.
Durante el camino, Juan no dejaba de pensar en su extraño sueño y en la misteriosa sombra que lo había llevado a perderse en el bosque. Aunque no podía sacarlo de su mente, decidió disfrutar del día con su padre y olvidar todo lo que pasó en su sueño. Al fin y al cabo, era solo un sueño, ¿verdad? O era eso que creía.
A unos 20 minutos de la gran casa existía un pueblo donde solían ir para reabastecerse con víveres para el resto de los días. La familia Gomez era conocida desde hace mucho, pero siempre existió un velo de misterio debido a las historias que se relataban de la vieja finca. Se contaba muchas cosas del misterioso terreno, rumores que llevaban existiendo mucho antes de la fundación de dicho pueblo o de la misma casa. Se contaba que desde la época de la banda oriental esta zona era ocupada por tribus de indígenas que hicieron de los montes de alrededor su hogar místico, escapando de quienes los veían nada más como salvajes, “animales que debían de ser socializados a la fuerza” según contaban los lugareños. Así que se vieron afectados en conflictos con los nuevos ocupantes de las tierras, gente del sur que vieron la oportunidad de conseguir tierras rápidamente debido al nuevo reglamento que ofrecía el gobierno. Así que uno de los primeros destacamentos poblacionales en la zona fue el pequeño pueblo, esto rápidamente afectó la relación con los grupos indígenas, quienes en varias ocasiones resultaron en disputas armadas sangrientas.
Se perdieron decenas de vidas humanas por la ambición del hombre con poseer lo ajeno, llevando a que los grupos indígenas masacraran a decenas de campesinos mal preparados e incapaces de defenderse. No fue hasta la llegada de la familia Gómez al país, a quienes estaba dirigida Don Dario, un viejo terrateniente español acostumbrado a las milicias y al problema de los indígenas.
Don Dario decidió asentarse en la campaña cercana al pueblo para poder criar sus ganados, pero rápidamente sufrió embestidas constantes de los salvajes, quienes mataron y robaron mucho de lo que produce. Entonces, cansado de todas las masacres que sufrieron, Don Dario organizó a los otros pobladores consiguiendo armas propias de un ejército gracias a sus conexiones con la milicia y exterminó a todos los dueños originales de las tierras, en su ambición por más y más también decidieron ocupar todo lo que por ley natural era de los indígenas. Cientos de asentamientos fueron creados rápidamente sobre la sangre de muchos inocentes.
Pero se cuenta que a Don Darío y a los primeros Gomez que llegaron a ese lugar no les fue del todo tan bien. Su final fue más que trágico, los lugareños cuentan que comenzó a escuchar voces provenientes del bosque que lo atormentaron, siendo castigado por todos sus actos sangrientos. Descendiendo lentamente a la misma locura hasta el día que tuvo el suficiente coraje para quitarse su propia vida.
Todos en el pueblo sabían su horrible historia y tenían claro que aquellas tierras no les pertenecían y nunca les pertenecieron. Así que la gente se fue quedando, algunos pocos que no poseían recursos para una mejor vida. Desolado, restaban algunas tiendas y paradores, tenía los días contados para su inevitable desaparición.
Carlos, al día siguiente de haber llegado noto que le hacían falta algunos suministros, principalmente para arreglar algunas partes de la casa que se encontraban muy deterioradas por la humedad de estar tanto tiempo sin habitantes.
Decidió en las primeras horas de la mañana, para no despertar a su hijo, ir al pueblo para comprar algunos tablones y otras cosas. Así, ponerse a arreglar lo que pudiera, tomó el auto y antes que saliera el sol del todo emprendió el viaje de 20 minutos hacia el pueblo. Extrañamente, entre la distancia de la casa y la localidad, no existía ningún otro rastro de civilización. Todos los viejos vecinos que conocía desde su infancia habían huido de la zona. Esto provocaba una soledad absoluta de estar prácticamente en el fin del mundo, donde nadie los molestaría jamás.
Al llegar a la primera tienda, muy deteriorada con los años. Grandes puertas que indican que uno estaba viajando rápidamente a una época que no era la suya. Ventanales típicos de fines del XIX y principios de XX, madera rústica que iba perdurando los embates del tiempo sin mayor dificultad. Ingresó por una de las puertas principales y sintió como todo el piso crujía abruptamente, parecía que en cualquier momento el piso iría a ceder.
Tocó una campana y sonó con un latoso martilleo, pero nadie contestó. Volvió a hacerlo una y otra vez. Sin recibir respuesta alguna. Así que decidió volver y buscar algún otro local. Pero no fue hasta llegar a la puerta principal que escuchó proveniente del fondo del local que se acercaba dificultosamente dando la imagen de un ser muy anciano. Carlos se dio vuelta y observó que era de unos 60 o 70 años, barbón caminando con la ayuda de un bastón.
- ¿En qué puedo ayudarle? - Preguntó el cansado señor.
- Buenos días, ando buscando algunos materiales de construcción. Tablas y clavos. Para arreglar el techo de una vieja casa.
- Si tengo algo de eso en el fondo, tal vez te sirva. ¿De dónde viene usted?
- Pregunto ya que no era para nada normal ver forasteros por esa zona.
- Estoy de vacaciones por aquí cerca. En la vieja casa de la familia, seguro usted la conocerá, la casa de los Gomez. - Respondió Carlos.
- Aaaaaa si, si. Ya entiendo usted es uno de los Gomez, como pasan los años.
- Si Carlos Gomez, seguro conoció a mi padre y mi abuelo.
- Sí, por supuesto, acá en este pueblucho todos conocemos a todos. - Dijo el anciano.
- Carlos Gomes. Siii si un pequeño alegre. Si lo recuerdo y ahora todo un hombre, qué rápido pasan los años.
- Si soy el pequeño que solía venir con mi padre. - Respondió a la vez que esbozaba una liviana sonrisa.
- Claro, sí, yo lo recuerdo todo. Vino a pasar las vacaciones en la vieja casa. Hace tiempo que no voy a esos lugares. Son un poco peligrosos para un viejo como yo.
- ¿Por qué lo dice? - Preguntó Carlos sin entender a lo que se refería.
