Relato XIII - La última ruleta

sábado, 18 de marzo de 2023

Relato XIII - La última ruleta


                                                            

(Imagen sin copyright)


    Sabía que esta vez sí era su final, lo tenía seguro de eso, se encontraba sentado en el maltrecho ático de su refugio sobre la avenida Gral. Paz 101. Era una casa en la que había vivido con su familia tantos años que ya la conocía de memoria, pero desde el desastre se había deteriorado demasiado. Cuando comenzó todo se lo llevaron a una zona de cuarentena y luego a un pequeño pueblo, donde estuvo un par de años, hasta que el pueblo sucumbió en el absoluto caos por la ignorancia y ambición de unos pocos. Con el tiempo logró volver a su casa, quizás porque le traía tantos recuerdos de una vida normal o casi normal, como las de antes de todo esto, su único amparo en esta inmunda hecatombe. Después de tanto le traía la misma sensación de hogar, a pesar de que desde los cimientos se venían deteriorando, exhalando un característico olor a madera podrida.
    Observaba por la pequeña ventana apreciando la ciudad destruida, mientras que a cada tanto volvía su mirada a su vieja pistola Smith & Wesson modelo 10, una joya, aunque herrumbrada y fiel compañera, le supo servir de algo mientras intentaba sobrevivir en un infierno de bestias y de humanos sin escrúpulos alguno.
    Ahí estaba, girando el tambor a cada tanto con su dedo pulgar como si de una ruleta se tratara, buscando el premio gordo, la bala final, el desenlace que necesitaba su vida en ese exacto momento. A lo lejos seguía escuchando los gruñidos que rodeaban su casa, eran esos seres que habían dejado hace mucho tiempo atrás los pocos rastros de humanidad que les quedaba. Algunos habían logrado entrar a la casa, el único refugio que le quedaba era el pequeño ático. Esta vez sin escapatoria alguna, sin hueco para entrar de a hurtadillas y salvarse de ser destrozado por esos animales con forma de personas.
Tal vez a John también se le había ido ese poco rastro de humanidad, tal vez cuando perdió a su familia, con cuando se le terminó la esperanza para una cura, o con la simple necesidad de construir una vida nueva en alguna de las tantas zonas de seguridad y cuarentena que restaban. O tal vez con las cosas que les hizo a otros para poder librarse de los problemas constantes que se metía, se volvió un pésimo borracho y aún peor en hacer amigos nuevos, los peligros no solo eran provocados por las bestias. Si no que también había saqueadores y pequeñas comunidades. La anarquía absoluta en ausencia de un estado que había caído tan rápido como se extendía el contagio por el mundo entero.
    Recordó su vida antes de todo esto, ya hace más de diez o quizás quince años habían pasado. Una vida que parecía normal, igual a la de cualquiera, sin lujos exuberantes, pero tenía todo lo que le hacía feliz. Dos hijas, una esposa que lo quería, padres, hermanos, amigos, un trabajo, en sus condiciones, no podría pedir algo mejor. Recordó que era un policía de la ciudad local, no hacía mucho que había ingresado a la fuerza, tal vez 3 años de servicio, con la singular convicción de ayudar a la gente, a todo aquel que se lo mereciera. Acompañado de una sonrisa, algo que por cierto hacía mucho que no le salía espontáneamente, no recordaba más cómo hacerlo. Rememorando todas las veces que volvía del servicio, encontrándose con sus dos pequeñas que le alegraban el día siempre, no importaba cuán difícil fuese la guardia, ese era su refugio eterno, su familia.
    Extrañaba esos ratos juntos.
    Pero esto pasó tan rápido que les tomó por sorpresa a todos. Se decía en los noticieros que había comenzado en alguna ciudad de China, una enfermedad que se transmitía por las vías respiratorias y por el aire de contagiado a contagiado. Se dice que el paciente cero fue un agricultor que comió carne de vaca infectada por murciélagos. Al principio los síntomas eran leves, congestión nasal y fiebre, pero luego se extendía a algo similar a la rabia, pero en humanos. Esta enfermedad afectaba severamente el sistema nervioso humano.
    El infectado comenzaba a desquiciarse poco a poco con repentinos dolores de cabeza que le eran insoportables, luego pasaba a una violencia desenfrenada a los demás y por último perdía totalmente el control de sí propio. Se transformaba en un animal salvaje en cuestión de días.
    Debido a que se extendía tan fácil del paciente cero a los demás, en pocos días China estaba en alerta máxima. Y quién diría que el propio globalismo que nos ayudó a progresar como sociedad, sería la misma que se encargaría de sepultar a la misma civilización. Debido a los vuelos internacionales, la enfermedad comenzó a extenderse a otros países, teníamos a Japón y a media Asia hundida en el caos. Así que, para intentar controlarla, la OMS y los países asiáticos entraron en acuerdo, aislaron los que no estaban aún infectados, en zonas de cuarentena y ciudades seguras. Y matar todo aquel que tenga algún rastro de los síntomas, se hicieron exterminios en poblaciones enteras, un verdadero genocidio.
    Pero esto no soluciona nada, las zonas de cuarentena al ver su futuro final se hundieron en el caos con la insurgencia, provocando guerras civiles y más desgracias. No se logró controlar nada y el virus llegó a todos los continentes, provocando la caída de la humanidad, como alguna vez la conocimos, en muy pocos meses. John aún recordaba cuando sintió necesidad de abandonar su puesto en la policía y escapar con su familia, cuando el gobierno cayó, cada uno estuvo por su cuenta, no se podía confiar más en nadie, cualquiera que tuviera edad de pelear lo iba a hacer. Al tiempo se crearon algunas comunidades que se asemejan a una sociedad, pero pronto fueron cayendo debido a los grupos de saqueadores violentos donde masacraron y violan a lo que se cruzara en frente.