- Si esas rutas se han llevado a unos cuantos, principalmente la que cruza por la casa de su familia. Eso tiene mucho que contar.
- Que raro no sabía de nada de eso. ¿A qué se refiere? - Es que viste como es la cosa, parece que la maldición de los indios que vivían por aquí, hace mucho, sigue más fuerte que nunca.
- Aaaaa, pero no se crea, esos cuentos son para asustar niños. Yo en la vida he visto nada raro.
- Si si, pero no todos son capaces de ver. Su padre me contaba que en la casa pasaban cosas raras. Y uno de viejo siempre lo termina de asociar a las viejas historias.
- Bueno, no se crea en esa casa, no pasa nada más que aburrimiento.
Carlos terminó la historia en ese momento, le pagó al hombre y se dirigió a la parte de atrás de la tienda por los materiales, cargó todo y decidió emprender el camino de nuevo a la casa. Pero esta vez con una sensación de que no todo lo que decía el señor fuese de alguna forma una “mentira” algo real. De pronto, como si se tratase de una llave abriendo un baúl enorme de recuerdos, comenzó a creer que algo más tenía que decir esa vieja casa. Puede que se haya sugestionado o puede que si pasara algo. Mientras iba sobre la ruta recordó un montón de momentos extraños, vividos que le traía a colación en ese exacto momento. Se perdió en las memorias extrañas de su niñez, tanto que le costaba prestarle la debida atención a la ruta, siguió preguntando a su yo más interno.
Era demasiado confuso. De pronto, sobre una de las curvas que daba a la entrada de la casa, vio como un pequeño ser negro abultado y peludo se iba hacia el medio de la calle. Carlos pegó un leve volantazo que le hizo perder el control y salirse de la ruta, atravesó un par de metros a campo abierto, destrozando todo lo que se le interponía en el camino. Intentó frenar, pero el auto derrapó demasiado en el espeso pastizal hasta darse contra uno de los árboles.
Provocándole una conmoción, se había golpeado fuertemente contra el volante perdiendo el conocimiento. Todo se había esfumado de su mente, se había sumergido en una oscuridad absoluta que de a poco le iba volviendo a la realidad o alguna clase de realidad. No se encontraba más en el auto, estaba en una especie de campo sin nada alrededor que le supusiera una guía para identificar a donde estaba. No veía nada a su alrededor salvo el gran bosque de pinos, así que decidió caminar hacia él. Entendía que después del bosque estaba la casa, podría ir por el auto más tarde, era eso que creía. Emprendió la marcha tomándose de la cabeza con las manos, sentía que ese mundo le daba vueltas aún. Todo le era extraño, algo sentía que había cambiado en ese campo.
Una sensación en la que algo extraño le perseguía. Su percepción de la realidad se había deteriorado con el golpe, por lo que entendía cuál sería el motivo. Siguió caminando por un par de minutos hasta llegar a escasos metros del bosque, llevándose el susto de su vida. Ahí estaba parado aquello, un ser humanoide cubierto por una tela negra que solo dejaba al descubierto sus brazos grises con garras, poseía sobre su cabeza un cráneo de ciervo. Carlos estaba seguro de que aquel ser no era de este mundo, esa profunda y oscura mirada le transmitía una incomodidad, mientras exhalaba por las fosas de aquel cráneo un espeso vapor. Pero lo que más le sorprendió era los largos cuernos que se extendían como raíces, le daban la impresión que aquella criatura debería de tener más de dos metros. Aquella cosa se quedó ahí, tieso disfrutando del momento y a Carlos no le gustaba nada, le aterraba, esa era la sensación que transmite aquella bestia.
- ¿Quién eres tú? - Dijo con mayor asombro esperando alguna reacción. - Vamos, no respondes.
Se curvó para tomar una roca que sobresalía en el suelo y cuando volvió la mirada al animal, lo tenía cara a pocos centímetros de su rostro. El vapor que exhalaba, lo podía sentir, era azufre puro.
Carlos sintió el absoluto vacío de aquellos enormes ojos negros, le inundo sensaciones como la rabia y la necesidad de venganza. Intentó ahuyentar aquella cosa levantando la roca con su mano, pero como respuesta recibió un grave sonido gutural, produciendo la acción de taparse los oídos.
Era insoportable aquellos, un taladro directo al cráneo que le ocasiona un dolor horrible. De pronto se despertó... Estaba sentado en el auto, se había desmayado, abrió la puerta lentamente y observó a su alrededor.
Su auto había chocado muy fuerte contra uno de los grandes pinos y estaba completamente destrozado. Se llevó una de las manos hacia la frente y sintió como algo tibio le corría por el rostro, tenía un corte, lo apretó fuertemente y se dirigió a la casa caminando. Lo que había presenciado anteriormente era un maldito sueño, pero tan real.
Eran sobre las ocho de la mañana y el pequeño de 9 años recién comenzaba a despegar sus párpados, un silencio absoluto gobernaba la gran casa. Salvo el canto de los pájaros que entraba sutilmente por la ventana. Dio varias vueltas sobre la cama, queriendo seguir en su dulce letargo, estirando sus brazos suavemente y despertando de a poco. Recordaba que un día antes, su padre le había dicho que iba a salir temprano a comprar algunas cosas, así que en la mesa de la cocina le dejaría casi pronto su desayuno. Nada más era cuestión de calentar la leche por cuenta propia.
Se sentó en el borde de la cama a pensar que hacer posteriormente, luego con una suma lentitud se fue vistiendo de a poco. Ordenó su cama y algunos de los juguetes que utilizará hoy, tenía la firme convicción de ir al bosque a explorar antes.
El miedo se le había ido de a poco en los últimos días a pesar del sueño que tuvo al cabo de llegar. Descendió por la escalera y fue directo a la cocina, preparó su leche con chocolate y se la bebió junto con cereales. Estaba listo para divertirse un buen rato ahora con las baterías cargadas.
Noto que su padre aún no había vuelto del pueblo, así que le quedaba buen tiempo de diversión, miró por uno de los ventanales hacia el cielo inspeccionando el clima. Así podría decidir con mayor propiedad si debería de abrigarse o no, puesto que era de enfermarse muy fácil y eso para nada sería buen justo en vacaciones. Se puso sus botas y salió hacia afuera, estaba agradable, algo gris y ventoso, pero nada que le pudiera afectar en algún momento o que de repente se viniera una tormenta. Alrededor de la casa la delimita una cerca típica de la campaña, un alambrado que solamente impedía el ingreso de animales de porte grande y luego de eso estaba el gran bosque de pinos.
Tan espeso que la luz le costaba atravesar las grandes copas, esto le daba una imagen más oscura y misteriosa. Acorde con todas las historias que tenía el lugar, claro está. Camino por unos cuantos minutos, observando las grandes copas y los diferentes animales que se posaban en ellas. Una fauna que nunca sus ojos sabrían reconocer, pues en su vida hubiese visto y eso le asombraba. Juan lo consideraba como su parque de diversiones personal, donde podía caminar de aquí para allá o correr por medio de dicha flora haciendo lo que quisiese.
Un lugar perfecto para un pequeño niño aventurero. Y así se fueron treinta minutos, una hora, dos y seguía tan ilusionado como si lo fuese a ver por primera vez. Poco observaba hacia abajo, vislumbrado con todas las cosas que alcanzaba a observar, se tropezó a cada dos por tres. Se sacudía la ropa y seguía. De repente, en una de esas caminatas, sin prestarle atención a donde metía el pie, una rama le hizo rodar por una pendiente unos cuantos metros, dando con un agujero de tal vez un metro y medio de profundidad. Se levantó adolorido, pues había caído con todo su peso sobre la espalda baja y esto le estaba provocando un dolor insoportable. Se sentó por un par de minutos presionando la lumbar a la vez que hacía muecas en su rostro, sentía que el golpe había sido algo fuerte, pero estaba seguro de que no tanto como para romperse algo.
Ese tiempo de espera rápidamente se transformó en largos minutos con la intención de que se fuera el dolor, se levantó sacudiéndose los pantalones. Eh intento ver alguna forma eficaz de salir de ese lugar, estaba absolutamente atrapado. Metiendo sus pequeñas manos en la tierra tomando algunas raíces, de a poco hacía una fuerza que no tenía para subir ese paredón que para él le suponía un reto, no era mucho, pero para un niño pequeño. Juan nunca había destacado demasiado con los niños de su edad, era el más pequeño de todos sus amigos. Sin lograr nada que fatigarse, decidió sentarse y descansar un rato más.
Debía de guardar energías para otros intentos, así que se puso a escuchar su entorno, puede que su padre estuviera cerca. Y de esa forma se fueron pasando los minutos y nada, nada de escuchar ningún sonido que le fuese familiar.
-PAPA ESTOY AQUÍ - Intento gritar a ver si lo oía.
-AYUDA ME EH CAÍDO A UN POZO.
Sin obtener respuesta alguna ni de su padre ni de nadie, estaba absolutamente solo en ese bosque casi eterno. No había pasado mucho desde su intento frustrado para que alguien lo escuchara, que de pronto comenzó a escuchar pasos que retumbaban contra la firme tierra, algunas ramas rompiéndose le sugerían que alguien se acercaba a él. Se puso atento, si no era su padre, tal vez podría ser algún animal salvaje, debía de tener cautela en todo caso.
Sin obtener respuesta alguna ni de su padre ni de nadie, estaba absolutamente solo en ese bosque casi eterno. No había pasado mucho desde su intento frustrado para que alguien lo escuchara, que de pronto comenzó a escuchar pasos que retumbaban contra la firme tierra, algunas ramas rompiéndose le sugerían que alguien se acercaba a él. Se puso atento, si no era su padre, tal vez podría ser algún animal salvaje, debía de tener cautela en todo caso.
En cierto momento de su infancia había escuchado historias de pumas, gatos salvajes del tamaño de un gran danés y extremadamente peligrosos que no quería encontrarse y más en sus condiciones. Pero creía que eran puro cuento para asustar a niños como él, puesto que en la escuela en la que concurría estaba seguro de haber escuchado de la maestra, que esos animales habían sido prácticamente extintos en el país para esos años.
Tenía la absoluta seguridad de eso. Pero para su felicidad, lo que escuchaba como pasos misteriosos se habían entremezclado con el viento que soplaba entre los grandes árboles. Estaba aliviado de que lo que fuese se hubiera alejado de él.
De repente, una pequeña figura se acercó al borde que daba hacia el pozo, un pequeño ser oscuro con grandes y profundos ojos amarillos, casi tan hipnotizantes como la luna de sus sueños. Era un puma, un gran puma en miniatura, así lo veía Juan. Pero por supuesto no era más que un gato que le había llamado la curiosidad de encontrar a un niño incapaz de escapar de ese lugar.
El pequeño ser al clavar la mirada al niño maúlla de una forma amigable mostrándole que venía en son de paz. Al maravillarse con tan esplendor intenta nuevamente salir de su trampa, toma energía de donde sea y se impulsa con sus pequeñas piernas enganchando en una de las ramas de la pared. Esto les permitió a rastras, poder salir de ese lugar. Se desempolvó aliviado de estar fuera y tomó al gato con sus manos mirándolo directamente a los ojos.
-Gracias, pequeño amigo. Te debo una.
Estaba claro que el animal no había hecho nada, pero sí que le había dado el impulso que faltaba para salir de ahí.
Juan estaba en la cocina con un paño intentando quitarse la sangre de la cara antes que llegara su hijo y lo viera de esa forma. No quería que de alguna forma se preocupara por él luego de lo que le pasó su madre. Era evidente que un niño a esa edad tendría traumas de perder a su progenitora, así que siempre buscaba formas de no preocuparse en lo más mínimo. Siempre decía que su único deber al cual se debía de preocupar era nada más con la escuela, pues Carlos cuidaría de la forma que fuese a su pequeño hijo.
Aún rondaba por su cabeza la imagen de aquel ser y se debatía internamente la veracidad de todo. No estaba tan seguro de que fuese un sueño, para él había sido algo más que eso, tan real como el golpe en su cabeza. Aquella cosa con cráneo de ciervo, vestido de negro, era realmente asustadora y no se la podía sacar de la cabeza de ninguna forma.