    Primero perdió a sus dos hijas en estos ataques y luego perdió a su única compañera, mordida por un infectado. Y esto a John lo cambió, le terminó de quitar su único deseo por sobrevivir, por una vida nueva. Llevándolo a una absoluta locura, había perdido lo que más le importaba de esta vida. Su transformación le llevó de una presa a ser el cazador, a transformarse en uno más de esos salvajes saqueadores. Pero eso ya había terminado, tomó años para olvidarse de todas las desgracias que había provocado a los demás, de todas las vidas que había quitado y sometido. Su redención le llevó a volver a su hogar o lo que alguna vez fue su hogar, un mal viviente y deteriorado hogar.
    A John lo único que le alimentaba cuando volvió era la venganza, no tiene por qué quedar vivo para ver el desastre completo y la demencia absoluta tomara control de todo, quería destruirlos, pero con el tiempo le fue imposible, la misma pandemia que creó a estos seres, los habían convertido en algo absurdo, de su mente tan destruida, ya no quedaba más que un animal al que solo le alimentaba la violencia.
    Ahora John vive nuevamente en aquella pequeña ciudad que un día conoció como su hogar, aunque todas estas cosas no eran las mismas que antes. Las ruinas del pasado familiares que invitan al recuerdo de sola nostalgia, pero él sabe que esto es exactamente dónde debe estar en este exacto momento.
Tanto tiempo buscando la redención, aceptando su pasado y sentirse de nuevo vivo; el ciclo llegó a su punto de conclusión. Nadie estaba libre de culpa, él destruyó sus propias huellas hasta convertirse en un ser demasiado oscuro, pero ya se dio cuenta de que fue la única forma de volver a vivir. Y así logró John finalmente encontrar la paz que le hacía falta, levantando sus errores del pasado y aceptando las circunstancias actuales.
    Escuchaba como las bestias cada vez más se acercaban a donde se encontraba, no entendía cómo, pero sabía que esas cosas tenían la misteriosa habilidad de oler el miedo de los no infectados. Sabían dónde se encontraba e iban por él. Su situación no le lleva a otra cosa que un final abrupto, no se dejará devorar por esas. En varias ocasiones observo como varios de esos monstruos despedazaban poco a poco a una persona adulta y quien sabe lo que le harían si todos esos que estaban ahí afuera llegarán él, prefería que las cosas terminaran de esa manera, aunque fuera poco honroso.
    Intentaba rememorar lo que le hizo llegar a terminar de esa forma, hace un par de días, debido a la necesidad de comida tuvo que ir al bosque a casar. Llevaba días sin ver a un infectado, le era demasiado extraño estando en el suburbio de una ciudad. Pero misteriosamente no había nada.
    Decidió dirigirse a una zona donde sabía que muchos animales iban, ya que era segura para ellos, estaba rodeada de abruptos peñascos que no les permitía a las bestias llegar. Así que John llevó su rifle, camino por 40 largos minutos, hasta encontrarse con un gran siervo de campo. Cargó su arma y le disparó, pero lo que no esperaba es que en el mismo bosque había cientos de infectados que habían logrado pasar la natural baya que protegía a los animales. El disparo los había llamado y en minutos cientos de ellos lo estaban comenzando a cercar. John intentó escapar abriéndose camino entre las bestias, pero ellas lo siguieron. Se metió rápidamente en los suburbios y decidió esperar pasar la noche en una vieja casa abandonada, al día siguiente volvió a emprender viaje a su refugio, sin la presa que había cazado. Le era imposible escapar de los infectados cargando tal animal, debería pesar tal vez unos doscientos kilos o más. Cuando llegó a su casa observó que las malditas bestias le habían seguido y rápidamente rodearon su hogar. Él intentó cerrar, como pudo puertas y ventanas, con los muebles de la casa. Pero al haber tantos, se le hizo imposible. Así que sin encontrar otra opción subió al ático de la casa y se atrincheró con las pocas armas que le quedaban.
    Los infectados en pocos minutos lograron romper las trabas que le impedían llegar a entrar en la casa de John, cientos de ellos entrando por puertas y ventanas. Había llegado su fin.
    Se sentó en una vieja mecedora, abrió una botella de Jack Daniel's, la última que le quedaba en sus reservas y se puso a beber desenfrenadamente. Las bestias demoraron en llegar al segundo piso y al ático. Golpeaban sin control alguno la puerta, veía cómo en poco tiempo iba a ceder debido a esos tantos empujones. Puso su pistola en el pecho, mientras reía de la situación. Le parecía demasiado irónico perecer de la forma más estúpida, habiendo pasado tanto en todos estos años.
    Los empujones arrancaron la puerta del marco y de a poco los infectados comenzaban a entrar uno sobre el otro como muñecos de trapo.
    Frunció su labio y se sacó la pistola del pecho, con un suspiro largo como si quisiera soportar lo que le venía. Puso el arma en su boca y le dijo adiós al mundo. Sabía que esta vez podría darse un tranquilizador final a su desolador destino, ya no quedaba nada que perder, era su escape de esta maldita realidad. La última bala había llegado para librarlo de su destino. La bala silbó en el aire y la eternidad le acogió por fin.

G.Zaballa

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