Aunque fuese asustado a su vez le era familiar, estaba seguro de que de algún lado de su memoria ya se había encontrado anteriormente con ese ser. Con esa extraña cosa. Sabía que en lo más interno de su ser las cosas no eran como él creía o recordaba de su infancia, además de su familia. Algo más se le despertó en su interior, quizás una llave de su subconsciente, una imagen que despertara un recuerdo reprimido en lo más profundo de su interior. No estaba seguro aún, pero creía que su familia tenía algo más que ver con aquel bosque, algo más oscuro que quizás descubrirlo lo llevaría a revelar su verdadera naturaleza. La naturaleza de su herencia, el legado que de alguna forma se lo proporcionaron sus descendientes fundadores de estas tierras.
De pronto escuchó que alguien entraba por la puerta delantera de la casa, así que terminó de limpiarse y se dirigió hacia la sala a ver quién era.
- Papa llegué. No sabes lo que me paso.
- Juan, donde estabas.
- ¿Qué te pasó? - Preguntó el pequeño luego de sorprenderse con el aspecto de su padre.
- Ah, no nada, tuve un pequeño desperfecto con el auto. Pero no pasó nada, no te preocupes. Mañana lo llevaré al pueblo a que lo reparen, así podremos irnos de aquí lo más antes posible.
- Bueno. Pero mira que me encontré en el bosque, a este pequeño, ¿Nos lo podemos quedar? Siiii. - Dijo mientras con sus pequeñas manos le mostraba al gato negro.
- De dónde salió este. A ver. ¿Tiene nombre o algo? - Menciona a la vez que da vuelta el collar que tenía en su cuello - Debe tener familia, no nos podemos quedar.
- Se llama Gotk, o eso es lo que dice en el collar.
- Ah, mira, que raro nombre para un gato.
- Sí, pero es adorable y estoy seguro de que estaba perdido en el bosque, eso estoy seguro papa.
- Bueno, si nadie reclama por la mañana cuando vaya a la tienda, pues te lo quedas.
- Gracias, eres el mejor. - Dijo el pequeño ruborizado por tener un nuevo y peludo amigo.
Su padre rara vez le permitía tener mascotas, siempre y cuando no ocuparan demasiado espacio o fuese demasiado molestos para cuidarlo. Lo más grande que llegó alguna vez Juan a tener fue un loro que misteriosamente se escapó y luego de eso las mascotas no volvieron a destacar en su vida. Ya sea por interés o por miedo a perder otro miembro de la familia, le era suficiente con tener algunos juguetes y libros.
Pero el gato tenía algo más que al pequeño, le llamaba en especial la atención, el animal tenía un pelaje tan oscuro y brillante que parecía lustrado por alguna clase de pasta para zapatos. Con ojos grandes y brillantes que hipnotizan a cualquiera que lo mirara. - Venga pequeño, te voy a dar algo de comer. Lo dejo en el piso mientras ojeaba en la nevera, si por acaso quedaba algo más de leche para darle, seguro debía de estar hambriento.
Colocó la llave del auto en el encendido y lo presionó deseando que encendiera al primer intento. Pero nada pasó. Volvió a hacerlo dos o quizás tres veces hasta lograr poner el motor en movimiento. “Dios” fue lo único que a Carlos se le ocurrió en ese momento y continuó con un “gracias”. Desde el momento del accidente, lo había dejado donde estaba y esperaba con ayuda de cualquier ente divino que volviera a funcionar para poder llevarlo hacia un mecánico en el pueblo. Logró enfilar a la ruta, seriamente abollado en la delantera, era evidente que había dañado el radiador. Un humo gris indicaba la quema de aceite junto a la mezcla de combustible, así que le era de urgencia llegar a algún lado con ese vehículo. Si quería, claro está, salir de ese lugar extraño. Pocas veces en la vida había sentido una sensación abrumante como estar en ese “bendito” lugar.
Al cabo de unos minutos en la ruta, logró llegar por fin al pueblo. Cruzó las primeras calles y se dirigió directo al puesto donde sabía que iba a encontrar un mecánico a esas horas de la mañana. Se bajó del auto y no logró localizar a nadie, esperó algunos minutos hasta que vio una sombra que estaba adentro del local y se dirigió hacia él.
- Hola. ¿Algún mecánico por aquí? - Dijo Carlos
- Si yo soy mecánico. ¿Qué le pasó al auto? Se llevó puesto a una vaca.
- Preguntó sin entender claramente lo que le había pasado a Carlos.
- No, pero casi, está perdiendo aceite. Solo quiero que me permita llegar a la ciudad grande nada más y no me importa cuanto salga solo hágalo.
- Pero esto le va a costar caro señor.
- Si, no importa solo quiero largarme de este lugar lo cuanto antes.
- Ok, ok. Va a llevar un par de horas. Si puede venir a buscarlo por la noche, le agradezco.
- ¿Por la noche? - Si está muy dañada y esto me va a costar todo el día, hoy nos tomó en un mal momento, estoy solo yo en el taller. Mi compañero está enfermo, así que va a demorar algo.
- Bueno, no me queda otra. ¿Sabe de algún lugar donde pueda desayunar?
- Si en la cafetería “El pasar” está sobre la ruta.
-Buena gracia, nos vemos más tarde entonces.
Frustrado se dio la vuelta y se dirigió nuevamente a la ruta, para completar su semana de mala suerte, el auto, la casa, los sueños, todo de alguna manera u otra le estaban jugando una mala pasada. Y a Carlos le molestaba no tener el control de su vida de forma correcta, era alguien que se molesta fácilmente y no le tenía nada de paciencia a la mala suerte. Siguió caminando hasta localizar a simple vista la tal cafetería que le había mencionado aquel sujeto, con un llamativo amarillo y una taza de café gigante en su frente, era imposible no saber de qué se trataba.
Varios camiones estacionados, algún que otro coche familiar de paseo, se deshicieron al parar. Al entrar por el recibidor el ambiente mágicamente se calla con su presencia, era ajeno a la socialización de ese pequeño pueblo y nadie en ese momento parecía estar agraciado con su presencia. Fue hasta el fondo del salón y se sentó en la mesa más aislada, a la vez que hacía muecas de disgusto con la imagen tan higiénica que tenía la misma.
Entre mares de migas de pan y un cenicero repleto de colillas de cigarro como centro de mesa, se frotaba fuertemente las manos por la tensión que le provocaba el lugar, hasta que la mesera
- Que vas a desear corazón. - Le dijo mientras tomaba la libreta para anotar.
- Si deme un café largo y unas tostadas, por favor.
- Bien, en unos minutos ya le traigo.
- Gracias. - Menciona gentilmente a la vez que sonríe.
Noto levemente que todos los del local lo observaban con desconfianza, pero Carlos no entendía por qué. Era raro que tantos notaran su presencia de tal forma, así que para no llamar la atención huía con la mirada hacia la ruta.
- Aquí le traje un café largo y unas tostadas como usted pidió.
- Gracias. - Puedo hacerle una pregunta. - Dijo la mesera.
- Claro.
- ¿Qué le trae por aquí a este lugar? - Menciona mientras se sienta en la mesa de Carlos.
- Estoy de vacaciones con mi hijo, a las afueras del pueblo.
- Ah, si qué bueno. - Sí, en la Casa Gomez.
- Mmmmm ahora entiendo.
- ¿Lo que entiende?
- De la forma en que lo miran los demás de esta tienda. Mire, yo soy nueva en el lugar, pero no me han contado buenas cosas de esa casa y mucho menos del bosque de pinos que la rodea.
- Pues también las desconozco y no soy de supersticiones, señorita.
- Ah sí. Bueno, supongo que son solo cuentos y nada más.
- Si eso son. ¿Pero podría usted decirme de qué se tratan?
- Con una curiosidad gradual intentando asociar lo que le pasaba con algo más.
- Es que me han contado algunas cosas y bueno también me han pasado otras en esa casa.
- Ah sí. ¿Qué le paso?
- Pues tuve un accidente con el coche y algunos sueños raros, casi tan reales como si hubieran pasado de verdad.
- Si, si se cuentan cosas extrañas. Se dice que algunos niños desaparecen extrañamente a cada tantos años en el pueblo. Creo que, a cada 23 años, no lo sé con exactitud.
- Pues nunca había escuchado nada de eso. Y eso que en mi infancia venía seguido a la casa.
- Creo que solamente pasa a los niños del pueblo.
Luego que haber masacrado a los indios, comenzaron a pasar cosas en su familia y en la tierra que los rodeaba. Perdieron todas sus riquezas, su esposa había muerto de una extraña enfermedad, al igual que uno de su hermano. Así que la historia dice que para que Don Darío corriera a los espíritus de los nativos de estas tierras definitivamente, tuvo que ofrecer a cambio algo más que sus riquezas a extraños dioses, se habla de la vida de 7 niños en ofrenda a los dioses de los nativos como forma de calmar la furia por ocupar lo que no era suyo.
Y bueno, a cada 23 años, 7 niños del pueblo desaparecen de forma misteriosa. Los lugareños de más edad comenzaron a echar a los Gomez del pueblo por miedo de todo el poder de ese bosque maldito.
- Esto si que no lo había escuchado nunca.
- Si la gente del pueblo es la única que habla de eso.
- Gracias por contarme.
- De nada. Además, creo que en la biblioteca del pueblo debe de haber algo sobre eso. Ahí guardan archivos de diarios de años, seguro debe de haber algo que te ayude a entender un poco más.
- Tienen biblioteca. - Expresó sorprendido de lo que había dicho.
- Claro, aquí somos pequeños, pero no ignorantes. A diferencia de lo que creen los pueblerinos.
- Genial, gracias por el dato, voy a ir a echar una ojeada.
- De nada corazón. - Dijo mientras se levantaba con una leve sonrisa.
Carlos se quedó hasta finalizar su café, pagó la cuenta y se marchó hacia la biblioteca. La mesera le había dicho que quedaba hacia el centro del pueblo, no tenía oportunidad de perderse, ya que a pocas cuadras de la ruta se deparaba con la plaza principal y al otro lado de la calle estaba la misma biblioteca. Se tomó un rato para entrar, era un día agradable, pero el pequeño pueblo estaba casi desierto, no se veía otra persona más que la gente que trabajaba en las tiendas aledañas y algún que otro vehículo transitando. Abrió el gran portal de vidrio y entró, la temperatura bajó de forma brusca, era casi tan antigua como la misma localidad.
Con una construcción sustentada con grandes pilares. Llegó a recepción y preguntó a la bibliotecaria donde podría localizar la hemeroteca, disimulo ser periodista y estar escribiendo un artículo histórico sobre el pueblo, con el fin de que le permitiera acceder a todo el material histórico más importante relacionado con el poblado. Si bien su interés radica en la información referente a la llegada de su familia y en la masacre indígena. Además de investigar los desaparecimientos masivos de niños desde entonces, tenía la convicción de aclarar algo de lo que le estaba pasando y de conocer el oscuro secreto que llevaba su apellido por esos páramos.
Debía de comenzar a partir de la década de los 50, sobre el siglo XIX, si bien su familia había llegado un poco antes, no fue hasta esos años que se radicaron por completo en donde hoy era la Casa Gómez. Al llegar a los grandes estantes repletos de cajas, le indico a la bibliotecaria que deseaba acceder a los archivos a partir de 1852 en adelante.
Ella no tuvo ningún inconveniente en dirigirlo hacia la zona de dichos archivos y lo dejó solo para que hiciera su trabajo. Comenzó abriendo algunas cajas y buscando en las primeras carpetas sin mucho éxito. La zona en esa época sufrió muchos ataques de las tribus indígenas aledañas, nada más encontraba información de robos de ganado y ataques de indios. Pero no fue hasta encontrar el primer indicio de la masacre, en uno de los artículos.
18 de agosto de 1852
En la tarde de hoy informamos que Don Dario Gomez, propietario de una finca a las afueras del pueblo, viajó hacia la capital departamental en busca de ayuda para solucionar el problema de los saqueos de los salvajes. Con el fin de ayudar a todo el pueblo en esta preocupante situación que todos estamos pasando. Era el primer indicio que Carlos necesitaba para llegar hasta el fondo del caso. 20 de agosto de 1852 Luego de estar ausente algunos días, llegan tropas del gobierno para acudir en ayuda a nuestra pequeña comunidad. Dirigidas por el Cap. del Reg. de C. N° 4, Don Rafael De Oriosola con un destacamento de 200 hombres para combatir ferozmente contra los salvajes.
Sabía que su tatarabuelo tenía suficientes influencias como para mover el propio ejército a acudir a sus negocios. Decidió saltarse algunos años buscando algún indicio del comienzo de las desapariciones, pero sin éxito no logró encontrar nada. Si bien luego del fin de los ataques de las tribus y de su exterminio total, el aumento del contrabando en la zona y la aparición de matreros dieron lugar a un aumento en la población local. El pueblo se volvió demasiado conflictivo, por lo que era difícil de encontrar algún artículo que no fuera de crímenes y desapariciones, pero algo en particular le llamó la atención un par de años después, en ese mismo lugar.
07 de julio de 1854
En la tarde de ayer se registraron la desaparición de 3 niños que jugaban aledaño a los campos de la Casa Gómez, estos se encontraban con una tía quien los controlaba que fue encontrada degollada a unos cuantos metros más del lugar que fueron vistos por última vez. La policía fue alertada y desde entonces busca, con la ayuda de algunos lugareños, algún indicio de la ubicación de los menores o de lo que hubiera sucedido con ellos. La información se ampliará en cuanto se sepa algo más.
Luego del conflicto con los indios, este era el único hecho importante que resaltaba al interés de Carlos, una misteriosa desaparición cerca de la finca le daba el indicio que necesitaba.
19 de agosto de 1854
Segunda desaparición en las últimas semanas, una niña fue vista por última vez a dos cuadras de la plaza principal de nuestra localidad. Ella se encontraba con otros niños jugando en la vereda. Uno de los testigos dice haber visto a una figura oscura con cabeza de ciervo. Se agradece cualquier información con respecto al tema.
27 de agosto de 1854
En la noche de ayer, informaron padres de la localidad que tres niños de diferentes familias desaparecieron de sus respectivas casas sin dejar rastro alguno. Por el momento, la policía informa que no han logrado tener algún indicio sobre las desapariciones dadas en el último mes.
Siete niños, este era el indicio que le había dado la camarera y todos en circunstancias muy extrañas. De aquí debía de buscar cada 23 años si esto volvía a pasar. Y así fue, cada 23 malditos años niños en diferentes circunstancias desaparecen una y otra vez sin dar ningún indicio de su localización. Esto le llevó a tomarlo más en serio y se preguntaba una y otra vez quién debía de estar haciendo estos actos aberrantes.
Nada ni nadie podía llevar tantos años haciendo lo mismo sin que lo encuentren o que al menos deje algún indicio. Llevaba horas en ese lugar sin darle nada de luz a su tema, lo que sabía era que esto se repetía una y otra vez. Y debía de averiguar más, pero por hoy ya era suficiente, estaba comenzando a anochecer, llevaba horas en ese lugar y necesitaba ir por el auto antes que cerrara el mecánico, además no podía dejar a su hijo todo el día solo en casa.
Guardo los archivos que le quedaba a ojear antes que cerrara la biblioteca, tenía lo que necesitaba para confirmar sus teorías. En este lugar había algo más, algo que a pesar de todos estos años seguía con la firme convicción de seguir con su reinado de terror, pero no estaba aún tan seguro de lo que fuese. Puede que algún grupo de locos siguiera con la macabra tradición de su antepasado, esa tradición de matar inocentes para mantener a algo vivo en esos bosques.
Pero que podría ser tan peligroso como para mantener sus caprichos por tantos años, esa pregunta rondaba la cabeza de Carlos sin darle una razón para poner punto final al gran misterio. La realidad era esa, algo o un grupo de personas tenía de rehén a los habitantes del pueblo y se los estaba llevando de a poco como forma de pago, tal vez aquel que venía atormentando en los sueños.
Aquel de la cabeza de ciervo, lo iba a resolver de la forma que fuese aunque lo llevara a la tumba. Al salir de la biblioteca tomó el camino de regreso al taller mecánico a recoger el auto averiado, pero no dejaba de intentar descifrar el gran secreto de este pueblo. Quizás las personas de este lugar no se den cuenta de lo que está pasando, puede que sean simples víctimas en un espiral sin fin para satisfacer los gustos de lo más macabro.
A metros de llegar por fin al local vio que estaba completamente cerrado, por lo que decidió entrar por el pasillo del costado que daba hacia la vivienda del mecánico. Golpeó repetidamente en la puerta principal, pero no logró respuesta alguna, así que decido echar una ojeada por la ventana para localizar al dueño. A medida que se acercaba a la ventana escuchaba un murmullo de dos voces discutiendo.
- Nooo se dónde está señor. - Dijo una temblorosa voz.
- Me dijo que estaría acá para recoger el auto.
- Sabes que no me gustan los inconvenientes y esté sujeto, está haciendo demasiadas preguntas en el pueblo. Entendemos que esto no me favorece, ni a ti, ni al culto.
- Si lo se señor, le pido que me perdone.
Carlos no entendía nada, así que se acercó más aún a la ventana, deparándose con una imagen aterradora. Era aquella cosa que lo acosaba en sueños, era el del cráneo de ciervo rodeado de sujetos cubiertos de negro y estaba parado ahí casi en frente suyo, pero esta vez no era un maldito sueño, esto era muy real.
- Quieres que te perdone luego de cometer tantos errores, te dije que lo tenías que matar y ni eso fuiste capaz de hacerlo. - Exclama aquel ser mientras tomaba al mecánico con sus largas garras por el cuello.
- Espero que Gotk te perdone.
Al terminar esta frase, Carlos escuchó como un sonido agudo similar a cuando un hueso de pollo se rompe dejando caer el inerte mecánico al piso. Estaba muerto, con una facilidad sorprendente, aquella cosa le había roto el cuello a una persona con tan solo una mano. Carlos inmediatamente choca contra la ventana del susto, rompiendo uno de los vidrios y dejando en evidencia su presencia ante aquel macabro acto. En ese mismo instante, todos los sujetos que se encontraban junto al del cráneo de ciervo lo miran. - Que están esperando, vayan por él, ahora. - Vociferó aquella bestia.
Carlos, prácticamente en modo automático, retrocedió y se dirigió rápidamente al taller, entró por la puerta del fondo derribando con el peso de su cuerpo. Inmediatamente, se dirigió a la oficina a buscar la llave, abrió un par de cajones y se encontró con la de su auto.
Mientras aquellos seres de negro salían de la casa, a Carlos le dio el suficiente tiempo para entrar en el auto a su vez que rezaba al dios que fuera para arrancar. Giró dos veces el encendido y comenzó a funcionar el motor, no esperé a que llegaran hacia él, cuando puso la marta atrás atravesando a toda velocidad la puerta del taller mecánico.
Hacía pocos minutos que se había despertado con los maullidos de Mr. Gotk, el gato quería que lo llamara para darle su comida. Tenía la peculiar manía de subirse sobre el pecho del niño mientras dormía, observando pacientemente hasta que atendiera de una vez por todas a su llamado. Tomó su tiempo para levantarse de la cama. - Vamos muchacho, te voy a dar tu comida. - Dijo al pequeño al gato negro con la sensación de que este lo respondía maullando. Bajó lentamente hacia la cocina, abrió el refrigerador y tomó la leche. Se sirvió un poco para él y otro poco para su compañero peludo en partes casi iguales. Colocó en su tarro y fue a prepararse su cereal.
-PAPAA. - Exclamó sin respuesta alguna, no se encontraba en la casa.
Y de repente recordó que le había dicho que iba a ir al pueblo a llevar el auto al mecánico. Estaba solo nuevamente, pero no pensaba en ningún momento dejar la casa, ya que afuera se había formado una espesa neblina que rodeaba la casa y no le permitía observar nada a su alrededor. Se tomó su tiempo para comer el cereal a la vez que ojeaba repasando un viejo cómic que le gustaba, El flash de dos mundos de Gardner Fox.
Definitivamente, este era su cómic favorito, ya que trataba evidentemente de su personaje en el que soñaba algún día ser. A la vez quise intentaba concentrarse para terminar de releer, el pequeño animal arañaba el gran ventanal que daba hacia el fondo queriendo salir al exterior. Juan entendió sus súplicas y le abrió, a la vez que esa extensa bruma inundaba de a poco el salón principal de la casa y una fuerte brisa congelaba al niño.
Rápidamente, así como el gato salió volvió a cerrar para evitar un resfrío no quería de ninguna forma enfermarse y más en los últimos días de sus vacaciones. A medida que cerraba notaba por el reflejo del mismo ventanal que una sombra grande y con cuernos se formaba a su espalda, esto le provocó pánico y le hizo voltearse a ver.
Su primera reacción luego fue la de alivio, ya que era solamente su inconsciente que le estaba jugando alguna clase de mala pasada. Tal vez toda esa condensación que había ingresado a la casa le había provocado alguna clase de paraeidolia, era un término que había escuchado muchas veces de su padre por tener una imaginación tan fértil al ver nubes con formas extrañas y asustarse de ellas.
Volvió a su cómic sin más que pensar sobre esa extraña forma que le provocó un susto terrible. Como no sabía a qué hora iba a llegar, su padre no se preocupó por salir a ningún lado, puesto que le había dicho que no tenía que estar jugando en el bosque sin que Carlos esté en la casa. Y él, como un buen niño, decidió escucharlo al pie de la letra.
Al cabo de unos minutos leyendo su viejo cómic, se quedó dormido en aquel mismo salón, frente al gran ventanal de vidrio, la bruma afuera era hipnotizante y tranquilizadora a la vez. Seguía sin verse nada y eso le provocaba alguna clase de seguridad permitiendo cerrar los ojos por un rato.
Luego de alguna hora se despierta con un fuerte golpe en el vidrio, el pequeño niño se levanta abruptamente a ver lo que era y no logra diferenciar nada, no se veía más que unos pocos metros de claridad a fuera, pero a la lejanía conforme forzaba la vista lograba diferenciar algunas pequeñas luces, casi marchando en procesión en el mismo bosque.
El pequeño sabía que no debía de despegarse de ninguna forma de la plena seguridad de la casa, pero la curiosidad le dominaba más que el miedo mismo, ya que quería saber que eran esos pequeños puntos destellantes. Se puso sus zapatos, tomó una de las linternas y fue de a poco hacia la espesa bruma que lo rodeaba. Su campo de visión no superaba los dos metros y ni la linterna ayudaba, la humedad en el aire era tan espesa que le costaba a las pequeñas pilas llevar la energía para alumbrar alguna cosa. Fallaba a cada paso que daba y se quedaba engullido en una neblina tan espesa que se formaba una escarcha en su rostro, dificultando aún más su visión.
No sabía dónde estaba, pero le quedaba claro a dónde iba, ya que las pequeñas luces fueron aumentando de tamaño de a poco, dando la sensación de estar acercándose. Caminó varios minutos hasta llegar por fin a un claro qué le permitió apreciar de qué se trataban esas cosas que perseguía con tanta incertidumbre. Pudo llegar a un lugar donde no había árboles, pero sí personas, formando un extraño círculo alrededor de un altar, estaban varios individuos encapuchados con una especie de capirote negro y antorchas.
La imagen era realmente impresionante, digna de una película de Stanley Kubrick como la de Ojos bien cerrados. Y en el centro de esta, resaltaba un sujeto extraño con un cráneo de ciervo sosteniendo un bastón que sobresalía una reluciente piedra roja en su base. Era una imagen que el pequeño Juan no entendía para nada, qué hacían estos extraños en medio del bosque, que macabro secreto yacía en ese altar. Se acercó un poco más para observar mejor la situación, pero no pasaron ni dos minutos cuando dos de esos sujetos que estaban formando el macabro círculo traen en sus manos a un pequeño niño amordazado, colocándolo lentamente en el mismo altar que funcionaba como centro de esta horrorosa imagen.
- Hoy el gran Gotk, señor absoluto de la tierra y de la creación, nos va a agraciar con su vanidad y fortuna. Hoy el señor de los sueños, bestia de las sombras, recibirá uno de los hijos de los impuros que destruyeron estas tierras y mataron a nuestros antepasados como tributo para a calmar su gran ira. - Expuso aquel individuo levantando sus pálidas garras y tomando el extraño bastón.
- No temáis queridos súbditos, hoy la venganza recaerá sobre los asesinos sin piedad alguna.
No se imaginaba el terror que se venía en ese exacto momento, cuando esa misma bestia enastada separó el bastón en dos partes, dejando ha descubierto una brillosa daga, la cual tomó con las dos manos con su otra parte en el piso.
- Dios Gotk te entrego la sangre de los impuros. - Murmuró mientras cortaba lentamente la garganta del pequeño niño, dejando desangrarse sobre aquel mismo altar.
Juan que observaba todo de lejos se abrumó por aquella horrorizante situación, aquel ser se encontraban asesinando a un inocente de forma grotesca y esto lo congeló de tal forma que dejó que el peso de su propio cuerpo diera a hacia atrás provocando un fuerte ruido, dejando en evidencia que se encontraba en ese lugar y había hecho de testigo de todo lo ocurrido. Al escuchar toda la bestia con cráneo de ciervo vocifera un gutural que retumba en todo el bosque.
- ¡TRAIGANLO AHORAA!
Seguía pensando sobre lo que vio en aquel taller, no se le podía quitar de la cabeza la forma en que aquel individuo asesinó tan fácilmente al mecánico. Entendió en ese exacto momento mientras conducía su auto que podían existir más de esas cosas por ahí. Escuchó algo sobre un culto, esto provocando alguna clase de temor con respecto a su pequeño hijo que se encontraba solo en la casa. Iba acelerando constantemente el vehículo cuando la sensación de peligro aumentaba.
Al llegar a un par de kilómetros de la casa perdió la visión de todo lo que le rodeaba, se había generado una espesa neblina sobre la ruta. Encendió los focos y redujo un poco la velocidad conforme se iba complicando la visibilidad a cada tanto. En pocos minutos se deparó con el frente de la casa y sintió una sensación alivio, llego a casa sano y salvo, debía de localizar lo más rápido posible a su hijo y largarse de ese lugar. Se bajó rápidamente sin siquiera cerrar la puerta y entró a la casa, llevándose puesto todo lo que había por delante.
- JUAAAN VÁMONOS AHORA. - gritó mientras iba directo a la habitación principal por el bolso de viaje.
- Juan, vamos ya. - Replicó sin recibir respuesta alguna. Dejó lo que estaba haciendo y decidió ir a la habitación del niño, subió rápidamente la escalera dando con el cuarto del pequeño y de un portazo entró deparándose con el vacío absoluto.
- ¿Dónde estás niño? Se acercó a la ventana y noto levemente que del bosque se dejaban ver algunas pequeñas luces, al cabo que escuchó un fuerte grito.
- ¡TRAIGANLO AHORAA!
Un gutural de alguna bestia que claramente no era de este mundo, volvió rápidamente a su habitación y del armario sacó un viejo hierro de unos treinta centímetros aproximadamente. Sea lo que fuese, sabía que lo que había gritado anteriormente estaba en posesión de su pequeño hijo y tenía la firme convicción de hacer cualquier cosa para recuperarlo sano. Salió de la casa empuñando su arma y de adentro en el tupido bosque de pinos, esta era la última vez que verían a ese maldito bosque, se iban a largar de ahí lo más rápido posible.
Camino por algunos minutos en línea recta, nunca perdiendo de vista a las luces que de a poco se volvían más grandes, denotando que ya le quedaba poco para encontrarse con lo que fuese que le estaba atormentando. Llegó a un claro donde pudo observar a los encapuchados alrededor de un extraño altar, parecían estatuas cargando sus macabras antorchas.
Y en el centro, en ese altar, vio cómo su hijo maniatado luchaba para escapar y aquel maligno ser empuñando una macabra daga ensangrentada. Pensó rápidamente y decidió dar la vuelta entrando por la espalda de aquella cosa, camino observando que los sujetos encapuchados se encontraban en una especie de místico trance que les impedía moverse.
Cuando logró estar en una distancia noqueó a uno de los súbditos permitiendo que se le abriera un camino hasta el altar, rápidamente hizo lo mismo con el gran ser con cráneo de ciervo. Le golpeó tan fuerte en la base del cráneo que el hierro continuó con la inercia, terminando varios metros lejos de Carlos. Tomó la daga y cortó las mordazas de su hijo sin esperar respuesta de los súbditos que se encontraban en trance aún.
Cuando logró liberar al pequeño se dio cuenta de que ninguno de los seres respondía, sus ojos estaban completamente blanco. Ese fue el preciso momento donde Carlos vio la necesidad de escapar lo más rápido de ese lugar.
- Vámonos antes que se levante. - le dijo al pequeño mientras controlaba que el líder no se vuelva en sí.
Aun así, notando que estaba sangrando por los orificios de la tétrica máscara, no se puso a revisar si se encontraba vivo y decidió correr con su hijo. En algunos minutos llegaron al auto. - Vamos, entra rápido. - dijo en cuanto observó el vehículo. El niño se sentó en el asiento del acompañante y observó cómo su padre controlaba que nadie los siguiera, pero al acercarse al auto Juan comenzó a gritar fuertemente.
Carlos se dio vuelta y quedó automáticamente paralizado del terror, estaba ahí en frente suyo, era la bestia exhalando vapor en frente a su rostro. Sintió algo tibio que le provocaba un ardor en su cuello e inmediatamente observó litros de sangre saliendo impulsados. Los gritos del pequeño Juan se mezclaron con el lloriqueo al ver su padre desangrarse en frente suyo.
- Ave gotk deus omnino, erit voluntas tua. - expresó aquella bestia antes de dirigirse al pequeño niño.
G.Zaballa

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